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junio 06, 2008

¿Qué haríamos sin precios?

Cuando usted va a comprar algo lo primero que pregunta es ¿cuánto vale? Y al considerar comprarlo instintivamente compara la satisfacción que obtendría con otras que podría adquirir con ese mismo dinero. (Lo que deja de comprar le llamamos “costo de oportunidad”). Lo que no reparamos cuando hacemos esas comparaciones es el hecho de que las podemos hacer sólo porque existen los precios. Sin precios, ¿cómo comparar?

Entonces, surge la pregunta, ¿cómo es que llegan a existir los precios? ¿Acaso alguien o el gobierno los inventa? Alguien dirá que el precio lo fijan los productores sumando su ganancia a sus costos. Esto es cierto sólo en el sentido que el precio tiene que cubrir costos y ganancias para que se produzca la cosa, pero eso es muy distinto a decir que el precio es la suma de ellos porque muchas cosas no se llegan a producir porque su precio no cubre los costos y en esos casos, si se insiste en producirlas, se incurrirá en pérdidas a costillas del patrimonio del productor. Esto nos indica que los precios de lo que se produce, incluyendo los precios de todo lo que se usó para producirlo no se puede establecer arbitrariamente.

¡Qué fácil sería ganar dinero si cada quien estableciera el precio de lo que vende simplemente sumando ganancias a costos! ¡Nadie perdería y todos seríamos ricos!

Puesto que nadie los fija, ¿de donde vienen los precios? La respuesta completa la da la Teoría de Precios basada en lo que se conoce como “utilidad marginal decreciente” que explica cómo “el mercado” establece los precios tomando en cuenta innumerables factores que ninguna persona o institución podría listar, pues incluye la enorme variedad de gustos, el poder adquisitivo de todos y cada uno, la relativa escasez de cada recurso incluyendo accesibilidad de infraestructura, los distintos costos de insumos en cada localidad, las diferentes prioridades de cada familia, el efecto de las diferencias de cultura, sexos y edades de la población, etcétera, todo lo cual, además, está en continuo proceso de cambio. Y, sin embargo, los precios ahí están, cognoscibles por cualquier interesado, en el mercado.

¿Qué es el mercado? Pues es el conjunto de transacciones libres y pacíficas que ocurren diariamente. ¿Transacciones de qué? Pues de derechos de propiedad. Quien vende algo es porque tiene derecho de propiedad de la cosa y quien la compra porque tiene derecho de propiedad del dinero con que paga. Y ¿qué sucede cuando no se reconoce el derecho de propiedad, es decir, cuando las cosas no son de alguna persona particular sino son “de todos”, del gobierno, como en el socialismo? ¿podrá existir una sociedad autónoma socialista sin precios?

A principios de los 70’s en visita oficial a Hungría, pregunté al Vice Ministro de Hacienda cómo fijaban el precio de, por ejemplo, la pimienta, y me respondió lo que yo esperaba, que usaban el precio de donde sí existía propiedad privada, del mundo capitalista.

Lo increíble es que aún hayan personas que se consideren socialistas cuando a nadie se le ha ocurrido cómo establecer algo equivalente a los precios en ausencia de propiedad privada de los medios de producción y libre intercambio. Los socialistas simplemente piensan que más de alguien sabrá, pero si así fuere, ¿por qué nadie lo sabe? La verdad es que ingenuamente están a favor de un sistema que nadie ha descrito y que, por lo tanto, no existe. ¡Que pena!


Fuente: www.prensalibre.com
Este artículo fue enviado por Eneas Biglione de Fundación Hacer

enero 03, 2008

Bancas Centrales



Autor: Manuel F. Ayau



El Banco de Guatemala (Banguat) destruyó el hábito de ahorro. Siguiendo la moda, persistentemente disminuye el valor de los ahorros de la gente en 4/5 por ciento anual. Le llaman inflación moderada. Pero ninguna ley económica justifica tan cruel proceder. ¿Acaso hay algún inconveniente con cero inflación e inclusive con uno o dos por ciento de deflación, como ocurrió en el Siglo de Oro, cuando el ahorro de la población se apreciaba con el tiempo?

Parece que los funcionarios no se aguantan las ganas de manipular. La inestabilidad causada por estar cambiando la tasa de interés cambia expectativas de consumo e inversión. Greenspan, primero alentó la demanda de vivienda, convirtiéndola en un artículo de especulación, y cuando vio el resultado, echó marcha atrás, causando muchas quiebras. En la década de los 1980, el Banguat causó la década perdida (ver La Década Perdida, CEES). A fines de la década de 1990 elevó severamente las tasas de interés, causando gran cantidad de pérdidas a personas y empresas otrora solventes.

Si investigamos el origen de las bancas centrales, encontramos que las razones han sido para beneficio de los políticos, y no económicas. Luego fueron imitadas por los paisitos que todo lo copian. A principios del siglo pasado, pocos países tenían bancas centrales. En EE. UU., alguna vez fue declarada inconstitucional y, para evadir ese "inconveniente", se organizó como institución privada que hoy pertenece a bancos miembros del Sistema de Reserva, con determinante injerencia del Gobierno. En Inglaterra, en el siglo XVIII, el Gobierno estableció el primer monopolio de emisión a un banco privado, a cambio de obtener más crédito. Más tarde lo nacionalizó.

Antes de la generalización de bancos centrales, el mercado, y no los gobiernos, habían libremente establecido el oro como patrón, utilizando billetes redimibles en oro. La cantidad de oro extraído no era manipulable, pues dependía del costo marginal de extraerlo. Rara vez un nuevo descubrimiento causaba inflación local que se esparcía por el mundo con efectos similares a los causados por los gobiernos, pero nunca nada tan catastrófico y empobrecedor como las inflaciones galopantes recomendadas por CEPAL, que subdesarrollaron a Argentina, Chile, Perú, etc.

No sé de crisis monetaria (no las bancarias) en la historia no causada por algún banco central. La súbita reducción del 30 por ciento del medio circulante en EE. UU. causó la infame Gran Depresión de los años 1930. Las crisis inflacionarias, desde Francia, en el siglo XVIII, hasta la fecha, jamás pudiesen haber ocurrido en ausencia de ley de curso forzoso, pues la gente hubiese recurrido a otra moneda.
Cuando no existían bancas centrales y aumentaba la producción mundial de bienes, la cantidad de dinero (oro) no aumentaba a la par, y los precios bajaban paulatinamente. A los sueldos y salarios se les sumaba el aumento del poder adquisitivo del dinero que recibían y ahorraban. Hoy, aunque los salarios aumentan en efectivo, no aumenta su poder adquisitivo y, cruelmente, los ahorros pierden valor.

Aunque por milenios el mundo prosperó sin ella, la Banca Central estará con nosotros muchos años, porque su suntuosidad apantalla al incauto, y porque ya ni siquiera se sabe, pues no se enseña, cómo funciona un mundo sin ella.

Fuente: www.prensalibre.com
Este artículo fue enviado por Eneas Biglione de Fundación HACER