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febrero 24, 2008

El Mérito del Gran Ladrón


En las democracias estatistas y antiliberales de América Latina, la explotación que padecen los pueblos a manos de la clase política muestra que el gobierno del gran ladrón y de las bandas de maleantes sigue vigente después de miles de años. Algunos dictadores han sido más favorables al desarrollo que los gobernantes democráticos. Por eso no es extraño que los desilusionados de la democracia sientan añoranza por la dictadura.


Por Porfirio Cristaldo Ayala

La muerte de Alfredo Stroessner causó pesar a muchos paraguayos. ¿Por qué un pueblo que vive en democracia siente afecto por un dictador que los oprimió, robó y torturó durante 35 años? La democracia estatista que surgió luego de la caída de la dictadura empobreció y hundió en la inseguridad al país y decepcionó a la gente. Para entender esta paradoja quizás sea útil recordar el origen de los gobiernos como ejércitos invasores o bandas de asaltantes que saqueaban los poblados.

Desde el comienzo de la civilización siempre ha habido parásitos que utilizando la fuerza viven a expensas de las mayorías. Los invasores victoriosos o “gran ladrón” en lugar de saquear y matar a los pueblos vencidos en ocasiones se establecían, se volvían gobiernos y los despojaban con impuestos. Pero vivir oprimidos por un gran ladrón es a veces mejor que estar a expensas de bandas de asaltantes o muchos “pequeños ladrones”.

Un dictador o “gran ladrón”, interesado en gobernar un territorio durante muchos años suele preocuparse del bienestar de sus súbditos, ya que cuanto más prósperos son más rentas y riquezas puede quitarles. En cambio, los asaltantes errabundos o “pequeños ladrones” a menudo solo tratan de robar a la gente lo más posible, con celeridad, para luego escapar, como hacen hoy algunos gobernantes “democráticos”.

En las democracias estatistas y antiliberales de América Latina, la explotación que padecen los pueblos a manos de la clase política muestra que el gobierno del gran ladrón y de las bandas de maleantes sigue vigente después de miles de años. Algunos dictadores han sido más favorables al desarrollo que los gobernantes democráticos. Por eso no es extraño que los desilusionados de la democracia sientan añoranza por la dictadura. Una historia parecida se vivió en las colonias europeas de Africa al independizarse en los años 1960.

El dictador o gran ladrón, como Stroessner, es consciente de la necesidad de aplicar políticas de largo plazo como frugalidad fiscal, disciplina monetaria y sólida defensa de la propiedad privada, con el fin de alentar el crecimiento económico y la estabilidad y asegurar la permanencia de sus gobiernos. Un ejemplo fueron las reformas de Pinochet en Chile. Otros dictadores, como Castro, prefirieron consolidarse imponiendo a sus pueblos el socialismo y la igualdad en la pobreza.

La falta de gobernabilidad del último cuarto de siglo de varios gobiernos democráticos que asumieron con poco más de un tercio de los votos y sin mayoría parlamentaria impidieron el avance hacia una democracia liberal, debilitaron el estado de derecho y alentaron políticas populistas de corto plazo probadamente fracasadas, como los monopolios, proteccionismo, redistribución y las expropiaciones arbitrarias en los gobiernos de Chávez, Lula, Kirchner, Duarte Frutos y Morales.

En el estatismo, los gobernantes democráticos, si bien tienen en el Estado un enorme botín, su poder para robar se encuentra notablemente disminuido por la competencia y la disgregación de las fuerzas políticas, al igual que las bandas de asaltantes de tiempos primitivos. Ello les impidió enfrentar la multiplicación de reclamos sociales que promueve el populismo con la aplicación de reformas económicas liberales. Pero lo peor, el debilitamiento del poder político “democratizó” la corrupción en el gobierno.

Los dictadores como Stroessner manejaban celosamente los hilos de la corrupción, asignando a cada jefe militar, ministro, amigo, amante, un “nicho” en donde robar, con franquicias, dólares al cambio oficial, cargos en aduanas o contrataciones y compras del Estado. Los que malversaban por cuenta propia, sin el beneplácito “superior” eran severamente castigados.

La tragedia del estatismo es no solo haber sembrado medidas populistas fracasadas, sino haber desatado una carrera por robar todo en el menor tiempo, como bandas de asaltantes nómadas, arruinando la valoración de la gente por la democracia. La solución a esta desgracia no es volver a la dictadura o al socialismo, sino avanzar a la democracia capitalista, sustentada en las libertades individuales, gobiernos limitados y mercados libres.


