Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Medina Méndez. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Medina Méndez. Mostrar todas las entradas

junio 27, 2008

Una flotación "demasiado" sucia.

En tiempos de turbulencia, vale la pena reflexionar sobre estas cuestiones. Ojala que el material que, entiendo, es de actualidad sirva para leerlo, reflexionar y difundirlo.

Alberto Medina



Los economistas dieron en llamar "flotación sucia" a ese recurso por el cual el Estado mediante políticas monetarias dirigistas, interviene en el mercado de divisas para establecer el precio de las monedas.

El término, tal vez surge como contraposición al de la flotación limpia en el que el valor de las monedas se determina como consecuencia del libre juego de la oferta y demanda.

En nuestro país las políticas intervencionistas gozan de gran apoyo popular no solo en la sociedad sino también en los ámbitos académicos, como así también en la base ideológica de la partidocracia local. El afán por controlarlo todo, fundamentalmente las variables económicas, también ha triunfado en esto del mercado de divisas.

Nuestro país regresó a esto de la flotación sucia desde que se retiro abruptamente del nefasto régimen de convertibilidad con el que convivimos por años. Ese sistema proponía otra forma de dirigismo estatal estableciendo un tipo de cambio fijo.

Nuestros economistas, siempre han tenido especial devoción por esta forma de controlar la economía. Son patológicamente desconfiados del mercado. Pretenden manejar esta variable, que entienden, estratégica. Incluso, ampulosamente, llaman "política cambiaria", y hasta "política económica" a esto de determinar el valor de las divisas.

Es que manipular el valor de la moneda propia y por lo tanto su valor relativo expresado en otras monedas extranjeras siempre ha sido el recurso más fácil para intentar resolver cuestiones de fondo. Es el camino mas corto. No precisamente el adecuado.

Muchos argentinos compraron la idea de que un "dólar alto" nos hace competitivos, convirtiéndonos rápidamente en exportadores, con una balanza comercial favorable que permite ingresar divisas.

Suena mágico. Es como ponerse tacos para poder mirar desde un lugar mas elevado. Dólar alto y de pronto somos eficientes, competitivos. Vaya falacia. No lo somos, solo hemos creado escenarios artificiales que consiguen efectos tan inexistentes como efímeros en base a una deformación de la realidad.

Uno de los mayores daños que genera, es que ni bien creemos que somos competitivos, asumimos que ese "dólar alto" es derecho adquirido, que no debemos mejorar nada de nuestras estructuras de costos, que tenemos una productividad extraordinaria, cuando en realidad no solo no lo es, sino que descansa en esta artificial herramienta.

La intervención estatal en el mercado cambiario, como en cualquier otro, no hace más que distorsionar el sistema de precios y quitarnos la brújula, los parámetros de una mejor asignación de recursos.

Los supuestos efectos bondadosos parecen evidentes, pero es el mismo gobierno quien se ocupa de minimizar la inmensa cantidad de efectos negativos que en forma más que proporcional debe pagar la sociedad como precio para lograr tener en pie esa mentira.

El final es predecible. Ningún artificio económico se puede sostener indefinidamente. Cae por su propio peso. Además el resto de las variables se ocupan de encontrar mecanismos de sinceramiento automático, que lamentablemente, y aunque no se deseen sus efectos, hacen daño a su paso.

El gobierno, apelando a su originalidad, poniendo el sello propio de nuestra ya prestigiosa capacidad creativa, ha encontrado nuevas formas de explotar al máximo esta maquina de destrucción que ha sido y es la política cambiaria.

En estas semanas, se ha convertido en la nueva herramienta de sometimiento a los que piensan diferente. El campo asiste hoy a la caída libre del precio de la divisa norteamericana expresada en pesos. Nueva forma de amedrentar y mostrar quien tiene la manija. Otra muestra más de la provocadora e impune detentación de poder.

En alguna oficina publica se esta decidiendo hasta cuando se dejara caer el dólar y cuando se retomara la senda del precio que precisan para que sus números mágicos cierren y la caja oficial este suficientemente satisfecha.

