junio 11, 2009
mayo 28, 2009
La palabra, esa cosa tan temida por los tiranos.
Marios Vargas Llosa también fue detenido en el aeropuerto de Caracas durante una hora y media. Durante su detención recibió órdenes del régimen de no hablar de política y la humillación de haber tenido que soportar que se revise todo su equipaje exhaustivamente, con alguna sospechosa intensionalidad
Otras personalidades que han asistido al seminario organizado por Cato Institute y CEDICE, como Ricardo López Murphy de Argentina, tuvieron que pasar por situaciones de intimidación similares.
junio 06, 2008
Federalismo y democracia
En América Latina unos cuantos países sufren una baja calidad institucional. En Argentina el gobierno nacional ha hecho tabla rasa con el federalismo estatuido en la Constitución de 1853. En Bolivia, nunca fue establecido un sistema federal, pero los pueblos de interior sufren los designios del poder central, siempre autoritario e ineficiente. El federalismo como sistema de gobierno contribuye a una mejor calidad institucional, dejando al gobierno central las atribuciones necesarias para resolver problemas comunes a todo el país. Los gobiernos locales se encargan de proporcionar los servicios públicos necesarios para el bienestar de la comunidad.
Al respecto, Alberto Benegas Lynch (h) escribió un artículo en la página del Cato Institute.
Ver el artículo
abril 09, 2008
Sobre la Crisis Tributaria escribe María Anastasia O'Grady
Esta gran periodista del Wall Street Jounarl, y columnista de El Cato Institute escribió acerca de la crisis tributaria a la que se enfrenta el gobierno argentino desde la huelga del agro y los cacerlazos en diversas ciudades de Argentina. Afirma que ante un gobierno tan avasallador de los derechos individuales, carente de escrupulos, y que le importa un bledo el estado de derecho y los preceptos constitucionales, la mejor forma de combatirlo es mediante "la desobediencia civil", como lo hicieron los antiguos colonos cuando desafiaron al poder del rey Jorge III de Gran Bretaña. La crisis tributaria argentina tiene similitudes muy grandes con aquella situación. Los impuestos en Argentina son abusivos y confiscatorios; además que el estado no le está prestando ningún servicio a la población, excepto a los parásitos que se han instalado en los oficios públicos.
La semana pasada se registraron episodios de violencia en Buenos Aires donde manifestantes que protestaban por la escasez de alimentos y la inflación fueron atacados por partidarios de la presidenta Cristina Kirchner armados con palos. Los atacantes eran liderados por un enemigo declarado del sector privado que trabajó con el gobierno del ex presidente Néstor Kirchner.
"Lo único que me mueve", dijo Luis D'elía, después de que su ataque a un manifestante fue grabado por las cámaras y sus acciones fueron justificadas por el jefe de gabinete de Kirchner, "es odio contra la puta oligarquía". Luego anunció que él y sus hombres patrullarán las calles para defender su visión de que los productores del país son inmorales. La policía nacional, que responde a la presidenta, no hizo nada para detener la violencia.
Desde 2003, Argentina ha estado creciendo rápidamente, más de 8% al año. Pero esto ha sido principalmente el resultado de la combinación de un repunte natural después de su colapso y el auge global de los commodities. Mientras tanto, hirviendo justo por debajo de la superficie se mantiene la contradicción fundamental que provocó la crisis de 2001. Aunque un peso fuerte hizo que los argentinos prosperaran en los 90, este era incompatible con la economía rígida y cerrada del país. La situación es la misma hoy: O se abre la economía, se hacen flexibles los mercados laborales y mejora el clima financiero o el gobierno se aferra a una política de un peso débil como una forma de compensar por un modelo económico poco competitivo y permite que la inflación regrese.
Al escoger la segunda opción, los Kirchner han ganado el apoyo del segmento de la economía leal a los principios de Juan Perón, el fascista argentino del siglo pasado. Estos incluyen a los sindicalistas militantes, burócratas del gobierno, la máquina política peronista y gente como D'elía, cuyos matones actúan como la policía informal de Kirchner. Pero al generar inflación y provocar escasez, la economía de Kirchner está alimentando un descontento general.
Los problemas recientes no comenzaron en Buenos Aires, sino en las provincias, en donde la agricultura es la principal actividad económica. Los agricultores se rebelaron a principios de este mes, cuando el gobierno anunció un incremento en los impuestos a la exportación de productos agrícolas. Las denuncias de que las nuevas tasas de retención del gobierno, es decir impuestos a la exportación, son casi una expropiación no están alejadas de la realidad.
Tomemos por ejemplo el caso de la soya. El nuevo impuesto a las exportaciones será incrementado de 35% a 44%. Pero ya que los agricultores también tienen que pagar un impuesto de 35% sobre sus ganancias, la tasa impositiva efectiva es significativamente mayor. "El agricultor termina pagando esencialmente un impuesto de 63% sobre sus ingresos brutos", dice Pablo Guidotti, decano de la escuela de gobierno de la Universidad DiTella. Si el precio de la soya sube, agrega Guidotti, la "tasa de retención" se incrementa hasta que el gobierno pueda tomar hasta 95% de cualquier incremento marginal en los ingresos brutos de los agricultores.
En respuesta a los aumentos de impuestos, los agricultores bloquearon las carreteras en cerca de 300 lugares en todo el país, prometiendo que no permitirían que los bienes llegaran a los mercados. Los efectos de esta decisión se han sentido en la capital, en donde manifestantes se han tomado las calles para apoyar a los agricultores y en contra de lo que dicen que es la arrogancia del gobierno. La huelga ya entraba a su tercera semana.
Kirchner dice que el aumento de impuestos es un mecanismo de redistribución, sugiriendo que los cultivadores y rancheros tienen que ser forzados a compartir más de su buena fortuna con otros. Pero la principal motivación detrás de este aumento impositivo es la inflación.
Según parece, el gobierno hará cualquier cosa para reducir la inflación excepto aquello que resolvería el problema: permitir que el peso se fortalezca. Ha impuesto controles de precios a los negocios, congelado y luego subsidiado los precios de la energía y prohibido las exportaciones de carne. El año pasado, despidió a la directora de la agencia estatal de estadísticas de inflación porque se rehusó a manipular las cifras. Incluso así, los precios subieron aproximadamente 20% en 2007 y las expectativas para este año se mantienen altas. Eso podría explicar la nueva ronda de impuestos confiscatorios. Al desalentar a los agricultores a enviar alimentos al extranjero, el gobierno cree que puede aumentar el suministro interno y ponerle freno a los precios.
Además de enfurecer a los agricultores y reducir el incentivo a producir, esto no hace nada para enfrentarse a las causas de la inflación, las cuales son la expansión monetaria y el fracaso de la economía de atraer inversión y expandir la capacidad de producción. Un peso fuerte y un compromiso del gobierno para respetar la propiedad privada es lo que se necesita para confrontar el alza en los precios.
En cambio, como buenos secuaces sin cerebro, desesperados por abrir hoyos a un dique que gotea, el equipo económico de Kirchner está moviéndose rápidamente, tratando de compensar por los múltiples errores de política de Kirchner sin liberar a la economía. La crisis de inflación es tan sólo el fiasco más reciente. Los subsidios para compensar a los nuevos impuestos a las exportaciones no deben tardar en aparecer.
Pero no importa. El poder de Kirchner no yace en un modelo económico racional. La idea de los Kirchner de dirigir una economía es imponer impuestos, prohibir, regular y subsidiar, si no es micro gestionar cada aspecto de la vida argentina para que ninguna decisión sea tomada sin consultarlo primero con ellos. Ellos son, en el fondo, autoritarios recalcitrantes al estilo de los que hubieron en los años 70.
