diciembre 31, 2008

A los falsos pacifistas

En septiembre del año 2001 cuando los Estados Unidos fueron atacados por el terrorismo, una parte del mundo celebró los atentados descaradamente, otra parte fingió sentimientos y envió mensajes de solidaridad hacia el pueblo de esa nación.

Cuando los Estados Unidos empuñaron las armas como acción ofensiva y defensiva, el mundo se quitó la careta y dejó en claro que la solidaridad y la compasión eran pura farsa. La farsa moralista-pacifista fue más evidente todavía, cuando los Estados Unidos pidieron colaboración a los países europeos para la guerra y estos se lo negaron bajo argumentos a favor de la paz. Mientras los estadounidenses corrían solos con los gastos de la guerra, los beneficios del combate al terrorismo se distribuían entre todos. Es la chanta fórmula socialista en acción, el típico cinismo europeo, y también de los falsos moralistas, de los falsos pacifistas, y de los falsos defensores de la vida.

En estos días en que el Estado de Israel ha sido atacado una vez más salvajemente por el terrorismo árabe el mundo ha guardado silencio, ha hecho la vista gorda ante la agresión a ese país. La hipocresía una vez más está presente, negando uno de los derechos más naturales y sagrados de cualquier ser y de cualquier entidad: el derecho a la autodefensa. Ningún organismo defensor de Derechos Humanos o entidad política condenan los atentados y asesinados cometidos por árabes contra israelíes, sólo condenan los que deja la acción del Ejército Israelí en el campo opuesto. Que no digan entonces los organismos internacionales que son defensores de la paz y de la vida, porque la falsedad de sus palabras son muy evidentes, no son partidarios de la paz ni de los derechos humanos, sino partidarios del salvajismo. Son descaradamente hipócritas.

El mundo no tiene derecho a impedir que una nación se defienda, ni Israel tiene que pedir autorización a nadie para defenderse. La ONU, ni cualquier otra comunidad de naciones no pueden impedir el ejercicio de un derecho que no ha otorgado, ni creerse que tienen más autoridad para imponer su criterio.

Si la comunidad mundial está realmente preocupada por la vida y los derechos humanos deberían ayudar y proteger a Israel contra la barbarie árabe. Porque Israel está demostrando al mundo que es el más civilizado de los países occidentales. Un ejemplo que el mundo debería observar.

Gran parte de la población no acepta que un individuo o un estado sean exitosos, como lo son Estados Unidos e Israel. La envidia es lo que mueve a los pacifistas y a los fracasados a atacar a estos países exitosos. Las razones por las cuales Israel es atacado salvajemente no es la ocupación de un territorio, sino el fracaso de una cultura que en mil años no ha progresado nada ni ha inventado nada. El desarrollo israelí frente al fracaso árabe del otro lado es un insulto que la comunidad árabe y la hipocresía occidental fracasada y mediocre no puede tolerar.

diciembre 09, 2008

Porqué Argentina es pobre.



Espero que se vea en la televisión. ¿Que canal se atrevería a pasarlo sin cobrar?
Mmmmmm.....La plata del Sr Kirchner es más dulce.

Video producido por Foro Republicano www.fororepublicano.com


diciembre 08, 2008

No hay amor por las Insituciones


Hurgando en mis archivos encontré estos dos artículos publicados en el diario La Nación el 14 de mayo y 17 de septiembre de 1987, en conmemoración de los doscientos años transcurridos del inicio y final de las sesiones que los Padres Fundadores de los Estados Unidos realizaron en Filadelfia para elaborar la Constitución de esa nación.

Mientras los Estados Unidos consolidaron sus instituciones establecidas en aquella venerable Convención, Argentina no ha podido consolidar sus instituciones establecidas por los Constituyentes de 1853 en Santa Fe.

Salvo Juan Bautista Alberdi, lo más parecido a uno de los Founding Fathers, y en menor medida Domingo Faustino Sarmiento, -que no fueron ninguno de ellos miembros de la Convención Constituyente-, no hubieron hombres realmente interesados en diseñar un buen sistema de gobierno, no mostraron interés en tomar recaudos para detener los desbordes del poder o crear instituciones sólidas, solamente aprobaron las bases propuestas por Alberdi. No hubo en Santa Fe, hombres del cuño de Alexander Hamilton, James Madison, George Mason o George Washington.

La Constitución de 1853, el más perfecto documento político jamás aprobado en Argentina, no ha sido querida por su pueblo. Tal es así, que en 1862, apenas ocho años después de ponerse en vigencia el documento, el presidente Santiago Derquí fue cesado en su cargo, en un hecho político de dudosa constitucionalidad, luego siguió el quiebre de 1930, el primero y el más grave hasta entonces, disolviendo el Congreso Nacional, las Legislaturas provinciales e instaurando un presidente y gobernadores de facto. Luego siguieron más quiebres constitucionales en 1943 y 1944, 1955, 1962, 1966, y 1976, por golpes militares, sin contar otros golpes de palacio, que se dieron de militares contra militares y de presidentes civiles derribados por procesos fuera de la Constitución.

Según el aprendizaje acumulado por los especialistas en derecho constitucional, todas las reformas constitucionales en Argentina han ido a contramano de esas enseñanzas, y esto ha sido así, porque el proceso constitucional ha estado en manos de políticos interesados en perpetuarse en el poder y no en consolidar instituciones al servicio de la comunidad.

Los constituyentes de los Estados Unidos eran temerosos de las mayorías, no querían un presidente fuerte, que no fuera electo por el Congreso, mucho menos que fuera electo por el pueblo; por eso instituyeron un colegio electoral de hombres no comprometidos, cuya única función eran elegir presidente y vicepresidente y además les puso una limitación: no podían reunirse en asamblea, salvo los electores de un solo estado; además, el Colegio Electoral constituyéndose en parte en base a la población y en base a la territorialidad, es el sistema adecuado para los sistemas federales.

Argentina adoptó el mismo sistema de colegios electorales, para elegir presidente y vicepresidente, que dio excelentes resultados, hasta que un montón de demagogos dijeron que no era democrático y dispusieron derogarlo y reemplazarlo por elecciones directas, en nombre de la “soberanía popular”; desde entonces los presidentes han sido más populistas, ha crecido el clientelismo político y mucha gente es ahora más dependiente del poder y goza de menos libertad. Está a la vista que las elecciones populares no traen consigo buenos gobiernos. Vemos casos patéticos de degradación institucional en países donde hay frecuentes actos electorales como Venezuela y Bolivia, donde hay muchas elecciones y poca democracia republicana.

