
Autor: Alberto Benegas Lynch (h)
El tema que ahora abordamos es seguramente el más importante de cuantos se puedan analizar puesto que todos derivan de él. La premisa sobre la que trabajamos es que todos los seres humanos son únicos e irrepetibles y que , por tanto, el sistema mejor para el proceso de enseñanza consiste en la relación un profesor-un alumno al efecto de descubrir las potencialidades exclusivas de cada candidato.
Desafortunadamente, por el momento, este sistema resulta sumamente oneroso y, en consecuencia, se amortizan las erogaciones con la educación en grupo. Pero de allí no se sigue que todos deban ser tratados como una producción en serie o como una masa amorfa e indistinguible. Es en esta línea de pensamiento que destacamos la importancia de la competencia y de las ofertas muy diferentes para atender los muy distintos requerimientos.
Más aún, la relevancia de prestar atención a cada uno queda subrayado con que últimamente se ha puesto en evidencia en forma reiterada que los llamados tests de coeficientes intelectuales carecen de sentido en cuanto al establecimiento de un pretendido ranking de inteligencias ya que todos los humanos somos inteligentes para muy diversas materias (es la contracara de lo que ha dicho Einstein -que, dicho sea al pasar, como es sabido, fue calificado en el colegio con un IQ muy bajo- “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”).
A diferencia de lo que ocurría antaño, hoy en día, en prácticamente todos los países, se alude a la “educación pública” y a la “privada”. Ambas clasificaciones son falsas. En el primer caso es para ocultar la desagradable expresión de “educación estatal” (puesto que la educación que se ofrece en el ámbito privado es también para el público), tan bochornosa como la prensa estatal o la literatura estatal. En el segundo caso, allí donde existen ministerios o secretarías de educación y otras reparticiones igualmente absurdas cuya misión es imponer pautas, programas o textos, la llamada educación privada no es propiamente tal. En esa esfera solo es posible decidir la edificación del campus, el color de los uniformes y temas análogos, pero el producto que allí se expende proviene de las resoluciones de la burocracia, ergo la institución es de facto estatal aunque de jure aparezca como privada.
Las entidades estatales de educación se financian con impuestos de la misma manera que ocurre con todas las actividades gubernamentales. Todos pagamos impuestos, incluyendo los que nunca vieron una planilla fiscal, lo hacen vía las reducciones operadas en sus salarios como consecuencia de las mermas en las tasas de capitalización debidas a las erogaciones tributarias de los que desembolsan recursos directamente al fisco. Pensemos entonces en los más pobres, tan pobres que no pueden afrontar el costo de oportunidad de enviar a sus hijos a estudiar porque los padres los necesitan para sobrevivir. Esas personas, de hecho, están financiando los estudios de los más pudientes. Una enorme injusticia por cierto. Y quienes con gran esfuerzo pueden enviar a sus hijos a estudiar, si hacen un análisis tributario correcto, están forzados a enviarlos a instituciones estatales al efecto de evitar la doble matrícula y doble costo de la enseñanza.
Contemporáneamente se han propuesto los vouchers o créditos educativos que son de gran utilidad para mostrar el non sequitur: es decir, del hecho de que se afirme que se debe forzar el financiamiento de la educación de otras personas no se desprende que deban existir instituciones educativas estatales ya que se recurre a este mecanismo en el que el aparato estatal entrega recursos detraídos por medio de tributos para que cada uno de los que tienen bajos recursos ingrese a la asociación privada de educación que estime pertinente. Pero una vez comprendido este punto debe aplicarse el mismo análisis fiscal que hemos hecho más arriba, a lo que cabe agregar (debido a los mecanismos de selección a que suele recurrirse en estos casos) que resulta también en una flagrante injusticia que los menos dotados intelectualmente para aplicar a las ofertas existentes sean compelidos a financiar a los más preparados.
Por otra parte, igual que el resto de las empresas estatales, son alarmantes los guarismos que surgen del costo por año por alumno en las entidades educativas estatales respecto de las consideradas privadas debido a la diferente gestión impulsada por los respectivos incentivos. Incluso en muchos de estos cálculos no se computa el capital inmovilizado del campus ya que suelen tomarse solamente los gastos corrientes.
