abril 05, 2007

El Contrato de Yellow Dog: ¡Volvámoslo a instaurar!



08/09/2005
Por Walter Block

El contrato Yelow Dog es un tipo de contrato muy honorable. Dice que una de las condiciones para poder trabajar es que el trabajador renuncie a unirse a un sindicato. El contrato no es diferente, en principio, a que usted vaya a una fiesta en casa de una persona y el dueño de ésta le diga que ha de venir con un sombrero estrafalario, o que, no se alíe con una persona en concreto, un enemigo del propietario por ejemplo. Tanto en el caso de la empresa, como en el caso de la invitación, lo único que se “exige” es el derecho a la asociación. En efecto, se le dice “si quieres asociarte conmigo, has de hacer esto de esta forma”. Usted es perfectamente libre de negarse, pero entonces, la otra parte no se asociará con usted. Es decir, no le permitirá entrar en su casa, o no le dará empleo.
Pero, ¿se imagina que usted necesite un trabajo? ¿No sería “injusto” que el empresario no le constratase a menos que se rinda ante él en detrimento de sus derechos a la asociación para conseguir mejoras salariales y mejores condiciones de trabajo? No, esta situación no es más ilícita que si usted necesita ir a una fiesta, y odiando llevar un sombrero estrafalario, el anfitrión le insiste en que se lo ponga; o le exija no unirse con sus enemigos. Después de todo, es su casa.
Todos nosotros declaramos nuestro libre derecho de asociación a través de estas implícitas “amenazas”. Una esposa dice a su marido: “Si te dedicas a jugar con nuestro dinero, te dejo”. El marido le dice a la esposa: “si te dedicas a irte con otros hombres, me divorcio de ti”. El cliente le dice al vendedor, “si me das un producto de mala calidad, nunca más me vas a ver aquí”. El propietario de un restaurante le dice a los comensales: “si son incapaces de portarse bien, ya se pueden ir de aquí”.
La libre asociación es un elemento muy importante de la libertad. Si no tenemos el derecho a asociarnos con aquellos que nosotros (de forma mutua) elegimos, somos de hecho, y hasta cierto punto, esclavos. Lo único incorrecto de la esclavitud era que el esclavo no podía abandonar a su amo. El esclavo estaba forzado a “asociarse” con el dueño contra su voluntad.
El mismo principio mantiene el contrato Yellow Dog. Cuando se prohíbe, el empresario está obligado a asociarse con un sindicalista en potencia. Al forzar al empresario a que se asocie contra su voluntad estamos coaccionando a un hombre inocente. En esta situación se está violando el derecho a la libre asociación voluntaria.
El argumento para prohibirle la libertad al empresario es que, sin sindicatos, los salarios caerían en picado a algún nivel ínfimo determinado por la “generosidad” del mismo. Pero eso es totalmente falso. Los salarios, más bien, se determinan en base a la productividad (marginal del trabajo); y éste, a la vez proviene de la dura y exitosa labor que seamos capaces de hacer, y también, de la cantidad de cooperación y calidad del capital de equipamiento del que disponemos. Hasta que llegaron los sindicatos, a principios del S. XX, los salarios subieron significativamente en la industria (banca, seguros, niñeras, cortadores de césped) y en los países (Hong Kong, Singapur, Taiwán) donde la presencia sindical no existía. Los sindicatos llegaron a su cumbre hace unas décadas, y ahora hay un bajo porcentaje de sindicalistas en el sector privado. Durante esta marcada caída en el porcentaje de trabajadores “protegidos” por las organizaciones laborales, los salarios en Estados Unidos se han disparado.
Las organizaciones laborales son como la solitaria de la económica, infestan las empresas y se las van comiendo. No es por accidente que el conocido como “rust belt”[1], zona con más sindicatos de toda la nación, sea la región donde más empresas cierran del país cuando los sindicatos se disponen a chupar la sangre al empresario. No es ningún misterio que en el sur, la zona con menos sindicatos de todo el país, sea una de las áreas con mayor crecimiento. Las parasíticas organizaciones laborales en la cuenca minera también fueron responsables de la devastación económica del oeste de Virginia.
¿Son ilegítimos los sindicatos per se? No. Si todo a lo que se ciñesen fuese a abandonar masivamente al empresario si éste no cumple con las exigencias, los sindicatos no tendrían que ser prohibidos por ley. Pero de hecho, ni uno solo se comporta de esta forma. Lo que hacen es amenazar a las personas y a su propiedad, y no sólo del propietario sino también de los trabajadores, los llamados “esquiroles”, que intentan hacer crecer los salarios y condiciones laborales a banda del sindicato. Los sindicatos también favorecen las leyes laborales que obligan al empresario a llegar a acuerdos con ellos, cuando en realidad, lo que quiere el empresario es ignorar a esos trabajadores y contratar a los “esquiroles”.
El contrato Yellow Dog, además de salvaguardar los derechos de libre asociación de los empresarios y trabajadores, también sirve como remedio a los desórdenes económicos y violentos de los sindicatos contra la gente y contra su propiedad. Así pues: ¡larga vida al contrato Yellow Dog, volvámoslo a instaurar!
Traducido por Jorge Valín
[*] Artículo publicado el 5 de septiembre de 2005 con el título "The Yellow Dog Contract: Bring It Back!" en LewRockwell.com.
[**] Walter Block es Doctor en economía por la Columbia University. Actualmente es profesor de economía en la Loyola University. Es autor, editor, y co–editor de varios libros como: “Defending the Undefendable”, “Lexicon of Economic Thought”, “Economic Freedom of the World 1975-1995”; “Rent Control: Myths and Realities”; entre otros.
El Dr. Block ha escrito más de 500 artículos para boletines especializados, revistas y periódicos, como: “The Review of Austrian Economics”, el “Journal of Libertarian Studies”, “The Journal of Labor Economics”, “Cultural Dynamics, and the Quarterly Journal of Austrian Economics”. Escribe regularmente en
LewRockwell.com y en el Mises Institute.

Progres, váyanse a Cuba



21/03/2007
Por Antonio L. Golmar


Las listas de distribución de correo son una de las mejores formas de estar al día y saber lo que se cuece en ciertos ámbitos. Una de mis favoritas es la Sexualities del Latin American Studies Association, gestionada por Adan Griego de la californiana universidad de Stanford. Lo malo de las listas es que junto a la información valiosa uno también recibe las mayores barbaridades. La libertad de expresión no es gratis, y yo estoy dispuesto a pagar su precio, aunque también puedo protestar cuando me plazca.

El pasado siete de marzo recibí un texto vía ese grupo cuyo titular anunciaba: "En lo que respecta a los derechos gays, ¿está Cuba por delante de los EE.UU?". La pieza provenía del USA Today y estaba firmada por DeWayne Wickham.

El artículo señalaba el gran movimiento que el "rígido" (sic) Gobierno de Fidel Castro estaba protagonizando a favor de los derechos de los homosexuales. Entre otros grandes hitos, el autor señala la producción y "visionado" de la película Fresa y Chocolate, el declive en la persecución de gays, la aparición de un personaje homosexual en un culebrón y el proyecto gubernamental de "dar a las parejas de personas del mismo sexo algún tipo de estatus".

Además, según afirma Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, "tenemos que redefinir el concepto de matrimonio" pues "el socialismo debe ser una sociedad en la que nadie sea excluido". El autor considera irónico que un Gobierno "llamado totalitario" expanda los derechos de los homosexuales mientras que a su juicio en los Estados Unidos se está produciendo justo lo contrario.

Una de las causas de este cambio reside en el papel desempeñado por Mariela Castro, sobrina del dictador –lo de dictador es mío, no de Wickham– y presidenta del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba. Otro factor es la estrategia cubana de defenderse de los "intentos norteamericanos por derrocar el gobierno comunista y reemplazarlo por una democracia al estilo de la de los EE.UU."

El artículo finaliza con las conocidas fórmulas de apoyo al régimen castrista: "El tira y afloja de 50 años de Cuba con los EE.UU es una lucha ideológica. Es una competición entre los ideales socialistas de este país y los esfuerzos norteamericanos por imponer su voluntad en esta isla nación (...) su resultado dependerá de la guerra de trincheras en la que Cuba lucha por los corazones y las mentes de su pueblo, tanto de los heteros como de los gays."

Uno puede ser comunista, castrista o lo que le guste. Algunos incluso afirman continuamente que en Cuba se vive mejor que aquí, aunque nadie se atreve a dar el paso de la emigración al paraíso socialista. No voy a decir nada que no se sepa sobre el inmenso océano de hipocresía que inunda el llamando "pensamiento progresista" en Occidente. Pero usar la represión y el intento fallido de genocidio –uso la definición actual del término, que incluye tanto a grupos políticos como a homosexuales– que los gays cubanos han sufrido bajo el régimen comunista cubano, a fin de redactar una pieza de propaganda y de paso presentar al presidente Bush como una amenaza para los derechos humanos rebasa con creces los límites no sólo de la profesionalidad, sino también de la moral.

Artículos como el reseñado son un insulto para las decenas de miles de gays y lesbianas cubanos asesinados, torturados y encarcelados desde que Castro, su amigo Che Guevara, sangriento representante de la homofobia más cerril, y los otros decidieron que los homosexuales éramos una excrecencia de la sociedad burguesa, y por tanto deberíamos desaparecer. Y si no lo hacíamos por propia voluntad, ya se encargarían ellos de echar una mano a la madre naturaleza, que al final ha dado la razón a quien la tenía. Lo mismo sostuvieron muchos marxistas sobre el judaísmo, aunque por fortuna hoy en día son pocos los socialistas que se atreven a defender estas ideas. No obstante, el precio en vidas que ha costado sacarlos de su delirio ha sido bien alto.

Celebro que el Gobierno de Cuba haya decidido que ya no hace falta ir cazando y matando homosexuales, aunque todo dependa del capricho de la sobrinita del dictador. No quiero ni pensar lo que ocurriría si mañana la señora se enemistara con un gay o, por ejemplo, discutiese con alguno sobre la elección de restaurante donde tomar el brunch dominical; ¿hay de eso en Cuba más allá de los hoteles para extranjeros y las mansiones de los dirigentes comunistas? Vamos, que a la mínima la situación puede volver a empeorar.

Hay que ser muy miope o poseer mucha mala fe para alabar a un régimen político en el que los principios rectores de la política se reducen a los antojos de la familia dirigente y a su proyecto de perpetuación en el poder sine die. No me gusta que Bush haya intentado reformar la constitución de su país para evitar el matrimonio gay, aunque a Wickham se le olvida mencionar que el presidente sí se muestra partidario de legislar para que las parejas gays no sean discriminadas en asuntos fiscales, de herencia y demás. Y en todo caso, digan lo que digan él y sus partidarios, son el pueblo libre y los tribunales de justicia los que en último caso decidirán, no el humor con que se levante alguna sobrinísima.

Entre un Bush o un miembro de Hazteoir.org y un comunista cubano –o un islamista de esos que le encantan a ZP, Zerolo y Moratinos– yo lo tengo muy claro. ¿Quién de ellos me considera una persona y por tanto ser racional y valioso en mí mismo? ¿Quién de ellos considera que poseo unos derechos y libertades inviolables que no pueden ser cercenados sin causa justa y razonada? ¿Quién de ellos se atendría a negociar conmigo? ¿En quién debo confiar en caso de llegar a un acuerdo?

