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mayo 24, 2009

Lo que Frederic Bastiat decía acerca de los empresarios prebendarios




Hace 160 años Frèdéric Bastiat denunciaba la hipocresía de los capitalistas que habían reclamado y obtenido proteccionismo, y luego se horrorizaban de la amenaza del comunismo. Es decir, usar al gobierno y la ley para robarle al consumidor, sí; pero que un gobierno les quite las propiedad a ellos, NO!

“En los últimos tiempos, un estremecimiento universal ha recorrido, como un escalofrío de terror, Francia toda entera. A la sola palabra comunismo todas las existencias se han alarmado. Viendo producirse en plena luz y casi oficialmente los sistemas más extraños, viendo sucederse decretos subversivos, que pueden ser seguidos de decretos más subversivos todavía, cada uno se pregunta por qué camino marchamos. Los capitales se han asustado, el crédito se ha ido, el trabajo ha sido suspendido, la sierra y el martillo se han detenido en medio de su obra, como si una funesta y universal corriente eléctrica hubieran paralizado totalmente de golpe las inteligencias y los brazos. ¿Y por qué? Porque el principio de la propiedad, ya comprometido esencialmente por el régimen protector, ha experimentado nuevas sacudidas, consecuencias de la primera, porque la intervención de la Ley en materia de industria y como medio de ponderar los valores y de equilibrar las riquezas, intervención de la que el régimen protector ha sido la primera manifestación, amenaza manifestarse bajo mil formas conocidas y desconocidas. Sí, lo digo en alto, son los propietarios de bienes raíces, aquellos que se consideran como los propietarios por excelencia, quienes han socavado el principio de la propiedad, puesto que han apelado a la ley para dar a sus tierras y a sus productos un valor facticio. Son los capitalistas quienes han sugerido la idea del nivelamiento de las fortunas por la ley. El proteccionismo es el precursor del comunismo; digo aún más, ha sido su primera manifestación. Porque, ¿qué demandan hoy las clases sufrientes? No demandan otra cosa que lo que han demandado y obtenido los capitalistas y los propietarios de bienes raíces. Ellos demandan la intervención de la ley para equilibrar, ponderar, igualar la riqueza. Lo que se hizo por medio de la aduana, quieren se haga por otras instituciones, pero el principio es siempre el mismo, tomar legislativamente de los unos para darle a los otros, y por cierto, puesto que son Ustedes, propietarios y capitalistas, quienes han hecho admitir este funesto principio no exclamen luego si los más desdichados que Ustedes les reclaman el beneficio. Tienen al menos un título que Ustedes no tenían.” Frederic Bastiat

Esta nota fue publicada por Gustavo en el sitio: "No me parece" de José Benegas.


Anteriores Post publicados en este blog de Citas de Frèdéric Bastiat:

La gente empieza a darse cuenta
http://adiosalestado.blogspot.com/2008/06/la-gente-empieza-darse-cuenta.html


La Libertad como competencia
http://adiosalestado.blogspot.com/2008/02/la-libertad-como-competencia.html


La Petición de los fabricantes de velas
http://adiosalestado.blogspot.com/2008/02/la-libertad-como-competencia.html

junio 23, 2008

La gente empieza a darse cuenta


"La gente empieza a darse cuenta de que el aparato del gobierno es costoso. Lo que aún no ven es que el peso recae sobre ellos""La vida, la libertad y la propiedad no existen por razón de leyes hechas por el hombre. Por el contrario, el hecho es que la vida, la libertad y la propiedad existen con anterioridad a aquello que hizo a los hombres hacer leyes por primera vez""La manera más segura de que se respeten las leyes es haciéndolas respetables"


