septiembre 01, 2007

PERSPECTIVAS DE PRECIOS, DISTURBIOS MONETARIOS Y MALA ORIENACIÓN DE LAS INVERSIONES.


Friedrich A. Hayek

El rasgo más característico del trabajo de nuestra generación de economistas es probablemente el empeño general de aplicar los métodos y resultados de la teoría pura del equilibrio para elucidar los fenómenos "dinámicos" más complicados. Podríamos, quizás, haber esperado que todas las generaciones de economistas se hubieran es-forzado por acercarse más y más a la realidad, aminorando poco a poco el grado de abstracción de la teoría pura. Sin embargo, poco se logró en este sentido durante Ios 50 años anteriores a 1920. El des-arrollo de la economía no ocurrió en la forma sistemática que aparece en los libros de texto, en los que se pasa progresivamente de lo general a lo particular. Las soluciones a Ios importantes problemas de la vida real no podían esperar a que el progreso lento de la teoría pura diera por resultado un plan que pudiera aplicarse inmediatamente en forma más práctica.Parece que en lo tocante a la actitud hacia las aplicaciones de la teoría pura a Ios fenómenos más complicados de la dinámica económica, como son las crisis y las fluctuaciones industriales, podemos distinguir tres tipos principales. En muchos casos, quienes sintieron más fuertemente la urgencia de los problemas existentes en este campo y que intentaron resolverlos tenían poco conocimiento del estado de la teoría económica. En este grupo se incluyen, además de los innumerables charlatanes, algunos pensadores de talento y experiencia para quienes tenemos una enorme deuda de gratitud. En el segundo grupo, que no es de menor importancia, encontramos maestros que, si eran versados en las especulaciones teóricas de su tiempo, las consideraban de poco uso en la tarea que se habían impuesto. Ambos grupos han hecho aportaciones de gran valor y más adelante tendré oportunidad de mencionar algunas contribuciones de importancia que, a partir de 1850, debemos a estos grupos. No se sabe con certeza si esta deuda de gratitud es más pequeña que la que debemos en este campo a un tercer grupo, es decir, a las destacadas figuras que se empeñaron —según nos parece, en forma prematura— en aplicar una teoría demasiado simplificada y defectuosa a estos fenómenos complicados. A pesar de que su empeño en justificar de esta manera su devoción a la teoría pura y en demostrar su utilidad fue indudablemente correcto, y a pesar de que su instinto les hacía ver que sólo este sendero conducía a fin de cuentas a una explicación satisfactoria, lo cual es también correcto, el resultado de estos empeños, desde la publicación de la célebre Théorie des Débouchés en adelante, fue con frecuencia el de comprimir los problemas dentro de un marco a manera de camisa de fuerza que no nos ayudó realmente a solucionarlos.
IIFue sólo con el desarrollo del análisis de equilibrio, conjunta-mente con una certidumbre cada vez más creciente acerca de las condiciones y límites de la aplicabilidad del concepto de equilibrio, como hemos llegado a reconocer la naturaleza de los problemas existentes en este campo, descubriendo las rutas que nos llevarán a su solución. Y aun cuando los estudiosos de estos problemas siguen caminos diferentes, es hoy quizá cierto que en todos los países con una gran tradición teórica Ios esfuerzos de los hombres más jóvenes en nuestra materia se encaminan a llenar la laguna que existe entre la "estática" y la "dinámica". Para algunos, las diferencias que existen entre las varias "escuelas" pueden aparecer como de gran importancia. Sin embargo, el que los distintos individuos, en su empeño de seguir adelante, hagan mayor o menor hincapié en las deficiencias de la teoría "estática" tal como es ahora, me parece que se basa más en las diferencias de temperamento que en las de objetivos o en las de métodos usados. Yo creo que la mayoría de los economistas jóvenes comparten la creencia de que se puede conservar la continuidad de este desarrollo y que sólo de esta manera podremos llegar a nuestra meta.Lo que todos buscamos, pues, no es dar un salto hacia algo enteramente nuevo y diferente, sino más bien desenvolver nuestro aparato teórico fundamental para que nos permita explicar los fenómenos dinámicos. Hasta hace poco tiempo yo mismo creía que la mejor forma de expresar esto era simplemente diciendo que la teoría del ciclo económico que buscábamos debería sobreponerse orgánica-mente a la teoría del equilibrio. En la actualidad, me inclino a decir que la teoría misma debe desarrollarse para que nos permita usarla directamente para la explicación de determinadas fluctuaciones industriales. Como el doctor Lutz lo ha demostrado últimamente en forma convincente,' nuestra tarea no consiste en elaborar una teoría aislada del ciclo económico, es decir, la elaboración de un modelo detallado que se adapte a todos los ciclos económicos reales, sino más bien desarrollar aquellos sectores de la teoría general que necesitamos para el análisis de ciclos especiales que frecuentemente difieren considerablemente el uno del otro.Una gran parte de esta tarea consistirá en la elaboración de capítulos especiales de la teoría general, sobre todo de la teoría del capital y del dinero, orientándolos hacia un análisis más cuidadoso de los procesos que resultan de cualquier cambio en las condiciones examinadas. Sin embargo, la peculiaridad común de estos esfuerzos que tienden a hacer más realista la teoría es que pronto nos traten nuevamente el problema fundamental de toda teoría económica, esto es, el problema del significado del concepto de equilibrio y su pertinencia en la explicación de un proceso que se verifica en el tiempo. No hay duda que, en este aspecto, algunas de las formulaciones de la teoría del equilibrio resultan de poca utilidad y que no sólo su con-tenido especial, sino también el concepto mismo de equilibrio de que se sirven, requiere ciertas correcciones.No puede negarse que este concepto de equilibrio no ha tenido en el pasado siempre el mismo significado y tampoco ha sido muy claro. Esto es cierto al menos en lo referente a la aplicación del concepto de equilibrio a los fenómenos de una sociedad que descansa en los principios de la libre concurrencia, mientras que si lo aplicamos a las actividades económicas de una persona aislada o a un sistema comunista dirigido y centralizado, probablemente tenga un significado definido. Mientras en este último caso se puede hablar legítimamente de un equilibrio necesario entre las decisiones que una persona toma en cierto momento dado, está mucho menos claro el sentido en que podriamos aplicar el mismo concepto a las acciones de un gran número de personas, cuyas reacciones sucesivas a las acciones de sus semejantes necesariamente se desarrollan en el tiempo, y que pueden representarse como una relación de equilibrio sin tiempo sólo si se echa mano de supuestos especiales irreales.Si queremos aplicar el análisis de equilibrio a un sistema de competencia en constante cambio, necesitamos definiciones de los supuestos en que descansa, más exactas de las que generalmente se dan. El significado realista de las tendencias hacia la posición de equilibrio que se descubren tradicionalmente en la teoría pura se puede demostrar solamente cuando se conoce cuáles son las condiciones bajo las cuales es al menos concebible llegar a una posición de equilibrio.La principal dificultad que entraña la posición tradicional es que hace abstracción absoluta del factor tiempo. Un concepto de equilibrio que fuera esencialmente aplicable sólo a un sistema en que no se considera el factor tiempo no podría ser de gran valor. Afortunadamente, en los últimos tiempos este punto de vista ha sido modificado. Se ha puesto de relieve que en lugar de hacer caso omiso del elemento tiempo debemos hacer supuestos muy precisos acerca de la actitud de las personas hacia el futuro. Los supuestos de este tipo que están implícitos en el concepto de equilibrio son que cada persona prevé el futuro correctamente y que esta previsión incluye no solamente Ios cambios que pueden ocurrir en las condiciones objetivas, sino también el comportamiento de todas las demás personas con quienes se espera entrar en transacciones económicas.'No me propongo en estas páginas profundizar más sobre los últimos desarrollos del análisis del equilibrio. Espero que lo que he dicho sea suficiente para explicar ciertas conclusiones que quiero sacar de estos desenvolvimientos para el estudio de los fenómenos dinámicos. Me parece que desde este punto de vista nuevo sería posible al menos dar un significado más definido a ciertos conceptos que la mayoría hemos usado en forma algo ambigua. Pienso en particular en la frecuente declaración de que un sistema económico (o un precio particular como, por ejemplo, la tasa de interés) está en equilibrio o bien no lo está.Es evidente que las varias perspectivas sobre las que diferentes individuos basan sus decisiones en un momento dado serán o no serán mutuamente compatibles, y que si estas perspectivas no son compatibles las de algunos individuos no se realizan. También está claro, probablemente, que las perspectivas que existan en un momento dado se basan en gran parte en los precios corrientes en ese momento y que podemos concebir constelaciones de tales precios que crearán perspectivas que inevitablemente fracasen, y otras que no lleven en sí el germen de tales fracasos, creando así perspectivas que —al menos si no hay cambios imprevistos en las circunstancias ex-ternas— puedan estar en armonía con el curso real de Ios acontecimientos. Esta consideración, a mi parecer, nos da un punto de partida útil para el mayor desarrollo de la teoría de las fluctuaciones industriales.
IIIToda explicación de las crisis económicas debe incluir el supuesto de que los emprendedores han cometido errores. Pero el solo hecho de estas equivocaciones no puede considerarse como una explicación suficiente de las crisis. Las disposiciones erróneas que terminan en pérdidas para todos aparecerán probablemente sólo en el caso de que podamos demostrar por qué todos los emprendedores han de equivocarse simultáneamente en la misma dirección. La explicación de que esto se debe a una especie de infección psicológica, o de que por cualquier otra razón la mayoría de los emprendedores tiene que co-meter cl mismo error de criterio, no es muy convincente. Sin embargo, lo más probable es que todos resulten equivocados por haber prestado atención a índices o síntomas que generalmente son fidedignos. Hablando más concretamente, puede ser también que los precios que regían cuando los emprendedores tomaron sus decisiones, o en los que basaron sus expectativas del futuro, creen perspectivas que necesariamente tienen que fracasar. En este caso tendríamos que distinguir entre lo que llamaríamos errores justificados, causados por el sistema de precios, y simplemente errores acerca del curso de tos hechos externos. Aunque no tengo tiempo para examinar este aspecto un poco más, debo mencionar que probablemente existe una íntima conexión entre esta distinción y la distinción tradicional entre las teorías "endógena" y "exógena" del ciclo económico.Por ahora, el caso más interesante de decisiones de emprendedores, en donde el resultado depende enteramente de lo correcto del punto de vista generalmente en boga acerca de los futuros desarrollos, lo presenta el caso de las inversiones en tanto las afecte la situación del mercado de capital en general y no la situación especial de determinadas industrias. En este caso la misma causa puede provocar malas inversiones no solamente en una o en pocas industrias, sino en todas al mismo tiempo. El éxito de cualquier inversión hecha por un período de tiempo considerable depende del curso futuro del mercado de capital y de la casa de interés. Si en cualquier momento la gente principia a aumentar el equipo de producción, esto representará generalmente sólo una parte de un nuevo proceso que se completará ayudado por más inversiones diseminadas a través de un período de tiempo; y la primera inversión resultará entonces provechosa sólo cuando la oferta de capital haga posibles los nuevos cambios que se anticiparon. En general, es quizá cierto decir que la mayoría de las inversiones se hace ante la perspectiva de que la oferta de capital continuará al nivel actual por algún tiempo. En otras palabras, los emprendedores consideran la presente oferta de capital y el tipo de interés actual como un síntoma de que continuará aproximadamente la misma situación por algún tiempo. Y es precisamente la existencia de tales supuesto lo que justifica el uso de nuevo capital para dar comienzo a nuevos métodos indirectos de producción, que, para poder completarse, necesitan de nuevas inversiones por un tiempo mayor. (Estas nuevas inversiones que son necesarias para el éxito de las inversiones del presente pueden ser inversiones efectuadas por los mismos emprendedores que efectuaron la primero inversión o, más frecuentemente, inversiones por un segundo grupo de emprendedores en Ios productos producidos por el primero.) Para la realización de estas perspectivas no es necesario que la oferta de capital sea la misma durante el período de más importancia, sino más bien, como se ha demostrado en otra ocasión,' que esta oferta de capital no disminuya en ningún momento en una cantidad mayor de la que se ha utilizado para iniciar nuevas producciones (aparte de la producción en marcha e incompleta).De allí que bastarían fluctuaciones severas e imprevistas en los ahorros para causar enormes pérdidas a las inversiones efectuadas en el período precedente, creando así la situación característica de una crisis económica. La causa de esta crisis podría atribuirse a que los emprendedores hablan considerado equivocadamente un aumento temporal en la oferta de capital como si fuera permanente y actuaran bajo este supuesto. La única razón para que no podamos considerar esto como una explicación suficiente de las crisis económicas que conocemos es que la experiencia no nos permite suponer que puedan ocurrir tales fluctuaciones en el volumen de ahorros, excepto como resultado de las crisis. Si no fuera por éstas, las que, en consecuencia, tendremos que explicar de distinta manera, se podría justificar cl supuesto de los emprendedores de que la oferta de ahorros continuaría al mismo nivel actual. Las decisiones de los hombres de empresa sobre las cantidades de bienes de consumo que se podrían vender como resultado de sus inversiones actuales y las fechas de ven-ta coincidirían con las intenciones de los consumidores en cuanto a las porciones de su ingreso que desearían consumir en varias fechas.
IVDesde luego que es bien sabido que la oferta corriente de dinero-capital no es necesariamente idéntica a la cantidad de ahorros co-rientes. La oferta de dinero-capital puede variar independientemente de la oferta de ahorros, a consecuencia de toda clase de perturbaciones monetarias descritas ya como cambios en la cantidad de dinero y cambios en la velocidad de la circulación del dinero, pero en verdad de una naturaleza más complicada de lo que sugieren estos términos. Sin embargo, esto quiere decir que, en ocasiones, los emprendedores basan sus decisiones acerca de futuras inversiones en síntomas que en manera alguna indican ni siquiera el deseo actual de ahorrar de los consumidores y, en consecuencia, no sirven de guía para predecir la forma en que distribuirán su ingreso en el futuro entre con-sumo y ahorros. Los emprendedores tomarán sus decisiones respecto del volumen de sus inversiones, por ejemplo, acerca de las cantidades de bienes de consumo que producirán en varias fechas, como si la presente distribución de la demanda monetaria entre bienes de consumo e inversiones correspondiera a la forma en que los consumidores dividen su ingreso entre consumo y ahorros. El resultado deesto tiene que ser que la proporción en la que los emprendedores dividan sus recursos entre la producción para un futuro cercano y la producción para un plazo más largo será distinta a la proporción en que Ios consumidores en general quieran dividir su ingreso actual entre consutpo actual y provisión para el consumo en una fecha posterior.En tal situación, existe evidentemente un conflicto entre las intenciones de los consumidores y las de los emprendedores que tarde o temprano se manifestarán, frustrando así las perspectivas de por lo menos uno de estos dos grupos. Esta situación no es de equilibrio en el sentido en que lo definimos anteriormente. Tal condición de equilibrio requeriría que las intenciones de los dos grupos fueran por lo menos compatibles. Esto excluye una situación en la que los precios actuales y especialmente las tasas de interés vigentes creen, respecto al futuro comportamiento de algunos miembros de la sociedad, perspectivas carentes de todo fundamento. La tasa de interés de equilibrio sería entonces aquella que asegurara cierta correspondencia entre las intenciones de los consumidores y las de los hombres de empresa. Dada una tasa constante de ahorros, esta tasa de interés sería aquella que se obtenga en un mercado donde la oferta de dinero-capital fuera exactamente igual a los ahorros corrientes.Si la oferta de dinero-capital se aumenta, a consecuencia de cambios monetarios, hasta alcanzar una suma superior, la tasa de interés será más baja