
Por Gorka Etxebarría
(Artículo integramente extraído de La Ilustración Liberal
Hace setenta años, una completa desconocida publicó una novela sobre la Rusia soviética que llevaba por título Los que vivimos. En un primer momento pasó sin pena ni gloria por los anaqueles de las librerías de EEUU, país al que su autora había emigrado para escapar del infierno soviético; pero después las cosas cambiaron, y mucho: Ayn Rand acabaría siendo uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, y Los que vivimos alcanzaría cifras de venta prodigiosas (se han vendido no menos de dos millones de ejemplares).
Hoy, tantos años después de la caída del Muro de Berlín, y cuando el comunismo sólo sojuzga Corea del Norte y Cuba (y, nominalmente, China), quizá pudiera parecer que la primera novela de Rand carece de relevancia, pero entender lo que supuso el socialismo ayuda a comprender hasta qué punto es perversa esta ideología; no sólo en la práctica, también, y sobre todo, en la teoría.
La joven Kira, protagonista de Los que vivimos, es hija de unos comerciantes a los que el comunismo ha despojado de sus bienes. Poco a poco, y movida por la necesidad, su familia se transforma: las cartillas de racionamiento, la escasez, la penuria, obligan a sus miembros a hacer lo imposible por sobrevivir en un mundo donde la tristeza y la desesperación se propagan como un incendio en un bosque seco. En el prólogo, Rand escribe que escuchó por primera vez el principio comunista de que "el hombre debe vivir para el Estado" cuando contaba doce años, y que comprendió que ahí residía el mal. "Este principio era malo y (...) no podía conducir a nada que no fuera malo".
Ahora como entonces, mucha gente se pregunta por qué hay quienes otorgan a otros el derecho a disponer de sus vidas.
Pero volvamos a la novela. Kira se enamora de un anticomunista ferviente. Ahora bien, la historia de amor se irá complicando, a medida que su pareja, Leo, se muestre incapaz de luchar contra el sistema con el mismo arrojo que ella. Por si esto fuera poco, Kira experimentará una poderosa atracción por un comunista llamado Andrei y sobrado de coraje. A resultas de su amor por Kira, Andrei descubrirá la alegría de vivir y las incoherencias del sistema por el que tanto ha luchado, lo que le llevará a tomar un camino sin retorno.
El desenlace de la novela está dotado de un dramatismo tal, que cuando se llevó al cine, en 1942, cosechó un gran éxito en Italia, con Alida Valli en el papel de Kira y Rossano Brazzi en el de Leo. No obstante, estuvo poco tiempo en cartelera; y es que Mussolini advirtió que, aunque la cinta era anticomunista, su lacerante crítica podía aplicarse a cualquier régimen dictatorial. Ahora bien, a los italianos les dio tiempo a dar la vuelta al título y hablar, paródicamente, de "los que morimos" (noi morti).
"Los que vivimos no es una novela sobre la Rusia soviética, sino sobre el Hombre contra el Estado", proclamó Rand. Y añadió: "Es una historia que trata de la Dictadura, de cualquier dictadura, en cualquier lugar, en cualquier época, sea en la Rusia soviética o en la Alemania nazi".
La principal crítica de Rand a los comunistas era ésta: "Han venido a negar la vida a los que vivimos. Nos han encerrado a todos en una jaula de hierro y después han sellado las puertas". En este sentido, uno de los protagonistas de Los que vivimos afirmará, tras descubrir que el comunismo atenta contra el fin propio del ser humano, vivir para uno mismo: "Quienes no viven así no pueden decir que viven. Contra esto nada se puede hacer. No se puede cambiar, porque el hombre nació así: solo, completo, como un fin en sí mismo. No hay ninguna ley, ningún libro (...) ninguna decisión del Partido que pueda matar en un hombre aquello que es capaz de decir yo".
Si le gustaron Rebelión en la granja y 1984, Los que vivimos no le defraudará. Es una obra apasionante, intensa, que encumbró a Rand como autora de poderosas ideas, que supo plasmar en cada página y en cada título que escribió. Así pues, no lo dude: hágase con esta novela, un canto a la grandeza del individualismo y una acerada denuncia de todas las ideologías que quieren someter al hombre mediante la erradicación de su esencia.