Los constituyentes tanto los del norte como los de aquí, vieron que la tiranía puede venir de cualquier poder, no solamente del ejecutivo como se cree. Dispusieron que las sesiones del Congreso fueran por un periodo breve para que los miembros de las cámaras legislativas no tengan demasiado tiempo de relacionarse y entablar negocios que perjudiquen a la sociedad. En 1994, la convención constituyente reunida en Santa Fe dispuso extender el periodo de sesiones de mayo a septiembre como estaba establecido anteriormente, fijándolo desde marzo a noviembre.

Disminuir el tamaño de los cuerpos legislativos, en nombre de la economía ha sido otra trampa, y una sutil forma de engañar a la sociedad. Una asamblea numerosa tiene la ventaja de que un negocio a espaldas de la población es más difícil mantenerse en secreto que si se tratare de un cuerpo colegiado de pocos miembros. Lo mismo sucede con el sistema bicameral respecto del unicameral. El sistema bicameral obliga a demorar el debate y pone un formidable escollo a la aprobación de proyectos turbios y trasnochados, que siempre buscan aprobarse rápidamente, antes de que se adviertan las intenciones ocultas del plan. Sin embargo, las reformas constitucionales en Argentina han ido en el sentido de reemplazar los sistemas bicamerales por unicamerales y de disminuir el tamaño de los cuerpos legislativos.

Estamos ahora los argentinos en el fondo de la degradación institucional. Hubo gobiernos prepotentes y delictivos en la historia pero ninguno como los que han llegado después del 2001, especialmente los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. La Corte Suprema está integrada por miembros que han entrado por la ventana como los ladrones entran a una casa ajena, designados por procesos turbios y a veces ilegales. El Congreso Nacional, está integrado por miembros electos en un sistema electoral que parece una lotería, donde la voluntad del elector es violada descaradamente y sin pudor alguno. Los miembros de las cámaras legislativas han abandonado el papel de representar al pueblo y se han puesto: unos a defender el gobierno y sus negocios turbios y otros a intentar rapiñar lo más que se pueda y buscar el poder a toda costa.

El presidente de la Nación, aprueba o veta leyes según sus intereses personales, confunde el patrimonio público con el privado, y aprueba con decretos de necesidad y urgencia todos sus planes, para evitar el debate y la ventilación de los fines de dichos planes; se apodera ilegalmente de los recursos públicos obligando a gobernadores a suplicarle envío de fondos para dominarlos y someterlos a su interés.

El poder judicial en vez de juzgar con igualdad y equidad ha adoptado un doble estándar, aplicando leyes diferentes para unos ciudadanos respecto de otros.

El calamitoso estado de las instituciones argentinas es una ofensa a nuestros padres fundadores. No es lo que los constituyentes de 1853, seguramente querían, pese que aquí nunca tuvimos una asamblea de hombres cargados de mayor y ferviente esperanza y que fuesen tan puros en sus motivaciones y que se dedicaran ansiosamente a cumplir con el cometido que se les había encomendado, como dijo Madison en 1837, cincuenta años después de la adopción de la Constitución americana. Ni siquiera los argentinos de bien hubieran querido esto si supieren que la supuesta democracia inaugurada en 1983 traería esto consigo.

Debemos volver a los principios de nuestros padres fundadores. Aumentar la intervención de la masa del pueblo en los asuntos no mejorará la cosa pública, es más nos llevará más rápido a una demagogia destructiva, como la que estamos sufriendo actualmente, que no se sabe como puede terminar, pero que seguramente no será con brindis y fuegos artificiales.

Tener más elecciones no es tener más democracia. Tener un estado más intervencionista no significa mejor vida; ni mejores servicios públicos, ni más educación, ni más justicia o más seguridad. El Estado tal como está estructurado hoy, totalmente alejado de los principios que le dieron origen, no traerá ningún beneficio para nadie, excepto para los vividores y parásitos que muy cómodamente dictan normas para apoderarse de la riqueza producida por otros.

Aquí pego los artículos que fueron publicados en el diario La Nación a los que me referí al principio de este post, para que se compare cuanto interés tenían aquellos hombres en asegurar los beneficios de la libertad y por la que buscaban el equilibrio entre la libertad del individuo y la existencia de un gobierno que era su amenaza.


Artículo Publicado en La Nación, el 14 de mayo de 1987.

El Bicentenario de la Constitución de los Estados Unidos.

Cuando comienzan a gobernar las leyes y no los hombres.

Ocurrió el 14 de mayo de 1787, hace hoy doscientos años, en Filadelfia. Los 43.000 habitantes de aquella ciudad, la más importante de América del Norte de habla inglesa, padecían calores semejantes a los nuestros, con humedad y mosquitos. Ese día debían comenzar las deliberaciones de una convención integrada por representantes de los Estados que en 1776 firmaron la Declaración de Independencia. James Madison había llegado hacía más de una semana y George Washington horas antes. Benjamin Franklin, que presidía el Estado de Pensilvania, los recibió de inmediato en su hogar.

Hubo, sin embargo, que esperar. Presentes solamente los delegados de Virginia y Pensilvania, sólo el 25 de mayo, en una fecha que 23 años después marcara el nacimiento de nuestra libertad política, se obtuvo un quórum de siete estados de los trece que en definitiva concurrieron. Durante algo más de tres meses trabajaron intensamente, en secreto, hasta el 17 de septiembre. Entonces, con algunas excepciones, firmaron un documento que se conoció como “La Constitución de los Estados Unidos”. Invención de la república, descubrimiento de la libertad, intuición del destino: “Ah la gran convención –exclamaban los parroquianos en los brindis del 4 de julio de 1787- pueden ellos dar forma a una constitución para una república eterna!”



El papel del fundador

Una república capaz de durar. Imposible imaginar en aquellos Estados, que dentro de sus límites ejercían con orgullo el gobierno propio, un conjunto más notable de legisladores. Por cierto faltaron a la cita Jefferson y Adams, quienes habían partido en misión diplomática a Paris y Londres, pero en Filadelfia estaban presentes dos figuras arquetípicas del nuevo mundo a las cuales se sumó el empeño de los más jóvenes.

