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agosto 17, 2008

Benajmin R. Tucker y su obra

En este post y los dos subsiguientes se referirán a este pensador y escritor anarquista estadounidense del siglo XIX. Benjamín R. Tucker casi desconocido en estas tierras al sur de América, pero no tannto en los Estados Unidos de América, fue unos de los máximos representantes del movimiento anarquista libertario. Tucker fue influído principalmente por Proudhon, su maestro, al cual él reconoció como la persona que más ha influído en su pensamiento; pero también por Lysander Spooner, Josiah Warren, y más atrás por Thomas Jefferson y Thomas Paine.


NOTA DEL EDITOR DE SUS OBRAS
C.L.S., el editor y compilador de este libro, conoció personalmente a Benjamin R. Tucker en 1891, habiendo entrado a trabajar en aquella época en el departamento mecánico de Liberty, revista del Sr. Tucker para la exposición del anarquismo individualista. Posteriormente C.L.S. contribuyó con muchos artículos, firmados y sin firmar, a las columnas de ese periódico, generalmente en el departamento editorial, costumbre que mantuvo hasta la suspensión final de la publicación de Liberty. Durante considerables períodos de tiempo llevó sobre sus espaldas todo el trabajo editorial, en ausencia del Sr. Tucker. Por lo tanto, el actual trabajo ha sido realizado por una persona que posee una entera familiaridad con la filosofía de Liberty , una persona que, quizás, es quien hoy posee más afinidad con las ideas de Sr. Tucker que cualquier otra persona en América.

El Sr. Tucker ha escrito que "el editor no podía haber sido mejor elegido, y sus calificaciones para el trabajo son innegables." Solicita, sin embargo, que el volumen sea precedido por una declaración que aclare que él, "aunque agradece y reconoce la buena voluntad que ha inspirado la publicación", "no ha participado en el trabajo de la abreviación, y que el proyecto se ha ejecutado sin su sanción o aprobación expresa, aunque la acción del editor se encuentra 'más allá de todo reproche.'"

En justicia al Sr. Tucker, sin embargo, debemos señalar que él protestó enfáticamente contra la eliminación de las palabras de sus opositores en las controversias, puesto que él siempre fue escrupulosamente exacto en la presentación integral de las ideas de sus adversarios. Lamentablemente, el alcance limitado de este volumen hizo imperativa tal omisión.

Unas palabras sobre el título de este libro. El trabajo de toda la vida de Tucker se dedicó a la exposición de los derechos del individuo. Como título para el periódico que utilizó como media de expresión por treinta años, eligió Liberty . Me pareció que estas dos palabras, que sintetizan las aspiraciones más altas de la humanidad, debían ser ensambladas en un solo título para esta compilación de las enseñanzas libertarias y anarquistas de Tucker

Por un considerable número de años prácticamente toda la literatura del anarquismo individualista ha estado fuera de impresión. La mayor parte del material sobre este tema se encontraba, por supuesto, en las manos de Benjamin R. Tucker, y hasta 1908 este material fue constantemente incrementado por él. Pero cuando, en enero de ese año, todos sus archivos de publicaciones, manuscritos, etc., y casi todas sus placas de imprenta fueron destruidos por el fuego, la pérdida era irremediable, y pocas tentativas se han hecho, desde entonces, para sustituir aunque sea una parte del material perdido.

La demanda del público por algo representativo del anarquismo individualista ha llegado a ser tan insistente que nos ha decidido a producir por lo menos un volumen con el mejor material disponible, volumen que debe procurar abarcar todos los aspectos del tema.

"Instead of a Book" (En lugar de un libro), trabajo de Tucker publicado en 1893, formado por extractos de los escritos de su periódico, Liberty, ha sido, hasta hoy, lo que más se asemejaba a esta descripción. Este volumen de cerca de 500 páginas estaba compuesto de preguntas y críticas hechas por sus corresponsales y por escritores de otros periódicos, y respondidas todas por el editor de Liberty en ese estilo claro y afilado que era el placer de sus adherentes y de la desesperación de sus adversarios.

En la tarea de recopilar material para el volumen propuesto, por lo tanto, sólo los escritos de Benjamin R. Tucker podrían por el momento ser considerados, y no es ninguna exageración decir que son lo mejor que se ha escrito en el tema, sin exceptuar siquiera los trabajos de Josiah Warren, Proudhon y Lysander Spooner, o los de cualquier otra persona que haya procurado exponer los principios del anarquismo individualista.

El Sr. Tucker es un hombre educado y cultivado. Su estilo literario es fluido y elegante; sus declaraciones, sucintas y exactas; sus argumentos, lógicos y convincentes y sus respuestas concisas y corteses. Difícilmente el lector tendrá problemas para entenderlo. No hay una palabra de más o de menos. Cada sentencia es rotunda y completa -no encontramos una sílaba redundante ni extrañamos ningún signo de puntuación. Sus escritos son siempre un placer para el lector, incluso cuando éste sea a veces la víctima de su ácido sarcasmo o su sátira cáustica.

Un curriculum vitae abreviado de la vida del Sr. Tucker nos servirá para conocer mejor el fondo de su personalidad notable. Nació en South Dartmouth, Massachusetts, el 17 de abril de1854. Hijo de Abner R. Tucker, propietario y vendedor de ropa para tripulantes de naves balleneras y, más adelante, especiero en New Bedford. Su madre era Caroline A. Cummings, segunda esposa del padre, y Benjamin era su único hijo. El padre era de familia cuáquera y la madre era unitaria. Ella era una mujer capaz, progresiva y radical y su padre era un pronunciado admirador de Thomas Paine.

A los dos años Tucker leía el inglés con fluidez y a los cuatro descubrió que el Libro Episcopal de Rezos estaba formado por malas citas de la Biblia. A los dieciséis había acabado el curso en la Academia de los Amigos. En un principio rechazó la idea de ir a cualquier universidad, aunque finalmente pasó dos años en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (Boston). Después de escuchar a Josiah Warren y a William B. Greene en una convención de la Liga de la Reforma del Trabajo de Nueva Inglaterra en Boston en 1872, se convirtió en un anarquista y tradujo el libro de Proudhon "¿Qué es la propiedad?" del francés. En 1877 editó The Word en Princeton, Massachusetts, mientras su editor, Ezra H. Heywood, estaba en prisión. En 1878 fundó y dirigió por un año The Radical Review en New Bedford. En el mismo año comenzó a trabajar dentro del cuerpo editorial del Boston Daily Globe, puesto en el que se mantuvo por once años.

En 1881 fundó Liberty , revista que continuó publicando, con cierta irregularidad y varias suspensiones, hasta 1908. La última edición apareció en abril de ese año, algunos meses después del incendio. En 1892, cuando él asumió deberes editoriales en The Engineering Magazine, trasladó Liberty a York, en donde fue publicada hasta su suspensión final. Tucker ha estado viviendo desde entonces en Francia.

"Instead of a Book" no parecía apropiado para una reproducción literal hoy porque contiene muchos artículos que se ocupan de sucesos locales y coyunturales. Decidimos que el anarquismo individualista podría ser mejor expuesto presentando exclusivamente las palabras del Sr. Tucker, eliminando el voluminoso montón de cartas de sus corresponsales, así como los temas personales que inevitablemente se colaron dentro de las discusiones. En muchos casos el Sr. Tucker ha expuesto tan cuidadosamente la posición de su adversario que ha sido innecesario que el editor la repita.

El compilador ha intentado, por consiguiente, juntar las diversas secciones y entretejer los artículos en un conjunto más o menos bien hilvanado. La tarea ha demostrado ser mucho más difícil de lo que esperábamos y sería presuntuoso afirmar que la hemos realizado con un éxito completo.

En las controversias del Sr. Tucker con sus corresponsales y otros, ocasionalmente se filtraban alusiones ocasionales a las personas, así como a materias no implicadas directamente en la discusión. Éstos detalles, aunque perfectamente pertinentes cuando estas polémicas tuvieron lugar, agregan poco a la fuerza de los argumentos en pro de la posición anarquista, cuya difusión es el propósito exclusivo de este volumen y, por lo tanto, casi siempre se han suprimido, a pesar del hecho de que constituyen algunos de los más mordaces pasajes del Sr. Tucker.

En algunos lugares este método de tratamiento ha hecho necesario eliminar partes de párrafos e incluso partes de sentencias. Esta fragmentación no ha sido indicada por asteriscos u otro medio, ya que la frecuencia de tales casos habría vuelto la materia demasiado inconexa, cuando que el objeto principal de este volumen es presentar, hasta donde sea posible, una exposición intacta. Se considera que este procedimiento es enteramente irreprochable, puesto que los argumentos esenciales se expresan así de forma tan clara, y por supuesto mucho más suscinta, que en sus versiones originales completas.

"Instead of a Book " contuvo solamente material publicado en Liberty antes de 1893. Hemos recorrido a las columnas de Liberty posteriores a esa fecha para obtener un poco de material adicional.

El editor desea reconocer su deuda con todos esos camaradas, todos los tipógrafos del período en que Liberty era un medio respetado para el intercambio de sus ideas, todos los cuales le han ayudado, con sus consejos y su trabajo duro, en la preparación de este volumen, cuyo índice, además, ha sido preparado por la misma persona que realizó este servicio en "Instead of a Book".
C.L.S.
Los Ángeles, California.
Agosto de 1926.


DECLARACION DE PRINCIPIOS DE LIBERTY
Aparecida en el volumen 1 y número 1 de Liberty, 6 de agosto de 1881 y que es su salutación:
La Libertad [Liberty](1) ingresa en el campo de periodismo para hablar por sí misma porque sabe bien que nadie hablara por ella. Ella no escucha voz ni ve pluma que la defiendan. No ve mano alguna que se levante para vengar sus males y reivindicar sus derechos. Muchos exigen hablar en su nombre pero ¿existe alguno que realmente la entienda? Son menos aún los que tienen el valor y la oportunidad de luchar en forma consistente por ella. Por consiguiente, ella sola debe emprender y ganar su batalla.

Su enemigo, la Autoridad, toma muchas formas. Hablando ampliamente, sin embargo, los enemigos de la Libertad se dividen básicamente en tres clases: primero, aquellos que la aborrecen como medio y como fin del progreso, tanto en un aspecto como en el otro, y se le enfrentan en forma abierta, confesa, sincera, consistente y universal; en segundo lugar, aquellos que dicen creer en ella como un medio de progreso, pero que en realidad sólo la aceptan en tanto beneficie sus intereses egoistas y niegan sus bendiciones al resto del mundo; en tercer lugar, aquellos que desconfían de ella como un medio de progreso y que creen en ella como un fin a ser obtenido atropellándola, violándola y ultrajándola. Estos tres bandos de la oposición a la Libertad se encuentran en casi todas las esferas del pensamiento y de la actividad humana. Encontramos buenos representantes del primero en la Iglesia Católica y la autocracia rusa; del segundo, en la Iglesia Protestante y la Escuela de Manchester de política y economía política y del tercero, en el ateismo de Gambetta y el socialismo de Karl Marx.(2)

A través de todas las formas de autoridad otra línea de demarcación corre transversalmente, separando la autoridad humana de la autoridad divina o, mejor aún, la autoridad religiosa de la autoridad secular. La victoria de la Libertad sobre la primera está ya muy cerca. El siglo pasado Voltaire desacreditó la autoridad sobrenatural por completo. Desde entonces, la Iglesia no ha cesado su declinación. Muerde el polvo y aún cuando a veces parece mostrar aquí y allá señales vigorosas de vida, estas corresponden en realidad a la violencia de la muerte. Agoniza y muy pronto su poder no se sentirá más. Es la autoridad humana la única que en adelante debe preocuparnos y su órgano, el Estado, el único que en el futuro debe ser temido. Todos aquellos que han perdido su fe en los dioses para ponerla en los gobiernos; todos los que han dejado de ser adoradores de la Iglesia para volverse adoradores del Estado; todos los que han abandonado al papa por el rey o el zar, o al sacerdote por el presidente o el parlamento, han cambiado de campo de batalla pero no son menos enemigos de la Libertad que antes. La majestad de la Iglesia se ha transformado en un objeto de burla. Lo mismo debe ocurrir con el Estado. El Estado, que para algunos es un mal necesario, debe tornarse innecesario y superfluo. La batalla de nuestro siglo se libra contra el Estado. El Estado, que rebaja al hombre, prostituye a la mujer, corrompe al niño, pisotea el amor, ahoga el pensamiento, monopoliza la tierra, limita el crédito, restringe los intercambios, aumenta el poder del Capital ocioso y, a través de los intereses, las rentas, el lucro y los impuestos, roba sus productos al trabajo duro y honesto.

Cómo el Estado hace estas cosas y cómo se le puede impedir hacerlas es lo que Liberty se propone mostrar con más detalle a medida que avance en la prosecución de sus objetivos. Baste por ahora con decir que el monopolio y el privilegio deben ser destruidos, que la oportunidad existe y que el reto nos anima. Este es el trabajo de Liberty y "¡Abajo la Autoridad!" su grito de guerra.

Socialismo de Estado y Anarquismo: en qué coinciden y en qué difieren

Este ensayo -que es, sin duda, la más clara exposición del tema hasta entonces producida- fue escrito por el Sr. Tucker en 1886, en respuesta a una invitación del editor de la North American Review. El texto fue aceptado, anunciado a los lectores y pagado. Sin embargo, nunca vio la luz en esa revista y, además, después de recibirse numerosas cartas inquiriendo por su publicación, el manuscrito fue devuelto a su autor, a pesar de la declaración del editor de que era el mejor material que había recibido durante su labor editorial. Apareció como el artículo principal en Instead of a book (En lugar de un libro) y hoy, después de cuarenta años, es, a todas luces, la parte más importante del presente volumen.


Este ensayo -que es, sin duda, la más clara exposición del tema hasta entonces producida- fue escrito por el Sr. Tucker en 1886, en respuesta a una invitación del editor de la North American Review. El texto fue aceptado, anunciado a los lectores y pagado. Sin embargo, nunca vio la luz en esa revista y, además, después de recibirse numerosas cartas inquiriendo por su publicación, el manuscrito fue devuelto a su autor, a pesar de la declaración del editor de que era el mejor material que había recibido durante su labor editorial. Apareció como el artículo principal en Instead of a book (En lugar de un libro) y hoy, después de cuarenta años, es, a todas luces, la parte más importante del presente volumen.

Se puede decir que casi las únicas personas que comprenden, aunque sea de un modo aproximado, el significado, los principios y los propósitos del socialismo son los dirigentes principales de los sectores extremos de las fuerzas sociales, y quizás unos pocos de los mismos magnates financieros. Es un tema que últimamente se ha puesto bastante de moda entre predicadores, profesores y escritores de a centavo y éstos han hecho, en su mayor parte, un trabajo tan horrible con ello, que suelen provocar la burla y el desprecio de aquellos competentes para juzgar. Es evidente que las personas prominentes en las tendencia socialistas intermedias no entiendan completamente de qué se tratan los postulados que defienden ni los objetivos a que aspiran. Si realmente los comprendieran, si pensaran de manera coherente y lógica o si fueran lo que los franceses llaman hombres consequent, haría mucho que su razón les hubiera hecho inclinarse a uno u otro extremo.

Es curioso que los dos extremos del vasto contingente que nos ocupa, aunque unidos, como hemos mencionado antes, por la causa común de que el trabajador entre en posesión de sus propios medios, están, sin embargo, más diametralmente opuestos entre sí en sus principios fundamentales de acción social y en sus métodos para alcanzar los objetivos proclamados, que lo están cada uno de ellos frente a su enemigo común, la sociedad actual. Esta oposición diametral está basada en dos principios cuyos conflictos son tan antiguos como la historia del mundo desde que el hombre apareció en él; y todos los demás sectores, incluyendo a los defensores de la actual sociedad, se sitúan en un punto intermedio entre estos dos principios. Está claro entonces que cualquier oposición inteligente y profunda al orden establecido debe proceder de uno u otro de estos dos extremos, pues cualquier alternativa de otra fuente, en lugar de tener un carácter revolucionario, sólo podrá ser una modificación superficial, totalmente incapaz de atraer hacia sí el grado de atención actualmente concedido al socialismo moderno.

Los dos principios a los que nos referimos son los de Autoridad y Libertad, y los nombres de las dos escuelas de pensamiento socialista que sin reservas y totalmente representan al uno y al otro son, respectivamente, el Socialismo de Estado y el Anarquismo. Aquel que sabe qué quieren estas dos escuelas y cómo se proponen conseguirlo entiende al movimiento socialista. Pues, del mismo modo que se ha dicho que no existe un camino intermedio entre Roma y la Razón, también se puede decir que no hay un camino intermedio entre el Socialismo de Estado y el Anarquismo. Hay de hecho, dos corrientes fluyendo sostenidamente desde el centro de las fuerzas socialistas y que se están concentrando a la derecha y a la izquierda; y si el socialismo llega a prevalecer, una de las posibilidades es que, después que este movimiento de separación se haya completado y el orden existente haya sido aplastado entre los dos campos, el último y más amargo conflicto esté todavía por llegar. En ese caso, todos los hombres de las 8 horas, todos los sindicalistas, todos los Caballeros del Trabajo, todos los que apoyan la nacionalización de la tierra, todos los militantes del Partido "Greenbank" (1), y, en resumen, todos los miembros de los mil y un diversos batallones que integran el gran ejército del Trabajo, deberán desertar de sus antiguos puestos, y, habiéndose colocado a un lado o el otro, comenzará la gran batalla. Establecer lo que significaría una victoria total del Anarquismo o una victoria total del Socialismo de Estado, es el propósito de este artículo.