Ayn Rand, Los que vivimos, Grito Sagrado, Buenos Aires, 2007, 438 páginas.
julio 21, 2009
El Comunismo según Ayn Rand
septiembre 09, 2008
No a la guerra...contra el clima
La lucha contra la pobreza ha pasado a un segundo plano porque el problema más acuciante para la Humanidad es, según gente como Tony Blair o José Luis Rodríguez Zapatero, el calentamiento global. El clima se está convirtiendo en un infierno que ni Dante hubiera imaginado a causa de la acción humana, nos dicen; y añaden: para corregir el rumbo, lo que hay que hacer es reducir las emisiones de CO2. Hablan menos, mucho menos, del coste de todo ello; y de la viabilidad y eficacia de sus propuestas...
Bjorn Lomborg no se propone en estas páginas poner en tela de juicio la tesis del calentamiento global antropogénico, pues la suscribe, sino sentar las bases de un debate serio sobre los efectos del mismo y sobre lo mucho que podría hacerse si no estuvieran tan extendidas las ideas de los ecologistas radicales.
Para Lomborg, empeñarse en gastar 180.000 millones de dólares al año –cerca del 0'5% del PIB mundial– en esta batalla es un despilfarro. Con esa fabulosa suma –añade– podría mejorarse sustancialmente la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo. Pero es que, además, sostiene que el calentamiento no es tan perjudicial como se dice, y que puede incluso resultar beneficioso. En este punto, recuerda que el frío se cobra muchísimas más vidas que el calor, y que un incremento de las temperaturas podría salvar la vida, cada año, a más de dos millones de personas en Europa, EEUU, China y la India. Con Kioto, en cambo, podríamos salvar, cada año, a unas 4.000 personas residentes en ciertos países en desarrollo... y sacrificar a otras 80.000, así como una cantidad astronómica de dinero.
Lomborg aboga por no obsesionarse con el termómetro y prestar más atención a males verdaderamente acuciantes, como el sida, la desnutrición, la malaria, la falta de acceso de millones y millones de personas al agua potable o las trabas al comercio internacional, que impiden a los países pobres dejar de serlo. Olvidarse de los problemas fundamentales de, por ejemplo, el África Negra para no perder detalle de las emisiones de CO2 es peor que confundir a los gigantes con molinos de viento, porque quienes pagan los consecuencias son, precisamente, los habitantes de las zonas más deprimidas del planeta.
Un ecologista como Al Gore podría argüir que los problemas que menciona Lomborg son, efectivamente, de primera categoría, pero que el del calentamiento del planeta es, con todo, prioritario porque las inundaciones que desencadenará el aumento de las temperaturas matarán a más gente que el hambre. Ahora bien, Lomborg refuta este tipo de argumentos apocalípticos con gran facilidad. Para empezar, apunta que la idea de que el incremento del nivel del mar provocaría el deshielo de los polos es falaz, porque el hielo, al derretirse, no hace sino desplazar su propia masa. La labor de desmontaje de Lomborg afecta también a los mantras ecologistas sobre la extinción de los osos polares y los pingüinos y el derretimiento del Kilimanjaro.
En frío es, probablemente, el libro sobre ecología más importante de los últimos años. Nuestros políticos deberían tenerlo en la mesilla y repasarlo todas las noches: así no se dejarían embaucar tan fácilmente por los telepredicadores ecoalarmistas, esos brujos modernos que no hacen sino atemorizarnos y que serían capaces de llevarnos a la más terrible de las miserias con tal de dominarnos.
