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octubre 16, 2007

La Argentina del boicot y la mentira

Un artículo de Gabriela Pousá enviado por Eneas Biglione de Hacer a mi cuenta de correo electrónico.



por Gabriela Pousa *


Semana previsible la que comienza aunque en el escenario político nacional nada pueda preverse con demasiada exactitud y los imponderables sean ya una característica intrínseca de la política argentina. Posiblemente, lo que sea predecible es la conducta de la dirigencia y, en consecuencia, hasta las sorpresas dejan de asombrar como las elecciones dejan de convocar. A nadie le interesa demasiado que, en menos de 14 días, haya que votar en la Argentina.
Ni siquiera se debate a pocos días de los comicios quién y cómo va a gobernar, el tema del momento es la baja de precios. El bolsillo siempre fue el órgano más sensible del pueblo. La política económica se resume en el boicot y las presiones, primero impuestos por la Secretaria de Comercio y ahora también por la sociedad adiestrada para ello. El tomate fue víctima, la papa ya tiene su versión oficialista y la calabaza puede serlo en los próximos días. El Gobierno se confunde con el Estado y es éste el que dictamina qué debe hacer y consumir la ciudadanía: meses atrás, a los argentinos se les pedía no consumir carne para que el precio baje, la campaña en pro de las ensaladas ganaron el discurso oficialista. El boicot fue entonces contra los productores que no enviaban vacas al mercado: la simplificación más absoluta del problema agropecuario en la Argentina. El país llegó a consumir las vacas del Ejército. Hoy, la situación es distinta. La taba se dio vuelta y las verduras son las que cotizan. Las variables económicas pasan, pues, por el mercado de Liniers y las verdulerías, de nada sirve que haya o no un Ministerio de Economía.
De los subsidios que se esconden detrás de estas supuestas “rebajas” que coronan el estilo “populista” nadie habla. Entre este tipo de coyunturas tan efímeras como nulas se mueve la Argentina. Todo aparece solucionado sin que haya solución alguna. Lo mismo sucede con las encuestas: ofrecen ya resuelta la contienda política. El resultado electoral está dado antes aún de que se abran las urnas. La sociedad presencia absorta y hasta agradecida que la elección le sea develada antes de que ella se expida. El Estado benefactor ofrece todo en bandeja, Cristina Fernández es el plato de la fecha. De ese modo no hay responsabilidad en lo que vendrá, aunque si bien se mira tampoco hay libertad para que se decida. ¿Hay interés en decidir, en pensar, en madurar? El voto en blanco, el voto nulo y la concurrencia al cuarto oscuro el próximo domingo 28 darán la respuesta correcta a esa pregunta. A la apatía social se suma la desidia de la dirigencia y la confusión de ideas.
Si la oposición no “enamora” es porque es demasiado peronista, porque es en extremo radical o porque está infectada del gen nacionalista… Nada científico avala una u otra “crítica”. Con el silencio, huyendo al debate abierto y sin argumentos se defenestra directamente al adversario. La estrategia, guste o no, parece estar dando el resultado esperado por el Gobierno. Cristina gana en primera vuelta, esa es la consigna. Los medios se hacen eco. Apenas un par de encuestadores se atreven a otro vaticinio. Y es que los indecisos parecen ser la mayoría. Borges tenía razón: “la democracia es un abuso de la estadística”. Octavio Paz lo decía a su manera: “la democracia es el régimen de las opiniones relativas”. Y relativizados viven los argentinos esta nueva epopeya electoralista. Haber conseguido extender el sistema de votación en un lapso de tiempo determinado (24 años) es el triunfo, qué se elige luego es algo que no cuenta para evaluar si funciona o no la democracia o una forma eufemística usurpó el lugar de ésta. Lo que queda claro es que no es la democracia de Alexis de Toqueville la que se vive en la Argentina.