Para hacer esto de una manera clara, sin embargo, debo primero describir los rasgos comunes de ambos, aquellos que hacen que llamemos a ambos Socialistas.

Los principios económicos del Socialismo Moderno son una deducción lógica del principio expuesto por Adam Smith en los primeros capítulos de su "Riqueza de las Naciones": que el trabajo es la verdadera medida del precio. Pero Adam Smith, después de haber establecido este principio de la manera más clara y concisa, lo abandonó para dedicarse a mostrar cómo realmente se establecen los precios y cómo, por lo tanto, la riqueza es distribuida en la actualidad. Desde sus días casi todos los economistas políticos han seguido su ejemplo y limitado su función a la descripción de la sociedad tal como es, en sus fases industrial y comercial. El Socialismo, por el contrario, extiende sus funciones a la descripción de la sociedad tal como debe ser, y al descubrimiento de los medios necesarios para lograr este objetivo. Medio siglo o después de que Smith enunciara este principio, el Socialismo lo tomó donde él lo había abandonado y, al llevarlo hasta sus últimas consecuencias lógicas, lo convirtió en la base de una nueva filosofía económica.

Esta labor parece haber sido realizada en forma independiente y por tres hombres diferentes, de tres diferentes nacionalidades, en tres diferentes idiomas: Josiah Warren, un norteamericano; Pierre J. Proudhon, un francés y Karl Marx, un judío alemán. Que Warren y Proudhon llegaron a sus conclusiones por su cuenta y sin ayuda, está comprobado; pero no es seguro que Marx no esté en deuda con Proudhon por sus ideas económicas. Sin embargo, aunque fuera así, la presentación que Marx hizo de sus teorías fue en tantos aspectos tan peculiares y propios, que es justo que se le reconozca su originalidad. Que el trabajo de este interesante trío haya sido hecho casi simultáneamente parece indicar que el Socialismo estaba en el ambiente, que la época estaba madura y las condiciones eran favorables para la aparición de esta nueva escuela de pensamiento. En lo que a prioridad en el tiempo se refiere, el crédito parece pertenecer a Warren, el americano, - un hecho que deberían tener en cuenta los oradores callejeros, tan amigos de atacar al Socialismo por ser un artículo importado. Warren, además, proviene de la más pura sangre revolucionaria, pues desciende del Warren que cayó en Bunker Hill (2).

Del principio de Smith de que el trabajo es la verdadera medida del precio -o, como lo expresó Warren, que el costo es el límite apropiado del precio- estos tres hombres extrajeron a las siguientes conclusiones: que el salario natural del trabajo es igual a su producto; que este salario, o producto, es la única fuente legítima de ingresos (dejando de lado, por supuesto, los regalos, las herencias, etc); que todos los que derivan ingresos de cualquier otra fuente lo sustraen directa o indirectamente del natural y justo salario del trabajo; que este proceso de substracción generalmente toma tres formas, - interés, renta y lucro; que estas tres formas constituyen la trinidad de la usura(3), y son simplemente diferentes métodos de imponer un tributo por el uso de capital; que siendo el capital simplemente trabajo almacenado que ha recibido ya su pago completo, su uso debe ser gratuito, bajo el principio que el trabajo es la única base del precio; que el prestamista de capital se merece el retorno intacto de la cantidad que prestó, y nada más; que la única razón por la cual el banquero, el accionista, el terrateniente, el fabricante, y el mercader están capacitados para extraer usura desde el trabajo yace en el hecho de que están respaldados por privilegios legales o monopolios, y que la única manera de asegurar que el trabajo reciba el salario natural -es decir, su producto íntegro- consiste en derribar los monopolios.

No se debe inferir que Warren, Proudhon o Marx usaron exactamente esta fraseología o siguieron al pie de la letra esta línea de pensamiento, pero ella indica de manera bastante clara las bases fundamentales adoptadas por los tres y la parte sustancial de su pensamiento hasta el punto en que coinciden. Y, para que no se me acuse de estar exponiendo las posiciones de estos hombres incorrectamente, debo decir que los he enfocado con gran amplitud, y que, con el propósito de lograr una nítida, vívida, y enfática comparación y contraste, me he tomado considerables libertades con su pensamiento reordenándolo, y exponiéndolo a menudo con mis propias palabras, a pesar de lo cual no creo haber interpretado mal ningún elemento fundamental del mismo.

Fue en este punto - la necesidad de derribar los monopolios- que sus caminos se separaron. Aquí la ruta se bifurca. Se dieron cuenta de que debían doblar a la derecha o a la izquierda, seguir la ruta de la Autoridad o la de la Libertad. Marx siguió un camino, y Warren y Proudhon siguieron el otro. Así nacieron el Socialismo de Estado y al Anarquismo.

Ocupémonos primero del Socialismo de Estado, al que podemos definir como la doctrina según la cual todos los asuntos de los hombres deben ser manejados por el gobierno, independientemente de la preferencias individuales.

Marx, su fundador, concluyó que la única manera de abolir los monopolios de clase era centralizar y consolidar todos los intereses industriales y comerciales, todas las agencias y organismos de producción y distribución, en un vasto monopolio controlado por el Estado. El gobierno debe convertirse en banquero, fabricante, agricultor, transportista, y mercader, y no debe sufrir ninguna competencia en estas áreas. Tierra, máquinas, y todos los instrumentos de producción deben ser arrebatados de las manos individuales, y hechos propiedad de la colectividad. El individuo sólo debe poseer los productos a ser consumidos, pero no los medios para producir esos productos. Un hombre puede poseer sus ropas y su alimento, pero no la máquina de coser con que hace sus camisas ni el azadón con que desentierra sus papas. Producto y capital son esencialmente cosas diferentes; el primero pertenece a los individuos, el segundo a la sociedad. La sociedad debe hacerse dueña del capital que le pertenece, por la vía electoral si es posible o por medio de la revolución si fuera necesario. Una vez en posesión del capital, lo debe administrar bajo el principio del bienestar de la mayoría, a través de su órgano, el Estado, el cual se encarga de la producción y la distribución, fija los precios por la cantidad de trabajo involucrada, y emplea a toda la gente en sus talleres, granjas, almacenes, etc. La nación se transformará en una vasta burocracia, y cada individuo en un funcionario del Estado. Todo deberá ser hecho a precio de costo, sin que nadie pueda extraer ganancia. Los individuos no podrán poseer capital y nadie podrá emplear a ningún otro, ni siquiera a sí mismo. Toda persona será un asalariado, y el Estado el único empleador. Aquel que no trabaje para el Estado deberá exponerse a morir de hambre o, más probablemente, ir a la cárcel. Toda libertad de comercio deberá desaparecer. La competencia deberá ser completamente barrida. Toda actividad industrial y comercial estará centralizada en un vasto, enorme y totalizador monopolio. El remedio contra los monopolios es EL MONOPOLIO.

Tal es el programa económico del Socialismo de Estado que adoptó Karl Marx. No es éste el momento para describir la historia de su crecimiento y progreso. En los Estados Unidos los partidos que lo propugnan son el Partido Socialista Obrero, que pretende seguir a Karl Marx; los Nacionalistas, que siguen a Karl Marx filtrado a través de Edward Bellamy; y los Socialistas Cristianos, que siguen a Karl Marx filtrado a través de Jesucristo.

Las consecuencias de esta aplicación del principio de Autoridad en la esfera económica, son muy evidentes. Significa, finalmente, el absoluto control por la mayoría de toda conducta individual. El derecho a tal control ya es admitido por los Socialistas de Estado, aunque ellos mantienen que, de hecho, al individuo se le permitirá mucha más libertad que la que disfruta actualmente. Pero esta libertad será sólo una concesión y ningún individuo podrá reclamarla como suya propia. La sociedad no estará fundada sobre la garantía del disfrute igualitario de la mayor libertad posible. Tal libertad, en caso de existir, sería muy difícil de ejercer y podría ser suprimida en cualquier momento. Las garantías constitucionales no serían de ningún provecho. La constitución de un país con socialismo de Estado constaría de un solo artículo: "El derecho de la mayoría es absoluto".

La historia de los gobiernos y los pueblos no avala, sin embargo, la pretensión de los Socialistas de Estado, de que este derecho no será ejercido en las más privadas e íntimas relaciones de la vida del individuo. El poder ha tendido siempre a crecer, a aumentar su esfera de acción, el avanzar más allá de los límites que se le han fijado; y cuando el hábito de resistir tal usurpación no es incentivado, y no se enseña al individuo a ser celoso de sus derechos, la individualidad gradualmente desaparece y el gobierno o el Estado se convierten en la totalidad. Al control, naturalmente, acompaña la responsabilidad. Bajo el sistema del Socialismo de Estado, por lo tanto, que hace a la comunidad responsable por la salud, la riqueza y la prudencia del individuo, es evidente que la comunidad, a través de su expresión mayoritaria, insistirá más y más en prescribir las condiciones de salud, riqueza y prudencia, limitando y finalmente destruyendo la independencia individual y con ella todo el sentido de la responsabilidad individual.

En consecuencia, independientemente de lo que los Socialistas de Estado puedan reclamar o negar, sus sistema, si se adopta, está condenado, más tarde o más temprano, a terminar en una religión del Estado, a cuya manutención todos deberán contribuir y ante cuyo altar todos deberán postrarse; a un Sistema Estatal de Medicina, con cuyos médicos todos los pacientes se deberán tratar; a un Sistema Estatal de Higiene, que prescribirá lo que todos deban y no deban comer, beber, vestir, y hacer; a un Código Estatal de Moral, que no se contentará con castigar el crimen, sino que también prohibirá lo que la mayoría considere vicio; a un Sistema Estatal de Educación, que eliminara todas las escuelas privadas, academias y colegios; a un Sistema Estatal de Guarderías, en las que todos los niños deberán ser criados en común a costa del presupuesto general; y finalmente, una Familia Estatal, con un intento de eugenesia, o procreación científica, en el cual a ningún hombre o mujer se le permitirá tener niños si el Estado lo prohíbe, ni rehusar tenerlos si el Estado se lo ordena. Así la Autoridad lograra su clímax y el Monopolio llegará a su cumbre de poder.

Tal es el ideal consecuente del Socialismo de Estado, tal es la meta que yace al final de la ruta tomada por Karl Marx. Veamos ahora los avatares de Warren y Proudhon, que tomaron el otro camino, el de la Libertad.

Esto nos lleva al Anarquismo, al que podemos definir como la doctrina según la cual todos los asuntos del hombre deben ser manejados por los individuos o las asociaciones voluntarias, y que el Estado debe ser abolido.

Cuando Warren y Proudhon prosiguieron su búsqueda de justicia para el trabajo y se enfrentaron cara a cara con el obstáculo de los monopolios de clase, se dieron cuenta de que esos monopolios se basaban en el principio de Autoridad, y concluyeron que lo que había que hacer no era fortalecer la Autoridad y, por lo tanto, crear un monopolio universal, sino desenraizar por completo la Autoridad y dar rienda suelta al principio opuesto, el de la Libertad, haciendo a la competencia, antítesis del monopolio, universal. Vieron en la competencia el gran nivelador de los precios hasta alcanzar el costo de producción del trabajo, en lo que coincidían con los economistas clásicos. En ese momento, la cuestión que naturalmente se presento ante ellos fue ¿porqué los precios no coinciden con el costo del trabajo?; ¿donde se generan los espacios para adquirir ingresos fuera del trabajo?; en una palabra, ¿porque existen el usurero, el receptor de intereses, renta, y lucro? La respuesta fue encontrada en el actual desequilibrio de la competencia, en su carácter unilateral. Descubrieron que el capital ha manipulado la legislación para permitir una competencia ilimitada en el suministro de la fuerza de trabajo, manteniendo los salarios de hambre o en un puro nivel de subsistencia; que una gran competencia es permitida en el suministro del trabajo de distribución, o el trabajo de las clase mercantil, manteniendo así, no los precios de los bienes, sino el lucro que los mercaderes derivan de esos bienes muy próximo a la justa recompensa por el trabajo de esos mercaderes; pero que, por el contrario, no se permite casi ninguna competencia en el suministro de capital, de cuyo apoyo dependen tanto el trabajo productivo como el distributivo para su poder adquisitivo, manteniendo así la tasa de interés del dinero, el alquiler o renta de viviendas y bienes inmuebles y el alquiler o renta de la tierra a un precio tan alto como las necesidades de la gente puedan soportarlo.

Al descubrir esto, Warren y Proudhon acusaron a los economistas de tener miedo de su propia doctrina. Los seguidores de la Escuela de Manchester fueron llamados inconsecuentes. Creían en la libre competencia entre los trabajadores para reducir sus salarios, pero no en la libre competencia entre los capitalistas para reducir su usura. El laissez-faire era bueno para el trabajo pero no para el capital. Cómo corregir esta inconsistencia, cómo someter a los capitalistas a la competencia, como poner al capital al servicio tanto del hombre de negocios como del trabajador al precio de costo, o sea libre de usura, ese era el problema.

Marx, como hemos visto, resolvió el problema al declarar al capital una cosa diferente del producto, y mantener que el capital pertenecía a la sociedad, que debe ser capturado por ésta y empleado para el beneficio de todos por igual. Proudhon, por el contrario, despreció esta distinción entre capital y producto. Mantuvo que capital y el producto no son diferentes clases de riqueza, sino simplemente condiciones o funciones alternativas de la misma riqueza; que toda la riqueza sufre una incesante transformación de capital a producto y, nuevamente, de producto a capital, que este proceso se repite interminablemente, que capital y producto son términos puramente convencionales; que lo que es producto para un hombre inmediatamente se convierte en capital para otro, y viceversa; que si hubiera una sola persona en el mundo, toda la riqueza sería para él, al mismo tiempo, capital y producto; que el fruto de la labor de A es su producto, el cual, al ser vendido a B, se transforma en el capital de B (a menos que B sea un consumidor no productivo, en cuyo caso sería simplemente riqueza gastada, lo que queda fuera del ámbito de la economía política);que una máquina a vapor es tan producto como una capa, y que una capa es tan capital como una máquina a vapor; y que las mismas leyes de igualdad que gobiernan la posesión de uno gobiernan la posesión del otro.

Por estas y otras razones Proudhon y Warren se encontraron incapaces de sancionar cualquier plan de captura del capital por la sociedad. Pero, aunque opuestos a la socialización de la propiedad del capital, eran partidarios, sin embargo, de socializar sus efectos al hacer su uso beneficioso para todos en lugar de un medio para empobrecer a muchos y enriquecer a unos pocos. Y cuando la luz se hizo en su mente, vieron que esto podía ser logrado al someter al capital a la ley natural de la competencia, llevando así el precio de su uso al nivel del precio de costo, - esto es, nada más de los gastos incidentales de su manipulación y transferencia. En consecuencia, levantaron la bandera de la Libertad Absoluta de Comercio, tanto del comercio nacional como internacional, convirtiendo al laissez faire en regla universal, consecuencia lógica de la doctrina de Manchester. Bajo esta bandera comenzaron su lucha contra los monopolios, ya sea el monopolio totalitario de los Socialistas de Estado, o los distintos monopolios de clase que hoy prevalecen.

De los últimos distinguieron cuatro de importancia principal: el monopolio del dinero, el monopolio de la tierra, el monopolio de los aranceles o tarifas, y el monopolio de las patentes.

El monopolio que consideraron más importante, debido a sus nocivos efectos, era el monopolio del dinero, que consiste en el privilegio dado por el gobierno a ciertos individuos, o a quienes detentan ciertos tipos de propiedad, a poner en distribución los medios de cambio, un privilegio que es actualmente fiscalizado en este país por una impuesto nacional de 10%, sobre cualquier otra persona que intente poner en circulación un medio de cambio, y por leyes estatales que consideran un delito la distribución de moneda. El resultado es que los beneficiarios de este privilegio controlan las tasas de interés, el precio de los alquileres de las casas y edificios, y los precios de los bienes y mercancías en general, - las primeras directamente, y los dos últimos de forma indirecta. Según Proudhon y Warren, si el negocio de la banca fuera libre para todos, cada vez entrarían en él más y más personas hasta que la competencia reduciría las tasa de interés de los préstamos al costo del trabajo de gestionar el préstamo, que las estadísticas muestran que es menor del 0,75%. En ese caso los millares de personas que actualmente se abstienen de entrar en un negocio por las ruinosamente altas tasas de interés que deben pagar por el capital que necesitan para comenzar y mantener su negocio hallarían muchas menos dificultades en su camino. Si ellos tienen propiedad que no desean convertir en dinero a través de su venta, un banco puede tomarla como garantía de un préstamo por una cierta proporción de su valor de mercado a menos del 1% de descuento. Si ellos no tienen propiedad pero son personas industriosas, honestas y capaces, serán capaces, por lo general, de obtener un número suficiente de avales conocidos y solventes, y de esta manera serían capaces de recibir un préstamo bancario en condiciones igualmente favorables. Así, las tasas de interés caerán a plomo. Los bancos, en realidad, no estarán prestando capital sino haciendo negocio con el capital de sus clientes. Negocio que consistirá, básicamente, en un intercambio de los conocidos y ampliamente disponibles créditos de los bancos por los créditos desconocidos, pero igualmente buenos, de los clientes y un cargo consiguiente de menos del 1%, no como un interés por el uso del capital, sino como un pago por el trabajo de gestión bancaria. Esta facilidad de adquirir capital daría un impulso nunca visto a los negocios y, en consecuencia, crearía también una demanda nunca vista de trabajo. Una demanda que siempre estará por encima de la oferta, precisamente lo contrario de la condición actual del mercado laboral. Se harían realidad así las palabras de Richard Cobden(4) cuando dice que si dos trabajadores andan detrás de un empleador, los salarios caen, pero que si dos empleadores andan detrás de un trabajador, los salarios suben. El trabajo estaría en condición de dictar sus salarios, y asegurar así su salario natural, el producto entero. Así, de un solo golpe se harían bajar las tasas de interés y subir los salarios. Pero esto no es todo. Caería el lucro también. Porque los mercaderes, en lugar de comprar a crédito y a precios altos, conseguirían dinero en los bancos a menos del 1% de interés, comprarían al contado y a precios bajos y, correspondientemente, reducirían los precios de sus bienes al consumidor. Y de esta manera caerían también los alquileres de los inmuebles. Porque nadie que pueda conseguir capital al 1% de interés con el cual construir una casa por si mismo aceptaría pagar renta a un consorcio de la construcción o a un dueño de casa a una tasa más alta que esa. Y tales son las consecuencias que, según Warren y Proudhon, derivarán de la simple abolición del monopolio del dinero.