Bjorn Lomborg, En frío, Espasa, Madrid, 2008, 284 páginas.
noviembre 17, 2007
LLamazares, el amigo de Fidel Castro
Insólita imagen. Llamazares, el amigo de Castro, increpando a Aznar por su apoyo al golpismo en Venezuela. La respuesta de Aznar fue tajante: sólo recibió llamadas de Carmona y de los sicarios del sátrapa cubano para evitar la destrucción de sus embajadas. Si lo hubiera hecho, Aznar hubiera actuado como corresponde a un hombre decente: ayudando al fin de una tiranía.Llamazares, al igual que todos los hijos del comunismo, considera que todo régimen que pisotee los derechos humanos es digno si lo hace en nombre de la revolución. Para Llamazares y otros del mismo pelaje, Chávez es un gran estadista que gobierna legítimamente. Pero no se acuerdan del golpe que dio, ni de los francotiradores que empezaron a arrasar Venezuela hace algún tiempo.Derrocar a un tirano no sólo no es inmoral sino que es una de las cosas más dignas que puede hacer una persona: acabar con la opresión. Y perdónenme los socialistas, pero opresión implica la imposibilidad de disponer de nuestras vidas y propiedades para buscar la felicidad como se nos antoje. No significa ser "esclavos del capital" ni implica que el capitalismo conduzca a una lucha darwiniana por la supervivencia donde el menos capaz se muere de hambre. Más bien sucede lo contrario: el intervencionismo arrasa con los derechos individuales y la prosperidad.Si en vez de derrocar a Chávez sin violencia, se le hubiera asesinado, habría que evaluar el encaje del caso en el tiranicidio. Nuestro escolástico jesuita, Juan de Mariana, entendía que cualquier ciudadano puede matar al rey si éste impone impuestos sin el consenso de la gente, expropia la propiedad privada o previene las reuniones de los parlamentos democráticos. Chávez ha limitado la libertad de prensa, ha asesinado a ciudadanos que se manifestaban en paz y además ha tratado de modificar la constitución venezolana para hacer lo que le viniera en gana.Como estableció John Locke, "cuando la ley termina, comienza la tiranía". Y añade que "cualquiera que tenga autoridad y se exceda en los poderes que le han sido concedidos por la ley utilizando la fuerza para sobrepasar los términos de la ley, deja de ser un magistrado y al actuar sin autoridad, se expone a que se le opongan como sucedería en el caso de que un hombre que mediante la coacción vulnerara el derecho de otro". Por último, Locke señalaba que la injusticia puede ser respondida por la fuerza (de la ciudadanía se entiende) sin ser ésta última injusta ya que se opone al ejercicio ilegítimo de la coacción.Castro en "La historia me absolverá" defiende precisamente el uso de la violencia para desembarazarse de un tirano. Hitler llegó al poder a través de unas elecciones, pero sólo un canalla seguiría oponiéndose a un golpe de estado contra él, después de que aprobase las leyes raciales de Nüremberg. Pero de esto no se acuerdan nuestros amigos socialistas. A ellos hay que recordarles que los derechos son inalienables y que los individuos no pueden ser sacrificados por ninguna causa. A Chávez convendría retirarle de su cargo y enviarlo a la cárcel. Si se resiste y utiliza la fuerza para evitarlo, creo que ya hemos dicho lo que se puede hacer.
Autor: Gorka Extchevarría
Fuente: www.liberalismo.org
septiembre 16, 2007
EL MANIFIESTO CAPITALISTA
Probablemente, el motivo de tan mala prensa sea que sus defensores se hayan centrado exclusivamente en cuestiones técnicas, desde cómo funciona el capital y los precios hasta cómo la inflación o el déficit conducen, véase el caso de Argentina, al caos económico. Pero los individuos no "compran" un sistema así si creen que es inmoral.
Al final, el marxismo ha salido victorioso, a pesar del estrepitoso fracaso de las sangrientas dictaduras comunistas, ya que ha conseguido que el anticapitalismo en su versión moderna, la antiglobalización, cale entre los más jóvenes y los medios de comunicación la elogien como paradigma del humanitarismo actual.
Lo que los defensores del capitalismo necesitan es, más que otra cosa, una filosofía que defienda el derecho de cada ser humano a buscar su felicidad, a vivir como individuos que tienen en su propia vida el valor supremo. Por amor a su propia vida se educan, trabajan e intercambian su esfuerzo por el de otros, y piden a los demás que respeten su libertad y propiedad. Ese individualismo, que únicamente requiere al Estado que proteja a la sociedad contra la delincuencia, las violaciones y el robo, es el único ideario consistente con el capitalismo.