Las palabras del viejo Franklin con sus 81 años a cuestas, rezumaban la sabiduría de un siglo presumiblemente ilustrado. Los silencios de Washington, en cambio, no evocaban las esperanzas de los filósofos, sino la experiencia de la guerra y las frustraciones de la paz. Designado por unanimidad presidente de la Convención, Washington abrió y dirigió los debates sin emitir opiniones. Fue un testigo, un árbitro y, sobre todo, visto con la perspectiva de nuestra tradición republicana de América del Sur, un guerrero que supo trocar ese papel por el de legislador y constructor de instituciones.

Washington pudo romper así una fatalidad que conocemos de sobra, la del padre fundador que no consigue completar su empresa y consuma su biografía en la soledad y el destierro. Guió la lucha por la independencia, respaldó a la Convención Constituyente e influyó sobre ella, desempeñó luego el cargo de presidente y abandonó a tiempo esa responsabilidad, cumplido un segundo período, abriendo paso a una sucesión exitosa. Pronunció un mensaje de despedida y dejó que las instituciones cobraran vuelo propio. Con Washington en su casa comenzaron a gobernar las leyes y no los hombres.


Madison y Hamilton

Empero, éste es un anticipo de lo que vino después. En Filadelfia hubo mucho que hacer y allí estaba James Madison ¿Cuánto le debe aquel milagro –como lo calificó C.Drinker Bowen- a ese hombre infatigable? Madison defendió junto con los delegados de Virginia un plan de quince resoluciones que dieron base a la futura Constitución. Como lo demostraría más tarde en los artículos de El Federalista, el principio representativo, practicado en una sociedad extensa de fronteras abiertas, era un remedio eficaz para combatir la corrupción que aquejó a las repúblicas antiguas.

No era un hombre amante de gobiernos ideales. Observaba en el ciudadano una naturaleza imperfecta hecha de razón y pasión, a la cual convenía poner coto y limitar. Es preciso, decía, que la ambición detenga a la ambición, separando el poder de legislar, ejecutar y juzgar, de suerte que esta balanza, sin ahogar la libertad, produzca efectos beneficios o impida que la república degenere en tiranía.

Madison, hijo de una sociedad esclavista, pertenecía a la aristocracia rural de Virginia. Alexander Hamilton no tenía ese linaje, Venia de Nueva York, donde llegó, pequeño aún, y luego emprendió una espectacular carrera en el comercio y en la guerra. Sin pasado familiar del cual vanagloriarse, ni amor a la patria chica, Hamilton volcó su pasión por el poder y la fama en la promesa de un nuevo Estado nacional. Una nación republicana, tan fuerte como las monarquías europeas, con presidentes y senadores vitalicios reemplazó en su espíritu el afecto que unía a la “gentry” de Virginia a la yanqui de Nueva Inglaterra, con las comarcas que lo vieron nacer.

Ese gobierno consolidado, creía Hamilton, sería el mejor soporte para las esperanzas igualitarias y comerciales de todos los hombres sin distinción de color. Anunciaba de este modo una república fundada en el interés comercial, donde la propiedad deja de ser privilegio y se convierte en derecho, a la que mirarían con ilusión los pobres y perseguidos de todo el mundo: bien pronto llegarían millones de inmigrantes en busca del amparo que ofrecía la Constitución.

Ambas visiones, la de Madison y la de Hamilton, iluminaban los debates, pero no permiten dar acabada cuenta de éstos. Hay que seguir paso a paso el relato que nos dejó Madison, en el cual él mismo cede la voz a los otros protagonistas, para percatarse de los escollos que hubo que superar. Porque en Filadelfia, no prevaleció al cabo ningún punto de vista particular sino un compromiso entre representantes de gobiernos estaduales que, sin bien decían profesar una misma legitimidad republicana, expresaban también sistemas sociales radicalmente opuestos.


Los nuevos poderes

Las diferencias parecían abismales. Sociedades basadas en el trabajo libre en el Norte y sociedades esclavistas en el Sur; Estados grandes y pequeños; dirigentes que defendían el gobierno de unos pocos contra otros proclives a una intervención más activa del pueblo en los asuntos públicos.

Hubo que transar. Algunos compromisos fueron precarios, como el que permitió la esclavitud hasta 1808, y otros dieron sólido fundamento al federalismo moderno. En todo caso, esa tensión entre realidades opuestas dio la luz un régimen político basado en una estricta división de poderes, cuyos titulares, por origen directo o indirecto, provenían del pueblo.

¿Quién entre los presentes en Filadelfia hubiese podido prever el impulso democrático derivado de la primera frase del Preámbulo de la Constitución? “Nosotros el Pueblo (así con mayúsculas) de los Estados Unidos”: le tocó escribirla en el Comité de Estilo a un representante por Pensilvania, Gouverneur Morris, cuya prosa tan admirable como escépticas sus convicciones acerca de la capacidad del hombre común para hacerse cargo del gobierno de todos. Y, no obstante, esos terratenientes y propietarios, temerosos de las rebeliones populares, resolvieron hacer una república consagrada a una tarea hasta entonces imposible: lograr un equilibrio entre la soberanía del pueblo, la autonomía de los Estados y los derechos individuales, para que ninguno fuese fuente de usurpación, división o privilegio.

Esa fue la misión que se les encomendó a los tres poderes y al compromiso federal. Un ejecutivo unipersonal temporario, presidente, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y cabeza de la administración (Madison, Wilson, y el mismo Wahington derrotaron el plan de Hamilton), un Congreso que hacía las leyes, compuesto una Cámara elegida directamente por el pueblo sin calificar el sufragio y un Senado que acogería por igual, con dos titulares a todos los Estados, cualquiera que fuere su tamaño y población y un Poder Judicial que entendería en todas las materias que “surjan de esta Constitución”.

En el papel, el diseño parecía razonable. En los hechos, el desafío era más complicado, pues esa Constitución impugnaba con insolencia las lecciones del pasado.


