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julio 21, 2009

El Comunismo según Ayn Rand



Por Gorka Etxebarría
(Artículo integramente extraído de La Ilustración Liberal

Hace setenta años, una completa desconocida publicó una novela sobre la Rusia soviética que llevaba por título Los que vivimos. En un primer momento pasó sin pena ni gloria por los anaqueles de las librerías de EEUU, país al que su autora había emigrado para escapar del infierno soviético; pero después las cosas cambiaron, y mucho: Ayn Rand acabaría siendo uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, y Los que vivimos alcanzaría cifras de venta prodigiosas (se han vendido no menos de dos millones de ejemplares).

Hoy, tantos años después de la caída del Muro de Berlín, y cuando el comunismo sólo sojuzga Corea del Norte y Cuba (y, nominalmente, China), quizá pudiera parecer que la primera novela de Rand carece de relevancia, pero entender lo que supuso el socialismo ayuda a comprender hasta qué punto es perversa esta ideología; no sólo en la práctica, también, y sobre todo, en la teoría.

La joven Kira, protagonista de Los que vivimos, es hija de unos comerciantes a los que el comunismo ha despojado de sus bienes. Poco a poco, y movida por la necesidad, su familia se transforma: las cartillas de racionamiento, la escasez, la penuria, obligan a sus miembros a hacer lo imposible por sobrevivir en un mundo donde la tristeza y la desesperación se propagan como un incendio en un bosque seco. En el prólogo, Rand escribe que escuchó por primera vez el principio comunista de que "el hombre debe vivir para el Estado" cuando contaba doce años, y que comprendió que ahí residía el mal. "Este principio era malo y (...) no podía conducir a nada que no fuera malo".

Ahora como entonces, mucha gente se pregunta por qué hay quienes otorgan a otros el derecho a disponer de sus vidas.

Pero volvamos a la novela. Kira se enamora de un anticomunista ferviente. Ahora bien, la historia de amor se irá complicando, a medida que su pareja, Leo, se muestre incapaz de luchar contra el sistema con el mismo arrojo que ella. Por si esto fuera poco, Kira experimentará una poderosa atracción por un comunista llamado Andrei y sobrado de coraje. A resultas de su amor por Kira, Andrei descubrirá la alegría de vivir y las incoherencias del sistema por el que tanto ha luchado, lo que le llevará a tomar un camino sin retorno.

El desenlace de la novela está dotado de un dramatismo tal, que cuando se llevó al cine, en 1942, cosechó un gran éxito en Italia, con Alida Valli en el papel de Kira y Rossano Brazzi en el de Leo. No obstante, estuvo poco tiempo en cartelera; y es que Mussolini advirtió que, aunque la cinta era anticomunista, su lacerante crítica podía aplicarse a cualquier régimen dictatorial. Ahora bien, a los italianos les dio tiempo a dar la vuelta al título y hablar, paródicamente, de "los que morimos" (noi morti).

"Los que vivimos no es una novela sobre la Rusia soviética, sino sobre el Hombre contra el Estado", proclamó Rand. Y añadió: "Es una historia que trata de la Dictadura, de cualquier dictadura, en cualquier lugar, en cualquier época, sea en la Rusia soviética o en la Alemania nazi".

La principal crítica de Rand a los comunistas era ésta: "Han venido a negar la vida a los que vivimos. Nos han encerrado a todos en una jaula de hierro y después han sellado las puertas". En este sentido, uno de los protagonistas de Los que vivimos afirmará, tras descubrir que el comunismo atenta contra el fin propio del ser humano, vivir para uno mismo: "Quienes no viven así no pueden decir que viven. Contra esto nada se puede hacer. No se puede cambiar, porque el hombre nació así: solo, completo, como un fin en sí mismo. No hay ninguna ley, ningún libro (...) ninguna decisión del Partido que pueda matar en un hombre aquello que es capaz de decir yo".