A esta gran empresa se ha dedicado durante años Andrew Bernstein. En su nuevo libro, The Capitalist Manifesto, consigue lo que se propone: explicar que el capitalismo es el sistema de la mente, el único que permite que el hombre se desarrolle y consiga sus metas; el único que, tras batir récords en incremento de renta per capita y sanidad, ha desterrado de por vida las hambrunas y la peste.
Frente a los socialismos marxista y fascista, el autor subraya que el libre mercado ha triunfado bajo todas las perspectivas imaginables. Mientras que en los países que adoptaron la hoz y el martillo, o aquellos que pusieron la nación por encima del individuo, el miedo, la escasez y la muerte encapotaron el corazón de los hombres, el capitalismo se convirtió en la salvación del ser humano.
Como señala Bernstein, el error de los sistemas alternativos al capitalismo es que en ellos "los hombres no pueden alcanzar valores", de ahí que no puedan vivir, pues "no tienen derecho a sus creaciones". Por eso, añade, "el concepto de los derechos individuales", basamento del capitalismo, "es la condición social necesaria de una revolución intelectual, al ser garante de la libertad y la seguridad física de los hombres de la mente frente a los bárbaros que ejercen la fuerza contra sus semejantes". "Las vidas humanas –añade– requieren un sistema social cuya esencia sea la inalienable protección de la habilidad para utilizar la mente sin restricciones".
Sólo bajo un sistema como el descrito se dispara la creatividad, el progreso y la libertad, porque estos logros surgen cuando se trata al hombre como un ser racional responsable de sus actos, al que nadie le indica cómo debe dirigir su existencia.
Si, a pesar de lo que estamos comentando, aún alberga alguien ciertas dudas sobre las bondades del capitalismo, Bernstein va despejándolas una a una. Quizá la más conocida sea la de que el capitalismo explota al trabajador. Con una impecable lógica, este filósofo explica por qué no cabe argumentar tal cosa, ya que entre hombres libres sólo se producen intercambios que benefician a ambas partes. Sólo la coacción forzaría a una de las partes a aceptar lo que la otra impone; es lo que sucede, por ejemplo, cuando un ladrón roba.
Además, como apunta el autor, tampoco es posible hablar de explotación, ya que el obrero trabaja hoy menos que ayer. La paradoja de que la gente tenga que trabajar menos y, a cambio, gane más dinero se explica porque el capitalismo ha aumentado la productividad de cada hora de trabajo. De este modo, la libertad económica ha permitido que los niños no tengan que trabajar para sobrevivir.
También ha conseguido que disfrutemos de mucho más ocio, y que vivamos más años. Como muestra, un botón: en 1740 la mortalidad en Inglaterra era del 35,8%; en cambio, en 1821, y gracias al capitalismo, el porcentaje se había reducido notablemente, hasta un 21,1%. Es evidente que tal mejora del nivel de vida se ha ido incrementando exponencialmente con el paso del tiempo, ¡hasta el punto de que más de un Gobierno se esté replanteando la edad de jubilación!
Cuando se lanzan ideas de este tipo, el rechazo está garantizado. Principalmente, porque se teme que sean sueños de visionarios a lo Tomás Moro. Sin embargo, el ideario que estamos exponiendo, aun pareciendo novedoso, no lo es tanto: bebe de la Ilustración, movimiento cuyo nombre adorna la cabecera de la revista de pensamiento de este diario, La Ilustración Liberal. Gracias a aquel movimiento, que rescató la idea de la razón y de la libertad individual, fue posible que germinara la ciencia, y que genios como Edison, Bell o Franklin hicieran avanzar la sociedad a la velocidad de la luz. De hecho, buena parte de las invenciones más importantes se produjeron a partir de que estallara la Revolución Industrial. No es casual que fueran estas ideas las que convencieron a los Padres Fundadores de los Estados Unidos de la importancia de los derechos humanos. Por eso, podemos decir que lo que predica The Capitalist Manifesto funciona.