Frederic Bastiat

febrero 03, 2008

La Libertad como Competencia


Por Frédéric Bastiat





En todo el léxico de la economía política no hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia anárquica.
¿Qué significa competencia anárquica? No lo sé. ¿Qué se quiere poner en su lugar? Lo sé menos aún. Oigo, es cierto, que me gritan: ¡Organización! ¡Asociación! ¿Pero qué quiere decir eso? Debemos entendernos de una vez por todas. ¡Debo saber perfectamente qué clase de autoridad estos escritores quieren ejercer sobre mí y sobre todo el mundo! Porque, en efecto, yo reconozco sólo una, la de la razón. ¡Adelante! ¿quieren privarme de mi derecho a valerme de mi juicio cuando se trata de mi propia existencia? ¿Quieren impedirme evaluar por mí mismo la retribución que me corresponde por mis servicios? ¿Quieren obligarme a obrar como a ellos les agrade, y no como a mí me parezca? Si me dejan mi libertad, sigue en pie la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo. La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico! - pero entonces cada asociación guardará con las demás la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí, y seguiremos teniendo la competencia. - La asociación será universal -. Eso ya pasa de broma. La competencia anárquica hunde en la miseria a la sociedad humana, y para remediar este mal, ¿hemos de esperar hasta que todos los seres humanos, franceses, ingleses, chinos, japoneses, cafres, hotentotes, lapones, patagones, se avengan en someterse a una de las formas de asociación inventadas por vosotros? Pero que andéis con ojo: con eso confesáis que la competencia no puede destruirse; ¿y querréis acaso afirmar que un fenómeno indestructible, es decir, que pertenece a la naturaleza misma de las cosas, pueda ser un mal?
¿Y qué es la competencia? ¿Es ella un ente que existe y actúa por sí mismo, como el cólera? No, la competencia sólo consiste en la ausencia de la opresión. En todo lo que me concierne, quiero elegir por mí mismo, y no quiero dejar a nadie elegir por mí y contra mi voluntad; y si alguien quiere poner su juicio en lugar del mío en mis propios asuntos, yo también me arrogaré el derecho inverso. ¿Tenemos alguna garantía de que entonces las cosas irán mejor? Está claro, la competencia es la libertad. El que destruye la libertad de obrar, destruye la posibilidad y la capacidad de elegir, de juzgar, de comparar, mata la inteligencia, el pensamiento, en una palabra, mata al hombre. En eso acaban los planes de nuestros modernos reformadores del mundo; para mejorar la sociedad empiezan destruyendo al individuo, con el pretexto de que de él proceden todos los males, ¡como si él no fuera también el origen de todo lo bueno!
Hemos visto más arriba que en el cambio se compensan prestación y contraprestación. En el fondo, cada uno de nosotros tiene en este mundo la responsabilidad de proveer mediante su esfuerzo sus necesidades. Así, si una persona nos ahorra un trabajo, nosotros, a nuestra vez, también debemos ahorrarle uno: nos entrega un bien que es el resultado de su esfuerzo; por tanto nosotros debemos obrar con ella de la misma manera.
¿Pero quién debe hacer el ajuste? Ya que entre estos mutuos esfuerzos, trabajos y prestaciones debe haber necesariamente un ajuste a fin de llegar a la equidad y la justicia - a menos que queramos estatuir como regla la injusticia, la desigualdad, el azar; o sea, cualquier cosa menos el juicio humano. ¿Quién debe ser, pues, el juez? ¿No es natural que en cada caso particular las necesidades sean juzgadas por los que las sienten, los medios para su satisfacción, por los que los buscan, los esfuerzos, por los que los intercambian? O de verdad propone alguien en serio poner en lugar de esta vigilancia general de las personas afectadas una autoridad social – acaso la del propio reformador del mundo - que tendría entonces que fijar las condiciones infinitamente delicadas de los incontables cambios que acaecieran en todos los puntos de la tierra. ¿Es tan difícil de comprender que esto significaría crear el más falible, más universal y más intolerante de los despotismos; uno que tocaría en lo más vivo y se entrometería en todo, pero que sería también, felizmente, el más imposible de todos, comparable sólo al que alguna vez pudo engendrar la mente de un bajá o un muftí?