Si le queda alguna duda, considere el hecho de que Néstor Kirchner invirtió los últimos cinco años desmantelando el sistema institucional de pesos y contrapesos para que cuando llegara este momento, todo el poder estuviera en el palacio presidencial. Él y su esposa ahora controlan al sistema judicial, la legislatura, el banco central, la policía nacional y los gastos discrecionales en las provincias. El único camino que queda para expresar descontento es la desobediencia civil.
Como vimos la semana pasada, ese camino puede estar cerrándose ahora que los Kirchner tienen su propio ejército en las calles de Buenos Aires, liderado por D'elía. La ira y la envidia detrás de la furia de esta multitud es lo que el kirchnerismo ha sembrado desde 2002. Aquellos que se atrevan a discrepar probablemente serán tratados con más salvajismo.
Este artículo fue publicado originalmente en el Wall Street Journal (EE.UU.) el 31 de marzo de 2008.
URL de origen: http://www.elcato.org/node/3235
marzo 25, 2008
El Síndrome de la Suma Cero
He escuchado mucho decir que se debe hacer algo a favor de los pobres. La creencia prevaleciente parte del principio de que los pobres existen porque los ricos poseen mucho. También se parte del supuesto de que la riqueza es algo estático que sólo deber ser distribuído. El pensamiento calvinista que ha tenido fuerte influencia en el desarrollo del capitalismo, llegó a la conclusión de que la riqueza debe ser producida primeramente. La riqueza es el producto del trabajo, por lo tanto para distribuirla antes debe ser producida. En esto difieren radicalmente el pensamiento protestante y principalmente el calvinismo del credo católico. Muchos economistas clásicos influidos por el pensamiento calvinista , sostenían que la pobreza es el estado natural del hombre, la riqueza es producto de sus elecciones racionales.
Este planteo no lo hace la clase dirigente política. Prevalece la creencia de que la pobreza es causa de la injusticia, o del egoísmo. Nunca se les ocurriría saber por qué muchas personas son exitosas y ganan mucho dinero. Y nunca se toma a una persona exitosa y rica como virtuosa, sin embargo el éxito el producto de la virtuda la inmensa mayoría de las veces, así como el vicio y la vagancia lo es de la pobreza.
A continuación un artículo escrito por Alberto Benegas Lynch (h) publicado en el sitio web del Cato Institute
Tal vez el argumento central que alimenta el resentimiento y la envidia es la noción de lo que se conoce con el nombre del “dogma Montaigne”, es decir, que la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos. En el siglo dieciséis, Michel Montaigne concluyó en su ensayo número veintidós que “no se saca provecho para uno sin perjuicio para otro” en el contexto de todas las transacciones.
Este es el punto de partida de un error garrafal. Al contrario, en toda transacción libre y voluntaria en el mercado, ambas partes ganan siempre. Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, en esta situación hay suma positiva. En cambio, cuando tiene lugar la violencia, sea gubernamental directa o indirecta a través de que acepta la intimidación sindical o al otorgarle mercados cautivos a empresarios prebendarios, hay suma cero, es decir, lo que gana uno lo pierde otro del mismo modo que ocurre cuando se asalta un banco.
Es muy frecuente que se piense que la pobreza relativa de unos se debe a la riqueza de otros, que si unos tienen “demasiado” no queda para otros. Esto es un completo error. La riqueza no es algo estático. Los recursos naturales de hace siglos eran iguales o mayores aun que los actuales y, sin embargo, en la actualidad la gente en general vive mejor respecto de la época de Montaigne en la que la condición natural era las hambrunas, las pestes y la miseria (incluso los reyes morían por una infección de muelas). Esta mejora se debe a marcos institucionales que respetan derechos de propiedad, lo que al destapar la olla de la energía creadora hace que se multiplique y extienda la riqueza y que el obrero de un país civilizado pueda vivir mejor con posibilidades tales como calefacción, automóvil, agua potable y medios de comunicación y, por cierto, mas tiempo que un príncipe de la antigüedad.
En física se ha visto desde la formulación precaria de Lucrecio pasando por Newton, Lavoisier y Einstein que nada se pierde y todo se transforma. La cuantía de la masa de materia, incluyendo la energía es la misma en el universo pero lo relevante para el aumento de la riqueza no es el incremento de lo material sino su valor. Puede ser que artefactos tales como un teléfono antiguo contengan mas materia que un celular pero el servicio de este último y su precio son sustancialmente distintos.
La creación de riqueza es creación de valor en el contexto de un proceso dinámico. En la medida en que el empresario ofrece en el mercado bienes y servicios que la gente acepta, incrementará su patrimonio y en la medida en que no acierte lo disminuirá. Dejando de lado la lotería, solo hay dos maneras de enriquecerse: sirviendo a los demás o robando a los demás. El primer método es el de la sociedad abierta y los mercados libres, el segundo es el de los regímenes socialistas e intervensionistas en los que el favor oficial establece los patrimonios de los allegados y amigos y condena a la miseria al resto.
No es reclamando que se lesione el derecho de quienes crearon riqueza lícitamente la forma de prosperar, sino contribuyendo a crear el propio patrimonio sirviendo a otros. Hoy resulta en verdad triste el espectáculo que ofrece el debate en Houston, en la Universidad de Texas, entre los dos candidatos presidenciales del partido demócrata de los Estados Unidos: compiten en una carrera desenfrenada de promesas para ver quien saquearía mas los bolsillos de los que tienen recursos para entregárselos graciosamente a los que tienen menos patrimonios. Resulta triste a la luz de los postulados de los Padres Fundadores quienes consideraban fundamental el derecho de propiedad, de responsabilidad individual y de desconfianza al poder gubernamental. James Madison, el padre de la Constitución, escribió en 1792 que “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo [...] Este es el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”. ¡Que lejos estamos de los principios de libertad cuando observamos que de un tiempo a esta parte gobernantes y futuros gobernantes del baluarte del mundo libre se han dejado seducir por el bochornoso síndrome de la suma cero! Pensemos lo que queda para países con tradiciones menos civilizadas. Es imperioso retronar a las bases sólidas de la sociedad libre a través de una educación mas esmerada y cuidadosa respecto de valores fundamentales.
Alberto Benegas Lynch es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.
Source URL:http://www.elcato.org/node/3208
febrero 23, 2008
Argentina recurre a Obiang
Alberto Benegas Lynch cuestiona la reunión que el gobierno argentino recurra a Teodoro Obiang Nguema, "quien gobierna despóticamente a la africana Guinea Ecuatorial desde hace 29 años", para solventar la crisis energética del país.
Es tragicómico pero es cierto: el gobierno de la monarquía Kirchner recurre a la tiranía mas devastadora en la esperanza de aliviar su crisis energética. Leer más
enero 17, 2008
Abriendo las puertas a la corrupción
Foto: Cato Institute
El exceso de legislación a que nos han acostumbrado los gobiernos es el causando del auge de la corrupción. Contrariamente a la creencia de que hacen falta más leyes para castigar los actos de corrupción, es la rigurosidad y excesiva cantidad de leyes lo que fomenta este flagelo.
Tantas leyes y de difícil, o imposible cumplimiento inducen a mucha gente a buscar un atajo para evadir sus mandamientos, y esos atajos casi siempre consisten en pagar sobornos a funcionarios públicos. Muchos funcionarios saben bien de esto y dictan órdenes que saben de antemano que no se pueden cumplir, pero hechas con fines de engrosar sus billeteras.