que la tasa de equilibrio y los hombres de empresa contarían con el estimulo suficiente para dedicar una parte mayor de los recursos disponibles a producir para el futuro más distante, de la que corresponde a la manera como los consumidores dividirán sus ingresos entre ahorros y consumo. En el momento en que los em-prendedores toman esta decisión, los consumidores no tienen posibilidad de expresar sus deseos en forma rotunda, ya que sus ingresos no han variado aún, mientras que la expansión del crédito ha aumentado el fondo disponible para inversiones. Sin embargo, con el tiempo la inversión de estos fondos deberá incrementar el total de los ingresos en una cantidad casi igual a la cantidad de estos fondos, ya sea porque los jornales tengan que subir para estimular a los trabajadores a que abandonen las industrias de bienes de consumo en favor de las de bienes de producción, o porque estos fondos se empleen para dar ocupación a individuos que antes estaban desocupados. Evidentemente, esto aumentará la intensidad de la demanda de bienes de consumo en una cantidad que depende de la forma en que los consumidores distribuyan el ingreso adicional entre consumo y ahorros.El primer punto que debemos tener presente es que este aumento en el total de ingresos monetarios no significa un aumento de los ingresos reales, pues es posible que se traduzca en una disminución del ingreso real de muchos individuos consumidores. No importa cuán grande sea la cantidad de dinero a la disposición de los consumidores, éstos nunca podrán consumir una cantidad de bienes de consumo superior a la oferta corriente, y si las nuevas inversiones han provocado una redistribución de los factores de la producción ya empleados hacia procesos de producción indirecta de mayor du-ración, ello debe resultar, en igual grado, en una disminución de la producción de bienes de consumo. El aumento de la productividad de los recursos permanentes existentes motivado por las nuevas in-versiones no vendrá sino muy posteriormente. Pero aun cuando los primeros resultados de las nuevas inversiones dejen sentir su efecto en el mercado, este aumento de la producción será igual a apenas una fracción de los ingresos adicionales y, como se verá en seguida, es esta relación entre el aumento de ingreso y el de la producción de bienes de consumo lo que tiene importancia para nuestro problema.En las circunstancias aqúí consideradas, hay poca razón para creer que la parte del aumento del ingreso monetario que se dedica al consumo corriente disminuirá. Estos cambios tendrán poco efecto en el deseo de los consumidores de ahorrar, y su capacidad para ahorrar, cuando mucho, habrá disminuido. Solamente en el caso de que haya habido una redistribución de ingresos durante todo el proceso, y que esta redistribución haya favorecido a individuos más propensos al ahorro a expensas de los menos propensos, podremos esperar un cambio en la producción ahorrada del ingreso. Pero ya sea que los consumidores dividan su ingreso monetario adicional según la vieja proporción entre consumo y ahorro, o que la proporción sea un poco más favorable al ahorro, de todos modos el aumento del ingreso monetario llevará a un aumento de la demanda monetaria de bienes de consumo y por ende a un alza de los precios de estos artículos.Este aumento en la intensidad de la demanda de bienes de con-sumo no tiene por fuerza un efecto desfavorable en las actividades inversionistas, siempre que los fondos disponibles para propósitos deinversión se aumenten en forma suficiente mediante nueva expansión de créditos para que, aun con el aumento de la competencia ofrecida por las industrias de bienes de consumo, se pueda obtener una mayor p;oporción de los recursos totales disponibles en la cantidad requerida para completar los nuevos procesos ya iniciados. No es difícil ver que esto requerirá una expansión continua y progresiva del crédito y que esta expansión, aparte de los obstáculos legales y tradicionales, no puede continuar indefinidamente, aunque fuera sólo porque acabaría inevitablemente en un aumento acumulativo de precios que tarde o temprano excedería cualquier límite.' Con todo, lo que más nos interesa por el momento es ver lo que sucederá cuando venga el momento inevitable en que la demanda de bienes de consumo principie a aumentar, no sólo en forma absoluta, sino también con relación a los fondos disponibles para inversión.VHemos llegado ahora al punto en donde el conflicto entre las intenciones de los consumidores y de los inversionistas, creado por la deformación del mercado a consecuencia de la expansión del crédito, principia a manifestarse. Los emprendedores que han comenzado a aumentar su equipo de producción ante la perspectiva de que las bajas tasas de interés y la abundante oferta de dinero-capital les permitiría continuar y utilizar estas inversiones bajo las mismas condiciones favorables, acaban por ver defraudadas sus esperanzas. El aumento de los precios de todos los factores de la producción que también pueden utilizarse en las últimas etapas de la producción aumentará los costos de los bienes de capital que producen, al mismo tiempo que el alza de las tasas de interés disminuirá la demanda de las mismos. Y una parte considerable del nuevo equipo creado con el fin de producir otros bienes de capital quedará sin emplearse, ya que las perspectivas de mayores inversiones en estos otros bienes de capital no se amplían.Este fenómeno de escasez de capital que hace imposible la utilización del equipo de producción existente me parece que constituye el meollo de la verdadera explicación de las crisis; y al mismo tiempo es sin duda una de los que provocan más objeciones y parece el másimprobable a las personas no versadas en estos asuntos. El que la escasez de capital dé lugar a que el equipo de producción existente se quede parcialmente sin utilización; el que la abundancia de equipo de producción sea un síntoma de escasez de capital, y el que la causa de todo esto sea no una demanda insuficiente sino más bien una demanda excesiva de bienes de consumo, es aparentemente algo más de lo que una mente sin instrucción teórica está dispuesta a aceptar. Sin embargo, la verdad de estas paradojas aparentes se me revela más allá de toda duda. Antes de continuar explicándolas, no sería quizá inoportuno demostrar que algunos de los más experimentados observadores de las crisis de la mitad del siglo xix se vie-ron obligados a aceptarlas.La explicación que ellos daban de estas crisis era generalmente en términos de una conversión excesiva de capital circulante en capital fijo, inducida por la creación de "capital ficticio",' y que llevaba finalmente a una escasez de capital "disponible" o "flotante" que hacía imposible acabar muchas de las nuevas operaciones iniciadas. El autor que desarrolló y popularizó esta doctrina, en conexión con los grandes auges ferrocarrileros y las crisis subsiguientes de la mitad del siglo xix, fue principalmente James Wilson, primer director de la revista The Economist, de Londres. Más tarde, la idea fue acogida por un grupo de economistas de Manchester y fue, finalmente, introducida en círculos académicos ingleses por Bonnamy Price y en Francia par Courcelle-Seneuil y V. Bonnet. Más aún, Yves Guyot resumió la idea fundamental en la siguiente frase característica (cito la introducción inglesa de su obra La science économique): "Las crisis comerciales y financieras se producen, no por un exceso de producción, sino más bien por un exceso de consumo."Pudiera sostenerse, quizás, que una doctrina que cavo tan amplia aceptación precisamente cuando se iniciaba el estudio sistemático de las fluctuaciones industriales no puede estar muy opuesta al sentido común, como muchos lo creen hoy, después de que ha transcurrido medio siglo de propaganda en favor de las teorías del subconsumo. El que estas primeras tentativas no hayan tenido un éxito más du z Sobre el origen de este Término véase J. Viper, Stedies in the Them, of Inremarimml Trade 1937, P. 196, nora.e Yves Ouyot, Pnndple.s of Social Economy, Londres, 1884, re 149. Para una descripción mas completa de caras reunes de n mitad del siglo so, véase el apéndice el recce, cepímlo de la 21 edición de mi Prices and Prodaaion, 1934.radero se debió tal vez al sentido impreciso de varios conceptos sobre el capital que sus autores tomaron de la "jerga" financiera corriente en ese tiempo en Londres. No es difícil ver que con este aparato defectuoso de sus conceptos, los partidarios de estas teorías tuvieran muchas dificultades para explicar en forma convincente lo que habían observado y defenderse de las críticas de sus opositores. Aun hoy no nos hemos despojado de la ambigüedad, o más bien de la falta de sentido, de los varios conceptos de capital que aún empleamos y que constituye un verdadero obstáculo a un entendimiento más claro. Esto no es menos cierto de términos como "escasez de capital" y del concepto relacionado, "capital libre", al que se refiere. Aun en el caso de que asociemos ideas claras con el término "escasez de capital libre", y aunque el término se use frecuentemente bien, es, sin embargo, en cierto modo, engañoso, y nos lleva fácilmente a hacer preguntas sin sentido. La dificultad estriba en que el término parece referirse a algún concepto único, mensurable, alguna cantidad de dinero o "fondo de subsistencia" que representa el "capital libre" y que en la práctica simplemente no existe. Lo que en verdad queremos decir cuando hablamos de escasez o abundancia de capital libre es sencillamente que la distribución de la demanda entre los bienes de consumo y los de producción, comparada con la oferta de estas dos clases de bienes, es relativamente favorable o desfavorable a los primeros.VISin embargo, existe otra dificultad más importante relacionada con Ios conceptos tradicionales del capital, y a mi parecer hace necesario reformular la teoría de Wicksell y Mises sobre las fluctuaciones industriales en la forma en que he tratado de hacerlo brevemente en esta conferencia. Las ideas prevalecientes sobre la manera en que el capital se mantendría cuantitativamente intacto en circunstancias variantes fue lo que sugirió la idea de que un período de intensa actividad inversionista, seguido de un período en el que gran parte del capital creado se destruye, puede tratarse como períodos alter-nos de acumulación y desacumulación de capital. En la mayoría de Ios casos prácticos esto bien puede ser una descripción adecuada de los hechos. Teóricamente hablando, esta forma de discusión parecía especialmente atractiva porque en apariencia facilitaba la des-cripción de las condiciones de un equilibrio estable en la forma hoy muy popular; es decir, en términos de la igualdad entre ahorro (neto) e inversión (neta). Con todo, la primera vez que se intentó una definición de estas dos magnitudes, que se supone corresponden la una a la otra en cierto sentido cuantitativo, se descubrió que de ninguna manera tenían un significado muy claro. Como se puede de-mostrar fácilmente, ambos conceptos dependen de una idea vaga de que el capital se mantiene "normal" o se conserva constante en cierto sentido cuantitativo: los ahorros se consideran como la parte del ingreso no consumido y, por tanto, debemos saber primero qué es el ingreso, es decir, hay que determinar qué parte de los ingresos brutos tienen que deducirse para la amortización del capital; y de igual manera sólo podemos determinar la magnitud de las nuevas inversiones si averiguamos primero qué cantidad de actividad inversionista se requiere nada más para mantener el viejo capital. Antes de que podamos decir qué son los ahorros y las inversiones será necesario primero tener una idea clara y realista de lo que es mantener el capital intacto.Muchos creen que esto puede hacerse muy fácilmente; en ver-dad, parece considerárselo tan obvio que se ha creído innecesario un estudio más cuidadoso del problema, que, por lo demás, pocos han intentado. Pero tan pronto como uno se propone contestar estar pregunta seriamente, se encuentra con que no sólo el concepto de mantenimiento de capital no tiene sentido preciso, sino que tampoco hay razones para creer que, en condiciones dinámicas, el emprendedor más racional e inteligente estaría dispuesto a mantener su capital constante o seria capaz de ello, en un sentido cuantitativo, es decir, con respecto a cualquiera de las propiedades mensurables de capital. La inteligencia y visión del emprendedor determinará su comporta-miento en determinadas circunstancias, y hará que el capital que controla experimente aumentos o disminuciones inesperados de valor. Pero como se demostrará más ampliamente en otra ocasión,' aun suponiendo que los emprendedores tuvieran conocimiento pleno de todos Ios acontecimientos importantes del futuro, no habría razón para esperar que actuaran en forma que les permitiera mantener el valor de su capital (o cualquier otra dimensión mensurable en este mismo capital, por oposición al ingreso derivado del mismo) en una cifra determinada.Si la teoría "wickselliana" de las crisis dependiera realmente de los conceptos tradicionales de ahorro e inversión, como se desprende del uso generalizado de estos términos en las exposiciones corrientes de esa teoría, las consideraciones que hemos hecho constituirían serias objeciones. Afortunadamente, no hay tal conexión necesaria entre la teoría y estos conceptos. En la forma provisional y esquemática en que se ha vuelto a enunciar la teoría en la primera parte de esta conferencia, me parece que es independiente de toda idea de cambios absolutos en la cantidad de capital y, por tanto, de los conceptos de ahorro e inversión, usados en el sentido tradicional. El punto de partida para una teoría de esta clase, plenamente desarrollada, sería: a) las intenciones de todos los consumidores respecto a la manera como desean distribuir todos sus recursos (no solamente su "ingreso") en todas las fechas de importancia, entre consumo actual y previsión para un futuro consumo, y b) las decisiones sepa-radas e independientes de los emprendedores en relación con las cantidades de bienes de consumo que se proponen producir en estas fechas diferentes. La igualdad entre estos dos grupos de decisiones sería la característica de la clase de equilibrio que ahora se describe generalmente como un estado en que el ahorro es igual a la inversión y con la cual está relacionada la idea de un equilibrio de la tasa de interés. Una tasa de interés más baja induciría entonces a los em-prendedores a dedicar a la producción, para el consumo actual, una proporción de los recursos disponibles más pequeña que la parte correspondiente al ingreso obtenido por estos recursos que se ha gastado realmente en consumo. Esto puede resultar en que los emprendedores alarguen el período de inversión más de lo que estaría justificado por sus "ahorros" voluntarios en el sentido (neto) corriente de la palabra, o en que no acorten el proceso existente de la producción en forma suficiente para tener en cuenta la "impaciencia" de los consumidores (esto es, en la terminología corriente, sus deseos de consumir capital). Se comprende que no sea por fuerza el con-sumo de capital lo que constituye la característica esencial de una crisis (yo mismo lo he sugerido en ocasiones anteriores), sino simple-mente que los consumidores demandan una oferto más rápida de bienes de consumo de la que es posible producir en vista de las decisiones de los emprendedores en lo que se refiere a la forma y volumen de sus inversiones. En la práctica esta corrección no importa mucho, pero teóricamente la exposición de la teoría se haría inobjetable solamente si la liberáramos de toda referencia a la cantidad absoluta de capital.VIIEn una conferencia corta es apenas posible exponer a grandes rasgos cuáles son las tendencias actuales de la teoría del ciclo económico. Y no necesito añadir que en mi opinión este desarrollo está lejos de terminarse y que lo único que podemos decir hoy tiene que set necesariamente a título provisional y que probablemente estará sujeto a revisión con el tiempo. Pero aun cuando podamos al fin exponer este argumento particular en una forma menos objetable y más convincente de lo que podemos hoy, esto no significa el fin sino apenas el principio. Aun después de que hayamos contestado la pregunta de cómo los emprendedores reaccionan ante las perspectivas de ciertos cambios en los precios, todavía quedará la pregunta mucho más difícil e importante de qué es lo que determina las perspectivas de los emprendedores y especialmente cómo afectarán a esas perspectivas los cambios que se operan en los precios actuales. Todas estas preguntas están en un campo más o menos inexplorado, apenas tocado por uno o dos economistas escandinavos. Y a pesar de que no puedo estar de acuerdo con el profesor Myrdal cuadn dice que en mi teoría no encuentra cabida el papel de las expectativas e —el demostrar el papel importante que desempeñan ha sido el objeto primordial de esta conferencia—, por otro lado estoy perfectamente de acuerdo con él en que este elemento es de gran importancia para un desarrollo de la teoría de las fluctuaciones industriales. No dudo que en este campo adquirirá cada vez mayor importancia la compleja teoría sobre la incertidumbre y el riesgo, a la cual han prestado recientemente tanta atención los economistas escandinavos.