Se suele alegar el “derecho a la educación” sin percibir que a todo derecho corresponde una obligación. La propiedad de alguien que la ha obtenido legítimamente significa la obligación universal de otros de respetar esa posesión, pero si se pretende disponer de algo que no se ha adquirido y se otorgara el “derecho” a mantenerlo, esto significaría que se ha lesionado el derecho de otro a quien se obliga a ceder esa propiedad con lo que en verdad se ha establecido un pseudoderecho.
También se suele esgrimir “la igualdad de oportunidades”, lo cual implica necesariamente desconocer el precepto de la igualdad ante la ley. Si se apuntara a otorgar aquella igualdad a un jugador deficiente en tennis en un partido con un campeón, se deberá obligar a este último a que, por ejemplo, juegue con una sola pierna con lo que se habrá conculcado su derecho. En la vida, las diferencias entre las personas resultan en distintas oportunidades. De lo que se trata es que todos tengan más oportunidades pero no iguales. Esto resulta posible lograrlo si no se desconoce la igualdad ante la ley para imponer en cambio la igualdad mediante la ley.
En otros casos se argumenta que la educación sería lo que técnicamente se conoce como un “bien público”, lo cual, independientemente de las objeciones a esta figura, ni siquiera calza en esa categoría puesto que la educación no sigue los principios de no-rivalidad y no-exclusión.
En otro orden de cosas, la politización en materia educativa arruina la adecuada trasmisión de conocimientos y en no pocas ocasiones se imponen ideas trasnochadas desde el vértice del poder según los caprichos de los funcionarios de turno. El necesario clima de excelencia tiene lugar en donde hay puertas y ventanas abiertas de par en par por las que entra todo el oxígeno disponible en ámbitos competitivos en los que se ofrecen las más variadas posibilidades insertas en mecanismos flexibles al cambio y la actualización, según sean las teorías rivales existentes. No es factible ni coherente educar para la formación de seres libres en base a la coacción.
Por último, la educación es un delicado proceso en el que los profesores pueden incentivar al alimento intelectual pero el educando debe ser receptivo: la mente es como una puerta en la que el picaporte está ubicado del lado de adentro...por más que se golpee si no se abre no hay conocimiento posible. Los incentivos necesarios operan en contextos donde hay arreglos libres y voluntarios entre padres y educadores o entre éstos y los propios interesados, lo cual, desde luego, incluye las becas y las portentosas obras filantrópicas para la capacitación realizadas con recursos propios. Lo contrario es des-educar y entrenar ignorantes y resentidos.
De allí es que el home-schooling tenga tanto éxito y, como apunta The Economist, oficiales de admisión de universidades de prestigio quedan tan impresionados con el buen nivel de preparación, con los modales refinados y las adecuadas vestimentas de los candidatos entrenados en este sistema, para no decir nada de los problemas que se evitan de drogas, sexo y violencia frecuentemente presentes en casas de estudio estatales.
Y no es que en las instituciones privadas no hayan problemas, se trata de que cada uno pueda elegir y cambiar sin verse compelido a financiar actividades que no comparte y que voluntariamente no está dispuesto a sostener. Pero para las necesarias salvaguardas y para que sea operativa la flexibilidad en los autocorrectores es indispensable, insistimos, que los centros de estudios privados sean realmente privados y evitar otro canal por el que se pierde independencia del aparato estatal: los subsidios bochornosos como los que señala Richard Pipes en cuanto a que universidades como las de Columbia, Harvard y Princeton llegaron a recibir respectivamente el 50%, el 38% y el 32,4% de sus presupuestos totales del gobierno federal.
Por todo lo dicho es que Ludwig von Mises ha escrito que “ En realidad hay solo una solución: el estado, el gobierno, las leyes no deben ocuparse de los colegios ni de la educación. Los fondos públicos no deben ser utilizados para esos fines. La crianza y la instrucción de la juventud debe dejarse enteramente en manos de los padres y de las asociaciones e instituciones privadas”.
