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febrero 11, 2010

Una lección por 50 Euros.




.Recientemente le pregunté a la hija de un amigo qué le gustaría ser de mayor.


.Ella respondió que quería ser presidente, algún día.



.Sus padres, ambos del PSOE, estaban presentes, y yo continué preguntando:

.."¿Si algún día llegaras a ser presidente, qué sería lo primero que harías? "



..Ella respondió sin vacilar: “Daría alimentos y viviendas a todos los pobres."

..Sus padres, orgullosos, pelaron los dientes en una radiante sonrisa:

.."¡Bravo, que propósito más loable!!" le dije.

.Y continué: "Pero para eso no tienes que esperar a ser presidente.

Puedes venir mañana a mi casa a cortar el césped, sacar las malas hierbas y abonar el jardín, y te pagaré 50 euros por el trabajo. Luego te llevaré al supermercado de mi barrio donde siempre hay un mendigo, y tú podrás darle el billete para que se compre comida y empiece a ahorrar para su casa.”



.La chica pensó durante unos segundos; luego, mirándome fijamente a los ojos me preguntó:



.“¿Y por qué no va el vagabundo a hacer el trabajo, y le pagas directamente a él?"



.“Bienvenida a LA DERECHA ", le contesté.



.Sus padres aún no me hablan.........


Mensaje enviado por Luis, amigo de este blog.

agosto 17, 2008

Socialismo de Estado y Anarquismo: en qué coinciden y en qué difieren

Este ensayo -que es, sin duda, la más clara exposición del tema hasta entonces producida- fue escrito por el Sr. Tucker en 1886, en respuesta a una invitación del editor de la North American Review. El texto fue aceptado, anunciado a los lectores y pagado. Sin embargo, nunca vio la luz en esa revista y, además, después de recibirse numerosas cartas inquiriendo por su publicación, el manuscrito fue devuelto a su autor, a pesar de la declaración del editor de que era el mejor material que había recibido durante su labor editorial. Apareció como el artículo principal en Instead of a book (En lugar de un libro) y hoy, después de cuarenta años, es, a todas luces, la parte más importante del presente volumen.


Este ensayo -que es, sin duda, la más clara exposición del tema hasta entonces producida- fue escrito por el Sr. Tucker en 1886, en respuesta a una invitación del editor de la North American Review. El texto fue aceptado, anunciado a los lectores y pagado. Sin embargo, nunca vio la luz en esa revista y, además, después de recibirse numerosas cartas inquiriendo por su publicación, el manuscrito fue devuelto a su autor, a pesar de la declaración del editor de que era el mejor material que había recibido durante su labor editorial. Apareció como el artículo principal en Instead of a book (En lugar de un libro) y hoy, después de cuarenta años, es, a todas luces, la parte más importante del presente volumen.

Se puede decir que casi las únicas personas que comprenden, aunque sea de un modo aproximado, el significado, los principios y los propósitos del socialismo son los dirigentes principales de los sectores extremos de las fuerzas sociales, y quizás unos pocos de los mismos magnates financieros. Es un tema que últimamente se ha puesto bastante de moda entre predicadores, profesores y escritores de a centavo y éstos han hecho, en su mayor parte, un trabajo tan horrible con ello, que suelen provocar la burla y el desprecio de aquellos competentes para juzgar. Es evidente que las personas prominentes en las tendencia socialistas intermedias no entiendan completamente de qué se tratan los postulados que defienden ni los objetivos a que aspiran. Si realmente los comprendieran, si pensaran de manera coherente y lógica o si fueran lo que los franceses llaman hombres consequent, haría mucho que su razón les hubiera hecho inclinarse a uno u otro extremo.

Es curioso que los dos extremos del vasto contingente que nos ocupa, aunque unidos, como hemos mencionado antes, por la causa común de que el trabajador entre en posesión de sus propios medios, están, sin embargo, más diametralmente opuestos entre sí en sus principios fundamentales de acción social y en sus métodos para alcanzar los objetivos proclamados, que lo están cada uno de ellos frente a su enemigo común, la sociedad actual. Esta oposición diametral está basada en dos principios cuyos conflictos son tan antiguos como la historia del mundo desde que el hombre apareció en él; y todos los demás sectores, incluyendo a los defensores de la actual sociedad, se sitúan en un punto intermedio entre estos dos principios. Está claro entonces que cualquier oposición inteligente y profunda al orden establecido debe proceder de uno u otro de estos dos extremos, pues cualquier alternativa de otra fuente, en lugar de tener un carácter revolucionario, sólo podrá ser una modificación superficial, totalmente incapaz de atraer hacia sí el grado de atención actualmente concedido al socialismo moderno.

Los dos principios a los que nos referimos son los de Autoridad y Libertad, y los nombres de las dos escuelas de pensamiento socialista que sin reservas y totalmente representan al uno y al otro son, respectivamente, el Socialismo de Estado y el Anarquismo. Aquel que sabe qué quieren estas dos escuelas y cómo se proponen conseguirlo entiende al movimiento socialista. Pues, del mismo modo que se ha dicho que no existe un camino intermedio entre Roma y la Razón, también se puede decir que no hay un camino intermedio entre el Socialismo de Estado y el Anarquismo. Hay de hecho, dos corrientes fluyendo sostenidamente desde el centro de las fuerzas socialistas y que se están concentrando a la derecha y a la izquierda; y si el socialismo llega a prevalecer, una de las posibilidades es que, después que este movimiento de separación se haya completado y el orden existente haya sido aplastado entre los dos campos, el último y más amargo conflicto esté todavía por llegar. En ese caso, todos los hombres de las 8 horas, todos los sindicalistas, todos los Caballeros del Trabajo, todos los que apoyan la nacionalización de la tierra, todos los militantes del Partido "Greenbank" (1), y, en resumen, todos los miembros de los mil y un diversos batallones que integran el gran ejército del Trabajo, deberán desertar de sus antiguos puestos, y, habiéndose colocado a un lado o el otro, comenzará la gran batalla. Establecer lo que significaría una victoria total del Anarquismo o una victoria total del Socialismo de Estado, es el propósito de este artículo.

Para hacer esto de una manera clara, sin embargo, debo primero describir los rasgos comunes de ambos, aquellos que hacen que llamemos a ambos Socialistas.

Los principios económicos del Socialismo Moderno son una deducción lógica del principio expuesto por Adam Smith en los primeros capítulos de su "Riqueza de las Naciones": que el trabajo es la verdadera medida del precio. Pero Adam Smith, después de haber establecido este principio de la manera más clara y concisa, lo abandonó para dedicarse a mostrar cómo realmente se establecen los precios y cómo, por lo tanto, la riqueza es distribuida en la actualidad. Desde sus días casi todos los economistas políticos han seguido su ejemplo y limitado su función a la descripción de la sociedad tal como es, en sus fases industrial y comercial. El Socialismo, por el contrario, extiende sus funciones a la descripción de la sociedad tal como debe ser, y al descubrimiento de los medios necesarios para lograr este objetivo. Medio siglo o después de que Smith enunciara este principio, el Socialismo lo tomó donde él lo había abandonado y, al llevarlo hasta sus últimas consecuencias lógicas, lo convirtió en la base de una nueva filosofía económica.

Esta labor parece haber sido realizada en forma independiente y por tres hombres diferentes, de tres diferentes nacionalidades, en tres diferentes idiomas: Josiah Warren, un norteamericano; Pierre J. Proudhon, un francés y Karl Marx, un judío alemán. Que Warren y Proudhon llegaron a sus conclusiones por su cuenta y sin ayuda, está comprobado; pero no es seguro que Marx no esté en deuda con Proudhon por sus ideas económicas. Sin embargo, aunque fuera así, la presentación que Marx hizo de sus teorías fue en tantos aspectos tan peculiares y propios, que es justo que se le reconozca su originalidad. Que el trabajo de este interesante trío haya sido hecho casi simultáneamente parece indicar que el Socialismo estaba en el ambiente, que la época estaba madura y las condiciones eran favorables para la aparición de esta nueva escuela de pensamiento. En lo que a prioridad en el tiempo se refiere, el crédito parece pertenecer a Warren, el americano, - un hecho que deberían tener en cuenta los oradores callejeros, tan amigos de atacar al Socialismo por ser un artículo importado. Warren, además, proviene de la más pura sangre revolucionaria, pues desciende del Warren que cayó en Bunker Hill (2).

Del principio de Smith de que el trabajo es la verdadera medida del precio -o, como lo expresó Warren, que el costo es el límite apropiado del precio- estos tres hombres extrajeron a las siguientes conclusiones: que el salario natural del trabajo es igual a su producto; que este salario, o producto, es la única fuente legítima de ingresos (dejando de lado, por supuesto, los regalos, las herencias, etc); que todos los que derivan ingresos de cualquier otra fuente lo sustraen directa o indirectamente del natural y justo salario del trabajo; que este proceso de substracción generalmente toma tres formas, - interés, renta y lucro; que estas tres formas constituyen la trinidad de la usura(3), y son simplemente diferentes métodos de imponer un tributo por el uso de capital; que siendo el capital simplemente trabajo almacenado que ha recibido ya su pago completo, su uso debe ser gratuito, bajo el principio que el trabajo es la única base del precio; que el prestamista de capital se merece el retorno intacto de la cantidad que prestó, y nada más; que la única razón por la cual el banquero, el accionista, el terrateniente, el fabricante, y el mercader están capacitados para extraer usura desde el trabajo yace en el hecho de que están respaldados por privilegios legales o monopolios, y que la única manera de asegurar que el trabajo reciba el salario natural -es decir, su producto íntegro- consiste en derribar los monopolios.

No se debe inferir que Warren, Proudhon o Marx usaron exactamente esta fraseología o siguieron al pie de la letra esta línea de pensamiento, pero ella indica de manera bastante clara las bases fundamentales adoptadas por los tres y la parte sustancial de su pensamiento hasta el punto en que coinciden. Y, para que no se me acuse de estar exponiendo las posiciones de estos hombres incorrectamente, debo decir que los he enfocado con gran amplitud, y que, con el propósito de lograr una nítida, vívida, y enfática comparación y contraste, me he tomado considerables libertades con su pensamiento reordenándolo, y exponiéndolo a menudo con mis propias palabras, a pesar de lo cual no creo haber interpretado mal ningún elemento fundamental del mismo.

Fue en este punto - la necesidad de derribar los monopolios- que sus caminos se separaron. Aquí la ruta se bifurca. Se dieron cuenta de que debían doblar a la derecha o a la izquierda, seguir la ruta de la Autoridad o la de la Libertad. Marx siguió un camino, y Warren y Proudhon siguieron el otro. Así nacieron el Socialismo de Estado y al Anarquismo.

Ocupémonos primero del Socialismo de Estado, al que podemos definir como la doctrina según la cual todos los asuntos de los hombres deben ser manejados por el gobierno, independientemente de la preferencias individuales.

