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mayo 24, 2009

Lo que sucede cuando se obtiene algo mal habido.


Como de costumbre estaba leyendo un post en el blog de José Benegas, que se refiere a la distribución forzosa de tierras, que el dictador venezolano Hugo Chávez ha hecho recientemente en su país, con resultados desastrozos aunque esperados, por quienes tenemos la fortuna de conocer algo de Ciencias Económicas.

Lo que escribí como comentario en ese blog es parte de lo que está escrito más abajo, aquí:

Hace pocos años, el dictador venezolano decidió expropiar tierras a terratenientes de su país, Venezuela, con el objeto de distribuirlas entre los campesinos pobres. El plan de Chávez no es nuevo, pues hay ejemplos de sobra en la historia de la humanidad de gobernantes que han hecho lo mismo, sin ningún éxito. Ahora se asombran de que la revolución productiva de Chávez, que sacaría de la pobreza a millones de personas no se está produciendo. Antes la pobreza era por la avaricia de los terratenientes, ahora es por la demora en la organización de los consejos comunales y mañana será por la maldad de Juan de los Palotes. Los campesinos reclamaban tierras, ahora reclaman herramientas y mañana querrán que el estado subsidie la actividad para transferirles costos a los contribuyentes. Las ganancias por su puesto no se distribuyen entre los contribuyentes, las pérdidas si.

En la Unión Soviética durante siete décadas los comunistas tuvieron los mismos resultados. Siete décadas de malas cosechas. Claro que nunca admitieron las fallas del sistema colectivista que llevó a ese desastre. El país con más superficie cultivable en el mundo no tenía suficiente alimento, y la gente padecía hambre. El sistema nunca fue el culpable para ellos, los comunistas siempre tuvieron a quien culpar.

En Argentina vamos por el mismo camino que Venezuela y el que transitó la Unión Soviética. El señor sabelotodo Guillermo Moreno, está destruyendo la industria láctea con sus “políticas geniales” en favor de los pobres, dilapidando el capital que no ha creado y que sirve para producir más riqueza. Falta poco para que no quede nada en la ganadería, en la agricultura y en la minería. Quien será el próximo culpable no lo sé, pero si se que no serán los colectivistas argentinos. Ellos no producen nada que no sea culpables, que nunca son ellos. Dentro de poco tiempo veremos lamentar a mucha gente cuando vea que no existen los capitales para su jubilación que el estado le prometió custodiar y engrandecer.

Cuando el ex dictador Juan Domingo Perón nacionalizó los ferrocarriles, quienes ganaron fueron los ingleses, quitándose de encima un clavo deficitario, que era más y más costoso cada vez su funcionamiento, mientras que el régimen se vanagloriaba de haber torcido el brazo del imperio por habérselos arrebatado. Era cuestión de tiempo ver como el proceso de deterioro de los ferrocarriles los dejaría inservibles para el desarrollo económico del país, se convierta en una caterva de sindicalistas ladrones, y una sangría para el contribuyente argentino, quien en definitiva pagó los costos del negociado político, pese a que no se dió cuenta.

Hay un viejo dicho, que es muy verdadero porque lo he vivido en carne propia, en mi propia familia; es ese dicho que dice: el ojo del amo engorda el ganado. Mi abuelo materno fue un gran estanciero, tuvo una de las estancias más grandes de la provincia, fue bodeguero y tuvo minas de mármol y cal; desgraciadamente fue político también: diputado provincial, alcalde y senador provincial, causa de su perdición, porque en esas épocas los miembros del cuerpo legislativo eran ad honorem, no eran cargos públicos sino cargas públicas, y el título era irrenunciable y las campañas políticas y los costos de la actividad debían asumirlos cada uno individualmente. Pero era visionario, todo lo que hacía era para obtener dinero y lo obtenía. Conocía el comercio y sabía hacer negocios. En el aspecto personal era mediocre, pero en el comercial siempre fue correcto.

Cuando murió y la herencia pasó a sus hijos, y a muchos otros hijos aparecidos repentinamente después de publicar los edictos de su muerte en el periódico, todo lo que construyó quedó hecho añicos. Toda la fortuna que acumuló por parte de él, y la que recibió por herencia de sus padres que fueron muy ricos también quedó dilapidada totalmente.

Hoy en día paso por el lugar y me da pena ver la estancia, parece que no vivió nadie ahí jamás. La casa está por el suelo, el parral tapado por la maleza, el ganado desaparecido, y el monte ha cubierto todo el campo, lo que costará una fortuna desmontar. Los hornos de cal parecen haber sido bombardeados por una escuadrilla de aviones, y la vieja bodega está más arruinada que la virulencia de diez terremotos no podrían conseguir.