Desgraciadamente, las ideas, como todo, no permanecen eternamente, máxime cuando se acepta que el hombre puede ser sacrificado en el altar del bien común, ya sea de forma light –como en la socialdemocracia– o abruptamente –como en el comunismo o el fascismo–. Cualquier cortocircuito en un procesador apaga una máquina. De igual modo, las intervenciones en la vida de las personas, cuando no sirvan para evitar delitos, son intromisiones ilegítimas en sus derechos, lo cual conduce a una situación en la que hay que pedir permiso para actuar y perdón al triunfar. La envidia carcome el sistema, y apelando al altruismo se extingue esa luz que surge en la mente de un hombre cuando crea.
Resulta duro decirlo, pero ésta es la situación en que vivimos. Si se hubiera inventado el avión ahora, seguro que nunca hubiera volado. Algún ecologista habría dicho que alguna especie animal peligraría si los artefactos surcaran el cielo, y ni ustedes ni yo podríamos viajar rápida y cómodamente.
Pero a muchos sigue sin importarles el bienestar humano, aunque se llenen la boca de palabras altisonantes que calman a las huestes serviles. En el fondo, prefieren las tinieblas, como en la Inquisición se optaba por quemar a los herejes para hacer sentir a los creyentes que el Cielo les estaba garantizado.
Para otros, en cambio, el capitalismo es la forma de vida más humana. Ni engaña a nadie con fútiles promesas ni encadena la mente al colectivo. Simplemente, deja a uno que elija como tenga a bien.
El libro de Bernstein trata de todo esto y de mucho más, con tanta razón y pasión por la libertad que conmueve en cada una de sus páginas. Después de leerlo, uno se siente más libre, aun cuando sepa que la libertad debe conquistarse cada día, como sucede con el amor.
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276231010
julio 01, 2007
Pobreza Cero
Entre las medidas de este proyecto contra la pobreza mundial se encuentran el incremento de los fondos de desarrollo hasta el archiconocido 0,7% del PIB, un impuesto a las transacciones financieras internacionales (Tasa Tobin), la condonación de la deuda del Tercer Mundo y el cese de las peticiones de reformas estructurales "que impiden a los países pobres ejercer el derecho a decidir sobre sus prioridades y políticas de desarrollo". Al parecer, estas propuestas buscan avanzar en el plan liderado por Naciones Unidas de reducir la pobreza mundial "por debajo del 15% para el 2015". Sin embargo, de acuerdo con Johan Norberg, esta meta ya se ha alcanzado, incluso superado. Según el autor de En defensa del capitalismo global, "la pobreza absoluta ha caído de un nivel del 44 por ciento en 1980 a un 13 por ciento en el 2000", y "800 millones de personas han salido de la miseria absoluta en 20 años". Entonces, si el programa ha sido alcanzado, ¿por qué resulta necesario presionar a los políticos y arrancarles medidas urgentes? Probablemente los datos reales no merezcan ser tenidos en cuenta porque la arrogancia eleva al progre sobre el mundo. Es tal su compromiso "social" (sic) que repudia la realidad en su totalidad. Nada está bien, luego todo tiene que cambiar hasta que lo existente sea una réplica exacta del ideal que adoran. Semejante prepotencia sólo puede conducir al más estrepitoso de los fracasos. Uno de los casos más conocidos es el del comercio internacional. Según la izquierda, la globalización es injusta porque no se rige por "unas reglas justas que [garanticen] un reparto justo y equitativo de sus beneficios". Evidentemente, lo único que consiguen al frenar el avance del libre mercado es empobrecer aún más a los más necesitados. Bajo un humanitarismo intachable y unas propuestas solidarias late la vieja doctrina marxista de la explotación: los ricos son ricos porque los pobres son pobres. Esta teoría permite explicar todo cuanto sucede en el mundo y, por supuesto, darles el poder en cuanto lo reclaman. Desde las guerras hasta las catástrofes naturales, cualquier hecho tiene una causa que, en último término, se llama capitalismo, carente de todo recurso para defenderse. De ahí que toda reducción del intervencionismo