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junio 15, 2009

La energía ecológica suprime empleos.

Gabriel Calzada , presidente del Instituto Juan De Mariana, de Madrid, explica ante el público estadounidense como la creación de nuevos generadores de energía verde, ecologista o energía renovable como otros les llaman suprime 2,2 empleos en la producción de energía convencional por cada empleo nuevo que genera esa nueva energía.




En la ciudad de Los Angeles, en California hay un plan para reemplazar las energías convencionales por otras ecológicas. De los costos de producir la energía no se habla por los medios. El ciudadano común no sabe cuanto tendrá que pagar y menos si podrá pagarla.

agosto 05, 2008

La libertad como principio humano racional

Artículo escrito por Joaquín Santiago Rubio para Instituto Juan De Mariana

"Libertad" es un término manoseado hasta la saciedad. Lo mismo justifica las acciones de un tirano que las pretensiones de un mafioso, los resentimientos de un bohemio o los afanes de quien aspira a una libertad igual para todos. Pero que libertad signifique tantas cosas, si es que algunas de ellas son, realmente, significaciones, no excluye la necesidad de ser racional al acercarse a su estudio. Si hay que buscar referentes de la libertad, en el último de los sentidos señalados, es en la larga lista de pensadores y actores que se alzaron contra el absolutismo en la Europa de los Austrias, en la Francia de los fisiócratas o en la tradición de pensamiento social que surge entorno a la Escuela Austriaca de economía: Carl Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Rothbard, Hoppe, etc.

La búsqueda de la libertad puede llevar a errores graves, sin duda, como el de no poder prever todos los engaños que los enemigos de la libertad inventan para hacer pasar por ella lo que no son más que emanaciones de su pereza mental o, peor aún, justificaciones farragosas de la servidumbre. Pero esos errores de previsión no causan refutación alguna de la libertad, sino mejoras en su perfil, más bruñido, limpio y prometedor después de identificar la burla.

Muchos de esos errores son los que uno de los grandes entre los grandes de la libertad, Ludwig von Mises, abordó en su fructífera vida. Para empezar, como los de la larga tradición intelectual en que se inserta, define la libertad en los términos más humanos, básicos y críticamente racionales que pueda concebir: la libertad es propiedad. Propiedad privada de uno mismo, de lo que produce y de lo que adquiere legítimamente. Cuando el liberalismo de Mises habla de legitimidad de la propiedad se refiere a toda aquella propiedad que ha sido adquirida con consentimiento de las dos partes. Este es el régimen natural de propiedad, aquél que todos llevamos con nosotros.

Sólo los ideólogos que miran los bienes ajenos con "visión de estado", "altura de miras" y "espíritu de sacrificio" son capaces de concebir sistemas políticos y coartadas ideológicas para que el robo a gran escala, a fecha fija y con alevosía sea para bien. Sólo quienes desde su personal código moral, concebido como los de los demás seres humanos que ostentan uno propio para su mayor gloria que no la ajena, aspiran a llenar de normas, modelos de comportamiento a los demás, sostienen la impostura del tirano. Frente a eso, los liberales decimos sólo: ¡déjennos en paz y dejen en paz a la gente!

Mises cifraba la libertad en la propiedad privada individual porque sin ella la libertad no sólo no es posible, sino que deviene en abuso. Frente al liberalismo así concebido sólo cabe, políticamente, el colectivismo, la llamada propiedad colectiva, la cual, no pudiendo gestionarse colectivamente acaba siendo apropiada por una élite. No obstante, muchos son los que conciben la libertad como el pequeño ámbito de los sentimientos, los vuelos del alma, casi inexpresables de tan íntimos, y repudian las expresiones objetivas, sociales y, por tanto, humanas de la libertad.

Entre ellos están los bohemios, los románticos que abjuran de la razón y exaltan el sentimiento, es decir, aquél ámbito en el que ellos y sólo ellos pueden ser competentes para juzgar porque la subjetividad de la íntima emoción siempre será incomparable. Estos personajes han producido obras de arte sublimes cuya validez les ha sido dada por el aprecio que han despertado, el cual se ha traducido, como no podía ser de otro modo, por la compra de sus obras con un dinero que, si bien desprecian en la oda, aprecian en la cantina.

Mises, hombre culto e inteligente donde los hubiera, mantuvo su sentimiento apasionado por la libertad con el cultivo honesto de la racionalidad. Sabía que ese era el único camino para llegar al meollo. Y, no dejándose llevar por la fantasía imposible de aplicar el método de las ciencias físico-naturales al estudio de la sociedad, se mantuvo en la tradición austriaca que arraiga en la España del siglo XVI y concibió al hombre actuante como eje de su pensamiento. No el colectivo, la tribu, las masas, la nación, el estado, no, sino el ser humano individual que siente, piensa y actúa y, al actuar, se muestra a los demás. Lo que los actos no expongan las palabras nunca dicen.

Antes de Mises, con él y después de él la Escuela Austriaca, hilo conductor de un enfoque humano de la vida social y compatible con muchas otras aportaciones filosóficas, pervivirá en la mente de muchos hombres y mujeres inteligentes y sensibles.

¡Libertad!

abril 12, 2008

El Cambio Climático según Gabriel Calzada

Gabriel Calzada, actual presidente del Instituto Juan De Mariana en Madrid, España.

El movimiento ecologista surgió hacia fines de los años 70, cuando el colectivismo socialista-comunista y afines no tenían respuestas a los problemas que ellos mismos habían creado.

Este activismo político sobre el clima lo habían vaticinado hace 70 años o más economistas clásicos de la escuela austriaca, especialmente Ludwig von Mises y después Friedrich A von Hayek. Hayek dijo, después de publicar su famoso libro “Road to Serfdom” que la ecología sería la “rueda de auxilio” del comunismo cuando descubran “la imposibilidad del cálculo socialista” como el lo llamaba, y que sería el colapso intelectual del colectivismo, tal como ha sido en realidad.

En la actualidad el tema del cambio climático se usa con fines populistas, o demagógicos, y a veces como máscara para ocultar otros propósitos, tal es el caso del presidente francés Nicolás Sarkozy que ha usado el tema proponiendo sanciones para los países que no firmen el Tratado de Kioto, sabiendo que su país no usa mayormente combustibles fósiles sino la energía nuclear, y con la intención oculta de proteger la economía francesa de la competencia externa; o del candidato de la izquierda estadounidense Al Gore que usa el tema del clima con fines propagandísticos para su carrera política con el fin de poner en el brete a sus adversarios políticos.

Los catastrofistas existieron siempre, sólo que ahora se notan más por efecto del desarrollo en las comunicaciones. Antiguamente se perseguía a la gente por la religión, luego la persiguieron por sus ideas políticas y ahora la persiguen por la contaminación de produce. El movimiento sobre la ecología, calentamiento global, cambio climático o como sea que se llame es un movimiento contestatario contra el capitalismo, odian el capitalismo pero no ofrecen ninguna alternativa a este sistema. Cabe recordar que el sistema capitalista no existe como tal, sino que es el resultado del hombre que ha vivido en libertad y ha inventado y producido cosas para mejorar su nivel de vida. El término “Capitalismo” lo creo Carlos Marx en su obra “El Capital” para oponerlo a un sistema creado por el que era el “Marxismo” luego llamado Comunismo, donde no existía la propiedad privada.

Volviendo al tema del post, en el video se hacen observar cuantas contradicciones hay en este movimiento, y los falsos que resultan los argumentos de quienes defienden el tema del cambio climático; cómo personas, científicos u organizaciones que no concuerdan con sus argumentos son acusados de “negacionistas” o les ponen un mote descalificador, y buscan perseguirlos por no pensar como ellos. España bajo la administración socialista de Rodríguez Zapatero es uno de los países más empecinados en defensa del cambio climático, sin embargo es uno de los que más incumple el Tratado de Kioto, mientras que los Estados Unidos que no ha firmado el tratado y se niega a firmarlo es quien más cumple con las condiciones de dicho tratado (parte 3/3).





Fuente: Telemadrid

febrero 18, 2008

¡Vaya tropa!

