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septiembre 25, 2008

No tienen la información



Los gobiernos socialistas creen que pueden conseguir la felicidad para los ciudadanos por medio de políticas públicas. Creen firmemente que el Estado sabe y puede procurar la felicidad de los individuos por medio de organismos creados para ese fin, y desvalorizan completamente la capacidad razonadora de ellos. Lo que se ignora es que para que el Estado pueda conseguir ese anhelo de felicidad debería constar con una cantidad de información tan grande que sería imposible procesar e incluso de conseguir. Ludwig Von Mises y Fiedrich A von Hayek, ya hablaron de este grave inconveniente que tiene el socialismo; Mises lo llamó "La Imposibilidad del Cálculo Socialista". En realidad esta obra de Mises se refiere a la Economía en un estado socialista, no exactamente a la felicidad de cada individuo y lo que este valora como felicidad.

Buscando en la Web acerca de este dilema socialista encontré este post en el sitio www.uruguayinforme.com, donde se refiere a esta cuestión y específicamente al proyecto de constitución socialista para Ecuador, impulsada por su presidente Rafael Correa.

No tienen La Información
Otro problema del intervencionismo
por Leonardo Girondella Mora

Se vive en una época en la que se destaca el poder de la información, de la enorme cantidad de ella que existe, de la imposibilidad de recolectarla, de los esfuerzos que se hacen por organizarla y de la habilidad que es necesaria para sintetizarla.

Datos de Grupo Reforma (29 julio 2008) son indicativos de la cuantía de la información existente sólo en Internet: Google catalogó hace tres años más de 8 mil millones de páginas —un competidor suyo reciente afirma que ha catalogado 120 mil millones.

Y eso es sólo Internet. Faltan las bibliotecas públicas y privadas, las investigaciones propiedad de particulares, los archivos personales —pero por encima de todo, falta algo más, la información sobre las personas y lo que ellas tienen en su mente. Tanta es la información que simplemente no puede esperarse que ella sea posible de centralizar en un lugar y sistematizada.

Todo lo que puede reconocerse es que la información está dispersa en millones y millones de personas —cada una de ellas posee información que es parcial y que peor aún no podría ser sujeta de convertirse en información verbal o escrita que pudiera ser capturada. Esta realidad tiene profundas implicaciones, que la Escuela Austriaca de Economía ha explorado.
Por mi parte, quiero tratar un tema concreto, el de la posibilidad de un gobierno cualquiera que se ponga como meta hacer felices a los ciudadanos. No es una meta poco mencionada y en realidad los gobiernos pueden jugar un papel central en el logro de la felicidad personal —pero el lograrla es en buena parte un problema de información.

Hay dos maneras diferentes de intentar lograr la felicidad de las personas —una de ellas es dejara que las personas lo intenten por ellas mismas con sus acciones personales y para lo que un gobierno se dedicaría sólo a facilitar las condiciones más propicias para ese logro personal de felicidad. La otra pondría a la autoridad como la responsable del logro directo de la felicidad de cada quien.

Si se optara por esta última opción, la de la autoridad responsable por hacer felices a sus ciudadanos de manera directa, se presentará un problema informativo —el de conocer primero lo que la felicidad consiste para cada uno de los ciudadanos: cada ciudadano tendría que alimentar un banco de datos con lo que constituye su felicidad y reportar cambios que se tengan en esa felicidad cada vez que ellos ocurran.

Desde luego, el problema es complejo. La felicidad es un concepto muy subjetivo y cambiante, limitada por aspectos circunstanciales e imposible de poner en palabras con toda su sutileza. No podría existir el banco de datos que un gobierno necesitaría para hacer felices a los ciudadanos de acuerdo con los deseos de cada uno de ellos, por lo que un gobierno que intente esto sólo podrá hacer una cosa: definir el gobernante lo que él piensa que es la felicidad e imponer esa definición en el resto.