Si le gustaron Rebelión en la granja y 1984, Los que vivimos no le defraudará. Es una obra apasionante, intensa, que encumbró a Rand como autora de poderosas ideas, que supo plasmar en cada página y en cada título que escribió. Así pues, no lo dude: hágase con esta novela, un canto a la grandeza del individualismo y una acerada denuncia de todas las ideologías que quieren someter al hombre mediante la erradicación de su esencia.

Ayn Rand, Los que vivimos, Grito Sagrado, Buenos Aires, 2007, 438 páginas.

septiembre 09, 2008

No a la guerra...contra el clima


Por Gorka Etxebarría

La lucha contra la pobreza ha pasado a un segundo plano porque el problema más acuciante para la Humanidad es, según gente como Tony Blair o José Luis Rodríguez Zapatero, el calentamiento global. El clima se está convirtiendo en un infierno que ni Dante hubiera imaginado a causa de la acción humana, nos dicen; y añaden: para corregir el rumbo, lo que hay que hacer es reducir las emisiones de CO2. Hablan menos, mucho menos, del coste de todo ello; y de la viabilidad y eficacia de sus propuestas...

Bjorn Lomborg no se propone en estas páginas poner en tela de juicio la tesis del calentamiento global antropogénico, pues la suscribe, sino sentar las bases de un debate serio sobre los efectos del mismo y sobre lo mucho que podría hacerse si no estuvieran tan extendidas las ideas de los ecologistas radicales.

Para Lomborg, empeñarse en gastar 180.000 millones de dólares al año –cerca del 0'5% del PIB mundial– en esta batalla es un despilfarro. Con esa fabulosa suma –añade– podría mejorarse sustancialmente la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo. Pero es que, además, sostiene que el calentamiento no es tan perjudicial como se dice, y que puede incluso resultar beneficioso. En este punto, recuerda que el frío se cobra muchísimas más vidas que el calor, y que un incremento de las temperaturas podría salvar la vida, cada año, a más de dos millones de personas en Europa, EEUU, China y la India. Con Kioto, en cambo, podríamos salvar, cada año, a unas 4.000 personas residentes en ciertos países en desarrollo... y sacrificar a otras 80.000, así como una cantidad astronómica de dinero.

Lomborg aboga por no obsesionarse con el termómetro y prestar más atención a males verdaderamente acuciantes, como el sida, la desnutrición, la malaria, la falta de acceso de millones y millones de personas al agua potable o las trabas al comercio internacional, que impiden a los países pobres dejar de serlo. Olvidarse de los problemas fundamentales de, por ejemplo, el África Negra para no perder detalle de las emisiones de CO2 es peor que confundir a los gigantes con molinos de viento, porque quienes pagan los consecuencias son, precisamente, los habitantes de las zonas más deprimidas del planeta.

Un ecologista como Al Gore podría argüir que los problemas que menciona Lomborg son, efectivamente, de primera categoría, pero que el del calentamiento del planeta es, con todo, prioritario porque las inundaciones que desencadenará el aumento de las temperaturas matarán a más gente que el hambre. Ahora bien, Lomborg refuta este tipo de argumentos apocalípticos con gran facilidad. Para empezar, apunta que la idea de que el incremento del nivel del mar provocaría el deshielo de los polos es falaz, porque el hielo, al derretirse, no hace sino desplazar su propia masa. La labor de desmontaje de Lomborg afecta también a los mantras ecologistas sobre la extinción de los osos polares y los pingüinos y el derretimiento del Kilimanjaro.

En frío es, probablemente, el libro sobre ecología más importante de los últimos años. Nuestros políticos deberían tenerlo en la mesilla y repasarlo todas las noches: así no se dejarían embaucar tan fácilmente por los telepredicadores ecoalarmistas, esos brujos modernos que no hacen sino atemorizarnos y que serían capaces de llevarnos a la más terrible de las miserias con tal de dominarnos.

Bjorn Lomborg, En frío, Espasa, Madrid, 2008, 284 páginas.