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enero 25, 2008

La Dama y el Vagabundo

Margaret Thatcher: el capitalismo del pueblo.

Autor: Marcos Álvarez Díaz

Fuente: Diario de América


Gordon Brown Primer Ministro laborista de Gran Bretaña, dice ser profundo admirador, pásmense, de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher... El flamante PM se ve a sí mismo como un político de casta y convicciones “allá Thatcher”. Brown, está lejos hoy del bisoño parlamentario que fue en los 80 y que con tanta pasión criticaba sus políticas.

Algunos días después, ante la atónita mirada del país, recibe en el número 10 a la anciana baronesa, toman el té y departen amistosamente durante dos horas. El gesto del premier británico no es gratuito, pues aprovecha para meter el dedo en el ojo al actual líder de los conservadores David Cameron, impeliendo al partido rival a no dilapidar la herencia recibida del Thatcherismo.

Ya sean estos elogios reales o fingidos, sinceros cumplidos o lisonjas interesadas del menudeo político doméstico, el legado de la Dama de Hierro no debería ser ajeno a ningún estadista contemporáneo, británico o extranjero. Y bien, ¿cuál es la herencia olvidada del Thatcherismo que Brown reprocha a la oposición conservadora?
En política laboral y social, muchos recuerdan los 80 como un periodo convulso de huelgas y fractura social. El conflicto con los sindicatos mineros a raíz del cierre de pozos improductivos, es visto como una involución en los derechos de asociacionismo y huelga. Sin embargo las restricciones legales que el gabinete Thatcher impuso al poder omnímodo de los sindicatos, deben ser puestos en el contexto de la década y del permanente chantaje de los líderes sindicales al estado y a la clase trabajadora crítica con sus objetivos y métodos.
La propia Maggie resumía en una antigua entrevista las líneas maestras de su política.

Al ser preguntada si el thacherismo había dividido al país con sus draconianas medidas en el asusto de las minas, la primera ministro afirmó con la mirada clavada en los ojos de su entrevistador y un timbre de voz temperado, que la verdadera división del país había tenido lugar con los conflictos sindicales al final de la última legislatura de su predecesor laborista Callagham. El movimiento sindical de entonces, en opinión de la premier Thatcher, estaba gobernado por líderes dictatoriales que usaban su poder contra sus propios compañeros obligándoles a ir a la huelga cuando no querían hacerlo. Ejercían la presión mediante piquetes y manifestaciones sobre empresas en las que jamás había existido problema alguno, hasta el punto de cerrar muchas de ellas en el más puro estilo mafioso.

Estas actuaciones reeditadas durante la huelga del carbón, planteaban un chantaje a la nación a través de la producción y abastecimiento de electricidad. En su estratégico sector los sindicatos huelguistas impedían que la energía necesaria llegase a la industria, poniendo en peligro los empleos de miles de trabajadores y la luz y calefacción necesaria para hogares y familias. En previsión de la larga guerra que se avecinaba, la astuta Margaret acumuló el suficiente stock de carbón para poder torcer el brazo al pulso sindicalista. Y se salió con la suya: las Trade Unions jamás volvieron a tener la misma influencia tras la derrota inflingida por la dama de hierro... tampoco Gran Bretaña volvería a ser la misma.

El liberalismo tory de la Thatcher resucitó a Inglaterra del estatismo hipertrofiado de los 70 que la había postrado como el “hombre enfermo” de Europa. Acometió la reactivación económica del país, a través de privatizaciones masivas de las telecomunicaciones, la electricidad, el gas, las líneas aéreas... pocos sectores estratégicos quedaron fuera de su fiebre privatizadora. Su proyecto explícito era entendido como una cruzada mundial en aras de una nueva forma de economía: El capitalismo del pueblo.

El capitalismo popular, supuso esa venta de las principales compañías estatales, con un triple objetivo: comprometer a las masas en la vida económica de la nación, una fuente de ingresos colosal para el erario público y la garantía de eficiencia en el funcionamiento de los servicios públicos. En los 11 años de su mandato, el thatcherismo elevó el porcentaje de británicos con participaciones bursátiles del 7 al 25%, algo que cambió la faz del país y convirtió al Reino Unido en una nación de pequeños accionistas y ahorradores. Estas son las fórmulas del éxito económico de los 90 y las rentas de la que aún sigue viviendo el Reino Unido. Esto es con estricta literalidad, llevar el poder al pueblo.

Ella creía fervientemente y cree aún en su senectud, que todo el mundo tiene el derecho a alcanzar la prosperidad para sí mismo y su familia trabajando honradamente y con esfuerzo. Las políticas conducentes a disminuir la carga impositiva fueron la consecuencia lógica y justa a una filosofía de estímulo al esfuerzo. (Abro paréntesis aquí para recordar que hoy, en algunos países, la cultura del esfuerzo ha desaparecido incluso de las escuelas, como un patético reflejo del mundo de los adultos).

Su política fiscal basada en la bajada de algunos impuestos y la supresión de otros ha sido emulada con gran éxito en muchos países, y ha quedado en los manuales como un recurso que confiere dinamismo y competitividad a cualquier economía.