Por Juan Ramón Rallo

No es infrecuente escuchar estos días que la crisis económica actual viene a demostrar los fallos del libre mercado y del capitalismo especulativo. Sin embargo, muy pocos se plantean que los problemas actuales pueden estar causados por la corrupta y obscena organización del sistema monetario internacional, donde una serie de instituciones, los bancos centrales, emiten con carácter monopolístico un dinero que todos los ciudadanos tienen, quiéranlo o no, que aceptar.


Los bancos centrales son la punta del iceberg de un sistema financiero que, desde hace un siglo, viola sistemáticamente los más elementales principios de prudencia y diligencia. Las entidades de crédito han dejado de preocuparse por su solvencia y su liquidez e intentan suplir sus necesidades estructurales de fondos con los créditos que los bancos centrales van creando casi de la nada.

Nuestra organización monetaria tiene más puntos en común con el socialismo que con un auténtico sistema liberal; por tanto, la crisis económica que nos acecha es una crisis causada por el intervencionismo financiero.

A pesar de ello, existe una especie de adoración por los bancos centrales y sus dirigentes. En buena medida, los operadores del mercado tratan de encontrar en ellos la luz que les conduzca al final del túnel. Sin embargo, quienes están al frente de dichas entidades no son más que personas de carne y hueso, por lo general con unos conocimientos de economía bastante limitados e intereses personales ocultos.

Los últimos meses han servido para que algunos despierten de su letargo y constaten su inutilidad e impericia. Bastará con que nos refiramos a los tres casos más conocidos en nuestro país.


Bernanke: tipos cuesta abajo


Dicen que el actual presidente de la Reserva Federal tuvo que asistir a un cursillo acelerado en el mes de agosto para que le explicaran qué era eso de las "hipotecas subprime" y los "productos financieros estructurados".

Lo único que se le ha ocurrido a Bernanke ha sido recurrir a su famoso helicóptero: desde agosto ha bajado los tipos de interés en cuatro ocasiones, desde el 5,25 al 3,5%. Sin embargo, no parece que estas simplistas y contraproducentes medidas hayan remediado en nada la situación crítica de los mercados inmobiliario y financiero estadounidenses.

La venta de viviendas de segunda mano ha alcanzado su nivel más bajo en nueve años, y los precios están cayendo por primera vez en 40. Por si fuera poco, los resultados de los bancos en 2007 no han podido ser más lamentables: los beneficios de Citigroup cayeron un 83%, los de JP Morgan un 33 y los de Wachovia un 98 en el cuarto trimestre; y Merrill Lynch perdió 7.777 millones de dólares: el peor resultado de su historia.

La última rebaja de tipos, que Bernanke ejecutó por sorpresa el martes pasado, no tenía otra finalidad que servir de propaganda para la comunidad internacional. La Reserva Federal tenía programada una reunión para decidir la rebaja de los tipos una semana más tarde. ¿Alguien cree que recortar los tipos una semana antes o después marca la diferencia? No, el objetivo no era arreglar la economía, sino evitar que la crisis se manifestase tan claramente. En otras palabras: fue una decisión dirigida a calmar los ánimos de los especuladores bursátiles, para que detuvieran sus órdenes masivas de venta.

Pero los fundamentos de la economía siguen tan maltrechos como antes. Aun cuando Bernanke lograra restaurar la burbuja del mercado inmobiliario, sólo lo haría para generar una crisis aún mayor en el futuro. De momento, la bajada de tipos sólo se está traduciendo en una inflación cada vez más desbocada en las materias primas; o, dicho de otro modo, en unos resultados empresariales cada vez más ahogados por los costes.


Greenspan: esquizofrenia áurea


Para muchos, Alan Greenspan, antecesor de Bernanke al frente de la Fed, es el pope de la banca central, el artífice del crecimiento económico de EEUU durante la década de los 90. Para otros, en cambio, es un oportunista al que cabe culpar de la crisis actual.

En su juventud, Greenspan frecuentó el grupúsculo objetivista que rodeaba a la filósofa y novelista Ayn Rand. De hecho, llegó a publicar dos artículos en un libro editado por ésta: Capitalism, the Unknown Ideal. Uno de ellos se titulaba "Patrón oro y libertad económica", y en él decía cosas como ésta:

En ausencia de patrón oro no hay manera alguna de evitar que los ahorros se confisquen mediante la inflación. No hay un solo depósito de valor seguro (…) La política financiera del Estado del Bienestar requiere que los propietarios no puedan proteger su riqueza. Éste es el mezquino secreto de las diatribas estatistas contra el oro. El déficit público es sólo un esquema para la confiscación de la riqueza. El oro obstaculiza este proceso. Se convierte en un protector de la propiedad privada. Cuando uno ha comprendido esto, ya no tiene ninguna dificultad para entender el antagonismo de los estatistas al patrón oro.
Con el correr del tiempo, el autor de este sorprendente alegato se situaría al frente de ese esquema confiscatorio dedicado a financiar los déficits públicos con el envilecimiento de la moneda. Muchos creyeron que, simplemente, Greenspan había cambiado de ideas, que la madurez lo había llevado por otros derroteros más pragmáticos... y a declarar ante el Congreso lo que sigue:

La cuestión es, ¿existiría algún beneficio, en este momento histórico, si se retomara el patrón oro? La respuesta es: no lo creo, porque estamos actuando como si ya tuviéramos patrón oro.

Si de joven creía que el patrón oro era insustituible, de mayorcito piensa que basta con actuar como si estuviera entre nosotros. Será la fuerza del voluntarismo.

Pero la evolución intelectual de Greenspan parece no terminar aquí. Ahora que ya no dirige la Fed, parece volver a sus raíces ideológicas. Hace unos días dijo, en una entrevista para Fox News:

Debería haber algún mecanismo que restringiera la cantidad de dinero que se puede imprimir, ya sea el patrón oro o algo similar. A menos que tengas eso, la historia sugiere que la inflación tendrá efectos destructivos sobre la actividad económica (...) Muchos economistas creemos a pie juntillas que EEUU tuvo mucho éxito en el período 1870-1914 con un patrón oro internacional.

De nuevo, parece ser que la voluntad no basta para evitar la inflación: sin patrón oro, la confiscación y las crisis económicas no se detienen. Entonces, la cuestión es: ¿a qué se dedicó durante los casi veinte años que estuvo al frente de la Fed?


MAFO: duros a cuatro pesetas


El Banco de España tampoco parece ser muy amigo del oro. Será que en nuestro país la práctica confiscatoria de la inflación agrada mucho a los burócratas: no en vano la divisa española (la peseta, y luego el euro) se ha depreciado más de 23 veces con respecto al oro en los últimos 35 años.

Al Banco de España no se le ha ocurrido mejor idea que vender más del 40% de sus reservas de oro en los últimos tres años. Dicen que en tiempos de tribulación no conviene hacer mudanza; por lo visto, a MAFO lo de la mudanza se le queda corto y prefiere dinamitar la casa.

Y es que las ventas precipitadas de oro han hecho perder al Banco de España, de momento, más de 1.000 millones de euros, según un reciente informe del Instituto Juan de Mariana. No está mal, sobre todo después de que Solbes dijera que el oro ya no era un "activo rentable".
Con todo, no se ve amago de rectificación alguno entre las autoridades monetarias nacionales. Es más, su cultura económica es tan vasta que incluso se muestran satisfechos:

El objetivo [de las ventas de oro] era capitalizar la entidad, que ahora tiene unas reservas en torno a los 2.000 millones de euros, una cifra que era muy inferior antes de estas operaciones.
Pues felicidades: sois tan listos que os habéis descapitalizado en más de 1.000 millones. Y ahora sacad pecho, no sea que la gente se dé cuenta de que en vez de músculos sólo tenéis grasa.