Marx, su fundador, concluyó que la única manera de abolir los monopolios de clase era centralizar y consolidar todos los intereses industriales y comerciales, todas las agencias y organismos de producción y distribución, en un vasto monopolio controlado por el Estado. El gobierno debe convertirse en banquero, fabricante, agricultor, transportista, y mercader, y no debe sufrir ninguna competencia en estas áreas. Tierra, máquinas, y todos los instrumentos de producción deben ser arrebatados de las manos individuales, y hechos propiedad de la colectividad. El individuo sólo debe poseer los productos a ser consumidos, pero no los medios para producir esos productos. Un hombre puede poseer sus ropas y su alimento, pero no la máquina de coser con que hace sus camisas ni el azadón con que desentierra sus papas. Producto y capital son esencialmente cosas diferentes; el primero pertenece a los individuos, el segundo a la sociedad. La sociedad debe hacerse dueña del capital que le pertenece, por la vía electoral si es posible o por medio de la revolución si fuera necesario. Una vez en posesión del capital, lo debe administrar bajo el principio del bienestar de la mayoría, a través de su órgano, el Estado, el cual se encarga de la producción y la distribución, fija los precios por la cantidad de trabajo involucrada, y emplea a toda la gente en sus talleres, granjas, almacenes, etc. La nación se transformará en una vasta burocracia, y cada individuo en un funcionario del Estado. Todo deberá ser hecho a precio de costo, sin que nadie pueda extraer ganancia. Los individuos no podrán poseer capital y nadie podrá emplear a ningún otro, ni siquiera a sí mismo. Toda persona será un asalariado, y el Estado el único empleador. Aquel que no trabaje para el Estado deberá exponerse a morir de hambre o, más probablemente, ir a la cárcel. Toda libertad de comercio deberá desaparecer. La competencia deberá ser completamente barrida. Toda actividad industrial y comercial estará centralizada en un vasto, enorme y totalizador monopolio. El remedio contra los monopolios es EL MONOPOLIO.

Tal es el programa económico del Socialismo de Estado que adoptó Karl Marx. No es éste el momento para describir la historia de su crecimiento y progreso. En los Estados Unidos los partidos que lo propugnan son el Partido Socialista Obrero, que pretende seguir a Karl Marx; los Nacionalistas, que siguen a Karl Marx filtrado a través de Edward Bellamy; y los Socialistas Cristianos, que siguen a Karl Marx filtrado a través de Jesucristo.

Las consecuencias de esta aplicación del principio de Autoridad en la esfera económica, son muy evidentes. Significa, finalmente, el absoluto control por la mayoría de toda conducta individual. El derecho a tal control ya es admitido por los Socialistas de Estado, aunque ellos mantienen que, de hecho, al individuo se le permitirá mucha más libertad que la que disfruta actualmente. Pero esta libertad será sólo una concesión y ningún individuo podrá reclamarla como suya propia. La sociedad no estará fundada sobre la garantía del disfrute igualitario de la mayor libertad posible. Tal libertad, en caso de existir, sería muy difícil de ejercer y podría ser suprimida en cualquier momento. Las garantías constitucionales no serían de ningún provecho. La constitución de un país con socialismo de Estado constaría de un solo artículo: "El derecho de la mayoría es absoluto".

La historia de los gobiernos y los pueblos no avala, sin embargo, la pretensión de los Socialistas de Estado, de que este derecho no será ejercido en las más privadas e íntimas relaciones de la vida del individuo. El poder ha tendido siempre a crecer, a aumentar su esfera de acción, el avanzar más allá de los límites que se le han fijado; y cuando el hábito de resistir tal usurpación no es incentivado, y no se enseña al individuo a ser celoso de sus derechos, la individualidad gradualmente desaparece y el gobierno o el Estado se convierten en la totalidad. Al control, naturalmente, acompaña la responsabilidad. Bajo el sistema del Socialismo de Estado, por lo tanto, que hace a la comunidad responsable por la salud, la riqueza y la prudencia del individuo, es evidente que la comunidad, a través de su expresión mayoritaria, insistirá más y más en prescribir las condiciones de salud, riqueza y prudencia, limitando y finalmente destruyendo la independencia individual y con ella todo el sentido de la responsabilidad individual.

En consecuencia, independientemente de lo que los Socialistas de Estado puedan reclamar o negar, sus sistema, si se adopta, está condenado, más tarde o más temprano, a terminar en una religión del Estado, a cuya manutención todos deberán contribuir y ante cuyo altar todos deberán postrarse; a un Sistema Estatal de Medicina, con cuyos médicos todos los pacientes se deberán tratar; a un Sistema Estatal de Higiene, que prescribirá lo que todos deban y no deban comer, beber, vestir, y hacer; a un Código Estatal de Moral, que no se contentará con castigar el crimen, sino que también prohibirá lo que la mayoría considere vicio; a un Sistema Estatal de Educación, que eliminara todas las escuelas privadas, academias y colegios; a un Sistema Estatal de Guarderías, en las que todos los niños deberán ser criados en común a costa del presupuesto general; y finalmente, una Familia Estatal, con un intento de eugenesia, o procreación científica, en el cual a ningún hombre o mujer se le permitirá tener niños si el Estado lo prohíbe, ni rehusar tenerlos si el Estado se lo ordena. Así la Autoridad lograra su clímax y el Monopolio llegará a su cumbre de poder.

Tal es el ideal consecuente del Socialismo de Estado, tal es la meta que yace al final de la ruta tomada por Karl Marx. Veamos ahora los avatares de Warren y Proudhon, que tomaron el otro camino, el de la Libertad.

Esto nos lleva al Anarquismo, al que podemos definir como la doctrina según la cual todos los asuntos del hombre deben ser manejados por los individuos o las asociaciones voluntarias, y que el Estado debe ser abolido.

Cuando Warren y Proudhon prosiguieron su búsqueda de justicia para el trabajo y se enfrentaron cara a cara con el obstáculo de los monopolios de clase, se dieron cuenta de que esos monopolios se basaban en el principio de Autoridad, y concluyeron que lo que había que hacer no era fortalecer la Autoridad y, por lo tanto, crear un monopolio universal, sino desenraizar por completo la Autoridad y dar rienda suelta al principio opuesto, el de la Libertad, haciendo a la competencia, antítesis del monopolio, universal. Vieron en la competencia el gran nivelador de los precios hasta alcanzar el costo de producción del trabajo, en lo que coincidían con los economistas clásicos. En ese momento, la cuestión que naturalmente se presento ante ellos fue ¿porqué los precios no coinciden con el costo del trabajo?; ¿donde se generan los espacios para adquirir ingresos fuera del trabajo?; en una palabra, ¿porque existen el usurero, el receptor de intereses, renta, y lucro? La respuesta fue encontrada en el actual desequilibrio de la competencia, en su carácter unilateral. Descubrieron que el capital ha manipulado la legislación para permitir una competencia ilimitada en el suministro de la fuerza de trabajo, manteniendo los salarios de hambre o en un puro nivel de subsistencia; que una gran competencia es permitida en el suministro del trabajo de distribución, o el trabajo de las clase mercantil, manteniendo así, no los precios de los bienes, sino el lucro que los mercaderes derivan de esos bienes muy próximo a la justa recompensa por el trabajo de esos mercaderes; pero que, por el contrario, no se permite casi ninguna competencia en el suministro de capital, de cuyo apoyo dependen tanto el trabajo productivo como el distributivo para su poder adquisitivo, manteniendo así la tasa de interés del dinero, el alquiler o renta de viviendas y bienes inmuebles y el alquiler o renta de la tierra a un precio tan alto como las necesidades de la gente puedan soportarlo.

Al descubrir esto, Warren y Proudhon acusaron a los economistas de tener miedo de su propia doctrina. Los seguidores de la Escuela de Manchester fueron llamados inconsecuentes. Creían en la libre competencia entre los trabajadores para reducir sus salarios, pero no en la libre competencia entre los capitalistas para reducir su usura. El laissez-faire era bueno para el trabajo pero no para el capital. Cómo corregir esta inconsistencia, cómo someter a los capitalistas a la competencia, como poner al capital al servicio tanto del hombre de negocios como del trabajador al precio de costo, o sea libre de usura, ese era el problema.

Marx, como hemos visto, resolvió el problema al declarar al capital una cosa diferente del producto, y mantener que el capital pertenecía a la sociedad, que debe ser capturado por ésta y empleado para el beneficio de todos por igual. Proudhon, por el contrario, despreció esta distinción entre capital y producto. Mantuvo que capital y el producto no son diferentes clases de riqueza, sino simplemente condiciones o funciones alternativas de la misma riqueza; que toda la riqueza sufre una incesante transformación de capital a producto y, nuevamente, de producto a capital, que este proceso se repite interminablemente, que capital y producto son términos puramente convencionales; que lo que es producto para un hombre inmediatamente se convierte en capital para otro, y viceversa; que si hubiera una sola persona en el mundo, toda la riqueza sería para él, al mismo tiempo, capital y producto; que el fruto de la labor de A es su producto, el cual, al ser vendido a B, se transforma en el capital de B (a menos que B sea un consumidor no productivo, en cuyo caso sería simplemente riqueza gastada, lo que queda fuera del ámbito de la economía política);que una máquina a vapor es tan producto como una capa, y que una capa es tan capital como una máquina a vapor; y que las mismas leyes de igualdad que gobiernan la posesión de uno gobiernan la posesión del otro.

Por estas y otras razones Proudhon y Warren se encontraron incapaces de sancionar cualquier plan de captura del capital por la sociedad. Pero, aunque opuestos a la socialización de la propiedad del capital, eran partidarios, sin embargo, de socializar sus efectos al hacer su uso beneficioso para todos en lugar de un medio para empobrecer a muchos y enriquecer a unos pocos. Y cuando la luz se hizo en su mente, vieron que esto podía ser logrado al someter al capital a la ley natural de la competencia, llevando así el precio de su uso al nivel del precio de costo, - esto es, nada más de los gastos incidentales de su manipulación y transferencia. En consecuencia, levantaron la bandera de la Libertad Absoluta de Comercio, tanto del comercio nacional como internacional, convirtiendo al laissez faire en regla universal, consecuencia lógica de la doctrina de Manchester. Bajo esta bandera comenzaron su lucha contra los monopolios, ya sea el monopolio totalitario de los Socialistas de Estado, o los distintos monopolios de clase que hoy prevalecen.

De los últimos distinguieron cuatro de importancia principal: el monopolio del dinero, el monopolio de la tierra, el monopolio de los aranceles o tarifas, y el monopolio de las patentes.