Fuente: http://www.aipenet.net/ http://www.diariodeamerica.com/


Porfirio Cristaldo Ayala, paraguayo, es ingeniero eléctrico y consultor de sistemas de energía eléctrica. Es graduado de la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia, EE.UU. Es presidente del Foro Libertario, editorialista y columnista del diario ABC Color de Asunción y miembro de la Sociedad Mont Pèlerin.

enero 17, 2008

Esperanzas 2007

Un artículo publicado por Porfirio Cristaldo Ayala en el diario ABC de Asunción de Paraguay.

El 2007 fue un gran año. Los visionarios de la ruina se llevaron varias desilusiones. El petróleo no se acabó ni su producción llegó a su tope, no hubo guerra con Irán, bajó el precio del etanol y de los biocombustibles, en lugar del “calentamiento global” vino un “enfriamiento global”, subió el precio de los alimentos mejorando el ingreso de los agricultores, y, si bien en algunos casos ello resultó en una pesada carga para países pobres importadores netos de alimentos, es más fácil para estos ajustar el consumo que restringir la producción.

Los grupos de intereses contrarios al petróleo aseguran que su producción llegó a su pico y que a partir de ahora la oferta de combustibles fósiles se irá ajustando a través de la suba de precios, lo que significará un poderoso freno a las economías de los países pobres. Nada de esto, sin embargo, parece tener mucha lógica. Varios países están encontrando nuevos e inmensos yacimientos petrolíferos que comenzarán a explotar. Brasil es un ejemplo, China es otro, también India y México encontraron nuevas reservas.

En Brasil, solo los pozos de “Tupí” recientemente descubiertos duplicaron las reservas brasileñas conocidas. Estas reservas podrán convertir al Brasil en unos años más en el décimo productor mundial de petróleo y uno de los primeros en biocombustibles. También están surgiendo nuevas tecnologías que permiten seguir explotando rentablemente viejos pozos y extraer petróleo de fuentes anteriormente ya agotadas, inservibles o con pozos muy profundos. El petróleo está lejos de acabarse.

EE.UU., país que genera hasta un cuarto de todas las emisiones globales de calentamiento en el mundo, pese a la contrariedad de otros países desarrollados, se resiste a aprobar el acuerdo de Kyoto y a aceptar los estrictos límites que éste impone sobre la emisión de dióxido de Carbono (CO2), debido a los altos costos que tendría tratar de cumplir las exigencias, con riesgos de frenar el crecimiento de la economía. Las emisiones de EE.UU., desde 1990, no obstante, han venido mejorando bajo un esquema de cooperación voluntaria en el mercado de carbono. Les ha superado a Canadá, Nueva Zelanda, España, Portugal, Irlanda, Turquía.

El 2007 también ocasionó alguna vergüenza entre los defensores del calentamiento global. En distintos lugares del planeta, desde Seúl, Corea, hasta Johannesburgo, Sudáfrica, y, desde Nueva Zelanda, hasta Charlotte, N. C., se presentó una ola de frío polar que convirtió al año 2007 en un genuino año del “enfriamiento global”.

Pero la mayor desilusión recibieron los “profetas” que todavía no se habían percatado que el ser humano, año tras año, vive una mejor calidad de vida, una existencia más sana, larga y saludable, en áreas más limpias.

Nunca antes la mortandad infantil, el hambre y la desnutrición estuvieron tan bajos ni la expectativa de vida fue tan alta. Nunca antes los pueblos han estado tan cerca del desarrollo tecnológico y el avance medioambiental. El 2007 tiene el mejor récord en la historia de la humanidad.

El Cato Institute ha lanzado recientemente el extraordinario libro de Indur M. Goklany, El mejoramiento de la situación del mundo, una investigación exhaustiva con una visión optimista —aunque realista y hasta conservadora— de la globalización y sus consecuencias: el crecimiento económico, el libre comercio y el avance tecnológico, apoyado en abundantes gráficos, estadísticas y datos históricos. Ni la globalización ni el crecimiento económico emergente han ampliado las desigualdades en el interior de los países.