Fuente: Instituto Juan de Mariana

http://www.uruguayinforme.com/news/15022008/15022008_juan_ramon_rallo.php

octubre 13, 2007

Reformas educativas que hunden la educación



Autor: Berti García Faet
Fuente:
http://www.juandemariana.org/

El derecho a la educación es un derecho fundamental (como el derecho al cine, a la gastronomía mejicana o a Cervantes). Sin embargo, existe un vicio público –fuente de casi todos los problemas– que tergiversa el sentido de "fundamental" (¿fundamental para quién?) y según el cual se considera que el derecho de uno implica necesariamente la obligación del prójimo, no sólo de no impedir la materialización de ese derecho, sino de impulsarla y sufragarla. De este modo queda interiorizada demasiado bien la convicción rabiosamente progresista de que la educación debe pagarse con los impuestos y, además, ser igual para todos. Y el Estado es el que se encarga de recaudar, distribuir, diseñar y monopolizar el reparto de "carnets de conocimiento": los títulos educativos.

¿Pero qué sucede cuando se administra públicamente la educación? Lejos de garantizar la igualdad de oportunidades, que tampoco es especialmente deseable, sucede que a golpe de decreto se impone una determinada pedagogía, una determinada simetría o asimetría entre derechos y deberes de alumnos, profesores y padres, una determinada gama de asignaturas y una determinada forma de distribuir el tiempo y los recursos: mejores o peores, lo relevante es que se imponen. ¿Dónde queda la libertad de elección? Los políticos diseñan un catálogo de apenas dos o tres páginas y quieren que nos creamos el cuento de que podemos elegir. Y esta es la historia de la dirigista educación europea, la de las rígidas homologaciones. La española no es ninguna excepción; veamos su evolución a partir de la democracia.

En los ochenta se hizo patente la necesidad de una reforma a fondo y la respuesta fue la LOGSE, que sustituyó a la Ley General de Educación de 1970 de Villar Palasí. Hoy muchos docentes recuerdan esa ley como la que les hizo imposible ejercer dignamente su profesión, una ley que les abocó a su particular Nunca Más: nunca más votar socialista, porque la izquierda se había permitido creerse su fama de madre de buenos pedagogos; pero en realidad, y entonces se vio, éstos disertaban y dictaban sobre enseñanza sin pisar el terreno de juego. Sólo bajo esta consideración se entienden algunas de sus nefastas medidas: la evaluación continua y la promoción automática de curso; el aumento de la edad obligatoria de escolarización a los 16 años; la gran autonomía a las comunidades autónomas para redactar las materias (de ahí que mi generación en toda la Primaria no cursara más Geografía que la de la Comunidad Valenciana); la sistematización posterior, en la LOPEG de 1995, de la potestad de los consejos escolares para elegir a los directores, en detrimento del claustro de profesores; el brindis por la calidad restando horas y protagonismo a las materias instrumentales.

No hubo cortapisa mayor a la vocación de enseñar que la LOGSE, y no es de extrañar que las bajas por depresión se dispararan entre el personal docente, agostado de pura impotencia, y sin más instrumento que la espera: la espera a que las fierecillas se dignaran a volver al cubil. Y es que se había pasado sin transición de la plúmbea disciplina franquista del profesor que se ponía a leer el periódico en clase fumando un puro al engendro progre-democrático en que los alumnos campaban a sus anchas encima de los pupitres.

Años después, en 2002, vino la LOCE que, aunque no llegara a aplicarse, no suponía en ningún caso la sedicente salvación. Los liberales siempre hemos estado huérfanos de políticos afines, pero especialmente en lo que atañe a las políticas de educación, y la LOCE es el ejemplo de esta orfandad. Porque cabría pensar que el PP plantó cara al desastre de la LOGSE socialista con su reforma, pero no: cierto que se ingeniaba la Reválida a final de Bachillerato, que habría de acompañar a la Prueba de Selectividad (lo cual se interpretó como una vuelta a la cultura del esfuerzo), y cierto que se pretendía dotar de más autonomía a los profesores, devolviéndoles su prestigio y su protagonismo. Pero no es menos cierto que, desde un punto de vista liberal, era una reforma que no ampliaba sustancialmente la oferta educativa. Algunos liberales opinan que fue una justa reacción a los excesos socialistas que empezaban ya a inclinarse amorosamente hacia el nacionalismo; otros liberales, entre los que me incluyo, no perdonan a la LOCE que incluyera en el elenco de materias obligatorias y evaluables a la asignatura de Religión, casi con la misma cara dura con la que hoy nos encasquetan la Educación para la Ciudadanía.

Actualmente se nos avecinan dos mortíferas bombas de la mano: la LOE y la culminación de la "Construcción del Espacio Europeo de Educación Superior" (Proceso de Bolonia en particular), que ya se perfilaba con la Ley de Universidades en 2001. El proyecto del EEES es especialmente innecesario: ¿por qué no se le confía al mercado la homologación de los títulos universitarios? El "crédito europeo" no es más que una unidad de medida que el mercado libre proporcionaría más en consonancia con la demanda real. Lo mismo cabe argüir respecto a la formación de tres años por decreto y a la nueva manera de enseñar, que es obligatoria: los que sufrimos haber sido incluidos en los "grupos de innovación", sabemos a qué se refieren: más caradura, más trabajos en equipo, más calificaciones en bloque y adiós a las clases magistrales. Para mayor escarnio, cuentan como créditos cursados (que también se pagan) las horas que el alumno supuestamente pasa estudiando en casa...

En cuanto a la LOE, tiene el mismo espíritu socialista que la LOGSE, sólo que además adoctrina al alumnado en los fundamentos de la "alterglobalización" y la pereza. No sería mucho peor que sortear los títulos de la ESO en la tómbola: ¿alguien es capaz, aparte de una ministra electoralista, de verle las virtudes a una ley que permite pasar de curso con cuatro asignaturas?
Pero por supuesto, no toda la culpa la tienen las leyes. La Sociología contemporánea está en condiciones de afirmar que ha habido cambios cualitativos cardinales en los senos de las familias; algunos positivos –flexibilidad y, en general, libre elección de los itinerarios ofertados– y otros negativos –la flexibilidad que se convierte en renuncia o sobreprotección–. La familia, si no dimite como agente educador, se empeña en contradecir los valores de esfuerzo mimando excesivamente al niño y catequizándolo en el despotismo y la dependencia.

Por ello los liberales no sostenemos que la privatización de la educación sea una solución infalible al absentismo escolar, a la crisis de valores o al penoso nivel cultural del alumnado per se, sino que el desbloqueo es una condición sine qua non para la diversidad, permitiendo a los padres que elijan el nivel de disciplina, calidad y sesgo –cosmológico, religioso, moral y también ideológico– que deseen para la formación de sus hijos. Habrá más variedad en la oferta educativa pero, como en todo mercado liberalizado, florecerá la moda, el estilo pedagógico (Escuela Nueva, Pedagogía autogestionaria, tradicional, personalista, operatoria, etc.) preferido por la mayoría de los padres. Presumiblemente triunfarán aquellos centros que preparen mejor al alumnado para el mercado laboral, que ofrezcan una formación en valores sólida y que oferten un catálogo de asignaturas más bien clásico: guarismos y letras, sin más progresías. Que es justamente el tipo de educación que ahora está en plena decadencia.

¿Cómo enseñar justicia en un sistema socialdemócrata que se asienta en las prédicas de Robin Hood? ¿Cómo incrementar el conocimiento y excitar la creatividad en un sistema que traza itinerarios obligatorios con techos muy bajos? ¿Cómo conservar los clásicos en el constante vaivén partidista? No hay más opción que la liberalización para los que de verdad quieran sepultar esta educación basura. Y para que no haya que llevar a rastras, pagándoles aún encima el viaje, a aquellos que se regocijan rebozándose en ella.

septiembre 23, 2007

¿En qué quedó aquello del agujero en la capa de ozono?