Fuente: http://independent.typepad.com/elindependent/2008/07/educacin-y-des.html
septiembre 22, 2008
Educación y Des-Educación
mayo 24, 2008
Qué está mal en nuestras escuelas
En este video de la serie Free To Choose (Libre Para Elegir) de Milton Friedman se habla del problema de educación pública gestionada por el gobierno, sus costos y su calidad.
Las escuelas gestionadas y financiadas por los gobiernos de los Estados Unidos están en situaciones deplorables como las nuestras en Argentina, con presupuestos enormes y despilfarrados sin pudor alguno por los funcionarios, profesores e incluso alumnos. Muchos profesores que trabajan en estas escuelas financiadas por el estado se sienten muy cómodos trabajando en ellas, pues no tienen competencia que les ponga en peligro su negocio, y la falta de competencia no ha hecho que el sistema educativo mejore, es más se ha degradado a un nivel insoportable.
Muchas escuelas privadas, financiadas con los aranceles pagados por los alumnos y contribuciones realizadas por fundaciones han conseguido mejores calificaciones con un tercio del presupuesto asignado a un alumno en una escuela pública.
Para alumnos de padres sin recursos económicos suficientes se implementó un sistema de fondos de becas o vales para educación para que los alumnos puedan escoger una escuela privada libremente, el bono sirve como medio de pago. El sistema de vales por educación ha dado muy buenos resultados, porque el sistema obligaba a colegios y profesores a competir para atraer alumnos. Este sistema de vales por educación se ha aplicado en los Estados Unidos y también en Gran Bretaña bajo la administración de Margaret Thatcher y por iniciativa del ministro de educación Keith Joseph. El plan de vales pese a sus excelentes resultados fue saboteado y finalmente abandonado por que los sindicatos de maestros y profesores que vieron el peligro que este plan representaba para sus parasitarias vidas, con argumentos falaces y ridículos como que: el plan obliga a los profesores a competir, siendo la competencia una condición denigrante y economicista que atenta contra la excelencia de la educación. Otro argumento que en este video queda expuesto claramente por los invitados al debate es que el sistema de vales separa los alumnos buenos de los alumnos malos, y naturalmente los malos estarán siempre en las escuelas públicas pagadas por el estado; así que pues el razonamiento de los burócratas con pensamiento estatista que no quieren competencia, es que el alumno bueno debe, por decir así, sacrificar parte de su educación y subsidiar los costos de educación del alumno malo.
octubre 13, 2007
Reformas educativas que hunden la educación
Autor: Berti García Faet
Fuente: http://www.juandemariana.org/
El derecho a la educación es un derecho fundamental (como el derecho al cine, a la gastronomía mejicana o a Cervantes). Sin embargo, existe un vicio público –fuente de casi todos los problemas– que tergiversa el sentido de "fundamental" (¿fundamental para quién?) y según el cual se considera que el derecho de uno implica necesariamente la obligación del prójimo, no sólo de no impedir la materialización de ese derecho, sino de impulsarla y sufragarla. De este modo queda interiorizada demasiado bien la convicción rabiosamente progresista de que la educación debe pagarse con los impuestos y, además, ser igual para todos. Y el Estado es el que se encarga de recaudar, distribuir, diseñar y monopolizar el reparto de "carnets de conocimiento": los títulos educativos.
Pero por supuesto, no toda la culpa la tienen las leyes. La Sociología contemporánea está en condiciones de afirmar que ha habido cambios cualitativos cardinales en los senos de las familias; algunos positivos –flexibilidad y, en general, libre elección de los itinerarios ofertados– y otros negativos –la flexibilidad que se convierte en renuncia o sobreprotección–. La familia, si no dimite como agente educador, se empeña en contradecir los valores de esfuerzo mimando excesivamente al niño y catequizándolo en el despotismo y la dependencia.
septiembre 30, 2007
Escuelas públicas: privatícenlas.