LOS ORÍGENES DE LA LIBERTAD, LA PROPIEDAD Y LA JUSTICIA


Friedrich A. Hayek

Nadie que valore la sociedad civilizada osará recusar la propiedad plural. La historia de una y otra están íntimamente ligadas. Henry Sumner Maine

La propiedad..., por lo tanto, es intrínsecamente inseparable de la economía humana en su modalidad social. Carl Menger

El hombre está capacitado para disfrutar de las libertades civiles en la misma medida en que esté dispuesto a contener sus apetitos, sometiéndolos a algún condicionamiento moral; lo está en la medida en que su amor por la justicia prevalece sobre su rapacidad.
Edmund Burke


La libertad y el orden extenso

Establecido que, en definitiva, fueron la moral y la tradición —más que la inteligencia y la razón calculadora— las que permitieron al hombre superar su inicial estado de salvajismo, parece razonable también situar el punto de partida del proceso civilizador en las regiones costeras de Mediterráneo. Las posibilidades facilitadas por el comercio a larga distancia otorgaron ventaja relativa a aquellas comunidades que se avinieron a conceder a sus miembros la libertad de hacer uso de la información personal sobre aquellas otras en las que era el conocimiento disponible a nivel colectivo o, a lo sumo, el que se encontraba en poder de su gobernante de turno el que determinaba las actuaciones de todos. Fue, al parecer, en la región mediterránea donde por primera vez el ser humano se avino a respetar ciertos dominios privados cuya gestión se dejó a la responsabilidad del correspondiente propietario, lo que permitió establecer entre las diferentes comunidades una densa malla de relaciones comerciales. Surgió la misma al margen de los particulares criterios o veleidades de los jefes locales, al no resultar posible entonces controlar eficazmente el tráfico marítimo. Cabe recurrir a la autoridad de un respetado investigador (al que ciertamente no se puede tildar de proclive al mercado) que se ha expresado en los siguientes términos:
“El mundo greco-romano fue esencial y característicamente un mundo de propiedad privada, tratárase de unos pocos acres o del las inmensas posesiones de los emperadores y senadores romanos; era un mundo dedicado al comercio y a la manufactura privados” (Finley, 1973:29).
Tal orden, basado en la integración de muchos esfuerzos orientados al logro de una pluralidad de metas individuales, sólo devino posible sobre la base de eso que yo prefiero denominar propiedad plural, expresión acuñada por H. S. Maine y que considero más adecuada que la de “propiedad privada”. Si aquélla constituye la base de toda civilización desarrollada, correspondió en su día, al parecer, a la Grecia clásica el mérito de haber por vez primera advertido que es también intrínsecamente inseparable de la libertad individual. Los redactores de la Constitución de la antigua Creta “daban por sentado que la libertad es la más importante aportación que el Estado puede ofrecer; y precisamente por ello, y por ninguna otra razón, establecieron que las cosas perteneciesen indubitablemente a quienes las adquirieran. Por el contrario, en los regímenes en los que prevalece la esclavitud todo pertenece a los gobernantes” (Estrabón, 10, 4, 16).
Un importante aspecto de esa libertad —la posibilidad de que los individuos o subgrupos puedan dedicar sus esfuerzos a la consecución de una amplia variedad de fines, fijados en función de sus particulares conocimientos y habilidades— sólo resultó posible a partir del momento en que, aparte del plural control de los medios, pudo contarse también con otra práctica que ha sido siempre inseparable de la primera: la existencia de reconocidos mecanismos para su transmisión. Esa capacidad individual de decidir autónomamente acerca de cuál deba ser el empleo a dar determinados bienes —en función de los personales conocimientos y apetencias (o el de los del colectivo en el que el actor haya decidido libremente integrarse)— depende de que, de manera general, se acepte la existencia de ciertos dominios privados dentro de los cuales puedan los diferentes sujetos disponer las cosas a su gusto, así como de una también consensuada mecánica de transmisión a otros de tales derechos. Desde la Grecia clásica hasta nuestros días, la condición esencial a la existencia de los derechos dominicales, así como el correspondiente orden de libertad y pacífica convivencia, ha sido siempre idéntica: la existencia de un estado de derecho encarnado en una normativa de carácter general que a cualquiera permita determinar quiénes son los sujetos o entes a los que corresponde establecer lo que procede hacer con los bienes ubicados en el ámbito personal.
Respecto de ciertos bienes (por ejemplo las herramientas) debió surgir ya en fechas muy tempranas el concepto de propiedad privada. Este concepto pudo originar vínculos de unión tan fuertes que hasta hayan impedido por completo su transferencia, por lo que el utensilio en cuestión solía acompañar a su dueño hasta la tumba, cual testimonian los tholos o enterramientos de falsa bóveda del período micénico. Produciríase, en este caso, cierta identificación entre la figura del “creador” de la cosa y su “propietario legítimo”. Numerosas han sido las modalidades según las cuales ha evolucionado en el tiempo dicha idea fundamental —evolución muchas veces sin duda ligada con la leyenda, cual acontecería siglos después con la historia del rey Arturo y su espada Excalibur, relato según el cual la transferencia del arma tuvo lugar, no por aplicación de una ley establecida por los hombres, sino en virtud de una ley “superior” relacionada más bien con “los poderes”.
La extensión y refinamiento del derecho de propiedad tuvo lugar, como sugieren estos ejemplos, de manera gradual, no habiéndose alcanzado aún hoy sus estadios finales. El respeto a la propiedad no dispondría ciertamente de gran arraigo entre las bandas de cazadores y recolectores en cuyo seno cualquiera que descubriera una nueva fuente de alimentación o un más seguro refugio quedaba obligado a comunicar su hallazgo al resto de sus compañeros. Probablemente, los primeros artículos no fungibles personalmente elaborados quedarían ligados a sus creadores simplemente por el hecho de ser ellos los únicos capaces de utilizarlos. Nuevamente cabe recurrir al ejemplo del rey Arturo y su espada Excalibur, pues, aunque no fuera éste quien con sus manos la forjara, era ciertamente el único capaz de blandirla. La propiedad plural relativa a los bienes de carácter fungible debió aparecer más tarde, a medida que avanzara el proceso de debilitamiento del espíritu de solidaridad de grupo y fuera asumiendo el sujeto cada vez en mayor medida la responsabilidad de asegurar el sustento de determinados grupos de menor tamaño, tal como la unidad familiar. Fue probablemente la necesidad de disponer de una mínima unidad productiva viable lo que dio lugar a que la propiedad de la tierra pasara de colectiva a privada.
Escasa utilidad tiene especular en torno a cuál pueda haber sido, de hecho, la secuencia de tales acontecimientos, puesto que ésta habrá sido dispar según se haya tratado de gentes nómadas o agrícolamente asentadas. Lo importante es advertir que el desarrollo de la propiedad plural ha sido en todo momento condición imprescindible para la aparición del comercio y, por lo tanto, para la formación de esos más amplios y coherentes esquemas de interrelación humana, así como de las señales que denominamos precios. El que fueran los individuos, las “familias” (en el sentido amplio del término), o los grupos formados voluntariamente quienes detentaran los derechos de propiedad tiene transcendencia menor que el hecho de que cada actor pudiera en todo momento identificar a quién correspondía determinar el uso a dar a sus bienes. A lo largo de los períodos históricos contemplados, produciríase también la aparición —especialmente en lo que al factor tierra se refiere— de la propiedad “vertical”, modalidad según la cual ésta quedaría distribuida entre diferentes propietarios, apareciendo, en consecuencia, las modernas figuras del terrateniente y el aparcero. Dicho tipo de propiedad podría alcanzar hoy modalidades verdaderamente insospechadas de no subsistir entre nosotros ciertas primitivas concepciones en relación con la propiedad.
Sería erróneo, sin embargo, concebir a la tribu como punto de partida de la evolución cultural, puesto que dicha modalidad de convivencia no es sino uno de los primeros frutos de la evolución. La aparición de esas “primeras” agrupaciones humanas de carácter coherente fue fruto de la asunción de determinadas prácticas comunitarias; uniríanse más tarde a aquéllas nuevos hombres y mujeres no necesariamente ligados por vínculos familiares, pero con relaciones similares (nos extenderemos más tarde en el comentario de estos últimos aspectos). De ahí que sea difícil fijar en qué concreto momento aparecería la tribu como elemento preservador de ese comportamiento tradicional, iniciándose con ello el proceso de evolución cultural. De algún modo, sin embargo, aunque de manera tentativa y seguramente no exenta de retrocesos, la cooperación fue afianzándose y sustituyó progresivamente la persecución de concretos fines comunes por la aceptación de normas abstractas independientes de toda finalidad específica.