Por Daniel Rodríguez Herrera

En esta época de fieros debates sobre el calentamiento global, sus consecuencias y el protocolo de Kyoto como posible tabla de salvación, no está de más echar la vista atrás a otro problema ecológico cuya solución necesitó de un acuerdo entre todos los países del mundo. El pasado 16 de septiembre se cumplieron 20 años del protocolo de Montreal, en el que 40 naciones acordaron una reducción en el uso de los CFC para evitar que la capa de ozono adelgazara. Se fueron sumando más países y para 2010 todos habrán dejado de producirlos y consumirlos. El temor que causó esa reacción fue que ese fenómeno permitiera la llegada a la superficie de rayos ultravioleta B (UVB), radiación absorbida por el ozono, lo que produciría un aumento en los casos de cáncer de piel, además de daños diversos a multitud de especies.
La raíz, la aprobación y los resultados de esta medida presentan unos notables paralelos con el caso del calentamiento global. Una teoría presentada como un hecho cierto e indiscutible, apoyada por el consenso científico. Unos cuantos escépticos apuntando a la variabilidad natural, y no a la acción del hombre, como origen del problema. Una campaña mediática que provoca que los políticos se apunten al principio de precaución y prohíban el uso de unos compuestos químicos que no se sabe a ciencia cierta si son dañinos o no, con un impacto mayor en los países pobres, que tienen menos recursos disponibles para acceder a las alternativas, más caras.
El caso es que desde que se prohibieran los CFC, la histeria mundial pasó a centrarse en el calentamiento global y el dióxido de carbono, dejando el ozono en un segundo plano. Sin embargo, la teoría decía que parte de los compuestos químicos que ya estaban en la atmósfera tardarían entre 75 y 100 años en desaparecer, de modo que tendríamos que sufrir las consecuencias del daño que ya habíamos hecho; el protocolo de Montreal era una solución a largo plazo, porque a corto no teníamos ninguna. Sin embargo, el ozono hace mucho que dejó de desaparecer en la Antártida, que es el único lugar donde se tenía constancia que lo estuviera haciendo.
El caso es que el famoso agujero en la capa de ozono no era en realidad tal: se trataba de un adelgazamiento, no de una desaparición de este gas, y se limitaba a un periodo de tiempo corto; en el comienzo de la primavera en el hemisferio sur (septiembre-octubre), la concentración de ozono descendía para luego volver a la situación normal. Y aunque es cierto que el problema se incrementó durante los años 80 hasta el 87, también lo es que desde entonces se ha mantenido más o menos estable, pese a que la concentración de CFC en la atmósfera no empezó a disminuir hasta finales de los 90, como reconoció la Organización Meteorológica Mundial (WMO), habiendo crecido hasta entonces.
La propia Greenpeace lo reconoce implícitamente cuando, para indicar la gravedad del problema, pone cuatro imágenes de satélite correspondientes a 1980, 1983, 1986 y... ¡1998! Lo que quieren hacernos creer es que el "agujero" ha seguido aumentando, año tras año, incansablemente. Sin embargo, las cifras son claras. De 1982 a 2006 el tamaño del mismo, en millones de kilómetros cuadrados, según la NASA, ha seguido esta serie: 4, 8, 10, 14, 11, 19 (aquí se aprobó el protocolo de Montreal), 10, 18, 19, 18, 22, 23, 22, 22, 22, 21, 26, 23, 24, 25, 12, 25, 19, 24, 26. Como se ve, después de aumentar notablemente durante los años 80 parece que la cosa se ha estancado desde entonces.
Pero el problema es mayor aún. Debemos recordar que el riesgo del que se nos alertó no se refería a la disminución de ozono, sino a que eso dejaría entrar más rayos UVB, lo que afectaría a la vida marina y produciría un aumento en el número de casos de cáncer de piel. Pero la propia WMO reconoció que la variación en la llegada de esos rayos a las zonas pobladas de la tierra no presenta ninguna tendencia significativa durante todo ese periodo, y que en todo caso su posible aumento debido al ozono se perdía entre la variabilidad de fondo. Y aunque los melanomas han aumentado durante el periodo comprendido entre 1970 y 1990, es difícil separar el posible efecto de los problemas en la capa de ozono con los relacionados con el aumento en el nivel de vida, cambios en las costumbres y mejora en la detección.
En definitiva, por más que la ONU defina Montreal como "el más exitoso tratado internacional hasta la fecha" y considere que no da "un mensaje de esperanza para trabajar cooperativamente en pos de solucionar los grandes problemas medioambientales", lo cierto es que la realidad no es tan hermosa. Sin duda, tuvo éxito en aquello que materialmente buscaba lograr, es decir, acabar con los CFC. Pero que haya mejorado en algo el medio ambiente al hacerlo es dudoso. Eso no quita para que, ahora que la atención del público está en otra parte, las organizaciones internacionales y ecologistas celebren su éxito como un inmenso beneficio para la humanidad. Ya se sabe que nadie las va a pedir cuentas nunca por sus errores.
Sin embargo, también es cierto que tampoco ha afectado en exceso a la economía; en ese aspecto, no juega en la misma liga que el protocolo de Kyoto, que obliga a enormes sacrificios para unos resultados mínimos e indetectables dentro de la variabilidad natural del clima. Se esté o no a favor de estos grandes tratados, examinando los sacrificios a los que obliga con respecto a los hipotéticos beneficios que obtendrá, Montreal sale mucho mejor parado que Kyoto, de largo. Algo que debería hacernos pensar un poco.

El capitalismo es cosa de pobres


Por María Blanco

Todos los años por estas fechas, cuando comienza el curso académico, se repite la misma escena. Un profesor pregunta a sus alumnos: "¿Cuál es el problema básico que estudia la economía?". Alguno de ellos, en representación del resto responde: "La escasez". Claro, si todo fuera abundante no habría pobreza, penuria, hambre... los economistas no tendríamos trabajo. Y, así, tontamente, el mal está hecho.
En realidad, el problema económico básico, si se pueden simplificar tanto las cosas, no es la escasez, sino qué haces con ella. El matiz es revelador.
Cuando se dice que la economía es la ciencia del fracaso porque no ha sido capaz de acabar con la pobreza se distorsiona el enfoque. Si no estuviéramos tan acostumbrados a hablar en estos términos y le echáramos imaginación podríamos pensar que se trata de una pelea de superhéroes. La Economía con sus superpoderes no ha sido capaz de acabar con la Pobreza, malvada supervillana que azota a medio mundo. Lo cierto es que la pobreza es una ficción. Lo que existe en la realidad son pobres, es decir, personas que no tienen recursos para sobrevivir. Cuando los economistas nos preguntamos qué hacer para acabar con la pobreza obviamos que quienes tienen que hacer algo son los pobres y que se trata de que puedan efectivamente emprender acciones que les saquen de esa situación. Y para eso, si hay algo que los economistas podemos hacer, es dejar que se hagan responsables de su futuro, es decir, darles la libertad de elegir cómo quieren salir.
Los especialistas que estudian la pobreza desde sus despachos me dirán que hablar de libertad de elegir refiriéndome a los pobres es cuando menos obsceno. Pero, muy al contrario, ese es precisamente el problema. Generaciones de miseria condicionan la manera de afrontar la vida; el papel del ahorro cuando la muerte está a la que salta no tiene mucho sentido. No es que los pobres no sean capaces de ahorrar. Lo son, pero solamente cuando son capaces de vislumbrar el día de mañana. Y tal vez ese es el ámbito de la ayuda: las expectativas de beneficio se crean en el mercado sobre la base de la propiedad privada. Abrámosles las puertas.
Una vez que hay posibilidad de futuro, se trata de que decidan en qué emplean su tiempo-dinero-energía, libres de deberes para con un general corrupto, un monopolio que disfruta de la alianza con los políticos y destruye la competencia o para con determinadas instituciones de los países pudientes que, con el pretexto de la solidaridad, aumentan la carga de las familias a quienes se supone que van dirigidas sus acciones caritativas. La ayuda crea deuda. Eso no lo dicen los burócratas cuando presentan sus informes sobre los remedios para la pobreza. Ni qué parte del presupuesto se queda por el camino o si es un pago para que alguna empresa de nuestro país consiga una contrata o venda armas medio obsoletas y afiance al general corrupto en el poder. Eso es lo que impide que afloren empresarios oriundos y que el capitalismo, por fin, triunfe en los países pobres. Y cuando hablo de capitalismo, no hablo de un superhéroe, hablo de gente que quiere lucrarse, gente que quiere ganar dinero con su negocio y que para ello arriesga, compite y trabaja. Así de simple.
William Nassau Senior decía que el Estado, en la medida que evita que los menos previsores sufran las consecuencias y los más trabajadores y capaces disfruten de su recompensa, fomenta la holgazanería y agrava la pobreza.
Yo añadiría que, en nuestros días, la principal fuente de corrupción son aquellos gobiernos que, no contentos con robar a los pobres propios, roban también a los ajenos. El sistema político en el que vivimos fomenta que las personas que hay detrás de la institución del "Gobierno" tengan incentivos para obtener beneficios mintiendo y engañando. Como dice la canción: no es ningún trofeo noble. Y, sin embargo, el coste de oportunidad de persistir en este comportamiento disminuye a medida que aumenta el número de personas involucradas. Además, los ciudadanos no vamos a protestar cuando en la etiqueta del "pastel" pone "ayuda al desarrollo". El círculo se cierra.
Mientras unos no tengan posibilidad de ser capitalistas (es decir, personas libres con ánimo de lucro) y los otros sigan teniendo incentivos para frenarles el camino, seguirán muriendo personas de hambre. Sencillo, ¿no? Henry Hazlitt lo deja aún más claro en su libro The Conquest of Poverty. En él repasa los falsos remedios que se predican desde los despachos como pócimas milagrosas: las leyes de pobres, la promesa de un puesto de trabajo, la contraproducente lucha de los sindicatos, y así hasta llegar al Estado del bienestar. Hazlitt apunta dos falacias que aún hoy siguen vigentes en el estudio de la pobreza. La primera, que no se ayuda realmente si el remedio es a corto plazo o apunta a un grupo seleccionado de personas. Las consecuencias a largo plazo o para el resto de los desfavorecidos suele ser la opuesta a la prevista. La segunda: no hay tal cosa como una cantidad fija de riqueza para repartir entre todos, que es producida por una cantidad fija de capital y una cantidad fija de trabajo. La economía es dinámica. No se trata, por tanto, de producir hasta que haya suficiente para todos. Se trata de dejar que cada cual produzca para sí. De permitir que el ánimo de lucro arraigue entre los pobres y les lleve a salir por sí mismos de la pobreza. Se trata de propiedad privada y libre mercado.