Experiencia e innovación

Parece superfluo recordar un lugar común para los afectos a una concepción conservadora de la historia. Según esta interpretación, muy difundida, la Constitución de los Estados Unidos es el triunfo de la experiencia, la síntesis feliz de tradiciones coloniales que hicieron posible practicar temprano el gobierno republicano. A diferencia de lo que de inmediato ocurriría en Francia y en nuestra América, la revolución no había roto la continuidad de las instituciones locales, ni las asambleas representativas de Virginia o en Nueva York, ni tampoco las reuniones periódicas en las ciudades de Nueva Inglaterra, donde el pueblo legislaba directamente.

Había pues un depósito, una experiencia adquirida, un sedimento de costumbres propicias que, sin embargo, no encontraban rumbo común. Entre 1776 y 1787 la situación en América del Norte tenía aire de familia con las nuestras en el siglo XIX: la independencia era un éxito y la nación un fracaso. Lo que hizo la Convención fue romper ese círculo estipulando un procedimiento nacional para gobernar mediante “deliberación y reflexión”, como escribió Hamilton en el primer texto de El Federalista.

Esta innovación es decisiva porque propone un cambio de escala. Durante siglos, las repúblicas parecían condenadas a desenvolverse dentro de las estrechas fonteras de las ciudades estados. Así las habían visto filósofos e historiadores, críticos y panegiristas: las grandes extensiones – escribieron- debían ser gobernadas por monarquías o sufrir las inclemencias del despotismo. Pero cuando una “deliberada unión de un pueblo tan grande y tan diverso” (así llamó Washington) se puso en movimiento, aquellos modelos quedaron sepultados en el pasado.

Gracias a la Convención de Filadelfia, el gobierno republicano regresó de un mundo lejano, habitado por griegos antiguos e italianos del Renacimiento (los mismos cuyo ascenso y declinación relataba Tucídides y Maquiavelo), para instalarse en el presente y no abandonarlo más: la república fue cosa de todos porque recuperó el sentido de lo cotidiano, buscó horizontes dilatados, confió en la población abundante e hizo del ciudadano un colono en busca de tierras nuevas y después un inmigrante en procura de trabajo y educación. La forma de gobierno se corporizó en cada vida privada y en cada proyecto individual. Fue, en definitiva, un haz de libertades políticas, económicas y culturales.

Donde mejor quedaría reflejado este propósito es en la política de frontera abierta qu se siguió a partir de 1787 en los vastos territorios del Oeste. La Constitución, en efecto, otorgó al Congreso y no a los Estados la atribución de regular esa colonización por medio de ordenanzas que prohibían la esclavitud y garantizaban el hábeas corpus y el juicio por jurados.


La Constitución abierta

Cuando finalizaron las sesiones, Jefferson manifestó su disconformidad, advirtiendo dos serios defectos: la Constitución no contenía una declaración de derechos y aseguraba la perpetua reelegibilidad del presidente. Eran observaciones semejantes a las de George Mason, representante por Virginia, quien no firmó el documento, pues preveía que la Constitución oscilaría “entre una monarquía y una opresiva aristocracia corrupta”.

La apuesta estaba hecha. Lo que siguió es la crónica de un áspero y turbulento proceso de ratificación por las Convenciones de los Estados –hacían falta nueve- que culminó en agosto de 1788. Pocos años más tarde se disiparon las dudas de Jefferson. Washington no retuvo la presidencia como un monarca que sólo la abandona con su muerte y Madison impulsó en el Congreso de 1789 la Primera Enmienda a la Constitución, con diez artículos en forma de Declaración de Derechos, que serían aplicados desde el 15 de diciembre de 1791.

¿En qué momento terminó la historia? ¿Fue en 1787, en 1788 o en 1791? En realidad no ha finalizado. Abierta para incorporar en su seno las reformas que los tiempos juzgaran necesarias, la Constitución afrontó durante dos siglos pruebas terribles, desde la guerra civil hasta las ventajas y servidumbres de una república imperial, y no pereció. Parece un edificio inconmovible, pero no es más un producto de la razón humana, construido sobre dudas, convicciones y tolerancia hacia las ideas ajenas. Un curioso espectáculo donde la humildad atemperó la arrogancia. Así lo reconoció Franklin con estas palabras que hizo leer al cierre de los trabajos: “Doy consentimiento Señor, a esta Constitución, porque no espero mejor y no estoy seguro de que ésta no sea la mejor. Las opiniones que tengo de sus errores las sacrifico por el bien público”.

Autor: Alberto Benegas Lynch
Publicado en el diario La Nación, de la ciudad de Buenos Aires el 14 de mayo de 1987.


Vinculo a mi archivo virtual:
http://docs.google.com/Doc?docid=dch6zq27_17gm8t5fhf&hl=es


Artículo publicado el 17 de septiembre de 1987, en el diario La Nación.


Los doscientos años de la República Norteamericana

Se había anticipado el verano de 1787 cuando comenzaron a llegar a Filadelfia, - la ciudad del amor fraternal que fundara William Penn- los primeros delegados de las incipientes trece repúblicas, con el designio de encontrar un modelo político que dirimiera los conflictos que signaron los años turbulentos de la Confederación. Eran los constituyentes que, por mandato del Congreso Continental, inauguraron sus deliberaciones el 25 de mayo de aquel año, con la presencia inicial de delegados de sólo siete estados.


Padres de la Patria

“Nos, el Pueblo” rezan las palabras iniciales del Preámbulo que presentó la Constitución de los Estados Unidos de 1787. ¿Quiénes eran estos “Founding Fathers”, estos Padres de la Patria que, al reivindicar para sí el nombre del Pueblo, estaban llamados a crear una nueva nación y un nuevo gobierno?

“Nunca hubo una asamblea de hombres cargados de mayor y ferviente esperanza, que fuesen más puros en sus motivaciones y se dedicasen exclusiva y ansiosamente a cumplir con el cometido que se les había encomendado”, escribió James Madison en 1836, poco antes de su muerte y para entonces único sobreviviente de la Convención de Filadelfia. Empero, los 55 delegados que comparecieron en este ciudad tenían distinta formación y distinta madurez: 21 de ellos no alcanzaban los cuarenta años y 14 excedían los cincuenta; 34 habían estudiado leyes, 3 eran médicos, 14 dedicados a los negocios inmobiliarios y 2 habían ejercido el ministerio religioso; 21 lucían méritos de las guerras contra Gran Bretaña, 8 eran firmantes de la Declaración de Intendencia y 6 signatarios de los Artículos de la Confederación; 10 delegados habían participado en las asambleas constituyentes de los Estados y 7 llegaron a desempeñarse como gobernadores.