La etapa proselitista pone de manifiesto cómo se manipula a la gente, y como se miente alevosamente. Amén de manejarse las encuestas para dejar sin chance a la oposición y, consecuentemente, sin posibilidad de opción a la ciudadanía se habla y se promete impunemente. Esta semana se podrán escuchar anuncios de todo tipo, desde baja de tasas para créditos inexistentes hasta listas de productos que descienden un 7% en supermercados y almacenes. Si el pueblo después no accede al préstamo o no encuentra disponible el producto el problema es suyo, no del Gobierno. El Gobierno sólo se ocupa del anuncio.
Así se pasó la administración de Néstor Kirchner entre proclamas vacías como la de las inversiones chinas, las computadoras portátiles para las escuelas a menos de 100 dólares, la garrafa social, los créditos para inquilinos al costo de la vivienda, los cortes vacunos populares, la papa kirchnerista, los índices de inflación adulterados, la inauguración de escuelas, la construcción de viviendas… De la misma manera se declama ya el triunfo de la senadora y candidata oficialista. Con la foto y el atril, Kirchner gobernó durante más de 4 años la Argentina. Ni siquiera se sabe si la continuidad que impone Cristina tendrá Salón Blanco o solamente álbum fotográfico en otras geografías como lo tiene su campaña proselitista.
Ahora bien, hay un dato a tener en cuenta: la dirigencia empresaria participó de la mentira con complicidad excesiva, acudió a las reuniones, prestaron el físico para las conferencias de prensa “monologadas” desde Balcarce 50, y se fueron de allí sin saber siquiera para qué se los citaba ni firmar ningún acta por más que se anunciaran luego grandes “acuerdos”. El doble discurso no es sólo propiedad del Gobierno. Hay un vasto sector de la dirigencia que le tomó el tiempo al Primer Mandatario y le sigue el juego. Responde como este desea. Le hace la venia en la Casa Rosada y le da la espalda una vez fuera de esta. Es la misma que aplaude a la candidata en sus actos en hoteles cinco estrellas y se rasgan las vestiduras luego aduciendo que no los representa.
La política de Estado es el boicot, éste se hace eco de arriba hacia abajo en las jerarquías. De allí que hordas de piqueteros hayan bloqueado acceso a entidades financieras la última semana acusándolas de manejar los bonos en detrimento del Gobierno. Quienes efectuaban esos reclamos jamás vieron un bono en su vida, ni siquiera tienen cuentas bancarias ni saben que quiere decir la sigla “CER” ni les preocupa si el dólar sube o baja. Habrá que ver si algún día el boicot que promueve la dirigencia llega a la ciudadanía y esta boicotea no sólo el tomate sino el sistema electoral que impide que sea la mayoría la que defina quién gobierna a la Argentina. Néstor Kirchner asumió con un magro porcentaje de votos, se espera que lo mismo suceda con su esposa. El distrito de la Matanza es clave en un país que, amén del Gran Buenos Aires, posee otras 23 provincias…
Paradójicamente o no, en ese distrito donde se concentra la mayor parte del padrón electoral no hay listas colectoras ni boletas que confundan quien apoya a Cristina. Paradójicamente o no, en la Matanza el nivel de desempleo del total del país se duplica. Paradójicamente o no, en la Matanza se concentra la mayor parte de los planes Jefes y Jefas de Hogar. Paradójicamente o no, de su intendencia salió Alberto Balestrini, el candidato a vicegobernador de Daniel Scioli en la provincia. Paradójicamente o no, allí cerrará su campaña – después de huir de la gente o saludarla tras las rejas – la Primera Dama la próxima semana. No es de asombrar que lo haga ratificando la continuidad: es decir con anuncios y fotografías…