Han "hecho caja" durante algún tiempo, han ahorrado artificialmente y se pueden tomar un respiro. Entienden que algo de manipulación cambiaria es la medicina que le falta al campo para terminar de arrodillarse, aceptando su derrota en esta confrontación.

Hay que decirlo con todas las letras. Esta forma de manejar la economía conlleva una cuota de inmoralidad superlativa. No ahora, sino siempre. El fantasma de la corrupción merodea toda la escena. Alguien decide el precio de una mercadería, en este caso el dólar. Esa persona, o conjunto de ellas, sentados en algún despacho, atribuyéndose un poder que la Constitución no les confiere en párrafo alguno, deciden no solo sobre el destino de cada uno de nosotros, sino también, sobre las fortunas de muchos individuos.

Es que aquel que sabe cuando va a bajar y cuando va a subir, el que decide el valor de la divisa, es como el que sabe el número del billete ganador de la lotería. Solo debe saber cuando comprarlo y ese dato lo tiene al alcance de la mano, porque el mismo lo define.

Demasiado poder concentrado en pocas manos. Mas de lo que los constituyentes previeron para nuestros gobernantes. Creemos ingenuamente que detrás de las famosas políticas activas, de los "siempre dispuestos" defensores del rol del Estado, existen solo bien intencionados hombres. El poder no debe estar concentrado en pocas manos. Decía Lord Acton "El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente"

El Estado no solo no puede intervenir en la economía porque genera inevitablemente un daño superior al que pretende evitar. Su participación como presunto mejor administrador de los recursos solo muestra más ineficiencia que la que supone corregir.

No solo no puede, sino que no debe intervenir. Su participación es espuria. Solo logra corrupción, esa que no existiría de no mediar su arbitraria intervención.

La historia argentina esta plagada de este recurso técnico de la flotación sucia. Esta vez no solo se la ha utilizado como tal, sino además como moderna herramienta para amedrentar. Encima sigue merodeando el fantasma de la corrupción, sospecha que se sustenta en que alguien ya sabe hasta cuando va a bajar y sabe cuando y hasta cuanto volverá a subir. Después de todo el nombre de flotación sucia le queda bastante bien. Solo se puede decir que esta vez es "demasiado" sucia.


Alberto Medina Méndez

febrero 19, 2008

El desafío de la coherencia

A propósito de la visita del dictador africano. El hecho no es relevante, pero ayuda a reflexionar acerca de cuanto cuesta ser coherente en estos tiempos.

Ojala que sirva para pensar, reflexionar y porque no difundir la presente.

Alberto

En casi todos los órdenes de la vida resulta difícil ser coherente. Alinear discurso y acción no es tarea sencilla. No lo es para los individuos, mucho menos aun para las sociedades y sus gobiernos.

En materia de política internacional los Estados viven en permanente debate al respecto, para decidir de que lado ponerse frente a determinadas circunstancias. Lograr ese delgado equilibrio implica respetar la soberanía de otros pueblos para elegir sus formas de gobierno y también sus gobernantes. No solo pasa en estas latitudes. A la inmensa mayoría de las naciones, les sucede.

Sostener la dualidad que implica respetar a otros pueblos a través de sus circunstanciales gobernantes aun disintiendo con visiones y métodos, no es una simple labor.

El protocolo vino, por otro lado, a ocupar ese espacio que "obliga" a ciertas formalidades que pretenden cubrir cuestiones de buena educación y relación civilizada.

Nuestro actual gobierno nacional ha elegido el camino de establecer sus vínculos internacionales según la simpatía que les provoca el líder de turno. Hay que decir, tal vez, que esta forma de ver la política internacional omite una importante cuestión. Enfoca la relación en sus líderes y no desarrolla lazos con los pueblos, sino solo a través de los eventuales detentadores del poder.

En ese contexto, y habiéndose el gobierno argentino declarado ferviente defensor de los derechos humanos es lógico que nos preocupe lo que sucede en el mundo en relación a estas cuestiones.