Fuente: Instituto Juan De Mariana www.juandemariana.org

septiembre 16, 2007

EL MANIFIESTO CAPITALISTA


Por Gorka Echevarría
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Aunque como consumidores valoremos la grandeza del mercado, por el sinfín de productos y servicios que ofrece, desde el aire acondicionado hasta el coche pasando por Internet, seguimos considerando que el capitalismo es un sistema egoísta que explota y empobrece al más débil. Para muchos, el famoso dictum de Hobbes: “El hombre es lobo para el hombre”, tiene su mayor exponente en el libre mercado.
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Sin embargo, como han demostrado los pensadores liberales, desde Adam Smith hasta Hayek, el capitalismo es el único medio para aliviar la pobreza y crear bienestar para todos. Mas la frialdad de los hechos no ha servido cambiar la tendencia anticapitalista de nuestros días. La palabrería y la demagogia de términos como "justicia social", "altruismo" o "Estado de Bienestar" han servido para que la gente odie el capitalismo.

Probablemente, el motivo de tan mala prensa sea que sus defensores se hayan centrado exclusivamente en cuestiones técnicas, desde cómo funciona el capital y los precios hasta cómo la inflación o el déficit conducen, véase el caso de Argentina, al caos económico. Pero los individuos no "compran" un sistema así si creen que es inmoral.

Al final, el marxismo ha salido victorioso, a pesar del estrepitoso fracaso de las sangrientas dictaduras comunistas, ya que ha conseguido que el anticapitalismo en su versión moderna, la antiglobalización, cale entre los más jóvenes y los medios de comunicación la elogien como paradigma del humanitarismo actual.

Lo que los defensores del capitalismo necesitan es, más que otra cosa, una filosofía que defienda el derecho de cada ser humano a buscar su felicidad, a vivir como individuos que tienen en su propia vida el valor supremo. Por amor a su propia vida se educan, trabajan e intercambian su esfuerzo por el de otros, y piden a los demás que respeten su libertad y propiedad. Ese individualismo, que únicamente requiere al Estado que proteja a la sociedad contra la delincuencia, las violaciones y el robo, es el único ideario consistente con el capitalismo.

A esta gran empresa se ha dedicado durante años Andrew Bernstein. En su nuevo libro, The Capitalist Manifesto, consigue lo que se propone: explicar que el capitalismo es el sistema de la mente, el único que permite que el hombre se desarrolle y consiga sus metas; el único que, tras batir récords en incremento de renta per capita y sanidad, ha desterrado de por vida las hambrunas y la peste.

Frente a los socialismos marxista y fascista, el autor subraya que el libre mercado ha triunfado bajo todas las perspectivas imaginables. Mientras que en los países que adoptaron la hoz y el martillo, o aquellos que pusieron la nación por encima del individuo, el miedo, la escasez y la muerte encapotaron el corazón de los hombres, el capitalismo se convirtió en la salvación del ser humano.

Como señala Bernstein, el error de los sistemas alternativos al capitalismo es que en ellos "los hombres no pueden alcanzar valores", de ahí que no puedan vivir, pues "no tienen derecho a sus creaciones". Por eso, añade, "el concepto de los derechos individuales", basamento del capitalismo, "es la condición social necesaria de una revolución intelectual, al ser garante de la libertad y la seguridad física de los hombres de la mente frente a los bárbaros que ejercen la fuerza contra sus semejantes". "Las vidas humanas –añade– requieren un sistema social cuya esencia sea la inalienable protección de la habilidad para utilizar la mente sin restricciones".

Sólo bajo un sistema como el descrito se dispara la creatividad, el progreso y la libertad, porque estos logros surgen cuando se trata al hombre como un ser racional responsable de sus actos, al que nadie le indica cómo debe dirigir su existencia.

Si, a pesar de lo que estamos comentando, aún alberga alguien ciertas dudas sobre las bondades del capitalismo, Bernstein va despejándolas una a una. Quizá la más conocida sea la de que el capitalismo explota al trabajador. Con una impecable lógica, este filósofo explica por qué no cabe argumentar tal cosa, ya que entre hombres libres sólo se producen intercambios que benefician a ambas partes. Sólo la coacción forzaría a una de las partes a aceptar lo que la otra impone; es lo que sucede, por ejemplo, cuando un ladrón roba.

Además, como apunta el autor, tampoco es posible hablar de explotación, ya que el obrero trabaja hoy menos que ayer. La paradoja de que la gente tenga que trabajar menos y, a cambio, gane más dinero se explica porque el capitalismo ha aumentado la productividad de cada hora de trabajo. De este modo, la libertad económica ha permitido que los niños no tengan que trabajar para sobrevivir.

También ha conseguido que disfrutemos de mucho más ocio, y que vivamos más años. Como muestra, un botón: en 1740 la mortalidad en Inglaterra era del 35,8%; en cambio, en 1821, y gracias al capitalismo, el porcentaje se había reducido notablemente, hasta un 21,1%. Es evidente que tal mejora del nivel de vida se ha ido incrementando exponencialmente con el paso del tiempo, ¡hasta el punto de que más de un Gobierno se esté replanteando la edad de jubilación!

Cuando se lanzan ideas de este tipo, el rechazo está garantizado. Principalmente, porque se teme que sean sueños de visionarios a lo Tomás Moro. Sin embargo, el ideario que estamos exponiendo, aun pareciendo novedoso, no lo es tanto: bebe de la Ilustración, movimiento cuyo nombre adorna la cabecera de la revista de pensamiento de este diario, La Ilustración Liberal. Gracias a aquel movimiento, que rescató la idea de la razón y de la libertad individual, fue posible que germinara la ciencia, y que genios como Edison, Bell o Franklin hicieran avanzar la sociedad a la velocidad de la luz. De hecho, buena parte de las invenciones más importantes se produjeron a partir de que estallara la Revolución Industrial. No es casual que fueran estas ideas las que convencieron a los Padres Fundadores de los Estados Unidos de la importancia de los derechos humanos. Por eso, podemos decir que lo que predica The Capitalist Manifesto funciona.