Segundo en importancia es el monopolio de la tierra, cuyos efectos nocivos se ven, sobre todo, en países predominantemente agrícolas como Irlanda. Este monopolio consiste en que el gobierno otorga títulos de propiedad sobre la tierra a personas que no son, necesariamente, las que la ocupan y cultivan. Warren y Proudhon advirtieron claramente que, tan pronto como los individuos dejaran de ser protegidos por sus pares en nada que no sea la instalación y cultivo personal de la tierra, la renta de ésta desaparecería, y así la usura tendría una pierna menos sobre la cual sostenerse. Sus seguidores de hoy estamos dispuestos a modificar este enunciado y admitir que la muy pequeña fracción de renta de la tierra que no descansa en el monopolio, sino en la superioridad del suelo o del sitio, continuará existiendo por un tiempo y quizá por siempre, aunque tenderá siempre a un mínimo en situación de libertad. Pero la desigualdad de los suelos que da lugar a la renta económica de la tierra, así como la desigualdad en los talentos humanos que da lugar a la renta del rendimiento en el trabajo, no es una causa de preocupación seria ni siquiera para el más apasionado enemigo de la usura, pues su naturaleza no es la de una semilla de la cual otras y más graves desigualdades pueden surgir, sino más bien la de una rama decadente que acabará por marchitarse y caer.

En tercer lugar, el monopolio de los aranceles o tarifas, que consiste en fomentar la producción a altos precios y bajo condiciones desfavorables al gravar con impuestos a aquellos que fomentan la producción a bajos precios y en condiciones favorables. El efecto negativo de este monopolio podría ser llamado falsa usura más que usura, porque obliga al trabajador a pagar un impuesto, no por el uso del capital, sino más bien por el mal uso del mismo. La abolición de este monopolio resultaría en una gran reducción de los precios de todos los artículos gravados con impuestos, y el ahorro que esto supondría para los trabajadores que consumen esos artículos sería un paso más hacia la consecución del salario natural de su trabajo, su producto entero. Proudhon admitió, sin embargo, que la abolición de este monopolio antes de la abolición del monopolio del dinero sería una política desastrosa y cruel. En primer lugar, por que los efectos negativos de la escasez de dinero, escasez creada por el monopolio del mismo, serían intensificados por el flujo de dinero hacia el exterior del país causado por el aumento de las importaciones sobre las exportaciones, y en segundo lugar, porque los trabajadores del país que están ahora empleados en las industrias protegidas quedarían a la intemperie y enfrentando el peligro de morirse de hambre al no existir la demanda insaciable de trabajo que un sistema competitivo de dinero crearía. Proudhon insistió que, como una condición previa para el libre comercio de bienes con los países extranjeros, debe existir libertad de comercio con el dinero al interior del país, con la consiguiente abundancia de dinero y de trabajo.

En cuarto lugar, el monopolio de las patentes, que consiste en la protección de los inventores y autores contra la competencia por un período lo bastante largo como para permitirles extraer una recompensa muy por encima del trabajo empleado - o en otras palabras, en dar a cierta gente un derecho de propiedad por un período de años sobre las leyes de la Naturaleza, y el poder de gravar con tributos a otros por la utilización de esta riqueza natural, que debe estar abierta a todos. La abolición de este monopolio infundiría en sus exbeneficiarios un sano temor a la competencia, temor que les haría sentirse satisfechos con un pago por sus servicios igual al que otros trabajadores obtienen por los suyos, y asegurarlo al colocar sus productos y trabajos en el mercado desde el principio a precios tan bajos que su línea de negocios no sería más tentadora para los potenciales competidores que otras líneas.

El desarrollo de este programa económico consistente en la destrucción de estos monopolios y su sustitución por la más libre y amplia competencia condujo a sus autores a la percepción del hecho que todo su pensamiento descansaba sobre un principio fundamental, la libertad del individuo, su derecho de soberanía sobre si mismo, sus productos y sus asuntos, y de rebelión contra los dictados de la autoridad externa. Tal como la idea de quitar el capital a los individuos y dárselo al gobierno encaminó a Marx en una ruta que termina en hacer al gobierno todo y al individuo nada, igualmente la idea de quitar el capital de los monopolios patrocinados por el gobierno y ponerlo al alcance fácil de todos los individuos encaminó a Warren y a Proudhon por una ruta que termina en hacer al individuo todo y al gobierno nada. Si el individuo tiene derecho a gobernarse a sí mismo, toda autoridad externa es tiranía. De aquí se sigue, lógicamente, la necesidad de abolir el Estado. Esta fue la conclusión natural a la cual Warren y Proudhon llegaron, y se convirtió en el artículo fundamental de su filosofía política. Es la doctrina que Proudhon llamó An-arquismo, una palabra derivada del griego, que no significa necesariamente ausencia de orden, como generalmente se supone, sino ausencia de dominio. Los anarquistas son, simplemente, demócratas jeffersonianos (4) hasta las últimas consecuencias y sin miedo de éstas. Ellos creen que "el mejor gobierno es el que menos gobierna", y el que gobierna menos es el que no gobierna en absoluto. Niegan a los gobiernos apoyados por impuestos obligatorios incluso la simple función policial de proteger a las personas y a la propiedad. La protección es una cosa a ser asegurada, en la medida de lo necesario, por asociaciones voluntarias y cooperación para la autodefensa, o como un bien a ser comprado, como cualquier otro bien, a las personas que ofrecen la mejor protección al menor precio. Desde su punto de vista, es una invasión de la libertad del individuo obligarlo a pagar para sufrir una protección que no ha sido solicitada y que no es deseada por él. Además establecen que la protección se volverá cada vez más innecesaria en el libre mercado, después que la pobreza y consecuentemente el crimen haya desaparecido a través de la realización de su programa económico. Los impuestos obligatorios son el principio vital de todos los monopolios, y la resistencia pasiva, pero organizada contra el cobrador de impuestos, realizada en el momento apropiado, será uno de los métodos más efectivos de lograr sus propósitos.

Su actitud en esto es la clave para su actitud en todas las otras cuestiones de naturaleza política o social. En religión son ateos en lo que concierne a sus propias opiniones, pues ellos ven a la autoridad divina y la sanción religiosa de la moral como el principal pretexto utilizado por las clases privilegiadas para el ejercicio de la autoridad humana. "Si Dios existe," dijo Proudhon, "es el enemigo del hombre." Por su parte, el gran nihilista ruso Mijail Bakunin (5) en respuesta al famoso epigrama de Voltaire, "Si Dios no existiera, habría que inventarlo", opuso su proposición antitética: "Si Dios existiera, habría que abolirlo." Pero, aunque se oponen a la jerarquía divina, en la cual no creen, los anarquistas defienden firmemente creían en la libertad de creer y se oponen diametralmente a cualquier negación de dicha libertad.

Del mismo modo que creen en el derecho de cada individuo a ser o seleccionar su propio sacerdote, creen en su derecho a ser o seleccionar su propio doctor. Ningún monopolio en teología y ningún monopolio en medicina. Competencia en todas partes y siempre; consejo espiritual y consejo médico elegida o rechazada sobre la base de su propio mérito. Y este principio de libertad debe ser seguido tanto en medicina como en higiene. El individuo debe decidir por si mismo no sólo qué hacer para mejorarse, sino también qué hacer para mantenerse bien. Ningún poder externo debe dictarle lo que él debe o no debe comer, beber, vestir, o hacer.

Tampoco proporciona el anarquismo ningún código moral a ser impuesto al individuo. "Ocúpate de tus propios asuntos" debe ser la única ley moral. La interferencia con los asuntos del otro es el principal y único crimen, y como tal debe ser apropiadamente resistido. De acuerdo con este punto de vista, los anarquistas ven los intentos de suprimir arbitrariamente el vicio como crímenes en si mismos. Creen que la libertad y el consecuente bienestar social serán la cura segura para todos los vicios. Pero reconocen el derecho del borracho, el apostador, el vagabundo y la prostituta a vivir su vida tal como la han elegido hasta que libremente elijan abandonarla.

En el tema de la manutención y crianza de los niños los anarquistas no apoyan la guardería comunista que los socialistas de Estado favorecen ni los sistemas de escuela comunitarios que hoy prevalecen. La niñera y el profesor, como el médico y el predicador, deben ser seleccionados voluntariamente, y sus servicios deben ser pagados por aquellos que los eligen. No se debe privar a los padres de sus derechos, y no se deben imponer a otros las responsabilidades familiares.

Incluso en materia tan delicada como la de las relaciones entre los sexos los anarquistas no retroceden en la aplicación de sus principios. Reconocen y defienden el derecho de cualquier hombre y cualquier mujer de amarse o vivir juntos por el tiempo que ellos libremente decidan. El matrimonio y el divorcio legal son considerados igualmente absurdos. Esperan que, en el futuro, cada individuo, ya hombre o mujer, sea autosuficiente y tenga un hogar independiente, sea una casa separada o una habitación en una casa con otras personas; que las relaciones amorosas entre los individuos independientes sean tan variadas como las atracciones e inclinaciones individuales; y que los niños nacidos de esas relaciones pertenezcan exclusivamente a las madres hasta que tengan edad suficiente para pertenecerse a ellos mismos.

Tales son las principales características del ideal social anarquista. Existen amplias diferencias de opinión entre aquellos que sostienen este ideal acerca de la mejor manera de lograrlo. El tiempo impide el tratamiento de ese tema aquí. Simplemente llamaré la atención sobre el hecho de que es un ideal completamente inconsistente con el de aquellos comunistas que falsamente se hacen llamar Anarquistas al mismo tiempo que proclaman un régimen de Arquismo tan despótico como el de los mismos Socialistas de Estado. Un ideal que es tan poco promovido por el príncipe Kropotkin como es retardado por las fuerzas conservadoras del sistema judicial; un ideal por el que los mártires de Chicago hicieron mucho más con su gloriosa muerte en el patíbulo por la causa común del Socialismo, que con su desafortunada defensa durante sus vidas, en el nombre del Anarquismo, de la fuerza como una agente revolucionario y de la autoridad como guardiana del nuevo orden social. Los Anarquistas creen en la libertad tanto como un fin como un medio, y son hostiles a todo lo que con ella antagoniza.

No hubiera intentado un resumen final de esta ya suficientemente resumida exposición del Socialismo, desde el punto de vista anarquista, si no hubiera encontrado que la tarea ya había sido realizada por el brillante periodista e historiador francés, Ernest Lesigne, bajo la forma de una serie de contrastantes antítesis. Exponiéndolas para usted como una conclusión de esta lectura espero profundizar la impresión que me propuse hacer.

"Hay dos Socialismos.

Uno es comunista, el otro es solidario.

Uno es dictatorial, el otro libertario.

Uno de metafísico, el otro positivo.

Uno es dogmático, el otro científico.

Uno es emocional, el otro reflexivo.

Uno es destructivo, el otro constructivo.

Ambos están por el máximo bienestar posible para todos.

Uno busca establecer la felicidad para todos, el otro busca hacer capaz a cada uno de ser feliz a su manera.

El primero considera al Estado como una sociedad sui generis, de una esencia especial, el producto de una suerte de derecho divino aparte y por encima de toda la sociedad, con derechos especiales y con derecho a una obediencia especial; el segundo considera el Estado como una asociación como cualquier otra, generalmente manejada peor que las otras.

El primero proclama la soberanía del Estado, el segundo no reconoce ninguna clase de soberanía.

Uno desea a todos los monopolios controlados por el Estado, el otro desea la abolición de todos los monopolios.

Uno desea a la clase gobernada convertida en la clase gobernante, el otro desea la desaparición de todas las clases.

Ambos declaran que el presente estado de cosas no puede perdurar.

El primero considera las revoluciones como los agentes indispensables de las evoluciones; el segundo enseña que la represión por si sola convierte a las evoluciones en revoluciones.

El primero tiene fe en un cataclismo; el segundo sabe que el progreso social es el resultado del libre juego de los esfuerzos individuales.

Ambos entienden que estamos entrando en una nueva fase histórica.

Uno desea que no haya más que proletarios;el otro desea que no haya más proletarios.

El primero desea tomar todo para todos; el otro desea que cada cual tenga lo que le pertenece.

El primero desea que todos sean expropiados; el otro desea que todos sean propietarios.

El primero dice: "Haz como desea el gobierno"; el segundo dice: "Haz como te plazca"

El primero amenaza con el despotismo, el otro promete libertad.

El primero hace a cada ciudadano un sujeto del Estado, el segundo hace al Estado un empleado del ciudadano.

Uno proclama que el sufrimiento de los trabajadores es necesario para el nacimiento de un nuevo mundo, el otro declara que el progreso real no causará sufrimiento a nadie.

El primero tiene confianza en la guerra social, el otro cree en las obras de la paz.

Uno aspira a comandar, regular, legislar; el otro desea que exista un mínimo de comando, regulación, legislación.

Uno será seguido por la más atroz de las reacciones, el otro abre horizontes ilimitados de progreso.

El primero caerá, el otro triunfará.

Ambos desean igualdad.

Uno bajando las cabezas que sobresalen muy alto, el otro elevando las cabezas que están muy bajo.

Uno busca igualdad bajo un yugo común, el otro asegurará la igualdad en completa libertad.

Uno es intolerante, el otro tolerante.

Uno asusta, el otro reconforta.

Uno desea dar instrucciones a todos, el segundo desea que cada uno se instruya a sí mismo.

El primero desea sostener a todos, el segundo desea que cada uno sea capaz de sostenerse a si mismo.

Uno dice:

La tierra al Estado.
La mina al Estado.
La herramienta al Estado.
El producto al Estado.

El otro dice:

La tierra al agricultor.
La mina al minero.
La herramienta al trabajador.
El producto al productor.

Hay sólo esos dos Socialismos.

Uno es la infancia del Socialismo, el otro su madurez.

Uno ya es el pasado, el otro es el futuro.

Uno dará lugar al otro.

Hoy cada uno de nosotros debe elegir por uno o el otro de esos dos Socialismos, o confesar que él no es un Socialista."

Postdata.
Cuarenta años atrás, cuando el anterior ensayo fue escrito, la negación de la competencia no había tenido el efecto de concentración de riqueza que ahora tan gravemente amenaza el orden social. No era todavía demasiado tarde para cortar el brote de acumulación con una reversión de la política del monopolio. El remedio anarquista era todavía aplicable.

Hoy el camino no es tan claro. Los cuatro monopolios, descontrolados, han hecho posible el desarrollo moderno de la corporación, y la corporación es hoy un monstruo tan grande que me temo que incluso la liberación total de la banca, de ser aplicada, no sería capaz de destruir. Mientras la Standard Oil controlaba cincuenta millones de dólares, la institución de la competencia libre la hubiera discapacitado sin esperanza. Necesitaba el monopolio del dinero para su sustento y desarrollo. Ahora que controla, directa o indirectamente, quizá diez mil millones, ve en el monopolio del dinero una política conveniente, sin duda alguna, pero ya no una necesidad indispensable. Puede seguir sin él. Si todas las restricciones sobre la banca fueran removidas, las grandes concentraciones de capital podrían salir airosas de la nueva situación al separar anualmente para el sacrificio una suma que removería a todo competidor del campo.

Si esto es verdad, entonces este monopolio, que sólo puede ser controlado permanentemente por las fuerzas económicas, ha alcanzado en estos momentos una posición que está más allá del alcance de estas mismas fuerzas, y las únicas fuerzas que pueden medirse con él son fuerzas políticas o revolucionarias. Hasta que medidas de confiscación forzosa, efectuadas a través del Estado o en desafío de éste, hayan abolido la concentración que los monopolios han creado, la solución económica propuesta por el Anarquismo y reseñada en las páginas anteriores -y no hay otra solución- quedará como una cosa a ser enseñada a las futuras generaciones, que tal vez disfruten condiciones favorables para su aplicación después de la gran igualación. Pero la educación es un proceso lento, y puede que no llegue lo suficientemente rápido. Los Anarquistas que pretenden acelerarla uniéndose a la propaganda del Socialismo de Estado o de la revolución cometen, en verdad, un triste error. Contribuyen así a forzar la marcha de los acontecimientos de tal manera que las gentes no tendrán tiempo de observar por ellas mismas, por el estudio de sus experiencias, que sus problemas se han debido a la falta de competencia.