Exhortar a los gays cubanos a decirle a Mariela Castro "Señora, quédese usted con sus derechos" sería apelar a un heroísmo rozando lo temerario. De todas formas, lo que sí les digo a tod@s l@s "mari progres" hispan@s y foráne@s es que su apoyo al totalitarismo no tiene ninguna gracia. Como mínimo, resulta trágico. Como máximo, es un viaje hacia el suicidio en el que espero no encuentren muchos compañeros de viaje. Se puede ser marica –y a mucha honra– pero no imbécil.
Autor: Antonio L Golmar.
Fuente: www.juandemariana.com

abril 03, 2007

Argentina: ¿república o republiqueta?

A pesar de que el presidente argentino afirme que nuestro país no se rige con las reglas de una republiqueta, un examen detenido de nuestro sistema político hace surgir algunas dudas.

La semana pasada, el presidente Néstor Kirchner sostuvo, ante la visita de funcionarios del gobierno norteamericano, que la Argentina no era una republiqueta. Esta afirmación venía a cuento porque, según Kirchner, la Argentina no iba a dejarse presionar por el gobierno norteamericano para que un fondo de inversión comprara la empresa Transener. No es el objeto de esta de nota discutir si está bien o mal frenar la venta de Transener a Eaton Park. Lo que me interesa analizar es la expresión de Kirchner. ¿Somos o no una republiqueta? O, para ser más preciso, ¿somos o no una república? Antes de empezar a escribir esta nota, busqué el significado de republiqueta en el diccionario de la Real Academia Española y en otros diccionarios online, pero no encontré una definición para esta palabra (si algún lector ha logrado encontrar una definición de republiqueta, le ruego me lo haga saber). De todas maneras, podemos asimilar la palabra republiqueta a un pequeño país gobernado por algún déspota ignorante, que se maneja en base a los impulsos de sus caprichos. Una republiqueta sería un país que hace una parodia de la república, es decir, hace como que tiene un gobierno limitado, con división de poderes que se controlan entre sí. Hace como que tiene un gobierno que publica sus actos en forma transparente y sin distorsionar la información. En una republiqueta no existen los valores que imperan en una república. En este punto es importante distinguir entre democracia y república. La democracia es un mecanismo pacífico para cambiar los administradores de un país. Es lo que, en principio, le da legitimidad a la forma en la que el administrador llega al poder. La república es la forma de gobierno que adopta ese país, limitando, insisto, el poder del Estado para que éste no viole los derechos individuales. Un país en el que se respetan los derechos de propiedad, la libertad de expresión no tiene restricciones de ninguna clase, la información de los actos de gobierno tiene transparencia y es seria, los gobernantes no se colocan por encima del orden jurídico, sino que se subordinan a las leyes existentes y no tratan de manipularlas en beneficio propio. Una democracia sin república inevitablemente deriva en un sistema autoritario de gobierno, porque siempre van a existir los enemigos de la libertad que van a aprovechar sus beneficios para destruirla. Los enemigos de la libertad usan sus reglas para llegar al poder y controlar el monopolio de la fuerza para destruir los derechos individuales una vez que tienen ese monopolio. El gran desafío de los pueblos es lograr defenderse de los enemigos de la libertad sin que, para defenderla, se deba recurrir a métodos que la anulan. Los enemigos de la libertad también pueden intentar establecer un sistema autocrático mediante el uso de las armas y el terror, asesinando, secuestrando y robando. Si son derrotados en ese campo, a veces cambian su estrategia y optan por aprovecharse de los beneficios de la libertad para llegar al poder, como queda dicho en los párrafos anteriores. Es decir, cambian el uso de la fuerza y simulan querer incorporarse a los beneficios de una democracia republicana. Para que en un país exista libertad en el más amplio sentido de la palabra y su pueblo pueda progresar disfrutando de una buena calidad de vida, es necesario que se junten la democracia con la república. Si a la democracia se la priva del contenido republicano queda perfectamente pavimentado el camino hacia la dictadura, la arbitrariedad en los actos de gobierno, la ausencia de una justicia independiente, la carencia de transparencia en los actos de gobierno, la manipulación de la información, la falta de otros poderes que controlen y limiten al Ejecutivo y la restricción a la libertad de palabra, de educación y de ejercer toda industria lícita. En definitiva, en una democracia sin república lo que tenemos es una republiqueta con un gobierno autocrático que puede violar los derechos individuales en diferentes grados, dependiendo de la paciencia que tenga la población frente al atropello de sus gobernantes y del grado de represión que los autócratas ejerzan sobre la población. En una republiqueta, la ley está concentrada en el autócrata. Él puede decidir qué es legal y qué es ilegal de acuerdo a su conveniencia. Es más, al disponer de tal grado de arbitrariedad, puede llegar a decidir que las leyes tienen carácter retroactivo. Por ejemplo, alguien que actuó dentro del marco de la ley escrita puede ser sancionado por el gobierno autocrático de la republiqueta gracias a que en ese tipo de Estado las leyes pueden tener carácter retroactivo o incluso hasta pueden anularse, instrumento jurídico que no existe en las repúblicas, dado que en éstas las leyes se sancionan o se derogan, pero jamás se anulan. En una republiqueta, los que controlan el poder pueden disponer de los fondos públicos sin rendir cuentas. Y pueden girarlos al exterior sin informar a los ciudadanos qué hicieron con sus dineros. Los gobernantes de una republiqueta suelen viajar al exterior con fondos públicos para realizar giras sin ninguna utilidad para los ciudadanos y se hospedan, con sus comitivas, en los hoteles más caros, todo financiado por el súbdito contribuyente que debe pagar sus impuestos sin chistar. Porque en una republiqueta no hay ciudadanos, hay súbditos. Mientras estos viven como pueden, los gobernantes disfrutan de todas las comodidades y suelen obtener grandes fortunas aprovechándose del monopolio de la fuerza y la arbitrariedad que dicho monopolio les otorga. En una republiqueta, los gobernantes cobran impuestos y no se manejan en base a un presupuesto votado por el Parlamento, sino que disponen de amplios poderes para asignar la plata de los contribuyentes de acuerdo a sus conveniencias políticas. En una republiqueta, son escasos los verdaderos empresarios. Por el contrario, abundan los oportunistas que se acercan al autócrata para obtener beneficios derivados de las arbitrariedades del gobernante. En una republiqueta, los funcionarios aduladores del autócrata pueden amenazar a la gente que produce para que venda sus productos a los precios que el burócrata dispone. Ese funcionario utiliza el monopolio de la fuerza para violar el derecho de propiedad en beneficio político del autócrata. En una republiqueta, el autócrata grita, amenaza e inventa enemigos públicos internos y externos, todo para disimular su incapacidad para gobernar eficientemente y justificar sus arbitrariedades y la acumulación de poder. En definitiva, una república no se construye declamándola, sino con actos de gobierno que se ajusten a las reglas de un sistema republicano. En una república, los gobernantes adoptan políticas públicas de largo plazo en beneficio de los habitantes. En una republiqueta, las políticas públicas sólo tienen por objetivo concentrar cada vez más poder en el gobernante de turno. En base a todo lo dicho, le dejo al lector la libertad de opinar si la Argentina es una república con mayúsculas o tiene las reglas de una republiqueta. ©
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abril 02, 2007

¿Para que sirven las instituciones?



Publicada 02/04/2007
Al inicio de la semana / Roberto Cachanosky



¿Para qué sirven las instituciones?