Según Enrique Ghersi, en su libro “El Otro Sendero”, la corrupción es un efecto y no una causa. Más poder al estado y a la clase política implica más corrupción.
diciembre 19, 2007
noviembre 30, 2007
Entendiendo el liberalismo
Carlos Hidalgo es Coordinador para Proyectos de América Latina del Cato Institute.
El liberalismo es el responsable de los mayores avances experimentados por la humanidad en los campos político, social y económico. Y aún así, a lo largo y ancho del planeta, el pensamiento liberal es víctima del asalto constante de académicos, políticos y activistas que le achacan los principales males contemporáneos, desde la pobreza extrema hasta la degradación ambiental.
Muchas de estas críticas se derivan de la ignorancia, otras son malintencionadas. Lo cierto es que los liberales nos encontramos en un estado defensivo permanente. De ahí que la publicación de Liberalismo: Una aproximación de David Boaz, vicepresidente ejecutivo del Cato Institute, sirve de un importante insumo intelectual en la batalla de ideas.
El pensamiento liberal es bastante sencillo. Como explica Boaz, “El liberalismo sostiene que cada individuo tiene derecho a vivir su vida como desee, siempre y cuando respete los derechos iguales de los demás. Los liberales defendemos el derecho de cada individuo a la vida, la libertad y la propiedad, derechos que el ser humano posee de forma natural, antes que se crearan los gobiernos. Según la visión liberal, todas las relaciones entre seres humanos deben ser voluntarias, La ley debe prohibir solamente las acciones que implican el uso de la violencia contra aquellos que no la han ejercido. En otras palabras, la ley debe circunscribirse a reprimir asesinatos, robos, secuestros y fraudes”.
Si analizamos bien, los preceptos liberales se encuentran dentro de las primeras enseñanzas que los padres dan a sus hijos: “no le pegues a otros niños, no robes, y no mientas”. Sin embargo, por alguna razón, cuando crecemos empezamos a hacer excepciones a estas reglas. La mayor de ellas es el Estado. Boaz indica que lo que nos caracteriza como liberales es la coherencia con que aplicamos estos principios, tanto a gobiernos como a individuos. El Estado fue creado para proteger los derechos a la vida, la libertad y la propiedad que poseen las personas. Sin embargo, como escribiera Frédéric Bastiat hace más de 150 años, esta ley ha sido pervertida y a lo largo de los siglos el Estado se ha convertido en el principal violador de los derechos individuales. De tal forma, el pensamiento liberal se ha vuelto sinónimo de lucha contra el avance del poder estatal en áreas que van más allá de sus funciones legítimas.
Para el lector liberal, Liberalismo tiene mucho qué ofrecer. En particular, el capítulo 2 del libro hace una reseña detallada de la evolución del pensamiento liberal, partiendo de los escritos de Lao Tse en el siglo VI antes de Cristo, y culminando con el movimiento liberal contemporáneo, el cual experimenta un resurgimiento luego de la Segunda Guerra Mundial con las publicaciones de luminarias como Ludwig von Mises, F. A. Hayek, Ayn Rand, Milton Friedman, entre muchos otros.
El libro es bastante polémico, incluso para un lector liberal. Luego de hacer un análisis filosófico exhaustivo de la teoría de derechos naturales, Boaz analiza los alcances de ésta en una serie de debates de políticas públicas contemporáneos, tanto en el campo económico como social.
Refiriéndose a muchos de los problemas que enfrentan nuestras sociedades en la actualidad, Boaz aplica la máxima liberal de que “el gobierno no puede resolver estos problemas. Y muchas veces es precisamente el que los causa”. De esta forma ofrece un recetario de políticas públicas liberales en materia de salud, educación, pensiones, combate al crimen, asistencia social, entre otros.
Si bien el libro fue originalmente escrito para el público estadounidense, muchos de los temas que se tratan en él también tienen relevancia dentro del debate político latinoamericano. No obstante, el lector de la región encontrará en la discusión filosófica las páginas más interesantes.
Este volúmen no es una respuesta a todas las preguntas que enfrentamos los liberales a diario, ni pretende serlo. Como lo dice el título, es una aproximación de lo que consiste el ideario liberal, y los principios sobre los cuales se sustenta. Para aquel que quiera profundizar en alguna de las áreas cubiertas por Boaz, el libro ofrece al final una amplia recomendación bibliográfica.
En América Latina, a pesar del surgimiento del populismo y el socialismo del siglo XXI en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, las ideas liberales siguen teniendo gran relevancia en cualquier discusión política. Los liberales en la región cargamos con la cruz de que las reformas económicas llevadas a cabo en los noventa no fueron en su mayoría puestas en práctica por liberales. Por lo tanto se le achaca al liberalismo problemas sobre los cuales no tiene responsabilidad alguna. Aún así, aquellos países como Chile y El Salvador que implementaron reformas liberales de manera más consistente son los que destacan por sus avances en lo económico y social.
Boaz culmina su libro con una nota positiva: “El liberalismo es mucho más que una plataforma para construir una utopía. Es la plataforma indispensable para construir el futuro”. Cuando miramos alrededor nuestro en América Latina ciertamente vemos la necesidad de más liberalismo, más mercado, más derechos de propiedad, más Estado de Derecho, más libertad de escogencia, más tolerancia, más sociedad civil. La tarea no es sencilla.
Sin embargo sabemos que el juicio de la historia falla a nuestro favor. Las ideas liberales han probado generar riqueza, bienestar y paz donde quiera que han sido intentadas. Nuestra responsabilidad es hacerlas una realidad en toda América Latina.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Perpectivas (Colombia) en la edición de noviembre de 2007.
Source URL:http://www.elcato.org/node/2967
noviembre 28, 2007
Aumento del precio de los alimentos
Pero el aumento de la población mundial no resultó ser el factor determinante, entre otras cosas porque su crecimiento se ha reducido en los últimos 30 años. Una razón mucho más importante ha sido el aumento del ingreso per cápita en los países en desarrollo, especialmente en China y la India. Otro importante factor han sido los subsidios gubernamentales al maíz para producir biocombustibles que sustituyan al petróleo. La producción de etanol utilizará casi 30% de la cosecha total de maíz en Estados Unidos el próximo año.
El aumento del precio de los alimentos ha causado pánico en muchos países que han impuesto controles de precios y restricciones a las exportaciones de alimentos básicos. Otros países consideran ofrecer subsidios e imponer más regulaciones para impedir que sigan subiendo los precios de los alimentos.
La mayoría de esas medidas resultan contraproducentes porque desalientan en lugar de fomentar la producción de alimentos. Los agricultores se dedicarán a otros cultivos si les fijan un precio máximo al trigo, mientras que los subsidios agrícolas provocan mayor producción, pero distorsionan la asignación de recursos entre alimentos y demás bienes que los consumidores desean. Por el contrario, eliminar aranceles a la importación de alimentos, acabar con los subsidios a la exportación de alimentos y dejar que los agricultores hagan el uso que más les conviene de sus tierras contribuyen a la mayor eficiencia mundial en la producción y consumo de alimentos.
Los precios de los alimentos bajaron a lo largo de casi todo el siglo XX por los avances tecnológicos logrados. Éstos incluyen el desarrollo de mejores fertilizantes, la rotación de siembras, el control de enfermedades de las plantas y animales, modificaciones genéticas de cosechas y otras innovaciones. Todo esto debe seguir mejorando, especialmente si los gobiernos reducen sus restricciones a las modificaciones genéticas de los cultivos y si lo agricultores tienen la libertad de reaccionar libremente a los precios del mercado y demás indicaciones de lo que la gente quiere.