Desgraciadamente, las ideas, como todo, no permanecen eternamente, máxime cuando se acepta que el hombre puede ser sacrificado en el altar del bien común, ya sea de forma light –como en la socialdemocracia– o abruptamente –como en el comunismo o el fascismo–. Cualquier cortocircuito en un procesador apaga una máquina. De igual modo, las intervenciones en la vida de las personas, cuando no sirvan para evitar delitos, son intromisiones ilegítimas en sus derechos, lo cual conduce a una situación en la que hay que pedir permiso para actuar y perdón al triunfar. La envidia carcome el sistema, y apelando al altruismo se extingue esa luz que surge en la mente de un hombre cuando crea.

Resulta duro decirlo, pero ésta es la situación en que vivimos. Si se hubiera inventado el avión ahora, seguro que nunca hubiera volado. Algún ecologista habría dicho que alguna especie animal peligraría si los artefactos surcaran el cielo, y ni ustedes ni yo podríamos viajar rápida y cómodamente.

Pero a muchos sigue sin importarles el bienestar humano, aunque se llenen la boca de palabras altisonantes que calman a las huestes serviles. En el fondo, prefieren las tinieblas, como en la Inquisición se optaba por quemar a los herejes para hacer sentir a los creyentes que el Cielo les estaba garantizado.

Para otros, en cambio, el capitalismo es la forma de vida más humana. Ni engaña a nadie con fútiles promesas ni encadena la mente al colectivo. Simplemente, deja a uno que elija como tenga a bien.

El libro de Bernstein trata de todo esto y de mucho más, con tanta razón y pasión por la libertad que conmueve en cada una de sus páginas. Después de leerlo, uno se siente más libre, aun cuando sepa que la libertad debe conquistarse cada día, como sucede con el amor.

http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276231010

septiembre 15, 2007

Los más pobres se desprenden del Estado


por Daniel Rodríguez Herrrera


En nuestras sociedades socialdemócratas, cada vez más a menudo los ciudadanos huyen de los servicios ofrecidos por el Estado y pagados con los impuestos y recurren a alternativas privadas con el escaso remanente que éste les deja. Es un cuestionamiento práctico de la falacia fundamental en la que descansa el sistema: puesto que los más pobres no pueden pagarse ciertos servicios básicos, el Estado los provee a todos los ciudadanos, que en su mayoría sí pueden costeárselos.
Lo curioso es que eso no sólo sucede en los países prósperos, según los ciudadanos van teniendo dinero suficiente para pagar el servicio público que no quieren y el privado que sí. También los más pobres de entre los pobres evitan en muchas ocasiones a un Estado que no responde. África es el continente que todos asociamos con la miseria y, curiosamente, muchas de las necesidades más básicas de sus habitantes no las cubren los gobiernos, sino el sector privado. Veamos tres ejemplos.
Alex Nash relata su experiencia visitando la ciudad keniata de Kisumu. Allí, un ingeniero decidió coger agua de un río cercano y tratarla con una pequeña instalación en su patio trasero. Pronto descubrió que sus vecinos querían comprársela. Ahora tiene una pequeña empresa con cinco empleados y es capaz de servir a 10.000 personas. Tiene camiones para llevar agua a los hoteles y porteadores para la gente pobre. El Estado no está ni se le espera.
James Tooley investigó sobre educación privada en África. Descubrió que, por ejemplo, en la ciudad nigeriana de Lagos, siendo gratuita la educación pública, los padres pagan por una educación privada, pese a que disponen de unos 50 dólares al mes, porque funciona mucho mejor. En la India, la puntuación media de los colegios privados es de 19 puntos en lengua y 17,9 en matemáticas, mientras que en los públicos es de 17,4 y 16,3, respectivamente.
El New York Times describe como en diversas zonas de África, los pobres, que no reciben asistencia sanitaria estatal, están creando pequeñas mutuas sanitarias con las que cubrir por muy poco dinero. Generalmente formadas por menos de 100 personas, negocian con una clínica local un buen precio. El Banco Mundial publicó un informe en el que asegura derribar tres mitos: que el sector privado es para ricos, que no está muy desarrollado y que la mayor parte del dinero dedicado a sanidad viene de fondos públicos. Llegó a la conclusión que los pobres empleaban intensamente los servicios privados de salud y que los públicos, de hecho, subsidiaban a los más ricos.
Sin embargo, muchas ONG tienden a preferir que sean los gobiernos las herramientas con las que solucionar estas y otras necesidades básicas de los más pobres. Oxfam, por ejemplo, asegura que gobiernos y Banco Mundial "obstaculizan el desarrollo impulsando soluciones mediante el sector privado que no benefician a los pobres". Los pobres, en cambio, parecen pensar de manera diferente.
Los países pobres necesitan gobiernos que garanticen los derechos básicos: la vida, la libertad y la propiedad. Del resto podría encargarse el sector privado, si tuviera seguridad en que sus esfuerzos no van a ser baldíos porque no pueden confiar en que, a largo plazo, lo suyo lo siga siendo. Ahí es donde deberían centrarse nuestros esfuerzos.
Daniel Rodríguez Herrera es Vicepresidente del Instituto Juan de Mariana (España).
Este artículo fue publicado originalmente en el sitio de AIPE.Net

septiembre 01, 2007

¡Viva el capitalismo!

¡Viva el capitalismo! ¡Viva la libertad! Estos fueron los dos brindis más repetidos en el Concert Noble de Bruselas. Como ya es tradición, el último fin de semana de febrero el Center for the New Europe (CNE) organizó el Capitalist Ball. El evento se ha vuelto tan conocido que liberales del mundo entero viajan a la capital de Bélgica para celebrar la existencia del sistema socio-económico que promueve las relaciones libres y pacíficas entre los seres humanos y que ha permitido increíbles cotas de progreso material desde su aparición.

La lista de espera de quienes no consiguen una de las 350 plazas y aguardan con la esperanza de que alguien cancele su participación se ha vuelto interminable. Parece que cada año hay más defensores del capitalismo dispuestos a festejar los logros de su sistema.
La imagen en todas las botellas de champán de un joven elegante de tez blanca, nariz pronunciada, pelo negro y mirada profunda indicaba que esta edición estaba dedicada al gran economista francés del siglo XIX, Frederic Bastiat. Bastiat supo expresar mejor que nadie la naturaleza contrafactual de la ciencia económica recogida magistralmente en su ensayo "Lo que se ve y lo que no se ve". Los liberales suelen dedicar enormes esfuerzos a demostrar que los aparentes logros del intervencionismo esconden e implican la imposible realización de mayores logros a través de la libertad. Sin embargo, son muy pocos los esfuerzos que dedicamos a explicar los maravillosos logros que cada día se consiguen gracias al sistema capitalista y que la inmensa mayoría de la gente toma por descontados sin preocuparse por entender cuál es el marco institucional que los permite. Para defender el capitalismo en ese plano positivo en vez de hacerlo criticando los sistemas liberticidas alternativos intervino Johan Norberg, el flamante nuevo miembro del CNE. El joven historiador sueco narró con pasión algunos de los maravillosos logros de los seres humanos gracias a su participación en el capitalismo global.
Durante unos minutos Norberg logró que los asistentes vibraran y se quitaran el sombrero ante lo que el sistema económico de la libertad ha permitido y sigue posibilitando día tras día. La simple idea de una cena con más de 300 invitados, banda de swing y elegantes trajes y vestidos es inimaginable sin su existencia. De hecho, sin el capitalismo sería impensable que la inmensa mayoría de los asistentes estuviese con vida. Y es que si la esperanza de vida estaba situada hace dos siglos en 25 años, hoy, gracias al capitalismo, ronda ya los 80 en los países en los que este sistema sobrevive entre ataques socialistas y conservadores. Y qué decir de la calidad de esa vida más larga, de la posibilidad de volar de un extremo al otro del planeta, de la maravilla que representa poder hablar con personas que se encuentran a cientos o miles de kilómetros de distancia, del milagro de poder transmitir y compartir todo tipo de información a través de Internet, de la posibilidad de sustituir un órgano enfermo por uno sano, del continuo descubrimiento de nuevos medicamentos, del disfrute de cada vez más tiempo de ocio, de la creación de máquinas que realizan los trabajos más ingratos para la consecución de los más elevados fines, o de la producción de grandes cantidades de energía artificial que permite al hombre dedicar su escaso tiempo al uso de su inteligencia para combinar la materia y esa energía en más y mejores bienes para la satisfacción de las necesidades más valoradas. Nada de eso sería posible sin el capitalismo y qué menos que dedicar un día a brindar por su larga existencia.
El Capitalist Ball es además una ocasión para olvidarnos de los políticos, del intervencionismo, del socialismo, del conservadurismo, de los derrotistas, de los pesimistas, de los aguafiestas y hasta de los liberales acomplejados. El día del capitalismo es la celebración del invento humano fundamentado en las leyes naturales de cooperación social que reporta frutos de incalculable valor a las sociedades de seres humanos que participan de la globalización de la libertad. Tratemos de convertir cada día del año en el día del capitalismo y mostrar al mundo las maravillas que posibilita el sistema económico y político de hombres libres. Por un mundo libre y próspero, ¡viva el capitalismo!