Pero si la competencia no consiste en otra cosa que en la ausencia de una autoridad arbitraria que tuviera que decidir en los cambios en lugar de los permutantes, podemos ya concluir sin lugar a duda que ella es indestructible. También es verdad que el poder abusivo puede limitar e impedir la permutabilidad del mismo modo que la libertad de andar, pero no puede destruir ni la una ni la otra sin destruir al hombre. De lo que se trata es, pues, sólo de si la competencia contribuye a la felicidad o a la infelicidad de la humanidad, o dicho de otra manera, si la humanidad progresa naturalmente o retrocede.
La competencia, que con mucha razón podríamos llamar pura y simplemente "libertad", es, a pesar de la hostilidad que soporta día a día, efectivamente la ley propiamente democrática. De todas las fuerzas que impulsan el progreso de la humanidad, ella es la más eficaz, la que más hace por nivelar las diferencias en la sociedad, la que antes que ninguna otra da origen a una verdadera comunidad en el seno de la misma. Ella generaliza paulatinamente el consumo de todos los bienes que la naturaleza parecía haber concedido gratuitamente sólo a ciertas regiones.
Ella convierte en bien común todas las conquistas del espíritu que en cada siglo vienen a aumentar la riqueza de la humanidad, dejando para el intercambio sólo los trabajos adicionales, sin que éstos lleguen, como quisieran, a hacerse pagar también por la cooperación de las fuerzas naturales; y cuando estos trabajos, como siempre ocurre al principio, tienen un precio demasiado elevado en proporción a su valor intrínseco, es de nuevo la competencia la que con su acción imperceptible pero incesante establece un equilibrio justo y más exacto que el que nunca podría conseguir ninguna agencia gubernamental. Mientras se acusa a la competencia de fomentar la desigualdad entre los hombres, cabe afirmar, al contrario, que tales desigualdades artificiales surgen sólo allí donde no se la admite; si, por ejemplo, la diferencia entre un gran lama y un paria es infinitivamente mayor que la que existe entre el presidente y un obrero de los
Estados Unidos de Norteamérica, ello se debe a que la competencia (o la libertad) está reprimida en Asia, y en Norteamérica no lo está. Por eso, mientras los socialistas ven en la competencia la causa de todos los males, nosotros, a la inversa, debemos buscar en las perturbaciones de la misma el impedimento principal de toda clase de prosperidad.
Aunque esta gran ley natural sea desconocida por los socialistas y sus partidarios, aunque su acción parezca a menudo funesta, lo cierto es que no hay ninguna ot ra que fomente tanto como ella la armonía en la sociedad humana, ninguna tan rica en consecuencias benefactoras, y ninguna que demuestre de forma tan irrefutable la infinita superioridad del orden de las cosas frente a los vanos e insensatos intentos de corregirlo de los seres humanos.
Debo insistir aquí en aquel extraño, pero innegable, resultado del orden social, sobre el cual ya he llamado la atención del lector y que la fuerza de la costumbre esconde demasiado a menudo a nuestra observación; a saber, el hecho de que la suma de las satisfacciones que corresponde a cada uno de los miembros de la sociedad, es mucho mayor que la que cada uno podría procurarse por sí solo. Dicho de otro modo: nuestro distrute es, evidentemente, excesivo en comparación con nuestro trabajo. Este fenómeno, que cualquiera puede comprobar fácilmente en sí mismo, debería llenarnos de gratitud hacia la sociedad, a la que tanto debemos.

Desnudos de todo venimos a la tierra, con necesidades sin cuento, y sólo débiles fuerzas para satisfacerlas. De entrada pareciera que sólo podemos reclamar tanta satisfacción como la que somos capaces de procurarnos mediante nuestro trabajo. Si nos toca en suerte muchísimo más, ¿a quién debemos este excedente? -precisamente a esa organización natural contra la que arremetemos incesantemente.
Considerado en sí mismo, este fenómeno es extraordinario. Que algunos individuos disfruten más de lo que producen sería muy fácil de explicar admitiendo que, de un modo u otro, usurpan la propiedad de otros, al recibir servicios sin otorgar contrapartida. ¿Pero cómo puede ocurrir esto con todos los hombres al mismo tiempo? ¿Cómo es posible que todo individuo, cuando, sin coacción ni robo, cambia sus servicios por los de otro, pueda decir con toda la verdad del mundo: consumo en un día más de los que podría crear en un siglo?
El lector comprende que las fuerzas naturales, que cooperan en la producción en mucho mayor grado, explican este problema. Sin cesar se transforma el producto de esta actividad gratuita en bien común: el calor, el frío, la luz, la gravedad, la elasticidad, etc., multiplican indefinidamente el producto del trabajo humano, y disminuyen el valor de los servicios, haciéndolos más fáciles.
Tendría que haber explicado muy mal la teoría del valor para que el lector pensara que éste debe bajar directamente y por sí solo como consecuencia de la mera cooperación de una fuerza natural que viene a ocupar el lugar del trabajo humano. Esto no es así; si no, tendrían razón los economistas de la escuela inglesa cuando dicen: el valor está en relación directa al trabajo.
Quien se procura el auxilio gratuito de una fuerza natural, hace más fáciles sus servicios; pero no por eso renuncia ya a parte alguna de su remuneración acostumbrada. Para inducirlo a que lo haga, hace falta una fuerza externa, severa, pero no injusta; esta fuerza es la competencia.
Mientras ella no se interponga, mientras quienquiera que haya conseguido sacar ventaja de una fuerza natural siga siendo dueño de su secreto, dicha fuerza natural seguirá obrando gratuitamente, pero de ningún modo para beneficio de todos; el espíritu humano ha realizado una conquista, pero por de pronto sólo para provecho de una sola persona, o de una sola clase; aún no redunda en beneficio de toda la humanidad: para ésta, lo único que ha cambiado es que cierta clase de servicio puede obtenerse con menor dificultad, aunque su precio sigue siendo tan caro como antes. Por un lado, pues, una persona exige a los demás el mismo trabajo que antes, aunque ella, por su parte, no les devuelve en la misma proporción; por otro lado, la humanidad en general se ve obligada a invertir la misma cantidad de tiempo y trabajo en un producto que, de ahora en adelante, es creado en parte por la naturaleza.
Si las cosas quedaran así para siempre, cada nueva invención sentaría las bases de una nueva e infinita desigualdad. No sólo no podría decirse: el valor está en relación directa al trabajo, sino que ya ni siquiera podría decirse: el valor tiende a ponerse en relación al trabajo. Todo lo que hemos dicho más arriba de la utilidad gratuita y del progresivo desarrollo de la comunidad, sería falso; no sería cierto, entonces, que los servicios se cambian por servicios de tal suerte que en cada transacción pasan además de mano en mano los dones de la naturaleza, hasta llegar a su destino final; a saber, el consumidor. Cada uno se haría pagar siempre, además de su trabajo, la parte de las fuerzas naturales que alguna vez hubiera conseguido explotar; en una palabra, la humanidad se basaría en el principio del monopolio general, y no en el de progresiva comunidad.
Pero esto no es así. Así como el calor, la luz, la gravedad, el aire, el agua, la electricidad y los otros incontables beneficios de la naturaleza están predestinados para todas las criaturas, así como todo individuo es empujado por la senda del progreso por el interés personal, así actúa también en el seno del orden social otro resorte que tiende a preservar el destino original de esos beneficios, su gratuidad y común distrute. Es te resorte es la competencia.
El interés personal es esa fuerza invencible del individuo que lo impulsa a moverse de progresoen progreso, pero también a explotarlos sólo para sí. La competencia, en cambio, es aquella otra fuerza, no menos indestructible, que se apodera de todo progreso, arrancándolo de la propiedad individual para convertirlo en bien común de la humanidad. Cada una de estas fuerzas, por separado, puede ser objeto de crítica, pero de la interacción de ambas resulta la armonía de la sociedad.
Dicho sea de paso: no es de extrañar, desde luego, que el interés del individuo particular, siempre que éste sea productor, nunca deje de rebelarse contra la competencia, la censure y busque destruirla a fuerza de engaños, privilegios, falacias, monopolios, restricciones, proteccionismos, etc. La moralidad de estos medios no admite dudas acerca de la moralidad del fin. Pero es triste que la llamada ciencia, en nombre del altruismo, la igualdad y la fraternidad, haya hecho suya en su forma más mezquina la causa del interés particular, que la humanidad, en cambio, ha abandonado.

Frederic Bastiat (1801-1850), economista francés, fue Director del "Journal des économistes".
Este artículo pertenece a su libro "Armonías Económicas", publicado en el año 1849.

agosto 19, 2007

LA PETICIÓN DE LOS FABRICANTES DE VELAS


Por Frederic Bastiat (Francia 1801-1850)



En 1845 el brillante Frederic Bastiat, colocándose en la posición de los fabricantes de velas, se dirige a los legisladores franceses, refiriéndose a las políticas proteccionistas que hoy ciento cincuenta años después se siguen practicando, en estos términos:

De los fabricantes de velas, mechas, linternas, candeleros, postes de luz, cortamechas y apagavelas. Y de los productores de sebo, aceite, resina, alcohol y, en general, de todo lo relacionado al alumbrado.
A los Honorables Miembros de la Cámara de Diputados.
Caballeros:
Ustedes están en el camino correcto. Se preocupan principalmente del destino del productor. Desean liberarlo de la competencia extranjera, esto es, reservar el mercado nacional para la industria nacional.
Estamos sufriendo la ruinosa competencia de un rival extranjero quién, al parecer, trabaja bajo condiciones tan superiores a las nuestras para la producción de la luz, que está inundando con ella el mercado nacional a un precio increíblemente bajo. Porque en el momento que aparece, cesan nuestras ventas, los consumidores se vuelven a él y todo un rubro de la industria francesa, cuyas ramificaciones son innumerables, se reduce hasta un completo estancamiento. Este rival que no es otro que el sol, sostiene una lucha tan inmisericorde contra nosotros, que sospechamos está siendo alentado en contra por el pérfido Albión, particularmente porque tiene por esa isla orgullosa un respeto que no tiene por nosotros.
Solicitamos pasen una ley exigiendo el cierre de todas las ventanas, puertaventanas, ojos de puerta, los cierres y persianas; en suma, todas las aperturas, huecos, rajaduras y fisuras a través de las cuales suele entrar el sol a las casas, en detrimento de las industrias leales. Con ellas - estamos orgullosos de decirlo - hemos equipado al país, el cual no puede, sin evidenciar ingratitud, abandonarnos ahora en tan desigual combate.
Si ustedes cierran tanto cuanto sea posible todo acceso a la luz natural, creando así una necesidad de luz artificial, ¿qué industria de Francia no será alentada en última instancia?
Si Francia consume más sebo, tendrá que haber más ganado y rebaños y, en consecuencia, habremos de ver un incremento de los campos fértiles, de la carne, la lana, el cuero y especialmente el estiércol, la base de toda riqueza agrícola.
Nuestros páramos serán cubiertos de árboles resinosos. Numerosos enjambres de abejas recogerán de nuestras montañas sus tesoros perfumados que hoy pierden su fragancia como las flores de las que emanan. Así, no habrá una sola rama de la agricultura que no experimente una gran expansión.
Lo mismo es cierto de la navegación. Miles de buques se dedicarán a cazar ballenas (por el aceite de ballena) y en poco tiempo tendremos una flota capaz de defender el honor de Francia y de satisfacer las patrióticas aspiraciones de los abajo firmantes.
Pero, ¿qué diremos de las especialidades de la manufactura parisién? Desde ahora se contemplará el dorado, el bronce y el cristal en los candeleros, en las lámparas, en las arañas y en los candelabros, brillando en grandes espacios, comparados con los cuales los de hoy no son sino pesebres.
Se requiere poca reflexión, caballeros, para convencerse de que quizá no hay un solo francés, desde el rico accionista de la compañía Anzin hasta él más humilde vendedor de fósforos, cuya condición no sea mejorada por el éxito de nuestra petición.
¿Nos objetarán ustedes que aunque nosotros ganemos con esta protección, al final no ganará Francia, porque el costo lo cubriría el consumidor? Tenemos lista una respuesta.
Ustedes no tienen más derecho a invocar los intereses del consumidor. Lo han sacrificado dondequiera encontraron que sus intereses se oponían a los del productor. Por la misma razón deben hacer lo propio esta vez.
En realidad, ustedes mismos han anticipado esta objeción. Cuando se les ha dicho que el consumidor tiene algo que ganar en la libre importación de acero, carbón, ajonjolí, trigo y textiles, “si”, han respondido, “pero el productor tiene algo que ganar en su exclusión”. Pues bien, si los consumidores tienen algo que ganar con la admisión de la luz natural, los productores tienen con seguridad algo que ganar con su prohibición.
Si ustedes nos garantizan un monopolio sobre la producción de la luz durante el día, en primer lugar tendremos que comprar grandes cantidades de sebo, carbón, aceite, resina, cera, alcohol, plata, acero, bronce y cristal para suministro de nuestra industria. Y, más aún, nosotros y nuestros numerosos proveedores, habiéndonos vuelto ricos, consumiremos mucho más y esparciremos la prosperidad en todas las áreas de la industria nacional.
¿Dirán que la luz del sol es un don gratuito de la naturaleza y que rechazar tales dones sería rechazar la riqueza misma bajo el pretexto de alentar los medios para adquirirla?
Si adoptan esa posición, sin embargo, ustedes darán un golpe mortal a su propia política. Recuerden que hasta ahora siempre han excluido los productos extranjeros porque y en la medida que se parecían a los dones gratuitos. Ustedes tienen sólo la mitad de la razón al aceptar las demandas de otros monopolistas por el hecho de admitir nuestra petición. Porque la nuestra está completamente de acuerdo con vuestra política establecida; y rechazar nuestras demandas precisamente porque están mejor fundamentadas que la de cualquier otro, sería un absurdo.
El trabajo y la naturaleza colaboran en varias proporciones en la producción de una mercancía, dependiendo del país y del clima. La parte con que contribuye la naturaleza siempre está libre de costo; la parte del trabajo humano es la que confiere valor y por eso se la paga.
Si se vende una naranja de Lisboa a mitad de precio que una naranja de París, es porque el calor natural del sol, que por supuesto está libre de costo, hace por la primera lo que la segunda debe al calor artificial, para el cual necesariamente hay que pagar en el mercado.
Así, cuando llega a nosotros una naranja de Portugal, uno pude decir que se nos ofrece a mitad de costo, o, en otras palabras, a la mitad del precio comparado con el precio de París.
Ahora bien, es sobre la base de ser semigratuita la naranja extranjera, que ustedes sostienen que su ingreso debe ser impedido. Se preguntan “¿cómo puede resistir la mano de obra francesa la competencia de la mano de obra extranjera, si es que la primera tiene que hacer todo el trabajo, mientras la otra sólo lo hace a medias, ocupándose del resto el sol?”. Pero si el hecho de que la mitad del costo de un producto sea gratis los lleva a ustedes a excluirlo de la competencia, el hecho de que esté totalmente libre de costo, ¿cómo puede hacer que ustedes lo admitan en la competencia? Ustedes no son consistentes o, de lo contrario, luego de excluir - por ser perjudicial a la industria nacional - lo que está libre de la mitad del costo, deberán excluir lo que es totalmente gratuito con mucha mayor razón y con el doble de entusiasmo.
Cuando un producto - el carbón, el acero, el trigo o los textiles - viene de afuera y lo podemos adquirir por un menor monto de trabajo que si lo produjéramos nosotros mismos, la diferencia (entre lo que pagamos y nos costaría) es como un don gratuito que se nos confiere. El volumen de este regalo es proporcional al monto de la diferencia. Es un cuarto, la mitad o tres cuartos del precio local. El regalo puede ser completo si es que el donante, como el sol cuando nos proporciona la luz, no pide nada de nosotros. La pregunta es si lo que desean para Francia es el beneficio del consumo libre de costo o las supuestas ventajas de una producción onerosa. Hagan su elección, pero sean lógicos.
Porque en tanto ustedes prohíban, como lo hacen, el carbón, el acero, el trigo, los textiles extranjero, en la medida que su precio se acerca a cero, ¡cuan inconsistente sería admitir la luz del sol, cuyo precio es cero el día entero!