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agosto 29, 2007

AMBIENTALISTAS MORTIFEROS

por Walter E. Williams

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.
Los ambientalistas, con la ayuda de políticos y funcionarios del gobierno, tienen planes que pueden costar la vida a miles de personas.
Luego del huracán Betsy, que azotó a Nueva Orleáns en 1965, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos (U. S. Army Corps of Engineers) propuso se construyeran compuertas en el lago Pontchartrain, similares a las que protegen ciudades de Holanda. Estas se iban a construir en 1977, pero las organizaciones Fondo de Defensa del Ambiente y Salvemos Nuestros Pantanos buscaron una orden judicial para impedirlo.
Según el reciente libro de John Berlau, “Eco-Freaks: Environmentalism Is Hazardous to Your Health” (Estrafalarios del medio ambiente: Ambientalismo es peligroso para su salud), el Fiscal Gerald Gallinghouse declaró en el tribunal que no construir esas compuertas podía causar la muerte de miles de personas en Nueva Orleáns. Pero el juez Charles Schwartz procedió a emitir el interdicto contra la obra, a pesar de las evidencias presentadas de que no se dañaría el ambiente.
Nos dicen que el DDT hace daño a la gente y a los animales. Berlau, investigador del Competitive Enterprise Institute, mantiene que ningún estudio ha comprobado que el DDT sea tóxico para la gente. En una larga investigación, voluntarios ingirieron 32 onzas de DDT durante año y medio y 16 años más tarde no han sufrido efectos adversos a la salud.
A pesar de que se ha comprobado que el DDT, apropiadamente utilizado, no hace daño a las personas ni a los animales, los ambientalistas extremistas siguen luchando para que se mantenga su prohibición. Eso ha costado la enfermedad y muerte por malaria a millones de personas, especialmente en Africa. Después de la Segunda Guerra, el DDT salvó millones y millones de vidas en la India, el sureste asiático y América del Sur. En algunos casos, las muertes por malaria llegaron casi a cero. Desde la prohibición de DDT, se han disparado las muertes por malaria y los enfermos.
Los ambientalistas extremistas ven al DDT de manera diferente. Alexander King, co-fundador del Club de Roma, dijo: “En Guyana, en casi dos años, se había casi eliminado la malaria, pero al mismo tiempo se doblaron los nacimientos. Por lo tanto, mi mayor preocupación con el DDT, en retrospectiva, es que ha aumentado mucho el problema poblacional”. Jeff Hoffman, abogado ambientalista, escribió en grist.org: “la malaria era un control natural de la población y el DDT causó una explosión de la población en algunas partes donde acabó con la malaria. Y una pregunta más fundamental, ¿por qué los seres humanos deben tener prioridad sobre otras formas de vida?... No veo ningún respeto por los mosquitos…”
El libro de Berlau cita muchos otros ejemplos de desprecio por la vida humana de parte de los ambientalistas y explica cómo ellos utilizan a políticos como idiotas manipulables.
En 2001, miles de personas perecieron en el ataque terrorista al World Trade Center. A comienzos de los años 70, cuando se construía el World Trade Center, comenzaba el miedo al asbesto. Los constructores planeaban rociar asbesto, que se adhiere al acero, para retardar el fuego. Pero las autoridades de Nueva York cedieron ante los ambientalistas y prohibieron su uso. Un sustituto menos efectivo contra los incendios fue entonces aplicado.
Después del ataque terrorista, el Instituto Nacional de Normas y Tecnología (NIST) confirmó las preocupaciones de otros expertos sobre los sustitutos del asbesto, concluyendo que “aún con el impacto de un avión y la gasolina prendiendo fuegos a varios pisos, lo cual no suele ocurrir en los incendios de edificios, el edificio probablemente no se hubiera derrumbado si no hubiera sido por el revestimiento contra incendios”.
Por las restricciones contra el asbesto, nuestros buques de guerra son más vulnerables, lo cual es una invitación al desastre y la desgracia de la nave espacial Columbia fue el resultado de la insistencia de la EPA en que la NASA no utilizara freón en el material aislante.
El Congreso impone normas de consumo de gasolina a los automóviles, lo cual resulta en vehículos más livianos y más peligrosos. En 2002, la Academia Nacional de Ciencias estimó que tales normas causan 2 mil muertes al año. En 1999, el diario USA Today determinó que desde que esas normas fueron establecidas en los años 70, 46 mil personas murieron en choques que hubieran sobrevivido en vehículos más pesados.
Nada de esto es noticia para los políticos. Es que los extremistas del medio ambiente gozan del oído de los políticos, pero no las víctimas.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
Publico en El Cato Institute www.elcato.org