agosto 23, 2007

EL CALENTAMIENTO GLOBAL Y EL EFECTO 2000

El tema del calentamiento global nos está llevando al absurdo total. Se ha creado un clima de intolerancia para quien manifieste dudas o esté en desacuerdo sobre este tema, que se está pareciendo a la vieja y nefasta institución de la Inquisición para juzgar las almas de quienes osaban desafiar a la Iglesia.
Steve McIntyre un estadístico matemático que encontró un error estadístico que dice que el año más caluroso del siglo XX fue el de 1934 y no el de 1998, hecha por tierra todos los vaticinios de los activistas del calentamiento global, entre ellos el ex vicepresidente de los Estados Unidos Albert Gore.
Mucho antes el economista austriaco Fiedrich A Von Hayek, dijo: la "ecología va a ser la rueda de auxilio de la izquierda", después de que ésta no tenga respuestas para el problema económico. Sesenta años después, vemos cuán acertado estaba Hayek.
Por su puesto este informe de Steve McIntyre no le ha resultado gratis, su blog ha sido hackeado por activistas de izquierda y dejado fuera del servicio de internet.
Abajo publico un artículo publicado en el sitio web del Instituto Juan De Mariana, escrito por Daniel Rodríguez Herrera

Calentamiento global y efecto 2000
Ya nos hemos olvidado todos, pero lo cierto es que en los últimos años de la década pasada vivimos un capítulo de histeria similar al que padecemos ahora a cuenta del calentamiento global. El mundo se acabará el 1 de enero del 2000, cuando todos los ordenadores fallen porque se creen que estamos en 1900, dijeron entonces. En diez años el calentamiento será irreversible y no podremos hacer nada para detenerlo, dicen hoy Al Gore y sus secuaces.
Entonces se gastó una millonada; cuando no pasó nada se justificó diciendo que había merecido la pena, pero allí donde no se habían hecho grandes esfuerzos suplementarios tampoco tuvieron grandes problemas. Pero el caso es que acabamos de enterarnos de que sí hubo un error debido al efecto 2000 que no se corrigió hasta la semana pasada. Y es gordo.

Uno de los principales registros de temperaturas es el que recopila el Instituto Goddard (GISS) de la NASA. Es la referencia en lo que se refiere a Estados Unidos, que por otra parte es seguramente el país que posee los mejores registros del mundo. Pero por muy buenos que sean, la toma de temperatura en tierra, para series largas, tiene varios problemas imposibles de evitar. El primero son los cambios en el entorno de diversos puntos de recogida de temperaturas. El segundo, que hacer series de temperaturas medias es siempre complicado teniendo sólo algunos puntos de referencia, de modo que se calculan por medio de algoritmos ejecutados por computadores.

Pues bien, Steve McIntyre, el infatigable estadístico responsable de haber echado abajo la infame gráfica del palo de hockey, que mostraba unas temperaturas razonablemente estables durante siglos hasta una subida brutal durante éste, ha encontrado un error en la aplicación encargada de calcular la temperatura media. Un error que, quien lo iba a imaginar, hacía que las temperaturas recientes fueran mayores, exagerando el calentamiento.

Su efecto más significativo es que después de las correcciones pertinentes 1998 deja de ser el año más caluroso en Estados Unidos desde que se registra la temperatura; ahora el cetro le corresponde a 1934, año en el que tengo la impresión de había menos CO2. Será que las depresiones económicas calientan también. Hay quien ha empezado a argumentar que es un error pequeño. Pero todos los años del 2000 al 2005 tenían una temperatura media 0'15 grados superior a la real. El protocolo de Kyoto, ese cuyo cumplimiento nos salvará de la hecatombe, sólo reduciría el calentamiento en 0'07 grados.

Se dan varios hechos adicionales en este caso que resultan más bien graves. El primero es que el GISS está dirigido por James Hansen, el mismo que inició la histeria del calentamiento global en 1988 en una comparecencia en una comisión del Senado dirigida por nada más y nada menos que Al Gore. El segundo, que el instituto dirigido por tan honesto científico no pone a disposición de todo el mundo el software que emplea para calcular la temperatura media; McIntyre ha tenido que hacer ingeniería inversa para averiguar qué error podía tener. Y el tercero es que, estando los datos estadounidenses entre los mejores, ¿cómo no temer los errores que puedan existir en otros países?

Hansen y los suyos, en el mejor de los casos, no revisaron sus algoritmos porque daban los resultados que debían dar para confirmar sus teorías. En el peor, lo sabían perfectamente y por eso los ocultaron; es lo que habría que pensar por defecto de cualquier científico que oculte sus datos o sus métodos. Ninguna de las dos posibilidades resulta demasiado halagüeña para los defensores de la teoría del calentamiento global producido por el hombre. No sólo los modelos no tienen en cuenta muchas cosas, sino que ni siquiera podemos tener confianza en que los datos estén bien.

Por cierto, el blog de McIntyre ha sufrido un ataque de denegación de servicio, según informa Michelle Malkin, y el autor lo ha tenido que sustituir por una página en la que informa del mismo. Cabe imaginar que el culpable del hackeo es alguien para quien el calentamiento es una fe religiosa y no una hipótesis científica. Eso no reduce demasiado el campo de los sospechosos, la verdad.