Los estudios de Goklany demuestran también que el mundo avanza inexorablemente hacia el fin de la pobreza y el atraso, gracias al aumento sostenido de la libertad económica y la sólida protección de los derechos de propiedad privada logrados en los últimos 30 años. Las necesidades básicas de la vida, desde alimentos hasta educación, pueden conseguirse hoy con mayor facilidad y son mucho más baratas. El mundo está recibiendo el soplo de libertad que esperaba para florecer.

noviembre 28, 2007

Agro y pobreza


por Porfirio Cristaldo Ayala


Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.
Luego del fracaso de la reforma agraria como propuesta política en América Latina, la izquierda dirigió sus críticas más duras contra la agricultura empresarial, conocida también como el “agribussines”, olvidando el sorprendente éxito de este sistema. La agricultura empresarial tiene una productividad inmensamente mayor a la agricultura de subsistencia, tradicional en el continente. Pero si bien el sector agrícola disfruta de un éxito remarcable, la izquierda asegura que este éxito ha tenido un mínimo impacto sobre la pobreza. Esta es una vieja falacia del socialismo. La realidad es distinta.

La misma falsa propaganda anticapitalista surgió hace unos años, cuando se puso en evidencia que en las primeras dos décadas de la globalización (1980-2000) el libre comercio originó un crecimiento y un bienestar nunca antes visto en la historia de la humanidad. La izquierda inventó entonces una nueva propaganda: “si bien la globalización dio origen al crecimiento económico y la riqueza de los países, como contrapartida, la globalización (por arte de magia) dio origen al aumento de las desigualdades entre los pueblos”. Esta propaganda resultó ser totalmente falsa.

Un estudio del Banco Mundial de más de 90 países demostró que en todos los países que crecieron y progresaron, el mejoramiento del nivel de vida de sus pueblos se dio tanto para los ricos como para los sectores más pobres. Todos progresaron y lo hicieron en aproximadamente igual proporción. En realidad, tanto los más ricos como los más pobres se hicieron más ricos.
La desatinada propaganda del socialismo en el agro latinoamericano se sustenta en que, a pesar de que los empresarios agrícolas se vuelven cada día más prósperos, los campesinos en gran parte continúan sumidos en la pobreza. Por tanto, pese a su menor productividad, los gobiernos tienden a aplicar políticas agrarias en contra de la agricultura empresarial y a favor de la agricultura tradicional de subsistencia. Esto último, sostienen los neosocialistas del grupo de Hugo Chávez y Evo Morales, debe ser promovido mediante la obsoleta y fracasada reforma agraria.

La agricultura de subsistencia, que ya practicaban los mayas y los incas mucho antes del arribo de los españoles, sigue siendo tan pobre en tecnología, que si bien emplea a un 30 % o 40 % de la mano de obra de los países, contribuye con solo el 7 % del crecimiento del producto interno bruto (PIB). Esta agricultura se basa en la sobreexplotación de tierras que fueron expropiadas a sus propietarios y distribuidas a los campesinos. Las pequeñas fincas tienen suelos empobrecidos por siglos de cultivos, suelos hoy incapaces de producir casi nada.

Las parcelas de la reforma agraria no sirven para mantener a una familia, lo que obliga a sus miembros a hacer “changas” parte del tiempo, o a quemar los bosques para extender áreas de cultivo en el milenario sistema del rozado. Los gobiernos populistas pretenden ahora promover en estas tierras la agroindustria y los biocombustibles. La agricultura empresarial, en cambio, asigna toneladas de fertilizantes para recuperar la fertilidad, introduce riego artificial y sofisticadas maquinarias y tecnología de cultivo que multiplican la productividad de la mano de obra y el ingreso de los campesinos.

Es absurdo pretender que indígenas que utilizan arados de madera y palos con puntas para sembrar, como lo hacían sus ancestros miles de años antes, tengan resultados similares a modernas explotaciones empresariales que utilizan tractores, regadío artificial, maquinarias y sistemas satelitales que multiplican por 60 o más la producción de cada trabajador indígena. Lo mismo se aplica a las distintas poblaciones.

Muy distinto es el caso de los trabajadores rurales que consiguen un empleo en las empresas agrícolas, aprenden la disciplina laboral y reciben sofisticada transferencia tecnológica. Estos trabajadores y sus familias no solo se integran a sus empresas al igual que los trabajadores en las distintas industrias, sino que amplían considerablemente su libertad de trabajar y disponer del fruto de sus esfuerzos, así como el respeto a sus derechos de propiedad.