Milton Friedman fue Premio Nobel en Economía y académico del Hoover Institution. Este ensayo fue publicado originalmente el 19 de febrero de 1995 en el Washington Post y fue reproducido en inglés por el Cato Institute con permiso del autor y del Washington Post (Cato Institute Briefing Paper no. 23 [1]). También puede leer este documento en formato PDF aquí [1].
Sumario
Nuestro sistema de educación, primaria y secundaria, necesita de una reestructuración radical. Una reconstrucción así, sólo puede realizarse privatizando la mayor parte del sistema educativo, es decir, permitiendo que la actividad privada, con fines de lucro, desarrolle una amplia variedad de servicios educativos y sea una competencia efectiva a las escuelas públicas. El modo más factible de realizar esta transferencia, del sector público a las empresas privadas, consiste en establecer, en cada estado, un sistema de bonos escolares que permita a los padres escoger las escuelas a las que asisten sus hijos. El bono escolar debe ser universal, disponible para todos los padres y suficiente para cubrir los costos de una educación de alta calidad. No deberían fijarse condiciones anexas a los bonos escolares que interfirieran con la libertad de las empresas privadas para experimentar, explorar e innovar.
Introducción
Nuestro sistema educativo primario y secundario necesita de una reconstrucción radical. Esta necesidad surge como resultado, en primer lugar, de los defectos de nuestro sistema vigente. Pero, además, se ha visto reforzada, en gran medida, por algunas de las consecuencias de las revoluciones, tecnológica y política, ocurridas en las últimas décadas. Estas revoluciones prometen aumentos considerables en la producción mundial, pero también amenazan con serios conflictos sociales a los países desarrollados, debido a la creciente brecha de ingresos entre los altamente calificados (la elite del conocimiento) y la mano de obra no calificada.
Una reconstrucción radical del sistema educativo puede evitar los conflictos sociales mientras que fomenta mejoras en la calidad de vida, posibles gracias a la revolución tecnológica y el crecimiento del mercado global. En mi opinión, una reconstrucción radical sólo se lograría privatizando la mayor parte del sistema educativo —es decir, permitiendo que las empresas privadas con fines de lucro ofrezcan una gran variedad de servicios educativos para que compitan con la educación pública. Semejante reconstrucción no podrá hacerse de la noche a la mañana; inevitablemente, debe ser un proceso gradual.
La manera más factible de realizar una transferencia, gradual pero importante, de la educación pública a las empresas privadas es mediante de un sistema de bonos escolares implementado en cada estado que permita a los padres la libertad de escoger las escuelas a las que asistan sus hijos. Propuse éste sistema de bonos hace 40 años.
En los últimos años se han realizado muchos intentos de adoptar el sistema de bonos escolares. Salvo excepciones menores, nadie ha logrado implementarlo, debido al poder político del establishment educacional, recientemente fortalecido por la Asociación Nacional de Educación y la Federación Americana de Maestros, el grupo de presión más poderoso de los Estados Unidos.
1. El deterioro de la enseñanza
Nuestras escuelas hoy son mucho peores de lo que eran en 1955. En ningún otro aspecto son tan grandes las desventajas de los residentes de los barrios pobres como en la calidad de la educación que pueden obtener para sus hijos. Las razones son, en parte, el deterioro de nuestras ciudades centrales y, también en parte, la creciente centralización de las escuelas públicas —como lo muestra la reducción del número de escuelas de distrito de 55.000 en 1955 a 15.000 en 1992. Con la centralización, ha resultado —como causa y efecto— el incremento del poder de los sindicatos docentes. Cualquiera que sea la razón, el deterioro de la educación primaria y secundaria es un hecho indiscutible.
Con el paso del tiempo, el sistema ha empeorado a medida que se ha venido centralizando. El poder de decisión se ha ido desplazando desde la comunidad local a la escuela, de ésta al distrito escolar, de éste al estado hasta llegar al gobierno federal. Cerca del 90% de nuestros niños ahora van a las denominadas escuelas públicas, que no son nada públicas, sino feudos privados propiedad principalmente de sus administradores y de los dirigentes sindicales.