El legado clásico de la civilización europea

También parecen haber sido los griegos, y entre ellos especialmente los influidos por la escuela filosófica de los estoicos —con su cosmopolita manera de ver las cosas— los primeros que fijaron las bases de ciertos esquemas morales que más tarde el pueblo romano difundiría por todo el imperio. Por experiencia sabemos de las profundas fricciones que el proceso de evolución civilizadora comporta. En la Grecia clásica, fueron fundamentalmente los espartanos quienes más se resistieron a la revolucionaria introducción de las prácticas comerciales. No sólo desaprobó aquel pueblo la propiedad privada, sino que no dudó incluso en elogiar el robo. Sus planteamientos han sido considerados hasta nuestros días paradigmáticos del salvaje que se rebela contra toda exigencia civilizadora (como ejemplo de planteamientos análogos en pleno siglo XVIII, puede reflexionarse sobre el personaje trazado por Boswell en su Life of Dr. Samuel Johnson, y sobre el contenido del ensayo de Friedrich Schiller Uber die Gesetzgebung des Lykurgos und Solon). Sin embargo, hasta en Aristóteles y Platón rezuman nostálgicos anhelos de resucitar el modelo de convivencia de la vieja Esparta, pretensión que aún hoy goza de cierta popularidad. Se trata del retorno a ese tipo de micro-orden en el que el comportamiento de todos queda sometido a la exhaustiva supervisión de alguna omnisciente autoridad.
Es indudable que, durante algún tiempo, las grandes comunidades comerciales surgidas a lo largo del Mediterráneo fueron precariamente protegidas de la rapiña ajena por la poderosa organización militar romana, en virtud de la cual, como nos recuerda Cicerón, esta última civilización logró dominar en toda la zona, tras someter a las más evolucionadas comunidades mercantiles tales como Corinto y Cartago, las cuales, en opinión del citado autor, sacrificaron su poderío militar a la mercandi et navigandi cupiditas (De re publica, 2, 7-10). Ello no obstante, durante los últimos años de la república y los primeros siglos de la era imperial, en los que gobernaron cuerpos senatoriales dominados por gentes íntimamente relacionadas con intereses de tipo comercial, Roma ofreció al mundo lo que ha llegado a ser un modelo de derecho civil basado en lo que puede considerarse la más desarrollada elaboración de la propiedad plural. La decadencia y colapso final de este primer orden histórico extenso sólo fue produciéndose a medida que las decisiones de la administración central romana fueron desplazando a la libre iniciativa. Históricamente, tal secuencia de acontecimientos se ha repetido hasta la saciedad: producido un avance civilizador, éste se ha visto reiteradamente truncado por gobernantes empecinados en intervenir en el cotidiano quehacer de la ciudadanía. Al parecer, nunca ha llegado a establecerse una civilización avanzada cuyos gobernantes —aun cuando comprometidos inicialmente en la defensa de la propiedad— hayan logrado resistirse a la tentación de utilizar su poder coercitivo para abortar así potenciales avances hacia nuevos estadios de civilización. Y, sin embargo, la existencia de un poder de entidad suficiente como para garantizar la defensa de la propiedad privada contra su violenta invasión por terceros propicia sin duda la aparición de un cada vez más sofisticado orden de espontánea y voluntaria cooperación. Desgraciadamente, tarde o temprano, los gobernantes tienden a abusar de los poderes a ellos confiados para coartar esa libertad que deberían defender y para imponer su supuestamente más acertada interpretación de los acontecimientos, no dudando en justificar su comportamiento afirmando que simplemente tratan de impedir “que las instituciones sociales evolucionen arbitrariamente” (por utilizar la característica terminología a la que recurre el Fontana/Harper Diccionary of Modern Thought (1977) para definir el concepto “ingeniería social”).
Aunque en Europa la decadencia del Imperio Romano no lograra acabar por completo con el proceso civilizador, evoluciones de tipo similar acaecidas en Asia (y posteriormente en América Central) fueron definitivamente truncadas por el poder político (de índole similar, aunque con una capacidad coactiva superior a la de los sistemas feudales del Medievo europeo), al suprimir de manera aún más radical toda iniciativa. Un ejemplo destacado nos lo ofrece la China imperial, en la que surgieron una serie de avances civilizadores —así como una también más sofisticada tecnología industrial comparada con la europea— durante las “épocas turbulentas” en las que el poder gubernamental se vio temporalmente debilitado. Pero estas rebeliones o anomalías fueron regularmente sofocadas por los gobiernos de turno, dispuestos en todo momento a preservar lo establecido (J. Needhamm, 1954).
El caso del antiguo Egipto —del que se dispone de fundada información en cuanto al papel que desempeñó la propiedad privada en los estado iniciales de esa gran civilización— constituye otro buen ejemplo. Al estudiar las instituciones y el orden civil de aquella sociedad, Jacques Pirenne destaca el carácter esencialmente individualista que la caracterizara a lo largo de la tercera dinastía, período en el cual la propiedad, nos dice, era “individual e inviolable...el uso de los bienes dependía de los criterios que al respecto tuvieran sus legítimos propietarios” (Pirenne, 1934: II, 338-9).
La decadencia se inicia a lo largo de la V dinastía, imponiéndose más tarde el socialismo de Estado que caracterizó a la XVIII y que nos describe otro autor francés contemporáneo de Pirenne (Dairaines, 1934). Este modelo persistió a lo largo de los dos milenios siguientes, lo que explica el estancamiento experimentado por dicha civilización durante este último período.
En esta línea de reflexión, y en relación con el renacimiento de la civilización europea durante el Medievo tardío, cabe resaltar que tanto esta como la subsiguiente expansión del capitalismo deben su raison d´etre y sus más profundas raíces a los vacíos de poder surgidos en Europa en aquella época (Baechler, 1975:77). La expansión industrial moderna no surgió en los entornos geográficos en los que prevalecía indiscutido algún poder soberano, sino en las ciudades del Renacimiento italiano, de la Alemania meridional, de los Países Bajos y, finalmente, en la escasamente gobernada Inglaterra. Nuestra civilización industrial surgió en entornos en los que florecía la burguesía y no en los que prevalecía la fuerza de la espada. Lo que, en definitiva, logró poner los cimientos de la posterior estructuración de esa extensa red mercantil que, finalmente, dio paso al orden extenso, fue la protección de la propiedad privada por los gobiernos y no la determinación de su contenido por parte de éstos.
Nada hay, por lo tanto, más ajeno a la verdad que esa convencional idea defendida por algunos historiadores según la cual el Estado representa el apogeo de la evolución cultural. Muy al contrario, en muchas ocasiones ha significado su punto final. A este respecto, conviene destacar que sin duda los historiadores de las primeras etapas de la humanidad debieron quedar impresionados por los numerosos monumentos y restos legados por quienes en su día ostentaron el poder político, sin que advirtieran que los verdaderos impulsores del orden extenso fueron quienes de hecho propiciaron la capacidad económica que permitió la erección de tales monumentos. Por razones obvias, el ciudadano común sólo pudo legar a la posteridad testimonios mucho más modestos y menos tangibles de su crucial aportación.


“Donde no hay propiedad no puede haber justicia”

Los observadores de ese emergente orden coinciden en considerar condición imprescindible para la existencia del mismo la seguridad en la posesión que propicia la limitación del uso de la fuerza a la imposición de unas normas delimitadoras del dominio de cada sujeto. Por ejemplo, el “individualismo posesivo” de John Locke, no fue sólo una teoría política, sino una descripción analítica de las condiciones a las que Inglaterra y Holanda debían su prosperidad. Basábase ello en la consideración de que la Justicia que la autoridad política debiera asegurar en orden a propiciar esa pacífica colaboración en la que descansa el bienestar de todos sólo es posible en la medida en que se respete el principio de la inviolabilidad de la propiedad. La afirmación “no puede haber justicia donde no hay propiedad” es una proposición tan indiscutible como cualquier teorema euclidiano. En efecto, radicando el concepto de propiedad en el derecho a poseer e implicando el de injusticia la invasión o violación de tal derecho, es evidente que de dichos conceptos y definiciones se deriva necesariamente la verdad de la anterior proposición, y ello con la ineluctabilidad que nos permite afirmar que los tres ángulos de un triángulo suman dos rectos (John Locke, 1690/1924 :IV, III, 18). Casi al propio tiempo introdujo Montesquieu la idea de que el comercio había sido la práctica que en mayor medida había contribuido a propiciar entre los bárbaros de la Europa septentrional tanto el acceso a la civilización como la humanización de las relaciones interpersonales.
Para David Hume, los moralistas escoceses, y otros pensadores del siglo XVIII, resultaba evidente que el punto de partida de la civilización coincidió con la introducción de la propiedad plural. Tan importantes les parecían las normas reguladoras de la propiedad que Hume no dudó en dedicar la mayor parte de su Tratado al análisis del carácter moral de estas leyes. Más tarde, en su Historia de Inglaterra (Vol. V), atribuye la grandeza de su patria al hecho de que en ella se fijaran oportunos límites al poder del gobierno para interferir en la propiedad privada, En su Tratado (III,II) afirma expresamente que si la humanidad, en lugar de estructurar un sistema de leyes de carácter general reguladoras de la adjudicación e intercambio de la propiedad, optara por una normativa “que ligase la propiedad a la virtud personal, tan grande es la incertidumbre en cuanto al mérito, tanto por su natural oscuridad como en lo que atañe a su correcta valoración, que ninguna norma o criterio real podría establecerse, por lo que sería inevitable la disgregación de la sociedad”. Posteriormente, en su Enquiry, insiste:
“Pueden los fanáticos considerar que la superioridad se basa en el mérito, o que sólo los santos heredarán la tierra; pero el juez deberá otorgar idéntico trato a estos sublimes teorizantes y al vulgar ladrón; y con idéntico rigor deberá advertir a todos que, aunque determinada norma pueda teóricamente parecer más adecuada, quizá resulte en la práctica totalmente perniciosa y destructiva” (1777/1896:IV, 187).
Claramente advirtió Hume la conexión existente entre estas doctrinas y la libertad; así como que la máxima libertad de todos exige la restricción con carácter general de las autonomías personales, libertades que deberá quedar supeditadas a lo que denominó “las tres leyes fundamentales de la naturaleza: la estabilidad en la propiedad de las cosas, su transmisiónconsensuada y el respeto a los compromisos establecidos” (1739/1886:II, 288,293). Aunque es evidente que sus puntos de vista se derivan en parte de los más destacados teóricos de la common law, como Sir Mathew Halle (1609-76), quizá fuera Hume el primero en advertir con claridad que la libertad sólo es posible en la medida en que los instintos quedan “constreñidos y limitados” a través de la contrastación del comportamiento de todos con la justicia (es decir, con unas actitudes morales que tomen en consideración el derecho de otros a la propiedad de los bienes), así como con la fidelidad u observancia de lo acordado, que se convierte en algo obligatorio a lo que la humanidad debe someterse (1741, 1742/ 1886:III, 455). No cayó Hume en el error —en el que tantas veces se ha incurrido posteriormente— de confundir dos diferentes maneras de concebir la libertad: por un lado, la que deriva de esa curiosa interpretación que postula la libertad del individuo aislado y, por otro, aquella en que muchas personas son libres colaborando unas con otras. En este último contexto —el de la colaboración— la libertad sólo puede plasmarse a través de la introducción de normas generales amparadoras de la propiedad, es garantizando en todo momento la existencia de un estado de derecho.
Cuando Adam Ferguson resumió tales enseñanzas definiendo al salvaje como alguien que no había llegado aún a conocer la propiedad (1767/73:136), y cuando Adam Smith señaló que “nadie ha visto a un animal indicar a otro, mediante ademanes o gritos, esto es mío y aquello es tuyo” (1776/1976:26), limitábanse a expresar lo que, pese a la recurrente rebelión de los grupos rapaces y hambrientos, durante un par de milenios había llegado a prevalecer entre las gentes cultas. Dijo Ferguson, con razón: “Es evidente que la propiedad y el progreso han ido siempre unidos” (ibid). Y, como ya hemos señalado, tales fueron los planteamientos que inspiraron más tarde la investigación en los campos del lenguaje y del derecho, y los que igualmente suscribiera el liberalismo del siglo XIX. Fue gracias a la influencia de Edmund Burke —y quizá aún más a través de las obras de los juristas y lingüistas alemanes tales como F. C. Von Savigny— como el desarrollo de estos temas fue de nuevo asumido más tarde por H. S. Maine. Merece la pena reproducir literalmente la conclusión a la que llegó Savigny (en su alegato contra el interno de proceder a la codificación de la ley civil): “Si tales contactos entre seres libres deben ser salvaguardados para que los hombres en su comportamiento mutuamente se apoyen y no se estorben, ello sólo será viable sobre la base de la colectiva aceptación de ciertas invisibles líneas de demarcación a cuyo amparo las autonomías individuales queden garantizadas. La ley no es otra cosa que un esquema normativo delimitador de aquellas líneas y, por ende, de las esferas personales de autonomía” (Savigny, 1840:I, 331-2).


Las diversas formas y objetos de propiedad y la posibilidad de seguir avanzando en su perfeccionamiento

Las modalidades de la propiedad hoy prevalentes nada tienen de perfectas; en realidad, ni siquiera podemos vislumbrar cuál sería el contenido de la perfecta propiedad. La evolución cultural y moral nos impulsa a seguir avanzando en el paulatino perfeccionamiento de la propiedad plural, al objeto de alcanzar todas sus posibles ventajas. Debemos, por ejemplo, estar siempre dispuestos a adoptar cualquier medida orientada a garantizar la competencia en orden a impedir el abuso del derecho dominical. Tal logro, sin embargo, requiere que se avance aún más en las restricción de las tendencias instintivas que caracterizan al micro-orden, es decir, estos deseos de retornar al orden de reducido ámbito al que tantas veces no hemos referido (véase el primer capítulo de la presente obra, así como Schoeck, 1966/69). Porque estas instintivas predisposiciones se ven frecuentemente amenazadas, en efecto, no sólo por la propiedad plural, sino también —y quizá aún en mayor medida— por la competencia, lo cual induce a muchos a añorar la “solidaridad” no competitiva.
Aunque las formas adoptadas por la propiedad sean fundamentalmente fruto de las costumbres, y aunque los esquemas legales hayan ido forjándose a lo largo de milenios, ninguna razón hay para suponer que las específicas formas de propiedad que hoy prevalecen deban considerarse definitivas. Suele admitirse que las modalidades tradicionales de la propiedad ofrecen un abigarrado y complejo conjunto de aspectos que ciertamente cabe reestructurar y cuya óptima combinación en los diversos campos está todavía por lograr. Se han desarrollado recientemente especiales esfuerzos en este sentido a nivel teórico. Iniciada la marcha por los estimulantes aunque incompletos trabajos de Arnold Plant, tal esfuerzo ha sido proseguido por su discípulo directo Ronald Coase (1937 y 1960), quien ha publicado una serie de breves y decisivos trabajos que han dado origen a su vez, a una nueva escuela dedicada al estudio de “los derechos de propiedad” (Alchian, Becker, Cheung, Demsetz, Pejovich). Los resultados de tal esfuerzo —cuyo análisis no podemos abordar aquí con mayor detalle— abren nuevos horizontes en relación con el posible futuro perfeccionamiento de los esquemas reguladores de la propiedad.
A modo de ilustración sobre lo poco que aún se sabe acerca de la forma más conveniente de propiedad —pese a tener plena seguridad de que la propiedad plural es, en términos generales, siempre imprescindible para el buen funcionamiento del orden extenso—, permítaseme hacer algunos comentarios en relación con una de sus modalidades.
El lento proceso de selección que, a través de sucesivos ensayos de prueba y error, fue en el pasado estableciendo las actuales normas delimitadoras de los derechos de propiedad ha producido situaciones verdaderamente peculiares. En efecto, los intelectuales que con tanta insistencia atacan el derecho exclusivo a controlar los recursos económicos por parte de sus propietarios (que tan imprescindible resulta a la más adecuada gestión del esfuerzo productivo) se convierten en auténticos entusiastas de cierto tipo de propiedad inmaterial sólo recientemente aparecida: la que ampara los derechos de autor y las patentes. La diferencia entre este y otros tipos de propiedad es la siguiente: mientras que en el caso de los bienes económicos el citado derecho permite orientar los escasos medios disponibles hacia su más oportuna utilización, en el caso de esos otros bienes inmateriales, de carácter también limitado, como son las obras literarias o los distintos descubrimientos, incide la circunstancia de que, una vez realizados, pueden ser fácilmente reproducidos de forma ilimitada, por lo que sólo a través de alguna disposición legal —arbitrada quizá con la idea de propiciar la aparición de tales valores inmateriales— pueden convertirse en escasos, incentivándose así su producción. Ahora bien, no es en modo alguno evidente que el fomento de dicha escasez artificial sea la manera más efectiva de estimular el correspondiente proceso creativo. Personalmente, dudo mucho que, de no haber existido los derechos de autor, hubiera dejado de escribirse ninguna de las grandes obras literarias, razón por la cual considero que tal tipo de concesiones legales deben quedar limitadas a aquellos casos en los que sufriesen menoscabo en su publicación obras tan valiosas como las enciclopedias, diccionarios o libros de texto, en la medida en que, una vez editados , cualquiera pudiera indiscriminadamente proceder a su reproducción.
De manera similar, los estudios realizados al efecto no han logrado demostrar que los derechos de patente favorezcan la aparición de nuevos descubrimientos. Implican más bien una antieconómica concentración del esfuerzo investigador en problemas cuya solución es más bien obvia, al tiempo que favorecen el que el primero en resolver los problemas en cuestión, aunque sea por escaso margen, goce durante un largo período de tiempo del monopolio del uso de la correspondiente receta industrial (Machlup, 1962).