Si esta lección no puede ser aprendida en el corto plazo, todo lo que ocurrió en el pasado se repetirá en el futuro, en cuyo caso deberemos buscar consuelo en la doctrina de Nietzche, según la cual esto tenía que pasar de todas maneras, o en aquella reflexión de Renán que dice que, desde el punto de vista de Sirio, todos estos asuntos ocupan sólo un breve instante.
B.R.T., 11 de agosto de 1926.

La anterior postdata fue originalmente escrita en 1911. Hoy, el Sr. Tucker se ha visto obligado a modificarla hasta darle su actual forma. En un principio, aseguraba que la abolición de los cuatro monopolios aflojaría inevitablemente el apretón del capitalismo. Su declaración posterior asegura que el inicio de la actividad bancaria libre, que los anarquistas individualistas tradicionalmente señalaron como el primer paso en el camino a la libertad, no podría, por sí solo, alcanzar este resultado. Debe quedar constancia, sin embargo, de que el editor de este libro y varios de sus colaboradores, no comparten el pesimismo del Sr. Tucker. A diferencia de él, han estado en íntimo contacto con la vida industrial y comercial de los Estados Unidos en las dos últimas décadas y han podido observar, por lo tanto, que la tendencia de los acontecimientos no marcha inevitablemente hacia la incautación o la revolución del Estado. Los grandes pasos que ha dado la asociación voluntaria, sobre todo la que se opone a la dominación capitalista, señalan claramente el camino para conseguir la eliminación pacífica de la oligarquía financiera que hoy gobierna la nación.

Referencias:

(1)Partido político que, después de la Guerra de Secesión, se oponía a la reducción de la cantidad de papel moneda en circulación.
(2)Una de las primeras batallas de la independencia de los EEUU.
(3)Usura: El diccionario la califica como "ganancia, provecho o aumento que se obtiene de una cosa, sobre todo cuando es excesiva". Esto es poco preciso. El término se aplica, sobre todo, al préstamo con interés. Muchos filósofos, incluso los padres y doctores de la Iglesia, la han condenado. Tucker no la limita sólo al interés sino también al lucro del comerciante y a la renta del propietario. De esta manera, en su concepto, la usura podría definirse como aprovecharse de una posición de ventaja para obtener beneficios económicos que se sustraen a otro que realmente los ha producido.
(4)Richard Cobden: economista inglés, gran defensor del libre comercio.
(5)Demócratas jeffersonianos: Seguidores de Tomas Jefferson, uno de los firmantes de la independencia de los Estados Unidos y tercer presidente del mismo país. Defensor de un gobierno limitado, descentralización de poderes y amplias libertades individuales.
(6)La confusión al calificar de "nihilista" a Mijail Bakunin es comprensible. Ver, sobre este tema, el primer capítulo de "La Revolución Rusa: La historia desconocida" de Volin y Pedro Archinoff. Haz clic aquí.

Fuente:Traducido del inglés por Bender, el adorable granuja, con la ayuda de los traductores de Ya y Altavista y cotejándolo con las traducciones de Joaquina Aguilar López (en "Los anarquistas" de Irving Louis Horowitz) y Rubén en el sitio web de la CNT de Cartagena. El texto original se puede leer en la Anarchist Library de http://www.flagblackened.net/index.htm

agosto 13, 2008

El Individuo y el Estado



La siguiente exposición fue realizada por Benjamin Tucker en el Instituto Unitario de Ministros, durante la sesión anual celebrada en Salem, Massachussets, el 14 de octubre de 1890. A causa de la manera clara y concisa en la que el asunto es tratado, merece la atención de cualquier persona interesada en comprender el Anarquismo.

Damas y caballeros: Es muy probable que el honor que me han dispensado ustedes al invitarme a exponer hoy el tema "La relación del Estado con el individuo" se deba principalmente al hecho de que las circunstancias se han combinado para convertirme en un conspícuo exponente de la teoría del Anarquismo Moderno- una teoría que, cada vez más, es considerada como una de las pocas sobre las que se puede fundar la vida política y social. En su nombre, pues, trataré de discutir con ustedes esta cuestión, cuestión que o subyace o toca directamente a casi todos los problemas prácticos que afronta la generación presente. El futuro de los aranceles, de las contribuciones, de las finanzas, de la propiedad, de la mujer, del matrimonio, de la familia, del sufragio, de la educación, de la invención, de la literatura, de la ciencia, de las artes, de los hábitos personales, del carácter privado, de la ética y de la religión, estará determinado por la conclusión a la que la humanidad llegue acerca de si el individuo debe obediencia al Estado y, en caso afirmativo, hasta dónde debe llegar esa obediencia.

Para tratar el tema del Anarquismo considero indispensable, primero que nada, definir sus términos. Las concepciones populares de la terminología política son incompatibles con los parámetros rigurosos de la investigación científica. Podemos estar seguros de que un uso más popular de un vocablo va inevitablemente acompañado por el riesgo de una comprensión errónea por parte de la multitud que, persistentemente, ignora las nuevas definiciones; a esto se suma, por otro lado, la aún más deplorable confusión a los ojos del contendor, quien se siente justificado para hablar de inexactitud de pensamiento donde lo que hay es inexactitud de expresión. Tómese el término "Estado", por ejemplo, que hoy nos atañe. Es una palabra que está en todos los labios. ¿Pero cuántos de los que la usan tienen una idea cabal de lo que quieren decir con ella? Y, entre los que realmente la tienen, ¡cuánta variedad en sus concepciones! Nosotros designamos con la palabra "Estado" tanto a las instituciones que encarnan el absolutismo en su forma más extrema como a aquellas que lo atemperan con cierto grado, mayor o menor, de liberalismo.

Aplicamos esta palabra tanto a las instituciones cuya única finalidad es la agresión como a aquellas que, además de agredir, protegen o defienden en algún grado. Pero lo que nadie parece tener claro es cuál de éstas, la agresión o la defensa, es la función esencial del Estado. Algunos campeones del Estado, evidentemente, consideran la agresión como el principio fundamental, aunque lo oculten, tanto a ellos como al pueblo, bajo el título de "la Administración", que procuran extender en todas las direcciones posibles. Otros, por el contrario, consideran la defensa como el principio fundamental del Estado y desean limitar las funciones del mismo al cumplimiento de los deberes policiacos. Existe todavía otra facción, que considera que el Estado existe simultáneamente para la defensa y la agresión, combinados en proporciones variables según las circunstancias del momento o quizás sólo según los caprichos de quienes tengan su control. Frente a todos estos puntos de vista, los Anarquistas, cuya misión en el mundo es la abolición de la agresión y de todos los males que de ella se derivan, se han dado cuenta de que, para ser comprendidos, deben dar definiciones claras y precisas de los términos que se ven obligados a usar, y especialmente de los términos "Estado" y "gobierno". Buscando, por consiguiente, los elementos comunes a todas aquellas instituciones a las que se les ha aplicado el nombre de "Estado", han encontrado, principalmente, dos: el primero, la agresión; el segundo, la asunción de una autoridad única sobre un área determinada y sobre todos sus habitantes, autoridad ejercida generalmente con el doble propósito de la más completa opresión de sus súbditos y la extensión de sus límites. Pienso que nadie negará que este segundo elemento es común a todos los estados- por lo menos yo no tengo noticia de que algún Estado haya tolerado, alguna vez, un Estado rival dentro de sus fronteras, y parece claro que cualquier Estado que actúase de tal modo dejaría de ser un Estado y de ser considerado como tal. El ejercicio de la autoridad sobre la misma área por dos estados es una contradicción.

Generalmente será más difícil de admitir que el primer elemento, la agresión, ha sido y es común a todos los estados. No pienso aquí, sin embargo, reforzar la conclusión de Spencer, que cada día gana una mayor aceptación: que el Estado tiene su origen en la agresión y que ha continuado como una institución agresiva desde su nacimiento. La defensa es una función posterior, aceptada por necesidad, y su introducción como una función del Estado, aunque efectuada, indudablemente, para su fortalecimiento, era y es, de hecho, el inicio de la destrucción del Estado.

Su crecimiento en importancia hace evidente la tendencia del progreso hacia la abolición del Estado. Enfocando la materia desde este punto de vista, los Anarquistas afirman que la defensa no es una función esencial del Estado, pero que la agresión sí lo es. Ahora, ¿qué es la agresión? Agresión es, simplemente, otro nombre para el gobierno. Agresión, invasión, gobierno, son términos intercambiables. La esencia del gobierno es el control, o el esfuerzo por controlar. Quien intenta controlar a otro es un gobernador, un agresor, un invasor; y la naturaleza de tal invasión no cambia si ésta es realizada por un hombre contra otro hombre, a la manera de un delincuente ordinario; por un hombre contra todos los otros hombres, a la manera de un monarca absoluto, o por todos los otros hombres contra un hombre, a la manera de una democracia moderna. Por otro lado, quien se resiste a un intento de control no es un agresor, un invasor o un gobernador sino, simplemente, un defensor, un protector, y la naturaleza de tal resistencia no cambia porque sea ofrecida por un hombre a otro hombre, como ocurre cuando se rechaza el asalto de un delincuente; por un hombre a todos los demás hombres, como ocurre cuando uno se niega a obedecer una ley opresiva, o por todos los hombres contra un hombre, como ocurre cuando los súbditos se levantan contra un déspota o cuando los miembros de una comunidad se unen para refrenar voluntariamente un delito. Esta distinción entre invasión y resistencia, entre gobierno y defensa, es vital. Sin ella no puede existir ninguna filosofía política válida. En base a esta distinción y a las consideraciones apenas bosquejadas anteriormente, los Anarquistas consiguen las definiciones deseadas.

Ésta, por consiguiente, es la definición Anarquista de gobierno: el sometimiento de un individuo no invasor, pacífico, a una voluntad externa. Y ésta es la definición Anarquista del Estado: la encarnación del principio de invasión en un individuo o en una banda de individuos, que asumen el papel de representantes o señores sobre todas las personas de un área determinada. Acerca del significado del término restante en la discusión del tema que nos ocupa, la palabra "individuo", pienso que la dificultad es pequeña. Dejando de lado las sutilezas en que algunos metafísicos han caído, creo que uno puede utilizar este palabra sin temor de malentendidos. Si las definiciones así obtenidas poseen o no una aceptación general es un tema de importancia menor. Sostengo que han sido científicamente obtenidas y sirven al propósito de una clara transmisión del pensamiento. Los Anarquistas, habiendo puesto tanto cuidado en obtener definiciones tan claras,están acreditados para examinar sus ideas a la luz de las mismas.

Ahora surge la pregunta crucial: ¿Qué relación debe existir entre el Estado y el individuo? El método general para decidir este tema consiste en adoptar alguna
teoría ética que tenga como base la idea del deber moral. Los Anarquistas no tienen confianza en este método. Han descartado totalmente la idea de la obligación moral y de los derechos y deberes inherentes a ella. Ellos ven las obligaciones como sociales y no como morales, y aún así no aceptan sino aquellas que han sido consciente y voluntariamente asumidas. Si un hombre llega a un acuerdo con otros hombres, estos pueden unirse para hacer que cumpla su palabra. Pero, en ausencia de un acuerdo de tal tipo, ningún hombre, hasta donde los Anarquistas están enterados, ha hecho jamás un acuerdo con Dios o con algún otro poder de naturaleza semejante. Los Anarquistas no son sólo utilitaristas sino también egoistas en el sentido más amplio y completo del término. El poder es la única medida del derecho. Cualquier hombre, llámese Bill Sykes o Alexander Romanov, o cualquier grupo de hombres, desde los artesanos chinos hasta el Congreso de los Estados Unidos, tiene el derecho, si tiene el poder, de matar o someter a los otros hombres hasta tener el mundo entero a sus pies. El derecho de la sociedad a esclavizar al individuo y el derecho del individuo a esclavizar a la sociedad sólo son desiguales porque sus poderes son desiguales.

Esta posición resulta subversiva para todos los sistemas de religión y moral y, naturalmente, no puedo esperar el asentimiento inmediato de la audiencia a la que hoy me dirijo. Tampoco dispongo del tiempo que me permitiría exponer un elaborado, ni siquiera un breve y sumario, examen de los fundamentos de la ética. Todo aquel que desee un mayor conocimiento de este particular aspecto de la cuestión debe leer un profundo libro alemán "Der Einzige und sein Eigenthum" ["El único y su propiedad"], escrito hace muchos años por un relativamente desconocido autor, el Dr. Caspar Schmidt, cuyo nom de plume era Max Stirner. Conocido tan sólo por un puñado de estudiosos, este libro vegeta hoy en la oscuridad, pero está destinado a una resurrección que quizás marque una época.

Si ésta fuera, por consiguiente, una cuestión de derecho, sería exclusivamente, de acuerdo a los Anarquistas, una cuestión de fuerza. Pero, afortunadamente, no es una cuestión de derecho: es una cuestión de conveniencia, de conocimiento, de ciencia; de la ciencia de vivir juntos, la ciencia de la sociedad. La historia de la humanidad no ha sido sino el descubrimiento largo y gradual del hecho de que el individuo es beneficiado por la sociedad exactamente en la misma proporción en que la sociedad es libre y de la ley que señala que la condición de una sociedad estable y armoniosa es la mayor cantidad de libertad individual compatible con la igualdad de la libertad. El hombre común de cada nueva generación se dice a sí mismo, en forma mucho más clara y consciente que su predecesor: "Mi vecino no es mi enemigo sino mi amigo, y yo también lo seré de él si ambos reconocemos mutuamente este hecho. Nosotros nos ayudamos para lograr una mejor, más llena y más feliz vida y este servicio aumentaría grandemente si nosotros cesaramos de restrinjir, estorbar u oprimir a otros. ¿Por qué no podemos estar de acuerdo en que cada cual viva su propia vida, sin transgredir ninguno de nosotros el límite que separa nuestras individualidades?". Mediante este razonamiento la humanidad se encamina al verdadero contrato social, que no se encuentra, tal como Rousseau lo imaginara, en el origen de la sociedad, sino que es el resultado de una larga experiencia social, el fruto de sus tonterías y desastres. Es obvio que este contrato, esta ley social, excluye cualquier agresión, cualquier violación a la igualdad de la libertad, cualquier invasión de la clase que fuere. Relacionando este contrato con el concepto anarquista del Estado como encarnación del principio de invasión, vemos claramente que el estado es antagónico a la sociedad y salta a la vista que, siendo la sociedad esencial para la vida y el desarrollo del individuo, la relación entre el individuo y el Estado será siempre de mutua hostilidad hasta que el Estado desaparezca.

"Pero", se les preguntará a los Anarquistas al tocar este punto, "¿qué hacer con aquellos individuos que persistan en violar la ley social e invadir a sus vecinos?". Los anarquistas responden que la abolición del Estado irá acompañada del nacimiento de una asociación defensiva, fundada sobre una base voluntaria y no compulsiva, que se dedicará a restringir a los invasores por todos los medios que sean necesarios. "Pero eso es lo que tenemos ahora" es la respuesta. "¿Entonces usted sólo quiere un cambio de nombre?". No tan rápido, por favor. ¿Alguien puede pretender seriamente que el Estado, tal como existe hoy en América, es puramente una institución defensiva? Seguro que no, con excepción de aquellos que ven del Estado tan sólo su manifestación más palpable: el policía en la esquina de la calle. Y no sería necesario mirarlo muy de cerca para captar el error de esta afirmación. Porque el primer acto del Estado, la valoración compulsiva y la recolección de impuestos es, en sí mismo, una agresión, una violación de la igualdad de la libertad y tal acto es el que da inicio a todos los otros, incluyendo aquellos que serían puramente defensivos si sólo pagáramos contribuciones voluntarias a una tesorería. ¿Cómo es posible sancionar, bajo la ley de la igualdad de la libertad, la confiscación de las ganancias de un hombre para pagar una protección que no busca ni desea en modo alguno? Y, si esto es un ultraje, ¿que nombre le daremos a tal confiscación cuando a la víctima se le da, en lugar de pan, una piedra, y en lugar de protección, opresión? Obligar a un hombre a pagar por la violación de su libertad es, de hecho, añadir el insulto al daño. Pero eso es exactamente lo que el Estado hace todos los días. Lea usted los "Registros del Congreso", siga los procedimientos de las legislaturas estatales, examine nuestros estatutos, someta por separado cada acto legislativo a la ley de la igualdad de la libertad y encontrará que las nueve décimas partes de la legislación existente no tienen por objeto dar fuerza a esa ley social fundamental sino regular los hábitos personales o, peor aún, crear y sostener monopolios comerciales, industriales y financieros que privan al trabajo de la justa recompensa que recibiría en un mercado totalmente libre.

"Ser gobernado", dice Proudhon, "es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, autorizado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido. Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado". Estoy seguro de que no necesito señalar a ustedes cuántas de las leyes existentes corresponden y justifican casi cada aspecto de la larga acusación de Proudhon. ¡Cuán irreflexivo es, entonces, señalar que el orden político existente es de un carácter puramente defensivo en lugar del agresivo Estado que los Anarquistas pugnan por abolir!