El rápido aumento del precio de los alimentos hace mucho más daño a los países pobres porque su gente gasta una considerablemente mayor proporción de sus ingresos en comida. La gente en Estados Unidos y en otros países ricos gasta alrededor de 10% de sus ingresos en alimentos, mientras que la gente de países muy pobres gasta más de 60%. Esto significa que un aumento de 30% anual en el precio de los alimentos durante cinco años reduciría el nivel de vida en apenas 3% en los países ricos, pero en 21% en los países pobres, si todo lo demás se mantiene igual.
Dentro de cada nación, los más pobres siempre son los más afectados por los aumentos de precio de los alimentos y por ello es que los gobiernos tienden a intervenir.
Mi conclusión es que los temores maltusianos no sucederán. La producción de alimentos se adaptará a la mayor demanda de los países en desarrollo y los precios futuros de los alimentos tenderán a la baja como sucedió en los últimos 100 años. Una incertidumbre tiene que ver con el calentamiento global y los biocombustibles porque cada vez mayores extensiones de tierras cultivables se dedicarían a la producción de etanol y no de alimentos.
noviembre 25, 2007
Agujeros negros latinoamericanos
por Steve Hanke
Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.
Durante los últimos cinco años, América Latina se ha beneficiado de los altos precios de las materias primas y de la baja en las tasas de interés. Sin embargo, a diferencia de bonanzas anteriores estimuladas por materias primas, esta no ha sido acompañada de irresponsabilidad fiscal. De hecho, la emisión neta de deuda pública se ha reducido dramáticamente, con muchos países volviendo a comprar parte de su deuda pendiente. Algunos también han continuado transitando el camino de las reformas liberales hacia la flexibilidad y la modernización, notablemente Colombia, El Salvador, Guatemala y Perú.
Pero no todos los políticos de esta región creen en los mercados libres. Algunos han retrocedido en el tiempo. El Presidente venezolano Hugo Chávez es el líder de los reformadores negativos. Siguiendo su mal ejemplo están Ecuador, Argentina y Bolivia. Chávez llegó al poder en febrero de 1999. Él considera a Cuba, la prisión al aire libre más grande en las Américas, un modelo a seguir. El enemigo de su revolución es el mercado.
De acuerdo al estudio Haciendo Negocios 2008 recientemente publicado por el Banco Mundial, Venezuela empató con Zimbabwe este año como el campeón en reprimir la libertad económica. En términos de medidas objetivas respecto a la facilidad de hacer negocios, Venezuela cayó de la posición 163 a la 172 de entre 178 países observados. Actualmente los precios altos del petróleo están encubriendo los pecados económicos de Venezuela. ¿Qué pasará cuando los precios del petróleo aterricen? No esperen que ningún florecimiento de empresas amortigüe el golpe en Caracas.
Los precios del petróleo han aumentado por casi un factor de ocho desde que Chávez llegó al poder y ahora el petróleo constituye 90% de las exportaciones venezolanas. A pesar de eso, el desempeño económico de la Venezuela de Hugo Chávez ha sido anémico; su Producto Interno Bruto per cápita ha crecido un promedio del 2% anual. La inflación ha tenido un promedio anual del 34%, la más alta en América Latina.
Cuando Chávez asumió el control del bolívar, la moneda de Venezuela, tenía un tipo de cambio de 577 bolívares por dólar. En febrero del 2003 el bolívar se ancló al dólar en 1.600 bolívares. En un intento desesperado por detener la fuga de capitales, Chávez también instauró control de capitales.
Esta medida parece que no redujo el deseo de los venezolanos de deshacerse de sus bolívares lo más rápido posible. El tipo de cambio oficial ahora es 2.150 bolívares por dólar. Pero en el mercado negro el bolívar vale 64% menos, 6.000 bolívares por dólar. Chávez planea comenzar el nuevo año eliminándole tres ceros a la moneda y emitiendo un “bolívar fuerte” con un tipo de cambio de 2,15 por dólar. Este cambio cosmético nada hará por mejorar la situación.
Ecuador ha sido el país que más recientemente se ha dejado llevar por la Revolución Bolivariana de Chávez. Rafael Correa, un economista de profesión, llegó al poder el 15 de enero. Al igual que Chávez, es muy popular y astuto como un zorro.
Desde su llegada a la presidencia Correa ha sido despiadadamente eficiente. Ha acorralado por completo al Congreso y forzado un referendo popular que aprobó el establecimiento de una Asamblea Constituyente para reescribir la constitución ecuatoriana. La nueva constitución será la número veinte desde que Ecuador ganó su independencia en 1830.
Eso es 10 veces más que la cantidad de constituciones que Estados Unidos ha tenido, si se cuenta a los Artículos de la Confederación (1777-89) como una constitución. El objetivo de Correa es concentrar poder en la rama ejecutiva, como Chávez lo ha hecho en Venezuela, para poder erosionar más efectivamente la economía de libre mercado. Pero Correa no va a esperar a que la Asamblea Constituyente cambie las reglas. Ya ha dado señales preocupantes con la nacionalización de facto de las ganancias extraordinarias del petróleo aumentando la participación del Estado en ellas del 50% al 99%.
Sin embargo, un gran detalle diferencia a Ecuador de Venezuela. Luego de una larga historia de dinero malo, Ecuador abandonó el sucre en el 2000 y lo reemplazó con el dólar estadounidense. Desde ese entonces la tasa de crecimiento del PIB per cápita promedio ha sido del 4,4% y la inflación estimada está alrededor del 2,1% anual. No es sorpresa que la dolarización tenga el apoyo del 82% de los ecuatorianos.
Para lograr una Revolución Bolivariana en Ecuador, Correa debe o acabar con la dolarización o sabotearla. Dado el respaldo popular que esta tiene, Correa no va a atacar a la dolarización directamente. Pero ha comenzado a sabotearla proponiendo un impuesto del 1% a todos los flujos de capitales que entran y salen del país. Este tipo de control de capitales es estrictamente inconsistente con un sistema dolarizado. También es una señal muy preocupante que indica que Correa buscará sabotear la dolarización, la cual es una parte esencial de la economía ecuatoriana.
Cuando la bonanza de las exportaciones de materias primas se acabe, los agujeros negros de América Latina recibirán duros golpes. La próxima ronda de revoluciones y constituciones no será nada bonito.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Forbes (EE.UU.) en noviembre de 2007.
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Source URL:
http://www.elcato.org/node/2948
noviembre 20, 2007
Enemigos de la libertad distorsionan la realidad
Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
Los liberales siempre hemos propuesto un gobierno fuerte y democrático, con independencia de los poderes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— y facultades claramente limitadas. Estos conceptos modernos provienen de la Ilustración Liberal de los siglos XVII y XVIII en Escocia y el continente europeo.
Es ignorancia, o intento de engañar, decir que los liberales no queremos gobierno ni pagar impuestos. Se trata de un recurso deshonesto de quienes no tienen argumentos lógicos para refutar nuestras propuestas. En lo que sí insistimos los liberales es en limitar las funciones del gobierno a las que históricamente lo hicieron aceptable y conveniente para la gente: imponer el orden y la justicia.
Todos aceptamos otorgar el monopolio de la fuerza al gobierno para que lo utilice en proteger nuestros derechos. De lo contrario, cada quien tendría que proteger lo suyo. Como para ello necesitamos un gobierno fuerte, con recursos adecuados, estamos dispuestos a pagar impuestos. Pero no creemos que es una legítima función del gobierno interferir en el pacífico quehacer de los ciudadanos en la búsqueda de su bienestar y felicidad. Claro está que si alguien viola los iguales derechos de los demás es obligación del gobierno intervenir con prontitud y firmeza.