Que tienen los herederos de esa fortuna hoy en día, seguramente nada. Lo mismo sucede cuando se apropian de algo que no ha conseguido con propio esfuerzo, las personas que han obtenido algo por medio de una medida política. Quien ha conseguido algo mediante la rapiña, sin haber padecido el sacrificio de conseguirlo como la naturaleza manda, con el producto del trabajo o del precio pagado, tendrá esta maldición de recompensa. Y más tarde o más temprano lo que fue motivo de alegría en un principio se convierte en la causa brutal de sufrimiento.

noviembre 28, 2007

Agro y pobreza


por Porfirio Cristaldo Ayala


Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.
Luego del fracaso de la reforma agraria como propuesta política en América Latina, la izquierda dirigió sus críticas más duras contra la agricultura empresarial, conocida también como el “agribussines”, olvidando el sorprendente éxito de este sistema. La agricultura empresarial tiene una productividad inmensamente mayor a la agricultura de subsistencia, tradicional en el continente. Pero si bien el sector agrícola disfruta de un éxito remarcable, la izquierda asegura que este éxito ha tenido un mínimo impacto sobre la pobreza. Esta es una vieja falacia del socialismo. La realidad es distinta.

La misma falsa propaganda anticapitalista surgió hace unos años, cuando se puso en evidencia que en las primeras dos décadas de la globalización (1980-2000) el libre comercio originó un crecimiento y un bienestar nunca antes visto en la historia de la humanidad. La izquierda inventó entonces una nueva propaganda: “si bien la globalización dio origen al crecimiento económico y la riqueza de los países, como contrapartida, la globalización (por arte de magia) dio origen al aumento de las desigualdades entre los pueblos”. Esta propaganda resultó ser totalmente falsa.

Un estudio del Banco Mundial de más de 90 países demostró que en todos los países que crecieron y progresaron, el mejoramiento del nivel de vida de sus pueblos se dio tanto para los ricos como para los sectores más pobres. Todos progresaron y lo hicieron en aproximadamente igual proporción. En realidad, tanto los más ricos como los más pobres se hicieron más ricos.
La desatinada propaganda del socialismo en el agro latinoamericano se sustenta en que, a pesar de que los empresarios agrícolas se vuelven cada día más prósperos, los campesinos en gran parte continúan sumidos en la pobreza. Por tanto, pese a su menor productividad, los gobiernos tienden a aplicar políticas agrarias en contra de la agricultura empresarial y a favor de la agricultura tradicional de subsistencia. Esto último, sostienen los neosocialistas del grupo de Hugo Chávez y Evo Morales, debe ser promovido mediante la obsoleta y fracasada reforma agraria.

La agricultura de subsistencia, que ya practicaban los mayas y los incas mucho antes del arribo de los españoles, sigue siendo tan pobre en tecnología, que si bien emplea a un 30 % o 40 % de la mano de obra de los países, contribuye con solo el 7 % del crecimiento del producto interno bruto (PIB). Esta agricultura se basa en la sobreexplotación de tierras que fueron expropiadas a sus propietarios y distribuidas a los campesinos. Las pequeñas fincas tienen suelos empobrecidos por siglos de cultivos, suelos hoy incapaces de producir casi nada.

Las parcelas de la reforma agraria no sirven para mantener a una familia, lo que obliga a sus miembros a hacer “changas” parte del tiempo, o a quemar los bosques para extender áreas de cultivo en el milenario sistema del rozado. Los gobiernos populistas pretenden ahora promover en estas tierras la agroindustria y los biocombustibles. La agricultura empresarial, en cambio, asigna toneladas de fertilizantes para recuperar la fertilidad, introduce riego artificial y sofisticadas maquinarias y tecnología de cultivo que multiplican la productividad de la mano de obra y el ingreso de los campesinos.

Es absurdo pretender que indígenas que utilizan arados de madera y palos con puntas para sembrar, como lo hacían sus ancestros miles de años antes, tengan resultados similares a modernas explotaciones empresariales que utilizan tractores, regadío artificial, maquinarias y sistemas satelitales que multiplican por 60 o más la producción de cada trabajador indígena. Lo mismo se aplica a las distintas poblaciones.

Muy distinto es el caso de los trabajadores rurales que consiguen un empleo en las empresas agrícolas, aprenden la disciplina laboral y reciben sofisticada transferencia tecnológica. Estos trabajadores y sus familias no solo se integran a sus empresas al igual que los trabajadores en las distintas industrias, sino que amplían considerablemente su libertad de trabajar y disponer del fruto de sus esfuerzos, así como el respeto a sus derechos de propiedad.

Este artículo fue publicado originalmente en el ABC (Paraguay) el 18 de noviembre de 2007.

Extraído del sitio:http://www.elcato.org/node/2954