Las organizaciones como elementos de los órdenes espontáneos

Dicho lo anterior sobre los peligros que comportan la extrapolación del uso de la razón y la injerencia “racional” en los órdenes espontáneos, no quisiera abandonar la discusión de este tema sin dedicarle unas matizaciones cautelares. El mensaje fundamental que he intentado transmitir a lo largo de mi argumentación queda reflejado en mi insistencia en el carácter meramente espontáneo de las normas que facilitan la formación de estructuras que disponen de la capacidad de auto-organizarse. No deseo, sin embargo, que el énfasis puesto en la espontaneidad que debe caracterizar a estos órdenes induzca a pensar que las organizaciones de tipo deliberado no tienen ningún papel fundamental que desempeñar en esta clase de órdenes.
El macro-orden espontáneo comprende, no sólo las decisiones económicas tomadas a nivel individual, sino también las que adopta cualquier organización que haya sido deliberada y voluntariamente establecido. De hecho, un esquema amplio de convivencia favorece el establecimiento de asociaciones voluntarias a las que, desde luego, debe negárseles todo tipo de poder coactivo. Ahora bien, a medida que el proceso avanza, se incrementa el tamaño de dichas asociaciones y se acentúa la tendencia a que ciertos elementos abandonen sus iniciativas económicas a nivel personal para constituirse en empresas, asociaciones o cuerpos administrativos. Por tal razón, entre las normas que caracterizan la formación de los órdenes espontáneos extensos, algunas pueden propiciar la formación de organizaciones voluntarias de rango intermedio. Debe destacarse, sin embargo, que muchas de estas organizaciones, orientadas a la consecución de específicos objetivos, sólo son admisibles en la medida en que queden englobadas en ese más extenso orden espontáneo, resultado inapropiadas en un orden general deliberadamente organizado
Conviene aludir a un último aspecto que también puede dar lugar a confusión. Ya hemos hecho referencia a la posibilidad, cada vez más corriente, de que la propiedad quede distribuida vertical o jerárquicamente. Pues bien, aunque en anteriores pasajes de la presente obra hayamos mencionado ocasionalmente el derecho de propiedad cual si éste se presentara siempre según modalidades uniformes e inalterables, interpretar las cosas de esta manera implicaría una injustificable simplificación que convendrá matizar con los comentarios que anteriormente hemos realizado. Nos hallamos, a este respecto, ante un campo de investigación de cuya exploración cabe, en el futuro, esperar espectaculares avances en lo que atañe al papel que en el macro-orden espontáneo debe reservarse a los órganos gubernamentales. Un tema que aquí no podemos desarrollar.

La Fatal Arrogancia. Los errores del socialismo. Unión Editorial. Madrid, 1990. pp. 65-77
http://www.eumed.net/cursecon/economistas/textos/hayek_Origenes.htm

LA LIBERTAD Y EL SISTEMA ECONOMICO


FriedrichA.Hayek



I

Una idea común hizo posible la transición intelectual del liberalismo del siglo XIX al socialismo de hoy, su extremo opuesto: la creencia de que la libertad individual sólo puede obtenerse si rompemos el "despotismo de la necesidad física". Si la libre competencia pone en peligro de tiempo en tiempo, de manera inevitable, la subsistencia de algunos, y si la seguridad de todos sólo puede alcanzarse restringiendo la libertad de la actividad económica, entonces no parece ese precio demasiado elevado. Sería injusto negar que la mayoría de quienes quieren restringir la iniciativa privada en materia económica lo hacen con la esperanza de crear mayor libertad en esferas que conceptúan más dignas. Se ha enseñado al mundo, con tanto éxito, a creer que "el ideal socialista de libertad social, económica y política" se puede realizar de manera simultánea, en todos estos respectos, que el antiguo grito de los oponentes, de que el socialismo significa esclavitud, ha sido acallado por completo. La gran mayoría de los intelectuales socialistas de nuestro tiempo cree con sinceridad que son los verdaderos sostenedores de la gran tradición de la libertad intelectual y cultural, contraria al monstruo de un Leviatán autoritario.Sin embargo, puede advertirse una nota de inquietud, aquí y allá, en los escritos de algunas de las mentes más independientes de nuestra época, los hombres que en general han sostenido la tendencia universal hacia el colectivismo. A ellos se ha impuesto la cuestión de si alguno de los sucesos dolorosos de las décadas pasadas son el resultado necesario de las tendencias que ellos mismos han favorecido. ¿Es un mero accidente el que la continua expansión de los poderes del Estado, que ellos han acogido como un instrumento para proporcionar mayor justicia, haya ocasionado en mucho países la desaparición de toda libertad personal y acabado con la justicia? ¿Es una mera casualidad la de que los países mismos que hace poco, comparativamente, eran mirados como socialmente avanzados, y como ejemplos dignos de imitarse, hayan sucumbido los primeros al despotismo real? ¿O no es quizás esta consecuencia el resultado, imprevisto pero inevitable, de esos mismos esfuerzos para hacer depender el destino del hombre menos de las fuerzas impersonales y quizás accidentales, y más del control humano consciente?.Hay muchas características de nuestra situación que sugieren en forma vigorosa que esto puede ser así y que el intento de realizar algunas de las ambiciones más acariciadas y más generalmente mantenidas de nuestra época, nos ha llevado por un sendero fatal a la preservación de las conquistas más grandes del pasado. La similitud de muchos de los rasgos característicos de los regímenes "fascista" y "comunista" se hace cada vez más obvia. No pocos de los líderes intelectuales más avanzados del socialismo han admitido en forma abierta que la persecución de sus fines no es posible sin una limitación severa de la libertad individual. El pasado intelectual de los líderes autoritarios, así como el hecho de que en los estados fascistas se mire con frecuencia a un socialista como a un recluta potencial, mientras al liberal de la vieja escuela se le tiene como el archienemigo, sugieren una filiación de ideas muy diferente de la que es común suponer.Sin embargo, es sobre todo los efectos del avance gradual hacia el colectivismo en los países que todavía acarician la tradición de libertad en sus instituciones sociales y políticas, lo que da pasto al pensamiento. La queja acerca del "nuevo despotismo" de la burocracia puede haber sido prematura y exagerada; pero quien quiera que haya tenido una oportunidad de mirar de cerca la evolución intelectual de los países que al fin sucumbieron al autoritarismo, no puede dejar de observar un cambio muy semejante, en una etapa mucho menos avanzada, en los países que aun son libres. Y muchos cambios que en sí mismos parecen bien inocentes, toman un aspecto enteramente diferente si se ven en ese escenario.Se habla mucho acerca de los "peligros de la libertad" y de la prontitud declarada a "defenderla" contra los perversos designios de intereses siniestros. ¿Pero estamos ciertos de que sabemos con exactitud en dónde está el peligro que acecha a la libertad? ¿No debemos, al menos, detenernos y preguntar si la amenaza puede tener sus raíces en nuestras propias ambiciones y luchas? ¿Es tan evidente, como muchos creen, que el surgimiento de los regímenes fascistas fue simplemente una reacción intelectual fomentada por aquellos cuyos privilegios dañaba el progreso social? Es verdad, sin duda, que la dirección de los asuntos en estos países se arrebató de las manos de las clases obreras para ponerla en las de una oligarquía más eficiente. Pero los nuevos gobernantes ¿no se han adueñado de las ideas y los métodos fundamentales de sus opositores socialistas y comunistas transformándolos simplemente para sus propios fines? Las posibilidades decisivas que sugiere tal análisis merecen atención mayor. Si fuera justa la sospecha de que la dilatación del control del estado sobre la vida económica, que tanto se desea, llevara necesariamente a la supresión de la libertad intelectual y cultural, esto significaría que estamos siendo testigos de una de las más grandes tragedias de la historia de la raza humana: más y más gente está siendo arrastrada por su indignación acerca de la supresión en algunos países de la libertad política e intelectual, para unirse a las fuerzas mismas que hacen inevitable la supresión final de su propia libertad. Esto significaría que muchos de los abogados más activos y sinceros de la libertad intelectual son, de hecho, sus peores enemigos, muchos más peligrosos que sus opositores declarados porque llevan al movimiento colectivista que de manera final destruye la libertad intelectual tanto como la económica, el apoyo de quienes retrocederían de horror si entendieran estas consecuencias.Por supuesto que no es una nueva idea la de que la dirección central de la actividad económica pudiera implicar la destrucción de la libertad y de las instituciones democráticas. Con frecuencia se ha afirmado dogmáticamente tal cosa, y negado vehementemente con más frecuencia aún. En un symposium reciente sobre "sociedad planeada", encontramos a autor tras autor, preocupados en este problema, lo mismo repitiendo la acusación como intentando negarla. En realidad el profesor Gustav Cassel expone allí su temor con una claridad que no deja nada que desear. Escribe:La economía planeada tenderá siempre a convertirse en dictadura ... la experiencia ha demostrado que los cuerpos representativos son incapaces de llenar todas las múltiples funciones conectadas con la dirección económica, sin verse envueltos más y más en la lucha entre intereses encontrados, con la consecuencia de una decadencia moral que termina en la corrupción del partidosi no en la individual. Solo restricciones deliberadas y prudentes a las funciones parlamentarias pueden salvar al gobierno representativo. La dictadura económica es mucho más peligrosa de lo que la gente cree. Una vez establecido el control autoritario, no siempre será posible limitarlo al campo económico. Sería útil inquirir si esto tiene que ser así necesariamente, o si, como aún el profesor Cassel sugiere a medias, la coincidencia es accidental.Un examen cuidadoso de la transición sufrida por países que hasta hace poco parecían los más "avanzados" en la esfera social y política y que ahora han pasado a una etapa a la que nos inclinamos a asociar con el distante pasado en realidad revela un marco de evolución que sugiere que no fueron accidentes históricos desafortunados, sino que una similitud de los métodos aplicados para alcanzar fines ideales, ideales que aprobaban casi todos los hombres de buena voluntad, tenían que producir consecuencias por completo imprevistas. Se hará aquí un intento para destacar estas conexiones que pueden descubrirse entre la economía planeada y la dictadura y demostrar porque deben mirarse como un marco más o menos inevitable, dictado por características que están entretejidas con la idea misma de una sociedad planeada.El punto principal es muy simple. Es que la planeación económica general, a la que se mira como necesaria para organizar la actividad económica dentro de lineamientos más racionales y eficientes, presupone un acuerdo mucho más completo sobre la importancia relativa de los diferentes fines sociales del que en realidad existe, y que, en consecuencia, la autoridad planeadora, para que le sea posible planear, debe imponer a la gente el código detallado de valores que falta. Imponer tal detalle significa más que leer solo un código, detallado en vagas fórmulas generales que la gente está dispuesta a veces a aceptar con relativa facilidad. Debe hacerse creer a la gente en el código particularizado de valores, porque el éxito o el fracaso de la autoridad planeadora puede depender, de dos maneras diferentes, de si tiene éxito en crear esa creencia. Por una parte, sólo si la gente cree en los fines a los que el plan conduce, obtendrá el apoyo entusiasta necesario; por otra se considerará feliz el resultado sólo si los fines alcanzados los considera justos la generalidad.