Las instituciones son las reglas de juego que garantizan que los ciudadanos no estén indefensos frente al monopolio de la fuerza que le fue conferido al Estado. Cuando esas reglas no son respetadas, la sociedad se convierte en rehén de los gobernantes.
En los últimos tiempos políticos, periodistas y profesionales de distintas extracciones vienen hablando del respeto a las instituciones. En buena hora que el tema institucional comience a dejar el círculo de los intelectuales y se transforme en un tema de amplia difusión. Sin embargo, me parece que todavía la gente no termina de relacionar tan estrechamente el tema institucional con su vida diaria. Es como si la población no especializada en el tema dijera: “Me parece bien el tema institucional, pero, a mí, ¿en qué me afecta?”. Podríamos decir que es altamente probable que a la mayor parte de la población el tema institucional le suene a un tema de los políticos y de los periodistas, sin ninguna implicancia práctica. El objetivo de esta nota es tratar de dar algunos ejemplos sobre cómo el tema institucional puede afectar la vida de cada persona, la intención es bajar a tierra un concepto que parece demasiado teórico para el común de la gente. En primer lugar, es bueno recordar que por instituciones queremos decir reglas de juego que imperan en un país. Esas reglas de juego implican que, en los países desarrollados y que respetan las libertades civiles, el Estado está limitado en el uso del monopolio de la fuerza que le fue conferido por los ciudadanos. Para evitar que, justamente, ese monopolio de la fuerza sea utilizado en contra de los ciudadanos es que existe la división de poderes. El Legislativo controla al Ejecutivo. La Justicia controla al Legislativo determinando si una ley es constitucional o no. Es más, la Justicia es el último bastión que tiene el ciudadano para defenderse de los abusos del Ejecutivo o de las leyes arbitrarias que pueda sancionar el Legislativo. La independencia de la Justicia es el reaseguro que tienen los habitantes de un país de no caer en un sistema autocrático. Una Justicia subordinada al Poder Ejecutivo es una autopista hacia el autoritarismo y la destrucción de la libertad. Por eso, el acoso y los mensajes casi mafiosos que el kirchnerismo le envió a la Justicia resultan altamente preocupantes, porque son el paso previo al establecimiento de una dictadura en la que o los jueces fallan cuándo y cómo el Ejecutivo desea, o son perseguidos bajo un simulacro de institucionalidad. Ahora bien, un gobierno sin límites porque la Justicia está neutralizada por presiones mafiosas y el Congreso que se limita a ponerle el sello y a firmar todo lo que manda el Ejecutivo es un gobierno que puede hacer lo que quiere. Es un gobierno que no está sujeto a un orden jurídico preexistente y utiliza como papel higiénico la constitución y la república como forma de organización política. En definitiva, el mensaje a la población es el siguiente: “Acá mando yo y hago lo que quiero porque ustedes están desarmados y el monopolio de la fuerza lo tengo yo”. Es decir, es un gobierno que tiene el mismo comportamiento que un delincuente común que toma rehenes y, a punta de pistola, los obliga a subordinarse a sus caprichos. El primer mensaje que le daría a la población es que vivir sin instituciones es como ser rehén de un delincuente. Uno está a merced de sus locuras. ¿Cómo puede humillarnos y robarnos un gobierno no sujeto a la ley? ¿Cómo pueden humillarnos y robarnos los gobernantes de un país sin instituciones? Basta con revisar los últimos 30 años de historia económica argentina para advertir los fenomenales cambios patrimoniales y las brutales transferencias compulsivas de ingresos que se han hecho. El famoso “Rodrigazo” de 1975 no sólo generó una brutal caída del ingreso real como consecuencia de los dislates hechos durante la famosa “inflación cero” de José Ber Gelbard, sino que, además, constituyó la primera gran licuación de pasivos. Una transferencia patrimonial gigantesca gracias a la arbitrariedad con que pudo manejarse el Ejecutivo. En efecto, quienes habían dado créditos comerciales en pesos se encontraron con monedas cuando los cobraron. Los pesos que recibían no tenían capacidad de compra. Habían perdido su patrimonio. Otro desastre fue el final de la “tablita cambiaria”, la devaluación, la 1.050 y la posterior licuación de pasivos. De nuevo, el Estado declaró arbitrariamente a ganadores y perdedores gracias a la ausencia de instituciones. La hiperinflación que desató la política económica de Raúl Alfonsín también estuvo basada en la ausencia de instituciones. El Banco Central, apéndice del poder político, emitía moneda en cantidades industriales, lo que destruía el poder de compra del salario y producía una fenomenal transferencia de ingresos de los sectores de menores salarios hacia los sectores que habían tomado la precaución de cubrirse ante el desastre que se venía. El impuesto inflacionario se transformó en confiscatorio y uno veía a los pobres jubilados yendo a las casas de cambio para comprar dólares y defender sus pobres ingresos de la confiscación inflacionaria. Veamos otro caso, el de los jubilados. Gracias a la ausencia de instituciones y de un gobierno limitado, el Estado primero se apropió de los ingresos de los trabajadores prometiéndoles que en el futuro iban a tener una jubilación digna. El Estado le dijo a la gente: “Dame tu plata porque sos un idota y no sabés cómo ahorrar para tu futuro”. El resultado es que, hoy en día, nuestros jubilados viven de mendrugos porque el Estado pudo hacer lo que le vino en gana con los aportes y contribuciones al sistema provisional. Las leyes demagógicas pudieron destruir el futuro de nuestros jubilados porque no hubo una Justicia que declarara inconstitucional el robo legalizado establecido por el Estado sobre los ingresos de la gente. La miseria en que viven los jubilados es consecuencia directa de la ausencia de instituciones y de un gobierno limitado. No hubo justicia que frenara la demagogia del Ejecutivo y del Legislativo. Otro ejemplo. En 2001, el Congreso de la Nación sancionó una ley de intangibilidad de los depósitos. Una ley que era innecesaria dado que la Constitución garantiza el derecho de propiedad. La ausencia de instituciones hizo que, primero, el gobierno restringiera fuertemente el derecho de propiedad estableciendo el corralito. Luego, el mismo Congreso, pasándole por encima a las instituciones, pesificó los depósitos y generó otra gigantesca transferencia patrimonial. Quienes tenían ahorros de toda su vida vieron cómo se esfumaban por ausencia de institucionalidad. Los gobernantes, actuando como monarcas absolutistas, decidieron dejar en la miseria a la gente para beneficio propio y de unos pocos. Nuevamente, la Justicia brilló por su ausencia. Las instituciones no existieron. Lo mismo ocurrió con la deuda. Un presidente interino decidió no pagarla. Aplaudido de pie por el mismo Congreso que había autorizado el incremento de la deuda para cubrir el gasto público, los idiotas útiles creyeron que la medida de Adolfo Rodríguez Saá significaba pulverizar al Fondo Monetario Internacional (FMI). Nada que ver. Al FMI le pagó por anticipado toda la deuda el progresista Néstor Kirchner, mientras que los argentinos que tenían sus ahorros en las AFJP, que habían invertido en bonos del Estado nacional, se vieron estafados y van a cobrar a los premios. Esta falta de institucionalidad hizo que millones de argentinos perdieran todos sus ahorros, mientras el FMI festejaba con champaña haberle cobrado hasta el último centavo a la imprevisible Argentina. ¡Se la había sacado de encima! En definitiva, a la pregunta de cómo afecta directamente a la gente la ausencia de instituciones, la respuesta es: si un país no tiene un Estado limitado e instituciones sólidas y previsibles, a usted el Estado lo deja en la miseria el día que se jubile. Le roban los ahorros de toda su vida mediante un simple decreto de necesidad y urgencia. De un día para otro, usted puede llegar a comprar la mitad de los bienes que compraba con su salario y su capital de trabajo puede desaparecer por la inflación. Sin instituciones, la gente no tiene defensa frente a un Estado depredador. Sin instituciones, usted está a merced del delincuente que le apunta con la pistola en la cabeza exigiéndole que le entregue toda la plata y, encima, le pega para amedrentarlo. ¿Le daría usted un revólver a un delincuente para que lo robe, lo golpee y viole a sus hijas y a su cónyuge? Si la respuesta es no, entonces, empiece a preocuparse por las instituciones, porque el Estado va a actuar de la misma forma que el delincuente. © http://www.economiaparatodos.com.ar/
Autor: Roberto Cachanosky

Jacques Delors orgulloso de promover el robo y la miseria - por Jorge Valin

"La propuesta de Delors y sus camaradas no es más que la misma receta socialista de siempre, cuyas consecuencias no suponen para Francia ningún milagro salvador. Al contrario, los altos impuestos son una parte importante de sus problemas".

Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, ha iniciado junto un grupo de personas variopintas y la revista Alternatives Economiques un manifiesto para que los políticos no bajen los impuestos.

Para Delors y amigos una reducción de los impuestos significa una destrucción del bienestar de los franceses. Para el ex presidente de la Comisión, el hombre medio, las empresas, las amas de casa, los inmigrantes, los autónomos o cualquiera que respire –a excepción de él mismo– es demasiado estúpido como para manejar sus finanzas personales. Como consecuencia, la producción privada ha de ser incautada por el Estado mediante la amenaza de la fuerza para gestionar la vida este paleto francés medio. Típica mentalidad del socialista medio: falso paternalismo y uso de la fuerza, canalizada en este caso a través de la confiscación de las rentas individuales.

Imagínese que el Estado le incauta el 100% de todas sus entradas dinerarias. ¿Qué motivación van a tener las empresas o usted mismo en producir algo? Ninguna. Sólo una minoría trabaja por amor al arte; la "gente normal" trabaja para ganar dinero y vivir mejor, comprarse un coche más seguro y rápido, una casa más grande, tener mejores vacaciones o pagar una buena educación privada para sus hijos. ¿Y si la gente no tiene incentivo para trabajar ni producir, quién toma el mando de la economía? El Estado. Las consecuencias de semejante modelo económico ya lo vimos con la URSS: miseria, corrupción, carestías y un modelo de mercado subdesarrollo. Francia aún no ha llegado a este grado de "bienestar socialista", pero va por buen camino. Según la OCDE, la presión fiscal en Francia ronda el 45% del PIB. Un francés medio trabaja más de cinco meses al año para el Estado. Evidentemente, la mayor parte de este dinero incautado al ciudadano no lo podrá recuperar a lo largo de su vida. Los amigos de Delors lo usan para subvencionar el cine, enviar dinero y soldados a cualquier país, mantener lobbies o una élite burocrática que no sirve de nada, etcétera.

¿Qué consecuencias produce este tipo de política? Un desempleo juvenil del 23% o 360 nuevos exiliados fiscales cada año, por ejemplo. Su lugar de destino, cualquiera: Bélgica, Gran Bretaña, Italia y especialmente, como se puede uno imaginar, Suiza. El Ministerio de Economía francés, con estos datos, ha calculado que se han perdido como poco 10.000 millones de euros entre 1997 y 2002.

Los impuestos reducen la producción, encarecen los costes, hacen las empresas menos competitivas, aumentan el desempleo, generan mayor economía sumergida y lo peor de todo, nos arrebatan el dinero que hemos ganado con nuestro esfuerzo sin que nosotros lo queramos ni pidamos. No sólo eso, si decidimos no ceder a la extorsión el bondadoso Estado, éste nos enviará amenazas por carta diciéndonos que paguemos, asaltará nuestras cuentas y, si allí no encuentra lo que busca, enviará a la Policía a nuestra casa. Y no vendrán a felicitarnos las pascuas. Menudo modelo social el de Delors.

Lo que no es bueno para el individuo tampoco lo es para la sociedad, porque ésta es la suma de individuos. Ni más, ni menos. El bienestar o la felicidad no son variables cuantificables ni exactas que puedan ser sumadas ni restadas, son únicamente estados personales e intransferibles. La propuesta de Delors y sus camaradas no es más que la misma receta socialista de siempre, cuyas consecuencias no suponen para Francia ningún milagro salvador. Al contrario, los altos impuestos son una parte importante de sus problemas.

Autor: Jorge Valin
Fuentes: http://www.jorgevalin.com/
http://www.libertaddigital.com/

La gestión del Estado por Jorge Valin




“…no quiero prohibir al gobierno que haga nada, excepto impedir que los demás hagan algo que podrían hacer mejor que él”.

Friedrich A. Hayek
“La desnacionalización del dinero”



…Y por eso mismo, el estado ha de ser desmantelado. Cuando se trata de satisfacer las necesidades humanas mediante la producción en una sociedad donde predomina la división del trabajo, el Capitalismo es la única alternativa en términos de eficiencia y justicia moral. Este proceso no es gratuito ni causa de la fortuna, sino que es un proceso que ha permitido el aumento de la productividad, la creación de mayores técnicas de trabajo, el aumento de la población, aumento de la edad media de vida, mayor capacidad para combatir las enfermedades, mayores comodidades y bienestar… Pero cuando el estado intenta hacerse con esta riqueza, expropiando lo que legítimamente es del individuo, el proceso degenera y la gestión se vuelve imposible.

El mito de la gestión privada de las empresas estatales

Uno de los caballos de batalla económicos de los años noventa fue la privatización en la gestión de las empresas estatales. Con esto se pretendía que las cuentas públicas de aquellas empresas que maneja el estado estuviesen equilibradas. En otras palabras, no se pretendió convertir la gestión estrictamente privada, sino que simplemente se colocó a un contable privado en lugar de un funcionario. Algunos vieron en este cambio la solución a la ineficiencia estatal y un retorno al liberalismo (neoliberalismo según ellos mismos). La verdad es que este tipo gestión privada no es la mejor solución. Ni siquiera se puede definir como una solución aceptable.

Una vez el estado se ha apropiado de un bien no lo maneja en términos de eficiencia. El estado, por su propia naturaleza, es siempre ineficiente, por eso privatiza la gestión[1]. El estado es un aparato de fuerza, de coerción y represión que no ha de dar cuenta alguna por sus actos siempre y cuando justifique tales actos como herramienta para el bien común. En este sentido, el bien común no es el fin, sino que se ha convertido en el medio o herramienta para conseguir otros propósitos muy diferentes. Y es que el estado no sirve al ciudadano o a la mayoría, sólo vela por los grupos de presión y por él mismo.

Cualquier empresa privada que funcionase así no tardaría mucho en cerrar como veremos más adelante, pero el estado, goza de una fuente de recursos ilimitada que le otorga la fuerza y consentimiento general del que, por otra parte, no goza la empresa privada. Un claro ejemplo, es falta de transparencia. A la empresa privada se le han impuesto leyes para que sea más transparente, y cuando esta no cumple tales leyes es castigada y denunciada en los medios de comunicación. El estado, en cambio, no tiene transparencia alguna; sus cuentas son oscuras y difíciles de conseguir aunque curiosamente nadie denuncie este hecho.