“El pasado es el prólogo” decía Harry Truman. * Gabriela Pousa es analista Política. Lic. en Comunicación Social (Universidad del Salvador) Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE).

Fuente: Informe Politico Semanal de Gabriela Pousa






julio 22, 2007

Cómo votan los argentinos

Gabriela Pousá describe el 21 de julio en Economía para Todos cómo votan los argentinos. Describe cómo la economía influye decisivamente en los resultados electorales, mientras otros hechos como: corrupción, respeto a las instituciones no tienen importancia. Enumera como los hechos de corrupción en el gobierno quedan sin esclarecer, donde el sistema judicial está totalmente corrompido y influído por el poder ejecutivo y también donde el congreso ha perdido su papel de investigar e indagar a los funcionarios.


La costumbre nacional de votar pensando en el bolsillo es responsable de nuestra decadencia institucional, económica, política y social. Sólo un cambio de mentalidad permitirá construir un horizonte distinto para las próximas generaciones.
Mucha confusión y pocas ganas de clarificar hay en el escenario político actual. Todo pedido de aclaración a un funcionario es siempre un proceso indefinido donde, al final, termina oscureciéndose aún más lo que se suponía se pretendía aclarar. La bolsa de dinero de la ministra de Economía, Felisa Miceli, hallada en el baño de su despacho; los 306 nombramientos en la Secretaría de Medio Ambiente; los sobreprecios en la obra pública; la manipulación de datos del INDEC, entre otros ejemplos, no admiten explicación racional. Desde luego que muchas cosas en política no resisten la racionalidad. El kirchnerismo, aunque no se comprenda qué ha de modificarse más allá del sexo del candidato, hoy puede agitar las banderas de “profundización del cambio” para vender a la primera dama como aspirante a la presidencia, pero no puede hablar más de nueva política ni mostrar las manos limpias como hacía tiempo atrás. No se trata de levantar el dedo acusador a diestra y siniestra, si bien las percepciones sociales en este aspecto difícilmente se equivoquen y la sociedad, no obstante no sea su deseo, se está dando cuenta de que la transparencia no es tal. De allí a que ese dato gravite a la hora de definir a quién votar es un tema que merece un análisis adicional. ¿Qué vota la gente en la Argentina? Las últimas elecciones demostraron que se ha votado bajo efectos del hartazgo alguna suerte de cambio, algo distinto más allá de los rotulados. Un pueblo bastante ajeno a las ideologías y más entusiasta de que no se metan en su vida votó al margen de partidos y fuerzas políticas. Es posible que no haya pesado definitivamente todavía la distorsión entre la inflación oficial y la inflación real, y que el bolsillo se haya mantenido medianamente al margen de los últimos comicios. Muchos de los que se opusieron a Carlos Rovira en Misiones necesitaban el crédito que éste otorgaba con fines proselitistas. No se negaban a la repartija, pero en el cuarto oscuro primó una noción de extorsión política que imprimió el cambio en la provincia. Aunque no esté claramente definido qué, algo cansó a la ciudadanía. Con todo, también es cierto que la sociedad argentina tiene conductas en extremo efímeras y que tres meses y medio son una eternidad para que todo se dé vuelta o quede como está porque los gremios consigan un 10% más de aumento. Suele decirse, y con pruebas al cántaro, que la gente vota con el bolsillo. No habría mayor objeción a ello si el resto de las variables funcionaran medianamente bien. Es decir, si no estuviéramos ante una crisis institucional mucho más grave que la económica, si bien una deviene de la otra. Si la institucionalidad no estuviera jaqueada, habría claridad conceptual y se comprendería, por ejemplo, que el colapso energético es causa de una