Esto nos lleva a otra consideración, el poderoso problema del individuo invasor, el cual es uno de los caballitos de batalla de los opositores al Anarquismo. Y, sin embargo, ¿no es, tal como se ha escrito ya largamente, el tratamiento que este problema recibe uno de los principales responsables de su existencia? Yo he leído u
oído en alguna parte acerca de una inscripción colocada en cierta institución caritativa: "Este hospicio fue construído por una persona pía, aunque primero fabricó los pobres que lo habitan."

Y me parece a mí que eso es lo que pasa con nuestras prisiones. Ellas están llenas de delincuentes que nuestro virtuoso estado ha creado con sus leyes inícuas, sus monopolios destructivos y las horribles condiciones sociales que son su resultado. Nosotros creamos leyes que fabrican criminales y después las utilizamos para castigarlos. ¿Es demasiado esperar que las nuevas condiciones sociales que sean el resultado de la abolición de toda interferencia con la producción y la distribución de la riqueza, traigan como resultado un cambio tal en los hábitos e inclinaciones de los hombres que conviertan a nuestras cárceles y calabozos, nuestros policías y nuestros soldados, en una palabra, toda nuestra maquinaria y equipo de defensa, en algo superfluo? Esto es, precisamente, lo que los Anarquistas creen. Suena utópico, pero descansa realmente en sólidas bases económicas. Hoy, sin embargo, el tiempo nos queda corto para explicar el punto de vista anarquista sobre la dependencia de la usura y, por consiguiente, sobre la pobreza y sobre el privilegio monopólico y, sobre todo, el privilegio de la banca. Tampoco nos queda tiempo para mostrar cómo una minoría inteligente, educada en los principios del Anarquismo y decidida a ejercer ese derecho a ignorar al Estado en el que Spencer tan hábil y admirablemente insiste en sus "Estáticas Sociales" puede, en desafío a las prohibiciones nacionales y estatales sobre la banca, establecer un Banco Mutual en competencia con los monopolios existentes y así dar el primer paso hacia la abolición de la usura y del Estado. Este paso puede parecer muy simple, pero todos los demás se seguirán de él.
Media hora es un lapso de tiempo demasiado corto para discutir la relación del Estado con el individuo y me veo obligado a pedirles disculpas por mi brevedad en el tratamiento de una serie de puntos que requerirían, cada uno, un ensayo entero para su desarrollo. Si he perfilado el argumento inteligiblemente, mis expectativas están colmadas. Sin embargo, y con la esperanza de imprimir más vivamente en sus mentes la idea del verdadero contrato social, quiero concluir tomándome la libertad de leer otra página de Proudhon, con quien yo estoy en deuda respecto a todo lo que se, o creo saber, sobre este asunto. Contrastando la autoridad con el libre acuerdo dice, en su "Idea General de la Revolución en el Siglo XIX": "Sobre la distancia que separa estos dos regímenes, podemos juzar por las diferencias en su estilo.

"Uno de los más solemnes momentos en la evolución del principio de autoridad fue la promulgación del decálogo. La voz del ángel dirigiéndose al Pueblo, postrado a los pies del Sinaí:

"Vosotros rendiréis culto al Eterno y sólo al Eterno.
"Vosotros sólo juraréis por Él.
"Vosotros guardaréis las fiestas y pagaréis los diezmos.
"Vosotros honraréis a vuestros padres y vuestras madres.
"Vosotros no mataréis.
"Vosotros no robaréis.
"Vosotros no cometeréis adulterio.
"Vosotros no levantaréis falso testimonio.
"Vosotros no codiciaréis ni calumniaréis.
"Pues es el Eterno quien os lo ordena y es el Eterno quien os ha hecho lo que sois.

El Eterno es el único soberano, el único sabio y el único benemérito. El Eterno premia y castiga. Es poder del eterno haceros felices o infelices.

"Todas las legislaciones han adoptado tal estilo. Todas se dirigen al hombre empleando la fórmula soberana. Los mandamientos hebreos, en futuro; los latinos, en imperativo, y los griegos en infinitivo. Los modernos no han hecho otra cosa. La tribuna del parlamento es un Sinaí tan infalible y terrible como el de Moisés. La ley que sea, venga de los labios de los que venga, se vuelve sagrada una vez que ha sido proclamada por esa trompeta profética que, para nosotros, es la mayoría.

"Vosotros no os reuniréis.
"Vosotros no imprimiréis.
"Vosotros no leeréis.
"Vosotros respetaréis a los representantes y oficiales que el azar del sufragio o el capricho del Estado hayan puesto sobre vosotros.
"Vosotros obedeceréis las leyes que ellos en su sabiduría hayan hecho.
"Vosotros pagaréis fielmente las contribuciones que os impongan.
"Y amaréis al Gobierno, vuestro Señor y Dios, con todo el corazón, toda el alma y toda la mente, porque el Gobierno sabe mejor que vosotros lo que es artístico, lo que es digno y lo que es bueno para vosotros, y tiene el poder de castigar a quienes que desobedecen sus mandatos, así como de premiar hasta la cuarta generación a quienes le obedecen.

"Con la Revolución es bastante diferente.
"La búsqueda de causas primeras y causas finales se elimina tanto de la ciencia económica
como de las ciencias naturales.
"La idea de Progreso reemplaza, en filosofía, la del Absoluto.
"La Revolución sucede a la Revelación.
"La Razón, ayudada por Experiencia, descubre al hombre las leyes de Naturaleza y de la Sociedad y le dice:

"Estas leyes son necesarias en sí mismas. Ningún hombre las ha hecho y ningún hombre te las impone. Ellas han sido descubiertas gradualmente, y yo sólo existo para dar testimonio de ellas.

"Si las observas, serás justo y bueno.
"Si las violas, serás injusto y malo.
"No te ofrezco ningún otro motivo.
"Ya, entre tus compañeros, algunos han reconocido que esta justicia es mejor, para cada uno y para todos, que la iniquidad, y han estado de acuerdo entre sí para mutuamente guardar fe y derecho. Es decir, para respetar las reglas de transacción qué la naturaleza de cosas les señala como las únicas capaces de asegurarles, en la medida más grande, bienestar, seguridad y paz.

"¿Deseas adherirte a su grupo, formar parte de su sociedad?
"¿Promete respetar el honor, la libertad, y los bienes de tus hermanos?
"¿Prometes nunca apropiarte, por la violencia, el fraude, la usura o la especulación del producto o la posesión de otro?
"¿Prometes nunca mentir o engañar en la justicia, en los negocios o en cualquier otra transacción?
"Eres libre de aceptar o rehusar.
"Si te niegas, te volverás parte de una sociedad de salvajes. Fuera de la comunión de la raza humana, te transformas en objeto de sospecha. Nada ni nadie te protege. Al insulto más ligero, el primero en pasar puede alzar su mano contra ti sin incurrir en otra imputación que la de crueldad inútilmente practicada en un bruto.
"Por el contrario, si juras frente al grupo, te vuelves una parte de la sociedad de hombres libres. Todos tus hermanos entran en un compromiso contigo, prometiéndote fidelidad, amistad, ayuda, servicios e intercambio. En caso de infracción, de tu parte o de la de algún otro, por negligencia, pasión, o malicia, serás responsable ante nosotros tanto por el daño como por el escándalo y la inseguridad que has causado. Responsabilidad que podrá extenderse, según la gravedad del perjurio o la repetición de la ofensa, incluso hasta la excomunión y la muerte.

"La ley es clara y la sanción aún más. Tres artículos que se hacen sólo uno. Tal es el contrato social entero. En lugar de hacer juramento a Dios y a su príncipe, el ciudadano jura en su conciencia, ante sus hermanos, y antes la Humanidad. Entre estos dos juramentos hay la misma diferencia que entre la esclavitud y la libertad, la fe y la ciencia, las cortes y la justicia, la usura y el trabajo, el gobierno y la economía, la nada y el ser, Dios y el hombre."

febrero 28, 2008

Los vicios no son delitos



Por Lysander Spooner



I

Vicios son aquellos actos por los que un hombre se daña a sí mismo o a su propiedad.

Delitos o crímenes son aquellos actos por los que un hombre daña la persona o propiedad de otro.

Los vicios son simplemente los errores que un hombre comete en la búsqueda de su propia felicidad. Al contrario que los delitos, no implican malicia hacia otros, ni interferencia con sus personas o propiedades.

En los vicios falta la verdadera esencia del delito (esto es, la intención de lesionar la persona o propiedad de otro).

En un principio legal que no puede haber delito sin voluntad criminal; esto es, sin la voluntad de invadir la persona o propiedad de otro. Pero nunca nadie practica un vicio con esa voluntad criminosa. Practica su vicio solamente por su propia satisfacción y no por malicia alguna hacia otros.

En tanto no se haga y reconozca legalmente esta clara distinción entre vicios y delitos, no puede haber en la tierra cosas como el derecho individual, la libertad o la propiedad; cosas como el derecho de un hombre a controlar su propia persona y propiedad y los correspondientes derechos de otro hombre a controlar su propia persona y propiedad.

Para un gobierno, declarar un vicio como delito y penalizarlo como tal, es un intento de falsificar la verdadera naturaleza de las cosas. Es tan absurdo como sería declarar lo verdadero, falso o lo falso, verdadero.



II.
Cada acto voluntario de la vida de un hombre es virtuoso o vicioso. Quiere decirse que está de acuerdo o en conflicto con las leyes naturales de la materia y el pensamiento, de las que depende su salud y bienestar físico, mental y emocional. En otras palabras, todo acto de su vida tiende, en general o bien a su satisfacción o a su insatisfacción. Ningún acto de su existencia resulta indiferente.

Más aún, cada ser humano difiere de los demás seres humanos en su constitución física, mental y emocional y también en las circunstancias que le rodean. Por tanto, muchos actos que resultan virtuosos y tienden a la satisfacción, en el caso de una persona, son viciosos y tienden a la insatisfacción, en el caso de otra.
También muchos actos que son virtuosos y tienden a la satisfacción en el caso de un hombre en un momento dado y bajo ciertas circunstancias, resultan ser viciosos y tender a la insatisfacción en el caso de la misma persona en otro momento y bajo otras circunstancias.


III.
Saber qué acciones son virtuosas y cuáles viciosas (en otras palabras, saber qué acciones tienden, en general, a la satisfacción y cuáles a la insatisfacción) en el caso de cada hombre, en todas y cada una de las condiciones en las que pueda encontrarse es el estudio más profundo y complejo al que nunca se haya dedicado o pueda nunca dedicarse la mejor mente humana. Sin embargo, es un estudio constante que cada hombre (tanto el más pobre como el más grande en intelecto) debe necesariamente realizar a partir de los deseos y necesidades de su propia existencia. También es un estudio en que cada persona, de su cuna a su tumba, debe formar sus propias conclusiones, porque nadie sabe o siente, o puede saber o sentir, como él mismo sabe y siente los deseos y necesidades, las esperanzas y los temores y los impulsos de su propia naturaleza o la presión de sus propias circunstancias.


IV.
A menudo no es posible decir de aquellos actos denominados vicios que lo sean realmente, excepto a partir de cierto grado. Es decir, es difícil decir de cualquier acción o actividad, que se denomine vicio, que realmente hubiera sido vicio si se hubiera detenido antes de determinado punto. La cuestión de la virtud o el vicio, por tanto, en todos esos casos es una cuestión de cantidad y grado y no del carácter intrínseco de cualquier acto aislado por sí mismo. A este hecho se añade la dificultad, por no decir la imposibilidad, de que alguien (excepto cada individuo por sí mismo) trace la línea adecuada o algo que se le parezca; es decir, indicar dónde termina la virtud y empieza el vicio. Y ésta es otra razón por la que toda la cuestión de la virtud y el vicio debería dejarse a cada persona para que la resuelva por sí misma.


V.
Los vicios son normalmente placenteros, al menos por un tiempo y a menudo no se descubren como vicios, por sus efectos, hasta después de que se han practicado durante años, quizás una vida entera. Muchos, quizá la mayoría, de los que los practican, no los descubren como vicios en toda su vida. Las virtudes, por otro lado, a menudo parecen tan duras y severas, requieren al menos el sacrificio de tanta satisfacción inmediata y los resultados, que son los que prueban que son virtudes, son a menudo de hecho tan distantes y oscuros, tan absolutamente invisibles en la mente de muchos, especialmente de los jóvenes, que, por su propia naturaleza, no puede ser de conocimiento universal, ni siquiera general, que son virtudes. En realidad, los estudios de profundos filósofos se han dedicado (si no totalmente en vano, sin duda con escasos resultados) a esforzarse en trazar los límites entre las virtudes y los vicios.

Si, por tanto, resulta tan difícil, casi imposible en la mayoría de los casos, determinar qué es vicio y qué no, o en concreto si es tan difícil, en casi todos los casos, determinar dónde termina la virtud y empieza el vicio, y si estas cuestiones, que nadie puede real y verdaderamente determinar para nadie salvo para sí mismo, no se dejan libres y abiertas para que todos las experimenten, cada persona se ve privada del principal de todos sus derechos como ser humano, es decir: su derecho a inquirir, investigar, razonar, intentar experimentos, juzgar y establecer por sí mismo qué es, para él, virtud y qué es, para él, vicio; en otras palabras, qué es lo que, en general, le produce satisfacción y qué es lo que, en general, le produce insatisfacción. Si este importante derecho no se deja libre y abierto para todos, entonces se deniega el derecho de cada hombre, como ser humano racional, a la “libertad y la búsqueda de la felicidad”.


VI.
Todos venimos al mundo ignorando todo lo que se refiere a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. Por una ley fundamental de nuestra naturaleza todos nos vemos impulsados por el deseo de felicidad y el miedo al dolor. Pero tenemos que aprender todo respecto de qué nos produce satisfacción o felicidad y nos evita el dolor. Ninguno de nosotros es completamente parecido, física, mental o emocionalmente o, en consecuencia, en nuestros requisitos físicos, mentales o emocionales para obtener satisfacción y evitar la insatisfacción. Por tanto, nadie puede aprender de otro esta lección indispensable de la satisfacción y la insatisfacción, de la virtud y el vicio. Cada uno debe aprender por sí mismo. Para aprender, debe tener libertad para experimentar lo que considere pertinente para formarse un juicio. Algunos de estos experimentos tienen éxito y, como lo tienen, se les denomina virtudes; otros fracasan y, precisamente por fracasar, se les denomina vicios. Se obtiene tanta sabiduría de los fracasos como de los éxitos, de los llamados vicios como de las llamadas virtudes. Ambos son necesarios para la adquisición de ese conocimiento (de nuestra propia naturaleza y del mundo que nos rodea y de nuestras adaptaciones o inadaptaciones a cada uno), que nos mostrará cómo se adquiere felicidad y se evita el dolor. Y, salvo que se permita intentar satisfactoriamente esta experimentación, se nos restringiría la adquisición de conocimiento y consecuentemente buscar el gran propósito y tarea de nuestra vida.


VII.
Un hombre no está obligado a aceptar la palabra de otro, o someterse a la autoridad de alguien en un asunto tan vital para él y sobre el que nadie más tiene, o puede tener, un interés como el que él mismo tiene. No puede, aunque quisiera, confiar con seguridad en las opiniones de otros hombres, porque encontrará que las opiniones de otros hombres no son coincidentes. Ciertas acciones, o secuencias de acciones, han sido realizadas por muchos millones de hombres, a través de sucesivas generaciones, y han sido por ellos consideradas, en general, como conducentes a la satisfacción, y por tanto virtuosas. Otros hombres, en otras épocas o países, o bajo otras condiciones, han considerado, como consecuencia de su experiencia y observación, que esas acciones tienden, en general, a la insatisfacción, y son por tanto viciosas. La cuestión de la virtud y el vicio, como ya se ha indicado en la sección previa, también se ha considerado, para la mayoría de los pensadores, como una cuestión de grado, esto es, de hasta qué nivel deben realizarse ciertas acciones, y no del carácter intrínseco de un acto aislado por sí mismo. Las cuestiones acerca de la virtud y el vicio por tanto han sido tan variadas y, de hecho, tan infinitas, como las variedades de mentes, cuerpos y condiciones de los diferentes individuos que habitan el mundo. Y la experiencia de siglos ha dejado sin resolver un número infinito de estas cuestiones. De hecho, difícilmente puede decirse que se haya resuelto alguna.


VIII.
En medio de esta inacabable variedad de opiniones, ¿qué hombre o grupo de hombres tiene derecho a decir, respecto de cualquier acción o series de acciones “Hemos intentado este experimento y determinado todas las cuestiones relacionadas con él. Lo hemos determinado no sólo para nosotros, sino para todos los demás. Y respecto de todos los que son más débiles que nosotros, les obligaremos a actuar de acuerdo con nuestras conclusiones. No puede haber más experimentos posibles sobre ello por parte de nadie y por tanto, no puede haber más conocimientos por parte de nadie”?

¿Quiénes son los hombres que tienen derecho a decir esto? Sin duda, ninguno. Los hombres que de verdad lo han dicho o bien son descarados impostores y tiranos, que detendrían el progreso del conocimiento y usurparían un control absoluto sobre las mentes y cuerpos de sus semejantes, a los que debemos resistirnos instantáneamente y hasta el final; o bien son demasiado ignorantes de su propia debilidad y de sus relaciones reales con otros hombres como para merecer otra consideración que la simple piedad o el desdén.