Provenían de confines distintos, unos de las repúblicas igualitarias del Norte, otros de los Estados esclavistas del Sur, con intereses regionales opuestos que iban desde la sociedad agraria a las ciudades mercantiles, pero a todos los alcanzaba un espacio histórico común. Mal allá de las desigualdades sociales, de las diferencias de riquezas y de los desniveles intelectuales, el sentimiento republicano –como expresión de gobierno propio e igualdad ciudadana- se había adentrado en el corazón y en la conciencia de los ex colonos.

Pero se ese vigoroso pensamiento político pertenecía al pueblo, la voz que lo proclama es la de aquellos delegados presentes en Filadelfia: la de George Washington, héroe de la Independencia; la de Benjamín Franklin, autodidacto científico y humanista, ejemplo de virtud cívica; la de un George Mason, de cuya pluma brota la Declaración de Derechos de Virginia; la de James Wilson, inspirador y artífice de la Constitución; la de Alexander Hamilton, el iconoclasta de las grandes soluciones. También participaron en los debates, con sus aportes lúcidos, Edmund Randolph, de Virginia, quien auspiciaba una reforma total de los Artículos de la Confederación; James Wilson, de Pensilvania, consumado jurista a quién se debe la iniciativa de un Ejecutivo presidencial; Roger Sherman, de Connecticut, quien incorporaba la igual representación de los Estados en el Senado; Luther Martín, de Maryland, acérrimo defensor de los estrechos límites de las comunidades y de los gobiernos locales. Pero también flota en el Independence Hall el ideario orientador de libertad y virtud de los grandes ausentes, de los que brillaron una década atrás en ese mismo recinto, tales como Thomas Jefferson, Samuel Adams, Thomas Paine y Patrick Henry.


El artífice de la Constitución.

Virginia, la más populosa y altiva de las antiguas colonias, dio cuna a cuatro vástagos ilustres de su tierra: George Washington, Thomas Jefferson, George Mason y James Madison. Este último, el más joven, nace en 1751 y recibe esmerada educación. Su adolescencia transcurre en la Universidad de Princeton (el antiguo Colegio de Nueva York) donde recibe las fecundas enseñanzas del iluminismo escocés. Para entonces las nuevas ideas de la vieja Gran Bretaña florecían en las Universidades de Edimburgo y Glasgow inspiradas en los filósofos Francis Hutcheson, Thomas Reid y Adam Ferguson, y cruzaban rápidamente el océano para desarrollarse con mayor vigor en el suelo propicio de América.

Cuando Madison deja Princeton en 1772, ya ha formado sus convicciones sobre los grandes temas del pensamiento, en pos de las huellas de aquellos innovadores, con ingredientes de Newton y Locke. En el inventario del equipaje intelectual con que retorna a Virginia hay dos grandes atributos que son su profunda fe por el empirismo y su inclinación al sentido común. Hombre de inteligencia superior y meticulosa, se impuso la tarea de cumplir con el destino republicano por encima de las viejas rivalidades coloniales. Supo cultivar la amistad y devoción de sus influyentes coterráneos, Washington y Jefferson, bien correspondía por cierto, lo que le permitió ascender peldaño tras peldaño hasta alcanzar la primera magistratura de su país (1809-1817).

Sin duda de que todos los delegados que tomaron parte en los trabajos de Filadelfia, Madison ocupa el primer lugar. Toda su erudición de paciente estudioso y su dilatada experiencia como diputado del Congreso de la Confederación se volcó a demarcar la urdimbre apretada de un texto constitucional. A comienzos de 1787, cuando sólo contaba con 36 años, encara la creación de un nuevo sistema político que debía preservar la unión de los trece Estados y vencer la arraigada creencia de tan sólo en pequeños gobiernos locales germinaba la libertad. En otras palabras, acordar un gobierno común sin menoscabo de la pluralidad de las soberanías estaduales.

Es de su inspiración el novedoso proyecto constitucional que con el nombre de Plan Virginia tiene entrada en el seno de la Convención y que abre el cauce a la solución federal. Durante los poco más de cien días de debates, Madison revela su honda compenetración con la división y control de poderes, con el régimen federal, sin dejar que ningún argumento, ninguna controversia, ninguna corrección fuese ajena a su cuidado.


El gran compromiso

No era fácil la convergencia de los encontrados sentimientos que enrarecían el clima de la Convención: por un lado, el espíritu localista de grupos políticos que defendían tozudamente sus intereses domésticos, y por el otro, el sentimiento nacionalista de los que reconocían la necesidad de un nuevo comienzo bajo una suprema autoridad nacional. Lo que desconcertaba a los delegados no era pues, la división de poderes –seis de las constituciones de los Estados la habían consagrado- sino la enigmática mención de un gobierno nacional en donde el equilibrio entre los Estados fuertes y muy poblados y los Estados menores amenazaba quebrarse. Pero si la inquietud por los límites imprecisos de ambas esferas era camino erizado de escollos no lo era menos el interrogante que despertaba la novedosa magistratura presidencial. La creación de un ejecutivo unipersonal sugería connotaciones monárquicas y estremecía la sensibilidad republicana de los delegados que mantenían aún fresco el recuerdo del viejo funcionario ejecutivo de la colonia, es decir, el gobernador de la corona británica y enemigo natural de los viejos colonos.

Es que las ideas y valores que configuran la ideología republicana del último siglo XVIII repelían las monarquías y las aristocracias hereditarias. Cuando Hamilton deja traslucir su entusiasmo por “la más perfecta forma de gobierno que jamás haya existido”, en obvia referencia al parlamentarismo británico, Jefferson, indignado, lo califica de monárquico, lo que equivalía a endilgarle el mote de autoritario y corrupto.

Ninguna otra forma de gobierno que no fuese la republicana –anota Madison- podría conciliar con el genio del pueblo norteamericano ni con los principios fundamentales de la revolución.