Claramente, lo que el gobernante haga imponiendo una definición de felicidad en el resto significará una disparidad entre esa idea de felicidad y lo que la persona piense que esa felicidad es para cada quien. En conclusión, no hay manera de que un gobierno haga una buena tarea haciendo felices a sus ciudadanos de manera directa —de tratar de hacerlo, el régimen se convertiría en uno totalitario, de imposición sobre el ciudadano. Un ejemplo reciente de esta mentalidad es la constitución propuesta en Ecuador por su presidente —Correa piensa que el gobierno todo lo puede hacer por medio de un sistema nacional a cargo del gobierno:

Art. 340.- El sistema nacional de inclusión y equidad social es el conjunto articulado y coordinado de sistemas, instituciones, políticas, normas, programas y servicios que aseguran el ejercicio, garantía y exigibilidad de los derechos reconocidos en la Constitución y el cumplimiento de los objetivos del régimen de desarrollo. El sistema se articulará al Plan Nacional de Desarrollo y al sistema nacional descentralizado de planificación participativa; se guiará por los principios de universalidad, igualdad, equidad, progresividad, interculturalidad, solidaridad y no discriminación; y funcionará bajo los criterios de calidad, eficiencia, eficacia, transparencia, responsabilidad y participación. El sistema se compone de los ámbitos de la educación, salud, seguridad social, gestión de riesgos, cultura física y deporte, hábitat y vivienda, cultura, comunicación e información, disfrute del tiempo libre, ciencia y tecnología, población, seguridad humana y transporte.

Art. 341.- El Estado generará las condiciones para la protección integral de sus habitantes a lo largo de sus vidas...
La única avenida posible para un gobierno es dejar que la responsabilidad del logro de la felicidad sea una responsabilidad personal —todo lo que un gobierno puede hacer es aplicar leyes iguales para todos que dejen la suficiente libertad para que los ciudadanos se esfuercen en lograrla por ellos mismos y sin imposiciones.

Un detalle aún más específico de este problema de información imposible de tener es el de la regulación económica —el intervencionismo estatal que, por ejemplo, controla precios, supone que el gobierno tiene la información suficiente para hacerlo de manera efectiva. La realidad es que esa información tampoco puede ser centralizada, pues ella está dispersa en millones de personas que tienen porciones de ella y la usan para tomar decisiones cuya información tampoco es sujeta de centralización y síntesis.

La idea que quiero señalar de manera explícita es la de la imposibilidad de centralizar información de suficiente calidad y exactitud como para poder planear las acciones de las personas dentro de una sociedad —sin esa información, la planeación central que un gobierno intente producirá acciones erróneas de efectos desastrosos, o bien producirá un gobierno totalitario que imponga sus decisiones a los ciudadanos.

Con información enorme, dispersa e imposible de centralizar, la única posibilidad es la de un sistema social de libertad igual para todos, en el que cada persona aproveche su porción de conocimiento para el logro de su felicidad. Las personas podrán acceder a la información que ellas vean en el ambiente —como los precios de los bienes, pero también las acciones de las personas, los sucesos y otras cosas que pueden entenderse como señales útiles para la persona y su felicidad.

En los terrenos de la moral se ha señalado que la planeación central de una nación lleva implícita una falta grave, la soberbia del gobernante que cree saber más que el resto de los ciudadanos y decreta precios, regulaciones y otras disposiciones más que persiguen hacer el bien en los demás, pero que ignoran que también ellos tienen capacidades y saben. Lo que he añadido es la correspondencia entre esa soberbia y la imposibilidad física de contar con la información necesaria que necesita el intervencionismo estatal.

marzo 22, 2008

Camino a la Servidumbre

La sensacional obra de Friedrich A Von Hayek escrita en 1943, contada brevemente en este video.

agosto 18, 2007

LA IGNORANCIA HUMANA Y LA INGENIERIA SOCIAL




A través de gran parte de la historia intelectual, la sociedad ha sido considerada como el resultado del diseño de alguien. En su voluminosa obra de Law, Legislation, and Liberty, el teórico social F. A. Hayek se refirió a esta posición como el “racionalismo constructivista” y replicó vigorosamente contra la misma. En su discurso en ocasión de recibir el Premio Nóbel en 1974, titulado “La Pretensión del Conocimiento,” Hayek expresó un punto de vista diferente acerca de cómo se desarrolló la sociedad:
El reconocimiento de los insuperables límites de su conocimiento debería de hecho enseñarle al estudiante de la sociedad una lección de humildad, que debería prevenirlo de volverse un cómplice en el fatal esfuerzo de los hombres por controlar a la sociedad—un esfuerzo que no solamente lo vuelve un tirano sobre sus compañeros, sino que puede convertirlo también en el destructor de una civilización a la cuál ningún cerebro ha diseñado sino que ha crecido en base a los libres esfuerzos de millones de individuos.