Fuente: Instituto Juan De Mariana publicado el 23/08/2007

agosto 22, 2007

LIBERALISMO Y DEMOCRACIA

Resulta curioso que el debate teórico acerca de la democracia desarrollado a las puertas del siglo XX y comenzado ya el siglo XXI, con los enormes avances en materia de conocimiento y tecnología que disfrutamos, se siga sustentando sobre la base de conceptos y argumentaciones que se remiten al modelo de democracia directa, que se concibió en las postrimerías del siglo V a.C., constituyendo Atenas su ejemplo práctico más paradigmático.
Al mismo tiempo, desde la óptica contraria, inserta en la perspectiva crítica liberal, se vuelve a cuestionar mediante la restauración de conceptos liberales clásicos la vigencia y validez de un modelo, el representativo, que se creía ya permanente e inamovible, pero que, sin embargo, ha evolucionado de modo paradójico justo en contra de lo que sus fundadores pretendían con su instauración. Esto es, el control y la restricción del poder político con el fin de defender y garantizar la libertad y ámbito privado de los individuos.
Nuevamente resurge el dilema que siempre ha estado presente en la historia de la humanidad: el problema del poder, en cuanto a su titularidad, su ejercicio y su particular naturaleza. En las últimas décadas del siglo XX se viene produciendo un debate teórico tendente a cuestionar la vigencia de tal modelo (democracia representativa) por verse éste supuestamente afectado por una situación de crisis, si bien es cierto que la interpretación de la misma difiere en función del análisis de dos problemáticas divergentes: en tanto crisis de representación o legitimidad (visión neomarxista), o bien crisis de gobernabilidad (perspectiva neoliberal).
Estas dos corrientes analíticas opuestas y enfrentadas no sólo difieren en el problema, sino fundamentalmente en la solución que proponen. Mientras que la primera opta por reclamar una mayor participación ciudadana en el ámbito de la esfera pública con el fin de reforzar la construcción de una "auténtica democracia", la segunda propone un modelo que limite el poder político y maximice la libertad individual, consistente en la formación de una Estado mínimo.
Este regreso o restauración teórica de conceptos y modelos interpretativos clásicos cuyos principales referentes se sitúan en épocas y períodos pertenecientes al pasado, la Antigua Grecia y la Época Moderna, respectivamente, derrumba la teoría del "fin de la historia". Lo cual no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que, si bien es cierto que las circunstancias y condiciones de las sociedades actuales son radicalmente distintas, el problema central de la Política sigue careciendo en la práctica de una solución final y definitiva. Esto es, la configuración del mejor régimen posible y, por consiguiente, la articulación y ordenación óptima del poder político.
La pregunta central que viene a colación sería, pues, la siguiente: ¿por qué ha de ser considerada la democracia como el mejor régimen político posible? La respuestaa tales cuestiones deriva de nuestra particular concepción acerca de lo que consideremos el principal valor a tener en cuenta en toda sociedad: la igualdad(democracia) o la libertad (liberalismo). Así pues, en función de la primacía de uno u otro, obtendremos sistemas políticos plenamente opuestos:
1. Si el único valor a tener en cuenta es la igualdad, en tanto participación en el poder político, la consecuencia que se deriva de ello será la instauración de la democracia, una tradición teórica cuyo énfasis recae en el quién: ¿quién debe gobernar?
2. Por el contrario, si lo fundamental es la defensa de la libertad del individuo, no cabe duda que el modelo a seguir será el concebido por los fundadores del liberalismo político primigenio, en tanto conformación de un Estado netamente liberal, una tradición que se centra en el cómo: ¿cómo se debe gobernar?
Lo paradójico de tal temática es que hoy en día la democracia es concebida en todo su esplendor como forma de gobierno deseable e, incluso, como el único sistema legítimo a tener en cuenta en el ámbito político mundial. Al hilo de tal exposición, cabe decir que, históricamente, tan sólo han existido dos modos de concebir la libertad, valor básico del individuo: la libertad moderna, concebida como independencia del individuo con respecto al poder en un determinado círculo de actividades; y la libertad antigua, consistente en el hecho de participar activamente en el Gobierno, siendo así el individuo libre por el simple hecho de que participa en la elección de su dueño y orientador de sus designios vitales.
Siguiendo las definiciones expuestas, llegamos a una conclusión ciertamente significativa y sorprendente: la libertad contemporánea ha sufrido un retroceso tal que, por paradójico que nos pueda resultar, se asemeja mucho más a la concepción antigua que a la moderna. Es decir, la libertad actual centra su objeto y punto de atención mucho más en la participación que en la defensa de las libertades individuales y restricción del poder público. En este sentido, se ha cumplido ciertamente la predicción señalada por Constant en su crítica al pensamiento de Rousseau, en tanto que la implantación del sistema democrático supondría "la total sumisión del ciudadano para que la nación triunfe y que el individuo se convierta en esclavo para que el pueblo sea libre".
Así pues, hemos vuelto al sistema de libertad de los antiguos, sólo que ahora su práctica, inherentemente problemática y claramente inferior a la concepción moderna, se ha visto infinitamente agravada por las extraordinarias dimensiones del Estado y formación política actuales.

Autor: Manuel Llamas – Instituto Juan De Mariana

julio 29, 2007

Los arquitectos de Ayn Rand


Por Antonio Nogueira



El vínculo intelectual entre el liberalismo y los creadores suele ser infrecuente, al menos en Europa. Aún más: si atendemos a las diferentes corrientes liberales, la lista de innovadores adscritos al libertarianismo es probable que sea muy limitada. No obstante, en ocasiones, se atisban fecundas corrientes de admiración entre profesionales respecto de la filosofía preconizada, entre otros pensadores, por Ayn Rand. El arquitecto más veterano de España, Francisco Juan Barba Corsini, es un gratificante ejemplo de ello.
Barba Corsini, todavía en activo a sus noventa años, es renombrado por su Colección Pedrera (1955) que equipó la Casa Milá de Gaudí en Barcelona, el Edificio Mitre (1959), así como la construcción del moderno poblado pesquero de Binibeca en Menorca. Binibeca fue un hito en la edificación popular española, respetuoso del entorno y las tradiciones, lejos de la inacción ecologista y la elefantiasis al estilo marbellí. En una entrevista reciente, el maestro declaraba sin ambages que El Manantial, el film de King Vidor (1949) sobre la novela de Rand, cambió su vida. Ha llegado a decir: "La influencia de la película El manantial, fue indudable. Era un claro ejemplo de lo que es sentir la arquitectura y de la dignidad del arquitecto. Comprendí que hacer arquitectura es estudiar el problema humano, cómo se vive, y pasar horas, días, semanas o meses estudiando, hasta llegar a una buena solución. A partir de aquel momento comprendí que la arquitectura era una cosa sentida, una cosa viva, que había un cambio de tiempo, de materiales, de tecnología y un cambio de arte, y empezó la lucha, por mi parte, a favor de la arquitectura moderna."
Este arquitecto tarraconense rechazó el paradigma neoclásico en la edificación, simpatizó con Alvar Aalto y demás compañeros finlandeses en la búsqueda de materiales puros y simples frente a la penuria de la postguerra; Barba Corsini fue además discípulo de Richard Neutra, un colega vienés célebre por sus viviendas en contra de la ley de la gravedad.
¿Quién era a su vez Richard Neutra? Neutra (1892-1970) emigró a los EEUU más por voluntad de poner en práctica sus deseos libérrimos que por victimismo o necesidad. Con la Lovell Health House (1927), el edificio más vanguardista de Los Ángeles, se adelantó a Gropius y Mies Van der Rohe. Las residencias californianas que erigió se caracterizaban por desposeer paredes; las habitaciones, sostenidas por largas tiras de ventanas, se abrían en todas las direcciones, configurando un mundo casi irreal. Richard Neutra manifestaba gran interés por el clima, la naturaleza y el paisaje y alimentó una teoría de cuño propio denominada Realismo Biológico. Él consideraba que la ciencia, la técnica y la producción industrial no representan algo diferente a lo biológico, sino más bien una extensión de lo natural. Lo verdaderamente bueno no es el progreso en sí, sino lo que conviene a las personas, a las que definía con insistencia como consumidores: ideales que suscribió para siempre Francisco Juan Barba Corsini desde su inconformista juventud.
El singular austriaco asociaba a la arquitectura como tarea ética alejada de la tecnocracia; estimulaba un diseño que favoreciese al mismo tiempo de forma pragmática la utilidad y la belleza, la necesidad y el deseo. Neutra anticipó un derecho controvertido, o mejor dicho, la ausencia del mismo: "Ningún derecho de autor debe ser reclamado para el verdadero progreso y para los medios de uso contemporáneo."
Richard Neutra construyó numerosos edificios públicos, colegios, clínicas e iglesias, al mismo tiempo que sus representativas moradas particulares en California, entre las cuales destacaba la Casa Joseph Von Sternberg (1935), para el gran cineasta, en el Valle de San Fernando y que con posterioridad fue adquirida por Ayn Rand –¡precisamente ella!– y demolida en 1972. Observando la obra gráfica del vienés, y recordando la película ya citada, no es descabellado pensar que los planos que sostenía con pasión Gary Cooper interpretando a Howard Roark, fuesen los mismos o similares que trazaba Neutra, el mentor de Corsini.