Sin embargo, la Convención perseveró en la búsqueda de fórmulas conciliatorias y se hizo menester una suerte de malabarismo político para lograr una armoniosa y patriótica solución. Un Estado un voto fue, finalmente, la regla de oro mediante la cual se alcanzó la idéntica jerarquía institucional de los Estados dentro de un Senado poderoso. Creábase así una formidable barrera constitucional a cualquier ensayo exótico de imponer un gobierno de asamblea al que “le bonhome Franklin” parecía inclinado. Igualmente, el dilema de un ejecutivo de nuevo cuño, confería a un presidente que también era nominado comandante en jefe, como el modelo de la Constitución de Nueva York de 1777, se resolvía con las condiciones de “energía, eficiencia, y responsabilidad al cargo”, según el autor de la propuesta, el delegado James Wilson. Si la magistratura presidencial nace teniendo en vista a un hombre de carne y hueso que reuniera aquellas cualidades sobre las que debía cimentarse el basamento de una nueva nación, no cabe duda de que aquél era George Washington, el primero en la guerra y el primero en la paz. El poder político y el poder militar conjugados en una sola mano.

Para decirlo en el lenguaje de los constitucionalistas, el presidencialismo era la expresión normativa de la realidad.

Fueron los argumentos persuasivos de Madison los que inclinaron la balanza a favor del original proyecto, pero no sin una transacción que importó la eliminación del vocablo nacional con que se calificaba al gobierno.


El porqué de la celebración

Los americanos del Norte festejan el bicentenario de su Constitución no sólo por lo que ella significa en su historia política como epopeya de la libertad sino por lo que representa como baluarte de la democracia.

La vieja república norteamericana, aferrada al juego de sus instituciones, tal cual lo pensó Madison, se ha ido transformando en una vigorosa democracia donde el peso de la opinión pública traduce la voluntad del cuerpo político. Una sociedad que aloja dentro de sí semejante fuerza estructural y a la par siente un respeto sagrado por su Constitución está destinada a perdurar en el tiempo. En el Preámbulo, sólo superado en belleza por el argentino, mezcla de himno y de plegaria, se estamparon los grandes principios éticos y materiales que expresan los objetivos permanentes de aquella comunidad de hombres libres.

Hace un siglo, en ocasión de celebrarse sus primeros cien años, un estadista británico y acuciante testigo de la centuria pasada, William Gladstone, resumió las virtudes de aquel documento con estas palabras: “la Constitución norteamericana es la obra más maravillosa que haya salido jamás, enteramente elaborada, del cerebro y de la voluntad del hombre”. Y si esto era así en 1887, el paso de otro siglo le dio más luz en su marcha hacia el futuro, en su aptitud para innovar ante nuevas inteligencias y nuevas voluntades.

Publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 17 de septiembre de 1987.

Vinculo a mi archivo en Google
http://docs.google.com/Doc?id=dch6zq27_21hnc2nzhh&hl=es



La Mentira Oficial presentada por Nicolás Márquez en Washington D.C.

Parte 1/2



Parte 2/2



Nicolás Márquez desde hace mucho tiempo se ha ocupado de destapar la hipocrecía existente en quienes hacen defensa en la actualidad por los Derechos Humanos. Gente que realmente no le interesan los derechos humanos individuales, sino que usan esa bandera como un negocio de enriquecimiento personal. Es más está a la vista, que si se relacionan con personajes acusados de homicidios, terrorismo y otros delitos en países extranjeros; celebran atentados terroristas comentidos en diferentes lugares del mundo, no tienen autoridad moral para defender los derechos humanos de sus familiares desaparecidos, si no son capaces de respetar los derechos de otras personas.

El autor explica la relación de estas organizaciones con el poder político, cómo han cooptado el poder judicial, desconociendo los preceptos constitucionales y con el fin de convertirlo en una arma para perseguir, combatir y destruir a sus adversarios.

Hoy en día, las bandas subversivas y terroristas que atacaron a la comunidad de Argentina en los años 70, ya no necesitan secuestrar empresarios y pedirles un rescate. Ahora tienen un arma mucho más sofisticada: la prensa y la presión politica para conseguir millonarias indemnizaciones económicas.

Nicolás Márquez, e autor de esta obra de "La Mentira Oficial", vista en en este post. También es autor de: "La Otra Parte de la Verdad" y "El Vietnam Argentino"

diciembre 06, 2008

El Periodismo

Estaba leyendo un post viejo de No me parece, “¿Deber del Periodismo?” para ver si lograba encontrar algo que me ayudara a terminar un par de ideas que tenía en la cabeza para este post sobre cuáles deben ser las funciones del periodismo, y qué es, desde mi óptica, el periodismo correcto.

Para empezar, creo necesario separar la profesión en dos tipos básicos de periodismo, estos serían el periodismo de opinión, y el de reporte de la noticia.

El segundo no es demasiado complicado, basta un idiota agradable a la cámara o al micrófono que lea titulares o un teleprompter, y se limite, sin opinar, a realizar una crónica de lo que pasó en un determinado lapso de tiempo. Para eso es el reportero, nada más que para reportar noticias. Probablemente con un par de cursos de oratoria alcance para dicho puesto.

Después están los periodistas de opinión y estos sí son un verdadero caso de análisis, probablemente clínico también.

Los periodistas de opinión, como su nombre lo indica, opinan sobre todo lo que tienen a la mano. Desde ecología hasta psicología, pasando por todo el espectro de las ciencias blandas, ciencias duras, religión, arte y deporte.

Lo ideal sería que antes de opinar estos “periodistas” se informaran, la carrera de “periodismo” no debería existir como tal, sino que debería ser solamente para expertos en la materia, estén del lado de la ideología que estén. No es necesaria una carrera para enseñar a escribir, el experto en psicología adolescente sabe escribir y puede escribir sus notas sin demasiados problemas.

El periodismo de opinión, como existe hoy, es una aberración que llega al extremo de banalizar profesiones, como el caso de la psicología forense, donde paneles de frustradas infladas a botox opinan sobre la psicopatía en todas sus variables; los profesionales también se prestan para este juego estúpido yendo a cualquier programa ridículo a mostrar la cara, sin un conocimiento acabado del tema que los hacen presentar.

Aquí es donde viene la parte donde propongo algo que va a ofender a muchos, que es eliminar las carreras de periodismo, y que al periodismo de opinión lo ejerzan profesionales en el ámbito que se esté discutiendo (hubo una propuesta similar en No me parece, pero no trascendió como debió haberlo hecho).

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Eso por un lado. Otro de los puntos que quería tocar es el de la ideología en los medios.