Algo que raramente se menciona es que las facultades ejercidas por los gobiernos democráticos y representativos fueron delegadas por los ciudadanos para la legítima protección de nuestras vidas, posesiones y derechos. Como los ciudadanos sí tenemos el derecho de protegerlas, podemos delegarlo. Por el contrario, no tenemos ningún derecho a intervenir en los actos pacíficos de los demás y por tanto tampoco podemos legítimamente delegar que el gobierno lo haga. Pregunto, ¿de dónde sacan los gobiernos la facultad de intervenir en lo que hacemos y en cómo utilizamos nuestros propios recursos, cuando lo hacemos sin violar los derechos de terceros? Este argumento no gusta a los intervencionistas porque no tiene respuesta.
En todas partes hay gente que quiere utilizar el poder coercitivo del Estado para resolver sus propios problemas y poder vivir a expensas de los demás, justificando la indebida intromisión del Estado diciendo que en todas partes se hace. Así justifican indebidamente la utilización del poder coercitivo del Estado para expropiar con impuestos que no son generales ni iguales para todos, quitándoles a unos para beneficiar a otros. Y a eso lo llaman descaradamente "transferencias", pues transfieren a unos lo que le pertenece a otros. Y a la palabra "justicia" le agregan el adjetivo "social", para describir exactamente lo opuesto a dar a cada quien lo que legítimamente le pertenece.
Se recurre entonces a la metáfora antropomórfica de dar calidad de persona humana al Estado y se le considera altruista, bondadoso, honesto y competente. Se olvida que es una simple organización de políticos y burócratas humanos, con sus propias prioridades y limitaciones, a quienes con leyes se autoriza a hacer cualquier cosa bajo la excusa del interés general, inclusive la violación de derechos individuales. Ingenuamente se considera al gobierno como un agente de progreso y así suele intervenir con un enredo de regulaciones que impiden el progreso.
Los países hoy ricos no se hicieron ricos con las leyes y sistemas vigentes hoy. No sabemos cómo estarían sin los avances tecnológicos privados que han compensado los empobrecedores cambios de su cultura. La historia dirá si la civilización lograda es sostenible sin respetar los derechos individuales que la hicieron posible.
Autor: Manuel F. Ayau
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
Fuente: Cato Institute
noviembre 17, 2007
Vientos de cambio en Europa Central
Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.
noviembre 06, 2007
La batalla por Bolivia y Ecuador

por Gustavo Coronel
Gustavo Coronel fue director de Petróleos de Venezuela (1976-79) y representante en Venezuela de Transparencia Internacional (1996-2000) y autor del estudio "Corrupción, administración deficiente y abuso de poder en la Venezuela de Hugo Chávez" [0] publicado por el Cato Institute (Noviembre 2006).
La batalla por la democracia y la libertad se intensifica en Bolivia y en Ecuador. En ambos países, la mano peluda promoviendo la implantación de regímenes autoritarios y anti-democráticos es la de Hugo Chávez. Esto significa que lo que suceda en Venezuela tendrá un impacto directo e instantáneo en estos dos países.
En Bolivia la situación es ya tan complicada para las fuerzas del fascismo que lideran Morales y Linera que, hasta mercenarios a sueldo de Hugo Chávez como Heinz Dieterich, admiten los errores del régimen. Dieterich critica el intento del gobierno de Evo Morales de impulsar una Asamblea Constituyente que los movimientos cívicos de protesta en una gran parte del país han dejado agonizante. Dice el cínico Dieterich: “Al no obtenerse la mayoría para conferirle el carácter jurídico de ‘originaria’ a la Asamblea hubiese sido más benéfico marginar de facto ese foro”. Al decir esto, admite que la verdadera intención detrás de la Asamblea Constituyente Boliviana no era la de dotar al país de una nueva constitución sino la de lograr un descabezamiento general de todas las instituciones del Estado, a fin de estructurar un sistema marxista-fascista, como el que Chávez está tratando de instalar en Venezuela. Se lamenta Dieterich (ver www.aporrea.org/tiburon/a43719.html [1]) que de los nueve departamentos bolivianos seis de ellos estén con lo que él llama “la derecha” y nosotros denominamos las fuerzas cívicas y progresistas de Bolivia: Santa Cruz, Cochabamba, Beni, Tarija, Pando y hasta Chuquisaca. Según Dieterich estas provincias están controladas “desde Washington”. Quien haya ido a ver, de primera mano, como lo hizo el suscrito, la acción ciudadana espontánea que impera en estos departamentos tiene que reírse de lo que dice Dieterich desde su “bunker” Caraqueño.

Mientras en Bolivia las huestes del fascismo marxista parecen estar en franca desbandada otro panorama se presenta en Ecuador, al menos en esta etapa de su proceso. Allí Rafaél Correa ha podido conformar una mayoría significativa en la Asamblea Constituyente y está hablando abiertamente, no ya de una nueva constitución, sino de disolver el Congreso y abrazar lo que el llama “el socialismo del Siglo XXI”, un guiso ideológico-estratégico creado por el mismo Dieterich a pedido de Chávez, para disfrazar sus ambiciones de poder ilimitado. Correa también amenaza con expulsar del país las empresas cementeras extranjeras, al FMI y al Banco Mundial. Hasta la CAF y el BID han sido objetos de advertencia: “Si esos organismos no responden a los intereses del país que se vayan” (www.aporrea.org/internacionales/n104160.html [2]). A las empresas extranjeras les ha dicho: “Si no les gustan las nuevas reglas del juego que les vaya bonito”. (El Mundo de España, “Ecuador anuncia que revisará los contratos con multinacionales…”, Noviembre 4, 2007). La arrogancia y la rudeza verbal de Correa, quien no comparte aquello de “lo cortés no quita lo valiente”, parecen estar calcadas del lenguaje chavista, un lenguaje diseñado para ofender al adversario ideológico.
Sin embargo, todavía es temprano para saber que pasará en Ecuador. La oposición en ese país tiene la ventaja de ver lo que ha pasado y está pasando en Venezuela y en Bolivia. En Venezuela la destrucción nacional a manos del hombre fuerte ha sido impresionante, pero sus pretensiones de presidencia vitalicia parecen constituir la gota que podría derramar el vaso. La oposición Boliviana, indignada por la exclusión y el centralismo que caracterizan el régimen de Morales, ha logrado paralizar el progreso del modelo chavista. Ello debería ser ejemplo para que en Ecuador la ciudadanía le exija a Correa un comportamiento democrático y civilista desprovisto de bravuconería y autoritarismo y una verdadera atención a los problemas fundamentales del país.
El caudillismo tiene que ser barrido definitivamente de América Latina.
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Un poco de arqueología anterior
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por Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.
El tema de esta nota viene a cuento a raíz de mis labores como director de tesis en las que, en algunos casos, observo una marcada tendencia por parte de doctorandos a acoplarse a lo convencional y apartarse de lo contestatario. Hay un temor reverencial por quedar afuera y salirse de lo que viene repitiéndose machaconamente.
Esta forma de proceder puede extenderse a muchos órdenes de la vida. Lamentablemente, en no pocos centros educativos, desde temprana edad se enseña a memorizar y a repetir, en lugar de desmenuzar, pensar y tamizar. Esto es, más bien, domesticar. De este modo, se pierden contribuciones valiosas que nunca son paridas, precisamente por la inhibición y el escrúpulo de salirse de la media. De tanto decir y hacer lo que dicen y hacen otros, la persona se pierde a sí misma y termina en el diván del psicoanalista presa de una crisis de identidad, preguntando quién es en verdad.