dirigencia apática que desdeñó el orden normativo necesario para garantizar la inversión en el sector de manera que oferta y demanda se equilibraran de acuerdo a las leyes del mercado y no al capricho de la Secretaría de Energía o la Secretaría de Comercio. Hay un problema mayor al del índice de inflación oficial y real, porque en definitiva los argentinos no miden el aumento de los precios por el número que le tiran en los medios. Cualquiera sabe si los productos aumentan o no y qué es aquello que en las góndolas brilla por su ausencia, incluso cuando nadie habla de desabastecimiento. Un supermercado chileno posee una variedad de productos un 75% mayor al que detenta uno argentino. Tanto en la oferta política como en la comercial, la Argentina tiene una democracia limitada. Las opciones son cada vez menos y van disminuyendo en todos los órdenes. Hoy, un dato alarmante es el desinterés de los ciudadanos por lo que pasa más allá de su capacidad de consumo. No se puede seguir votando por la coyuntura. Actualmente, las razones por las cuales la gente reacciona y modifica su voto están dadas, por ejemplo, por las restricciones en el suministro de GNC, los cortes de luz, los trenes que no funcionan en tiempo y forma, los piquetes que impiden llegar en hora o los precios que suben indiscriminadamente. Todo lo que altera la calidad de vida y la microeconomía en forma directa y precisa en el día a día define el voto de la ciudadanía. No hay objeción a que suceda de esa manera. Sin embargo, las causas de todo aquello siguen siendo ajenas al pueblo. Es decir, los casos de corrupción severos y las fallas institucionales de envergadura se perpetúan sin que la reacción llegue al hombre medio. Existe apenas un microclima preocupado por lo que hay más allá de lo cotidiano, que entiende que ese “más allá” determinará la calidad de lo que habrá en breve “más acá”. Que los casos Greco o Skanska no sean gravitantes para la mayoría puede entenderse si aceptamos que el ciudadano común tiene demasiado en su mente como para ocuparse de los gasoductos y los negociados. A pesar de ello, no se trata de involucrarse en los temas ni de convertirse en expertos, sino de tomar conciencia de lo que implican los casos de corrupción que azotan al Gobierno. Cuando algo se pudre adentro, antes o después, acarrea consecuencias afuera. La metástasis llega. Si no interesan la bolsa de dinero de la ministra de Hacienda, o los nombramientos en la Secretaría de Medio Ambiente ni los sobreprecios de las obras públicas, debería al menos interesar cómo se quita lo esencial de un pueblo: su identidad, sus tradiciones, su historia. ¿Está bien votar por un Gobierno que permite, quizás, tener un peso más en el bolsillo, pero convierte a los actos patrios en actos políticos? ¿Es lógico apoyar a un Ejecutivo que distorsiona la historia para reabrir heridas y dividir al pueblo? A su vez, hay que entender que la crisis institucional es la madre de la crisis económica. ¿O acaso qué está sucediendo con los precios? La ausencia de seguridad jurídica y de reglas claras provoca un desinterés en la inversión que termina dejando escasa la oferta y vacías las góndolas. Con la demanda intacta, los precios aumentan. Un burdo ejemplo para demostrar que la corrupción debería despertar mayor interés que el que aparentemente despierta. Aquello de “roban, pero hacen” no sirvió nunca. Tampoco fue efectiva la vista gorda que ha hecho muchas veces la ciudadanía de la negligencia de la dirigencia política porque podía veranear 15 días. Si a la hora de votar sólo se mira la billetera y la coyuntura, la Argentina seguirá siendo el barco de la zozobra, a la deriva. Puede que haya forma de costear unas vacaciones de invierno, aunque difícilmente habrá luego forma de garantizar un futuro digno para nuestros hijos o nuestros nietos.