Este artículo fue publicado originalmente en el ABC (Paraguay) el 18 de noviembre de 2007.

Extraído del sitio:http://www.elcato.org/node/2954

julio 29, 2007

¿Porqué somos pobres?


Por Porfirio Cristaldo Ayala

Fuente: AIPE NET



Paraguay lo tiene todo. Un clima benigno y grandes planicies de tierras fértiles surcadas por numerosos ríos. Es uno de los mayores productores de carne y soja del mundo. El río Paraná, uno de los más caudalosos del mundo, lo separa del Brasil y la Argentina, países con los que comparte las gigantescas hidroeléctricas de Itaipú y Yacyretá. Es el mayor exportador de energía eléctrica del continente. Tiene una población homogénea, joven y sin arraigados conflictos sociales, raciales ni religiosos. ¿Por qué somos pobres? Se han ensayado distintas respuestas, pero yo siempre apunto al estatismo vigente.
Es bueno insistir porque muchos todavía creen que el atraso se debe a deficiencias en salud y educación. Los niños en algunas zonas reciben clases en ayunas y bajo los árboles ¿Cómo puede avanzar un pueblo enfermo e ignorante? Para avanzar, se piensa, es preciso mejorar esencialmente la salud y educación. Parece razonable, pero no lo es. El pensamiento tiende a confundir causa con efecto. La educación y salud no traen el progreso; son el progreso mismo. Cuando los pueblos progresan, los salarios suben y mejoran la salud y educación. Pretender sacar a un país del estancamiento económico mejorando la salud y educación es poner el carro por delante del caballo. Hay países, como Cuba, donde la salud y la educación son relativamente buenas, pero siguen sumidos en la miseria.
En el mismo error caen quienes creen que si se construyen obras de infraestructuras, como carreteras, puentes, puertos, plantas de energía, industrias, la gente saldrá de la pobreza y el país se modernizará. Pero las buenas autopistas y servicios de agua, luz y teléfonos son parte del progreso, no sus causas. A medida que progresan los países, se modernizan la infraestructura y los servicios públicos. Es por ello que en 50 años la ayuda del Banco Mundial, FMI, BID para construir servicios básicos y modernizar las naciones no ha logrado promover el desarrollo en ninguna parte. Por el contrario, esos mismos organismos han creado una desvergonzada dependencia en muchos países. Alimentaron con pescado a la gente en lugar de enseñarle a pescar.
Pero la ayuda externa ha sido también nefasta por otras razones. Los países pobres son pobres porque no han saneado sus economías y a sus aparatos estatales, reformas a las que se resisten con fanatismo las clientelas políticas, los empresarios “amigos” del régimen y otros grupos de presión beneficiarios del botín estatal. Recién cuando los países “tocan fondo,” se suele generar el consenso popular necesario para recortar el gasto público, privatizar y desregular la economía, bajar los impuestos, eliminar subsidios y proteccionismo y abrir sus mercados. Pero mientras los gobernantes dispongan de ayuda externa y créditos blandos continuarán enjuagando el déficit y postergando indefinidamente las reformas.
Somos pobres por el estatismo predominante. Está comprobado que el sistema económico determina el desarrollo de una nación. El siglo XX fue un gran experimento de esta teoría del desarrollo. Países como Alemania occidental y Alemania del Este, Corea del Sur y Corea del Norte, Taiwán y China, con la misma población, idioma, raza, cultura, tecnología, religión, educación y salud, separados únicamente por sus diferentes sistemas, unos capitalistas y otros socialistas, obtuvieron resultados opuestos. Los socialistas se empobrecieron, mientras los capitalistas florecieron. En el mundo actual, los países más capitalistas son los más prósperos y los más estatistas son los más pobres. No hay excepción.
Para dejar el estatismo y progresar, es imperioso explicar esta realidad a la gente y sobre todo persuadirla a que vote por los políticos capaces y decididos a liquidar la corrupción y proteger los derechos de propiedad, el Estado de derecho y el mercado libre. Si logramos instaurar el capitalismo democrático, en pocos años, Paraguay será el nuevo “milagro económico” latinoamericano, vendrán inversiones, se crearán numerosas empresas, aumentarán la producción y el empleo, se multiplicará el salario de los trabajadores y nuestros hijos tendrán un futuro brillante.