Por más que se intente privatizar la gestión o medio—privatizar[2] una empresa pública al final quien paga a tales empresas privadas, o el que ejerce la toma de decisiones última, siempre es el estado. Por lo tanto, esta gestión privada es falsa o virtual en cuanto el estado siempre puede recurrir a la fuerza para conseguir sus propósitos (regular el sector, destituir o nombrar a consejeros o ejecutivos, aplicar nuevos precios o subir los impuestos para re–financiar a la empresa…). Esto, y la falta de transparencia pueden simular que la empresa pública sea sana; sólo ha de salir el ministro de turno y afirmar a los medios de comunicación que su gestión es equilibrada, y por más que mienta, demostrar lo contrario es arto difícil.

Un claro ejemplo lo hemos podido ver recientemente en el cambio de gobierno que ha habido en Cataluña (España) con la sanidad o proyectos de infraestructura. El actual gobierno tripartito ha denunciado que la sanidad está económicamente muy enferma, pero según el anterior gobierno sus cuentas eran “las más equilibradas desde el comienzo de la democracia” debido a la parcial privatización de la gestión[3]. Por otra parte, mientras que el antiguo conseller (cargo que equivale a ministro a nivel nacional) de obras públicas, urbanismo y transportes mantenía tener un cierto control, ahora se ha visto que tal “control” era debido a artificios contables. En realidad en su conselleria sólo gobernaba el derroche y el descontrol.

Evidentemente las empresas privadas también intentan salir bien en la foto de sus balances. Pero una empresa puramente privada no vive de sus cuentas, sino de la voluntad del consumidor y del capitalista. La empresa privada en cuestión puede hacer toda la contabilidad creativa que quiera, pero cuando el consumidor o el capitalista dejan de confiar en ella, la empresa cerrará dando paso a aquellas otras empresas que sepan escuchar mucho mejor a su demanda. Las empresas del estado, por el contrario, no tienen ningún compromiso con el consumidor directo, ni con el capitalista (contribuyente). Dicho de otra forma, lo que es la base esencial de toda empresa privada —la atención al cliente, y la gestión del capital como fuente escasa de recursos— en el caso del estado desaparece para ser substituida por la elevada visión del burócrata, o consejo de burócratas, dejando el mercado bajo la voluntad de un zar de la producción.

Cuando una empresa pública acumula continuas pérdidas porqué ha perdido el plebiscito del consumidor ésta no cierra, sino que por el contrario se le amplía la partida presupuestaria para ayudarla, y por lo tanto, se drena más precioso dinero a los particulares y empresas privadas. La gestión privada de las empresas del estado no evita este proceso que es el auténtico mal. ¿Qué sentido tiene pues la gestión privada de los bienes estatales? Ninguno. Tal gestión no evita el mal, sino que sólo disimila la cuenta de resultados.

Pactos contractuales y capital escaso

Esto nos lleva a otro punto: la financiación. El empresario privado tiene dos claros objetivos: conseguir satisfacer en lo máximo posible al cliente (consumidor) y tener contento al accionista y creditor (capitalistas). Todos los acuerdos que toma el empresario con estos dos son contractuales. El empresario no aplica la fuerza o el chantaje para que el consumidor sólo le compre a él (todo lo contrario que intentan hacer los gremios, leyes anti–monopolio…). El empresario tampoco amenaza a sus creditores o accionistas con encerrarlos en prisión o dañarles físicamente si se niegan a financiarle, sino que por el contrario el empresario, para conseguir ese preciado capital escaso ha de gratificar al creditor con intereses, y al accionista con dividendos, ampliaciones de capital liberadas, revalorizando sus acciones… En este proceso todos ganan gracias al puro proceso capitalista. El estado, en cambio, hace todo lo contrario.

El estado amenaza a su capitalista —erario público— con las leyes del legislador, la prisión o el daño físico. Si el pagador de impuestos se revela y persiste en defender lo suyo hasta las últimas consecuencias en contra de la extorsión estatal (impuestos), el estado no dudará en amenazarlo con cartas, asaltar sus cuentas bancarias e irlo a buscar y darle muerte si se defiende alegando que era un antisocial, un in–solidario o que no compartía lo que había ganado con la comunidad y que, encima, se intentó defender contra las fuerzas del orden.

Cuando el estado se enfrenta al consumidor el proceso toma otro camino, pero las consecuencias siguen siendo nefastas. Los políticos pueden decir lo que quieran referente a su voluntad de servir al consumidor (comunidad), pero lo único que cuentan son sus hechos; y estos, probadamente están en contra de lo que dicen. Su único objetivo es simular que se esfuerzan en la eficiencia de su tarea y tener contentos a los grupos de presión (que nunca representan al consumidor, sino a ellos mismos). Dotado del monopolio legal de la fuerza física, el estado convierte algo que es inimaginable en una economía puramente privada y libre: abolir los tratos contractuales, y transformar el capital en un bien casi libre. Esto último no sólo lo hace por medio de los impuestos, sino también, creando inflación crediticia.

El estado no sólo toma el dinero de los demás para redistribuirlo según su propio y arbitrario criterio, sino que además es capaz de expandir la oferta monetaria creando nuevo dinero a través de las emisiones de deuda. No está imprimiendo dinero de forma física pero con esas emisiones, y junto con los Bancos Centrales, diluyen la oferta monetaria, envileciendo la moneda para otorgarla a los grupos de presión (subvenciones, créditos a bajo interés…) o simplemente para gastarlo en sus objetivos (ejército, creación de más entes reguladores…). Este proceso rompe totalmente la estructura de capital dañando a las rentas más bajas y a las fijas (pensiones, asalariados…). Por el contrario, la naturaleza del mercado libre basa su distribución en la creación respaldada de capital puro, no sacado del aire. Y eso último, sólo se puede hacer por medio de un camino, el pacto contractual de la sociedad civil y libre mercado.

La gestión del estado (ya sea en manos privada o públicas) no tienen nada que ver ni con la eficiencia, en cuanto el propio y esencial axioma de toda gestión se basa en la redistribución del capital escaso y que el estado vulnera mediante la agresión; ni tampoco tiene nada que ver con la moral natural del hombre que el estado pisa sin contemplaciones.

Los proyectos faraónicos del estado

En el proyecto inicial del tren de alta velocidad español (AVE) iba a costar en total unos 1.600 millones de euros. Cuatro años después ese proyecto ya se había desviado del presupuesto más de un 70%. Desde aquel entonces hasta ahora, el proyecto aún sigue. Cualquier empresa privada ya habría cerrado o abandonado tal faraónico y nefasto proyecto ante las múltiples alternativas más baratas que actualmente existen al AVE[4]. La única explicación que tal proyecto se hiciese sólo es debida a las continuas aportaciones de fondos públicos.

Los faraónicos proyectos públicos no responden a necesidad alguna cuando existen otros medios más adecuados que lo suplen. La única función que tienen siempre estos proyectos, y el AVE es una prueba inequívoca, sólo es demostrar la fuerza política del burócrata para conseguir más electores o reforzar su ego personal. No es de extrañar, pues, que el ex–presidente del gobierno José Maria Aznar quisiera hacer pasar este tren por Valladolid (su ciudad natal). El problema de este gasto (al que algunos curiosamente llaman inversión) no es que saque recursos a las empresas privadas y las traslade a las públicas generando un beneficio adicional; sino que crean pérdidas netas totales, y esto es lo que veremos a continuación.

La función social del empresario y la función antisocial del estado

Necesariamente ahora hemos de recurrir a lo que Frédéric Bastiat llamó “lo que se ve y lo que no se ve”[5]. La gestión del estado, directa o indirecta, es siempre ineficiente. El estado no está alineado con su cliente, y por lo tanto, no puede conseguir mejoras en términos de calidad o precio de forma sustancial ni notable en la medida en la que sólo el mercado es capaz de avanzar: innovando constantemente. En lugar de eso el estado sólo actúa de forma directamente visible con leyes, mandatos y restricciones emanadas de su particular visión. Cada ley que el alto burócrata impone es un golpe a las libres decisiones de los agentes económicos y a la utilidad de sus clientes. Los proyectos faraónicos pueden parecernos que consiguen una gran meta social o de orgullo nacional, pero no crean, sino que restan recursos a las empresas que sí escuchan a sus clientes. Cada proyecto público son muchos proyectos privados destruidos y, por lo tanto, implican menos bienestar para el individuo o sociedad civil.

Las empresas públicas, por su propia estructura, carecen de la información necesaria para “oír” al cliente y sus necesidades. Los economistas estatistas defienden que esa no es la función de la empresa pública, sino que su función es la de proveer a aquellos consumidores sub–marginales de ciertos servicios, esto es, a los que están por debajo de las “rentas medias”. La realidad, pero, es que sólo el mercado libre es capaz de proveer completamente a estos consumidores, o actores sub–marginales y al resto sin más ayuda que su propio afán de lucro. Cuando vemos que una empresa pública da un servicio “gratis” lo celebramos, pero nada es gratis. Tal empresa pública ha tenido que sacar esos recursos de otra parte; y esos recursos han sido extraídos a los particulares y empresas.

El empresario tiene como función principal para su éxito adivinar, o escuchar, al consumidor para que éste le gratifique con su dinero. Si lo hace mal, el empresario quiebra y lo sustituirá otro empresario mejor preparado. Pero cuando el estado se apodera del mercado y toma por ley el monopolio de un sector, no hay lugar para el empresario privado. En este momento, el sector se vuelve estático, pierde el dinamismo que sólo el hombre libre puede darle. Esto reduce la competencia en sentido amplio encareciendo la estructura de capital de las fases últimas y previas del producto y servicio gradualmente (pero no uniformemente). Lo que parece no ver aquí el economista estatista es que, no sólo se está dando un servicio por debajo del que se habría llegado mediante la libertad de mercado, y que por medio de la libertad de los medios de producción habría satisfecho también a los actores sub–marginales, sino que el estancamiento que ha creado genera pérdidas netas al conjunto de la sociedad en la medida, no sólo de disminución de la productividad real, sino en la propia distorsión de la estructura del capital libre. En otras palabras, el empresario crea; el estado destruye.

La ineficiencia del estado

El estado, pues, al no estar orientado a su propio cliente, es incapaz de compensar o equilibrar siquiera el coste con el valor final. Puede privatizar tanto como quiera su gestión, pero llegará un momento en el que necesitará usar de su fuerza para retroalimentarse usando fuentes indirectas (impuestos o creando deuda). La gestión del estado, directa o indirecta, no puede garantizar empresas económicamente sanas. El estado se basa en el constante derroche, y de él, sólo emana déficit e ineficiencia.

La inmoralidad de las empresas estatales

Pero por otra parte, si lo que se pretende con las empresas estatales es que exista mayor justicia y abastecimiento para el mayor número de personas posible, la única solución (y por las mismas razones anteriores) es ir más allá de la simple apariencia y privatizar de forma rotunda los medios de producción. Más aún, el estado no sólo no cumple ninguna función social ni ética, sino que la contradice y la viola constantemente haciendo redistribuciones emanadas de la fuerza. Este uso de la fuerza además repercute directamente en la economía creando que los que están por debajo de las rentas medias jamás puedan llegar a mejorar su situación y el resto se empobrezca de forma gradual y continua. Por lo tanto, el estado no puede actuar ni en el campo económico ni político ni moral. Su función es muy clara: desaparecer.