URL Origen: www.economíaparatodos.com.ar

julio 06, 2007

Sociedad y dirigencia: saldando cuentas.


Por Gabriela Pousá

Mientras la victoria engendra hijos pródigos de toda clase, los derrotados comienzan a buscar culpables y a recibir los pases de facturas de aquellos a los que traicionaron.



Tras las derrotas electorales sufridas por el oficialismo el domingo 24 de junio en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en Tierra del Fuego, se inició una suerte de debate acerca del tenor del cambio que experimenta la Argentina. Dos traspiés para el Gobierno en un mismo día desataron una especie de exitismo entre quienes desde hace rato no comulgan con el modus operandi que caracteriza al Ejecutivo. La oposición, aún desarticulada y sin rumbo fijo, salió de la madriguera buscando su tutor. Esta claro que, en la victoria, la política encuentra hijos pródigos de todo tipo, tamaño y color. Los argentinos que supieron advertir la falta de gestión y el afán hegemónico del Gobierno posiblemente estén lejos de conformar una “derecha”, como suelen decir algunos funcionarios y periodistas. Hay una necesidad de cambio que no busca siquiera unificarse ideológicamente. De allí que, del mismo modo en que se celebró el triunfo del PRO en Buenos Aires, se festejó el triunfo del ARI en el sur. La misma gente se alegró con dos alternativas distintas que vencieron la preeminencia de un pensamiento único impuesto desde Balcarce 50. Analizar si los porteños son de derecha y los sureños de izquierda no tiene demasiado asidero. La argentina es una sociedad volátil, más acostumbrada a los divorcios políticos que a la promesa de amor eterno con la dirigencia. Y, en definitiva, lo que se ha votado en los últimos comicios, más allá de las ideas y propuestas, ha sido un cambio. Sin eufemismos. Pero, quizás, más interesante todavía es observar que, simultáneamente con este debate, se entabló una polémica peculiar dentro mismo de los despachos contiguos al del presidente. Si la ciudadanía comienza a darse vuelta es necesario que caiga alguna cabeza, sostienen algunos ministros enfrascados en derribar al Jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Otros prefieren seguir con la obsecuencia e imitar la conducta del Jefe de Estado, para quien no existen los fracasos, sino analistas políticos con esquizofrenia empeñados en que pierda. Lo cierto es que las cabezas no van a rodar puesto que eso significaría asumir la derrota y está claro que no es ésa la intención presidencial. Hoy, la obsesión del primer mandatario es “secar” la noticia, es decir, que no sigan gravitando ambos fracasos en las portadas de los diarios, máxime cuando se está atravesando otra derrota previa: la crisis energética. Para ese fin se coquetea con la fórmula presidencial y los noticieros insisten con el abogado atrincherado en Barrio Parque o con la autopsia de Nora Dalmasso. Lo cierto es que dos actitudes distintas vuelven a separar y distanciar a la gente de la política. Por un lado, la creencia de que la taba se dio vuelta y que, finalmente, los argentinos maduramos. Por otro, la ceguera comulgando en forma directa con la soberbia que viene caracterizando desde hace 4 años al mentado “estilo K”. Posiblemente nada se haya alterado demasiado y la inmediatez de los hechos nos esté conduciendo a una creencia más afín al deseo de madurez para un pueblo harto golpeado que a una transformación no perecedera. Si se cae en el exitismo exacerbado, lo logrado hasta la fecha puede desvanecerse antes de lo pensado. No hay que olvidarse de que los argentinos aplauden con igual énfasis lo negro y lo blanco. Enarbolan héroes impensados y los destrozan, luego, en décimas de segundo. Vibran con la selección de fútbol cuando va ganando y la lapidan con críticas cuando llega el fracaso. Los próceres terminan siendo personajes de novelas vendidas como ensayos donde se saca a relucir sus miserias más que sus hidalguías. Y así hasta el más amado se convierte de la noche a la mañana en el más odiado. El argentino es un pueblo complicado. Oscila entre opuestos sin atender los medios. Derechas e izquierdas, inexistentes prácticamente en forma pura, son vapuleadas por el bando contrario sin que nadie defina con gran exactitud semejanzas y diferencias de pareceres, que no son tantas hoy en día. Sin ir más lejos, Néstor Kirchner fue derrotado para ambas el domingo 24. Lo que cuenta, ahora, es encontrar alternativas superadoras para algo que ya está acabado. El autoritarismo que el Gobierno, paradójicamente, acusa en pro de sus “derechos humanos” es el que viene utilizando para avanzar en un escenario que le fue afable desde el vamos. Desde los precios internacionales hasta la falta de una oposición férrea y estructurada le allanaron el paso. Néstor Kirchner tuvo todo en sus manos para construir poder. Sin embargo, está visto que en cuatro años no supo armar una fuerza política compacta. La transversalidad cayó en saco roto y el Frente para la Victoria va de derrota en derrota. El Gobierno, supuestamente invencible por la caja, flaquea sin poder dar respuestas a lo que pasa. El anuncio de la fórmula presidencial con miras a octubre será tan sólo un artilugio para sacar a Mauricio Macri y a la crisis energética del ámbito mediático. Kirchner dejó de nombrar al electo jefe de Gobierno porteño los últimos días de la campaña, ahora quiere que sean los medios quienes dejen de mencionarlo. Demasiada tapas de diarios y peligrosas consecuencias. El Gobierno entró en la etapa de declive. La alfombra no tapa más la mancha. Pueden “arreglarse” las causas judiciales y que todo se estanque. Lo que no puede evitarse es que la gente se dé cuenta de que el gas no le llega, la luz se apaga y que, por ende, no es el pueblo lo que interesa en Balcarce 50. En el fracaso, la política oficial se queda sola. El ex gobernador santacruceño Sergio Acevedo habla. Habla también Eduardo Arnold. Los “arrepentidos” del kirchnerismo están subiéndose al escenario. Saben demasiado. Se fueron traicionados. Y en política, las traiciones, antes o después, se pagan caras. Pagó Carlos Menem, pagó Eduardo Duhalde, es grande la deuda que tiene Néstor Kirchner ahora. La gente, mientras tanto, parece estar saldando su última cuota. © www.economiaparatodos.com.ar