John Stuart Mill aludía al despotismo de la costumbre, que es hostil a la individualidad. “El hombre rápidamente se torna incapaz de concebir la diversidad cuando por un tiempo se acostumbra a no verla”.
Las antiutopías de escritores como Jerome, Zamyatin, Riesman, Lewis, Orwell y Huxley van en esta dirección y se conectan con el autoritarismo. Este último autor, en la versión corregida, mejorada y ampliada de su obra más conocida, Nueva visita a un mundo feliz, señala: “Una multitud es caótica, no tiene propósitos propios y es capaz de cualquier cosa menos de acciones inteligentes y de pensamientos realistas”. A esta “condición subhumana” es a la que se dirige el demagogo.
Tal vez, si esto se expone de modo general habrá acuerdo, pero cuando vamos a lo específico comienzan las divergencias. Pondré un ejemplo que puede parecer baladí, pero que sirve para constatar hasta qué punto se concuerda o no con el peligro de abdicar de las propias responsabilidades en favor del aparato político.
La otra noche, en un restaurante, uno de los comensales felicitó al dueño del local por la decoración y, sobre todo, por la limpieza. El titular, después de agradecer, se despachó contra algunos de sus competidores, porque no estaban sujetos al control estatal en materia de higiene. Como era de esperarse, la mayoría puso el grito en el cielo por tamaña omisión. Los menos, en cambio, intentamos explicar que cada persona debe asumir la responsabilidad por lo que come y donde decide hacerlo. Si es engañada —decíamos— puede recurrir a la justicia y, si prefiere, puede delegar la verificación en auditorías privadas para las “cintas de calidad” y otros distintivos, tal como se hace en otros lares. Lo interesante de este último caso es que se despolitiza un tema tan delicado y, si llega a producirse una intoxicación, las empresas no sólo son pasibles de ser demandadas, sino que es probable que desaparezcan del mercado.
En cambio, en el caso de la politización y de los controles a cargo del Estado, si se produce un envenenamiento, en la peor de las situaciones, se remueve un funcionario, se lo sustituye por otro y todo sigue igual. El cohecho es más fácil en estructuras necesariamente monopólicas, donde no hay dueños interesados en mantener y acrecentar su prestigio con un buen servicio. La degradación del servicio privado aparece cuando hay componendas con el Estado.
En la órbita política no se mide la calidad de servicios por los resultados. En lo privado, el que da en la tecla con lo que reclama la gente obtiene ganancias y el que se equivoca, pérdidas. En el ámbito político no hay tal cosa y, por otro lado, ¿alguien piensa seriamente que salvará su vida porque los alimentos que ingiere son inspeccionados por empleados del Gobierno? ¿O, más bien, conjetura que el restaurante pretende consolidar su imagen y su nombre para seguir funcionando?
El ejemplo anterior puede parecer extremo, pero se repite. Así, se dice que es muy importante que “la autoridad monetaria” establezca garantías a los depósitos, puesto que la mayor parte de la gente no es experta en banca ni en finanzas, sin percibir, por una parte, que es el vecino el garante compulsivo, vía fiscal, con su patrimonio, y, por otra, que se incentiva la irresponsable colocación de fondos, puesto que si la operación sale mal es otro el que se hace cargo.
La llamada educación privada debe seguir las pautas impuestas por los ministerios del ramo, porque la gente no sabría elegir qué le conviene. En lugar de permitir las identificaciones múltiples y cruzadas, los documentos únicos son obligatorios y provistos por gobiernos “para mayor seguridad”, sin percatarse de que facilita la tarea de criminales que con solo falsificar un documento tienen todas las puertas abiertas. Como apunta James Harper, seguramente nos daríamos cuenta del dislate si nos impusieran una sola llave que sirviera para nuestra casa, la caja fuerte, el automóvil, la oficina, etc., y además, fabricada en una cerrajería estatal.
De nada vale quejarse por los avances de los tentáculos del Leviatán estatal si aceptamos su injerencia en todos los recovecos de nuestras vidas. Como ha escrito Tocqueville, “se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”.
Respecto de nuestro país, resulta curioso que en algunos casos se pretenda cambiar de gobernantes, pero no discutir ni objetar sus funciones, como si un apellido distinto pudiera obrar milagros. No está de más recordar una reflexión de Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía a Alejandro; que no le hiciera sombra”.
Octavio Carranza acaba de publicar un libro en el que, entre otras cosas, cita tres documentos que marcaron la historia argentina de las últimas seis décadas. Se trata del discurso de un conocido caudillo conservador, de la declaración nazifascista del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), de la que participó Perón, y de la Declaración de Avellaneda, del radicalismo personalista, aprobada el 4 de abril de 1945. Mientras no seamos capaces de renunciar a esos quistes será imposible el progreso. Mientras no nos detengamos a hacer un poco de arqueología interior para descubrir las razones de las claudicaciones conscientes o inconscientes, no habrá solución.
En el primer documento, leemos en el discurso de Manuel Fresco, del 17 de noviembre de 1941: “Queremos salvar la organización social y las virtudes de antigua estirpe hispánica, informándolas con el espíritu de la nueva justicia social, que se levanta frente al régimen plutocrático, que es burgués, capitalista, ateo, liberal, antiheroico y antimilitarista”.
El segundo dice, en los prolegómenos del golpe militar de 1943: “Alemania ha dado a la vida un sentido heroico. Esos serán ejemplos. Para realizar el primer paso, que nos llevará a una Argentina grande y poderosa, debemos apoderarnos del poder [sic]. Jamás un civil comprenderá la grandeza de nuestro ideal, por lo cual habrá que eliminarlos del gobierno y darles la única misión que les corresponde: trabajo y obediencia. (...) La lucha de Hitler en la paz y en la guerra nos servirá de guía”.
El tercer documento incluye entre sus enunciados que la tierra “será para los que la trabajen, individual o colectivamente. Dejará de ser un medio de renta y especulación para transformarse en un instrumento de trabajo y beneficio nacional (...) Nacionalización de todas las fuentes de energía natural, de los servicios públicos y de los monopolios extranjeros y nacionales que obstaculicen el progreso económico del país, entregando su manejo a la Nación”.
Como bien se dice, no es posible disponer de la torta y simultáneamente comérsela. No podemos pretender la independencia y simultáneamente abdicar de nuestras facultades y responsabilidades a favor del poder político. Constituye una quimera cifrar las esperanzas en actos electorales si previamente no entendemos cuáles fueron las causas de que la Argentina estuviera ubicada en uno de los lugares más destacados y admirados del planeta antes de ceder ante los populismos, las demagogias y las corrupciones más desfachatadas. Los gastos públicos crecientes, la deuda estatal astronómica (a pesar del default) y la impenetrable maraña fiscal son el resultado indefectible de aquellas aventuras. La arqueología interior se hace imperativa.
Carl Jung dice en la obra que lleva el sugestivo título The Undiscovered Self: “El individuo está privado de manera creciente de su decisión moral en cuanto a cómo debe vivir su vida y, en su lugar, está reglamentado, vestido, alimentado y educado como una unidad social. El Estado se convierte en una personalidad cuasi animada, de la que se espera todo. En realidad, es sólo un camuflaje para aquellos que saben cómo manipularlo”.
Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Argentina) el 31 de octubre de 2007.
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http://www.elcato.org/node/2895
noviembre 05, 2007
El desafío del Nobel para Al Gore
Al Gore finalmente ganó el premio Nobel, al igual que la pequeña proverbial nuez que evolucionó hasta convertirse en un roble gigante. Ahora sólo podemos esperar que se lance como candidato a presidente, un puesto que, dada la historia reciente, seguramente lo merece.