Todos conocemos los tristes resultados: hay algunas escuelas públicas relativamente buenas que se ubican en los suburbios y en las comunidades de altos ingresos; otras escuelas públicas muy malas, se encuentran en el interior de nuestras ciudades, afectadas por altas tasas de deserción, creciente violencia escolar, bajo rendimiento y desmoralización de maestros y estudiantes.
Estos cambios en nuestro sistema educativo ha mostrado claramente la necesidad de una reforma fundamental. Pero también ha fortalecido los obstáculos para una amplia reforma del sistema, que podría realizarse mediante un efectivo sistema de bonos escolares. Los sindicatos de maestros se han opuesto amargamente a cualquier reforma que disminuya su poder y han adquirido una enorme fuerza, política y financiera, que están dispuestos a utilizar para derrotar cualquier intento de adoptar el sistema de bonos escolares. El último ejemplo de lo que vengo diciendo es la derrota de la Proposición 174, ocurrida en California, en 1993.
2. La nueva revolución industrial
Una reconstrucción radical de nuestro sistema educativo se ha vuelto más urgente debido a las revoluciones gemelas que han ocurrido en las últimas décadas: una revolución tecnológica —el desarrollo, en particular, de medios más eficientes y eficaces de comunicación, transporte y transmisión de datos; y una revolución política que ha ampliado la influencia de la revolución tecnológica.
La caída del muro de Berlín fue el acontecimiento más dramático de la revolución política. Pero no fue, necesariamente, el más importante. Por ejemplo, el comunismo no ha muerto en China y no ha colapsado. Y aún así a comienzos de 1976, el Primer Ministro Deng inició una revolución dentro de China que condujo a que ésta se abra al resto del mundo. De modo semejante, una revolución política tuvo lugar en América Latina, la cual, en el curso de las últimas décadas, ha conducido a un incremento importante en la porción de la población de esa región que vive en países que pueden ser descritos con propiedad más como democracias que como dictaduras militares, y que están luchando por ingresar en los mercados mundiales abiertos.
La revolución tecnológica ha hecho posible que una empresa ubicada en cualquier lugar del mundo pueda emplear recursos ubicados en cualquier sitio, para elaborar un producto en otro lugar y luego venderlo en cualquier otro lugar del planeta. Es imposible decir, “éste auto es estadounidense” o “éste auto es japonés”, y lo mismo sucede con muchos otros productos.
La posibilidad de coordinar el capital y el trabajo, en cualquier parte del mundo, con el capital y el trabajo, de cualquier otro sitio, tuvo efectos dramáticos incluso antes de que la revolución política tuviera lugar. Significó la existencia de una gran oferta de trabajo, relativamente de salarios bajos, para colaborar con el capital de los países desarrollados, capital físico y más importante aún, capital humano —habilidades, conocimientos, técnicas, capacitación.
Antes de que la revolución política sucediera, la vinculación internacional del trabajo, el capital y los conocimientos ya había resultado en una rápida expansión del comercio internacional, en el crecimiento de las empresas multinacionales y en un grado, inconcebible hasta ese momento, de prosperidad en los países otrora subdesarrollados de Asia del Este, conocidos como los “Cuatro Tigres”. Chile fue el primero en beneficiarse de estos desarrollos en América Latina, pero su ejemplo pronto se extendió a México, Argentina y otros países de la región. En Asia, el último en embarcarse en un programa de reformas de mercado ha sido India.
La revolución política reforzó considerablemente a la revolución tecnológica de dos maneras. Primero, aumentó grandemente la masa de mano de obra de salarios bajos —aunque no necesariamente de baja calificación— que podría ser empleada para coordinarse con el trabajo y el capital de los países avanzados. La caída del “telón de acero” agregó, tal vez, a 500 millones de personas; y China liberó, al menos parcialmente, a cerca de 1000 millones de personas que luego podían ser involucradas en actos capitalistas con personas de cualquier otro lugar del mundo.
Segundo, la revolución política desacreditó la idea de la planificación centralizada. Condujo, en todas partes, a una mayor confianza en los mecanismos de mercado que en el control gubernamental centralizado. Y aquello fomentó el comercio internacional y la cooperación entre las naciones.