Sabemos sin embargo que hay hombres así en el mundo. Algunos intentan ejercitar su poder sólo en una esfera pequeña, por ejemplo, sobre sus hijos, vecinos, conciudadanos y compatriotas. Otros intentan ejercitarlo a un nivel mayor. Por ejemplo, un anciano en Roma, ayudado por unos pocos subordinados, intenta decidir acerca de todas las cuestiones de la virtud y el vicio, es decir, de la verdad y la mentira, especialmente en asuntos de religión. Afirma conocer y enseñar qué ideas y prácticas religiosas son beneficiosas o perjudiciales para la felicidad del hombre, no sólo en este mundo, sino en el venidero. Afirma estar milagrosamente inspirado para realizar su trabajo y así virtualmente conocer, como hombre sensible, que nada menos que esa inspiración milagrosa le cualifica para ello. Sin embargo esa inspiración milagrosa no le ha resultado suficiente para permitirle responder más que unas pocas cuestiones. La más importante que los comunes mortales pueden conocer ¡es una creencia implícita en su infalibilidad (del papa)! y en segundo lugar que los peores vicios de los que podemos ser culpables son ¡creer y declarar que sólo es un hombre como el resto!

Hicieron falta entre quince y dieciocho siglos para permitirle llegar a conclusiones definitivas acerca de estos dos puntos vitales. Y aún parece que el primero debe ser previo a resolver cualquier otra cuestión, porque hasta que no se determinó su propia infalibilidad, no tenía autoridad para decidir otra cosa. Sin embargo, hasta ese momento, intentó o pretendió establecer unas pocas más. Y quizás pueda intentar establecer unas pocas más en el futuro, si continuara encontrando quien le escuche. Pero sin duda su éxito no apoya, hasta ahora, la creencia de que será capaz de resolver todas las cuestiones acerca de la virtud y el vicio, incluso en su peculiar área religiosa, a tiempo para satisfacer las necesidades de la humanidad. Él, o sus sucesores, sin duda, se verán obligados, en poco tiempo, a reconocer que ha asumido una tarea para la cual toda su inspiración milagrosa resultaba inadecuada y que, necesariamente, debe dejarse a cada ser humano que resuelva todas las cuestiones de este tipo por sí mismo. Y es razonable esperar que los demás papas, en otras áreas menores, tengan en algún momento motivos para llegar a la misma conclusión. Sin duda, nadie, sin afirmar una inspiración sobrenatural, debería asumir una tarea para la que obviamente es necesaria una inspiración de ese tipo. Y, sin duda, nadie someterá su propio juicio a las enseñanzas de otros, antes de convencerse de que éstos tienen algo más que un conocimiento humano ordinario sobre esta materia.
Si esas personas, que se muestran a sí mismos como adornadas tanto por el poder como por el derecho a definir y castigar los vicios de otros hombres dirigieran sus pensamientos hacia sí mismos, probablemente descubrirían que tienen mucho trabajo a realizar en casa, y que, cuando éste se completara, estarían poco dispuestos a hacer más con el fin de corregir los vicios de otros que sencillamente comunicar los resultados de su experiencia y observaciones. En este ámbito sus trabajos podrían posiblemente ser útiles, pero en el campo de la infalibilidad y la coerción, probablemente, por razones bien conocidas, se encontrarían con incluso menos éxito en el futuro que el que hubieran tenido en el pasado.


IX.
Por las razones dadas, ahora resulta obvio que el gobierno sería completamente impracticable si tuviera que ocuparse de los vicios y castigarlos como delitos. Cada ser humano tiene sus vicios. Casi todos los hombres tienen multitud. Y son de todo tipo: fisiológicos, mentales, emocionales, religiosos, sociales, comerciales, industriales, económicos, etc., etc. Si el gobierno tuviera que ocuparse de cualquiera de esos vicios y castigarlos como delitos, entonces, para ser coherente, debe ocuparse de todos ellos y castigar a todos imparcialmente. La consecuencia sería que todo el mundo estaría en prisión por sus vicios. No quedaría nadie fuera para cerrarles las puertas. De hecho no podrían constituirse suficientes tribunales para procesar a los delincuentes, ni construirse suficientes prisiones para internarlos. Toda la industria humana de la adquisición de conocimiento e incluso de obtener medios de subsistencia debería frenarse, ya que todos deberíamos ser siendo juzgados constantemente o en prisión por nuestros vicios. Pero aunque fuera posible poner en prisión a todos los viciosos, nuestro conocimiento de la naturaleza humana nos dice que, como norma general, habría, con mucho, más gente en prisión por sus vicios que fuera de ella.


X.
Un gobierno que castigara imparcialmente todos los vicios es una imposibilidad tan obvia que no hay ni habrá nunca nadie lo suficientemente loco como para proponerlo. Lo más que algunos proponen es que el gobierno castigue algunos, o como mucho unos pocos, de los que estime peores. Pero esta discriminación es completamente absurda, ilógica y tiránica. ¿Es correcto que algún hombre afirme: “Castigaremos los vicios de otros, pero nadie castigará los nuestros. Restringiremos a los otros su búsqueda de la felicidad de acuerdo con sus propias ideas, pero nadie nos restringirá la búsqueda de nuestra propia felicidad de acuerdo con nuestras ideas. Evitaremos que otros hombres adquieran conocimiento por experiencia acerca de lo que es bueno o necesario para su propia felicidad, pero nadie evitará que nosotros adquiramos conocimiento por experiencia acerca de lo que es bueno y necesario para nuestra propia felicidad”?

Nadie ha pensado nunca, excepto truhanes o idiotas, hacer suposiciones tan absurdas como éstas. Y aún así, evidentemente, sólo es bajo esas suposiciones que algunos afirman el derecho a penalizar los vicios de otros, al tiempo que piden que se les evite ser penalizados a su vez.


XI.
Nunca se hubiera pensado en algo como un gobierno, formado por asociación voluntaria, si el fin propuesto hubiera sido castigar imparcialmente todos los vicios, ya que nadie hubiera querido una institución así o se hubiera sometido voluntariamente a ella. Pero un gobierno, formado por asociación voluntaria, para el castigo de todos los delitos, es algo razonable, ya que todo el mundo quiere para sí mismo protección frente a todos los delitos de otros e igualmente acepta la justicia de su propio castigo si comete un delito.


XII.
Es una imposibilidad natural que un gobierno tenga derecho a penalizar a los hombres por sus vicios, porque es imposible que un gobierno tenga derecho alguno excepto los que tuvieran previamente, como individuos, los mismos individuos que lo compongan. No podrían delegar en un gobierno derechos que no posean por sí mismos. No podrían contribuir al gobierno con ningún derecho, excepto con los que ya poseen como individuos. Ahora bien, nadie, excepto un individuo o un impostor, puede pretender que, como individuo tenga derecho a castigar a otros hombres por sus vicios. Pero todos y cada uno tienen un derecho natural, como individuos, a castigar a otros hombres por sus delitos, puesto que todo el mundo tiene un derecho natural no sólo a defender su persona y propiedades frente a agresores, sino también a ayudar y defender a todos los demás cuya persona o propiedad se vean asaltadas. El derecho natural de cada individuo a defender su propia persona y propiedad frente a un agresor y ayudar y defender a cualquier otro cuya persona o propiedad se vea asaltada, es un derecho sin el cual los hombres no podrían existir en la tierra. Y el gobierno no tiene existencia legítima, excepto en tanto en cuanto abarque y se vea limitado por este derecho natural de los individuos. Pero la idea de que cada hombre tiene un derecho natural a decidir qué son virtudes y qué son vicios (es decir, qué contribuye a la felicidad de sus vecinos y qué no) y a castigarlos por todo lo que no contribuya a ello, es algo que nunca nadie ha tenido la imprudencia de afirmar. Son sólo aquéllos que afirman que el gobierno tiene algún poder legítimo, que ningún individuo o individuos les ha delegado o podido delegar, los que afirman que el gobierno tenga algún poder legítimo para castigar los vicios.

Valdría para un papa o un rey (que afirman haber recibido su autoridad directamente del Cielo para gobernar sobre sus semejantes) afirmar ese derecho como vicarios de Dios, el de castigar a la gente por sus vicios, pero resulta un total y absoluto absurdo que cualquier gobierno que afirme que su poder proviene íntegramente de la autorización de los gobernados, afirmar poder alguno de este tipo, porque todos saben que los gobernantes nunca lo autorizarían. Para ellos autorizarlo sería un absurdo, porque sería renunciar a su propio derecho a buscar su felicidad, puesto que renunciar a su derecho a juzgar qué contribuye a su felicidad es renunciar a su derecho a buscar su propia felicidad.


XIII.
Ahora podemos ver qué simple, fácil y razonable resulta que sea asunto del gobierno castigar los delitos, comparado con castigar los vicios. Los delitos son pocos y fácilmente distinguibles de los demás actos y la humanidad generalmente está de acuerdo acerca de qué actos son delitos. Por el contrario, los vicios son innumerables y no hay dos personas que se pongan de acuerdo, excepto en relativamente pocos casos, acerca de cuáles son. Más aún, todos desean ser protegidos, en su persona y propiedades, contra las agresiones de otros hombres. Pero nadie desea ser protegido, en su persona o propiedades, contra sí mismo, porque resulta contrario a las leyes fundamentales de la propia naturaleza humana que alguien desee dañarse a sí mismo. Uno sólo desea promover su propia satisfacción y ser su propio juez acerca de lo que promoverá y promueve su propia satisfacción. Es lo que todos quieren y a lo que tienen derecho como seres humanos. Y aunque todos cometemos muchos errores y necesariamente debemos cometerlos, dada la imperfección de nuestro conocimiento, esos errores no llegan a ser un argumento contra el derecho, porque todos tienden a darnos el verdadero conocimiento que necesitamos y perseguimos y no podemos obtener de otra forma.

El objetivo que se persigue, por tanto, al castigar los delitos, no sólo tiene una forma completamente diferente, sino que se opone directamente al que se persigue al castigar los vicios.

El objetivo que se persigue al castigar los delitos es asegurar a todos y cada uno de los hombre por igual, la mayor libertad que pueda conseguirse (consecuentemente con los mismos derechos de otros) para buscar su propia felicidad, con la ayuda del propio criterio y mediante el uso de su propiedad. Por otro lado, el objetivo perseguido por el castigo de los vicios es privar a cada hombre de su derecho y libertad natural a buscar su propia felicidad, con la ayuda del propio criterio y mediante el uso de su propiedad.

Por tanto, ambos objetivos se oponen directamente entre sí. Se oponen directamente entre sí como la luz y la oscuridad, o la verdad y la mentira, o la libertad y la esclavitud. Son completamente incompatibles entre sí y suponer que ambos pueden contemplarse en un solo gobierno es absurdo, imposible. Sería suponer que los objetivos de un gobierno serían cometer crímenes y prevenirlos, destruir la libertad individual y garantizarla.


XIV.
Por fin, acerca de este punto de la libertad individual: cada hombre debe necesariamente juzgar y determinar por sí mismo qué le es necesario y le produce bienestar y qué lo destruye, porque si deja de realizar esta actividad por sí mismo, nadie puede hacerlo en su lugar. Y nadie intentará si quiera realizarla en su lugar, salvo en unos pocos casos. Papas, sacerdotes y reyes asumirán hacerlo en su lugar, en ciertos casos, si se lo permiten. Pero, en general, sólo lo harán en tanto en cuanto puedan administrar sus propios vicios y delitos al hacerlo. En general, sólo lo harán cuando puedan hacer de él su bufón y su esclavo. Los padres, sin duda con más motivo que otros, intentan hacer lo mismo demasiado a menudo. Pero en tanto practican la coerción o protegen a un niño de algo que no sea real y seriamente dañino, le perjudican más que benefician. Es una ley de la naturaleza que para obtener conocimiento e incorporarlo a su ser, cada individuo debe ganarlo por sí mismo. Nadie, ni siquiera sus padres, puede indicarles la naturaleza del fuego de forma que la conozcan de verdad. Debe experimentarla él mismo y quemarse, antes de conocerla.

La naturaleza conoce, mil veces mejor que cualquier padre, para qué está designado cada individuo, qué conocimiento necesita y cómo debe obtenerlo. Sabe que sus propios procesos para comunicar ese conocimiento no sólo son los mejores, sino los únicos que resultan efectivos.

Los intentos de los padres por hacer a sus hijos virtuosos generalmente son poco más que intentos de mantenerlos en la ignorancia de los vicios. Son poco más que intentos de enseñar a sus hijos a conocer y preferir la verdad, manteniéndolos en la ignorancia de la falsedad. Son poco más que intentos de enseñar a sus hijos a buscar y apreciar la salud, manteniéndolos en la ignorancia de la enfermedad y de todo lo que la causa. Son poco más que intentos de enseñar a sus hijos a amar la luz, manteniéndolos en la ignorancia de la oscuridad. En resumen, son poco más que intentos de hacer felices a sus hijos, manteniéndolos en la ignorancia de de todo lo que les cause infelicidad.

Que los padres puedan ayudar a sus hijos en definitiva en su búsqueda de la felicidad, dándoles sencillamente los resultados de su propia (de los padres) razón y experiencia, está muy bien y es un deber natural y adecuado. Pero practicar la coerción en asuntos en lo que los hijos son razonablemente competentes para juzgar por sí mismos es sólo un intento de mantenerlos en la ignorancia. Y esto se parece mucho a una tiranía y a una violación del derecho del hijo a adquirir por sí mismo y como desee los conocimientos, igual que si la misma coerción se ejerciera sobre personas adultas. Esa coerción ejercida contra los hijos es una negación de su derecho a desarrollar las facultades que la naturaleza les ha dado y a que sean como la naturaleza las diseñó. Es una negación de su derecho a sí mismos y al uso de sus propias capacidades. Es una negación del derecho a adquirir el conocimiento más valioso, es decir, el conocimiento que la naturaleza, la gran maestra, está dispuesta a impartirles.

Los resultados de esa coerción nos son hacer a los hijos sabios o virtuosos, sino hacerlos ignorantes y por tanto débiles y viciosos, y perpetuar a través de ellos, de edad en edad, la ignorancia, la superstición, los vicios y los crímenes de los padres. Lo prueba cada página de la historia del mundo.

Quienes mantienen opiniones opuestas son aquéllos cuyas teologías falsas y viciosas o cuyas ideas generales viciosas, les han enseñado que la raza humana tiende naturalmente hacia la maldad, en lugar de hacia la bondad, hacia lo falso, en lugar de hacia lo verdadero, que la humanidad no dirige naturalmente sus ojos hacia la luz, que ama la oscuridad en lugar de la luz y que sólo encuentra su felicidad en las cosas que les llevan a la miseria.


XV.
Pero estos hombres, que afirman que el gobierno debería usar su poder para prevenir el vicio, dicen o suelen decir: “Estamos de acuerdo con el derecho de un individuo a buscar a su manera su propia satisfacción y consecuentemente a ser vicioso si le place, sólo decimos que el gobierno debería prohibir que se les vendieran los artículos que alimentan su vicio”.

La respuesta a esto es que la simple venta de cualquier artículo (independientemente del uso que se vaya a hacer de él) es legalmente un acto perfectamente inocente. La cualidad del acto de la venta depende totalmente de la cualidad del empleo que se haga de la cosa vendida. Si el uso de algo es virtuoso y legal, entonces su venta para ese uso es virtuosa y legal. Si el uso es vicioso, entonces la venta para ese uso es viciosa. Si el uso es criminal, entonces la venta para ese uso es criminal. El vendedor es, como mucho, sólo un cómplice del uso que se haga del artículo vendido, sea virtuoso, vicioso o criminal. Cuando el uso es criminal, el vendedor es cómplice del crimen y se le puede castigar como tal. Pero cuando el uso sea sólo vicioso, el vendedor sería sólo un cómplice del vicio y no se le puede castigar.


XVI.
Pero nos preguntaremos: “¿No existe un derecho por parte del gobierno de evitar que continúe un proceso que conduce a la autodestrucción?”

La respuesta es que el gobierno no tiene derecho en modo alguno, mientras los calificados como viciosos permanezcan cuerdos (compos mentis), capaces de ejercitar un juicio y autocontrol razonables, porque mientras se mantengan cuerdos debe permitírseles juzgar y decidir por sí mismos si los llamados vicios son de verdad vicios, si realmente les conducen a la destrucción y si, en suma, se dirigirán a ella o no. Cuando pierdan la cordura (non compos mentis) y sean incapaces de un juicio o autocontrol razonables, sus amigos o vecinos o el gobierno deben ocuparse de ellos y protegerles de daños, tanto a ellos como a personas a las que pudieran dañar, igual que si la locura hubiera acaecido por cualquier otra causa distinta de su supuestos vicios.

Pero del hecho de que los vecinos de un hombre supongan que se dirige a la autodestrucción por culpa de sus vicios, no se deduce, por tanto, que no esté cuerdo (non compos mentis) y sea incapaz de un juicio o autocontrol razonables, entendidos dentro del ámbito legal de estos términos. Hombres y mujeres pueden ser adictos a a muchos y muy deleznables vicios (como la glotonería, la embriaguez, la prostitución, el juego, las peleas callejeras, mascar tabaco, fumar y esnifar, tomar opio, llevar corsé, la pereza, la prodigalidad, la avaricia, la hipocresía, etc., etc.) y aún así seguir estando cuerdos (compos mentis), capaces de un juicio y autocontrol razonables, tal como significan en la ley. Mientras sean cuerdos debe permitírseles controlarse a sí mismos y a su propiedad y ser sus propios jueces y estimar a dónde les llevan sus vicios. Los espectadores pueden esperar que, en cada caso individual, la persona viciosa vea el fin hacia el que se dirige y eso le induzca a rectificar. Pero si elige seguir adelante hacia lo que otros hombres llaman destrucción, debe permitírsele hacerlo. Y todo lo que puede decirse, en lo que se refiere a su vida, es que ha cometido un grave error en su búsqueda de la felicidad y que otros harán bien en advertir su destino. Acerca de cuál puede ser su situación en la otra vida, es una cuestión teológica de la que la ley en este mundo no tiene más que decir que sobre cualquier otra cuestión teológica que afecte a la situación de hombre en una vida futura.