¿Dónde más sino quizás a través del Protocolo de Kyoto sobre calentamiento global, el cual Gore negoció, se puede lograr tan poco gastando mucho? Pero para llegar ahí, o por lo menos para ser nominado, Al Gore tendría que hacer algo que hasta el momento ha evitado diligentemente: debatir.
La regla que Al Gore ha utilizado para salir en televisión es clara; no puede haber cuestionamientos. La última vez que fue candidato a presidente en el 2000, tuvo éxito contra George Bush, un peso liviano en el tema de calentamiento global. En esta ocasión hay debate de verdad.
Esto sucede porque Al Gore representa un partido que ha perdido la cordura en lo que concierne el cambio climático y que ha elaborado la legislación más ridícula de la historia, la cual, espera un veto de Bush y una firma de Al Gore.
Es importante considerar lo que el senador Bernie Sanders (“Independiente” de Vermont) tiene en el expediente: Una varita mágica legislativa que requerirá de cada uno de nosotros una reducción de emisiones de dióxido de carbono del 90% en 42 años. Considerando desde 1990, ha aumentado la emisión por casi un 20%. La legislación de Sanders nos lleva a la década de los treintas una era tecnológica de piedra. Es verdad que existe otra legislación más “moderada”. La propuesta de John Kerry (Demócrata de Massachusetts) lo reduciría en un 80%. Dianne Feinstein (Demócrata de California) en un 50%. Cada uno de estos proyectos tiene oportunidad de ser aprobado por el Senado y todavía una mejor oportunidad de ser vetado. Ahora que tiene su Nobel Sr. Gore, salga y pelee como un hombre, no se preocupe siquiera de escoger a alguien de su tamaño.
Lo cierto es que Gore ha evitado cada oportunidad de mantener un debate razonado con algún científico experto en el calentamiento global que no sea de su elección. El Heartland Institute, un centro de estudios en Chicago, ha gastado más de un millón de dólares en anuncios colocados en el Wall Street Journal y el New York Times, suplicándole a Al Gore que acepte debatir. No lo han logrado. En un lugar menos público, mi propio Cato Institute mandó una serie de cartas invitándolo a compartir nuestro auditorio en la Avenida Massachusetts en Washington, para mantener una discusión razonada con nuestros expertos. Una vez más, no recibimos respuesta.
Aquí está el problema: si cualquier oposición fuera tan fácil de vencer, Gore disfrutaría la oportunidad. Obviamente existe un argumento sustantivo y convincente que él no puede atacar. En esencia, este es que Al Gore ha abandonado la corriente científica dominante en el calentamiento global, aún cuando esa comunidad puede estar influenciada por el financiamiento que enfatiza los aspectos negativos.
Por ejemplo, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (del cual soy miembro y Gore no) predice un ascenso del nivel del mar de 13 pulgadas para el año 2100. El libro y la película de Al Gore contienen un montaje sin fecha que muestra a la Florida hundiéndose bajo las olas, algo que sólo podría suceder con 13 pies o más.
¿Cómo es posible alcanzar tal desconexión de la realidad científica?
Al Gore sólo tiene un científico, James Hansen de la NASA, susurrándole en el oído que el nivel del mar podría subir mucho más en los próximos 92 años, conforme el hielo de Groenlandia se derrite a consecuencia del cambio climático.
Ningún otro científico está dispuesto a arriesgarse, pues ese argumento simplemente no está respaldado por la historia climática observada en Groenlandia desde el fin de la última era glaciar. Durante la mayor parte de seis milenios, concluyendo hace 3.000 años, estuvo más caliente, y aún así, el hielo permaneció pegado como una goma. La respuesta asombrosa de Hansen, que usted puede leer en su blog, documentado en www.realclimate.org [0] (no es exactamente un diario científico) es que otros científicos no están de acuerdo con él porque sufren de lo que él llama la "reticencia científica". En otras palabras, todos sus colegas son unos cobardes porque no están de acuerdo con él.
¿Y qué hay del otro polo? Cada modelo computarizado mencionado por las Naciones Unidas muestra que en este siglo, la Antártida ha recibido más hielo porque el calentamiento provoca mayor precipitación que cae en forma de nieve. ¿Le gustaría a Al Gore que eso se hiciera público? ¿O qué tal el hecho de que Antártida acaba de establecer el récord máximo de la extensión de mar/hielo con una medición vía satélite?
El mundo sólo puede esperar que el premio Nobel empuje a Al Gore a postularse de nuevo para la presidencia. Él recibió este premio por su locura con respecto al clima. Ahora él puede defender el premio Nobel debatiendo solamente con aquellos que son fáciles de derrotar.
Este artículo apareció en American Spectator el 12 de octubre de 2007.
Source URL:http://www.elcato.org/node/2892
octubre 23, 2007
El dogma Gore-Clinton
Visitaba el sitio web del Cato Institute www.elcato.org, uno de mis sitios preferidos para buscar y leer excelente material de lectura y, vi este artículo publicado por Pedro Schwartz que es Presidente del MTS Spain, profesor de la Universidad San Pablo CEU de Madrid y Académico Asociado del Cato Institute.
El dogma de que el mundo marcha hacia un recalentamiento que pone en peligro la continuidad de nuestra civilización se ha convertido en el argumento capital de todos aquellos intervencionistas que no pueden soportar la idea de que el sistema de libre economía funciona bien y contribuye a mejorar la situación de todos, incluso los más pobres. Por fin han encontrado un argumento para defender la idea de que el mercado, si se le deja solo, acaba destruyendo la sociedad e incluso el mundo. El vehículo más poderoso en esta campaña de alarma es la película producida por Al Gore, “Una verdad inconveniente”, galardonada con un Oscar. También Leonardo di Caprio está paseando por todo el globo una película con el mismo mensaje producida por él. Ahora se une al clamor a favor de la regulación del control de las emisiones de CO2 el ex-presidente Clinton, quien ha centrado la reunión de su asociación de filántropos, la “Iniciativa global Clinton”, en la lucha contra el recalentamiento de la atmósfera terrestre.
Clinton, en una reciente entrevista, tras dar por sentado que el clima terrestre está cambiando a peor debido al descontrol de nuestro uso de combustibles, ha afirmado que las medidas para combatir el recalentamiento global no tienen por qué reducir el crecimiento económico de los países que las apliquen ni afectar la cuenta de resultados de las empresas que ahorrarán energía. El argumento tiene interés porque es posible que una contaminación atmosférica al estilo de la que soportan algunas ciudades chinas resulte a la postre un freno para el progreso económico del país. También puede ser conveniente que las empresas examinen con atención si el ahorro energético no puede a la postre aumentar los beneficios que obtienen de su actividad. Sin embargo, en el caso del tipo de medidas más amplias, la pregunta crucial es si estamos seguros de que hay recalentamiento y, caso de haberlo, si se debe a la acción del hombre.