El monopolio que consideraron más importante, debido a sus nocivos efectos, era el monopolio del dinero, que consiste en el privilegio dado por el gobierno a ciertos individuos, o a quienes detentan ciertos tipos de propiedad, a poner en distribución los medios de cambio, un privilegio que es actualmente fiscalizado en este país por una impuesto nacional de 10%, sobre cualquier otra persona que intente poner en circulación un medio de cambio, y por leyes estatales que consideran un delito la distribución de moneda. El resultado es que los beneficiarios de este privilegio controlan las tasas de interés, el precio de los alquileres de las casas y edificios, y los precios de los bienes y mercancías en general, - las primeras directamente, y los dos últimos de forma indirecta. Según Proudhon y Warren, si el negocio de la banca fuera libre para todos, cada vez entrarían en él más y más personas hasta que la competencia reduciría las tasa de interés de los préstamos al costo del trabajo de gestionar el préstamo, que las estadísticas muestran que es menor del 0,75%. En ese caso los millares de personas que actualmente se abstienen de entrar en un negocio por las ruinosamente altas tasas de interés que deben pagar por el capital que necesitan para comenzar y mantener su negocio hallarían muchas menos dificultades en su camino. Si ellos tienen propiedad que no desean convertir en dinero a través de su venta, un banco puede tomarla como garantía de un préstamo por una cierta proporción de su valor de mercado a menos del 1% de descuento. Si ellos no tienen propiedad pero son personas industriosas, honestas y capaces, serán capaces, por lo general, de obtener un número suficiente de avales conocidos y solventes, y de esta manera serían capaces de recibir un préstamo bancario en condiciones igualmente favorables. Así, las tasas de interés caerán a plomo. Los bancos, en realidad, no estarán prestando capital sino haciendo negocio con el capital de sus clientes. Negocio que consistirá, básicamente, en un intercambio de los conocidos y ampliamente disponibles créditos de los bancos por los créditos desconocidos, pero igualmente buenos, de los clientes y un cargo consiguiente de menos del 1%, no como un interés por el uso del capital, sino como un pago por el trabajo de gestión bancaria. Esta facilidad de adquirir capital daría un impulso nunca visto a los negocios y, en consecuencia, crearía también una demanda nunca vista de trabajo. Una demanda que siempre estará por encima de la oferta, precisamente lo contrario de la condición actual del mercado laboral. Se harían realidad así las palabras de Richard Cobden(4) cuando dice que si dos trabajadores andan detrás de un empleador, los salarios caen, pero que si dos empleadores andan detrás de un trabajador, los salarios suben. El trabajo estaría en condición de dictar sus salarios, y asegurar así su salario natural, el producto entero. Así, de un solo golpe se harían bajar las tasas de interés y subir los salarios. Pero esto no es todo. Caería el lucro también. Porque los mercaderes, en lugar de comprar a crédito y a precios altos, conseguirían dinero en los bancos a menos del 1% de interés, comprarían al contado y a precios bajos y, correspondientemente, reducirían los precios de sus bienes al consumidor. Y de esta manera caerían también los alquileres de los inmuebles. Porque nadie que pueda conseguir capital al 1% de interés con el cual construir una casa por si mismo aceptaría pagar renta a un consorcio de la construcción o a un dueño de casa a una tasa más alta que esa. Y tales son las consecuencias que, según Warren y Proudhon, derivarán de la simple abolición del monopolio del dinero.

Segundo en importancia es el monopolio de la tierra, cuyos efectos nocivos se ven, sobre todo, en países predominantemente agrícolas como Irlanda. Este monopolio consiste en que el gobierno otorga títulos de propiedad sobre la tierra a personas que no son, necesariamente, las que la ocupan y cultivan. Warren y Proudhon advirtieron claramente que, tan pronto como los individuos dejaran de ser protegidos por sus pares en nada que no sea la instalación y cultivo personal de la tierra, la renta de ésta desaparecería, y así la usura tendría una pierna menos sobre la cual sostenerse. Sus seguidores de hoy estamos dispuestos a modificar este enunciado y admitir que la muy pequeña fracción de renta de la tierra que no descansa en el monopolio, sino en la superioridad del suelo o del sitio, continuará existiendo por un tiempo y quizá por siempre, aunque tenderá siempre a un mínimo en situación de libertad. Pero la desigualdad de los suelos que da lugar a la renta económica de la tierra, así como la desigualdad en los talentos humanos que da lugar a la renta del rendimiento en el trabajo, no es una causa de preocupación seria ni siquiera para el más apasionado enemigo de la usura, pues su naturaleza no es la de una semilla de la cual otras y más graves desigualdades pueden surgir, sino más bien la de una rama decadente que acabará por marchitarse y caer.

En tercer lugar, el monopolio de los aranceles o tarifas, que consiste en fomentar la producción a altos precios y bajo condiciones desfavorables al gravar con impuestos a aquellos que fomentan la producción a bajos precios y en condiciones favorables. El efecto negativo de este monopolio podría ser llamado falsa usura más que usura, porque obliga al trabajador a pagar un impuesto, no por el uso del capital, sino más bien por el mal uso del mismo. La abolición de este monopolio resultaría en una gran reducción de los precios de todos los artículos gravados con impuestos, y el ahorro que esto supondría para los trabajadores que consumen esos artículos sería un paso más hacia la consecución del salario natural de su trabajo, su producto entero. Proudhon admitió, sin embargo, que la abolición de este monopolio antes de la abolición del monopolio del dinero sería una política desastrosa y cruel. En primer lugar, por que los efectos negativos de la escasez de dinero, escasez creada por el monopolio del mismo, serían intensificados por el flujo de dinero hacia el exterior del país causado por el aumento de las importaciones sobre las exportaciones, y en segundo lugar, porque los trabajadores del país que están ahora empleados en las industrias protegidas quedarían a la intemperie y enfrentando el peligro de morirse de hambre al no existir la demanda insaciable de trabajo que un sistema competitivo de dinero crearía. Proudhon insistió que, como una condición previa para el libre comercio de bienes con los países extranjeros, debe existir libertad de comercio con el dinero al interior del país, con la consiguiente abundancia de dinero y de trabajo.

En cuarto lugar, el monopolio de las patentes, que consiste en la protección de los inventores y autores contra la competencia por un período lo bastante largo como para permitirles extraer una recompensa muy por encima del trabajo empleado - o en otras palabras, en dar a cierta gente un derecho de propiedad por un período de años sobre las leyes de la Naturaleza, y el poder de gravar con tributos a otros por la utilización de esta riqueza natural, que debe estar abierta a todos. La abolición de este monopolio infundiría en sus exbeneficiarios un sano temor a la competencia, temor que les haría sentirse satisfechos con un pago por sus servicios igual al que otros trabajadores obtienen por los suyos, y asegurarlo al colocar sus productos y trabajos en el mercado desde el principio a precios tan bajos que su línea de negocios no sería más tentadora para los potenciales competidores que otras líneas.

El desarrollo de este programa económico consistente en la destrucción de estos monopolios y su sustitución por la más libre y amplia competencia condujo a sus autores a la percepción del hecho que todo su pensamiento descansaba sobre un principio fundamental, la libertad del individuo, su derecho de soberanía sobre si mismo, sus productos y sus asuntos, y de rebelión contra los dictados de la autoridad externa. Tal como la idea de quitar el capital a los individuos y dárselo al gobierno encaminó a Marx en una ruta que termina en hacer al gobierno todo y al individuo nada, igualmente la idea de quitar el capital de los monopolios patrocinados por el gobierno y ponerlo al alcance fácil de todos los individuos encaminó a Warren y a Proudhon por una ruta que termina en hacer al individuo todo y al gobierno nada. Si el individuo tiene derecho a gobernarse a sí mismo, toda autoridad externa es tiranía. De aquí se sigue, lógicamente, la necesidad de abolir el Estado. Esta fue la conclusión natural a la cual Warren y Proudhon llegaron, y se convirtió en el artículo fundamental de su filosofía política. Es la doctrina que Proudhon llamó An-arquismo, una palabra derivada del griego, que no significa necesariamente ausencia de orden, como generalmente se supone, sino ausencia de dominio. Los anarquistas son, simplemente, demócratas jeffersonianos (4) hasta las últimas consecuencias y sin miedo de éstas. Ellos creen que "el mejor gobierno es el que menos gobierna", y el que gobierna menos es el que no gobierna en absoluto. Niegan a los gobiernos apoyados por impuestos obligatorios incluso la simple función policial de proteger a las personas y a la propiedad. La protección es una cosa a ser asegurada, en la medida de lo necesario, por asociaciones voluntarias y cooperación para la autodefensa, o como un bien a ser comprado, como cualquier otro bien, a las personas que ofrecen la mejor protección al menor precio. Desde su punto de vista, es una invasión de la libertad del individuo obligarlo a pagar para sufrir una protección que no ha sido solicitada y que no es deseada por él. Además establecen que la protección se volverá cada vez más innecesaria en el libre mercado, después que la pobreza y consecuentemente el crimen haya desaparecido a través de la realización de su programa económico. Los impuestos obligatorios son el principio vital de todos los monopolios, y la resistencia pasiva, pero organizada contra el cobrador de impuestos, realizada en el momento apropiado, será uno de los métodos más efectivos de lograr sus propósitos.

Su actitud en esto es la clave para su actitud en todas las otras cuestiones de naturaleza política o social. En religión son ateos en lo que concierne a sus propias opiniones, pues ellos ven a la autoridad divina y la sanción religiosa de la moral como el principal pretexto utilizado por las clases privilegiadas para el ejercicio de la autoridad humana. "Si Dios existe," dijo Proudhon, "es el enemigo del hombre." Por su parte, el gran nihilista ruso Mijail Bakunin (5) en respuesta al famoso epigrama de Voltaire, "Si Dios no existiera, habría que inventarlo", opuso su proposición antitética: "Si Dios existiera, habría que abolirlo." Pero, aunque se oponen a la jerarquía divina, en la cual no creen, los anarquistas defienden firmemente creían en la libertad de creer y se oponen diametralmente a cualquier negación de dicha libertad.

Del mismo modo que creen en el derecho de cada individuo a ser o seleccionar su propio sacerdote, creen en su derecho a ser o seleccionar su propio doctor. Ningún monopolio en teología y ningún monopolio en medicina. Competencia en todas partes y siempre; consejo espiritual y consejo médico elegida o rechazada sobre la base de su propio mérito. Y este principio de libertad debe ser seguido tanto en medicina como en higiene. El individuo debe decidir por si mismo no sólo qué hacer para mejorarse, sino también qué hacer para mantenerse bien. Ningún poder externo debe dictarle lo que él debe o no debe comer, beber, vestir, o hacer.

Tampoco proporciona el anarquismo ningún código moral a ser impuesto al individuo. "Ocúpate de tus propios asuntos" debe ser la única ley moral. La interferencia con los asuntos del otro es el principal y único crimen, y como tal debe ser apropiadamente resistido. De acuerdo con este punto de vista, los anarquistas ven los intentos de suprimir arbitrariamente el vicio como crímenes en si mismos. Creen que la libertad y el consecuente bienestar social serán la cura segura para todos los vicios. Pero reconocen el derecho del borracho, el apostador, el vagabundo y la prostituta a vivir su vida tal como la han elegido hasta que libremente elijan abandonarla.

En el tema de la manutención y crianza de los niños los anarquistas no apoyan la guardería comunista que los socialistas de Estado favorecen ni los sistemas de escuela comunitarios que hoy prevalecen. La niñera y el profesor, como el médico y el predicador, deben ser seleccionados voluntariamente, y sus servicios deben ser pagados por aquellos que los eligen. No se debe privar a los padres de sus derechos, y no se deben imponer a otros las responsabilidades familiares.