Estas dos revoluciones ofrecen la oportunidad de una importante revolución industrial —comparable a la ocurrida hace 200 años, también esparcida mediante los desarrollos tecnológicos y el libre comercio. En aquellos 200 años, el producto mundial creció más que en los 2000 anteriores. Ésta meta podría superarse en las próximas dos centurias si los habitantes del mundo obtienen plenos beneficios de las nuevas oportunidades.
3. Diferencias salariales
Las revoluciones gemelas han producido salarios más altos para los trabajadores y mejores ingresos para casi todas las clases sociales en los países subdesarrollados. El efecto ha sido un poco distinto en los países desarrollados. La fortalecida relación entre el trabajo de bajo costo y el capital ha elevado los salarios de los trabajadores de alta calificación y las ganancias sobre el capital físico, pero ha presionado a la baja a los salarios de los trabajadores de baja calificación. El resultado ha sido un notable ensanchamiento de las diferencias salariales entre los trabajadores de alta y los de baja calificación, tanto en los Estados Unidos como en otros países desarrollados.
Si el ensanchamiento de las diferencias salariales prosigue de manera descontrolada, hay riesgo de que resulte en un problema social de grandes proporciones en nuestro país. No estaremos dispuestos a ver un sector de nuestra población descender un nivel de vida del Tercer Mundo, mientras que otro sector de nuestra población se vuelve cada vez más rico. Semejante estratificación, es una receta para el desastre social. La presión para evitarlo, mediante el proteccionismo y otras medidas semejantes, será irresistible.
4. Educación
Hasta ahora, nuestro sistema educativo ha incrementado la tendencia hacia la estratificación social. Y ello a pesar de que es la única fuerza visible con capacidad de mitigar esa tendencia. La inteligencia innata juega, sin lugar a dudas, un papel importante en determinar las oportunidades de cada individuo . Sin embargo, no es la única característica humana de importancia, como lo demuestran numerosos ejemplos. Lamentablemente, nuestro sistema educativo actual contribuye muy poco a que los individuos, cualquiera que sea su coeficiente intelectual, hagan el mejor uso de sus características. Y ello a pesar de ser el camino para revertir las tendencias hacia una mayor estratificación. Un sistema educativo de mejor calidad podría hacer más que cualquier otra cosa para reducir el daño que produciría a nuestra estabilidad social una amplia y permanente clase de gente muy pobre.
Existe un enorme espacio para la mejora de nuestro sistema educativo. Difícilmente exista otra actividad técnicamente más atrasada en los Estados Unidos. Enseñamos a los niños, esencialmente, de la misma forma en que lo hacíamos hace 200 años: un maestro frente a un grupo de niños, encerrados en un salón. La disponibilidad de computadoras ha cambiado la situación, pero no de modo fundamental. Las computadoras adquiridas por las escuelas públicas no se emplean de manera creativa ni innovadora.
Creo que la única forma de hacer una mejora importante en nuestro sistema educativo es través de la privatización, hasta el punto en que una porción substancial de los servicios educativos sea suministrada por empresas privadas. No hay otra forma de debilitar o de destruir considerablemente el poder del establishment educacional —una precondición necesaria para mejorar radicalmente nuestro sistema educativo. Y sólo las empresas privadas de educación podrán introducir una competencia que obligue a las escuelas públicas a mejorar, con el fin de mantener su clientela.
Nadie puede predecir la dirección que tomará un verdadero sistema educativo de libre mercado. Por las experiencias en otras actividades, sabemos cuán creativas pueden ser las empresas privadas bajo un sistema de libre competencia, qué variedad de productos y servicios pueden ofrecer, cuán aptas se muestran para satisfacer a los clientes —es lo que necesitamos en las escuelas, hoy. Sabemos de qué manera la industria de telecomunicaciones se ha revolucionado mediante la apertura a la libre competencia; cómo el fax ha comenzado a socavar el monopolio del correo de primera clase; de qué forma UPS, Federal Express y muchas otras empresas privadas han transformado la entrega de paquetes y de correspondencia y, en un nivel estrictamente privado, cómo la competencia de autos japoneses ha transformado a la industria automotriz nacional.