resulte, a su juicio, errónea, dado que relacionan incremento de pobreza con reducción del proteccionismo. Analizando este documento de la Alianza Española Contra la Pobreza podemos encontrar esta tesis cuando exigen "el fin inmediato de cualquier presión a los países empobrecidos dirigida a reducir sus aranceles de importación y de la desprotección de sus servicios frente a la inversión extranjera". En ambos casos consideran que la liberalización es causante de "un crecimiento notable de la pobreza". Sin embargo, a nadie se le escapa que, cuando se rompen las cadenas que atan a los seres humanos y se les deja libres, la creatividad se incrementa exponencialmente. Al mismo tiempo, como ha advertido Cristina Losada, los antiglobalización sostienen otra de las falacias más letales para el desarrollo, a saber, que "la pobreza se combate con ayudas a los gobiernos". Eso sí, son incapaces de apreciar que "la corrupción de los gobiernos africanos les cuesta a sus países la mitad del monto de su deuda externa". ¿Por qué se desenfocan las causas de la pobreza y se ignoran las vías para erradicarla? En este sentido, no se ha apreciado autocrítica por parte de los colectivos de ONG, quizás porque tienen que lanzar mensajes apocalípticos para seguir recabando fondos. Una periodista keniata coincidía con dicha opinión al afirmar: "Estas organizaciones nunca mostrarán a la gente que está trabajando duramente en África, esto no son buenas noticias. Sólo interesan las imágenes angustiosas para conseguir que se done dinero. Al mismo tiempo que exponen una imagen de sufrimiento, te dirán: 'Por dos dólares al día puedes salvar a esta persona durante este período de tiempo'". Probablemente esto explique su silencio ante las escandalosas sumas que atesoran en paraísos fiscales, entre otros, Sadam Hussein o Fidel Castro. En un interesante documental se han tomado la molestia de averiguar lo que piden los pobres, y han llegado a la conclusión de que los africanos sólo reclaman más libertad empresarial y menos trabas para trabajar o abrir sus propios negocios. ¿Será acaso porque no creen en que la demagogia les dé de comer? En lugar de la condonación de la deuda, lo que continentes como África precisan es que no se les dé más ayuda al desarrollo. No sólo es inmoral, ya que los estados gastan de forma irresponsable el dinero de los ciudadanos, además crea dependencia: el país receptor de fondos decide no cambiar las cosas para que todo siga igual y el dinero siga entrando. Atendamos a la keniata June Arunga: "La ayuda que ha recibido África durante demasiado tiempo representa más del 50% de su PIB. No ha habido una correlación positiva entre la ayuda externa y el desarrollo. La mayoría de los países que han recibido esta ayuda no han experimentado ningún tipo de crecimiento o incluso han padecido una reducción de su PIB". A pesar del falaz tercermundismo, los anticapitalistas de Pobreza Cero han recibido el apoyo de los intelectuales de salón. Luis García Montero ha pedido públicamente el apoyo para este proyecto, "porque es el único camino para que la humanidad apruebe sus asignaturas más importantes". Por su parte, Javier Marías ha comentado que es un "trabajo de locos" pero imprescindible. "Si nadie lo hace, el mundo será aún más loco". Dando cuenta de lo reseñado, la terca obstinación de la izquierda es tal que jamás reconocerá algo tan simple como que la defensa de la propiedad privada y de un orden legal que garantice la seguridad jurídica son los medios más eficaces para luchar contra la pobreza. En el fondo, cualquier país puede imitar a Taiwán o a Singapur y dejar la miseria a un lado. Lo único que se precisa es que los bienhechores voluntarios dejen de organizar conciertos y pedir más dinero para los tiranos e incompetentes gobernantes del Tercer Mundo. Máxime cuando, como dijo P. J. O'Rourke, "dar dinero y poder a un Gobierno es como dar las llaves del coche y una botella de whisky a unos adolescentes". Si semejante idea jamás se nos pasaría por la cabeza, ¿por qué seguir concediendo cheques en blanco a los estados del Tercer Mundo?