Concluyendo, el estado intenta imponer un curioso sistema moral basado en la extorsión y el robo. El empresario, por su contra, sólo cierra acuerdos contractuales o de mutuo acuerdo con su cliente o capitalista. En los negocios privados, y debido a este contrato (aristotélico), todo el mundo gana. En ningún momento el empresario pretende tener una moral más elevada que su cliente ni robarle el dinero o su libertad para reasignárselo a otro o quedárselo el mismo; lo único que pretende, a igual que su cliente, es sacar el máximo provecho con el menor coste posible.

¿Existe una Base Moral para el Capitalismo? por Paul Johnson

La religión judeo-cristiana ha sido de gran ayuda para el reconocimiento del individualismo.

Paul Johnson Periodista británico; editor del semanario político londinenseNew Statesman (1964-1970). Titular de la Dewitt Wallace Chair of Communications en el American Enterprise Institute. Autor de numerosos estudios y libros históricos, entre los que destaca una Historia del Cristianismo. *Originalmenteeste trabajo apareció bajo el título "Is There a Moral Basisfor Capitalism?", en el volumen Democracy and Mediating Structures,editado por Michael Novak y publicado por el American Enterprise Institute, quien autorizó su edición. ¿Existe una base moral para el capitalismo? Paul Johnson.

1. Introducción

En los tiempos que corren, se necesita coraje para sugerir que puede existir una base moral para el capitalismo, y mejor no digamos nada con respecto a afirmar que el capitalismo, en su conjunto, entrega la mejor estructura económica para la plenitud moral del hombre. No pasa día sin que algún predicador prominente denuncie la inmoralidad brutal de algún conglomerado capitalista; y, en la mayoría de las escuelas, se estimula a los niños para que se "aprieten las narices" cuando escuchan términos tales como "utilidad" y "empresa privada". Me parece que tales actitudes están confundidas. Se basan en una escasa comprensión de las relaciones entre el desarrollo moral del hombre y la forma en que él organiza su sociedad. Nosotros podemos y alcanzamos madurez moral bajo cualquier tipo de sistema económico y social, incluyendo aquellos que encontramos moralmente repugnantes. De hecho, la historia sugiere que rara vez tienen éxito las sociedades específicamente limitadas a promover la moralidad. Tales utopías tienden a transformarse en teocracias, y las teocracias, ya sean las de la antigüedad, la Ginebra de Calvino o el Irán del Ayatollah, cargan con una intolerancia espiritual que violenta la mente y el cuerpo. El centro de la condición moral del hombre es la libre voluntad que él debe ejercitar. Por lo tanto, la pregunta que primero deberíamos preguntar es: ¿Qué sistema social es el más apropiado para el desarrollo de la conciencia informada que permite a la libre voluntad del hombre hacer las elecciones correctas?

2. El surgimiento de la individualidad

Lo primero a advertir es que el concepto articulado de conciencia individual, aunque siempre presente en nuestra naturaleza, necesita de un tiempo muy largo para desarrollarse. Las sociedades más antiguas de las que se tengan antecedentes, no reconocieron que cada ser humano tiene una personalidad única, dotada de conciencia propia y libre voluntad. En el Egipto Antiguo del Viejo Reino, durante la primera mitad del tercer milenio a. de C., la doctrina religiosa y política giraba en torno al supuesto que sólo el faraón era una personalidad completa. Su vida y destino comprendía aquella de todos sus subditos. Ellos se comprometían en la labor infinita de construir su tumba-pirámide no por compulsión, sino que, casi con certeza, con entusiasmo, ya que creían que su propia salvación dependía de él: si su funeral y su tumba resultaban satisfactorios, ellos serían llevados a la vida eterna junto con él. Los egipcios antiguos "democratizaron" sólo muy gradualmente su idea del Juicio Final, en el cual cada ser humano era medido separadamente según las escalas de la justicia eterna. El gran egiptólogo norteamericano, el profesor James Breasted, ha llamado a este descubrimiento "la aurora de la conciencia". Fue un importante descubrimiento humano y religioso, ya que implicaba que cada individuo era responsable de sus acciones y por lo tanto libre en un sentido moral. Esta consecuencia fue adecuadamente comprendida primero por los judíos, quienes probablemente derivaron la idea de los egipcios. Tal como lo indican las primeras partes de la Biblia, los judíos, al igual que otras sociedades primitivas, creían firmemente en la virtud y ofensa colectivas, y en las recompensas y castigos colectivos. Estas creencias fueron muy persistentes y los judíos aún trataban de deshacerse de ellas mucho después que se transformaron en monoteístas rigurosos. Sólo durante los dos o tres siglos antes del nacimiento de Cristo comenzaron realmente a desarrollar su teoría del alma inmortal y el Juicio Final. Al mismo tiempo, hablando en términos generales, los filósofos estoicos en el mundo griego estaban desarrollando la idea de la conciencia individual, una adición necesaria al concepto de libre voluntad. Jesucristo, y su gran intérprete San Pablo, fueron los herederos de esta nueva colección de pensamiento sobre el individuo humano. El Nuevo Testamento, que dibuja su filosofía, es esencialmente libertario e individualista, ya que afirma que la personalidad única de cada individuo, tal como se refleja en sus elecciones morales, es infinitamente más impor tante que cualquier otra de sus características: la clase, color, status, sexo o nacionalidad. La esencia de la enseñanzajudeo-cristiana, dejando fuera sus conflictivos conceptos sobre el mecanismo de salvación, es que cada hombre o mujer, por el simple hecho de su humanidad, es una parte de lo que llamo el Contrato Divino. El Contrato Divino comienza a operar a la edad de la comprensión y termina con la muerte en la tierra, momento en el cual se emite unjuicio en torno a si se han cumplido o no sus términos, al que siguen las consecuencias inevitables. La esencia del Contrato Divino está en que se trata de un arreglo individual entre Dios y el hombre. No existe nada colectivo en él. Cada hombre y mujer determina el destino de su alma y los términos de cada contrato son idénticos. Por lo tanto, el judeo-cristianismo está basado en una individualidad absoluta y en una igualdad espiritual total. En el Contrato Divino, todos son iguales ante la ley y cada uno es completamente responsable de sus acciones. En la cristiandad, este ascendiente del individuo fue reforzado por los conceptos griegos que subyacen a la teología paulina. Sin embargo, la tragedia es que la cristiandad llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano sólo después que el espíritu clásico del mundo greco-romano se había autoagotado y sólo después que el reconocimiento del individuo había sido aplastado bajo un despotismo oriental. La cristiandad fue casada a, y apropiada por, el último imperio, que era en todo lo esencial un estado corporativo. No sólo poseía distinciones de clase legalmente amparadas, sino que organizaba a sus subditos según su oficio y ocupaciones, que estaban obligados a seguir por ley y a los que sus descendientes estaban casi con seguridad limitados. La corporación lo era todo, el individuo no era nada. Los derechos que un hombre tenía, los adquiría en virtud de su clase y ocupación, no por su existencia o por sus méritos como ser humano individual. La Edad Oscura y la Edad Media fueron así dominadas por una filosofía colectivista. La cristiandad les dio individualidad moral al hombre y la mujer, pero la sociedad se la quitó en el plano material. La gente pasaba a través de la vida como miembros de categorías categóricamente diferenciadas; hablaban y se vestían según ellas y eran juzgados como miembros de ellas en las cortes. Era muy difícil cambiar de clase, ocupación o incluso de lugar de residencia. La gente era encerrada por vida en un sistema; de hecho eran vistos y se veían a sí mismos como componentes vivos de un cuerpo social colectivo. La imagen de la sociedad como un cuerpo antes que como un conjunto de individuos, cada uno completo en sí mismo, dominaba el pensamiento del mundo pre-moderno. El concepto queda iluminado por la historia de la toma de una ciudad herética durante la cruzada Albigesiana por parte de Montfort. Volviéndose a su consejero espiritual, un monje cistercino, de Montfort le preguntó cómo sus soldados, que tenían órdenes de destrozar a los herejes y esparcir los restos, podrían reconocerlos y apartarlos del resto. El monje contestó: "Mátalos a todos... Dios los reconocerá". Sólo Dios tenía la capacidad para reconocer al individuo. Espiritualmente, el individuo era soberano; en términos terrenales se encontraba sepultado en la colectividad.

3. El Estado de Derecho y el Dominio Absoluto

Sin embargo, la cristiandad, con su énfasis en el individuo, trajo consigo la idea de derechos inalienables. En la Europa Occidental, prelados cristianos misioneros reunieron, purificaron, codificaron, latinizaron y llevaron a escritos las leyes de los bárbaros, investigándolas de este modo con autoridad y juicio espiritual. Mediante su trabajo en estos códigos de derecho, la cristiandad implantó el concepto de estado de derecho, un estado que, para la protección de la propia Iglesia, podría ser invocado incluso contra el Estado. Esta iglesia cristiana necesitaba una ley que fuese incluso más fuerte que el Estado y la obtuvo. Por supuesto, la Iglesia estaba pensando en términos de sus propios derechos como organización, pero inevitablemente la idea del estado de derecho fue extendida hasta cubrir y proteger los derechos del individuo. La idea de la propiedad con derechos absolutos fue establecida a través de un proceso similar. Los derechos absolutos eran desconocidos para la Europa bárbara; de hecho, fueron sólo imperfectamente desarrollados en la Roma Imperial y de Bizancio. La Iglesia los necesitaba para la seguridad de sus propias propiedades y la escribió en los códigos de derechos que procesaba; en realidad, la escribió tan indeleblemente que ellos sobrevivieron y derrotaron a las formas superimpuestas de feudalismo. El instrumento de título de dominio sobre la tierra, que da posesión absoluta de ella a un individuo o empresa privados, es uno de los grandes inventos de la historia humana. En conjunto con la idea de estado de derecho, tienen gran importancia política y económica. Una vez que el individuo puede ser dueño absoluto de la tierra, sin restricciones económicas o políticas y una vez que este derecho a la tierra se protege incluso del Estado mediante el estado de derecho, él tiene una verdadera seguridad de propiedad. Una vez que la seguridad de propiedad es un hecho, se refuerza y estimula enormemente la propensión al ahorro que, tal como lo advirtió Keynes, es tremendamente poderosa en el hombre. Y no sólo se la estimula, también se ve traducida en la propensión a invertir. Vemos entonces que el despertarde la conciencia, la idea que el individuo tiene derechos soberanos absolutos sobre su propia alma, simboliza y prefigura el despertar del capitalismo. El capitalismo está basado en el sistema de individualismo posesivo, en el cual los hombres y mujeres individuales, al igual que las tribus, soberanos, estados y otras corporaciones sociales y políticas, poseen derechos soberanos absolutos sobre la propiedad, que administran y manejan libremente. De la misma manera, la idea de igualdad frente al juicio de Dios prefigura la idea de igualdad individual frente a la ley del hombre. Estos conceptos son muy interdependientes. Los derechos absolutos individuales son imposibles sin el estado de derecho, con su clara consecuencia de igualdad ante la ley y su garantía de que la ley protegerá los derechos de propiedad individual incluso contra las prerrogativas del estado. Inglaterra y los Países Bajos fueron los primeros estados donde se establecieron efectivamente tales derechos. La certidumbre legal es, a su vez, la precondición de la empresa capitalista. Tal como lo dice Friedrich von Hayek en La Constitución de la Libertad: "Probablemente, no existe un factor que haya contribuido más a la prosperidad de Occidente que la relativa certeza de derecho que ha predominado". El imperio de los derechos individuales absolutos no es la única forma por la que la cristiandad ha hecho posible el capitalismo. Tal como el judaismo en que está basado, el cristianismo es una religión histórica, generada por un evento histórico definido y que se desarrolla en pos de un objetivo histórico definido. Su empuje es así lineal y no cíclico. El tiempo es parte de la esencia de su maquinaria, y ella insiste en la necesidad de prepararse; su llamado constante es: "No sabemos ni el día ni la hora". Su moralidad refuerza el principio del ahorro, el postergar placeres mundanos por una felicidad futura y se activa mediante una contabilidad regular de vicios y virtudes que terminará en un examen final y dividendos celestiales. No es un accidente que los monjes de Occidente fuesen los primeros en producir un sistema de horas de trabajo regulares, dirigido por un cálculo exacto del tiempo y el tañido de una campana. De hecho, actualmente la mayoría de los historiadores están de acuerdo que las raíces del capitalismo yacen en la ética del cristianismo mucho antes de la llegada de Calvino y su "pánico de salvación": El Mercader de Prato estaba escribiendo "Por el Honor y Gloria de Dios" al comenzar cada página de sus libros de cuentas, mucho antes que naciera el protestantismo. Sin embargo, según creo, la idea de la posesión absoluta es, por lejos, la contribución cristiana más importante al surgimiento del capitalismo. De hecho, iré tan lejos como para afirmar que sin derechos individuales absolutos no se podría haberdesarrollado un sistema capitalista. Sin embargo, una vez que se tienen estos derechos, con sus desarrollos concomitantes del estado de derecho e igualdad ante la ley, el desarrollo de algún tipo de capitalismo no es sólo probable, sino que virtualmente inevitable. Así, la relación entre la moralidad cristiana y el capitalismo se centra especialmente en el rol e importancia del individuo.