¿Se puede saber cómo se puede determinar la cordura o locura de un hombre vicioso? La respuesta es que tiene que determinarse con el mismo tipo de evidencia que la cordura o locura de aquéllos que se consideren virtuosos y no otra. Esto es, por las mismas evidencias con las que los tribunales legales determinan si un hombre debe ser enviado a un manicomio o si es competente para hacer testamente o disponer de otra forma de su propiedad. Cualquier duda debe resolverse a favor de su cordura, como en cualquier otro caso, y no de su locura.

Si una persona realmente pierde la cordura (non compos mentis), y es incapaz de un juicio o autocontrol razonables, resulta un crimen por parte de otros hombres darle o venderle medios de autolesión[1]. No hay crímenes más fácilmente punibles ni casos en los que los jurados estén más dispuestos a condenar que aquéllos en que una persona cuerda vende o da a un loco un artículo con el cual este último pueda dañarse a sí mismo.


XVII.
Pero puede decirse que algunos hombres, por culpa de sus vicios, se vuelven peligrosos para otras personas: que por ejemplo, un borracho, a veces resulta pendenciero y peligroso para su familia y otros. Y cabe preguntarse: “¿No tiene la ley nada que decir en este caso?”

La respuesta es que si, por la ebriedad o cualquier otra causa, un hombre se vuelve realmente peligroso, con todo derecho no solamente su familia u otros, no sólo él mismo, pueden moderarlo hasta el punto que requiera la seguridad de otras personas, sino que a cualquier otra persona (que sepa o tenga base suficiente para creer que es peligroso) se le puede prohibir vender o dar cualquier cosa que haya razones para suponer que le hará peligroso.

Pero del hecho de que un hombre se vuelva pendenciero y peligroso después de beber alcohol y de que sea un delito darle o venderle licor a ese hombre, no se sigue que sea un delito vender licores a los cientos y miles de otras personas que no se vuelven pendencieros y peligrosos al beberlos. Antes de condenar a un hombre por el delito de vender licor a un hombre peligroso, debe demostrarse que ese hombre en particular al que se le vendió el licor era peligroso y también que el vendedor sabía, o tenía base suficiente para suponer, que el hombre se volvería peligroso al beberlo.

La presunción legal de ley sería, en todo caso, que la venta es inocente y la carga de la prueba del delito, en cualquier caso particular, reside en el gobierno. Y ese caso particular debe probarse como criminal, independientemente de todos los demás.
A partir de estos principios, no hay dificultad en condenar y castigar a los hombres por la venta o regalo de cualquier artículo a un hombre que se vuelve peligroso para otros al usarlo.


XVIII.
Pero a menudo se dice que algunos vicios generan molestias (públicas o privadas) y que esas molestias pueden atajarse y penarse.
Es verdad que cualquier cosa que sea real y legalmente una molestia (sea pública o privada) puede atajarse y penarse. Pero no es cierto que los meros vicios privados de un hombre sean, en cualquier sentido legal, molestos para otro hombre o el público.

Ningún acto de una persona puede ser una molestia para otro, salvo que obstruya o interfiera de alguna forma con la seguridad y el uso pacífico o disfrute de lo que posee el otro con todo derecho.

Todo lo que obstruya una vía pública es una molestia y puede atajarse y penarse. Pero un hotel o tienda o taberna que vendan licores no obstruyen la vía pública más que una tienda de telas, una joyería o una carnicería.

Todo lo que envenene el aire o lo haga desagradable o insalubre es una molestia. Pero ni un hotel, ni una tienda, ni una taberna que vendan licores envenenan el aire o lo hacen desagradable o insalubre a otras personas.

Todo lo que tape la luz a la cual un hombre tenga derecho en una molestia. Pero ni un hotel, ni una tienda, ni una taberna que vendan licores tapan la luz de nadie, salvo en casos en que una iglesia, un colegio o una vivienda la taparían igualmente. Desde este punto de vista, por tanto, los primeros no son ni más ni menos molestos que los últimos.

Algunas personas habitualmente dicen que una tienda de licores es peligrosa, de la misma forma que una fábrica de pólvora. Pero no hay analogía entre ambos casos. La pólvora puede explotar accidentalmente y especialmente en esos fuegos que tan a menudo se dan en las ciudades. Por esa razón resulta peligrosa para personas y propiedades en su cercanía inmediata. Pero los licores no pueden explotar así y por tanto no son molestias peligrosas en el sentido que lo son las fábricas de pólvora en las ciudades.

Pero también se dice que los lugares donde se consume alcohol están frecuentemente concurridos por hombres ruidosos y bulliciosos, que alteran la tranquilidad del barrio y el sueño del resto de los vecinos.

Esto puede ser ocasionalmente cierto, pero no muy frecuentemente. En todo caso, cuando esto ocurra, la molestia puede atajarse mediante el castigo al propietario y sus clientes y, si es necesario, cerrando el local. Pero un grupo de bebedores ruidosos no es una molestia mayor que cualquier otro grupo de gente ruidosa. Un bebedor alegre y divertido altera la tranquilidad de barrio exactamente en la misma medida que un fanático religioso que grita. Un grupo ruidoso de bebedores es una molestia exactamente en la misma medida que un grupo de fanáticos religiosos que grita. Ambos son molestias cuando alteran el descanso y el sueño o la tranquilidad de los vecinos. Incluso un perro que suele ladrar, alterando el sueño o la tranquilidad del vecindario, es una molestia.


XIX.
Pero se dice que el hecho de que una persona incite a otro al vicio es un crimen.
Es ridículo. Si cualquier acto particular es simplemente un vicio, entonces quien incita a otro a cometerlo, es simplemente cómplice en el vicio. Evidentemente, no comete ningún crimen, pues sin duda un cómplice no puede cometer una infracción superior al autor.

Cualquier persona cuerda (compos mentis), capaz de un juicio y autocontrol razonables, se presume que resulta mentalmente competente para juzgar por sí mismo todos los argumentos, a favor y en contra, que se le dirijan para persuadirle de hacer cualquier acto en particular, siempre que no se emplee fraude para engañarle. Y si se le persuade o induce a realizar la acción, ésta se convierte en propia e incluso aunque resulte dañina para sí mismo, no puede alegar que la persuasión o los argumentos a los que dio su consentimiento, sean delitos contra sí mismo.
Por supuesto, cuando hay fraude el caso es distinto. Si por ejemplo, ofrezco veneno a un hombre asegurándole que es una bebida sana e inocua y lo bebe confiando en mi afirmación, mi acción es un delito.

Volenti non fit injuria es una máxima legal. Con consentimiento, no hay daño. Es decir, legalmente no hay error. Y cualquier persona cuerda (compos mentis) capaz de un juicio razonable para determinar la verdad o falsedad de las razones y argumentos a los que da su consentimiento, esta “consintiendo”, desde el punto de visita legal, y asume por sí mismo toda responsabilidad por sus actos, siempre y cuando no haya sufrido un fraude intencionado.

Este principio, con consentimiento, no hay daño, no tiene límites, excepto en el caso de fraudes o de personas que no tengan capacidad de juzgar en ese caso particular. Si una persona que posee uso de razón y a la que no se engaña mediante fraude consiente en practicar el vicio más deleznable y por tanto se inflige los mayores sufrimientos o pérdidas morales, físicas o pecuniarias, no puede alegar error legal. Para ilustrar este principio, tomemos el caso de la violación. Tener conocimiento carnal de una mujer, sin su consentimiento, es el mayor delito, después del asesinato, que puede cometerse contra ella. Pero tener conocimiento carnal, con su consentimiento, no es delito, sino, en el peor de los casos, un vicio. Y a menudo se sostiene que una niña de nada más que diez años de edad tiene uso de razón de forma que su consentimiento, aunque se procure mediante recompensa o promesa de recompensa, es suficiente para convertir el acto, que de otra forma sería un grave delito, simplemente en un acto de vicio[2].

Vemos el mismo principio en los boxeadores profesionales. Si yo pongo un solo dedo sobre la persona de otro, contra su consentimiento, no importa lo suave que sea ni lo pequeño que sea el daño en la práctica, esa acción es un delito. Pero si dos personas acuerdan salir y golpear la cara del otro hasta hacerla papilla, no es delito, sino sólo un vicio.

Incluso los duelos no han sido generalmente considerados como delitos, porque la vida de cada hombre es suya y ambas partes acuerdan que cada una puede acabar con la vida del otro, si puede, mediante el uso de las armas acordadas y de conformidad con ciertas reglas que han aceptado mutuamente.
Y esta es una opinión correcta, salvo que se pueda decir (posiblemente no) que “la ira es locura” hasta el punto de que priva a los hombres de su razón hasta el punto de impedirles razonar.

El juego es otro ejemplo del principio de que con consentimiento no hay daño. Si me llevo un solo céntimo de la propiedad de un hombre, sin su consentimiento, el acto es un delito. Pero si dos hombres, que se encuentran compos mentis, poseen capacidad razonable de juzgar la naturaleza y posibles consecuencias de sus actos, se reúnen y cada uno voluntariamente apuesta su dinero contra el del otro al resultado de un tirada de dados y uno de ellos pierde todas sus propiedades (sean lo grandes que sean), no es un delito, sino sólo un vicio.

Ni siquiera sería un crimen ayudar a una persona a suicidarse, si éste posee uso de razón.

Es una idea algo común que el suicido es en sí mismo un evidencia concluyente de locura. Pero, aunque normalmente puede ser una fuerte evidencia de locura, no es concluyente en todos los casos. Muchas personas, con indudable uso de razón han cometido suicidio para escapar de la vergüenza del descubrimiento público de sus crímenes o para evitar alguna otra gran calamidad. El suicidio, en estos casos puede no haber sido la respuesta más sensata, pero sin duda no era una prueba de falta alguna de capacidad de razonar[3]. Y si estaba dentro de los límites de lo razonable, no era un crimen que otras personas le ayudaran, proporcionándole los instrumentos o de otra forma. Y si, en esos casos, no sería un crimen ayudar al suicido, ¿no sería absurdo decir que es un crimen ayudar a alguien en algún acto que sea realmente placentero y que una gran parte de la humanidad ha creído útil?


XX.
Sin embargo, algunas personas suelen decir que el abuso de las bebidas alcohólicas es el principal motivo de los delitos, que “llena nuestras prisiones de criminales” y que esta razón es suficiente para prohibir su venta.
Quienes dicen eso, si hablan seriamente, hablan a tontas y a locas. Evidentemente quieren decir que un gran porcentaje de los delitos los cometen personas cuyas pasiones criminales se ven excitadas, en ese momento, por el abuso del alcohol y como consecuencia de ese abuso.

Esta idea es completamente descabellada.
En primer lugar, los peores delitos que se cometen en el mundo los provocan principalmente la avaricia y la ambición.

Los peores crímenes son las guerras que llevan a cabo los gobiernos para someter, esclavizar y destruir la humanidad.

Los delitos que se cometen en el mundo que quedan en segundo lugar también los provocan la avaricia y la ambición: y no se cometen por súbitas pasiones, sino por hombres calculadores, que mantienen la cabeza fría y serena y no tienen intención alguna de ir a prisión por ellos. Se cometen, no tanto por personas que violan la ley, sino por hombres que, por sí mismos o mediante sus instrumentos, hacen las leyes, por hombres que se han asociado para usurpar un poder arbitrario y mantenerlo por medio de la fuerza y el fraude y cuyo propósito al usurparlo y mantenerlo es asegurarse a sí mismos, mediante esa legislación injusta y desigual, esas ventajas y monopolios que les permiten controlar y extorsionar el trabajo y propiedades de otros, empobreciéndoles así, con el fin de satisfacer su propia riqueza y engrandecimiento[4]. Los robos e injusticias así cometidos por estos hombres, de conformidad con las leyes (es decir, sus propias leyes), son como montañas frente a colinillas, comparados con los delitos cometidos por otros criminales al violar las leyes.

Pero, en tercer lugar, hay un gran número de fraudes de distintos tipos cometidos en transacciones de comercio, cuyos autores, con su frialdad y sagacidad, evitan que operen las leyes. Y sólo sus mentes frías y calculadoras les permiten hacerlo. Los hombres bajo el influjo de bebidas intoxicantes están poco dispuestos y son completamente incapaces para practicar con éxito estos fraudes. Son los más incautos, los menos exitosos, los menos eficientes y los que menos debemos temer de todos los criminales de los que las leyes deben ocuparse.

Cuarto. Los ladrones, atracadores, rateros, falsificadores y estafadores profesionales, que atentan contra la sociedad son cualquier cosa menos bebedores imprudentes. Su negocio es de un carácter demasiado peligroso para admitir esos riesgos en los que incurrirían.

Quinto. Los delitos que pueden considerarse como cometidos bajo la influencia de bebidas alcohólicas son principalmente agresiones y reyertas, no muy numerosas y generalmente no muy graves. Algunos otros pequeños delitos, como hurtos y otros pequeños ataques a la propiedad, se cometen a veces bajo la influencia de la bebida por parte de personas poco inteligentes, generalmente delincuentes no habituales. Las personas que cometen estos dos tipos de delitos no son más que unas pocas. No puede decirse que “llenen nuestras prisiones” y si lo hacen, deberíamos congratularnos de que necesitemos para internarlos tan pocas prisiones o tan pequeñas.

Por ejemplo, el Estado de Massachussets tiene un millón y medio de habitantes. ¿Cuántos están actualmente el prisión por delitos (no por el vicio de la bebida, sino por delitos) cometidos contra personas o propiedades bajo el influjo de bebidas alcohólicas? Dudo que sea uno de cada diez mil, es decir, unos ciento cincuenta en total y los crímenes por los que están en prisión son en su mayoría de muy poca importancia.

Y pienso que debe estimarse que estos pocos hombres son mucho más dignos de compasión que de castigo, porque fue su pobreza y miseria, más que su adicción al alcohol o tendencia al crimen, lo que les llevó a beber y les impulsó a cometer los delitos bajo la influencia del alcohol.

La dogmática acusación de que la bebida “llena nuestra prisiones” sólo la hacen, creo, aquellos hombres que no saben más que llamar criminal a un borracho y que no tienen mejor justificación para su acusación que el vergonzoso hecho de somos una gente tan brutal e insensible que condenamos y castigamos como si fueran criminales a personas tan débiles y desafortunadas como los borrachos.

Los legisladores que autorizan y los jueces que ejecutan atrocidades como éstas son intrínsecamente criminales, salvo que su ignorancia sea tal que les excuse (lo que probablemente no ocurre). Y habría más motivo en su conducta para que se les castigara como criminales.

Un juez de orden público en Boston me contó una vez que estaba acostumbrado a juzgar a borrachos (enviándoles a prisión durante treinta días –creo que era la sentencia tipo–) ¡a un ritmo de uno cada tres minutos! y a veces incluso más rápido, condenándoles así como delincuentes y enviándoles a la cárcel, sin piedad y sin averiguar las circunstancias, por una debilidad que debería hacerles dignos de compasión y protección, y no de castigo. Los verdaderos criminales en estos casos no eran los hombres que fueron a prisión, sino el juez y los que estaban detrás de él y
le pusieron allí.

Recomiendo a esas personas a las que tanto les perturba el miedo a que las prisiones de Massachussets se llenen de criminales que empleen al menos una parte de su filantropía en prevenir que nuestras prisiones se llenen de gente que no son criminales. No recuerdo haber oído que nunca sus simpatías se hayan ejercido activamente en ese sentido. Por el contrario, perecen tener tal pasión por castigar criminales que no les preocupa averiguar particularmente si un candidato a castigo es realmente un criminal. Déjenme asegurarles que esa pasión es mucho más peligrosa y mucho menos caritativa, tanto moral como legalmente, que la pasión por la bebida.
Parece mucho más consecuente con el carácter despiadado de estos hombres enviar a un pobre hombre a prisión por embriaguez y así aplastarle, degradarle, desanimarle y arruinarle de por vida, que sacarle de la pobreza y miseria que ha hecho de él un borracho.

Sólo aquellas personas que tienen poca capacidad o disposición a iluminar, fomentar o ayudar a la humanidad, poseen esa violenta pasión por gobernarlos, dominarlos y castigarlos. Si en lugar de mantenerse al margen y consentir y sancionar todas las leyes por las que el hombre débil es en el primer lugar sometido, oprimido y desalentado y después castigado como un criminal, se dedicaran a la tarea de defender su derechos y mejorar su condición y así fortalecerle y permitirle sostenerse por sus propios medios y resistir las tentaciones que le rodean, tendrían, creo, poca necesidad de hablar sobre leyes y prisiones tanto para vendedores como para consumidores de alcohol e incluso para cualquier otra clase de criminales ordinarios. Si, en resumen, estos hombres, que tienen tantas ganas de suprimir los delitos, suspendieran, por un momento, sus reclamaciones al gobierno de ayuda para suprimir los delitos de individuos y se dirigieran a la gente para pedir ayuda para suprimir los delitos del gobierno, demostrarían su sinceridad y sentido común más claramente que ahora. Cuando todas las leyes sean tan justas y equitativas que hagan posible que todos los hombres y mujeres vivan honrada y virtuosamente y les hagan sentirse cómodos y felices, habrá muchas menos ocasiones que ahora para acusarles de vivir deshonesta y viciosamente.