Las estadísticas de temperatura publicadas por el Instituto Goddard para Estudios Espaciales, de la NASA, son uno de los principales apoyos científicos de las tesis de Gore. Pues bien, el mes de agosto pasado el ingeniero Stephen MacIntyre recalculó la serie histórica de temperaturas de ese Instituto y descubrió que la cifra de temperatura más alta del siglo XX en Norteamérica fue 1934 y no 1998. También hizo ver que de los diez años más calientes desde 1880, cuatro se situaron en el decenio de 1930 y sólo tres en la década pasada. También es interesante saber que, tras ese nuevo cálculo, los años de 2000 a 2004 fueron todos algo menos cálidos que el de 1900. Las cifras recalculadas por MacIntyre indican una subida de 0,44 grados centígrados en los últimos diez años, si bien centrada al final del siglo pasado y no en los primeros años del siglo XXI. No hay que deducir de la reordenación de años máximos realizada por MacIntyre que las temperaturas de la década de los años treinta fueran de infierno, comparadas con las de final de siglo, pues el cambio se basa en un recálculo de las temperaturas hasta el centésimo lugar decimal significativo. La conclusión correcta es que las de los diversos años del siglo pasado marcharon parejas. Por lo tanto, quizá no haya tanto recalentamiento global como vienen diciendo Gore, di Caprio, Clinton y Zapatero.
Las medidas propuestas por los intervencionistas para reducir la emisión de anhídrido carbónico podrían además resultar contraproducentes. Me gustaría estar seguro que la producción de combustibles biológicos para sustituir los fósiles no acabará emitiendo más cantidades de CO2 a la atmósfera, lo que al menos en los primeros diez o veinte años iniciales es probable que ocurra. La extensión de la superficie de cultivo en el mundo, impulsada por medidas políticas y los consiguientes altos precios de los cereales y otras plantas capaces de ser transformadas en energía, podría suponer un aumento de la velocidad de deforestación contraria a las buenas intenciones de los defensores de la Naturaleza.
Por si estas llamadas de atención mías puedan resultar poco convincentes, quiero recoger de la columna de Christopher Booker en el “Daily Telegraph” del 19 de agosto pasado, un cálculo por el profesor William Nordhouse de la Universidad de Yale, del coste de los recortes de emisión de gases del tipo de los propuestos por Al Gore. El valor presente del beneficio obtenido por esas medidas lo calcula Nordhouse como cercano a 12 billones (españoles) de dólares. Por contra, el coste de tales medidas, traído también a valores presentes, podría llegar a ser de casi tres veces esa suma.
Mi conclusión de todas estas reflexiones es que sigo dudando. ¿Estamos tan seguros de que el recalentamiento global no es sino una repetición de momentos de un ciclo climático de miles de siglos? Las predicciones de elevación de temperaturas y sus efectos se basan en modelos meteorológicos basados en audaces supuestos. ¿Estamos seguros de que la catástrofe global se cierne sobre nosotros como dicen los jeremías de la intervención? Como ha dicho el presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, quizá la víctima de la acción del hombre al utilizar más y más energía para seguir prosperando acabe siendo, no el clima, sino nuestras libertades.
URL: http://www.elcato.org/node/2872
octubre 21, 2007
Columnistas del Cato Institute en Buenos Aires
Gustavo Coronel y Juan Carlos Hidalgo son columnistas del Cato Institute. Estuvieron en Buenos Aires donde dieron una conferencia en C.E.M.A., y fueron entrevistados por Roberto Cachanosky en su programa El Informe Económico. Los visitantes hablaron de las tendencias políticas en América Latina y principalmente de Hugo Chávez y Venezuela.
octubre 20, 2007
Chávez ha cometido graves actos de corrupción
Este es un artículo publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, escrito por Gustavo Coronel, quien también es columnista del Cato Institute.
octubre 15, 2007
Venezuela: ¿Saltará la rana?
Esta analogía explica porqué las insurgencias políticas con violencia han fracasado con frecuencia en América Latina. Para tener éxito en consolidar su poder, un aspirante a ser dictador tiene que ir con calma.
Recientemente, Hugo Chávez reveló una descarada propuesta de reforma constitucional en Venezuela. Todavía no está claro si sucederá y cuando sucederá, pero si tiene éxito, habrá hervido a la rana, convirtiéndose en un dictador mientras pretende trabajar en un sistema que aparenta ser democrático a la distancia.
La reforma de Chávez incluye únicamente 30 de los 350 artículos de la Constitución, pero difícilmente representa un pequeño cambio. Contiene reformas radicales que, en caso de ser aprobadas, le darían a Chávez el estatus y poder de un monarca absoluto.
El ejecutivo tomaría el control de muchas actividades que antes estaban en manos de los estados y los gobiernos municipales, como la administración de hospitales y escuelas estatales y municipales, así como la administración de puertos, aeropuertos y autopistas de peaje.
El presidente tendría la autoridad de disolver la Asamblea Nacional y convocar una Asamblea Constituyente. Es difícil pensar en un ejemplo más claro de sustituir el imperio de la ley con el imperio de un hombre.
El periodo de gobierno del presidente será de siete años y podría ser reelegido indefinidamente, contrario a la Constitución actual en la que el presidente tiene un periodo de siete años con posibilidad de reelección inmediata en dos periodos consecutivos. Además, el presidente estará autorizado para nombrar cuantos vicepresidentes desee, sin que tengan que rendir cuentas a nadie más que a él, para supervisar las actividades económicas y políticas.
El presidente podría decidir cómo utilizar las reservas financieras internacionales quitándole la autonomía al Banco Central y ahuyentando a los inversionistas extranjeros. Esto provocaría la pérdida de credibilidad del gobierno ante la comunidad financiera internacional y aceleraría la salida y pérdida de capital.
El presidente también podría crear ciudades nuevas, nuevos territorios y provincias federales, un poder que seguramente abusará con el fin de premiar a sus seguidores.
El país tendrá días laborales de 6 horas. Esto disminuirá la productividad industrial aún más aumentando el desempleo en el mediano plazo y haciendo al país menos competitivo.
El presidente promoverá a los oficiales militares, otra autoridad que correspondía previamente a la Asamblea Nacional. Las fuerzas armadas “bolivarianas” tendrán un nuevo elemento, la “milicia popular”, tomando como ejemplo el Ejército Popular Cubano y la Guardia Revolucionaria Iraní, organización militar semi-oficial que funciona como un Estado dentro del Estado, dando poder y enriqueciendo a los simpatizantes del presidente. Chávez lo describe como un ejército entrenado para combatir la invasión norteamericana.
El Estado será socialista, en el sentido político y económico, aunque todavía se permitirá la propiedad privada mientras no interfiera con los intereses nacionales. Este modelo ha probado ser un fracaso dondequiera que ha sido intentado.
Chávez ha aprendido la importancia de ejecutar sus planes poco a poco. En febrero de 1992 trató de llegar al poder de la manera tradicional. Después de haber planeado su golpe de estado durante diez años, todo se vino abajo en diez horas gracias a su ineptitud militar. En 1998 ganó la presidencia por medio de elecciones y a pesar de la euforia por su victoria, no le gustaba la idea de respetar las reglas democráticas. Por consiguiente, ha enfocado sus esfuerzos para convertirse en dictador pretendiendo ser democrático.
Esta reforma constitucional será objeto de un referéndum nacional organizado por el Consejo Electoral Nacional, una organización que él controla y en la cual los venezolanos no confían para nada. Los venezolanos se enfrentan al dilema de votar para instalar una dictadura “constitucional” o abstenerse completamente. Ambas alternativas tienen sus riesgos.
Los venezolanos que aman la democracia están contra la pared, pero paradójicamente también lo está Chávez. Si la gente presionada para votar a favor de eliminar la democracia en el país se decide por una protesta popular masiva, Chávez podría ser desbancado de nuevo, como sucedió en abril del 2002 cuando alrededor de 700,000 ciudadanos indignados se manifestaron en contra de su abuso de poder. Como sucedió en aquella ocasión, la rana podría saltar. Pero esta vez podría resultar en una guerra civil.
Este artículo apareció en el American Spectator el 26 de septiembre de 2007.
Source URL:http://www.elcato.org/node/2844