Incluso en materia tan delicada como la de las relaciones entre los sexos los anarquistas no retroceden en la aplicación de sus principios. Reconocen y defienden el derecho de cualquier hombre y cualquier mujer de amarse o vivir juntos por el tiempo que ellos libremente decidan. El matrimonio y el divorcio legal son considerados igualmente absurdos. Esperan que, en el futuro, cada individuo, ya hombre o mujer, sea autosuficiente y tenga un hogar independiente, sea una casa separada o una habitación en una casa con otras personas; que las relaciones amorosas entre los individuos independientes sean tan variadas como las atracciones e inclinaciones individuales; y que los niños nacidos de esas relaciones pertenezcan exclusivamente a las madres hasta que tengan edad suficiente para pertenecerse a ellos mismos.

Tales son las principales características del ideal social anarquista. Existen amplias diferencias de opinión entre aquellos que sostienen este ideal acerca de la mejor manera de lograrlo. El tiempo impide el tratamiento de ese tema aquí. Simplemente llamaré la atención sobre el hecho de que es un ideal completamente inconsistente con el de aquellos comunistas que falsamente se hacen llamar Anarquistas al mismo tiempo que proclaman un régimen de Arquismo tan despótico como el de los mismos Socialistas de Estado. Un ideal que es tan poco promovido por el príncipe Kropotkin como es retardado por las fuerzas conservadoras del sistema judicial; un ideal por el que los mártires de Chicago hicieron mucho más con su gloriosa muerte en el patíbulo por la causa común del Socialismo, que con su desafortunada defensa durante sus vidas, en el nombre del Anarquismo, de la fuerza como una agente revolucionario y de la autoridad como guardiana del nuevo orden social. Los Anarquistas creen en la libertad tanto como un fin como un medio, y son hostiles a todo lo que con ella antagoniza.

No hubiera intentado un resumen final de esta ya suficientemente resumida exposición del Socialismo, desde el punto de vista anarquista, si no hubiera encontrado que la tarea ya había sido realizada por el brillante periodista e historiador francés, Ernest Lesigne, bajo la forma de una serie de contrastantes antítesis. Exponiéndolas para usted como una conclusión de esta lectura espero profundizar la impresión que me propuse hacer.

"Hay dos Socialismos.

Uno es comunista, el otro es solidario.

Uno es dictatorial, el otro libertario.

Uno de metafísico, el otro positivo.

Uno es dogmático, el otro científico.

Uno es emocional, el otro reflexivo.

Uno es destructivo, el otro constructivo.

Ambos están por el máximo bienestar posible para todos.

Uno busca establecer la felicidad para todos, el otro busca hacer capaz a cada uno de ser feliz a su manera.

El primero considera al Estado como una sociedad sui generis, de una esencia especial, el producto de una suerte de derecho divino aparte y por encima de toda la sociedad, con derechos especiales y con derecho a una obediencia especial; el segundo considera el Estado como una asociación como cualquier otra, generalmente manejada peor que las otras.

El primero proclama la soberanía del Estado, el segundo no reconoce ninguna clase de soberanía.

Uno desea a todos los monopolios controlados por el Estado, el otro desea la abolición de todos los monopolios.

Uno desea a la clase gobernada convertida en la clase gobernante, el otro desea la desaparición de todas las clases.

Ambos declaran que el presente estado de cosas no puede perdurar.

El primero considera las revoluciones como los agentes indispensables de las evoluciones; el segundo enseña que la represión por si sola convierte a las evoluciones en revoluciones.

El primero tiene fe en un cataclismo; el segundo sabe que el progreso social es el resultado del libre juego de los esfuerzos individuales.

Ambos entienden que estamos entrando en una nueva fase histórica.

Uno desea que no haya más que proletarios;el otro desea que no haya más proletarios.

El primero desea tomar todo para todos; el otro desea que cada cual tenga lo que le pertenece.

El primero desea que todos sean expropiados; el otro desea que todos sean propietarios.

El primero dice: "Haz como desea el gobierno"; el segundo dice: "Haz como te plazca"

El primero amenaza con el despotismo, el otro promete libertad.

El primero hace a cada ciudadano un sujeto del Estado, el segundo hace al Estado un empleado del ciudadano.

Uno proclama que el sufrimiento de los trabajadores es necesario para el nacimiento de un nuevo mundo, el otro declara que el progreso real no causará sufrimiento a nadie.

El primero tiene confianza en la guerra social, el otro cree en las obras de la paz.

Uno aspira a comandar, regular, legislar; el otro desea que exista un mínimo de comando, regulación, legislación.

Uno será seguido por la más atroz de las reacciones, el otro abre horizontes ilimitados de progreso.

El primero caerá, el otro triunfará.

Ambos desean igualdad.

Uno bajando las cabezas que sobresalen muy alto, el otro elevando las cabezas que están muy bajo.

Uno busca igualdad bajo un yugo común, el otro asegurará la igualdad en completa libertad.

Uno es intolerante, el otro tolerante.

Uno asusta, el otro reconforta.

Uno desea dar instrucciones a todos, el segundo desea que cada uno se instruya a sí mismo.

El primero desea sostener a todos, el segundo desea que cada uno sea capaz de sostenerse a si mismo.

Uno dice:

La tierra al Estado.
La mina al Estado.
La herramienta al Estado.
El producto al Estado.

El otro dice:

La tierra al agricultor.
La mina al minero.
La herramienta al trabajador.
El producto al productor.

Hay sólo esos dos Socialismos.

Uno es la infancia del Socialismo, el otro su madurez.

Uno ya es el pasado, el otro es el futuro.

Uno dará lugar al otro.

Hoy cada uno de nosotros debe elegir por uno o el otro de esos dos Socialismos, o confesar que él no es un Socialista."

Postdata.
Cuarenta años atrás, cuando el anterior ensayo fue escrito, la negación de la competencia no había tenido el efecto de concentración de riqueza que ahora tan gravemente amenaza el orden social. No era todavía demasiado tarde para cortar el brote de acumulación con una reversión de la política del monopolio. El remedio anarquista era todavía aplicable.

Hoy el camino no es tan claro. Los cuatro monopolios, descontrolados, han hecho posible el desarrollo moderno de la corporación, y la corporación es hoy un monstruo tan grande que me temo que incluso la liberación total de la banca, de ser aplicada, no sería capaz de destruir. Mientras la Standard Oil controlaba cincuenta millones de dólares, la institución de la competencia libre la hubiera discapacitado sin esperanza. Necesitaba el monopolio del dinero para su sustento y desarrollo. Ahora que controla, directa o indirectamente, quizá diez mil millones, ve en el monopolio del dinero una política conveniente, sin duda alguna, pero ya no una necesidad indispensable. Puede seguir sin él. Si todas las restricciones sobre la banca fueran removidas, las grandes concentraciones de capital podrían salir airosas de la nueva situación al separar anualmente para el sacrificio una suma que removería a todo competidor del campo.

Si esto es verdad, entonces este monopolio, que sólo puede ser controlado permanentemente por las fuerzas económicas, ha alcanzado en estos momentos una posición que está más allá del alcance de estas mismas fuerzas, y las únicas fuerzas que pueden medirse con él son fuerzas políticas o revolucionarias. Hasta que medidas de confiscación forzosa, efectuadas a través del Estado o en desafío de éste, hayan abolido la concentración que los monopolios han creado, la solución económica propuesta por el Anarquismo y reseñada en las páginas anteriores -y no hay otra solución- quedará como una cosa a ser enseñada a las futuras generaciones, que tal vez disfruten condiciones favorables para su aplicación después de la gran igualación. Pero la educación es un proceso lento, y puede que no llegue lo suficientemente rápido. Los Anarquistas que pretenden acelerarla uniéndose a la propaganda del Socialismo de Estado o de la revolución cometen, en verdad, un triste error. Contribuyen así a forzar la marcha de los acontecimientos de tal manera que las gentes no tendrán tiempo de observar por ellas mismas, por el estudio de sus experiencias, que sus problemas se han debido a la falta de competencia.

Si esta lección no puede ser aprendida en el corto plazo, todo lo que ocurrió en el pasado se repetirá en el futuro, en cuyo caso deberemos buscar consuelo en la doctrina de Nietzche, según la cual esto tenía que pasar de todas maneras, o en aquella reflexión de Renán que dice que, desde el punto de vista de Sirio, todos estos asuntos ocupan sólo un breve instante.
B.R.T., 11 de agosto de 1926.

La anterior postdata fue originalmente escrita en 1911. Hoy, el Sr. Tucker se ha visto obligado a modificarla hasta darle su actual forma. En un principio, aseguraba que la abolición de los cuatro monopolios aflojaría inevitablemente el apretón del capitalismo. Su declaración posterior asegura que el inicio de la actividad bancaria libre, que los anarquistas individualistas tradicionalmente señalaron como el primer paso en el camino a la libertad, no podría, por sí solo, alcanzar este resultado. Debe quedar constancia, sin embargo, de que el editor de este libro y varios de sus colaboradores, no comparten el pesimismo del Sr. Tucker. A diferencia de él, han estado en íntimo contacto con la vida industrial y comercial de los Estados Unidos en las dos últimas décadas y han podido observar, por lo tanto, que la tendencia de los acontecimientos no marcha inevitablemente hacia la incautación o la revolución del Estado. Los grandes pasos que ha dado la asociación voluntaria, sobre todo la que se opone a la dominación capitalista, señalan claramente el camino para conseguir la eliminación pacífica de la oligarquía financiera que hoy gobierna la nación.

Referencias:

(1)Partido político que, después de la Guerra de Secesión, se oponía a la reducción de la cantidad de papel moneda en circulación.
(2)Una de las primeras batallas de la independencia de los EEUU.
(3)Usura: El diccionario la califica como "ganancia, provecho o aumento que se obtiene de una cosa, sobre todo cuando es excesiva". Esto es poco preciso. El término se aplica, sobre todo, al préstamo con interés. Muchos filósofos, incluso los padres y doctores de la Iglesia, la han condenado. Tucker no la limita sólo al interés sino también al lucro del comerciante y a la renta del propietario. De esta manera, en su concepto, la usura podría definirse como aprovecharse de una posición de ventaja para obtener beneficios económicos que se sustraen a otro que realmente los ha producido.
(4)Richard Cobden: economista inglés, gran defensor del libre comercio.
(5)Demócratas jeffersonianos: Seguidores de Tomas Jefferson, uno de los firmantes de la independencia de los Estados Unidos y tercer presidente del mismo país. Defensor de un gobierno limitado, descentralización de poderes y amplias libertades individuales.
(6)La confusión al calificar de "nihilista" a Mijail Bakunin es comprensible. Ver, sobre este tema, el primer capítulo de "La Revolución Rusa: La historia desconocida" de Volin y Pedro Archinoff. Haz clic aquí.

Fuente:Traducido del inglés por Bender, el adorable granuja, con la ayuda de los traductores de Ya y Altavista y cotejándolo con las traducciones de Joaquina Aguilar López (en "Los anarquistas" de Irving Louis Horowitz) y Rubén en el sitio web de la CNT de Cartagena. El texto original se puede leer en la Anarchist Library de http://www.flagblackened.net/index.htm

julio 14, 2008

La crisis del socialismo según Huerta de Soto

El profesor Huerta de Soto, uno de los más sólidos exponentes de la escuela austríaca en la actualidad, nos regala esta entretenida clase magistral.