mayo 14, 2007

La fábula del calentamiento global


Por Walter Williams


Fairfax, Virginia (AIPE)- La mayoría de los climatólogos coinciden en que la temperatura de la Tierra ha aumentado en alrededor de un grado durante el último siglo. El debate se centra en qué parte de ese aumento se debe a la actividad humana.Recientemente, el Canal 4 de la televisión británica produjo el documental “El gran engaño del calentamiento global”, destruyendo la mayoría de los alegatos del movimiento ambientalista. Los científicos entrevistados incluyeron a los más destacados climatólogos de MIT y otras prestigiosas universidades alrededor del mundo.
El documental muestra muchas realidades científicas que chocan de frente con la propaganda ambientalista: las emisiones de dióxido de carbono provocadas por la gente son alrededor del 5 por ciento del total y el resto proviene de causas naturales como volcanes y la muerte de animales y plantas. Cada año, los volcanes producen más dióxido de carbono que todas las actividades humanas. La mayoría de los gases invernaderos son causados por los océanos y la conclusión es que el clamoreo de los ambientalistas es pura verborrea.
A lo largo de miles de millones de años ha habido infinidad de períodos de calentamiento y de enfriamiento. De hecho, en el siglo X, cuando no existían ni automóviles ni aviones, el clima era considerablemente más caliente que ahora. El mayor calentamiento del siglo pasado ocurrió antes de 1940, mientras que a lo largo de varias décadas después de la Segunda Guerra, durante la masiva industrialización del mundo, ocurrió un enfriamiento de la Tierra.
Lo que presenta un peligro mucho mayor para la humanidad es el empeño de los ambientalistas en reprimir cualquier opinión diferente a la de ellos. Según el reportaje publicado el 11 de marzo por el periódico Sunday Telegraph de Londres, Timothy Ball, ex profesor de climatología de la Universidad de Winnipeg en Canadá, ha recibido cinco amenazas de muerte desde que cuestiona que los humanos afecten los cambios climatológicos. Richard Lindzen, profesor de ciencias de la atmósfera de MIT, mantiene que “los científicos que no están de acuerdo con el alarmismo pierden apoyo económico, se desprecia su trabajo y son acusados de ser secuaces de los industriales”. Nigel Calder, anterior director de New Scientist, dice que “los gobiernos tratan de lograr unanimidad, reprimiendo a científicos que discrepan. Einstein no hubiera logrado ningún apoyo financiero bajo el actual sistema”.
Tratar de reprimir opiniones diferentes no es algo nuevo. Por no creer que la Tierra es el centro del universo, Galileo fue llevado ante un tribunal en 1633. Amenazado con torturas, se retractó y se le prohibió salir de su casa durante el resto de su vida.
Los nuevos inquisidores son gente como la Dra. Heidi Cullen del Weather Channel, quien insiste que la Sociedad Americana de Meteorología desapruebe a cualquier meteorólogo de la televisión que ponga en duda el calentamiento global causado por la gente. Por su parte, el columnista Dave Roberts exige un juicio tipo Nuremberg para los “bastardos” que causan el calentamiento global.
___* Profesor de economía de la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.
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