4. Evolución histórica del capitalismo

Podemos ver cómo surge esta relación de la historia. Al final de la Edad Media, especialmente en los pequeños pueblos, la idea cristiana de la conciencia individual se quebró gradualmente sobre el caparazón corporativista de la sociedad. A medida que los pueblos crecieron en tamaño e importancia, a medida que la gente cambiaba su clase y ocupación (y fortuna) más rápidamente, se formó un nuevoespíritu de individualismo: cadavez más, lagente fue recompensada y juzgada según sus méritos y esfuerzos, y no según su status. En arte surge el verdadero retrato y no sólo aquel del rico patrón: las abarrotada escenas de Jerónimo Bosch o Breughel muestran un fuerte énfasis incluso en los rostros de seres humildes. En el siglo dieciséis obtenemos las primeras biografías verdaderas y las primeras obras de teatro basadas en el desarrollo del carácter. Los individuos saltan de las páginas de los registros históricos. Por primera vez, los escritos moralistas de Erasmo relacionan la idea cristiana de conciencia individual con el espíritu de la empresa individual. Inevitablemente, el nuevo individualismo amenazaba la estructura social, basada como estaba en los privilegios de clase y en el derecho absoluto del status. En las guerras civiles inglesas de los años 1640, la Cámara de los Comunes, que representaba el individualismo institucionalizado de la propiedad, derribó al concepto del rey como la cabeza del gremio corporativo. Fue el fin, en Inglaterra, del estado medieval corporativo. Pero, en cierto sentido, el individualismo también amenazó los derechos políticos de la propiedad. Ese era el tema principal en los debates políticos, de los que tenemos un magnífico registro palabra por palabra, entre Cromwell y algunos de sus generales, oficiales y hombres en Putney Church en 1647. ¿Tenía el hombre derechos políticos sólo en virtud de su propiedad, tal como lo sostenían Cromwell y sus partidarios? ¿O tenía derechos en virtud de su personalidad, el hecho de que era un ser humano adulto y libre, un simple individuo, tal como exigían los radicales? En ese momento, el argumento fue en favor de la propiedad; pero en el largo plazo, el empuje lógico del individualismo moral cristiano fue irresistible. Las guerras civiles, al disolver el estado corporativo, comenzaron un proceso de emancipación económica del individuo, que fue tan importante como darle derechos políticos. En el siglo dieciocho, al triunfar la propiedad sobre la clase y status hereditarios, comenzaron a surgir nuevas formas de evaluar y proteger la propiedad mediante la ley. La ley de patentes industriales, que fue desarrollada en Inglaterra, hizo posible por primera vez al hombre obtener una verdadera recompensa material por sus talentos inventivos e inversión en investigación, una victoria notable e histórica para el individuo mejor dotado. La ley de patentes, al introducir un elemento nuevo y dinámico en la economía, fue uno de los principales factores que contribuyeron a la Revolución Industrial, que comenzó a transformar el mundo desde 1760 hacia adelante. Otra extensión importante de la idea de propiedad individual fue el quiebre de las Leyes de Colonización, que pretendían controlar la libre movilidad del trabajo y estaban entre las últimas reliquias del viejo corporativismo. Adam Smith, en su gran tratado en torno a cómo se creaba la riqueza, La Riqueza de las Naciones, comprendió rápidamente que esto significaba la emancipación económica del trabajador común. Le permitía escapar desde las garras de una sociedad regida por el status a otra donde las recompensas dependían de un contrato libremente negociado, permitiéndole esto ganar el valor de la única propiedad con derechos absolutos que poseía: su energía y talento. A través de la historia, decía Smith, los gobiernos, señores y gremios habían pretendido evitar que la pobre gente común buscara trabajo en el mejor mercado. Sin embargo, añadía, "la propiedad que cada hombre tiene sobre su propio trabajo, tal como es la base de toda otra propiedad, es la más sagrada e inviolable. Impedir [a un hombre pobre] que emplee su empuje y destreza en la forma que estime apropiada, siempre que ello no dañe a sus vecinos, es una violación a esta sagrada propiedad". 1 Tal como lo advirtió Smith, la idea de derechos individuales absolutos contenía tanto una libertad económica como una política: en el fondo, ambas libertades son inseparables. La libertad política para votar casi no tiene sentido sin la libertad económica para trabajar donde se desee. Una vez que el hombre es libre para contratar su propio trabajo, muy pronto comenzará a exigir también el derecho a hacer contratos con sus señores políticos. No es un accidente que la Revolución Industrial y la creación de la economía capitalista basada en la libre contratación de trabajo, fuesen seguidas por el desarrollo de la democracia en Occidente. Por lo tanto, según creo, es un profundo error el considerar la llegada de lo que Blake llamó las "oscuras fábricas satánicas." como la servidumbre del hombre. El sistema de fábricas, con todo lo desagradable que pueden haber sido, demostró ser el camino a la libertad para millones de trabajadores agrícolas. Les ofreció un escape de la pobreza rural, que era más degradante que cualquiera experiencia en las ciudades; además, les permitió moverse desde el status al contrato, desde un lugar estacionario en una sociedad estática a un lugar móvil en una sociedad dinámica. Mucho antes de que pudiera votar en las urnas, el hombre común votó con sus pies por el capitalismo industrial, al marchar desde la campiña hacia la ciudad. Este cambio ocurrió primero en Inglaterra, y luego en toda Europa. Decenas de millones de campesinos europeos se movieron hacia el otro lado del Atlántico en búsqueda de la misma libertad, desde estados semifeudales y pequeñas posesiones en Rusia, Polonia, Alemania, Austro-Hungría, Italia, Irlanda y Escandinavia a las fábricas y talleres en Nueva York, Chicago, Pittsburgh, Cleveland y Detroit. Fue laprimera vez en la historia que se le dio oportunidad a un enorme número de gente común y humilde para ejercer una elección sobre sus vidas y destino; para moverse no como miembros de una tribu o soldados conscriptos, sino como individuos libres, vendiendo su trabajo en el mercado abierto. Uno puede decir que el capitalismo, lejos de deshumanizar al hombre, le permitió finalmente asumir plenamente la individualidad que el cristianismo siempre le había asignado como el dueño de una conciencia moral distintiva y un alma inmortal. Tal como la idea de la propiedad absoluta estaba implícita en la idea de la libre voluntad, el contrato de salario esiaba implícito en el Contrato Divino. El advenimiento del capitalismo reflejó y avanzó el surgimiento de la personalidad humana individual. En Occidente estamos tan acostumbrados a ser considerados y tratados como individuos, que tendemos a dar por seguro el concepto de individualidad. Sin embargo, ésta es una idea relativamente moderna, no más vieja que el capitalismo y difícilmente más vieja que la Revolución Industrial. Durante casi toda la historia, la gran mayoría de la gente común ha sido tratada por las autoridades como si fueran una masa congelada sin personalidades diferenciadas ni, por supuesto, derechos y aspiraciones individuales. Para que evolucionara la democracia, fue necesario primero que la sociedad reconociera que estaba compuesta de millones de individuos y no de grupos sin diferencia que simplemente se clasificaban según la ocupación y el status social. Fue con el ascenso del capitalismo que la gente común ganó nombres. Por supuesto, no los nombres que recibieron al nacer y por los cuales eran conocidos en el estrecho círculo de su familia y amistades, sino que nombres familiares hereditarios que, junto con sus nombres recibidos, les dieron identidades específicas. Originalmente los nombres familiares eran dinásticos, reservados para los reyes. Sólo muy lentamente ellos se escurrieron hasta la aristocracia y luego hasta el pueblo. La mayoría de aquellos campesinos que votaron con sus pies por el capitalismo, adquirieron nombres durante el proceso,junto con sus papeles de inmigración y residencia. En una época tan reciente como la Primera Guerra Mundial, los soldados del ejército ruso por bajo el rango de oficiales de primer grado no tenían nombres, sino sólo un número en las planillas oficiales. Sólo en el siglo diecinueve, la mayoría de los gobiernos aprobaron leyes que estimulaban u obligaban la adopción de nombres familiares. Dinamarca no lo hizo hasta 1904; los turcos, hasta 1935.