Parte 1




Parte 2




Parte 3




Parte 4




Parte 5




Parte 6

julio 13, 2008

La Noche del Gallo

Autor: Alberto Benegas Lynch (h)

Jesús vaticinó que su apóstol Pedro lo negaría tres veces antes de que cantara el gallo.

En nuestra época hay tres negaciones horrendas al orden natural que constituyen un serio peligro para la subsistencia de la sociedad abierta. Estas tres huidas del sentido común son el socialismo, el ecologismo y el terrorismo.


Es bien sabido que Jesús vaticinó que su apóstol Pedro lo negaría tres veces antes de que cante el gallo. En nuestra época hay tres negaciones horrendas al orden natural que constituyen un serio peligro para la subsistencia de la sociedad abierta. Estas tres huidas del sentido común son el socialismo, el ecologismo y el terrorismo. Nos encontramos así insertos también en la noche del gallo.

De tanto machacar en las tres vertientes de una misma concepción totalitaria, el mundo libre, poco a poco, ha ido absorbiendo parte del veneno que amenaza con incrementar la dosis mientras que los anticuerpos no parecen revitalizarse con la energía suficiente para detener el aluvión de reverencias y panegíricos a megalómanos atrincherados en el aparato estatal que se toman como dioses laicos, hasta que el fracaso estrepitoso reemplaza la veneración por nuevos milagreros y así sucesivamente.

El primer caso es el más antiguo: se trata del debilitamiento y finalmente la extinción de la propiedad privada en nombre de los pobres. Todas las vertientes de esta tradición de pensamiento sucumben en la realidad, aunque se siguen alimentando en la fantasía del discurso. Todas revelan una alarmante pobreza conceptual ya que no sólo significan una falta de respeto al derecho sino que barren con las únicas señales con que se cuenta para operar y saber donde se está parado. Así, al enervar la institución de la propiedad no hay precios y, por ende, resulta imposible la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico. No se sabe cuándo y en qué se consume capital. El conocimiento disperso se transforma en ignorancia concentrada en ampulosas comisiones de planificadores estatales que inexorablemente operan a ciegas, con lo que naturalmente se perjudica a todos pero de modo muy especial a los más necesitados.

En el segundo caso, a través de las trasnochadas figuras de la “subjetividad plural” y los “derechos difusos” se pretende que en nombre de la preservación de las especies y del medio ambiente cualquiera pueda dictaminar acerca del uso que terceros le asignan a sus respectivas propiedades. Paradójicamente, para preservar la propiedad del planeta Tierra se propicia la liquidación de la propiedad vía lo que con acierto se ha denominado “la tragedia de los comunes” puesto que lo que es de todos no es de nadie y los incentivos para cuidar los bienes desaparecen.

Hoy en día las vacas no se extinguen mientras que las ballenas tienden a desaparecer. Esto es así precisamente porque las vacas tiene dueño mientras que las ballenas “son de todos”. Esto no siempre fue así: en la época colonial cuando no existía la revolución tecnológica del alambrado y la marca cualquiera mataba ganado vacuno para cuerear o para comer un trozo de carne con lo que esos animales estaban en riesgo de extinción. Hoy, en cambio, de lo que se trata es de multiplicar el ganado y no de hacerlo desaparecer debido a los incentivos de la propiedad privada.
Idéntico fenómeno ocurre cuando una manada de elefantes pertenece a alguien, a diferencia de la masacre que tiene lugar si “es de todos” donde se ametralla para obtener marfil en lugar de estimular la reproducción.

Del mismo modo, nadie reforesta si sabe que los beneficios completos serán para otros. Las talas indiscriminadas se deben a la insistencia en las así llamadas tierras fiscales. A su vez, tal como se ha expuesto reiteradamente en infinidad de trabajos, los problemas que genera el monóxido de carbono, la lluvia ácida o el efecto invernadero también se dirimen en el contexto de la asignación de derechos de propiedad.

Por último, el flagelo del terrorismo debe rechazarse haciendo uso de todos los caminos de que dispone la sociedad abierta pero nunca con procedimientos inherentes a la canallada terrorista como la detención sin juicio previo, las escuchas telefónicas, la intromisión en el secreto bancario, la tortura y, en general, la restricción a las libertades civiles tan caras y esenciales al mundo libre.

La moderna noche del gallo no tendría lugar si no fuera por el paulatino debilitamiento y abandono de las sólidas bases sobre las que se sustenta la sociedad abierta. En este sentido, resulta sumamente decepcionante y descorazonador observar buena parte de las campañas electorales -incluso en los lugares más insospechados- en las que reiteradamente y en forma creciente los candidatos prometen echar mano al fruto del trabajo ajeno para los más diversos propósitos, todos reñidos con elementales principios del respeto recíproco.

Se torna imperioso abrir un debate de ideas al efecto de fortalecer el resguardo a la dignidad de las personas y volver a las fuentes en cuanto a la consiguiente filosofía que preserve las autonomías individuales para que cada uno pueda seguir pacíficamente su camino y reservar el uso de la fuerza exclusivamente allí donde hay lesiones al derecho. Desde luego que el estudio de los fundamentos de la sociedad abierta deben estar siempre a prueba: como enseña Popper, todo está sometido al carácter de la provisionalidad y abierto a posibles refutaciones (del mismo modo que Borges escribe que “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”). Pero con el mismo entusiasmo de los bibliófilos, siempre nómadas al acecho de nuevas aventuras intelectuales, es urgente explorar seriamente los múltiples andariveles de la libertad al efecto de salir del atolladero en que nos encontramos.

En este contexto, es menester la debida comprensión del orden jurídico y dejar de lado las concepciones positivistas que consideran que toda legislación debe ser obedecida independientemente de su contenido, con lo que se acumulan pseudoderechos de la misma naturaleza inaudita del que acaba de proponerse en el Parlamento de Ecuador para ser incorporado en una enmienda constitucional: “el derecho de la mujer al orgasmo” (puede facilitar si se le da permanencia al consejo de Woody Allen, aquello de “amaos los unos sobre los otros”... con lo que la noche del gallo adquiriría un matiz de ribetes bien diferentes).

Fuente: Diario de América

febrero 16, 2008

Por qué fracasa el socialismo.



Tal como bautizar una niña como “hermosa”, por lo que siempre lo será, el sustantivo “socialismo” posee la virtud artificial intrínseca de referirse a lo social por encima de lo político, que el común introyecta como “preocupación por el sufrimiento del pueblo” como colectivo, con el sentido de solidaridad, por encima del individuo, entendido como egoísmo, cuando en la realidad es todo lo contrario: es un sistema que privilegia lo político por encima de lo económico, con el desastroso resultado para lo social. Es una de esas voces felices de fácil compra pero que esconde una perversa realidad antinatural que suprime la individualidad, centraliza la actividad pública y estatiza la vida de la nación eliminando el “interés propio” que es el combustible que mueve la economía. Y esta es una fórmula inequívoca para fracasar, por lo que este sistema de gobierno sobrevive entre los escombros de su fracaso gracias a la represión de un militarismo corrupto que se encarga de oprimir al pueblo y destruir la disidencia. Cuba es el ejemplo más cercano de la aplicación de la fórmula socialista en un país que, aunque bajo una dictadura militar, era para 1958, uno de los más prósperos de América Latina, con 1,4% de inflación, ocupando el 5º lugar en ingreso per cápita del hemisferio, el tercero en expectativa de vida, 76% de alfabetismo (cuarto más alto de América Latina para la fecha, en Venezuela llegaba al 50%), que se ha convertido en un lastimoso espectáculo de desolada miseria bajo 49 años de opresión colectivista. Un detallado artículo firmado por Juan Fernando Carpio, deduce el porqué fracasa inexorablemente el socialismo.

¿Por qué fracasa el socialismo?

Para empezar debemos definir qué es socialismo. A pesar de que su nombre provenga de “social”, algo muy inteligente por parte de quienes diseñaron la etiqueta en los siglos XVII al XX, lo que realmente implica es planificación central (socialización). Y claro, existen varios socialismos, desde el socialismo utópico, pasando por el socialismo marxista hasta llegar a su primo hermano, el nacionalsocialismo -nazi- alemán. Pero, ¿qué tienen en común estas tendencias, cuyos integrantes pasaron tanto tiempo tratando de diferenciarse entre sí? Algo fundamental: la desconfianza o desprecio por la autonomía del individuo y la insistencia en politizar y planificar centralmente las actividades de una sociedad. Y eso es lo que debe ser entendido por socialismo o socialización. Entonces, lo que quiero señalar en este artículo es que independientemente de las aparentes buenas intenciones y argumentos de quienes nos proponen este modelo social, el socialismo fracasó y fracasará siempre que se intente.

Ética luego economía.

Mi argumentación toma prestados los descubrimientos de las mentes más grandes de las ciencias sociales, entre las cuales están Max Weber, Friedrich A. Hayek y el gran economista del siglo XX, Ludwig von Mises. Sin embargo, antes de llegar al meollo del asunto -el tema económico- no puedo pasar por alto un tema que debe siempre anteceder a cualquier análisis económico o político: la ética. Como observó el genial John Locke en el siglo XVIII, la actividad humana genera propiedad. Para empezar somos dueños de nuestro propio cuerpo, y por añadidura de los frutos obtenidos mediante su uso. Es bajo ese concepto que los liberales del siglo XIX habían formulado la gran verdad universal de que somos dueños de “nuestra vida y nuestra propiedad”. Ya que nuestra supervivencia como seres humanos es inseparable de nuestras necesidades materiales, pero a la vez nuestros derechos terminan donde empiezan los del otro, la ética que emergió una y otra vez en la historia confirma esos principios que son tan evidentes ahora. Consagrarlo en formas de gobierno competitivas o un monopolio de funciones mínimas y limitado por una Constitución, aseguraba la convivencia social pacífica y la prosperidad relativa a los avances de ese tiempo. Nada de esto es posible si existe planificación central de la economía y otras áreas de la vida social. Puesto en otras palabras, el socialismo es por definición un modelo que actúa por encima de los derechos inalienables de los individuos, violándolos. La cooperación social voluntaria y mutuamente beneficiosa nunca requiere de imposición política de una mayoría, un dictador o un partido único.

Imposibilidad del cálculo económico en el socialismo.