II

Una exposición más completa debe empezar con los problemas que surjan cuando una democracia se embarca en la corriente de la planeación económica. Aun cuando las consecuencias políticas cabales de la planeación se revelan, por lo general, sólo después de que han conducido a la destrucción de la democracia, es durante ese proceso de transición cuando puede verse mejor por qué la libertad personal y la dirección central de los asuntos económicos son irreconciliables y en dónde surge el conflicto.Antes de abordar esa tarea, es necesario, sin embargo, despejar la niebla de confusión y ambigüedad que envuelve al término "planeación". A menos de ser muy cuidadoso a este respecto, hay un gran peligro de que la vaguedad del término conduzca a argumentar con propósitos encontrados y de que la fuente real del peligro ante el cual estamos se malentienda. Incidentalmente, estas reflexiones pueden capacitarnos para obtener una distinción algo más aguda entre el verdadero liberalismo que, podrá argüirse, sólo es compatible con la libertad, y el socialismo y el colectivismo en todas sus formas que como el razonamiento demostraráno puede reconciliarse con las instituciones libres y democráticas.La confusión acerca de la cual hablamos es particularmente peligrosa porque la planeación en el sentido estricto, sobre la cual gira toda la controversia, debe en gran parte su general atracción al hecho de que la misma palabra "planeación" se aplica también para describir la aplicación de la razón a los problemas sociales en general aplicación que, sin duda, es indispensable si queremos tratar estos asuntos con inteligencia, y a la que es imposible objetar en un terreno racional. El llamado a la razón que lleva en sí la palabra "planeación" a causa de esta segunda connotación, probablemente explica en buena parte su popularidad cuando se usa con vaguedad. Sin embargo, hay un mundo de diferencias entre la planeación económica en el sentido estricto del término y la aplicación de la razón a los problemas sociales en general.Podemos "planear" un sistema de reglas generales, aplicables de igual manera a toda la gente y con intención de que sean permanentes, aun cuando sujetas a revisión al crecer los conocimientos, que provee de un marco institucional dentro del cual se deja a los individuos las decisiones de lo que hay que hacer y cómo ganarse la vida. En otras palabras, podemos planear un sistema en el cual se da a la iniciativa individual el campo más amplio posible y la mejor oportunidad de obtener una coordinación efectiva del esfuerzo individual. O podemos "planear" en el sentido de que la acción concreta de los diferentes individuos, la parte que cada persona debe representar en el proceso social de producciónqué es lo que hará y cómo lo hará lo decida el agente planeador. Planeación en el primer sentido significa que la dirección de la producción se ocasiona por la combinación libre del conocimiento de todos los participantes, con precios que trasmiten a cada uno la información que los ayuda a relacionar sus acciones con las de los otros. Sin embargo, la planeación de los planeadores de nuestra épocala dirección central de acuerdo con una calca social preconcebidaimplica la idea de que algún grupo de individuos, o en último caso alguna mente individual, decide por la gente lo que ésta debe hacer en cada momento.Mientras haya esta distinción entre la construcción de un sistema legal racional bajo cuyo imperio la gente será libre para seguir sus preferencias, y un sistema de órdenes específicas y prohibiciones, es bastante clara como principio general, no es fácil definirla con exactitud y a veces es muy difícil aplicarla a un caso concreto. Sin duda esta dificultad ha contribuido más aún a confundir la distinción entre la planeación mediante la libertad y la planeación por medio de la interferencia constante. Es esencial desarrollar algo más esta distinción crucial, si bien hacer un examen satisfactorio de esta cuestión rebasaría los límites de este esquema.Construyendo un marco racional de reglas generales y permanentes, se crea un mecanismo por medio del cual se dirigirá la producción, pero no se toma una decisión consciente acerca de los fines a los cuales se encamina. Las leyes tienen por mira principal la eliminación de la incertidumbre posible de evitar, estableciendo principios de los cuales puede deducirse en un momento dado, quién puede disponer de determinados recursos, y evitar el error innecesario previniendo el engaño y el fraude. No se hacen estas reglas, sin embargo, con la esperanza de que beneficien a A y dañen a B. Ambos podrán escoger su posición dentro de la ley y ambos se encontrarán en un posición mejor a la que tendrían si no existiera ley alguna. Esta reglas (derecho civil y criminal) son generales no solo en el sentido de que se aplican por igual a todos, sino también en el de que los ayudan a conseguir sus varios fines individuales, de manera que, a la larga, todos tienen oportunidad de beneficiarse de su existencia. El hecho mismo de que la influencia de sus efectos sobre individuos diferentes no pueda preverse, porque se esparcen con demasiada amplitud y se intenta que las reglas mismas permanezcan en vigor por un periodo muy largo, implica que en la formulación de tales reglas no se necesita, o pueda hacerse, una elección deliberada entre la necesidad relativa de diferentes individuos o de grupos diversos, y que el mismo conjunto de reglas es compatible con las más variadas opiniones individuales acerca de la relativa importancia de cosas diferentes.Ahora bien, debe admitirse que los primeros liberales no se han empeñado consistentemente en la tarea de crear un marco legal racional. Después de vindicar, basados en razones utilitarias, los principios generales de la propiedad privada y de la libertad contractual, se han quedado cortos al aplicar el mismo criterio de conveniencia social a las formas históricas específicas de la ley de propiedad y de contrato. Sin embargo, debiera haber sido obvio que la cuestión del contenido exacto y las limitaciones específicas de los derechos de propiedad, y cómo cuándo el estado obligaría al cumplimiento de contratos, exige tanta consideración por razones utilitarias como el principio general. Por desgracia, sin embargo, muchos de los liberales del siglo XIX, después de haberse satisfecho a sí mismos con la justificación del principio general, cuya aceptación se habían negado, con razón, a admitir como un dictado del derecho natural, se sintieron del todo contentos al aceptar la formulación de la ley de entonces, como si aquella fuera la única concebible y natural. Un cierto dogmatismo a este respecto, que con frecuencia tenía la apariencia de una repugnancia a razonar estos problemas, condujo a un punto muerto prematuro esta clase de planeación, arrojando en el descrédito a la doctrina liberal toda.La "planeación" en el segundo y más estrecho sentido, que es el tópico de discusión en nuestros días, sería descrita con más exactitud, siguiendo el término francés économie dirigée, como un sistema de "economía dirigida". Su esencia es que la autoridad central tiene a su cargo el decidir el uso concreto de los recursos disponibles, que las miras y la información de la autoridad central gobiernen la selección de las necesidades que tiene que ser satisfechas y los métodos de su satisfacción. Aquí la planeación no se confina ya a la creación de condiciones que surten su efecto porque los particulares, en sus decisiones, las conocen de antemano y las toman en cuenta. Los reglamentos y las órdenes se hacen con la intención de revisarlas y varían en conexión con un cambio de circunstancias, las cuales, dentro del primer tipo de planeación, hubieran conducido simplemente a un respuesta diversa de los productores interesados. La previsión de los individuos no se usa ya aquí para conseguir que cada cambio en las circunstancias se registre en la estructura de precios en cuanto alguien lo descubra o espere. El conocimiento que guía la producción no es ya el conocimiento combinado de la gente que tiene a su cargo inmediato las distintas operaciones de ella; es el conocimiento de la pocas mentes directrices que participan en la formulación y ejecución de un plan dispuesto conscientemente. El mecanismo de precios, único del que se sabe que puede utilizar el conocimiento de todos, se descarta en favor de un método que utiliza exclusiva y consistentemente el conocimiento y opiniones de unos cuantos. La planeación en este sentido es la que ahora se usa en forma creciente cuando a una industria se le dice que no exceda un cierto límite de producción o que no aumente su equipo; cuando a otra se le impide vender más bajo (o mas alto) de un precio determinado; cuando se prohibe a un propietario explotar cierta mina o cultivar determinada superficie, cuando se restringe el número de talleres o cuando se subvenciona a un productor para que produzca en un lugar y no en otro, y en el número infinito de medidas de un especie similar. Es en particular la planeación en este sentido la que implica, como veremos, toda reorganización de la sociedad según lineamientos socialistas. No se intenta negar aquí que alguna de planeación central de esta clase será siempre necesaria. Hay campos incuestionables, como la lucha contra las enfermedades contagiosas, en los que el mecanismo de precios no es aplicable, sea porque a algunos servicios no puede ponérseles precio, o por que un objeto evidente, deseado por una mayoría abrumadora, sólo puede alcanzarse si se coerciona a una pequeña minoría opuesta. Sin embargo, el problema que estamos examinando no es si el sistema de precios debe suplementarse o si debe encontrársele un sustituto cuando la naturaleza del caso lo haga inaplicable, sino si debe suplantársele cuando las condiciones para su funcionamiento existen o pueden ser creadas. La cuestión es si podemos conseguir algo mejor por la colaboración espontánea del mercado, y no si han de proporcionarse en alguna otra forma servicios necesarios que no pueden ser objeto de un precio y que, por lo tanto, no podrán obtenerse en el mercado.La creencia de que la planeación central en ese sentido es necesaria para conseguir una actividad productora más "racional" esto es, para obtener una producción general mayor en algún sentido técnico, de manera que todos salieran ganando con ello es, sin embargo, sólo una de las raíces para clamar por tal planeación. Sería interesante demostrar, si bien imposible dentro del espacio disponible, cómo esta creencia se debe en gran parte a la intromisión en la discusión de los problemas sociales de las preconcepciones del científico puro y del ingeniero, que han dominado la perspectiva del hombre educado durante los cien años últimos. Para una generación educada en estas miras, que ha crecido en medio de esta opiniones, cualquier sugestión de que un orden y una reacción intencionada puedan existir, sin deberes a la acción consciente de una mente directriz, era en sí misma "un desecho medieval", un retazo de teología ridícula que todas las conclusiones basadas en tales argumentos viciaban y desacreditaban. Sin embargo, puede demostrarse de una manera que nunca ha contradicho quien haya entendido el problema, que la colaboración inconsciente de los individuos en el mercado conduce a la solución de problemas que, aun cuando ninguna mente individual haya formulado jamás estos problemas en una economía de mercado, tendrían que ser resueltos de manera consciente por el mismo principio en un sistema planeado. Dentro del sistema de precios la solución de estos problemas es impersonal y social en el sentido estricto del término; por eso, apenas si podemos indicar de paso el curioso salto intelectual por el cual muchos pensadores, después de ensalzar la sociedad en su conjunto como infinitamente superior e insistir que en cierto sentido es algo más que una mera colección de individuos, todos concluyen pidiendo que no debe dejársela guiar por sus propias fuerzas sociales impersonales, sino que debe estar sujeta al control de una mente directriz, que es, por supuesto, en último análisis, la mente de un individuo.Tampoco es posible, dentro de los límites de este ensayo, demostrar por qué esta creencia en la mayor eficiencia de una economía planeada no puede defenderse con razones económicas. De cualquier manera, la reciente discusión de estos problemas, por lo menos ha creado grandes dudas acerca de esta creencia, y muchos de los partidarios de la planeación se contentan con la esperanza de tener éxito al hacer llegar tal sistema de planeación, por lo menos en lo que concierne a una racionalidad formal, muy cerca de los resultados de un sistema de competencia. Pero puede decirse con razón que no es ésta la cuestión decisiva. Muchos planeadores se conformarían admitiendo una considerable disminución de la eficiencia si a este precio se pudiera lograr mayor justicia distributiva. Y esto nos lleva en realidad a la cuestión decisiva. La decisión última a favor o en contra del socialismo no puede descansar en un terreno puramente económico, ni basarse en la determinación de si es probable que se obtenga de la sociedad una producción mayor o no menor con los sistemas alterno en cuestión. Las miras del socialismo, al igual que el costo de su logro, pertenecen sobre todo a la esfera moral. El conflicto es más bien de ideales distintos al mero bienestar; por eso la dificultad estriba en que estos ideales en conflicto viven todavía juntos en los pechos de mucha gente sin que ellas se enteren del conflicto. Nuestra elección final habrá de basarse en consideraciones semejantes a las que aquí hemos examinado.Es verdad innegable que en tanto que a la planeación en el sentido específico no se le pide hacer la producción más racional en algún sentido formal, se la necesita si el relativo bienestar de gente diferente debe hacerse conformar con algún orden preconcebido, y que una distribución de rentas que corresponda a alguna concepción absoluta de los méritos de gente diferente sólo puede alcanzarse por la planeación. De hecho, este argumento de justicia, y no el de la mayor racionalidad, es el único que puede adelantarse legítimamente en favor de la planeación. Es también por la misma razón que todas las formas de socialismo implican la planeación en este sentido específico. La "sociedad" no puede posesionarse de todos los instrumentos materiales de producción sin echarse a cuestas o decidir sobre el propósito y la forma en que habrán de usarse. No es esto menos cierto de los sistemas de "competencia socialista" que se han propuesto recientemente como una solución a las dificultades de cálculo en un sistema más centralizado que en los esquemas más antiguos de la planeación socialista. También debe añadirse aquí que la planeación de esta clase, si ha de hacerse racional y consistentemente, no puede limitarse por mucho tiempo a la intervención local o parcial en el funcionamiento del sistema de precios. En tanto que la acción del estado se limite a suplementar ese funcionamiento satisfaciendo determinadas necesidades colectivas, o dando a todos la misma seguridad contra la violencia o las enfermedades infecciosas, deja al sistema de precios intacto en su esfera. Pero en cuanto el estado intenta corregir los resultados del mercado y controlar los precios y las cantidades a producir a fin de beneficiar a clases o grupos determinados, será difícil detenerse a mitad del camino. No es necesario pasar revista a los argumentos económicos familiares que enseñan por qué el mero "intervencionismo" se destruye a sí mismo y se contradice, y cómo, si el propósito central de intervención ha de alcanzarse, la intervención debe dilatarse hasta convertirse en un sistema comprensivo de planeación. Pero es pertinente subrayar, en conexión con esto, ciertos factores sociológicos que funcionan en el mismo sentido. Es indudable que la desigualdad se tolera con más facilidad si se debe a accidente, o por lo menos a fuerzas impersonales, que cuando se debe a designio. La gente se someterá al infortunio que puede herir a cualquiera, pero no con tanta facilidad al sufrimiento que es el resultado de la decisión arbitraria de la autoridad. La insatisfacción con la suerte propia crecerá de manera inevitable con la conciencia de que es el resultado de la decisión humana. Una vez que el gobierno se ha embarcado en la planeación en bien de la justicia no puede rehusar la responsabilidad por la suerte de cualquiera. En particular no podrá rehusar protección por las consecuencias de cualquier cambio que se mira como inmerecido. Pero mientras haya un resto de mercado libre, cada cambio individual será en detrimento de algunos, aun cuando el resultado del progreso beneficie a todos al final. Por lo tanto, no hay progreso en el que quien participa en las formas aceptadas para hacer las cosas no tenga interés en detener. Por lo tanto, la gran ventaja del sistema de competencia está exactamente en el hecho de ofrecer un premio a la previsión y a la adaptabilidad y en el hecho de que uno tiene que pagar por él si desea permanecer en una ocupación que ha llegado a ser menos necesaria. Cualquier intento de indemnizar a la gente por las consecuencias de cambios que no han sido previstos por ellos, hace ineficaces las fuerzas del mercado y necesario poner la dirección central en el lugar de ellas.