5. Las consecuencias políticas del capitalismo

Más que a ninguna otra fuerza, debemos entonces al capitalismo el reconocimiento de nuestra individualidad. A suvez, la idea capitalista de lo que se ha llamado (muy bien) individualismo posesivo encuentra sus raíces en la doctrina judeo-cristiana de la conciencia y libre voluntad. Libre voluntad implica elección; la función moral de la sociedad, su capacidad para servir a las necesidades morales de los individuos que la componen, se ejecuta mejor cuando facilita el proceso de elección, cuando permite que las conciencias se informen y de esta manera ofrece al individuo la mayor oportunidad posible para cumplir su parte en el Contrato Divino. Esto esencialmente es la base moral del capitalismo. Como un artificio puramente económico, el capitalismo es moralmente neutral. Pero al basarse en los derechos legales del dominio individual absoluto, el capitalismo crea una multiplicidad de centros de poder que rivalizan con el estado. Por lo tanto, es un asunto de observación histórica que el capitalismo tiende a promover, y según lo que pienso debe promover, sistemas políticos liberal-democráticos. Tales sistemas no son moralmente neutrales; ellos son moralmente deseables, ya que ofrecen al individuo el elemento de elección a través del cual madura su libre voluntad. En contraste, las sociedades socialistas, al buscar utopías y un contexto moral positivo, restringen inevitablemente esta elección. Ya no creo, como una vez lo hice, que se pueda observar la libertad política donde se elimina la libertad económica. Como ya lo he planteado, la existencia del derecho a poseer propiedad hace inevitable el capitalismo; el estado o el partido que desee eliminar el capitalismo debe primero destruir la propiedad absoluta. Sin propiedad privada, no pueden existir centros de poder rivales, efectivos y durables, que mantengan reprimido al estado. A esto debe seguir el monopolio, y donde existe monopolio, no existe elección individual. Y sin elección, la libre voluntad debe vivir en un estado atrofiado, escondida en la oscuridad y en peligro, tal como lo hizo durante las más horribles tiranías del pasado. El monopolio es el enemigo de las morales, por lo que, entonces, deben ser las sociedades colectivistas quienes lo promueven. Irónicamente, mientras tales colectivismos más se atribuyan o incluso adquieran respaldo popular, más peligrosos serán. Lord Acton advirtió correctamente: "Es malo ser oprimido por una minoría, pero peor es serlo por una mayoría. Ya que existe una reserva de poder latente en las masas que, si se activa, la minoría difícilmente podrá resistir. De la voluntad absoluta del pueblo no existe apelación, rescate ni refugio, sino traición". Me parece que los autores del sistema maduro de morales judeo-cristiano, el más grande de estos sistemas que el mundo jamás ha tenido, estaban en lo correcto al amarrarlo en la conciencia individual. No existe una moral intrínseca a las decisiones de mayoría: lejos de ello. Muy correctamente, todos los grandes moralistas han llamado la atención sobre los horrores de la masa o multitudes en acción, simbolizados en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en la imagen de los cerdos de Gerasa.* Sir Thomas Browne, en Religio Medid, nos advierte contra "aquel gran enemigo de la razón, la virtud y la religión: la multitud; aquel pedazo numeroso de monstruosidad que, en forma separada, parece hombre y criatura razonable de Dios, pero una vez confundida se transforma en Gran Bestia y un monstruo más prodigioso que la Hydra". 2 Un verdadero sistema moral debe contener un mecanismo autocorrector; para la cristiandad, éste es la conciencia del individuo. La fuerza del sistema reside en su justa apreciación del hombre como una criatura falible con deseos inmortales. Su mérito moral sobresaliente es el investir al individuo con una conciencia y ordenarle que la siga. Esta forma particular de liberación es lo que San Pablo quería decir por la libertad que los hombres encontraban en Cristo. Ya que la conciencia es la enemiga de la tiranía y de la sociedad coaccionada, y es la conciencia cristiana la que ha destruido las tiranías institucionales que la misma cristiandad ha creado. Las ideas de libertad económica y política brotan del desarrollo de la conciencia cristiana como fuerza histórica. He afirmado que en este proceso el instrumento decisivo es la idea de derechos individuales absolutos. Ellos cumplen en el capitalismo el mismo papel de la conciencia individual en el sistema moral cristiano; son el mecanismo autocorrector. En la medida que las personas puedan tener, por ley, propiedad en frente del estado, o de cualquier otra gran corporación, se comportarán exitosamente de forma tal de obtener y mantener esa propiedad. Estas personas serán numerosas y existirán tendencias para que su número crezca. Donde una multiplicidad de ciudadanos mantienen propiedad absoluta, el poder político debe ser dividido y compartido. Y donde el poder debe ser compartido y está compartido, no puede haber tampoco monopolio económico. Cualquier tendencia inherente del capitalismo hacia el monopolio, y no estoy seguro que exista tal tendencia a pesar de los argumentos de Marx, es equilibrada por la tendencia del capitalismo hacia promover el liberalismo democrático y por lo tanto los controles parlamentarios sobre el poder monopólico. No estoy hablando de argumentos teóricos, sino que de prácticas demostrables de la historia. Tomemos como ejemplo a los Estados Unidos e Inglaterra. En los últimos doscientos años, durante los cuales ambas naciones han cobijado al capitalismo, sus sociedades se han reformado exitosamente desde adentro, no a través de la revolución o la violencia, sino que por el debate y el argumento, por ley y estatuto. ¿Cuándo antes en la historia ha sido esto posible? No discutiré que las primeras sociedades capitalistas eran ásperas e implacables, incluso crueles. Pero el valor de una institución no descansa en sus toscos orígenes, sino en lo que demuestra ser capaz de alcanzar. La habilidad del capitalismo para reformarse y mejorar es, creo, casi infinita. Esto es lógico; por su misma naturaleza, el capitalismo no es un monolito, sino la suma de innumerables derechos individuales absolutos ubicados en innumerables mentes libres; mentes que reflejan la infinidad de presiones, deseos e inventivas humanas. Es verdaderamente proteano.**De hecho, la flexibilidad del capitalismo, que tiene una cualidad moral por estar enraizada en el libre juego de las conciencias humanas, está en fuerte e importante contraste con la rigidez de los sistemas colectivistas. Ellos también se pueden cambiar, pero sólo por la fuerza. Ellos responden, pero sólo a la revolución. Ellos carecen del mecanismo autocorrector, ya que no acuerdan, y por su naturaleza no pueden, derechos a la conciencia individual. Por lo tanto, tales sistemas carecen de una base moral, no al nivel de las ideas, quizás, pero sí al de la realidad. Dada esta carencia, están condenados a volver al caos del cual brotaron. Por otra parte, el capitalismo democrático está destinado a sobrevivir. Porque es proteano, probablemente sus manifestaciones más distantes nos asombrarán, si es que estamos vivos para ser testigos de ellas. Pero sospecho que siempre, de alguna forma, retendrá la idea del derecho individual absoluto; porque es esto, la manifestación física de la conciencia individual, lo que da al capitalismo democrático su fuerza política y económica, y su legitimidad moral.

abril 01, 2007

El odio a los Estados Unidos fomentado en las Universidades

El odio a los Estados Unidos, como a cualquier persona o empresa existosa es fomentado en las universidades de los Estados Unidos, pero sabemos bien que no solamente en Estados Unidos sucede esto, tambíen en las universidades argentinas el odio es fomentado por profesores, por activistas de izquierda, y por también por los medios de prensa que son en su inmensa mayoría de izquierda.
A continuación transcribo un reporte del escritor David Horowitz, que realizó un estudio que expuso ante la legislatura del Estado de Pennsylvania.

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David Horowitz

Ideólogos en el Atril

Zelnick dijo a los legisladores que como director de dos programas de licenciatura, había observado las clases de más de 100 profesores. Había "visto clases excelentes, indiferentes y mediocres", dijo. Pero en todos esos cursos, agregó, "raramente he escuchado una palabra agradable hacia Estados Unidos, las riquezas de nuestro mercado, las vastas oportunidades económicas y creativas disponibles para gente enérgica y creativa.