Imagine usted, estimado lector, que su negocio es un pequeño quiosco de “perros calientes”. Sus “perros calientes” tienen una serie de ingredientes, y además usted incurre en otros costos para obtener el producto final. La única forma dinámica, eficiente y legítima de saber si la gente quiere sus “perros calientes”, es producirlos y ponerlos a la venta. Si la gente los compra, usted sabrá que el “perro caliente” vale más que la suma de sus partes: pan, salchicha, mostaza, cebollas, su tiempo, el gas de la cocina, la compra del quiosco, etc. En términos más precisos, el “perro caliente” es socialmente útil como actividad económica si la diferencia entre el precio final y los costos incurridos hace que valga la pena el esfuerzo. Eso, que sabemos a nivel individual en un negocio o actividad sin fines de lucro, es inexistente en el socialismo. Simplemente es imposible la contabilidad de costos, y si eso ocurre en una serie de industrias o la mayoría, es evidente la clase de desastre que se provoca. En ausencia de propiedad privada de los “medios de producción” y otros bienes, es imposible asignarlos a las tareas más prioritarias; su propia conservación y buen uso se ven comprometidos. Y hay que aclarar que en esto no tiene absolutamente nada que ver el carácter de los individuos que participan. Si se reúnen 10 millones de marxistas en una isla coherentemente socialista, no podrían coordinar sus actividades económicas y su supervivencia se vería comprometida casi enseguida. Este problema fue visualizado originalmente por el sueco Nicholas G. Pierson y el inglés Max Weber, antes de que fuese magistralmente expuesto por Ludwig von Mises. El tema es ineludible: dado que el valor es subjetivo y los precios reflejan la suma de esa subjetividad y la escasez de un bien, un sistema económico o industria que no cuente con precios libremente fijados -reales- va a desembocar siempre y cada vez en la entropía y el retroceso económicos. Este debate no es nuevo, y los autores socialistas nunca pudieron darle solución. A diferencia de lo que Marx pensaba, el mercado no representa una “anarquía de la producción”: es el único mecanismo capaz de coordinar cientos de miles de actividades simples y complejas hacia la elaboración de bienes que eleven la calidad de vida del consumidor final. A través del sistema de precios se reflejan millones de gustos, preferencias y disponibilidad de bienes productivos y de consumo. ¿Es perfecto? Nada humano lo es. ¿Existe desperdicio e ineficiencia en muchas ocasiones? Por supuesto, pero su alternativa es peor. Sencillamente no hay reemplazo para el sistema de precios, que refleja las prioridades sociales y guía el proceso económico. Intentar sustituirlo con planes nacionales, regulaciones económicas o nacionalizaciones es un esfuerzo vano y económicamente destructivo.

Lo que nos dice la historia al respecto.

La socialización de la agricultura había ya acabado con la vida de millones de personas por hambrunas en la naciente URSS, cuando Lenin decide aplicar la llamada Nueva Política Económica (NPE). Lenin, un marxista de formación, introduce entonces y por emergencia los primeros elementos de capitalismo cabal en Rusia. Reprivatiza alrededor del 4% de granjas colectivizadas, elimina ciertos controles, y establece el patrón oro (moneda dura) con respaldo para el rublo. Estos incipientes elementos de capitalismo fueron responsables por la supervivencia material del pueblo ruso. Ese pequeño porcentaje de kulaks que recuperaron su propiedad, generaron el 28% de la producción agrícola de la URSS durante los siguientes 70 años. Tan concientes estaban los soviéticos de que los precios eran el sistema de señales de una economía (cosa que nuestros economistas neokeynesianos locales, por el contrario, ignoran o pretenden obviar) que mantenían suscripciones regulares a catálogos industriales y de tiendas departamentales de los EE UU y Europa, para tener algún tipo de referencia. Alrededor de 18 mil economistas participaban de la tarea centralizada en el Kremlin por fijar precios sin mercado, un esfuerzo vano por definición. Cada año más fábricas quedaban paradas por falta de partes pequeñas que no podían solicitarse dinámicamente mediante compras libres. La economía soviética, en palabras de un economista ruso contemporáneo, era un “ferrocarril tosco y feo, detenido por falta de tornillos”. Lo mismo le sucede a Cuba. Sólo 13% de los ingenios azucareros que la revolución confiscó a sus propietarios sigue en condiciones funcionales, el resto son chatarra gracias a la falta de piezas de repuesto. Ni la U.R.S.S ni Cuba pudieron ni podrían sostenerse sin socios más cercanos al concepto capitalista, ya sea por imitación permanente de industrias, métodos y especializaciones profesionales, o bien por comercio estatal, en lo que se conoce como “capitalismo de Estado”. Los ciudadanos de los modelos totalitarios por su parte complementaron siempre sus necesidades en el mercado negro.

¿Qué sucede con las industrias socializadas en países relativamente libres?

Cada actividad económica que se aísle del sistema de precios, empezará necesariamente un lento declive y deformación. Así lo atestiguan tanto la educación francesa, con la pérdida de sus estándares de posguerra, como la medicina socializada en Canadá, que hace esperar a pacientes críticos alrededor de 6-18 meses y cuenta con una tecnología muy inferior a la de su vecino EE.UU. Lo mismo sucede con el sistema de pensiones en Suecia, que empieza ya a imitar a Chile en un modelo individual de ahorro en vez de la mal llamada seguridad social. Pero ni la administración extranjera, la concesión u otros parches podrán subsanar el problema fundamental: al igual que en un quiosco de “perros calientes” se necesita información real y libre para crear valor agregado.

El socialismo no es social, es político.

Luego de una objeción desde la ética y una exposición de por qué la planificación central (socialismo) no es viable, hagamos una última disección del término: como dije al principio los ingenieros sociales, diseñadores de utopías a costa de vida y propiedad ajenas, tuvieron el mejor acierto en la historia del marketing político al apropiarse del nombre socialista para auto etiquetarse. Sin embargo el nombre sigue causando confusión entre quienes tienen una gran sensibilidad social y aman el concepto de comunidad, sobre todo en nuestro estilo latino.

Sencillamente, el socialismo es lo contrario a la comunidad, en su concepto pacífico y voluntario. La imposición gubernamental es la señal de fracaso de quienes no lograron liderar voluntariamente un tema o proyecto social. Si usted al igual que yo, cree en la comunidad, en el liderazgo y en la ayuda a los más necesitados, no piense que es socialista. Sencillamente usted es humano. Politizar esas nobles intenciones provoca el efecto contrario: autoritarismo y subdesarrollo. Y por eso precisamente, el socialismo fracasa.

“Todos deberíamos estar agradecidos a los soviéticos porque probaron de forma concluyente que el socialismo no funciona. Nadie puede decir que no tuvieron suficiente poder o suficiente burocracia o suficientes planificadores (o suficiente tiempo) o que no llevaron las cosas hasta el grado suficiente”.

Para indignarse con la injusticia, ser rebelde social y luchar por los excluidos, no hay que ser “socialista”, sino justo.


Rafael Marrón González

Fuente: http://www.correodelcaroni.com/

febrero 05, 2008

La envidia es la condición de la ideología izquierdista socialista.


El socialismo desconfía del éxito individual producto del esfuerzo porque una sociedad basada en la jerarquía, el mérito, el riesgo personal y el emprendimiento propio o empresa propia (que así es como los economistas austriacos llaman a la capacidad de todo ser humano para encontrar la forma de satisfacer necesidades ajenas y obtener un beneficio) jamás sería socialista. Para implantar su modelo de sociedad, la izquierda necesita corromper a quienes tienen éxito fuera de la jurisdicción estatal o, si no se dejan, ningunearlos, anularlos civilmente a base de declararlos enemigos de la sociedad.

El modelo social que promueve la izquierda penaliza la creatividad del individuo dispuesto a correr riesgos con la esperanza de obtener un beneficio. El triunfador es descalificado, y a los que crean riqueza a fuerza de talento y esfuerzo se les acusa de explotar a los demás. El socialismo es el gobierno de los mediocres y los resentidos. La mezquindad es la condición moral inevitable de todo el que quiera medrar con éxito en el amparo de la izquierda. El hombre que se hace a sí mismo, que lucha por superar las adversidades de la vida sin apelar a una supuesta injusticia social sino empleando a fondo su talento, que hace del esfuerzo y la disciplina los ejes de su conducta, que utiliza su cerebro de forma creativa para buscar oportunidades de negocio y tiene el arrojo de comprometer su patrimonio para llevar a cabo sus ideas, jamás tendrá cabida en una sociedad regida por los arbitrios ideológicos de la izquierda.

El socialismo verá siempre a estos individuos como una amenaza por su capacidad de convertirse en modelos para los demás. De ahí que cuando aparece un triunfador que todo lo ha ganado por sí mismo la principal preocupación de los políticos de la izquierda sea neutralizarlo civilmente acusándole de los más graves delitos antisociales. En su obstinada empresa, ni siquiera reparan en que su defensa contra ese victorioso representante de la libertad individual revela los vicios sobre los que se sustenta su propia mentalidad.

Le machacan que el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos y por haber ganado en su empresa, los dirigentes socialistas revelan que su proyecto político consiste en incautarse de una cantidad cada vez mayor de la riqueza ajena para subvencionar a los lobbies organizados que les apoyan y a una sociedad conformada por parásitos que prefieren las migajas que les arroja el Estado antes que tener la posibilidad alcanzar el éxito mediante el esfuerzo y talento propio.

El socialismo apela a las pasiones más bajas del ser humano para legitimar su proyecto político. Así ha sido a lo largo de la historia y así continua siendo La envidia es la base del igualitarismo pregonado por la izquierda. Si no se ceba a aquélla, éste no arraiga.

A los envidiosos se les ensalza como personas de elevada moralidad que quieren acabar con la desigualdad, que es precisamente lo que nos distingue como seres humanos libres, pues el único modelo social igualitario es el basado en la esclavitud, donde todos los individuos aspiran únicamente a sobrevivir en perfecta situación de igualdad con el prójimo. Los que defendemos la libertad del ser humano para labrar nuestro propio futuro somos tachados de peligrosos individualistas y antisociales. En una sociedad libre la única igualdad exigible es la de todos los ciudadanos ante la ley; ahora bien, éste es precisamente el único igualitarismo que rechazan los socialistas.