julio 26, 2007

Inversión y prosperidad


Por Porfirio Cristaldo Ayala




En la actualidad, los países no necesitan comenzar de cero a ahorrar, desarrollar tecnologías e invertir. Todo lo que precisan es crear las condiciones políticas y jurídicas de un mercado libre que incentive la llegada de capitales extranjeros.
El esfuerzo que realiza una familia durante largos años para alcanzar la prosperidad no es muy diferente al empeño que debe poner un país para crecer y desarrollarse. Los colonos recién establecidos trabajan de sol a sol cultivando, primero con caballos y luego con tractores y maquinarias que le permiten producir mucho más en menor tiempo. Para eso tienen que ahorrar, y se abstienen de consumir. El ahorro para la compra del caballo, el tractor y otros bienes es la inversión. Ni la familia ni el país progresa sin aumentar su capital. Este proceso requería antes el sacrificio de varias generaciones. Hoy puede lograrse en pocos años.

La clave del desarrollo y de la mejora de la calidad de vida es el ahorro. Se ahorra para más tarde invertir y poder consumir más. El ahorro que se invierte en la fabricación o adquisición de bienes de capital –herramientas, instalaciones– aumenta la capacidad de producir más bienes y servicios en menos tiempo; es decir, incrementa la productividad de la mano de obra. En relación con el caballo, el tractor mejora la producción quizás 20 veces, aumentando los ingresos en similar proporción.

Capital y trabajo no son factores opuestos o que estén en pugna permanente como denuncian los socialistas, sino que son factores que se complementan. El capital no es sino “trabajo almacenado” que surge del esfuerzo y del conocimiento humano sobre los recursos naturales. Por ejemplo, el capital invertido en una maquinaria aumenta la productividad del trabajador, lo cual hace posible los aumentos de salarios. El capital no desplaza al trabajador, sino que lo beneficia al darle mayor valor a su aporte.

En la medida que aumenta la tasa de capital, el salario tiende a incrementarse. Lo primero que suelen hacer los inversores es solicitar un crédito para comprar nuevas máquinas e instalaciones. La segunda inversión consiste en contratar el personal necesario para desarrollar sus negocios. La selección de estos empleados aumenta la demanda de trabajadores y tiende a incrementar los salarios medios vigentes en el país. Con cada nueva inversión, los salarios suben en todos los sectores.

En los países ricos y desarrollados, los salarios son mucho más elevados que en los países pobres y subdesarrollados. En estos últimos, los sueldos son más bajos debido a la falta de capital. Pero, a medida que la tasa tiende a subir, con la mayor acumulación de capital, el aumento del salario se limita solo por el incremento de la población y la oferta de trabajadores. Esto se evita incrementando la tasa de capital invertido más rápidamente que el crecimiento de la población.

Ni el gobierno ni los sindicatos pueden incrementar los salarios reales por encima de los valores establecidos por la tasa de capital. La única manera de aumentar los salarios y mejorar la calidad de la vida de la gente es tener más capital y poder disponer libremente del mismo en las decisiones empresariales. Para aumentar el empleo y los salarios es necesario aumentar las inversiones y el ahorro, y para aumentar las inversiones y el ahorro hay que eliminar la inflación, proteger los derechos de propiedad y garantizar la estabilidad política y jurídica.

El aumento del ahorro y las inversiones es un proceso largo y engorroso que a muchos países desarrollados les tomó más de 200 años. ¿En cuántos años lograrían nuestros países aumentar la inversión de capital por habitante a un nivel mínimo, capaz de incrementar radicalmente la productividad del trabajo, mejorar los salarios reales de la gente y sacar a nuestros pueblos del atraso y la miseria? La respuesta es sorprendente: en pocos años.