III

La gran popularidad de que goza hoy la idea de la dirección central en toda actividad económica se explica con facilidad por dos hechos: por una parte, los expertos prometen a la gente mayor bienestar si se "organiza" la industria según lineamientos racionales, y, por otra, que es tan obvio que los fines particulares que cada individuo desea más se alcanzarán por la planeación. Pero si la gente concuerda acerca de la deseabilidad de la planeación en general, sus acuerdos acerca de los fines a los que servirá la planeación tendrán necesariamente que ser reducidos a alguna fórmula general como el "bienestar social", el "interés general", el bien común, mayor igualdad o justicia, etc..." La concordancia sobre tal fórmula general, sin embargo, no es suficiente para determinar un plan concreto, aún suponiendo que todos los medios técnicos nos son concedidos. El hecho, triste pero innegable, es que todas estas fórmulas que se usan con tanta libertad, resultan no tener contenido en cuanto intentamos usarlas como guías en cualquier decisión concreta sobre la planeación económica. Esta implica siempre el sacrifico de unos fines en favor de otros, un balancear los costos y resultados, una elección entre posibilidades alternas; por eso la decisión presupone siempre que todos los diferentes fines se alinean en un orden definido de acuerdo con su importancia, un orden que señala a cada objetivo una importancia cuantitativa que nos dice sacrificando qué de otros fines vale la pena intentarlos y qué precio sería demasiado alto.Para ver las consecuencias últimas que implica, sólo necesitamos visualizar por un momento el tipo de cuestiones específicas que la autoridad planeadora ha de decidir. No sólo tiene que decidir entre, digamos, luz eléctrica para el campesino o baños para el trabajador industrial urbano, sino también de decidir, de tenerse como más importante la instalación de luz eléctrica en cien haciendas que el aprovisionamiento de baños para cincuenta familias de la clase trabajadora, si debiera dar la preferencia a la petición de los campesinos, de poder instalar sesenta baños para familias de la clase trabajadora. El planeador no sólo debe saber si es urgentemente necesario un médico o un profesor adicional; sino que deberá saber cómo escoger, si al costo de preparar tres doctores puede entrenar cinco maestros de escuela, y si puede, al mismo costo, preparar seis maestros, y así por el estilo. La decisión de si un proyecto de construcción de alojamiento ha de iniciarse en una ciudad o en otra, o si la mayor urgencia de las necesidades de un lugar compensa el costo más alto de construir ahí; la decisión de si el costo de una población dispersa es hasta cierto punto mayor o menor que las ventajas estéticas y culturales obtenidas de ahí, solo pueden ser arbitrarias, esto es, no hay , dentro de amplios límites, razones con las que una persona pueda convencer a otra de que una decisión era más razonable que la otra. Sin embargo, el planeador, al tomar una decisión debe dar preferencia, debe crear distinciones de valor o mérito, y, por eso, un plan de conjunto implica de manera inevitable una escala cabal de valores. El acuerdo sobre un plan particular exige, por lo tanto, mucho más que el acuerdo sobre alguna regla ética general; requiere algo más que adhesión a cualquiera de los códigos éticos que hayan existido; requiere para la sociedad como un todo la misma clase de escala completa cuantitativa de valores que la que se manifiesta en la decisión de cada individuo, con la diferencia de que en una sociedad individualista el acuerdo entre los individuos acerca de ella no es necesario ni está presente.La idea de que un sistema económico completamente planeado o dirigido, puede y se usaría para lograr la justicia distributiva, de hecho presupone la existencia de algo que no existe y que nunca ha existido: un código moral completo en el cual los valores relativos de todos los fines humanos, la importancia relativa de todas las necesidades de todas las diferentes personas, tienen asignado un lugar definido y una importancia cuantitativa definida. Si tal código completo, difícil aun de concebir, existiera, entonces la planeación haría surgir pocas dificultades políticas. Pero ninguna mente sola es lo bastante comprensiva para formarse siquiera una concepción individual de una escala comprensiva de miras y deseos humanos. Y aún menos ha habido o puede haber acuerdo sobre tal código, entre cierto número de individuos, para no hablar de un acuerdo entre la mayoría de ellos. Pero podemos hablar de la existencia de un código ético semejante solo en la medida en que haya ese acuerdo. Tal código completo, que lo requeriría una economía completamente dirigida, tendría que decidir, en efecto, cómo debería hacerse cada acción humana. Ningún código religioso o moral conocido por lo menos entre la gente civilizada, con una alto grado de diferenciación entre los individuos se ha aproximado a tal sistema ni aún en una extensión limitada. Esta idea de un código ético completo en realidad la idea de cualesquiera diferencias en la comprensión de diferentes códigos morales no es siquiera familiar. Todavía es una idea a la que tenemos que acostumbrarnos la de que hay cuestiones que son "morales" cuando se plantean, pero para las cuales la "moralidad" no da respuesta si no hay valores establecidos sobre la base de lo que hay que decidir y que en consecuencia, tales valores tendrían que crearse deliberadamente si la cuestión fuera a contestarse. Y, sin embargo, es este el problema que hace surgir de manera inevitable la sugestión de que la dirección unificada de la actividad individual deba usarse en servicio de la justicia social, y debemos cuidar de reducir a al mínimo una dificultad solo por tener un carácter con el cual no estamos familiarizados. El hecho es que en cuestiones de esta clase, por no haber constituido un problema para nadie, no ha habido ocasión de buscar una respuesta y menos aún de hacer surgir una opinión común concerniente a ellas. Estas cuestiones pueden contestarse en forma racional y todos los actos de los miembros de una sociedad planeada habrán de guiarse por la respuesta sólo cuando tratamos de hacer explícito en una discusión y decisión deliberadas lo que antes decidía el azar, o por lo menos las fuerzas impersonales del mercado.Debe al menos indicarse, antes de abandonar este asunto, que al desarrollo de la civilización humana en el pasado lo ha acompañado un movimiento de (en este sentido) sistemas morales más o menos comprensivos. Del miembro de una tribu primitiva cuya vida diaria es una sucesión de actos a los que regula un ritual firmemente establecido, al individuo de una sociedad feudal cuyo status fijo determinan los títulos a la vida a las cuales tiene derecho, hasta nuestros propios días, el desarrollo ha sido hacia un vida en la cual el gusto y la preferencia individuales gobiernan sobre un área cada vez mayor. El cambio que la planeación central hace necesario, requeriría un retroceso completo de esta tendencia por lo cual las reglas moralesy legales han tenido por centurias a convertirse en más formales y generales y menos específicas. Pero nuestro problema no es ahora si debemos o no tener un código moral completo y comprensivo que proporcione una base de planeación en aras de la justicia social, generalmente aceptada. La cuestión es si existe algo próximo a tal código completo, esto es si la mayoría de la gente;, o aun solo aquellos a quienes los demás miran como los mejores y más prudentes, están de acuerdo por lo menos en los principales problemas de valor que un intento de planeación haría surgir. Y no puede haber duda de que la respuesta a esto es negativa: no podrán encontrarse cuando se las necesite; habrán de crearse.



IV

Estas excursiones por lo que puede parecer remota especulación sobre cuestiones de filosofía moral, no dejan de ser pertinentes a nuestro problema concreto. Podemos volver ahora a la cuestión de lo que pasa cuando una democracia empieza a planear y descubre que estas consideraciones generales tienen aquí aplicación inmediata. El hecho de que un cierto acuerdo, que no existe en una sociedad libre, lo requiera el fin de traducir el acuerdo aparente sobre la deseabilidad de la planeación en un acción concreta, tiene dos consecuencias importantes. En primer lugar, es la causa de la notoria inhabilidad de las asambleas democráticas para realizar lo que en apariencia es el deseo expreso de la gente, porque solo cuando las instrucciones vagas tienen que traducirse en acciones específicas, es cuando la falta real de ajuste se manifiesta. El segundo efecto de la misma causa, que aparece siempre que una democracia intenta planear, es la admisión de que si la planeación eficiente debe hacerse en un campo particular, la dirección de los asuntos debe "sacarse de la política" y ponerse en manos de funcionarios permanentes o de cuerpos autónomos. Usualmente se justifica esto por el carácter "técnico" de la decisión a tomar, carácter para el cual los miembros de una asamblea democrática no están calificados. Pero esta excusa no va a la raíz del asunto. Las alteraciones en la estructura del derecho civil no son menos técnicas y no más difíciles de apreciar en todas sus implicaciones; sin embargo, nadie ha sugerido todavía, seriamente, que su legislación debe delegarse a un cuerpo de expertos. El hecho es que en estos campos la legislación no se llevará más lejos de lo que pueden permitir las reglas generales sobre las cuáles existen el acuerdo de una verdadera mayoría. Pero en la dirección de la actividad económicade transporte o de planeación industrial los intereses por reconciliar son tan divergentes que ningún acuerdo verdadero sobre un plan único puede alcanzarse en una asamblea democrática. Cualquier decisión implica entonces la elección directa y consciente entre la satisfacción de necesidades particulares de un grupo y las de otro. Con frecuencia habrá una gran mayoría a quien se afecta ligeramente en un sentido y unos pocos afectados en otro. Si la acción fuera a depender del acuerdo de una mayoría numérica, ninguna acción podría ejecutarse. Pero con el propósito de poder extender la acción más allá de las cuestiones sobre las que existe el verdadero acuerdo, las decisiones se reservan a unos cuantos representantes de los "intereses" más poderosos.Pero este expediente de "delegación" no es bastantes efectivo para apaciguar la insatisfacción que debe crear la importancia de la democracia entre todos los amigos de la planeación extensiva. La delegación de decisiones especiales a numerosas organizaciones separadas presenta en si misma un nuevo obstáculo para la coordinación propia de los planes en campos diferentes. Aun si, por este expediente, la democracia tiene éxito al planear cada sector de la vida económica por separado, todavía seguirá siendo impotente con respecto a la tarea mayor de un plan comprensivo para todos los sectores considerados en conjunto. Muchos planes especiales no forman todavía un todo planeado; de hecho, como los planeadores deben ser los primeros en admitir, pueden ser peores que ningún plan. Pero como es natural, la legislatura vacilará en delegar las decisiones sobre problemas realmente vitales. Al final, el acuerdo de que la planeación es necesaria, al par que la inhabilidad de las asambleas democráticas para concordar un plan determinado, debe reforzar la demanda de que al gobierno, o a un solo individuo, se le deben dar poderes para actuar bajo su propia responsabilidad. Cada vez se acepta más y más la creencia de que si uno quiere conseguir las cosas hechas, el director responsable de los asuntos debe libertarse de las trabas de los procedimientos democráticos. Es un hecho de la máxima importancia el de que el creciente descrédito en que ha caído el gobierno democrático se debe a que sobre la democracia han caído tareas para las cuales no está preparada. Es este un hecho que todavía no se reconoce en forma adecuada. El gobierno por acuerdo sólo es posible si su acción se limita a objetos sobre los cuales la gente tiene opiniones comunes. Si primero decimos que debe actuar sobre cierta cuestión e inquirimos después si existe acuerdo sobre cómo debe actuar, podemos encontrarnos con que tenemos, o que obligar a la gente a concordar, o a abandonar el gobierno por acuerdo o ambas cosas. Y mientras más se extienda la esfera de acción del gobierno, mayor es la posibilidad de que surja esta situación. La posición fundamental es simplemente que la probabilidad de acuerdo de una porción importante de la población sobre un método particular de acción decrece a medida que la esfera de actividad del estado se dilata. Hay ciertas funciones del estado sobre cuyo ejercicio debe existir, prácticamente, la unanimidad; habrá otras sobre las cuales existirá el acuerdo de una mayoría importante, y así hasta llegar a campos en los que, si bien cada individuo pudiera desear que el estado interviniera en algún sentido, habrá casi tantas consideraciones acerca de cómo debe actuar el gobierno, cuántas personas diferentes haya.El gobierno democrático trabajó con éxito en tanto que, mediante un credo ampliamente compartido, las funciones del estado se limitaron a campos en los que podía alcanzarse un acuerdo real entre una mayoría. El precio que tenemos que pagar por un sistema democrático es la restricción de la acción del estado a los campos en donde puede obtenerse el acuerdo; este es el gran mérito del credo liberal: reducir la necesidad de acuerdo a un mínimo compatible con la diversidad de opiniones individuales que existirían en una sociedad libre. Con frecuencia se dice que la democracia no toleraría el capitalismo. Si "capitalismo" significa aquí una sociedad de competencia basada en una disposición libre de la propiedad privada, es mucho más importante observar que sólo el capitalismo hace posible la democracia. Y si un pueblo demócrata llega a estar bajo la racha de un credo anticapitalista, querrá decir que la democracia se destruirá a si misma de manera inevitable.Si la democracia tuviera que abdicar su control sobre la vida económica, aun pudiera mirarse esto como un mal menor comparado con las ventajas que se esperan de la planeación. En realidad muchos de los partidarios de la planeación se dan plena cuentay tienen que rendirse ante el hechode que si la planeación tiene que ser democracia efectiva, habrá que echarla por la borda en cuanto toca a la legislación económica. Mr. Stuart Chase cree que puede asegurarnos que la "democracia política puede subsistir si no toca las cuestiones económicas". Es, sin embargo, una falacia fatal creer que el gobierno autoritario puede limitarse a asuntos económicos. El hecho trágico es que la dirección autoritaria no puede restringirse a la vida económica, sino que está obligada a extenderse y a convertirse en "totalitaria" en el sentido estricto de la palabra. El dictador económico pronto se verá forzado, aún contra sus deseos, a asumir la dictadura sobre toda la vida política y cultural del pueblo. Ya hemos visto que el planeador no sólo debe traducir los "fines", vagos y generales, que rigen la aprobación popular en una escala de valores concreta y detallada, sino que también debe, si quiere actuar, hacer creer al pueblo que el código de valores particular y detallado que él impone, es el justo. Se ve forzado a crear esta unicidad de propósito que fuera de las crisis nacionales como la guerra falta en una sociedad libre. Más aún, si ha de permitírsele llevar a cabo el plan que él cree justo, debe retener el apoyo popular esto es, debe aparentar, a toda costa, tener éxito.Es en vano condenar al dictador llevado al poder por el deseo universal, por el uso consistente y enérgico de los poderes del estado para hacer enchufar dentro de sus planes los deseos y ambiciones de la gente. La acción "racional" solo es posible al servicio de un sistema dado de fines, y si la sociedad como un todo va a actuar racionalmente, debe dársele una escala completa de valores. El dictador descubrirá desde un principio que si quiere realizar el deseo del pueblo, tendrá que decirles lo que éste debe desear. No necesitamos ir a los países autoritarios para encontrar ejemplos de esta tendencia. No hace mucho, Mr. Henry A. Wallace encontró necesario advertir al pueblo americano "que el apego nacional firme a una ruta fija, internacional o intermedia, requiere también un cierto grado de opinión regimentada". ¿Qué podemos esperar de un hombre que tiene que organizar un plan gigantesco, si es ésta la lección que saca un hombre de estado responsable de los experimentos comparativamente moderados de planeación hechos en los Estados Unidos? Si no hay actividad ni relación humana que deje de regular el estado, ¿cómo puede quedar libre la opinión acerca de estas cosas?La decisión del planeador acerca de la importancia relativa de fines en conflicto, es por necesidad una decisión acerca de los méritos relativos de diferentes grupos e individuos. La planeación se convierte necesariamente en planeación a favor de unos y en contra de otros. En efecto, los gobiernos autoritarios admiten esto cuando insisten en el predominio de la política sobre la economía; y uno de los principales sociólogos de la Alemania actual lo ha establecido así en forma explícita, al escribir:Planear significa, en el más alto grado, tomar posiciones a favor y en contra de distintas fuerzas e intereses, un compromiso de larga duración a favor de un lado o de otro... El hecho de que la planeación signifique tomar partido o de otro... El hecho de que la planea presentando intereses particulares determinados como los intereses de todos... Claro que el problema no es el de que las diferentes personas afectadas no tengan las opiniones más decididas acerca de los méritos relativos de sus respectivos deseos; más bien es el de que estas opiniones son irreconciliables. Pero para que el terreno en el cual descansan las decisiones más o menos arbitrarias de la autoridad deba parecer justo, ha de basarse en algún ideal fundamental en el cual se supone que todos creen. La distinción inevitable entre las personas debe transformarse en una distinción de rango, más conveniente y naturalmente, basada en el grado en que la gente participe y apoye con lealtad el credo del gobernante. Y aclara más la posición si la aristocracia de credo, en el extremo de la escala, corresponde, en el otro, una clase de descastados, cuyos intereses pueden sacrificarse en todos los casos a los de las clases privilegiadas. Por lo tanto, la conformidad con las ideasguias no puede mirarse como un mérito especial, aún cuando los que sobresalen por su devoción al credo sean premiados. Aquélla debe exigirse de todos. Toda duda que se arroje sobre la rectitud de los fines buscados o de los medios escogidos, conduce a disminuir la lealtad y el entusiasmo, y, por lo tanto, debe tratarse como sabotaje. La creación e imposición del credo común y de la creencia en la sabiduría suprema del gobernante se convierte en un instrumento indispensable para el éxito del sistema planeado. El uso sin misericordia de todos los posibles instrumentos de propaganda y la supresión de toda expresión de oposición, no es un acompañamiento accidental de un sistema con dirección central, sino que es una parte esencial de él. No puede limitarse la coerción moral a aceptar el código ético en el que se funda todo el plan. Está en la naturaleza de las cosas que muchas de las partes de este código, muchas de las partes de la escala de valores sobre las que se funda el plan, nunca podrán formularse explícitamente. Solo existen implícitas en el plan. Pero esto significa que cada parte del plan, de hecho toda la acción del gobierno o de sus agencias, deben volverse sacrosantas y estar exentas de toda crítica.Sin embargo, sólo por la fuerza es posible suprimir la expresión pública de la crítica. Pero la dudas que nunca se manifiestan y la vacilación que nunca se expresa tienen efectos igualmente insidiosos, aún existiendo sólo en la mente de la gente. Todo lo que pueda inducir al descontento debe apartarse de ella. Las bases de comparación con las condiciones en otras partes, el conocimiento de posibles alternativas del camino tomado, la información que pueda sugerir fracaso de parte del gobierno para vivir de conformidad con sus promesas, para sacar ventaja de las oportunidades para mejorar la suerte del pueblo, todo esto debe suprimirse. En consecuencia, no hay campo en el que no quiera implantarse el control sistemático de las informaciones. No es accidental que el gobierno que pretenda planear la vida económica sostenga su carácter totalitario: no puede hacer otra cosa si desea permanecer fiel a la intención de planear. La actividad económica no es un sector de la vida humana que pueda separarse del resto; es la administración de los medios con los cuales tratamos de alcanzar todos nuestros diferentes fines. Quien quiera que se haga cargo de estos medios, debe determinar cuáles fines van a servirse, qué valores van a tratarse más alto y cuáles más bajo, en suma en qué hombres debe creerse y apoyar. Y el hombre mismo se convierte en poco más que un medio para la realización de las ideas que deben guiar al dictador.Quizás no sea innecesario añadir aquí que esta supresión de la libertad individual no es tanto el resultado de la transición de la democracia a la dictadura, como ambas lo son de la enorme dilatación del campo de acción del gobierno. Aun cuando, indudablemente, la democracia es, hasta cierto punto, una salvaguardia de la libertad personal y su decadencia se debe al hecho mismo de que dificulta la supresión de la libertad, nuestro problema no es principalmente el de un cambio constitucional en el sentido estrictamente político. No puede haber duda de que en la historia ha habido con frecuencia mucha más libertad cultural y política bajo un régimen autocrático, que bajo algunas democracias, y por lo menos es concebible que bajo el gobierno de una mayoría homogénea y doctrinaria, el gobierno democrático pueda ser tan opresivo como la peor dictadura. El punto no es que cualquier dictadura debe de manera inevitable borrar la libertad, sino que la planeación lleva a la dictadura porque la dictadura es el instrumento más efectivo de coerción y compulsión de ideales, y, como tal, es esencial para hacer posible la planeación central en gran escala. Una verdadera "dictadura de proletariado", aún de forma democrática, si emprendiera la dirección de la actividad económica, probablemente destruiría los últimos vestigios de libertad personal en forma tan completa como cualquier autocracia.