Hayek se opuso a cualquier tentativa de manipular—es decir, planificar y coordinar centralizadamente—la estructura de la sociedad. Creía que tal ingeniería realmente destruiría a la sociedad en lugar de erigirla, la cual era el resultado de la acción humana pero no del diseño humano. Junto al economista austriaco Ludwig von Mises, Hayek proporcionó las que son discutiblemente las mejores críticas de las teorías y de las políticas “constructivistas” que han crecido en popularidad durante el siglo veinte.
Tanto Hayek como Mises habían atestiguado la devastación del liberalismo clásico por parte de dos guerras mundiales, pero particularmente por la Primera Guerra Mundial. En la época de guerra los gobiernos habían afianzado el control centralizado sobre el sector privado para asegurarse un flujo continuo de armamentos y de otros bienes que juzgaban necesarios para la victoria. Los gobiernos habían inflado sus ofertas de dinero a fin de solventar masivos refuerzos militares. Y la guerra había estrangulado el flujo del libre comercio al que los liberales clásicos consideraban un prerrequisito para la paz, la prosperidad, y la libertad. En síntesis, Hayek y Mises habían contemplado cómo el estatismo del siglo veinte reemplazaba al liberalismo clásico del siglo diecinueve.
Si la “guerra es la salud del estado,” como el individualista estadounidense Randolph Bourne lo declarara, entonces Hayek y Mises atestiguaron el impacto de un corolario obvio: a saber, que la guerra es la muerte de la libertad individual. Y que la ingeniería social fue un mecanismo clave mediante el cual esa libertad fue destruida. De hecho, uno de los trabajos iniciales de Mises, Nation, State, and Economy (1919), analizaba las consecuencias desastrosas de la planificación centralizada introducida por la Primera Guerra Mundial.
Pero Hayek y Mises no se oponían meramente a la ingeniería social sobre la base de argumentos utilitarios. Independientemente, cada uno de ellos desarrolló sistemas complejos y sofisticados de la teoría social para explicar cómo las instituciones de la sociedad se evolucionaron naturalmente. Sostenían que las instituciones de una sociedad saludable eran el resultado colectivo e involuntario de la acción humana. Los fenómenos sociales complejos—tales como el derecho, el lenguaje, y el dinero—eran especialmente las consecuencias involuntarias de las interacciones individuales. Por ejemplo, ningún comité o autoridad central decidió inventar el habla humana, para no mencionar el diseñar una lengua tan complicada como el inglés. Actuando solamente para alcanzar sus propios fines, los individuos comenzaron a efectuar sonidos a fin de facilitar el poder conseguir lo que deseaban de otras personas. Así, el habla fue el resultado de la acción humana pero no del diseño humano, y la mismo evolucionó naturalmente en el lenguaje. La evolución puede no haber procedido con eficiencia científica, pero fue lo suficientemente eficiente como para permitir el desarrollo de la civilización. La eficiencia de los programas gubernamentales no tolera la comparación.
No obstante ello, los constructivistas sostenían que una sociedad no planificada es derrochadora y caótica. Con el conocimiento suficiente, podrían manipular una sociedad perfectamente eficiente. No habría más sobrantes ni escaseces. Los mercados de valores no colapsarían, y las monedas no fluctuarían. Tal vez incluso la sociedad pudiese ser diseñada de modo tal que sus miembros se encaminasen al unísono hacia metas sociales deseables, tal como han marchado juntos hacia la victoria en tiempos de guerra.
Hayek puntualizó francamente que el conocimiento que los constructivistas procuraban era inalcanzable. No era posible planificar las dinámicas del mañana basados en cómo actuaron los individuos ayer. La gente era imprevisible. Los seres humanos eran fundamentalmente diferentes de los objetos físicos examinados por las ciencias duras. Un científico podía aprender todo lo que necesitaba saber sobre el movimiento de un objeto, y su conocimiento no cambiaría necesariamente durante el tiempo. Pero los seres humanos actuaban basándose en factores y motivaciones psicológicas que se encontraban ocultos, a menudo aún para ellos mismos. La sociedad no consistía en objetos que podían ser prolijamente categorizados y hechos para obedecer las leyes de la ciencia. La sociedad consistía de individuos erráticos e imprevisibles.
Mises efectuó una puntualización similar acerca de la teoría monetaria. Demostró que aún la aparentemente objetiva herramienta del cálculo monetario—del tipo que la gente utiliza informalmente para decidir, por ejemplo, si pedir un aumento—es ineficaz para una planificación social más amplia. En el mejor de los casos, los precios eran un antecedente histórico; el precio del pan es un precio del pasado, incluso si el pasado fuese muy reciente. Esta información podría crear la anticipación de cuál podría ser el precio del pan mañana, pero la misma no podría predecir nada. Una escasez de pan podría hacer disparar su precio. Por otra parte, emplear el ayer para manipular el mañana iba en contra de un principio fundamental de la acción humana: el principio del cambio inevitable.
En La Acción Humana: un Tratado de Economía (1949), Mises comentaba, “La acción humana origina el cambio. En la medida que haya acción humana no hay estabilidad, sino alteración incesante. . . Los precios del mercado son hechos históricos expresivos de una situación que prevaleció en un instante definido del proceso histórico irreversible. . . .. En el imaginario—y, por supuesto, irrealizable—estado de rigidez y estabilidad no hay cambios a ser medidos. En el mundo real del cambio permanente no hay puntos fijos. . . ”
Desde Nation, State, and Economy a su obra magna, La Acción Humana, Mises elocuentemente objetó la posibilidad de adquirir el suficiente conocimiento como para dirigir a la sociedad. Igualmente, desde el trabajo The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology (1952, pero aparentemente basado en el trabajo que realizara en 1919 y 1920) hasta su mucho más popular El Camino de Servidumbre (1944), Hayek integró campos tan diversos como la epistemología y la economía para formar una teoría social que le negaba cualquier validez a la planificación centralizada.
A través del trabajo de estos teóricos, dos conceptos cercanamente relacionados emergen una y otra vez: el individualismo metodológico y el orden espontáneo. Estos conceptos son fundamentales para entender por qué Hayek y Mises tan inflexiblemente rechazaban a la ingeniería social.