La explicación de ese milagro alcanzable está en la inversión extranjera. En la actualidad, los países no necesitan comenzar de cero a ahorrar, desarrollar tecnologías e invertir. Todo lo que precisan es crear las condiciones políticas y jurídicas de un mercado libre que incentive la llegada de capitales extranjeros. Los países que siguieron este camino hoy son desarrollados. Algunos lo lograron en 40 años y otros en poco más de una década. Varios países latinoamericanos avanzaban por ese camino, pero fueron desviados por el socialismo y el intervencionismo.
Fuente: AIPE

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de la agencia AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario.

http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_38152.html

julio 15, 2007

Paradoja de la pobreza


Por Porfirio Cristaldo Ayala


Una vez que los países comienzan a liberar y privatizar sus economías, aumentan las inversiones, se crean empleos, suben los ingresos de los trabajadores, se acelera el crecimiento y mejora el nivel de vida de la gente.
Los economistas definen la pobreza como un nivel de ingresos menor a dos dólares por día o menor a un dólar por día en el caso de la pobreza extrema. La realidad es mucho peor que eso; es tragedia, desgracia, sufrimiento e infortunio. La pobreza deshumaniza, corrompe la moral, mata. Pero lo peor, quizás, es que algunos siguen creyendo que la pobreza es como el cáncer, que la ciencia todavía no logró descubrir su remedio o que no tiene cura. Esta es la idea que alientan los gobiernos del Tercer Mundo.
Las personas se sorprenden cuando se les explica que la medicación para la pobreza se divulgó ya hace más de 230 años, cuando el filósofo moral Adam Smith publicó La investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. La medicación prescrita por el fundador de la economía política para impulsar el crecimiento y traer prosperidad es la libertad económica. La medicina milagrosa ha sido muy efectiva: todos los países que la aplicaron han logrado salir de la pobreza.
Adam Smith enseñó que si los gobiernos se abstienen de intervenir en la economía, permitiendo a las personas buscar libremente su propio interés, sus esfuerzos terminarían beneficiando a todos. En un mercado libre, en el que la intervención del gobierno es mínima, los productores compiten entre sí para ofrecer a los consumidores los bienes y servicios de mejor calidad y menor precio. Así, buscando su propia ganancia y obligados por la competencia, productores y empresarios acaban favoreciendo a la sociedad mejor que si esa hubiera sido su intención original.
La libertad económica incluye la libertad de trabajar, contratar, comprar y vender, importar y exportar sin trabas ni impuestos, disponer libremente y con seguridad de la propiedad privada, tener una moneda sana, pagar pocos y bajos tributos en relación a los servicios públicos ofrecidos, así como otros derechos que los gobiernos de países pobres restringen inútil y perniciosamente con regulaciones, leyes, protecciones, subsidios, altos impuestos, burocracia y corrupción, todo, supuestamente, para evitar el caos en la economía y defender a los sectores más débiles de la explotación de los más ricos.
El resultado de la intervención es exactamente el contrario a ese objetivo. Los países donde más intervienen los gobiernos y menor libertad económica tienen las personas, no solo son los más pobres, sino también los más injustos, corruptos y caóticos. No hay excepción. Los grandes beneficios de la política económica liberal son muy claros. Una vez que los países comienzan a liberar y privatizar sus economías, aumentan las inversiones, se crean empleos, suben los ingresos de los trabajadores, se acelera el crecimiento y mejora el nivel de vida de la gente. Millones de personas han salido de la miseria y el hambre en las últimas décadas en China e India, gracias a un mínimo aumento de la libertad de trabajar.
¿Es sólo por ignorancia o por error ideológico que los gobernantes no promueven la libertad económica para salir de la pobreza? No. Es peor que eso. La liberalización de la economía no se ha generalizado en el Tercer Mundo porque los dirigentes rechacen el capitalismo, sino debido a que afecta los intereses partidarios y personales de los políticos y los privilegios que los grupos de poder económico disfrutan desde hace siglos.
Las élites entienden que el estatismo solo trae estancamiento y miseria. Los ejemplos están a la vista. Pero se niegan a abandonar el estatismo que corrompe a la sociedad, debilita la democracia y mata la libertad económica y el progreso porque es fuente de votos y poder. El estatismo no solo preserva los mercados cautivos, franquicias, subsidios y protecciones de sectores privilegiados, sino que provee a los gobernantes desde contratos para empresarios amigos hasta cargos públicos para su clientela política, coimas para funcionarios, policías y jueces mal pagados y grandes fortunas depositadas en Suiza.
Detrás de la pobreza en el mundo se esconde la corrupción de políticos populistas que prometen el paraíso terrenal, pero solo proporcionan desventura, violencia y miseria. Solo la libertad trae prosperidad.


© AIPE

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de la agencia AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario

http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_35523.html

junio 26, 2007

El engaño del etanol


Por Porfirio Cristaldo Ayala


El etanol será una solución sólo cuando su producción sea rentable, sin subvenciones ni imposiciones estatales. Mientras tanto, será un peso muerto para el progreso.