enero 14, 2008

Socialismos en conflicto


Autor: Marcos Aguinis


El antes y el después de la caída del Muro de Berlín sirven para entender diversas concepciones políticas surgidas de una misma raíz. Los distintos "modelos socialistas" que existen en la región
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Para América latina es un tema de fogosa actualidad, como si las experiencias no hubiesen dejado enseñanzas. En un pasado próximo, cuando se quería dar un ejemplo de divisiones interminables, se recurría al modelo de los partidos socialistas, que eran escasos en número pero activos en mitosis. Heredaban de la biología la tendencia a partir sus núcleos y a continuación partir el cuerpo celular. De esa forma invadían el mapa politico con nombres y siglas nuevas, diversas, pero casi todas hilvanadas por el anhelo común de un mundo más equitativo. Desde afuera no siempre era sencillo entender la razón profunda de tanta fragmentación. Se peleaban y odiaban entre ellos, como una familia que no consigue convivir en paz. Quienes más cerca parecían estar, eran los que más rencor se tenían.
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La historia del socialismo es larga y puede remontarse a la antigüedad, cuando filósofos y profetas clamaban por justicia y derechos, en especial de los débiles y desheredados. Sus demandas solían venir atadas a la ética de las religiones monoteístas y no tardaron en volverse fanáticas, con las consecuencias que el extremismo siempre genera. Durante siglos, persecusiones y hogueras demostraron cuán difícil es conseguir equidad entre los seres humanos. Casi siempre el egoísmo derrotaba al altruísmo.
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Hacia fines del siglo XVIII se produjo la revolución americana y 13 años más tarde la francesa, ambas herederas de la revolución industrial inglesa. Las tres usaron los mismo colores, sólo cambiaba la disposición. La americana tuvo la cualidad de afirmarse en los derechos individuales, el mérito, el pluralismo y la tradición liberal inglesa; la francesa también en ellos, pero con los ingredientes del resentimiento. Por eso la revolución americana avanzó hacia una Constitución ejemplar y la francesa cayó en la guillotina implacable. Pero no cumplieron con sus postulados iniciales: la americana retaceó la igualdad de oportunidades a negros y pueblos originarios, lo cual produjo terribles conflictos basados precisamente en el no cumplimiento de la sabia Constitución. La francesa no impuso la libertad, igualdad y fraternidad tan voceadas, sino la opresión maximalista de los jacobinos, nuevas desigualdades en nombre de una falsa igualdad y el genocidio (genocidio en serio, porque anhelaba el exterminio total) de la clase nobiliaria, opositores políticos y sospechosos.
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En Europa continental la revolución no satisfizo las expectativas (terror, guerras napoleónicas, nuevas injusticias) y surgieron entonces los socialismos utópicos, epígonos de las utopías que puntearon siglos anteriores. Se multiplicaron iniciativas, luchas e ideales que ahora suenan ingenuos, pero que generaron en su tiempo una efervescencia considerable. Ninguno pudo imponerse, aunque desparramaron consignas fuertes, teorías atractivas y una potente ilusión.
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En 1848 apareció el Manifiesto Comunista de Marx y Engels como una semilla destinada a convertirse en un frondoso bosque. Rechazaba las utopías y se presentaba como un opción distinta, científica, por completo novedosa. Ejerció desde el comienzo una seducción importante. Reunía las cualidades de una maciza racionalidad junto a una esperanza mesiánica, determinista y fervorosa. Trasladaba a la política el sueño de los profetas y el alfa que avanza hacia el omega del evangelio. Era una teoría que empujaba a la práctica y una práctica respaldada por una excitante teoría.
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Debió enfrentar otras opciones también atractivas como el anarquismo y la balbuceante socialdemocracia. Pero el gran giro en favor de Marx y Engels se produjo cuando en 1917 Lenin desencadenó la revolución bolchevique y estableció el primer Estado socialista del mundo y de la historia. Contradijo la profecía de sus maestros, que anunciaron el amanecer del socialismo verdadero en los regímenes capitalistas maduros, no en un país atrasado y semifeudal como Rusia. Lenin tomó el modelo de la revolución francesa y dispuso genocidar a nobles, burgueses, terratenientes y opositores. Impuso una dictadura que no respetaba derecho individual alguno, sino el de una abstracción llamada "proletariado". Ni siquiera él mismo era un proletario y tampoco la mayoría de sus compañeros. Ejerció la dictadura "en nombre de", lo cual le concedía una dudosa legitimidad. Tan es así que pronto volvió a contradecir al viejo maestro, para quien esa dictadura tenía que ser breve, seguida por la dilución de la perversa maquinaria del Estado. Porque el Estado era considerado un verdugo al servicio de las minorías privilegiadas. Pero esa minoría, en el Estado soviético, ya no eran las demonizadas clases sociales ricas, sino la nueva, llamada Partido único o Nomenklatura o el autócrata que gobernaba como Iván el Terrible, sin límite alguno a sus caprichos y paranoias. El Estado leninista dejó de ser el odiado monstruo que saboteaba la libertad y la igualdad, para convertirse en su publicitada garantía. Por lo tanto, a más Estado, más socialismo. Toda una novedad. Algo que fue imponiéndose en contradicción con las raíces del marxismo. Por eso ahora se asocia marxismo-leninismo con un sistema estatal absolutista y policíaco, dueño de todo ("en nombre" del proletariado o del pueblo). Es la versión que se adoptó en casi todo el mundo, en particular América latina..
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La ilusión de que la expropiación sistemática de los medios de producción, el control absoluto y la planificación en todos los campos de la vida iba a llevar a una rápida victoria económica y política sobre el capitalismo, terminó en catástrofes. En lugar de aumentar las cosechas se produjeron hambrunas, en lugar de asegurar la libertad se cometieron asesinatos masivos, en vez de incrementar el derecho fue instituido el Gulag, en el sitio del hombre nuevo apareció un hombre degradado y sometido. Esa versión del socialismo equivalía a un régimen despótico, cada vez más cruel, intolerante al menor asomo de disidencia o pluralismo, inclusive hasta en el área inaprehensible de la música (¡!). Los textos de Marx, Lenin y Stalin se conviertieron en Sagradas Escrituras, cuyas líneas eran infalibles y contenían respuestas para todas la preguntas, también en América latina, ahora en Cuba y Venezuela. Hasta las interpretaciones debían responder a un lineamiento oficial. El jefe es perfecto, omnisciente y todopoderoso, como Dios. Tertuliano había dicho respecto de los dogmas que creía en ellos porque eran absurdos. El socialismo soviético también fue absurdo, porque había traicionado los principios que decía defender: la libertad, la dignidad de la persona, la igualdad de oportunidades, el creciente bienestar general, la fraternidad, la creatividad. Pero de eso no se habla. Por lo menos no se habla lo suficiente.
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Se impuso por la violencia y se mantuvo gracias a la violencia. La violencia no respeta al prójimo. Al contrario, se creía que era la partera de la historia, aunque procediese con instrumentos primitivos y matase a la criatura. En consecuencia, el modelo del régimen soviético (que se extendió a tres continentes) torturó, deportó y asesinó a millones de seres para imponer su utopía. Ejerció una propaganda obscena para defender lo indefendible. Esa propaganda fue exitosa porque mantenía la llama de la ilusión. Las ganas de creer son más fuertes que los sentidos y que la razón. Mentes lúcidas prefirieron la ceguera para no derrumbar sus fantasías. Pocos –Pablo Neruda entre esos pocos- confesó amargado antes de morir: "Me equivoqué". Howard Fast escribió su lamento en El dios caído. Muchos fanáticos creyentes en ese socialismo decidieron suicidarse al comprender su error, que era intolerable.
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Visité la Unión Soviética en 1984, un año antes de que asumiera Gorbachov, invitado por el Instituto de Ciencias. Fui como un latinoamericano deseoso de penetrar en sus meandros, que me esforzaba por imaginar maravillosos en base a mis lecturas marxistas –tan de moda en los 60 y 70- y la simpatía que por ellos manifestaba gran parte de los intelectuales. Además, era un sistema que ya había adoptado un tercio de la humanidad en varios países de Europa, Asia, Africa y uno de América latina: Cuba, dedicada a exportar guerrilleros. La URSS se presentaba como un sistema alternativo que construía el hombre nuevo, más digno y altruísta. Pero allí tropecé con los ubicuos ojos de los espías a toda hora y en todo lugar, la pobreza generalizada, la mediocridad, la resignación, el miedo, el fracaso. Tuve la oportunidad de alojarme en un hotel destinado a miembros de la Nomenklatura y su confort me produjo náuseas. Pude enterarme de los beneficios que recibía el funcionario obsecuente y el precipicio que esperaba al jerarca más encumbrado si se atrevía a desobedecer. El sistema era férreo, concebido por Lucifer. La decepción me estrujó las entrañas.
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Su modelo de persecusión, arbitrariedad y propaganda había sido adoptado por Mussolini, inspirado en Lenin, Trotsky y Stalin. No olvidemos que Mussolini había sido socialista marxista. El mismo modelo fue también adquirido por el nazismo, que es un nacionalismo socialista (¡socialista!); hubo una época en que se habló de nazi-bolchevismo. Aunque resulte asombroso -porque hemos incorporado la tesis errada de que son sistemas antagónicos-, en sus aguas profundas, el socialismo leninista, el fascismo y el nazismo tienen coincidencias impresionantes, empezando por algo tan evidente como su alergia por la democracia. También coinciden en su fría vocación de despreciar, mentir y matar.
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En 1989 cayó el Muro de Berlín y siguió la implosión soviética, tan sísmica como inesperada. Pero el júbilo de la libertad no pudo administrarse bien. Los que habían sido jerarcas del antiguo régimen –corrompido e inescrupuloso- fueron los primeros en apropiarse de los bienes públicos. Surgieron mafias sanguinarias. El hombre nuevo que se venía construyendo desde hacía setenta años en el país más extenso del mundo no era nuevo, sino peor. El resultado de haber matado más gente que el mismo Hitler para imponer y sostener esa utopía, derivó hacia nuevas inequidades. La Unión Soviética había sido también una ilusión, sólo que más criminal que las combatidas teóricamente por Karl Marx.
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La implosión fue seguida por la independencia de varias de las repúblicas que integraban la caduca URSS. Se liberaron en dominó los países satélites de Europa Central y Oriental, con la excepción de Bielorrusia, que continúa ahogada por una tiranía staliniana. China se convirtió a la economía capitalista, provocando una cronología adversa a la dictada por las Sagradas Escrituras del marxismo. La secuencia esclavitud-feudalismo-capitalismo-socialismo-comunismo (que se parecía una ley de la física) hizo una voltereta, yendo del socialismo leninista-maoísta a un nuevo capitalismo, no al comunismo (por ahora, sin abandonar la dictadura "en nombre de"). En forma análoga se comporta Vietnam. En cambio Corea del Norte y Cuba se obstinan en practicar la asfixia, miseria y aislamiento de sus pueblos. Ahora lo pretende imponer el grupo militar que controla Venezuela, como si las evidencias del fracaso no le alcanzaran para entrar en razón.
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En las siete décadas que duró el Estado soviético hubo varios intentos de endulzar sus dogmas con la democracia. Terminaron mal, pese a las expectativas de multitudes, también en América latina. Ocurrieron en tres países de Europa: Hungría, Polonia y Checoeslovaquia. En los tres se procedió a una represión sangrienta, sin pudor alguno. Se había hablado de socialismo con rostro humano y acuñaron otras expresiones que revelaban al mismo tiempo el anhelo de cambio y su imposibilidad. El marxismo-leninismo, como sistema, no es compatible con la democracia. Instaura la dictadura "en nombre" del proletariado –o del pueblo- y funda una nueva clase privilegiada que nivela para abajo y necrosa. No acepta la democracia porque entonces debería renunciar al poder y los regalos que el poder le derrama.
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Otra experiencia inolvidable fue la de Chile con la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. También quiso respetar la democracia, cosa que le resultó cada vez más difícil. Los sectores maximalistas no se sentían cómodos con el respeto a las instituciones. Fidel Castro fue a convencer a los más apurados para que no socavasen el prestigio y la fuerza del Presidente. Pero resultaba imposible armonizar el pluralismo de la democracia, la seguridad jurídica, el respeto por la propiedad privada, la total libertad de expresión y el derecho al disenso con el modelo leninista, donde nada de eso podía sobrevivir. La situación general se deterioró, porque ese socialismo no podía resolver su contradicción básica: dictadura o democracia. El presidente Allende llegó al límite de su resistencia antes del golpe de Estado, porque quería llamar a un plebiscito que le permitiese seguir gobernando o lo mandase a su casa. De no haberse producido el malhadado golpe de Estado, nuevas elecciones habrían permitido superar en calma un gobierno imposible. Y el socialismo marxista-leninista habría tenido otra prueba de su destino infernal.
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Mientras, otros modelos socialistas pudieron ser más exitosos y de veras más humanos. Me refiero a los socialdemócratas. Tuvieron larga duración en los países escandinavos y fueron probados en Francia, Alemania, Gran Bretaña e Italia. Integran un sistema político pluralista, con defensa del estado de derecho y garantías para la propiedad privada. En España el PSOE renunció públicamente al marxismo antes de conquistar el poder, lo cual generó críticas de traición y desencanto. Pero fue una medida sabia, imprescindible. Después solicitó ingresar en la OTAN, criticado también como felonía y sometimiento al imperialismo norteamericano. Más adelante dio otro paso decisivo: incorporarse a la Unión Europea. Este socialismo democrático, basado en un capitalismo moderno, con transparencia competitiva y un Estado sometido a controles, produjo una verdadera revolución progresista. No hubo necesidad de violencias como partera, ni dictaduras "en nombre de", ni cercenamiento de las libertades individuales ni de los dereechos humanos.
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En América latina había ocurrido un fenómeno inédito: la revolución cubana, que en pocos años manifestó la decisión de su liderazgo por someterse al modelo socialista soviético. El romanticismo de la guerrilla y su carácter juvenil la hizo aparecer como una experiencia nueva, maraavillosa. En cierta medida lo fue y desencadenó una arrasadora ilusión. El método guerrillero fue exportado a varios países de América latina y África. Pero sus resultados fueron siempre estériles, además de costosos en vidas y generadores de atraso en la economía, la salud y la educación. La guerrilla sostenida por Cuba produjo movimientos subversivos, expandió la ideología marxista-leninista, desestabilizó frágiles democracias, aumentó la pobreza y justificó la implantación reactiva de dictaduras sanguinarias. El romanticismo inicial generaba entusiasmo por un régimen que pretendía superar al capitalismo en una década y terminó transformado en un mendigo, primero de la asistencia soviética y ahora venezolana. Patético. Como había pasado con el stalinismo, muchos aún prefieren negarse a reconocer las evidencias de su calamidad. La socialdemocracia, en cambio, logró en España o Chile mucho más que Cuba en menos tiempo, sin costo de sangre, ni fusilamientos, ni violación de los derechos humanos, ni torturas ni prisiones.
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Los altos precios del petróleo introdujeron un nuevo factor en América latina: un coronel golpista se ha convertido en el dueño absoluto de Venezuela y en el sostenedor de Cuba y otros gobiernos que desean implantar regímenes autoritarios como Bolivia y Ecuador. Avanza con paso redoblado hacia su eternización en el cargo, la estatización de los medios de producción al caduco estilo soviético, imponer una mordaza al periodismo, aplicar el lavado de cerebro a los estudiantes en todos los niveles y crear una nueva clase privilegiada compuesta por militares y personajes obsecuentes que se enriquecen de manera obscena. En su modelo no existe la perspectiva de formar un hombre nuevo, pese a la propaganda, porque todo se reduce a la acumulación del poder unipersonal –inspirado en Stalin, Mao, Pol Pot y Fidel- gracias a los petrodólares que utiliza como si pertenecieran a su bolsillo hondo como una galaxia. Su narcisismo lo empuja a querer convertirse en el líder de una revolución continental y hasta mundial. Para ello no ha tenido pudor en manifestar su untuosa adherencia con sistemas repugnantes como los de Irán, Bielorrusia y Corea del Norte.
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Cuando un periodista me preguntó por qué fascina Chávez, mi respuesta fue otra pregunta: "¿A quién fascina? ¿fascina a los canadienses? ¿irlandeses? ¿franceses? ¿alemanes? ¿australianos? ¿o sólo a estúpidos como nosotros?" Porque la verdad ya no se puede ocultar ni deformar como en la URSS de Stalin. No es posible considerar válidas las resoluciones de un Congreso en Venezuela donde ahora sólo está representada una fracción de la sociedad. No es sostenible que haya mejorado la seguridad. Tampoco que la escasez proviene de la manipulación y no de la ineficiencia de esta administración narcisita-leninista (Andrés Oppenheimer dixit). Produce carcajadas que un ministro asegure que Venezuela es el país con mayor crecimiento del mundo. La corrupción, en vez de disminuir, ha crecido en forma exponencial. Las fuerzas armadas son sometidas a las nuevas milicias con carga ideológica paleocubana. Los estudiantes indóciles son reprimidos con ferocidad. La gente digna se harta de los insultos que escupe Chávez a los que disienten con sus delirios de un geriátrico. Es evidente que los venezolanos más lúcidos se oponen a una reforma constitucional que pretende violar la Constitución para instalar un régimen absolutista, copia del viejo socialismo real que ha mostrado suficientes síntomas de su cancerígena patología. Ese socialismo, bautizado en forma pomposa como del "siglo XXI", sólo recoge lo peor del XX. Anhela instalar los fraudes, los abusos, la intolerancia, la inequidad y la corrupción que existió en los países más castigados del planeta. Como ya se dice en Venezuela, pareciera que el objetivo es crear un horroroso Zimbawe latinoamericano.
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Este socialismo hasta ahora tiene a Cuba como aliado fundamental (o como inválido que debe transportar en silla de ruedas). Además apoya de modo manifiesto al gobierno de Evo Morales en Bolivia y a Correa en Ecuador. Pero en América latina, por suerte, funcionan otros gobiernos socialistas que no quieren la tiranía, ni el poder unipersonal, ni el pensamiento único, ni la represión de la prensa, ni la imposición por el fraude o por la fuerza. Son los de Chile, Brasil, Uruguay. Y les va mucho mejor. En este conflicto de socialismos, será más costoso para todo el continente el encarnado por Chávez y Cuba. Con su socialismo de museo histórico proseguirán las bribonadas que tanto dolor, muerte y vergüenza generaron en el siglo pasado.
Este artículo fue publicado originalmente por Revista Noticias, de Buenos Aires, Argentina
Agradecimiento a Eneas Biglione, de Fundación Hacer por haber enviado este artículo