El Individualismo Metodológico

En La Acción Humana, Mises ofrecía una descripción de lo que denominaba “El Principio del Individualismo Metodológico”: “Primero debemos percatarnos de que todas las acciones son realizadas por individuos. . . Si escudriñamos el significado de las distintas acciones desarrolladas por los individuos debemos aprender necesariamente todo acerca de las acciones de los todos colectivos. Pero un colectivo social no posee existencia y realidad alguna fuera de las acciones de los miembros individuales.”
Mises sostenía que los todos colectivos—tales como “la familia” o “la sociedad”—no eran nada más que la suma de los miembros individuales que los constituían. Tales todos eran abstracciones útiles para indicar la interacción de los individuos en un contexto específico. La “familia” indica un conjunto de interacciones, el “club de canasta” otro.
Al reducir el funcionamiento del grupo a su elemento más básico—los actos de los individuos—Mises no negaba la importancia de los todos colectivos. Todo lo contrario. Mises explicaba que “el individualismo metodológico, lejos de disputar la significación de tales todos colectivos, la considera como una de sus tareas principales para describir y analizar su surgimiento y su desaparición, sus cambiantes estructuras, y su operación. Y el mismo escoge el único método adecuado para resolver satisfactoriamente este problema.”
Para decirlo de otro modo, el individualismo metodológico era una poderosa herramienta analítica que podía ser utilizada para descubrir los principios en base a los cuales un grupo de personas interactuaba. Era el mejor método con el cual comprender a la sociedad.

El Individuo como una Abstracción

Con el surgimiento del marxismo, aquellos que favorecían el individualismo metodológico fueron a menudo acusados de “atomismo” o de reduccionismo. Los marxistas fueron muy lejos en cuanto a afirmar que era el individuo, y no la sociedad, quien constituía una verdadera abstracción. En su forma extrema, estos holistas sociales negaban incluso que el individuo existiese sin la sociedad. Como Mises lo observara, “la noción de un individuo, dicen los críticos, es una abstracción vacía. El verdadero hombre es necesariamente siempre un miembro de un todo social.”
Karl Marx sostenía este punto usando una clase de ejemplo de Robinson Crusoe. Marx afirmaba que un individuo que crecía aislado en una isla desierta no sería un ser humano. El nudo de su argumento era que los seres humanos son organismos sociales—construcciones sociales, si lo prefiere—quienes no pueden ser removidos del contexto que los define y continuar siendo seres humanos. El Robinson Crusoe adulto era claramente un ser humano, pero su humanidad resultaba de una historia de socialización previa. El lenguaje, el pensamiento, el arte—todo lo que hizo humano a Crusoe había resultado de su vida en comunidad. Invirtiendo la lógica misesiana, Marx sostenía que el todo colectivo llamado “sociedad” creaba a sus miembros individuales, quienes podían ser entendidos tan solo examinando las reglas de esa sociedad. Marx dio un paso adicional e intentó extender los principios y la metodología de las ciencias duras—tales como la previsibilidad y el control—a la sociedad.
Los liberales clásicos contrarrestaron diciendo que una persona que ha sido criada en el aislamiento completo aún sería un ser humano. Por ejemplo, tendría una escala de preferencias y actuaría para alcanzar a la más alta de ellas primero. Es cierto, que sin la interacción social, las principales potencialidades dentro de la humanidad de la persona nunca se desarrollarían o serían expresadas. Por ejemplo, no habría razón para desarrollar las habilidades del lenguaje y ninguna posibilidad de convertirse en padre. Si el individuo aislado fuese rescatado y colocado dentro de la sociedad, sin embargo, sus potencialidades no expresadas podrían emerger perfectamente. Pero cualesquiera fuesen las características desarrolladas, las mismas emergerían de su propio potencial inherente como un ser humano y serían el resultado de las interacciones individuales que experimentó. Las características no emergerían debido a que un todo colectivo llamado “sociedad” las definió en existencia.
Los liberales clásicos no combatieron la afirmación de que los grupos poseían una dinámica acumulativa que era diferente a la dinámica del hombre aislado. Después de todo, solamente en sociedad surgieron los intercambios intelectuales y económicos. Pero creían que las diferencias podrían ser explicadas desdoblando la dinámica del grupo en las intrincadas interacciones de los individuos que lo constituían. Por ejemplo, todo lo atinente a una conversación podía ser desdoblado en las declaraciones, el lenguaje corporal, y las acciones de los individuos implicados. Nada sobre la conversación requería principios de explicación adicionales.
Este enfoque metodológico funcionaba para analizar incluso a todos colectivos extremadamente complejos tales como “el Estado.” Todo lo que el Estado hizo o era podía ser reducido a las acciones individuales. Como Mises lo explicaba, “el verdugo, no el Estado, ejecuta a un criminal. Es el significado de aquellos interesados lo que discierne en la acción del verdugo a una acción del Estado.” Los individuos que observan al verdugo ven el Estado en acción solamente porque una abstracción conocida como “el Estado” proporciona un contexto para su acción. Igualmente, la gente nunca ve u oye verdaderamente a una conversación del grupo. Todos lo que ven u oyen son individuos hablando, y etiquetan a la suma de su intercambio como una “conversación del grupo.”
El individualismo metodológico tuvo implicancias profundas para la teoría de la ingeniería social. Si los todos colectivos eran un “proceso mental” dentro de los individuos antes que entidades concretas con existencia independiente, entonces no tenía sentido alguno sostener que existían reglas y las características únicas que se aplicaban a los colectivos y no a los individuos. El individualismo metodológico removió a los todos colectivos de un reino objetivo gobernado por los principios científicos y los regresó al reino subjetivo del juicio y de las preferencias humanas. En vez de ser capaces de diseñar instituciones sociales, tales como los bancos, para funcionar junto a los principios científicos, los ingenieros sociales fueron reducidos a individuos reguladores. Fueron involucrados en la planificación de cómo los seres humanos expresarían sus preferencias en el futuro—un conocimiento que los propios individuos raramente poseían.
Y sin embargo, un interrogante subsiste. Sin planificación, ¿cómo puede mejorar la sociedad? Parte de la respuesta será encontrada en el segundo concepto que ronda la obra de Hayek y de Mises

El Orden Espontáneo

Durante el siglo dieciocho, teóricos como Adam Smith comenzaron a examinar el impacto que las consecuencias no queridas de la acción humana tenían sobre la sociedad. Éstas eran las consecuencias colectivas que se amplificaban como un resultado de los individuos persiguiendo sus propios intereses individuales. Por ejemplo, si veinte personas caminaban la distancia más corta a través de un campo, un sendero tosco a través del campo sería establecido. Pero el forjar el sendero sería una consecuencia involuntaria de la meta consciente de cada individuo—alcanzar el otro lado rápidamente.
Smith venía a creer que la sociedad y sus instituciones podían ser comprendidas de la mejor manera posible mediante la referencia a tales consecuencias no queridas. Considérese el precio del pan de ayer. Nadie legisló cuánto se encontraba usted dispuesto a pagar el pan ayer. Ese precio resultó de factores imprevisibles tales como cuán altamente usted apreciaba al pan veinticuatro horas atrás. La institución social del precio, por lo tanto, ha sido establecida espontáneamente. La misma era también auto-correctiva; es decir, el precio espontánea y rápidamente fluctuó para reflejar los factores cambiantes, tales como la disponibilidad de pan. Y porque tales cambios eran imprevisibles, sólo una respuesta espontánea—no una pre planificada—podía responder adecuadamente.
Ningún escritor contemporáneo ha explorado la idea de las instituciones sociales espontáneas y autocorrectivas en mayor profundidad que Hayek. En su ensayo “Principios de una Orden Social Liberal,” Hayek abordó una objeción que él encontraba a menudo. Escribió: “Mucha de la oposición a un sistema de libertad bajo leyes generales surge de la inhabilidad para concebir una coordinación efectiva de las actividades humanas sin la organización deliberada por parte de una inteligencia comandante” (Studies in Philosophy, Politics and Society, 1960).
Para los holistas sociales, el “orden” y la “eficiencia” eran conceptos que parecían estar ligados juntos. Mises y Hayek acordaban, pero utilizaban una definición diferente de “orden.” Para los holistas sociales, la palabra parecía conjurar visiones cuasi-militares de una sociedad marchando hombro a hombro hacia una meta común. La misma se encontraba incorporada en planes quinquenales que reducían el funcionamiento de la sociedad a ecuaciones matemáticas. Por el contrario, el orden al que adherían Mises y Hayek era uno espontáneo en el cual los individuos perseguían sus propios y diversos intereses sin la coordinación de una autoridad central.
¿A qué se parece dicho orden? Un ejemplo clásico es el Mercado de Valores de Nueva York, el cual fue creado como un lugar en el cual las acciones podían ser compradas y vendidas de lunes a viernes a partir de las 9 de la mañana y hasta las 4 de la tarde. Ninguna autoridad predominante establecía los precios, límites de volumen, etc. Estos eran establecidos por los bolsillos de los individuos que perseguían sus propias preferencias de una manera que se asemejaba al caos. Vociferando en el piso, que se encontraba dispuesto a comprar la acción ABC al precio X, un comerciante intentaba perseguir nada más que las preferencias de su cliente. Pero una consecuencia involuntaria de su acción era el establecimiento de un precio general para la acción ABC.
El orden espontáneo puede asemejarse al caos. En palabras de Hayek, es la clase de orden “cuya justificación en el instante particular puede no ser reconocible, y el cual. . . aparecerá a menudo ininteligible e irracional.” (“Individualismo Verdadero y Falso” en Individualism and Economic Order, 1948) Irónicamente, esta semejanza al caos puede indicar un aspecto de por qué el orden espontáneo es eficiente. Después de todo, las circunstancias cambiantes a las cuales esta clase de orden responde no poseen algún orden lógico o predecible. Así como el piso de la negociación de un mercado de valores no puede funcionar según las reglas de etiqueta de la Srta. Manners, también una sociedad dinámica requiere de instituciones con fluidez.
De hecho, la principal ventaja de un sistema de toma de decisiones descentralizado puede bien ser su capacidad para ajustarse constante y rápidamente a las circunstancias cambiantes. Allí donde la ingeniería social exige un futuro estable y un conocimiento divino del presente, el orden espontáneo reconoce e incorpora la inevitabilidad del cambio y la insuficiencia del conocimiento humano.
Un individuo conoce tanto como es posible conocer sobre sus propias preferencias y actos futuros. Cuanto más lejos usted se mueve del individuo, menos confiables se torna la información—y menos perfectas las consecuencias de la toma de decisiones.

Divergiendo desde un Punto Común

Hay un sentido en el cual tanto Hayek como Mises basaron sus argumentos para la libertad individual sobre la ignorancia humana. En La Constitución de la Libertad (1960), Hayek reconoce que la necesidad de libertad “descansa principalmente en el reconocimiento de la inevitable ignorancia de todos nosotros en lo referente a muchos de los factores sobre los cuales dependen el logro de nuestros fines y el bienestar.” Irónicamente, los constructivistas emplean en gran medida el mismo argumento para su posición: los seres humanos no son naturalmente perfectos, por lo tanto la sociedad debe ser dirigida y diseñada. Desde un punto de acuerdo común—es decir, la insuficiencia del conocimiento humano—las dos partes alcanzan conclusiones diametricalmente opuestas.

Wendy McElroyThe Freeman
Traducido por Gabriel Gasave