V

Asusta que para muchos de nuestros contemporáneos este cuadro, aún reconociendo su fidelidad, ha perdido mucho del terror que hubiera inspirado en nuestros padres. Claro que siempre ha habido muchos para quienes la coerción intelectual es objetable sólo si la ejercen otros, mirándola como benéfica si se pone al servicio de fines que aprueban. ¿Cuántos de los intelectuales exiliados de los países autoritarios estarían bien dispuestos a aplicar la coerción intelectual, que condenan en sus opositores, para hacer creer a la gente en sus propios ideales, suministrando, de manera incidental, otro ejemplo del parentesco cercano entre los principios fundamentales del fascismo y el comunismo? Pero, si bien la época liberal probablemente estuvo más libre de coerción intelectual que cualquiera otra, el deseo de forzar un credo en la gente que considera saludable para ésta, no es por cierto fenómeno nuevo o peculiar de nuestro tiempo. Lo que es nuevo es el intento de nuestros intelectuales socialistas para justificarlo. No hay libertad real de pensamiento, así se dice, porque las opiniones y los gustos de las masas los conforman de manera inevitable, la propaganda, el anuncio, el ejemplo de las clases altas y otros factores del medio ambiente que de manera inplacable encauzan el pensamiento de la gente dentro de rutinas rancias. Pero si, el argumento prosigue, los ideales y los gustos de la gran mayoría los determinaran factores que están bajo el control humano, podemos usar este poder para cambiar sus pensamientos hacia un sentido que juzgamos deseable. Esto es, del hecho de que la gran mayoría no ha aprendido a pensar con independencia, sino que acepta ideas ya hechas, se saca la conclusión de que se justifica el que un grupo particular de gentecon seguridad quienes abogan por elloasuma por si mismo el poder exclusivo para determinar lo que la gente debe crear.No intento negar que para la gran mayoría la existencia o inexistencia de la libertad intelectual significa poco para su felicidad personal; tampoco que serán igualmente felices si nacen o se engatusan en una serie de creencias y no en otras, y si han llegado a acostumbrarse a una clase de entretenimiento o a otra. Es probablemente muy cierto que en toda sociedad la libertad de pensamiento tendrá una significación directa o un sentido real sólo para una pequeña minoría. Pero abogar en contra del valor de la libertad intelectual porque nunca dará a todos la misma oportunidad para pensar independientemente, es no alcanzar las razones que dan a la libertad intelectual su valor. Lo esencial para hacerla servir sus funciones como principio motor del progreso intelectual, no es que todos deban pensar o escribir cualquier cosa, sino que toda causa o toda idea pueda ser defendida por alguien. En tanto que el disentimiento no se suprima de veras, habrá siempre alguien que quiera inquirir acerca de las ideas que rigen a sus contemporáneos y someter a la prueba de la discusión y la propaganda nuevas ideas. El proceso social que llamamos razón humana, y que consiste en la interacción de los individuos que poseen diferente información y diferentes perspectivas, algunas veces consistentes, otras en conflicto, sigue adelante. Una vez dada la posibilidad de disentir, habrá disidentes, aun cuando esa pequeña la proporción de la gente capaz de pensar con independencia. Al progreso intelectual sólo puede detenerlo la imposición de una doctrina oficial que debe ser aceptada y a la que nadie se atreve objetar.Quizás deba verse y apreciarse en la realidad de alguno de los países totalitarios, para sondear cómo la imposición de un credo autoritario y comprensivo ahoga por completo todo espíritu de examen independiente, cómo destruye el sentido del significado de la verdad, excepto el de la conformidad con la doctrina oficial, y cómo las diferencias de opinión en todas las ramas del conocimiento se convierten en conflictos políticos que la intervención de la autoridad debe decidir. Sin embargo, la experiencia indica que hay aun muchos dispuestos a sacrificar la libertad intelectual porque no representa la misma oportunidad para todos. Es seguro que no se dan cuenta de lo que se juegan. En realidad el gran peligro viene del hecho de que damos por supuesta la herencia de la época liberal, y de que hemos llegado a mirarla tan confiadamente como la propiedad inalienable de nuestra civilización, que no podemos concebir en forma cabal lo que significaría si la perdiésemos. Empero, la libertad y la democracia no son dones gratuitos que serán nuestros con solo desearlo. Parece haber llegado el momento en que una vez más sea necesario tener plena conciencia de las condiciones que las hacen posibles y defender estas condiciones, aún si han de cerrar el camino al logro de ideales opuestos.El peligro con el que se enfrenta nuestra generación no es sólo el proceso de experimentación al cual debemos todo el progreso en la esfera social y en las demás deba conducirnos al error. El peligro es más bien que demos fin al proceso mismo de experimentación. Si el experimento de la planeación lleva a la desaparición de las instituciones libres, no habrá entonces oportunidad, para la corrección de esa equivocación. Una vez que el único método de cambio pacífico inventado hasta aquí, la democracia, (esa admirable convención de "contar cabezas con el fin de ahorrarse la molestia de romperlas"), se haya acabado, se cierra el camino para una corrección pacífica de un error, una vez cometido. Los que están en el poder, que deben a este error no sólo su posición, sino lo que es más significativo, la oportunidad para lograr sus ideales, no lo reconocerán, y, por lo tanto, no lo corregirán; y nadie más tendrá la oportunidad de hacerlo. Con un optimismo del todo injustificado, un escritor reciente predijo que en una generación, los "planeadores" y todas sus obras serían barridos por una violenta reacción del sentimiento si la estabilidad material que prometían tuviera que comprarse al precio de la opresión intelectual y espiritual. Debe parecer dudoso en extremo, en vista de la fuerza sin precedente que da al estado la técnica moderna de propaganda sobre la mente de la gente, si una reversión de las tendencias intelectuales provenientes de las fuerzas internas de los grupos organizados, fuera aun posible después de que la maquinaria de control haya sido establecida con firmeza. Es más probable que la lucha por la supervivencia de ideas tome entonces la forma de una guerra de ideologías entre las naciones, que, aún llevando la supervivencia del grupo más eficientemente organizado, bien puede significar la destrucción de todo lo que para nosotros representa la grandeza de la humanidad.

LIBERTAD, LIBERTAD


¡Viva el capitalismo!

¡Viva el capitalismo! ¡Viva la libertad! Estos fueron los dos brindis más repetidos en el Concert Noble de Bruselas. Como ya es tradición, el último fin de semana de febrero el Center for the New Europe (CNE) organizó el Capitalist Ball. El evento se ha vuelto tan conocido que liberales del mundo entero viajan a la capital de Bélgica para celebrar la existencia del sistema socio-económico que promueve las relaciones libres y pacíficas entre los seres humanos y que ha permitido increíbles cotas de progreso material desde su aparición.

La lista de espera de quienes no consiguen una de las 350 plazas y aguardan con la esperanza de que alguien cancele su participación se ha vuelto interminable. Parece que cada año hay más defensores del capitalismo dispuestos a festejar los logros de su sistema.
La imagen en todas las botellas de champán de un joven elegante de tez blanca, nariz pronunciada, pelo negro y mirada profunda indicaba que esta edición estaba dedicada al gran economista francés del siglo XIX, Frederic Bastiat. Bastiat supo expresar mejor que nadie la naturaleza contrafactual de la ciencia económica recogida magistralmente en su ensayo "Lo que se ve y lo que no se ve". Los liberales suelen dedicar enormes esfuerzos a demostrar que los aparentes logros del intervencionismo esconden e implican la imposible realización de mayores logros a través de la libertad. Sin embargo, son muy pocos los esfuerzos que dedicamos a explicar los maravillosos logros que cada día se consiguen gracias al sistema capitalista y que la inmensa mayoría de la gente toma por descontados sin preocuparse por entender cuál es el marco institucional que los permite. Para defender el capitalismo en ese plano positivo en vez de hacerlo criticando los sistemas liberticidas alternativos intervino Johan Norberg, el flamante nuevo miembro del CNE. El joven historiador sueco narró con pasión algunos de los maravillosos logros de los seres humanos gracias a su participación en el capitalismo global.
Durante unos minutos Norberg logró que los asistentes vibraran y se quitaran el sombrero ante lo que el sistema económico de la libertad ha permitido y sigue posibilitando día tras día. La simple idea de una cena con más de 300 invitados, banda de swing y elegantes trajes y vestidos es inimaginable sin su existencia. De hecho, sin el capitalismo sería impensable que la inmensa mayoría de los asistentes estuviese con vida. Y es que si la esperanza de vida estaba situada hace dos siglos en 25 años, hoy, gracias al capitalismo, ronda ya los 80 en los países en los que este sistema sobrevive entre ataques socialistas y conservadores. Y qué decir de la calidad de esa vida más larga, de la posibilidad de volar de un extremo al otro del planeta, de la maravilla que representa poder hablar con personas que se encuentran a cientos o miles de kilómetros de distancia, del milagro de poder transmitir y compartir todo tipo de información a través de Internet, de la posibilidad de sustituir un órgano enfermo por uno sano, del continuo descubrimiento de nuevos medicamentos, del disfrute de cada vez más tiempo de ocio, de la creación de máquinas que realizan los trabajos más ingratos para la consecución de los más elevados fines, o de la producción de grandes cantidades de energía artificial que permite al hombre dedicar su escaso tiempo al uso de su inteligencia para combinar la materia y esa energía en más y mejores bienes para la satisfacción de las necesidades más valoradas. Nada de eso sería posible sin el capitalismo y qué menos que dedicar un día a brindar por su larga existencia.
El Capitalist Ball es además una ocasión para olvidarnos de los políticos, del intervencionismo, del socialismo, del conservadurismo, de los derrotistas, de los pesimistas, de los aguafiestas y hasta de los liberales acomplejados. El día del capitalismo es la celebración del invento humano fundamentado en las leyes naturales de cooperación social que reporta frutos de incalculable valor a las sociedades de seres humanos que participan de la globalización de la libertad. Tratemos de convertir cada día del año en el día del capitalismo y mostrar al mundo las maravillas que posibilita el sistema económico y político de hombres libres. Por un mundo libre y próspero, ¡viva el capitalismo!