noviembre 27, 2007

Bolivia Salvaje

Bolivia salvaje: campesinos indígenas afines al gobierno de Morales decapitan perros como señal de advertencia a los políticos de la oposición.


Fuente del video: Diario de América

La estupidez del populismo en Latinoamérica está llegando a límites intolerables. Esto no es democracia, esto no es la libertad que soñaban San Martín, y Bolívar. No hemos buscado la independencia de España para vivir en este asqueroso lodo populista socialista. Lo que se ve en el video es el colmo del salvajismo. Es la pérdida de todo vestigio de comunidad civilizada. Soy pesimista, porque veo un futuro negro, no sé adonde va a terminar esto. Por estos medios no habrá entendimiento posible, tampoco progreso y bienestar.

Hoy la convención constituyente boliviana aprobó en primera instancia la nueva constitución propuesta por Evo Morales. La aprobación se hizo sólo con los votos de los diputados presentes que eran todos del MAS, el partido de Morales. La aprobación tramposa y rebuscada, fue realizada en ausencia de los diputados de las fuerzas de derecha y opositores a la reformas. No entiendo adonde van a llegar con las reformas que la mitad, o tal vez más, de la población rechaza. Una constitución debe ser aceptada por una gran mayoría, debe ser producto de un amplio consenso, y sobre todo debe ser una limitación del poder, como resguardo de las libertades y derechos de los ciudadanos. Nada de esto ocurre en Bolivia, por el contrario, se busca aumentar el poder del gobierno para dilapidar la riqueza, fortuna y propiedades de los habitantes.

noviembre 20, 2007

Ecuador: el odio al progreso

El Aeropuerto José Joaquín de Olmedo es un ejemplo de cómo se puede mejorar un servicio público en poco tiempo sin aumentar el gasto público o la intervención estatal. No obstante, vivimos en un país donde el éxito se observa con sospecha en lugar de ser aplaudido y estudiado para que otros lo consigan también.


Durante más de 40 años la Dirección General de Aviación Civil (DAC) estuvo a cargo de nuestro aeropuerto y el resultado era una “pocilga” como puerta de entrada. ¿Qué se hizo con la plata que había recaudado de los usuarios? ¿Por qué este gobierno, que dice combatir la corrupción, no cuestiona ese despilfarro durante esa larga noche centralista? Cabe recalcar que aunque la DAC ha dejado de percibir ciertos rubros que ahora recibe la concesionaria para cubrir costos de operación y ahorrar las utilidades obtenidas, la DAC sigue recibiendo $5 por pasajero internacional, sin ahora tener los gastos de operación de los dos aeropuertos más importantes del país.


Hoy, cobrando las mismas tasas el aeropuerto de Guayaquil no solo ha pasado a ser el mejor aeropuerto del Ecuador, sino que es uno de los más modernos de Latinoamérica compitiendo con otros aeropuertos internacionales tales como el Jorge Chávez de Lima y El Dorado de Bogotá. El gobierno local no solo piensa en el presente sino en el futuro de la ciudad, y por eso las utilidades generadas por el aeropuerto están siendo capitalizadas para la construcción del nuevo aeropuerto internacional en Daular.


Para que nuestro aeropuerto de ese giro de 180 grados se dieron dos elementos claves: descentralización y participación del sector privado. Los usuarios del aeropuerto de Guayaquil y la concesionaria —TAGSA, no el “pueblo ecuatoriano” como dice el Presidente, financiaron la construcción del nuevo aeropuerto de Guayaquil con una inversión de alrededor de $90 millones. El gobierno central solamente donó el terreno sobre el cual se construyó prácticamente desde cero el nuevo aeropuerto. El gobierno dice que es inaceptable que el Estado nada reciba de las utilidades generadas por el aeropuerto y reclama el 50% de las utilidades. Comparado al derroche de gasto del gobierno en otras áreas, por ejemplo, los más de $2.300 millones al año que el gobierno derrocha en subsidios al gas y a los combustibles, ese monto es insignificante. Es el crecimiento económico y no el crecimiento de las recaudaciones del Estado lo que debería guiar la política fiscal.


La generación de utilidades no es algo malo, es algo necesario para acumular riqueza y poder invertir en el aeropuerto más grande y moderno que nuestra ciudad va a necesitar en el futuro. Pero ya sabemos que este gobierno es consumidor, no creador de capital. En lugar de contraponer los intereses de Latacunga y otras ciudades contra los de Guayaquil, un gobierno que busca la unidad nacional debiera aplaudir lo que funciona, como el aeropuerto de Guayaquil y alentar a otras ciudades a que imiten el esfuerzo realizado aquí. Podría comenzar por donarles el terreno de sus aeropuertos y darles competencia por sobre la administración de estos, que es lo único que Guayaquil recibió del gobierno central.


Nuestro presidente y otros odiadores de Guayaquil aparentemente padecen el complejo de Fourier, es decir, aquel odio que ciega tanto que puede llevar a hacerse daño a uno mismo con tal de ver al otro que estaba progresando sufrir. Lamentablemente, ese complejo no se cura con la razón y es destructivo para quien lo padece y los gobernados.

Autor: Gabriela Calderon
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 6 de noviembre de 2007.
Fuente: Cato Institute