Más allá de la sensación de cierta parte de la sociedad argentina que critica el espíritu revanchista del discurso pro derechos humanos puertas adentro, bienvenida la justicia y en esto, cabe esperar que las instituciones respondan sin repetir la historia, brindando juicios justos, con garantías, esas que no tuvieron muchos en el pasado.

Es difícil no simpatizar con la idea de proteger derechos tan elementales como la libertad de culto, de expresión o de conciencia. Buena parte de la sociedad aspira a poder debatir, disentir, en un marco de respeto y tolerancia. Soñamos con ser plurales y transitamos el arduo camino de aprender estos códigos que implican toda una oportunidad para quienes, hasta ahora, solo logran aceptar parcialmente los valores que implican una republica.

Por eso, en estas circunstancias, ha traído consigo una importante controversia, el haber recibido en nuestro país, con importantes honores y en un acto público, a un dictador, que ha llegado al poder de modo violento, con el uso de las armas, sin una elección democrática mediante, y que tiene en su haber reiteradas denuncias internacionales que lo relacionan con una creciente cantidad de presos políticos, esos que, precisamente, no comparten sus ideas.

Esta descripción encaja perfectamente con el nombre del dictador africano, Teodoro Obiang, quien conduce los destinos de Guinea Ecuatorial desde 1979. Se dicen cosas terribles de este tirano. Buena parte de ellas se presumen ciertas.

Paradójicamente esta descripción también se ajusta totalmente a Fidel Castro, el dictador cubano que llego al poder por la fuerza, armas mediante y se sostuvo allí por décadas. Las Naciones Unidas ha sido el ámbito elegido para las reiteradas condenas a su régimen, fundadas en las permanentes violaciones a los derechos humanos que se le imputa, incluidos sus ya famosos presos políticos. La Argentina rara vez tomo la posición esperada frente a semejantes atropellos.

No es la idea de esta nota analizar si la visita del presidente africano ha sido un papelón internacional o no, o si el canciller cometió un error que puso incomoda a la Presidente obligándola a "despacharse" con un discurso, al menos incomodo para el "invitado". Esos no dejan de ser asuntos domésticos de menor relevancia y que solo muestran cierto grado de informalidad e improvisación.

Tampoco importa demasiado si el dictador africano fue convocado para firmar convenios de integración económica a las luces de su creciente desarrollo económico y sus riquezas en materia de energía. Esas serían solo cuestiones de mera conveniencia material. Después de todo para intercambiar bienes no resulta preciso comulgar con los valores morales de quienes nos compran o venden. Si así fuera casi seguro las naciones debieran aislarse. La magia del mercado justamente consiste en esa extraña fuerza natural que hace que contribuyamos entre nosotros, sin darnos cuenta, casi incluso en contra de nuestros propios principios.

No es esa la cuestión de fondo. Solo vale la pena apuntar a esta pendular actitud nacional que califica a los dictadores según sus simpatías, y no según sus actos. La cuestión de los derechos humanos es una causa noble. De eso no hay duda. Ojala tuviéramos el coraje de ser denunciadores internacionales de cuanta dictadura anda aun desplegándose por el planeta. Para ello resultaría preciso despojarse de los prejuicios infantiles que nos hacen defender lo indefendible.

Ofrecer las escalinatas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires al patético dictador cubano, para que se pavonee frente a sus fans, es una ofensa no solo a nuestra recitada posición pro derechos humanos, sino lo que es mas grave aún, una bofetada al pueblo cubano, que no se puede dar el lujo de manifestarse libremente en la isla, sin correr el riesgo de ser apresado, cuando no torturado, por pensar diferente.

Los dictadores no se clasifican en simpáticos o antipáticos. La tiranía implica soberbia, crueldad y por sobre todo supone la desaparición de las libertades políticas e individuales más elementales. No caben los atenuantes. Tampoco sirve aplaudir a quienes pretenden eliminar el sistema democrático de la faz del continente. En Argentina sabemos bastante de dictaduras. Aun estamos tratando de digerir nuestro pasado. No alimentemos a los monstruos del futuro. Nos podemos arrepentir, y mucho.

El desafió es ser coherente. Y vaya si esta costando en estos tiempos.

Alberto Medina Méndez