XXI.
Pero también se dice que el consumo de bebidas alcohólicas lleva a la pobreza y por tanto hace a los hombres mendigos y grava a los contribuyentes, y que esto es razón suficiente para que deba prohibirse su venta.

Hay varias respuestas a este argumento.

1. Una respuesta es que si el consumo del alcohol lleva a la pobreza y la mendicidad es una razón suficiente para prohibir su venta, igualmente es una razón suficiente para prohibir su consumo, ya que es el consumo y no la venta, lo que lleva a la pobreza. El vendedor, como mucho, sería simplemente un cómplice del bebedor. Y es una norma legal, y también de la razón, que si el principal actor no puede ser castigado, tampoco puede serlo el cómplice.

2. Una segunda respuesta al argumento sería que si el gobierno tiene derecho y se ve obligado a prohibir cualquier acto (que no sea criminal) simplemente porque se supone que lleva a la pobreza, siguiendo al misma lógica, tiene derecho y se ve obligado a prohibir cualquier otro acto (aunque no sea criminal) que, en opinión del gobierno, lleve a la pobreza. Y bajo este principio, el gobierno no sólo tendría el derecho, sino que se vería obligado, a revisar los asuntos privados de cada hombre y sus gastos personales y determinar si cada uno de ellos lleva o no a la pobreza y a prohibir y castigar todos los de la primera clase. Un hombre no tendría derecho a gastar un céntimo de su propiedad de acuerdo con sus gustos o criterios, salvo que el legislador sea de la opinión de que ese gasto no le lleva a la pobreza.

3. Una tercera respuesta al mismo argumento sería que si un hombre se entrega a la pobreza e incluso a la mendicidad (sea por sus vicios o sus virtudes), el gobierno no tiene obligación de ocuparse de él, salvo que quiera hacerlo. Puede dejarle perecer en la calle o hacerle depender a la caridad privada, si quiere. Puede cumplir su libre deseo y discreción en este asunto, porque en este caso estaría fuera de toda responsabilidad. No es, necesariamente, obligación del gobierno ocuparse de los pobres. Un gobierno (esto es, un gobierno legítimo) es simplemente una asociación voluntaria de individuos, que se une para los propósitos que les parezcan y sólo para esos propósitos. Si ocuparse de los pobres (sean éstos virtuosos o viciosos) no es uno de esos propósitos, el gobierno como tal no tiene más derecho ni se ve más obligado a hacerlo que un banco o una compañía de ferrocarriles.

Sea cual sea la moralidad que tengan las reclamaciones de un hombre pobre (sea éste virtuoso o vicioso) acerca de la caridad de sus conciudadanos, no puede reclamar legalmente contra ellos. Puede depender totalmente de su caridad, si se dejan. No puede demandar, como un derecho legal, que deben alimentarle y vestirle. No tiene más derechos morales o legales frente a un gobierno (que no es sino una asociación de individuos) que los que pueda tener sobre cualquier otro individuo respecto de su capacidad privada.

Por tanto, de la misma forma que un pobre (sea virtuoso o vicioso) no tiene más capacidad de reclamar, legal o moralmente al gobierno comida o vestido que la que tiene frente a personas privadas, un gobierno no tiene más derecho que una persona privada a controlar o prohibir los gastos o las acciones de un individuo justificándolas en que le llevan a la pobreza.

El señor A, como individuo, claramente no tiene derecho a prohibir las acciones o gastos del señor Z, aunque tema que esas acciones o gastos puedan llevarle (a Z) a la pobreza y que Z puede, por tanto, en un futuro indeterminado, pedirle afligido (a A) algo de caridad. Y si A no tiene, como individuo, ese derecho a prohibir cualquier acción o gasto de Z, el gobierno, que no es más que una asociación de individuos, no puede tener ese derecho.

Sin duda, ningún hombre compos mentis mantendría que su derecho a disponer y disfrutar de su propiedad fuera una posesión de tan poco valor que autorizara a algunos o todos sus vecinos (se hagan llamar a sí mismos gobierno o no) a intervenir y prohibirle cualquier gasto excepto aquéllos que piensen que no le llevarán a la pobreza y no le conviertan en alguien que les reclame caridad.

Si un hombre compos mentis llega a la pobreza por sus virtudes o sus vicios, nadie puede tener derecho alguno a intervenir basándose en puede apelar en el futuro a su compasión, porque si se apelara a ella, tendría perfecta libertad para actuar de acuerdo con su gusto y criterio respecto de atender sus solicitudes.

El derecho a rechazar dar caridad a los pobres (sean éstos virtuosos o viciosos) es un derecho sobre el que los gobiernos siempre actúan. Ningún gobierno hace más provisiones para los pobres que las que quiere. En consecuencia, los pobres quedan, en su mayor parte, dependiendo de la caridad privada. De hecho, a menudo se les deja sufrir enfermedades e incluso morir porque ni la caridad pública ni la privada acuden en su ayuda. Qué absurdo es, por tanto, decir que el gobierno tiene derecho a controlar el uso de la propiedad de la gente, por miedo a que en el futuro lleguen a ser pobres y pidan caridad.

4. Incluso una cuarta respuesta al argumento sería que el principal y único incentivo por el que cada individuo tiene que trabajar y crear riqueza es que puede disponer de ella de acuerdo con su gusto y criterio y para su propia satisfacción y la de quienes ame[5].

Aunque a menudo puede que un hombre, por inexperiencia o mal juicio, gaste parte de los productos de su trabajo de forma poco juiciosa y por tanto no consiga el máximo bienestar, adquiere sabiduría en ello, como en todo, a través de la experiencia, por sus errores tanto como por sus éxitos. Y esta es la única manera de la que puede adquirir sabiduría. Cuando se convenza de que ha hecho un gasto absurdo, al tiempo aprenderá a no volver a hacer algo parecido. Y debe permitírsele hacer sus propios experimentos a su satisfacción, es ésta como en otras materias, ya que de otra forma no tendría motivo para trabajar o crear riqueza en absoluto.

Todo hombre que sea hombre, debería mejor ser un salvaje y ser libre para crear o procurar sólo esa pequeña riqueza que pueda controlar y consumir diariamente, que ser un hombre civilizado que sepa cómo crear y acumular riqueza indefinidamente y al que no se la permita disfrutar o disponer de ella, salvo bajo la supervisión, dirección y dictado de una serie de idiotas y tiranos entrometidos y sobrevalorados, quienes, sin más conocimiento que el de sí mismos y quizás ni la mitad de eso, asumirían su control bajo la justificación de que no tiene el derecho o la capacidad de determinar por sí mismo qué debería hacer con los resultados de su propio trabajo.
5. Una quinta respuesta al argumento sería que si fuera tarea del gobierno vigilar los gastos de cualquier persona (compos mentis y que no sea criminal) para ver cuáles llevan a la pobreza y cuáles no y prohibir y castigar los primeros, entonces, siguiendo esta regla, se ve obligado a vigilar los gastos de todas las demás personas y prohibir y castigar todo lo que, en su criterio, lleve a la pobreza.

Si ese principio se llevara a efecto imparcialmente, la consecuencia sería que toda la humanidad estaría tan ocupada en vigilar los gastos de los demás y en testificar, acusar y castigar aquéllos que lleven a la pobreza, que no quedaría en absoluto tiempo para crear riqueza. Todo el mundo capaz de trabajo productivo o bien estaría en la cárcel o actuaría como juez, jurado, testigo o carcelero. Sería imposible crear suficientes tribunales para juzgar o construir suficientes prisiones para contener a los delincuentes. Cesaría toda labor productiva y los idiotas que estuvieran tan atentos a prevenir la pobreza, no sólo serían pobres, prisioneros y famélicos, sino que harían que los demás fueran asimismo pobres, prisioneros y famélicos.

6. Si lo que se quiere decir es que un hombre puede al menos verse obligado con todo derecho a apoyar a su familia y, en consecuencia, a abstenerse de todo gasto que, en opinión del gobierno, le lleve a impedirle realizar esta labor, pueden darse varias respuestas. Pero con sólo esta es suficiente: ningún hombre, salvo un loco o un esclavo, aceptaría que sea su familia, si esa aceptación fuera a ser una excusa del gobierno para privarle de su libertad personal o del control de su propiedad.

Cuando se otorga a un hombre su libertad natural y el control de su propiedad, normalmente, casi siempre, su familia es su principal objeto de orgullo y cariño y querrá, no sólo voluntariamente, sino con la máxima dedicación, emplear sus mejores capacidades de cuerpo y mente, no sólo para proveerles las necesidades y placeres de la vida ordinarios, sino a prodigarles todos los lujos y elegancias que su trabajo pueda obtener.

Un hombre no entabla una obligación legal ni moral con su esposa o hijos para hacer algo por ellos, excepto cuando puede hacerlo de acuerdo con su libertad personal y su derecho natural a controlar su propiedad a su discreción.

Si un gobierno puede interponerse y decir a un hombre (que esté compos mentis y cumple con su familia como cree que debe cumplir y de acuerdo con su juicio, por muy imperfecto que éste sea): “Nosotros (el gobierno) sospechamos que no estás empleando tu trabajo de la mejor forma para tu familia, sospechamos que tus gastos y tus disposiciones sobre tu propiedad no son tan juiciosos como deberían ser en interés de tu familia y por tanto te pondremos, a ti y a tu propiedad, bajo vigilancia especial y te indicaremos lo puedes hacer o no contigo y con tu propiedad y de ahora en adelante tu familia nos tendrá a nosotros (el gobierno) y no a ti, como apoyo”. Si un gobierno pudiera hacer esto, quedarían aplastados todo orgullo, ambición y cariño que un hombre pueda sentir por su familia, hasta donde es posible que una tiranía pueda aplastarlos, y o bien no tendrá nunca una familia (que pueda reconocer públicamente como suya) o arriesgará su propiedad y su vida para derrocar una tiranía tan insultante, despiadada e insufrible. Y cualquier mujer que quiera que su marido (siendo éste compos mentis) se someta a un insulto y prohibición tan antinatural, no merece en absoluto su cariño ni ninguna otra cosa que no sea su disgusto y desprecio. Y probablemente en seguida él le hará entender que, si escoge confiar en el gobierno como su apoyo y el de sus hijos, en lugar de en él, sólo podrá confiar en el gobierno.


XXII.
Otra respuesta completa al argumento de que el abuso del alcohol lleva a la pobreza es que, por regla general, pone el efecto por delante de la causa. Supone que es el abuso del alcohol el que causa la pobreza, en lugar de que la pobreza es la que causa el abuso del alcohol.

La pobreza es la madre natural de prácticamente toda ignorancia, vicio, crimen y miseria en el mundo[6]. ¿Por qué es tan grande el porcentaje de trabajadores en Inglaterra que se dan a la bebida y el vicio? Sin duda, no porque sean por naturaleza peores que otros. Sino porque su pobreza extrema y desesperada les mantiene en la ignorancia y el servilismo, destruye su coraje y su autoestima, les somete a tan constantes insultos y prohibiciones, a tan incesantes amargas miserias de todo tipo y por fin les lleva a tal grado de desesperación que el pequeño desahogo que pueden permitirse con la bebida u otros vicios es, en ese momento, un alivio. Ésta es la causa principal de la ebriedad y otros vicios que prevalecen entre los trabajadores de Inglaterra.

Si esos trabajadores ingleses que ahora son borrachos y viciosos, hubieran tenido las mismas oportunidades y entorno vital que las clases más afortunadas; si se hubieran criado en hogares confortables, felices y virtuosos, en lugar de escuálidos, horribles y viciosos; si hubieran tenido oportunidades para adquirir conocimientos y propiedades y hacerse inteligentes, acomodados, alegres, independientes y respetados y asegurarse todos los placeres intelectuales, sociales y domésticos con los que puede honrada y justamente remunerarles la industria; si pudieran tener todo esto, en lugar de haber nacido a una vida de desesperanza, de duro trabajo sin recompensa, con la seguridad de morir en la fábrica, se hubieran visto tan libres de sus vicios y debilidades presentes como aquéllos que ahora se los reprochan.

No tiene sentido decir que la ebriedad o cualquier otro vicio sólo se añade a sus miserias, porque está en la naturaleza humana (en la debilidad de la naturaleza humana, si lo prefieren), que el hombre puede soportar hasta cierto punto la miseria antes de perder la esperanza y el coraje y rendirse a cualquier cosa que les prometa un alivio y mitigación de su presente, aunque el coste sea mayor miseria para el futuro. Predicar moralidad y templanza a esos desdichados, en lugar de aliviar sus sufrimientos o mejorar sus condiciones, es simplemente burlarse de sus desdichas.
¿Querrían esos que suelen atribuir a los vicios la pobreza de los hombres, en lugar a la pobreza sus vicios (como si todos los pobres, o casi todos, fueran especialmente viciosos), decirnos si toda la pobreza que ha aparecido tan de repente en último año y medio[7] (como si dijéramos, en un momento) para veinte de millones de personas de Estados Unidos, les parece una consecuencia natural de su ebriedad o de otros vicios? ¿Fue su ebriedad u otros vicios los que paralizaron, como si hubiera caído un rayo, todas las industrias de las que vivían y que, hace pocos días, funcionaban prósperamente? ¿Fueron los vicios que afectaron a la parte adulta de esos veinte millones de vagabundos sin empleo los que les llevaron a consumir sus pocos ahorros, si es que los tenían, y así convertirse en mendigos (mendigando trabajo y, si no lo encuentran, mendigando pan)? ¿Fueron sus vicios los que sin previo aviso llenaron las casas de tantos de necesidad, miseria, enfermedad y muerte? No. Sin duda no fue la ebriedad ni otros vicios de estos trabajadores los que les llevó a esa ruina y desdicha. Y si no lo fue, ¿qué fue?
Ese es el problema que debe resolverse, porque se viene repitiendo constantemente y no puede dejarse de lado.

De hecho, la pobreza de una gran parte de la humanidad, de todo el mundo, es el gran problema de la humanidad. El que esa pobreza extrema y casi universal exista en todo el mundo y haya existido en todas las generaciones pasadas prueba que se origina en causas que la naturaleza humana común de quienes la sufren no ha sido hasta ahora suficiente fuerte como para superarlas. Pero quienes la sufren al menos están empezando a ver las causas y se están decidiendo a eliminarlas a toda costa. Y quienes imaginen que no tienen nada que hacer salvo seguir atribuyendo esa pobreza a sus vicios y predicando contra ellos por esos mismos vicios, pronto despertarán para descubrir que eso ya es pasado. Y entonces la cuestión será no cuáles son los vicios de los hombres, sino cuáles son sus derechos.


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[1] Dar a un loco un puñal u otra arma o cosa con la que pueda autolesionarse, es un crimen.
[2] La ley de Massachussets indica los diez años como la edad a la que una niña se supone que tiene discernimiento suficiente para disponer de su virtud. ¡Pero la misma ley establece que ninguna persona, hombre o mujer, de ninguna edad ni grado de sabiduría o experiencia tiene discernimiento suficiente para beber un vaso de alcohol bajo su propio criterio! ¡Qué ejemplo de la sabiduría legislativa de Massachussets!
[3] Catón se suicidó para evitar caer en las manos de César. ¿Quién hubiera sospechado que estuviera loco? Bruto hizo lo mismo. Colt se suicidó sólo aproximadamente una hora antes de ser ahorcado. Lo hizo para evitar traer a su nombre y a su familia la desgracia de que se dijera que le habían ahorcado. Esto, sea o no sensato, fue claramente un acto dentro de lo razonable. ¿Supone alguien que la persona que le dio el instrumento necesario era un criminal?
[4] Un ejemplo de este hecho se encuentra en Inglaterra, cuyo gobierno durante más de mil años no ha sido más que una banda de ladrones que ha conspirado para monopolizar la tierra y, en la medida de lo posible, el resto de la riqueza. Esos conspiradores, haciéndose llamar reyes, nobles y terratenientes han detentado, por la fuerza o el fraude, el poder civil y militar; se han mantenido en el poder únicamente por la fuerza y el fraude y el uso corrupto de su riqueza y sólo han empleado su poder para robar y esclavizar a la mayor parte de su gente y someter y esclavizar a otros. Y el mundo ha estado y está lleno de ejemplos sustancialmente similares. Y, como podemos imaginar, el gobierno de nuestro propio país no difiere mucho de otros en este aspecto.
[5] Por este solo incentivo estamos en deuda por toda la riqueza creada a través del trabajo humano y acumulada en beneficio de la humanidad.
[6] Excepto aquellos grandes crímenes que unos pocos, autodenominándose gobiernos, practican contra la mayoría, mediante una extorsión y tiranía sistemáticas y organizadas. Y sólo la pobreza, ignorancia y consecuente debilidad de la mayoría, les permite adquirir y mantener sobre ellos un poder tan arbitrario.
[7] Esto es, del 1 de septiembre de 1873 al 1 de marzo de 1875.

Fuente: www.liberalismo.org