Cuanto más ahonda uno sobre la gestión política de Margaret Thatcher, más fascinante parece su figura y mayor la maestría con que supo lidiar al periodo histórico que le tocó vivir. Una defensora del libre mercado y la libertad individual. Valladar frente al comunismo en un momento de la historia convulso e incierto. Una mujer en un mundo de hombres que devolvió la dignidad internacional a su país y sentó las bases de su actual prosperidad. Personaje del siglo XX imprescindible e irrepetible

mayo 13, 2007

Propiedad Privada y Socialismo ¿Contradicción?


Gary S. Becker recibió el Premio Nobel de Economía en 1992. Es profesor de economía y sociología de la Universidad de Chicago, donde recibió su doctorado. Es académido de Hoover Institution y fue presidente de Mont Pèlerin Society. Entre sus libros: "A Treatise on the Family", "Human Capital" y "The Economics of Life" que escribió con su esposa Guity Nashat Becker y que fue publicado en español como "Economía cotidiana" (Planeta, 2002) e incluye muchas de sus columnas distribuidas por AIPE.

El congreso chino promulgó en marzo la legalización de la propiedad privada, dándole el mismo estatus que la propiedad estatal. Como principio, esta es una medida revolucionaria, ya que la abolición de la propiedad privada siempre ha sido un principio fundamental del socialismo. Pero en realidad, China dejó hace tiempo de ser un país socialista, con un rápido crecimiento del sector privado que ya produce alrededor de dos terceras partes del producto interno bruto (PIB).En 1989 visité a Polonia, durante la transición del socialismo estatal a la empresa privada y la propiedad privada. Durante una reunión con el jefe de ideología del Partido Comunista Polaco, le pregunté si la propiedad privada era consistente con el comunismo y el socialismo. Me contestó que todavía se estaba debatiendo ese punto. Los comunistas perdieron el poder poco más tarde, antes de que sus ideólogos pudieran contestar a esa pregunta. Por el contrario, China ha dado su respuesta.
Queda claro que legalizar la propiedad privada es un salto distanciándose del comunismo. Una ley legalizando la propiedad privada había sido pospuesta debido a la oposición de quienes consideran que la propiedad privada es inconsistente con el socialismo. Esa oposición fue ahora aplastada y 3.000 delegados al Congreso aprobaron la ley, mientras que muy pocos votaron en contra. Esto, sumado a la admisión de empresarios como miembros del partido, significa el reconocimiento oficial del capitalismo.
Me concentraré aquí en las probables consecuencias en el desarrollo económico de China. Ese país ha tenido un extraordinario crecimiento en los últimos 30 años, alcanzando un aumento promedio de 7% anual. Podemos entonces deducir que la protección de los derechos de propiedad no es esencial para lograr el desarrollo desde muy bajos niveles de ingresos y que China, en realidad, protegía suficiente a su sector privado para que creciera desde prácticamente cero hasta convertirse en el sector predominante.
A pesar de la limitada protección oficial, las viviendas, las tierras, los negocios y las acciones se compran y se venden privadamente. Grandes incentivos fomentan la creación de nuevas empresas, inversiones agrícolas y el aumento de la productividad. Cálculos recientes indican que la eficiencia de la economía china ha mejorado 4% al año desde 1993, mientras que el aumento del capital invertido por cada empleado contribuyó igualmente al aumento de la productividad de 8,5% al año. Estos son logros sin precedentes, especialmente si los comparamos con el período de 15 años anteriores a 1993.
Yo mitigaría ese impresionante logro de tres maneras. La inversión a largo plazo en el campo ha sido desalentada por la inseguridad de los campesinos sobre la posesión de las tierras. Ha habido frecuentes manifestaciones violentas en protesta de expropiaciones por parte de gobiernos locales, sin adecuada compensación. Ni siquiera la nueva ley dará derechos totales sobre la propiedad. Quienes viven en las ciudades también temen por la propiedad de sus viviendas que a veces son expropiadas por autoridades municipales que requieren los terrenos para otros usos. La nueva ley menciona una compensación, pero no cuál debe ser.
Pienso que el mayor respeto a la propiedad es indispensable para que China siga creciendo y pueda convertirse en una nación de altos ingresos. Las naciones avanzadas que China quiere imitar protegen las patentes, franquicias, programas de computación, complicados contratos de arrendamiento y demás formas de propiedad tangible e intangible. Tal respeto es esencial para fomentar ese tipo de inversiones que es más importante a medida que la economía avanza.
Total protección de los derechos de propiedad requieren un sistema judicial independiente y eficiente. Las naciones anglosajonas han sido los mejores protectores de los derechos de propiedad. En China no hay independencia judicial y por ello no hay garantía del cumplimento de contratos. Los tribunales son parte del gobierno central y los jueces ni siquiera alegan tener autonomía. Los tribunales chinos son arbitrarios.
Si es apropiadamente instrumentada, la legitimación de la propiedad privada en China tiene importantes implicaciones en la futura dirección de la economía. Que tales implicaciones significan una evolución y no una revolución es indicativo de lo mucho que China se ha alejado de su pasado socialista.

___* Profesor de economía de la Universidad de Chicago y Premio Nobel.
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