Desde el momento en que los medios están hechos por hombres y para los hombres, están inmersos en la ideología. No puede pedirse que un periodista de opinión, un experto como planteaba antes, no tenga ideología. Todos los seres humanos la tienen.

Lo que debe esperarse es que el presentador no la tenga y lea la noticia con el mayor grado de objetivismo posible, sin adjetivos extremistas ni cosas por el estilo, aunque en este punto entra la ideología del que la escribe en un primer término, pero no quiero adentrarme en eso.

Puede haber medios liberals o medios conservadores, lo maravilloso de la libertad de expresión es que puede haber de todo y nos garantiza el derecho a ofender a los demás con lo dicho sin que el ofendido pueda recurrir a la violencia para des-ofenderse como hacen los fanáticos fundamentalistas, o como hicieron los fundamentalistas con las caricaturas de Mahoma, que estoy tentado de subir, pero desviarían lo importante del post.

El problema de la ideología de los medios es cuando, como bien dice Benegas, se vende al mejor postor, casi siempre el gobierno de turno que suele contar con recursos practicamente ilimitados para controlar a los medios. Puede haber medios oficialistas, nadie dice que no, pero deben serlo por congruencia ideológica, no por pauta oficial.

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Finalmente, después de analizado el periodismo y la función del periodista, y la ideología de los mismos, queda analizar, para mí, la función de los medios en la sociedad, que dista mucho de la imbecilidad progresista de la función social de los medios.

La función de los medios, en una república, como cuarto poder como se los suele catalogar, es la de investigar e informar para ayduar a controlar a los demás poderes, sin violar las libertades básicas de los seres humanos, porque están muy distantes el periodismo de investigación serio (como el que levantó las exhorbitantes sumas que cobran los artistas populares) y el amarillismo escandaloso (como el que mostraba el cadáver de la tristemente célebre Nora Dalmasso de Macarrón), pero eso es para otro momento.

Resumiendo: hay que eliminar las facultades de periodismo, el periodismo de opinión debe ser ejercido por expertos en la materia. La ideología de los periodistas es necesaria, pero bajarse los pantalos por unos pesos de Albistur es malo, patético y hace mal a la democracia, y finalmente, el periodismo es la cuarta pata de la mesa de la república: si la cortan, se cae lo que está arriba después de un tiempo.

diciembre 05, 2008

La barbarie ganará una batalla pero no la guerra.



Hace algunos días atrás, el periodista José Benegas publicó en su blog, copias de recibos emitidos por ciertos artistas amigos del gobierno, como León Gieco, Mercedes Sosa, Adriana Varela y Teresa Parodi, donde constaban cifras pagadas por la Jefatura de Gabinete de la Nación por montos que excedían hasta diez veces los precios normales que esos artistas cobran en recitales cuando son contratados por privados. Para la clase dirigente y la progresía a la que pertenecen estos artistas que constante y persistentemente en sus canciones cantan consignas contra la corrupción y contra el capitalismo, la publicación de esos recibos desnuda la hipocresía de sus consignas y deja en claro, que ellos son la misma cosa por la que dicen estar luchando para erradicar. Demuestran también con esto, que el Estado es el refugio de ladrones y estafadores, que buscan ganarse el dinero fácilmente.

Desde entonces la movida de estos artistas y ciertos grupos afines al gobierno, contra Benegas han sido evidentes. Han comenzado a trabajar para desacreditar a este periodista con descalificaciones y calumnias publicadas en diarios y revistas sobornados por el gobierno. Han pretendido asociarlo con grupos de derecha que buscan un golpe de estado, y vincularlo con personas acusadas de un supuesto genocidio ocurrido treinta años atrás o tal vez más, cuando Benegas era un niño que no tenía nada entender ni decidir en una cuestión semejante. Han acusado también a la Fundación Atlas 1853, de quien Benegas ha contribuido con muchos artículos. Pero lo que Benegas busca es un juicio político a la presidente Cristina Kirchner por falta de idoneidad y no un golpe de estado. Como el mismo Benegas lo dice, el golpe de estado lo ha dado el mismo señor Kirchner cuando avasalló el poder judicial y lo continúa su mujer ahora en el cargo. El juicio político en realidad sería la restauración del orden legal y no su quiebre.

Tengo un gran afecto por José Benegas. Sus ensayos, sus declaraciones en radio y televisión, me han abierto la mente y me han permitido ver muchas cosas de una manera muy diferente. Seguramente a mucha gente le ha sucedido lo mismo que a mí. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en la TV, en el año 2000, en un excelente programa llamado “Sin Fronteras”. En ese programa, Marilú Kikuchi y Armando Ribas lo presentaron. En los programas siguientes comencé a distinguirlo por el exquisito juicio de sus comentarios acerca de la realidad argentina y de muchas cosas más. Recuerdo también la desazón que me produjo en el año 2003, cuando dijo que no trabajaba más en el programa. No obstante no me resigné, lo busqué en Internet y continué leyéndolo en un sitio web que tenía llamado “El Disidente” Luego seguí leyéndolo en el blog No me parece, y desde entonces he visitado este blog todos los días, aunque muchas veces me haya abstenido de dejar comentarios.

Por mucho tiempo Benegas ha sido una rareza en la prensa y en el pensamiento, alguien que ha ido contra la corriente de mediocridad en que se ha movido la sociedad argentina. Hoy por suerte ya no está tan solo.

Hoy Benegas dice en su blog “Polvora en Chimangos”, porque está siendo atacado por la chusma insolente del gobierno y de sus fuerzas de choque, pero no creo que su lucha haya sido en vano. Nadie como él ha sido tan persistente defensor de las libertades individuales, tan coherente en sus argumentos, e insobornables por el sucio dinero del gobierno o de quien sea. Y los enemigos de la libertad, entre los que pongo al gobierno argentino en primer lugar, naturalmente quieren sacarlo del camino de saqueo imparable.

Creo entender lo que pasa. Benegas parece estar deprimido, espero que no. Ver el propio nombre manoseado por la gentuza de Revista 23, esa coimera, inmoral y mugrosa revista. No es grato para nadie que se lo asocie a crímenes y que se levante calumias de si mismo. Lo que temo es que Benegas se de por vencido y acepte el chantaje de la chusma.