La educación privada a la que asiste un 10 % de los niños consiste de unas pocas escuelas de exclusivas que educan a un alto costo a una pequeña porción de la población, mientras que las escuelas parroquiales sin fines de lucro compiten con la educación pública, a bajos costos, gracias a la dedicación de sus maestros y a los subsidios de las instituciones que las patrocinan. Estas escuelas privadas proveen una mejor educación, para una pequeña porción de los niños, pero no están en condiciones de hacer cambios innovadores. Para ello, necesitamos la participación de un sistema de empresas privadas más amplio y vigoroso.
El problema es cómo llegar de aquí a allá. Los bonos escolares no son un fin en sí mismos; son los medios para una transición desde un sistema público a un sistema de mercado. El deterioro del sistema educativo y la estratificación creada por la nueva revolución industrial han hecho más urgente e importante la privatización del sistema de lo que era 40 años atrás.
Los bonos escolares pueden promover una rápida privatización sólo si son aptos para crear una gran demanda de colegios privados, lo suficiente para constituir un incentivo real para que los empresarios ingresen a esta industria. Para ello es necesario, en primer lugar, que el bono escolar sea universal, disponible para todos los que pueden enviar a sus hijos a escuelas públicas; y, en segundo lugar, que si el bono tiene un valor nominal inferior al costo por alumno de la educación pública, sea suficiente para cubrir el costo de una empresa educacional privada, con fines de lucro, que suministre una educación de alta calidad. Si esto se lograra, habría un número significativo de familias dispuestas a gastar algo más de sus ingresos para que sus hijos obtengan una educación de mayor calidad aun. Como sucede en todos los casos, el producto "de lujo" pronto se difunde, convirtiéndose en un producto básico.
Para implementar este modelo, es esencial que no se impongan condiciones para la aceptación de los bonos escolares que interfieran con la libertad de las empresas privadas de experimentar, explorar e innovar. Si el modelo se lleva a cabo, todos —excepto un reducido grupo de intereses particulares- ganarán: los padres, los estudiantes, los buenos docentes, los contribuyentes —para quienes bajará el costo del sistema educativo— y especialmente los residentes de las ciudades centrales, que tendrán una alternativa real a las miserables escuelas urbanas a las que tantos de sus hijos están hoy forzados a asistir.
Los empresarios están muy interesados en expandir la cantidad de potenciales empleados bien educados, y en conservar una sociedad libre con apertura comercial y mercados en expansión en todo el mundo. Ambos objetivos serían promovidos mediante un adecuado sistema de bonos escolares.
Por último, al igual que en las demás áreas en las que ha habido un amplio programa privatizador, la privatización de las escuelas producirá una nueva, activa y beneficiosa actividad, lo que creará oportunidades reales para mucha gente de talento que ahora se ve disuadida de ingresar en la profesión docente, debido al espantoso estado de muchas de nuestras escuelas.
Éste no es un asunto que le corresponde al Estado federal. La educación es, y debe seguir siendo, una responsabilidad principalmente de las comunidades locales. El apoyo a la libertad de escoger entre las escuelas ha crecido con rapidez y no podrá ser contenido por los intereses particulares de los sindicatos de docentes y de la burocracia educativa. Pienso que estamos al borde de un adelanto en un estado u otro que se propagará como un incendio por el resto del país en cuanto demuestre su eficacia.
Para lograr que la mayoría de la población apoye un sistema de bonos escolares, debemos estructurar nuestra propuesta de tal modo que: (1) sea tan simple y honesta que pueda ser comprendida por el votante; y que (2) garantice que la propuesta no incrementará la carga impositiva sino que reducirá el gasto público en educación. Un grupo de nosotros en California ha realizado una propuesta que reúne ambas condiciones. Las posibilidades reales de obtener suficiente respaldo a esta propuesta en 1996 son luminosas.