David Horowitz
2 de febrero de 2006

Stephen Zelnick es un moderado político que ha dado clase durante 37 años en el departamento de inglés de la Temple University. Ha servido como presidente del claustro de la facultad, como director de los programas de literatura de la universidad y, más recientemente, fue vicepreboste de estudios de licenciatura.
El 10 de enero, Zelnick y yo testificamos ante el Comité de la Cámara sobre Libertad Académica de Pennsylvania, posiblemente el primero de tales comités de la historia de la educación superior de América.
Zelnick dijo a los legisladores que como director de dos programas de licenciatura, había observado las clases de más de 100 profesores. Había "visto clases excelentes, indiferentes y mediocres", dijo. Pero en todos esos cursos, agregó, "raramente he escuchado una palabra agradable hacia Estados Unidos, las riquezas de nuestro mercado, las vastas oportunidades económicas y creativas disponibles para gente enérgica y creativa (es decir, para nuestros estudiantes); hacia la vida familiar, el matrimonio, el amor, o la religión".
No me sorprendió particularmente escuchar eso. Las audiencias en Pennsylvania son una consecuencia directa de la campaña que inicié en septiembre del 2003 con el fin de persuadir a las universidades y centros de adoptar una "Declaración Académica de derechos" para proteger a los estudiantes frente al adoctrinamiento político profesional por parte de sus profesores. Mi declaración reza, por ejemplo, que los estudiantes deben ser expuestos "al espectro de opiniones académicamente significativas", y no alimentados a la fuerza con ortodoxia en materias polémicas.
Comencé la campaña intentando convencer a los miembros de juntas universitarias y administradores directamente de que el derecho de un estudiante a una educación intelectualmente honesta e intelectualmente diversa estaba en peligro a causa de los profesores — particularmente de la izquierda — que estaban decididos a adoctrinar a los estudiantes con sus propias opiniones políticas. Pero recurrí a las legislaturas cuando me topé con escuelas poco dispuestas a escuchar.
Dos años más tarde, más de una docena de legislaturas han considerado la legislación de "libertada académica", incluyendo Florida, Indiana, Maine, Missouri, Tennessee y otros estados. Las universidades de Colorado y Ohio han aprobado nuevas normas de libertad académica (después de que retirásemos la legislación que les habría forzado a hacerlo), y Pennsylvania ha estado celebrando audiencias de libertad académica como resultado de nuestros esfuerzos.
En California, una propuesta para crear una declaración académica de derechos no superó el comité en la legislatura del año pasado, pero se va a reconsiderar en las próximas semanas. A los administradores universitarios les gusta sugerir que perdemos nuestro tiempo intentado solucionar algo que no es problema. En el otoño del 2003 visité a Elizabeth Hoffman, entonces presidente de la Universidad de Colorado, que me dijo, "David, no tenemos ningún problema aquí".
Un año y medio más tarde, uno de los muchos profesores extremistas de su claustro, Ward Churchill, se convirtió en figura de notoriedad nacional cuando el público supo que se había referido a las víctimas del 11 de Septiembre como "pequeños Eichmanns", y que había argumentado que los americanos se merecen algo peor.
Como resultado de la protesta pública, Hoffman fue forzada a dimitir. Churchill dimitió como jefe del departamento de estudios étnicos, pero aún está en el claustro. El público americano entiende que una universidad debería ser un mercado de ideas, y que la gente de ambos lados del espectro actuará histéricamente en ocasiones. Pero no serán tan caritativos si creen que las universidades mismas se están haciendo partidistas.
No obstante, la naturaleza parcial de las facultades universitarias ha sido ahora el tema de varios estudios académicos. Un estudio del 2003 del profesor Daniel Klein, de la Universidad de Santa Clara, por ejemplo, concluía que en todo el país, los [profesores] Demócratas superaban a los Republicanos cerca de 30 a 1 en el campo de la antropología, cerca de 28 a 1 en sociología, y cerca de 7 a 1 en ciencias políticas.
Otro estudio, realizado por profesores del Smith College, la Universidad de Toronto y la George Mason University, examinaba los datos de una gran muestra nacional de profesores, y concluía que los profesores de inglés que se identificaban como alineados con la izquierda superaban a sus colegas de alineamiento conservador 30 a 1; los profesores de ciencias políticas en 40 a 1; y los profesores de historia en 8 a 1.
El problema Churchill no es exclusivo de Colorado, sino que refleja la corrupción intelectual a lo ancho del sistema en el mundo académico. Churchill no habría podido ser contratado, ascendido, haber recibido periodo lectivo o ser nombrado presidente de su departamento sin la ayuda de su departamento entero, su decano, la administración de la universidad, y alrededor de una docena de académicos en el campo de los estudios étnicos, todos los cuales habrán tenido que apoyarle a cada paso del proceso.
La Declaración Académica de Derechos es una tentativa modesta de mejorar una situación mala y en deterioro en nuestros campus. Restauraría la idea de diversidad intelectual como valor educativo central. Pondría a los estudiantes al tanto de que deberían recibir más de una versión de temas polémicos, y de que no deben ser intimidados (o calificados) según sus opiniones políticas.
Los detractores de la Declaración Académica de Derechos — incluyendo las organizaciones radicalizadas que representan hoy a la profesión académica, como la Asociación Americana de Profesores Universitarios, la Asociación Histórica Americana, la Asociación de Lengua Moderna y la Federación Americana de Profesores — han intentado bloquear su progreso emprendiendo una campaña de grotesca mal interpretación y falsedad, acusándome de intentar poner al gobierno al mando de los planes de estudios universitarios y de intentar hacer que se despida a profesores de izquierdas.
Argumentan que nuestra campaña exigiría a las universidades enseñar posiciones minoritarias tales como el revisionismo del Holocausto o el diseño inteligente. Estas afirmaciones son patentemente falsas. Cualquiera que lo desee puede leer la Declaración de Derechos Académicos (que está colgada en http://www.studentsforacademicfreedom.org). No hay una sola oración en ella que verifique sus acusaciones.
La creación del comité de Pennsylvania fue el trabajo del ex Marine y Representante Republicano Gibson C. Armstrong. En el verano del 2004, Armstrong fue contactado por una electora llamada Jennie Mae Brown, una estudiante del campus de York en la Penn State que se quejó de un profesor de físicas que, declaró al New York Times, utilizaba regularmente tiempo de clase para "menospreciar al Presidente Bush y la guerra de Irak". Según el artículo, "como veterana de las Fuerzas Aéreas, Brown dijo pensar que los comentarios del profesor le parecían inapropiados para el aula".
Aunque muchos profesores anteponen el activismo a las clases, y en la práctica son culpables de tales abusos profesionales de sus aulas, estoy convencido de que representan una minoría de la facultad, parte de una subcultura académica que confunde concienciación política con educación. Estoy convencido de que la mayoría de los profesores universitarios de este país son personas de buena voluntad, y la campaña que he iniciado está diseñada para animarles a subir a la palestra en defensa de los valores educativos y la libertad académica en el aula.
DAVID HOROWITZ es un conocido autor norteamericano y activista de los derechos civiles. Fue uno de los fundadores de la Nueva Izquierda en los años 60 y editor de su mayor publicación, Ramparts. En los años 70 creó el Oakland Community Learning Center, un centro escolar urbano para niños con discapacidades gestionado por el Partido Black Panther. En los años 90 crea la Individual Rights Foundation, que lideró la batalla contra los códigos de discurso en los campus universitarios, y forzó a todo el gabinete del presidente de la Universidad de Minnesota a someterse a cinco horas de entrenamiento de la sensibilidad hacia la Primera Enmienda por violar los derechos de libertad de expresión de sus estudiantes, En 1996 fue portavoz de la California Civil Rights Initiative, que prohibió al gobierno la discriminación positiva por motivos de sexo, raza, color, etnia o procedencia. David Horowitz es un opositor abierto a la censura y las preferencias raciales, y un defensor de las minorías y grupos bajo ataque.

Contra la esclavitud del siglo XXI

Cuando empezó a aflorar el movimiento antiesclavista a finales del siglo XVIII muchos lo vieron como el principio del fin. Hubo dudas de todo tipo, desde económicas hasta morales pasando por las políticas o las referidas a la estabilidad del sistema. Se llegó a decir incluso que los esclavos tenían que compensar a sus amos por la productividad que no realizarían al dejar de trabajar gratis para ellos. Algunos creían que al ser unos "salvajes" sembrarían el caos entre ellos y eso desestabilizaría la sociedad. No sólo los esclavistas pensaban así, sino que incluso algunos esclavos también lo creían. Preferían vivir en la falsa seguridad de la tiranía que descubrir el huracán de la libertad y la capacidad de tomar decisiones por si mismo siendo siempre responsable de sus propios actos.Todos estos miedos nos parecen absurdos ahora que ya conocemos la historia. Nos cuesta entender incluso cómo una enorme parte de la sociedad podía tener miedo al abolicionismo. La esclavitud en Europa fue abolida con la llegada del capitalismo y fue uno de los más grandes pasos hacia la libertad individual.Ahora estamos en el siglo XXI y la esclavitud aún existe. Esclavitud es la posesión de un ser humano en manos de otra contra la voluntad del primero. Es la explotación del trabajo de una persona contra su voluntad y eso implica el robo también de su propiedad privada, esto es, de su producción. El esclavo no tiene opciones, sólo ha de trabajar para su amo, de no ser así, el amo tiene la capacidad de aplicar la fuerza, la violencia física contra el esclavo pudiéndolo incluso matar. El que trabaja de forma voluntaria jamás puede ser un esclavo, por más mal pagado o explotado que se considere. En el momento que podemos abandonar de forma libre y sin represalias nuestro trabajo, somos hombres libres no esclavos. Todo y así, la esclavitud no sólo sigue existiendo, sino que es masiva y afecta a todos los sistemas occidentales. Sólo hay una organización que nos haga rendirle por medio de la fuerza nuestra producción y libertad contra nuestra voluntad: el estado. A igual que ocurría en los siglos XVIII y XIX, la actual esclavitud del estado se mantiene por las mismas excusas: el esclavo (usted) no puede vivir en libertad porque es un ser antisocial, se rinde ante sus pasiones, o también, en libertad sólo haría que generar costes sociales que llevarían a la extinción de la humanidad. Posiblemente, de aquí a doscientos años nuestros descendientes vean estas excusas tan ridículas como nosotros vemos las de los esclavistas de siglos pasados. En ese momento futuro, es de desear que el hombre haya llegado a la cúspide de la civilización y por fin podrá desarrollar su potencial sin obstáculos ni extorsión.El estado no ha de ser responsable de nuestras vidas ni actos. Cuando lo hace, sólo es para podernos expropiar por medio de la coacción nuestra propiedad privada y nuestro trabajo. Los impuestos, por ejemplo, no tienen ninguna justificación individual ni por lo tanto social, más bien al revés. Sólo sirven para mantener a una oligarquía: gobernantes, políticos, grupos de presión, sindicatos, patronales, monopolios... que en una sociedad libre sería minoritaria y menos parasitaría que en la actualidad. Al rendir nuestra producción o dinero al estado tenemos, de hecho, un socio pasivo e impuesto que cada día, semana, mes, año y durante toda nuestra vida vamos a tener que alimentar sin que nos aporte nada en balance general, aunque sólo sea por la suma de todos los costes de transacción o la restricción a la diversidad de la estructura productiva y de precios que el estado impide. Pero lo que es más importante, con los impuestos cedemos nuestra producción realizada contra nuestra voluntad. A eso siempre se le ha llamado robo, no hay ningún contrato ni negociación posible, es "la bolsa o la vida", y sólo bajo esta amenazada el esclavo paga. No es un acto humanitario, sino antisocial e incivilizado.De igual forma, el estado abarca cada vez más el control en nuestras vidas. ¿Por qué necesita un permiso del gobierno para conducir, abrir una empresa, comprar un arma para defendernos o por qué la ley, ordenanzas municipales o los políticos en general le han de decir dónde aparcar su vehículo, cuándo regar las plantas o a qué hora o cómo ha de sacar la basura todo ello bajo la amenaza de multas? Rápidamente el esclavista y prohibicionista le responderán, al igual que decían en el S. XIX: "porque el hombre es un salvaje, necesita leyes que le coarten su libre albedrío, sino la sociedad sería un caos y todos desapareceríamos".La burda apología del esclavismo concibe que el hombre no son responsable de sus propios actos, y cómo solución nos plantea una contradicción: un grupo de hombres, oligarcas, que dirijan y manden sobre el resto. Si el hombre es salvaje por esencia ningún sentido tiene poner al mando a uno de su misma especie. No sólo eso, sino que además los incentivos son diferentes. El político, al ser un hombre con control supremo y sin nadie que le supervise –todo lo contrario que nosotros– toma decisiones que sólo apoyan su interés sin necesidad que a usted le puedan ser beneficiosas. Más bien al revés, como el político y el gobierno son los dueños monopolísticos de la fuerza y la ley pueden usarla en único beneficio de ellos mismos y los suyos. Si lee la prensa o mira las noticias encontrará tantos casos como quiera: corrupción por todas partes, leyes favorables a una sola empresa o grupo de presión, o leyes que sólo favorecen al propio gobierno como la actual Ley del Suelo que abarata las expropiaciones y puede impulsar la corrupción política aún más.Los controles sociales pueden existir sin una represión continua del estado hacia todo, es más, la represión y derecho positivo en el que se basa el estado del bienestar no son la mejor forma de potenciar la responsabilidad individual. Curiosamente es a la inversa, fomentan el caos y el grado de inicialización del hombre. El continuo aumento de la delincuencia en España es debido a leyes que consideran al criminal
una víctima, esto es, lo exoneran de sus actos. El alto grado de desempleo es debido a leyes que fomentan la irresponsabilidad individual como el subsidio de desempleo o leyes contra el despido, que además, se basan en la extorsión. Para garantizar una sociedad puramente responsable sólo hay un camino, avanzar hacia una libertad total donde todo sea responsabilidad privada e alguien. Fíjese por ejemplo, que las calles siempre están sucias, su "responsable" es el estado. Por el contrario, los grandes almacenes privados siempre están limpios. Sus dueños se encargan de que así sea sin que le cueste nada a la sociedad.Los pensadores liberales y la entrada del capitalismo abolieron la esclavitud privada. Ahora que hemos consolidado este hito de la civilización vamos a tener que ir más allá y abolir la esclavitud del estado. La entrada de lo que conocemos como Globalización nos lo permite y corre de nuestro lado, es una potente arma para la descentralización estatal. La tecnología, con Internet por ejemplo, también nos permite difundir las ideas sin la censura del gobierno, al menos por el momento. Es la obligación de cualquier hombre libre luchar contra la esclavitud, no importa que fuese en el siglo XVIII o en el XXI.
Autor: Jorge Valin
Fuente: www.jorgevalin.com
Fuente: www.juandemariana.com