El domingo 30 de noviembre, Jorge Fontevecchia de Diario Perfil, quien había sido premiado en el año 2007 por la Fundación Atlas como Defensor de la Libertad, y por el cual Benegas había apoyado para que el premio le sea otorgado, diga ahora que no tiene que nada que ver con la Fundación referida y dijo además que no lo asocien al Ku Klux Klan, que según la Revista 23, representa la Fundación Atlas. Esto ofende a Benegas y me ofende a mí también, porque considero a Benegas como un amigo y me siento parte de la Fundación Atlas.

Es paradójico que el premio Defensor de la Libertad,se lo hayan dado a Fontevecchia. Fontevecchia es otra rata apestosa del periodismo argentino, que por lo visto la libertad le importa un bledo, y escribe lo que los lectores quieren leer y no lo que realmente cree, y se sabe bien que el público no quiere la verdad, sino que le mientan, que le cuenten fantasías, sólo una minoría del público busca la verdad. El gran defensor de libertad en la prensa es José Benegas por rato. Fontevechia es liberal hoy por cuestiones de marketing, pero si mañana los lectores le indican que escriba como zurdo escribirá como zurdo; si quieren que escriba como conservador, escribirá como conservador.

Fontevechia, su diario Perfil, la revista Noticias, y la indigna Revista 23, no son diferentes de lo que son Clarín o Página 12, y los canales abiertos: Telefe, América 2, Tn, C5N, y Canal 13, o Radio 10, Todo lo hacen por el dinero como Al Capone con sus negocios de licores. Hablan o callan según el mejor postor. El valor de la verdad no significa nada para ellos y las Libertades Individuales mucho menos, excepto cuando se trata de sus negocios.

Estos medios y estos periodistas no tienen el más mínimo código moral. La libertad de prensa, indispensable para democracia y la transparencia de los actos públicos no tiene nada que ganar con esta clase de periodismo existente en Argentina.

Por todo esto digo: ¡Aguante José Benegas! La lucha por la libertad y por la decencia es dura. No es derrota ser calumniado o atacado. La derrota es darse por vencido. Lo dice de corazón un amigo.





diciembre 03, 2008

Padres Fundadores: In Memorian


Por Alberto Benegas Lynch (h)

En esta oportunidad me limitaré a transcribir algunos textos breves de los Padres Fundadores en Estados Unidos para que los lectores saquen sus propias conclusiones y se formulen las reflexiones que estimen pertinentes, exentos de glosas y comentarios de cualquier naturaleza que sean.

James Madison (1792) : “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo [...] Éste ha sido el fin del gobierno, sólo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”.

James Madison (1788) : “Hemos oído la impía doctrina del Viejo Mundo por la que la gente era hecha para el rey y no el rey para la gente.¿Se revivirá la misma doctrina en el Nuevo bajo otra forma- que la sólida felicidad de la gente debe sacrificarse a las visiones de aquellas instituciones políticas bajo una forma diferente?”.

James Madison (1800) : “Los poderes delegados por la Constitución propuestos al gobierno federal son pocos y definidos”.

George Mason (1780) : “ Ahora bien, todos los actos de la legislatura aparentemente contrarios al derecho natural y a la justicia son nulos, según nuestras leyes y deben serlo según la naturaleza de las cosas [...] en conciencia estamos obligados a desobedecer las constituciones humanas que contradicen [aquellos principios fundamentales]”.

Alexander Hamilton (1788): “Voy más allá y afirmo que el bill of rights , en el sentido y en la medida para lo que se pretende no sólo resultan innecesarios en la Constitución sino que pueden resultar peligrosos [...] Puesto que ¿para qué declarar que las cosas no se harán cuando no hay poder de hacerlas?”.

Thomas Jefferson (1789) : “La tiranía de los legisladores es actualmente, y esto durante muchos años todavía, el peligro más temible. Lo del poder ejecutivo vendrá a su vez, pero en un período más remoto”.

James Wilson (1782) : “En mi modesta opinión, el gobierno se debe establecer para asegurar y extender el ejercicio de los derechos naturales de los miembros; y todo gobierno que no tiene esto en la mira, como objetivo principal, no es un gobierno legítimo”.

Thomas Jefferson (1792) : “Se necesita un gobierno frugal que restrinja a los hombres que se lesionen unos a otros y que , por lo demás, los deje libres para regular sus propios objetivos”.

Thomas Jefferosn (1787) : “Una pequeña rebelión de vez en cuando es algo bueno y necesario en el mundo político, tal como las tormentas lo son en el físico”.

George Washington (1796) : “Establecimientos militares desmesurados constituyen malos auspicios para la libertad bajo cualquier forma de gobierno y deben ser considerados como particularmente hostiles a la libertad republicana”.

Alexander Hamilton (1787) : “La violenta destrucción de a vida y la propiedad en la guerra, el esfuerzo continuo y la alarma consustancial al estado de peligro permanente, hará que las naciones más apegadas a la libertad pidan reposo y seguridad a instituciones que tienen una tendencia a destruir sus derechos civiles y políticos. Para obtener seguridad estarán dispuestos a correr el riesgo de ser menos libres”.

James Madison (1780) : “El ejército con un Ejecutivo sobredimensionado no será por mucho un compañero seguro para la libertad [...] El peligro extranjero siempre ha sido el instrumento de la tiranía dentro del país”.

Thomas Paine (1776) : “La sociedad en todos sus estados es una bendición, pero el gobierno, aún en su mejor estado, constituye un mal necesario y en su peor estado, uno intolerable”.

Thomas Jefferson (1782) : “Un despotismo electo no fue el gobierno por el que luchamos”.

George Washington (1795) : “Mi ardiente deseo es, y siempre ha sido, cumplir con todos nuestros compromisos en el exterior y en lo doméstico, pero mantener a los Estados Unidos fuera de toda conexión política con otros países”.

Benjamin Franklin (1787) : “Este esquema de gobierno será probablemente bien administrado en el curso de años y puede sólo terminar en despotismo, tal como ha ocurrido con otras formas antes que él, cuando la gente sea tan corrupta como para necesitar un gobierno despótico, siendo incapaz de ningún otro”.

Benjamin Franklin (1759). “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

George Mason (1781) : “Un repaso permanente de los principios fundamentales es absolutamente necesario para preservar las bendiciones de la libertad”.


Fuente: Diario de América