El etanol es el nuevo evangelio estatista, la solución a todos los problemas políticos, económicos y ecológicos de la humanidad. Los presidentes George Bush y Lula da Silva decidieron a finales de marzo cooperar en el campo de los biocombustibles junto a la Unión Europea y Japón. El etanol impulsará el desarrollo de los países pobres, asegura Lula, mientras Bush celebra su aportación a la independencia energética. Se equivocan. Las promesas del alcohol como combustible son mentiras. El etanol no es el "elixir mágico", sino un combustible caro, antieconómico y nocivo para el medio ambiente, que consume más energía de la que produce y no permitirá a Estados Unidos alcanzar la independencia energética.
En la actualidad, entre el 45% y el 55% del costo del etanol en EEUU es cubierto por subsidios estatales. El coste de producción del alcohol de maíz es más del doble que el de la gasolina. La mezcla E10 (10% etanol y 90% gasolina) que exigen algunos estados, supuestamente por ser menos contaminante, es sustancialmente más cara que la gasolina no mezclada con etanol. Si se eliminaran los subsidios y las obligaciones legales de consumirlo en Estados Unidos y la UE, la producción de biocombustibles se derrumbaría.
En Brasil el costo del etanol es menor debido a que en su producción se utiliza caña de azúcar, con un rendimiento ocho veces mayor que el maíz. Pero a pesar de eso, y de sus 30 años de experiencia y tecnología, Brasil no produciría alcohol como combustible si no existieran subsidios y leyes que exigen un porcentaje mínimo de mezcla, sin tener en cuenta al coste final. Son los consumidores quienes lo pagan en el surtidor. Pero aún si su producción fuera rentable, el daño social no sería menor, pues crecería la superficie cultivada de caña de azúcar en perjuicio de otros cultivos y habría una deforestación masiva. El crecimiento de la agricultura para combustibles a expensas de la agricultura para alimentos aumenta el precio de los segundos.
Lo de la independencia energética resulta especialmente absurdo. En Estados Unidos no se podría reemplazar el consumo de gasolina por etanol aunque se emplearan todas las tierras del país para cultivar maíz destinado a producir alcohol. Se estima que, para el 2030, el etanol podría reemplazar, como mucho, un 6% del consumo de la gasolina. Pero aún si se pudiera reemplazar todo el consumo de petróleo con biocombustibles, la autosuficiencia no implica seguridad energética. Esta sólo se logra adquiriendo el combustible en los grandes mercados internacionales.
El etanol es ineficiente, tiene la mitad del poder calorífico del diesel y los vehículos consumen más etanol por kilómetro. Las subvenciones europeas y estadounidenses para promover su producción derrochan cantidades ingentes de dinero, como sucede con las otorgadas a los fabricantes de vehículos Flex Fuel, que en la práctica usan gasolina. Pero semejante derroche, que para los países ricos no es muy importante, a menudo se convierte en una tragedia para los países pobres.
El etanol no es un combustible "ecológico" ni "renovable". El etanol aumenta la contaminación del aire y menos de un 26% de su contenido energético es renovable. El resto de la energía necesaria para producir etanol debe suministrarse de otras fuentes. El etanol reduce la emisión de gases invernadero un 12% y la mezcla E10 en un 5%. Otros procesos obtienen la misma reducción a una décima parte del coste. El etanol resulta en extremo antieconómico como medio para controlar la emisión de gases de efecto invernadero.
La alianza Bush-Lula también es un engaño. Brasil desea exportar etanol a los mercados protegidos de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. Pero éstos no tienen intención de eliminar el proteccionismo en el etanol, incluyendo los créditos impositivos y los elevados aranceles. No les preocupa atropellar del libre comercio. Lo que pretende Bush es librar a los países de América Central y el Caribe del dominio de Chávez, que les subsidia el petróleo que consumen. Brasil proveerá la tecnología para la producción de etanol y Estados Unidos abrirá sus mercados al alcohol producido en estos países. ¿Qué beneficios obtendrá Brasil?
El etanol será una solución sólo cuando su producción sea rentable, sin subvenciones ni imposiciones estatales. Mientras tanto, será un peso muerto para el progreso.


Fuente: AIPE
Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de la agencia AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario.