Mostrando las entradas con la etiqueta Murray Rothbard. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Murray Rothbard. Mostrar todas las entradas

septiembre 04, 2008

El anarco-comunismo no es verdaderamente libertario.


Anarco-comunismo

Por Murray Newton Rothbard
Traducido por Albert Esplugas Boter
Fuente: Liberalismo.org
El artículo original fue publicado el 1 de enero de 1970 en The Libertarian Forum.
Ahora que la Nueva Izquierda ha abandonado su anterior postura no-ideológica ancha y flexible, dos ideologías han sido adoptadas como guía teorética por los Nuevos Izquierdistas: el marxismo-estalinismo, y el anarco-comunismo. El marxismo-estalinismo desafortunadamente ha conquistado el SDS, pero el anarco-comunismo está seduciendo a muchos izquierdistas que demandan una alternativa a la tiranía burocrática y estatista que ha marcado el camino estalinista. Y muchos libertarios, en busca de líneas de acción y aliados para emprenderlas, se han sentido atraídos por un credo anarquista que aparentemente exalta la voluntariedad y reivindica la abolición del Estado coercitivo. Es lamentable, sin embargo, desatender y perder de vista los propios principios en el afán por encontrar aliados para acciones tácticas específicas. El anarco-comunismo, ya sea en su forma Bakunin-Kropotkin original o en su actual variedad irracionalista y “post-escasez”, es el polo opuesto de los genuinos principios libertarios.
Si hay algo, por ejemplo, que el anarco-comunismo odia y desprecia más que el Estado son los derechos de propiedad privada; en realidad, la principal razón por la que los anarco-comunistas se oponen al Estado es porque creen fervientemente que es la fuente y el custodio de la propiedad privada y que, por tanto, la abolición de la propiedad pasa por la destrucción del aparato estatal. No comprenden que el Estado siempre ha sido el mayor enemigo e invasor de los derechos de propiedad. Asimismo, menospreciando y repudiando el libre mercado, la economía de las ganancias y las pérdidas, la propiedad privada y la afluencia material – lo uno siendo corolario de lo otro – los anarco-comunistas erróneamente identifican el anarquismo con la vida comunal, con el intercambio tribal y con otros aspectos de nuestra emergente cultura juvenil de drogas y “rock and roll”.
Lo único bueno que puede decirse del anarco-comunismo es que, en contraste con el estalinismo, su forma de comunismo sería, se supone, voluntaria. Presumiblemente nadie sería obligado a integrarse en las comunas, y aquellos que quisieran continuar viviendo individualmente y emprender actividades de mercado, podrían hacerlo sin ser molestados. ¿O sí serían molestados? Los anarco-comunistas siempre han sido extremadamente vagos y nebulosos acerca de los rasgos característicos de su proyectada sociedad anarquista. Muchos de ellos han planteado la idea profundamente anti-liberal de que la revolución anarco-comunista tendrá que confiscar y abolir toda la propiedad privada, para alejar a cada uno de su vinculación psicológica a su propiedad particular. Además, es difícil de olvidar el hecho de que cuando los anarquistas españoles (anarco-comunistas del tipo Bakunin-Kropotkin) tomaron amplias regiones de España durante la Guerra Civil de la década de los 30, confiscaron y destruyeron todo el dinero de su territorio y con presteza decretaron la pena de muerte por el uso del dinero. Nada de esto transmite confianza acerca de la buenas y voluntaristas intenciones del anarco-comunismo.
En todos los otros aspectos el anarco-comunismo va desde lo desafortunado a lo absurdo. Filosóficamente esta doctrina es un avasallador asalto a la individualidad y a la razón. El deseo individual por la propiedad privada, la inclinación del hombre por superarse, por especializarse, por acumular ganancias e ingresos, son despreciadas por todas las ramas del comunismo. En lugar de eso se supone que cada uno debe vivir en comunas, compartiendo sus escasas pertenencias con sus compañeros y cuidándose de no adelantar en nada a sus hermanos comunitarios. En la raíz de todas las formas de comunismo, forzado o voluntario, reside un profundo odio por la excelencia humana, una negación de la superioridad natural o intelectual de unos hombres sobre los demás, y un afán por rebajar a cada individuo al nivel de una hormiga del montón comunal. En el nombre de un “humanismo” vacío, un irracional y profundamente anti-humano igualitarismo sustraería a cada individuo su particular y preciosa humanidad. Además, el anarco-comunismo desdeña la razón y sus corolarios, los propósitos a largo plazo, la previsión, el esfuerzo y el logro personal; en vez de eso exalta las emociones irracionales, los antojos y caprichos, todo ello en el nombre de la “libertad”. La “libertad” del anarco-comunismo no tiene nada que ver con la genuina libertaria ausencia de invasión o abuso interpersonal; es, en cambio, una “libertad” que significa ser esclavo de la sinrazón, del antojo irreflexivo, del capricho infantil. Social y filosóficamente, el anarco-comunismo es una desgracia.
Económicamente, el anarco-comunismo es absurdo. El anarco-comunista pretende abolir el dinero, los precios y el empleo, y propone conducir una economía moderna meramente a través de un registro automático de “necesidades” ubicado en algún banco de datos central. Nadie que tenga la más mínima noción de economía puede entretenerse con esta teoría un solo segundo. Hace cincuenta años Ludwig von Mises demostró que una economía planificada y sin dinero no puede operar más allá de un nivel sumamente primitivo. Explicó que los precios de mercado son indispensables para una asignación racional de todos nuestros recursos escasos – trabajo, tierra y bienes capitales – en las áreas y parcelas donde son más deseadas por los consumidores y donde pueden rendir con la mayor eficiencia. Los socialistas concedieron la validez del desafío de Mises, e intentaron – en vano – concebir un sistema de precios de mercado, racional, en el contexto de una economía socialista planificada. Los rusos, después de intentar una aproximación a la economía comunista sin dinero en su “Comunismo de Guerra” tras la Revolución Bolchevique, reaccionaron con horror al ver que la economía rusa se precipitaba al desastre. Ni siquiera Stalin intentó nunca revivirlo, y desde la Segunda Guerra Mundial, los países del Este de Europa han presenciado un total abandono de este ideal comunista y un rápido giro hacia el libre mercado, un sistema de precios libre, test de ganancias y pérdidas y la promoción de la afluencia del consumidor. No es casualidad que hayan sido precisamente los economistas de los países comunistas los que han liderado la huída del comunismo, el socialismo y la planificación central, hacía el libre mercado. No es ningún crimen ser un ignorante en economía, que es, después de todo, una disciplina especializada que además la mayoría de gente considera una “ciencia deprimente”. Pero es una total irresponsabilidad tener una sonora y vociferante opinión sobre materias económicas mientras se permanece en semejante estado de ignorancia. Y esta clase de ignorancia agresiva es inherente al credo anarco-comunista.
El mismo comentario puede hacerse en relación con la generalizada creencia, sostenida por muchos Nuevos Izquierdistas y por todos los anarco-comunistas, de que ya no hay ninguna necesidad de preocuparse por la economía o la producción porque estamos viviendo en un mundo que supuestamente ha superado la escasez, y donde por tanto no tienen cabida estos problemas. Pero, aunque nuestro estado de escasez sea claramente menos precario que el del hombre de las cavernas, todavía vivimos en un mundo de apremiante escasez económica. ¿Cómo sabremos cuándo el mundo ha alcanzado un estadio “post-escaso”? Simplemente, cuando todos los bienes y servicios que podamos desear sean tan superabundantes que sus precios caigan hasta cero; en suma, cuando podamos adquirir todos los bienes como si estuviéramos en el Jardín del Edén, sin esfuerzo, sin trabajo, sin emplear ningún recurso escaso.
El espíritu anti-racionalista del anarco-comunismo fue expresado por Norman O. Brown, uno de los gurús de la nueva “contra-cultura”: “El gran economista von Mises intentó refutar el socialismo demostrando que, al abolir el intercambio, el socialismo hacía el cálculo económico... y por tanto la racionalidad económica, imposible. Pero si von Mises está en lo cierto, entonces lo que descubrió no es una refutación... sino una justificación psicoanalítica del socialismo... Es una de las tristes ironías de la vida intelectual contemporánea que la réplica de los economistas socialistas a los argumentos de Mises intentara mostrar que el socialismo no era incompatible con ‘el cálculo económico racional’, esto es, que sí incorpora el principio inhumano de la economización” (Life Against Death, Random House, 1959, pág. 238-39).
El hecho de que el abandono de la racionalidad y la economía en favor de la “libertad” y el capricho conducirá al quebranto de la producción moderna y la civilización y nos devolverá al barbarismo no amansa a nuestros anarco-comunistas y otros exponentes de la contra-cultura. Pero lo que parece que no aciertan a comprender es que el resultado de esta vuelta al primitivismo será la inanición y la muerte de la mayoría de la humanidad y una precaria subsistencia para los restantes. De llevarse a cabo su propuesta, se darán cuenta de que es difícil vivir felices y “sin represión” mientras se muere de hambre. Todo lo cual nos remite a la sabiduría del gran filósofo español Ortega y Gasset: “En los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías. Esto puede servir como símbolo del comportamiento que en más vastas y sutiles proporciones usan las masas actuales frente a la civilización que las nutre (...) La civilización no está ahí, no se sostiene a sí misma. Es artificio (...) Si usted quiere aprovecharse de la ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted de sostener la civilización... se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. ¡Un descuido, y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado! Como si hubiesen recogido unos tapices que tapaban la pura Naturaleza, reaparece repristinada la selva primitiva. La selva siempre es primitiva. Y viceversa. Todo lo primitivo es selva.” (Ortega y Gasset, The Revolt of the Masses, New York, W.W. Norton, 1932, pág. 97)

enero 22, 2008

Murray Rothbard: Lo que el estado es y lo que no es.

El Estado es considerado casi universalmente como una institución de servicio público. Algunos teóricos veneran al Estado como la apoteosis de la sociedad; otros lo consideran como una amigable, aunque algunas veces ineficiente, organización para el logro de fines sociales; pero casi todos lo consideran como un medio necesario para lograr los objetivos de la humanidad, un medio a ser contrapuesto al "sector privado" y que usualmente gana en esta competencia por recursos. Con el surgimiento de la democracia, la identificación del Estado con la sociedad se ha redoblado, hasta el punto que es común escuchar la expresión de sentimientos que virtualmente violan todos los principios de la razón y el sentido común, tales como "nosotros somos el gobierno". El útil término colectivo "Nosotros" ha permitido que un camuflaje ideológico haya sido extendido sobre la realidad de la vida política.
Si "nosotros somos el gobierno", entonces todo lo que un gobierno le haga a un individuo no es sólo justo y no-tiránico, sino también voluntario de parte del individuo involucrado. Si el gobierno ha incurrido en una enorme deuda pública la cual debe ser pagada gravando a un grupo en beneficio del otro, la realidad de la carga es oscurecida al decir que "nos lo debemos a nosotros mismos"; si el gobierno recluta a un hombre, o lo encierra en prisión por sus opiniones disidentes, entonces "él mismo se lo hizo", y por lo tanto, nada grave a sucedido. De acuerdo a este razonamiento, cualquier judío asesinado por el gobierno Nazi no fue realmente asesinado, sino que debe haber "cometido suicidio", ya que los judíos eran el gobierno (el cual fue democráticamente electo) y, en consecuencia, cualquier cosa que el gobierno les haya hecho fue voluntario de su parte. Uno pensaría que no es necesario elaborar sobre este punto, y sin embargo la gran mayoría de la población cree en esta falacia en menor o mayor grado.

Debemos entonces enfatizar que "nosotros" no somos el gobierno, el gobierno no es "nosotros". El gobierno no representa en ningún sentido preciso, a la mayoría del pueblo1. Pero aún si lo hiciera, aún si el 70% de la población decidiera asesinar al restante 30%, eso sería de todas formas asesinato y no suicidio voluntario de parte de la minoría masacrada2. A ninguna metáfora organicista ni calmante irrelevante de que "todos somos parte del otro" debe permitírsele oscurecer este hecho básico.

Si, entonces, el Estado no es "nosotros", si no es la familia humana juntándose para decidir sobre sus problemas comunes; si no es una reunión de una logia o "Country Club"; ¿qué es el Estado? Brevemente, el Estado es aquella organización en la sociedad que intenta mantener un monopolio sobre el uso de la fuerza y la violencia en una determinada área territorial; en particular, el Estado es la única organización que obtiene sus ingresos, no a través de contribuciones voluntarias o el pago por servicios prestados, sino a través de la coerción. Mientras que otros individuos o instituciones obtienen sus ingresos por medio de la producción de bienes y servicios y por la venta voluntaria y pacífica de dichos bienes y servicios a otros individuos, el Estado obtiene su renta mediante el uso de la compulsión, es decir, la amenaza de la cárcel y la bayoneta3. Luego de usar la fuerza y la violencia para obtener sus ingresos, pasa a regular las demás acciones sus súbditos individuales. Uno pensaría que la simple observación de todos los Estados a lo largo de la historia y sobre todo el globo terráqueo, sería suficiente prueba de esta afirmación; pero el aura de mito ha envuelto por mucho tiempo las actividades del Estado, que cierta elaboración es necesaria.

El hombre viene al mundo desnudo y con la necesidad de usar su mente para aprender como tomar los recursos que le ha dado la naturaleza y transformarlos (por ejemplo, mediante la inversión de capital) en formas y maneras y lugares en los cuales dichos recursos puedan ser usados para la satisfacción de sus necesidades y el avance de su nivel de vida. La única forma por la cual el hombre puede lograr tal cosa es mediante el uso de su mente y su energía para transformar recursos ("producción") e intercambiar dichos productos por bienes creados por otras personas. El hombre ha descubierto que a través del proceso de intercambio voluntario y mutuo, la productividad, y por tanto el nivel de vida de todos los participantes en el intercambio puede incrementarse enormemente. El único curso "natural" para la supervivencia del hombre y la obtención de riqueza es, por lo tanto, el uso de su mente y energía para dedicarse al proceso de la producción e intercambio. El hombre hombre hace esto, en primer lugar encontrando recursos naturales y transformándolos ("mezclando su trabajo con ellos", según Locke), para hacerlos su propiedad individual y luego intercambiando dicha propiedad por la propiedad similarmente obtenida de otros. El camino social dictado por los requerimientos de la naturaleza del hombre es, por consiguiente, el camino de los "derechos de propiedad". A través de este camino los hombres han aprendido a evitar los métodos de la "selva", el pelear por los recursos escasos, de manera que A sólo puede obtenerlos a expensas de B y, en cambio, ha aprendido a multiplicar dichos recursos inmensamente en harmoniosa y pacífica producción e intercambio.

El gran sociólogo alemán Franz Oppenheimer señaló que hay sólo dos formas mutuamente excluyentes de obtener riqueza: en primer lugar, el método anterior de la producción e intercambio, al cual llamó los "medios económicos". La otra forma es más simple, en el sentido que no requiere de productividad, es el método de la captura de los bienes o servicios de otros por medio de la fuerza y la violencia. Este es el método de la confiscación unilateral, del robo de la propiedad de otros. Este es el método que Oppenheimer denominó "medios políticos" hacia la riqueza. Debería estar claro que el uso pacífico de la razón y la energía propia para la producción es el camino natural para el hombre: sus medios de supervivencia y prosperidad en esta Tierra. Debería ser igualmente claro que los medios coercivos y explotadores son contrarios a la ley natural, son parasíticos. Pues en vez de agregar a la producción, substrae de ella. Los "medios políticos" desvían la producción hacia un individuo o grupo parasítico y destructivo; y esta desviación no sólo substrae del número de productores, sino que también reduce el incentivo que estos tienen para producir más allá de su propia subsistencia. A largo plazo, el ladrón destruye su propio medio de subsistencia al menguar o eliminar la fuente de sus propias provisiones. Pero no sólo eso, pues aún en el corto plazo, el depredador está actuando en contra de su propia naturaleza como ser humano.

Estamos ahora en una posición de contestar más completamente la pregunta: ¿Qué es el Estado? El Estado, en palabras de Oppenheimer, es la organización de los medios políticos; es la sistematización del proceso predatorio sobre un territorio determinado4. Pues el crimen es, en el mejor de los casos, esporádico e incierto, el parasitismo es efímero y la vida coercitiva y parasítica puede ser cortada en cualquier momento, a través de la resistencia de las víctimas. El Estado provee un canal legal, ordenado y sistemático para la depredación de la propiedad privada; hace segura y relativamente pacífica la vida de la casta de parásitos en la sociedad.5 Ya que la producción debe preceder siempre a la depredación, el mercado libre es anterior al Estado. El Estado nunca ha sido creado mediante un "contrato social", siempre ha nacido de la conquista y la explotación. El paradigma clásico era el de una tribu conquistadora haciendo una pausa en sus métodos ancestrales de saqueo y asesinato de una tribu conquistada, para darse cuenta que el tiempo de vida de la depredación sería más largo y seguro, y la situación más placentera, si a la tribu conquistada se le permitiese vivir y producir, con los conquistadores asentándose entre ellos como gobernantes, exigiendo un tributo anual estable.6 Un método para el nacimiento del Estado puede ser ilustrado de la siguiente manera: en las colinas del sur de "Ruritania" un grupo de bandidos logra tomar el control físico sobre el territorio y entonces, el cacique de la banda se proclama a sí mismo "Rey del gobierno soberano e independiente de Ruritania del Sur". Y si él y sus hombres tienen la fuerza necesaria para mantener este gobierno por un rato, ¡Bienvenidos! Un nuevo Estado se ha unido a la "familia de Naciones", y los antiguos líderes de la banda han sido transformados en la nobleza legal del reino.

Como se preserva el Estado a sí mismo

Una vez que el Estado ha sido establecido, el problema del grupo o casta dominante es cómo mantener su dominio7. Mientras que la fuerza es su modus operandi, su problema básico y de largo plazo es ideológico. Pues para continuar a cargo, cualquier gobierno (no solamente uno democrático) debe tener el apoyo de la mayoría de sus súbditos. Este apoyo, se debe hacer notar, no necesariamente debe ser entusiasmo activo, muy bien puede ser resignación pasiva, como ante una inevitable ley de la naturaleza. Mas apoyo debe haber, en el sentido de aceptación de algún tipo; de otra manera la minoría de gobernantes del Estado eventualmente sería abrumada por la activa resistencia de la mayoría del público. Debido a que la depredación debe ser mantenida a partir de los excedentes de la producción, es necesariamente cierto que la clase constituyente del Estado -la burocracia permanente y la nobleza- debe ser una minoría bastante pequeña del país, aunque puede, desde luego, comprar aliados entre los grupos importantes de la población. Por lo tanto, la principal tarea de los gobernantes es siempre asegurar la aceptación activa o resignada de la mayoría de los ciudadanos.

Por supuesto, uno de los métodos para asegurarse apoyo es la creación de privilegios. Por lo tanto, el rey solo no puede gobernar, debe tener un grupo considerable de seguidores quienes disfrutan de las prerrogativas del dominio, por ejemplo, los miembros del aparato estatal, tales como la burocracia permanente o la nobleza consolidada10. Pero este método garantiza solamente una minoría de seguidores ávidos y, hasta la fundamental compra de apoyos a través de subsidios y el otorgamiento de privilegios no es capaz de lograr el consentimiento de la mayoría. Para lograr tal consentimiento la mayoría debe ser convencida por medio de la ideología de que su gobierno es bueno, sabio, al menos inevitable y ciertamente mejor que las alternativas concebibles. La tarea social fundamental de los "intelectuales" es promover dicha ideología entre la gente. Pues las masas de hombres no cran sus propias ideas, es más, ni siquiera piensan a través de ellas independientemente, sino que siguen pasivamente las ideas adoptadas y diseminadas por el cuerpo de intelectuales. Los intelectuales son, por lo tanto, los "formadores de opinión" en la sociedad. Y ya que precisamente lo que el Estado necesita desesperadamente es el moldeamiento de la opinión pública, la base de la antigua alianza entre el Estado y los intelectuales se hace clara.

Es evidente que el Estado necesita a los intelectuales; no es tan evidente por qué los intelectuales necesitan al Estado. En pocas palabras, podemos afirmar que el sustento de los intelectuales es un mercado libre nunca está demasiado seguro, pues estos deben depender de los valores y elecciones de las masas de sus compatriotas y es precisamente característico de las masas que generalmente están desinteresadas en los asuntos intelectuales. El Estado, por otro lado, está dispuesto a ofrecerle a los intelectuales una posición permanente dentro del aparato estatal y, por lo tanto, renta segura y la panoplia del prestigio. Pues el intelectual será recompensado generosamente por la importante función que desempeña para los gobernantes, grupo del cual ahora pasa a formar parte.

Por supuesto, uno de los métodos para asegurarse apoyo es la creación de privilegios. Por lo tanto, el rey solo no puede gobernar, debe tener un grupo considerable de seguidores quienes disfrutan de las prerrogativas del dominio, por ejemplo, los miembros del aparato estatal, tales como la burocracia permanente o la nobleza consolidada.

Pero este método garantiza solamente una minoría de seguidores ávidos y, hasta la fundamental compra de apoyos a través de subsidios y el otorgamiento de privilegios no es capaz de lograr el consentimiento de la mayoría. Para lograr tal consentimiento la mayoría debe ser convencida por medio de la ideología de que su gobierno es bueno, sabio, al menos inevitable y ciertamente mejor que las alternativas concebibles. La tarea social fundamental de los "intelectuales" es promover dicha ideología entre la gente. Pues las masas de hombres no eran sus propias ideas, es más, ni siquiera piensan a través de ellas independientemente, sino que siguen pasivamente las ideas adoptadas y diseminadas por el cuerpo de intelectuales. Los intelectuales son, por lo tanto, los "formadores de opinión" en la sociedad. Y ya que precisamente lo que el Estado necesita desesperadamente es el moldeamiento de la opinión pública, la base de la antigua alianza entre el Estado y los intelectuales se hace clara.

Es evidente que el Estado necesita a los intelectuales; no es tan evidente por qué los intelectuales necesitan al Estado. En pocas palabras, podemos afirmar que el sustento de los intelectuales es un mercado libre nunca está demasiado seguro, pues estos deben depender de los valores y elecciones de las masas de sus compatriotas y es precisamente característico de las masas que generalmente están desinteresadas en los asuntos intelectuales. El Estado, por otro lado, está dispuesto a ofrecerle a los intelectuales una posición permanente dentro del aparato estatal y, por lo tanto, renta segura y la panoplia del prestigio. Pues el intelectual será recompensado generosamente por la importante función que desempeña para los gobernantes, grupo del cual ahora pasa a formar parte.

La alianza entre el Estado y los intelectuales fue simbolizada por el deseo ansioso de profesores de la Universidad de Berlín durante el siglo XIX de formar la "guardia intelectual de la Casa de Hohenzollern". En la actualidad, debemos notar el comentario revelador de un eminente académico marxista en relación al estudio crítico del profesor Wittfogel sobre el antiguo despotismo oriental: La civilización que el profesor Wittfogel está atacando tan amargamente era una que podía convertir poetas y académicos en funcionarios. De innumerables ejemplos, podemos citar el desarrollo reciente de la "ciencia" de la estrategia, al servicio del brazo más violento del gobierno, el militar. Además, una institución venerable, es la del historiador oficial o de la "corte", dedicada a proporcionar la visión del gobernante sobre sus propias acciones y las de sus predecesores.

Muchos y variados han sido los argumentos mediante los cuales el Estado y sus intelectuales han inducido a sus súbditos a apoyar su hegemonía. Básicamente la cade na del argumento puede ser resumida así: (a) los gobernantes estatales son hombres grandiosos y sabios (gobiernan por "gracia divina", son la "aristocracia" de los hombres, son los "expertos científicos"), mucho más grandiosos y sabios que los buenos pero bastante simplones súbditos y (b) la hegemonía del gobierno es inevitable, absolutamente necesaria y muchísimo mejor que los indescriptibles males que surgirían después de su caída. La unión de la iglesia y el estado fue una de las más antiguas y exitosas de estos instrumentos ideológicos. El gobernante o era bendecido por Dios o, en el caso de muchos despotismo orientales, él mismo era Dios; por lo tanto, cualquier resistencia a su dominio sería blasfemia. Los sacerdotes estatales realizaban la labor intelectual básica de obtener el apoyo popular e incluso la adoración de los gobernantes.

Otra arma exitosa era inspirar miedo de cualquier forma alternativa de gobierno o desgobierno. Los gobernntes actuales, se mantenía, proveen a los ciudadanos de un servicio esencial, por el cual deben estar de lo más agradecidos: protección contra criminales esporádicos y merodeadores. Pues el Estado, para mantener su propio monopolio de la depredación, en efecto se aseguraba de que el crimen privado y esporádico fuese mantenido al mínimo; el Estado siempre ha sido celoso de su propio dominio. Especialmente el Estado ha sido exitoso en siglos recientes en inspirar miedo de otros gobernantes. Ya que la superficie terrestre del Globo ha sido parcelada entre Estados particulares, una de las doctrinas básicas del Estado fue identificarse a sí mismo con el territorio que gobernaba. Como muchas personas tienden a amar su tierra natal, la identificación de dicha tierra y su gente con el Estado era un medio de hacer trabajar al patriotismo natural a favor del Estado. Si "Ruritania" estaba siendo atacada por "Walldavia", la primera tarea del Estado y sus intelectuales era convencer a los habitantes de Ruritania de que el ataque era realmente contra ellos y no simplemente contra la casta gobernante. De esta forma, una guerra entre gobernantes fue convertida en una guerra entre pueblos, con cada pueblo saliendo en la defensa de sus gobernantes, bajo la creencia errónea que los gobernantes los estaban defendiendo a ellos. Este truco del "nacionalismo" ha sido exitoso solamente, en la civilización Occidental, en siglos recientes; no hace mucho tiempo que las masas de súbditos consideraban las guerras como batallas irrelevantes entre distintos grupos de nobles.

Numerosas y sutiles son las armas ideológicas que el Estado ha empuñado durante siglos. Un arma exitosa ha sido la tradición. Mientras más largo sea el tiempo que el gobierno del Estado ha sido capaz de preservarse a sí mismo, esta arma es más poderosa; pues entonces las dinastía X o el Estado Y tiene el peso aparente de siglos de tradición tras de sí. La adoración de nuestros ancestros se convierte entonces en un medio no tan sutil de adoración de nuestros gobernantes ancestrales. El mayor peligro para el Estado es la crítica intelectual independiente; no hay mejor manera de reprimir dicha crítica que atacando cada voz aislada, cada promotor de nuevas dudas, como un profano violador de la sabiduría de sus ancestros. Otra potente fuerza ideológica es depreciar al individuo y exaltar la colectividad de la sociedad. Puesto que cualquier gobierno necesita aceptación de la mayoría, cualquier peligro ideológico para dicho dominio sólo puede surgir a partir de unos pocos individuos de pensamiento independiente. La nueva idea, mucho menos la nueva crítica idea, necesita comenzar como una opinión de una pequeña minoría; por lo tanto, el Estado debe cortar dicha visión de raíz ridiculizando cualquier idea que desafía las opiniones de las masas. El "Escuchad sólo a vuestro hermano" o "ajústese a la sociedad", por lo tanto, se transforman en armas ideológicas para aplastar la disidencia. Con tales medidas las masas nunca aprenderán sobre la inexistencia del traje de su emperador. También es importante para el Estado hacer parecer inevitable su dominio; aún si su reinado es impopular será enfrentado entonces con resignación pasiva, como atestigua el aparejamiento familiar de "muerte e impuestos". Un método es inducir al determinismo hitoriográfico en oposición la libre voluntad individual. Si la dinastía X nos gobierna, esto es debido a que las "Leyes Inexorables de la Historia" (o la Voluntad Divina, o el Absoluto, o las Fuerzas Materialistas Productivas) lo han decretado así y nada que un endeble individuo pueda hacer podría cambiar ese decreto inevitable. También es importante para el Estado inculcar a sus súbditos una animadversión por cualquier "teoría de conspiración de la historia"; pues la búsqueda de "conspiraciones" significa una búsqueda de motivos y la atribución de responsabilidades por las fechorías históricas. Sin embargo, si cualquier tiranía, corrupción o guerra agresiva impuesta por el Estado, no fue causada por los gobernantes del Estado, sino por las misteriosas y secretas "fuerzas sociales", o por el imperfecto estado del mundo, o si de alguna manera todo el mundo fuese responsable ("Todos somos asesinos", proclama un eslogan), entonces no tiene sentido que la gente se sienta indignada y se levante en contra de tales crímenes. Además, un ataque contra las "teorías de conspiración" significa que los súbditos se harán más crédulos al tragarse las razones de "bienestar general" que siempre son presentadas por el Estado para dedicarse a cada una de sus actividades despóticas. Una "teoría de conspiración" puede desestabilizar el sistema al causar que el público dude de la propaganda ideológica del Estado.

Otro método probado y auténtico para doblegar a sus súbditos a la voluntad del Estado es inducir sentimientos de culpa. Cualquier incremento en el bienestar privado puede ser atacado como "avaricia escandalosa", "materialismo" o "excesiva opulencia"; el producir ganancias puede ser atacado como "explotación", "usura"; intercambios mutuamente beneficiosos denunciados como "egoísmo" y, de alguna manera, siempre llegando a la conclusión que más recursos deben ser desviados del sector privado al "público". La culpa así inducida hace al público más presto a aceptar exactamente eso. Pues mientras las personas individuales tienden a dejarse llevar por la "avaricia egoísta", la incapacidad de los gobernantes de comprometerse en intercambios se supone que debe representar su devoción a causas más elevadas y nobles -siendo aparentemente la depredación parasítica moral y estéticamente magnánima en comparación con el trabajo pacífico y productivo.

En la presente, más secular, época el derecho divino del Estado ha sido suplido mediante la invocación de un nuevo dios: la Ciencia. Se proclama ahora que el gobierno del Estado es ultra científico, al constituir planificación por expertos. Pero, a pesar que la "Razón" es invocada más frecuentemente que en siglos anteriores, esta no es la verdadera razón del individuo y su ejercicio del libre albedrío; esta es aun colectivista y determinista, implica agregados integrales y la manipulación coercitiva de los pasivos súbditos por parte del Estado.

El creciente uso de la jerga científica le ha permitido a los intelectuales del Estado tejer apologías obscuras del Estado que sólo habrían sido ridiculizadas por los habitantes de una época más sencilla. Un ladrón que justificase sus robos diciendo que en realidad él ayuda a sus víctimas, al estimular las ventas minoristas con sus gastos, hallaría muy pocos conversos; pero cuando esta teoría es disfrazada con ecuaciones Keynesianas y referencias impresionantes al "efecto multiplicador" desafortunadamente posee más convicción. De manera que el asalto al sentido común continúa, cada época realizando la tarea a su propio modo.

De manera que, siendo el apoyo ideológico vital para el Estado, este debe intentar incesantemente de impresionar al público con su "legitimidad", para distinguir sus actividades de los meros bandidos. Sus asaltos constantes al sentido común no es un accidente, pues como Mencken vívidamente mantuvo: El hombre promedio, cualquiera que sean sus otros errores, al menos ve claramente que el gobierno es algo que está fuera de él y de la generalidad de sus semejantes -es decir, un poder separado, independiente y hostil, sólo parcialmente bajo su control y capaz de causarle gran daño. ¿Es un hecho insignificante que robar al gobierno es considerado en todas partes como un crimen de menor magnitud que robar a un individuo, o aun a una corporación? ... Lo que está detrás de todo esto, creo yo, es un profundo sentido del antagonismo fundamental entre el gobierno y la gente a la que gobierna. Este es entendido, no como un comité de ciudadanos escogidos para encargarse de los asuntos comunales de toda la población, sino como una corporación separada y autónoma, principalmente avocada a la explotación de la población para el beneficio de sus propios miembros [los del Estado]... Cuando un ciudadano privado es robado, una persona valiosa es privada de los frutos de su trabajo y ahorros; cuando un gobierno es robado lo peor que pasa es que ciertos granujas y parásitos tendrán menos dinero para jugar que antes. La noción de que ellos se ganaron ese dinero nunca es considerada; para la mayoría de las personas sensibles dicha noción sería ridícula.

Como el Estado trasciende sus límites

Como Bertrand de Jouvenel sagazmente ha señaló, a lo largo de los años los hombres han inventado conceptos diseñados para contener y limitar el ejercicio del gobierno del Estado; y una vez tras otra el Estado, usando sus aliados intelectuales, ha logrado transformar estos conceptos en sellos de aprobación intelectuales de legitimidad y virtud a ser adjuntados a sus decretos y actuaciones. Originalmente, en Europa Occidental el concepto de soberanía divina sostenía que los reyes sólo podían gobernar de acuerdo a la ley divina; los reyes transformaron el concepto en un sello de aprobación divina para cualquiera de las acciones del rey. El concepto de democracia parlamentaria comenzó como una limitación popular al poder de la monarquía absolutista; terminó con el parlamento como la parte esencial del Estado y cada uno de sus actos como absolutamente soberano. Como Jouvenel concluye: Muchos escritores sobre la teoría de la soberanía han divisado uno (...) de estos mecanismos de restricción. Pero al final, todas y cada una de estas teorías han perdido su propósito original tarde o temprano y han venido a ser meros trampolines al Poder, al proveerlo con la poderosa ayuda de un soberano invisible con quien poderse identificar satisfactoriamente con el paso del tiempo.

Similarmente con doctrinas más específicas: los "derechos naturales" del individuo consagrados por John Locke y la Ley de Derechos se convirtieron en el estatista "derecho a un trabajo"; el utilitarismo se transformó de argumentos en favor de la libertad en argumentos contra la resistencia a las invasiones de la libertad por el Estado, etc.

Ciertamente el intento más ambicioso de imponer límites al estado ha sido la Ley de Derechos y otras partes restrictivas de la Constitución de los Estados Unidos, en los cuales límites escritos sobre el gobierno se convirtieron en la ley suprema a ser interpretada por un poder judicial supuestamente independiente de las otras ramas del gobierno. Todos los estadounidenses están familiarizados con el proceso por el cual la construcción de límites en la constitución ha sido inexorablemente expandida a los largo del último siglo. Pero pocos han sido tan agudos como el profesor Charles Black para ver que en el proceso el Estado ha transformado la misma revisión judicial de un instrumento para limitar a tan sólo un instrumento más para suministrar legitimidad ideológica a sus actuaciones. Pues si un decreto de "inconstitucionalidad" es una contención potente del poder del Estado, un veredicto implícito o explícito de "constitucionalidad" es un arma fabulosa para alentar la aceptación pública de cada vez mayores poderes gubernamentales.

El profesor Black comienza su análisis señalando la crucial necesidad de "legitimidad" para que cualquier gobierno perdure, esta legitimación significa aceptación mayoritaria básica del gobierno y sus acciones. La aceptación de la legitimidad se hace un problema particular en un país como los Estados Unidos, donde limitaciones sustantivas están incluidas en la teoría sobre la que el gobierno descansa. Lo que se necesita, agrega Black, es un medio por el cual el gobierno pueda asegurar al público que sus crecientes poderes son, de hecho, constitucionales. Y esta, concluye, ha sido la principal función histórica de la revisión judicial.
Dejemos que Black ilustre el problema: El riesgo supremo [para el gobierno] es la deslealtad y sentimiento de indignación ampliamente diseminado en la población, y la pérdida de autoridad moral por el gobierno como tal, por mucho que esta sea apoyada por la fuerza, la inercia o la falta de una alternativa atractiva disponible inmediatamente. Casi cualquier persona que viva bajo un gobierno de poderes limitados, tarde o temprano se verá sujeto a una acción gubernamental que desde la óptica de la opinión privada se encuentra fuera de los poderes del gobierno o prohibida positivamente. Un hombre es reclutado, aunque no encuentra nada en la constitución sobre ser reclutado (...) A un granjero se le dice cuánto trigo puede cosechar, y descubre que algunos abogados respetables creen igual que él que el gobierno no tiene más derecho de decirle cuánto trigo puede cosechar que de decirle a su hija con quién se puede casar. Un hombre va a la cárcel federal por decir lo que quiere y se encuentra en su celda recitando (...) "El Congreso no pasará leyes que limiten la libertad de expresión". A un comerciante se le dice cuánto puede y debe pedir por una mantequilla. El peligro es bastante real de que cada una de estas personas (¿y quién no se cuenta entre sus filas?) confronte el concepto de limitación del gobierno con la realidad (como a él le parece) de la flagrante transgresión de los límites concretos y llegue a la obvia conclusión respecto al estado de su gobierno en cuanto a su legitimidad.

El peligro es evitado por el Estado al proponer la doctrina que una agencia debe tener la última palabra en asuntos de constitucionalidad y que esta agencia debe ser, en el análisis final, parte del mismo gobierno federal. Pues mientras la aparente independencia del aparato judicial federal ha jugado un papel vital en convertir sus acciones en Santa Palabra para la masa de la población, también es cierto que la judicatura es parte y parcela del aparato gubernamental y es nombrada por las ramas ejecutiva y legislativa. Black admite que esto significa que el Estado se ha convertido en juez de su propia causa, violando en consecuencia un principio jurídico básico en la búsqueda de decisiones justas. Black niega bruscamente la posibilidad de otra alternativa.

Black agrega: El problema es entonces, inventar los medios gubernamentales de manera que [con un poco de suerte] se reduzca a un mínimo tolerable la objeción que el gobierno es juez de su propia causa. Habiendo logrado lo anterior, sólo se puede esperar que esta objeción, aunque teóricamente aun válida [énfasis mío], pierda en la práctica suficiente fuerza, de manera que la labor legitimadora de la institución que decida gane aceptación.

En el análisis final, Black encuentra el logro de la justicia y la legitimidad de que el Estado perpetuamente esté juzgando sus propias causas como "un verdadero milagro" Aplicando su tesis al famoso conflicto entre la Corte Suprema y el New Deal, el profesor Black incisivamente regaña a sus compañeros colegas pro-New Deal por su miopía al denunciar la obstrucción judicial: la versión estándar de la historia del New Deal y la Corte, a pesar de ser precisa en su forma, desplaza el énfasis (...) se concentra en las dificultades; casi olvida la forma en que todo el asunto terminó. Su consecuencia fue [y esto es lo que me gusta enfatizar] que después de casi 24 meses de resistencia (...) la Corte Suprema, sin un sólo cambio en las leyes de su composición, o de hecho, en su directiva efectiva, colocó el sello afirmativo de legitimidad en el New Deal y en la totalidad del nuevo concepto de gobierno en los Estados Unidos.

De esa forma, la Corte Suprema fue capaz de mandar al sueño eterno al amplio grupo de estadounidenses que tenía serias objeciones constitucionales contra el New Deal: Desde luego, no todo el mundo estuvo satisfecho. El Bonnie Prince Charlie del laissez-faire mandado constitucionalmente todavía agita los corazones de unos pocos fanáticos en las Montañas de la irrealidad colérica. Pero ya no hay ninguna duda pública significativa o peligrosa respecto al poder constitucional del Congreso para manejar economía nacional de la forma que lo hace (...) No teníamos otro medio, sino la Corte Suprema, para imprimirle legitimidad al New Deal.

Tal como Black reconoce, John C. Calhoun fue uno de los más importantes teóricos políticos que se dio cuenta -y con bastante anticipación- de la manifiesta laguna jurídica en los límites constitucionales al gobierno resultante de colocar el poder de interpretación definitivo en la Corte Suprema. Calhoun no estaba contento con el "milgro", sino que en cambio procedió con un análisis profundo del problema constitucional. En su Disquiciones, Calhoun demostró la tendencia inherente del Estado de violar los límites de tal Constitución: Una constitución escrita ciertamente tiene muchas y considerables ventajas, pero es un error grave suponer que la mera inserción de provisiones para restringir y limitar el poder del gobierno, sin investir a quienes para cuya protección han sido insertadas, de los medios para hacerlas cumplir [énfasis mío], será suficiente para evitar que el partido dominante abuse de sus poderes. Siendo el partido que posee al gobierno, y a partir de la misma naturaleza del hombre que hace necesario al gobierno para proteger a la sociedad, este estará a favor de los poderes que la constitución otorga y opuesto a las restricciones diseñadas para limitarlo (...) El partido menor o más débil, por el contrario, tomará la dirección opuesta, y las considerará [las restricciones] esenciales para su protección contra el partido dominante (...) Pero donde no hay medios con los cuales obligar al partido dominante a respetar las restricciones, el único recurso que les queda sería un construcción estricta de la constitución (...) A esto el partido dominante opondría una construcción liberal (...) Sería construcción contra construcción -una para reducir y la otra para expandir los poderes del gobierno al máximo. ¿Pero de qué utilidad sería la construción estricta del partido débil, contra la construcción liberal del partido fuerte, cuando este tendría todo el poder del gobierno para poner en práctica su construcción y el otro estaría privado de todos los medios de hacer cumplir su construcción? En una lucha tan desigual, el resultado sería indudable. El partido a favor de las restricciones sería abrumado (...) el final de la luch sería la subversión de la constitución (...) en última instancia las restricciones serían anuladas y el gobierno se convertiría en uno de poderes absolutos.

Uno de los pocos científicos políticos que reconoció el análisis de Calhoun sobre la Constitución fue el profesor J. Allen Smith. Smith nota que la Constitución estaba diseñada con separación de poderes para limitar cualquiera de las ramas del gobierno y sin embargo había entonces desarrollado una Corte Suprema con el monopolio del poder de interpretación definitivo. ¿Si el gobierno federal fue creado para limitar las invasiones de la libertad individual por parte de los estados, quién limitaría el poder federal? Smith mantenía que en la idea de la separación de poderes constitucional estaba implícita la visión concomitante de que a ninguna de las ramas del gobierno se le puede conceder el poder de interpretación definitivo: La gente supuso que al nuevo gobierno no podía permitírsele determinar los límites de su propia autoridad, ya que esto lo haría -y no la Constitución- un gobierno absoluto.

La solución propuesta por Calhoun (y apoyada en este siglo por escritores como Smith) fue, por supuesto, la famosa doctrina de la "mayoría concurrente". Si cualquier interés de una minoría substancial en el país, específicamente el gobierno de un estado, creía que el gobierno federal se estaba excediendo en sus límites y violando sus derechos, la minoría tendría el derecho de vetar este ejercicio de poder por inconstitucional. Aplicada a los gobiernos estatales, esta teoría implicaba el derecho a la "anulación" de una ley o un fallo federal dentro de la jurisdicción de un estado.

En teoría, el sistema constitucional resultante aseguraría que el gobierno federal limitara cualquier invasión de los derechos individuales por parte de los estados, mientras que los estados limitarían cualquier poder federal excesivo sobre el individuo. Y sin embargo, aunque las limitaciones serían más efectivas que actualmente, hay muchas dificultades y problemas con la solución de Calhoun. Si, de hecho, un interés subordinado debería tener veto legítimamente sobre los asuntos que le conciernen, entonces ¿por qué detenerse en los estados? ¿po qué no otorgar poder de veto a los condados, las ciudades, los distritos? Además los intereses no son sólo seccionales, también son ocupacionales, sociales, etc. ¿Qué de los panaderos o taxistas o cualquier otra profesión? ¿No se les debería permitir el veto sobre sus propias vidas? Esto nos trae al importante punto de que la teoría de anulación confina sus límites a las agencias del mismo gobierno. No olvidemos que los gobiernos federal y estatal, con sus respectivas ramificaciones, son todavía Estados, todavía están guiados por sus respectivos intereses de estado en vez de por los intereses de los ciudadanos privados. ¿Qué prevendría que el sistema de Calhoun funcionase al revés, con los estados tiranizando a sus ciudadanos y vetando al gobierno federal sólo cuando este intenta intervenir para detener dicha tiranía? ¿O que los estados consientan la tiranía federal? ¿Qué evitaría que los gobierno federal y estatal formen alianzas mutuamente beneficiosas para la explotación conjunta de la ciudadanía? Y aun si las agrupaciones profesionales privadas tuviesen alguna forma de representación "funcional" en el gobierno, ¿qué prevendría que estas usen al gobierno para ganar subsidios y otros privilegios especiales para sí mismas o imponer carteles obligatorios sobre sus propios miembros?

En resumen, Calhoun no lleva su teoría radical sobre la concurrencia suficientemente lejos: no la lleva hasta el individuo mismo. Después de todo, si el individuo es a quien se le deben proteger los derechos, entonces una teoría consistente sobre la concurrencia implicaría poder de veto para cada individuo; es decir, alguna forma de "principio de unanimidad". Cuando Calhoun escribió que debería ser imposible ponerlo o mantenerlo [al gobierno] en acción sin el consentimiento concurrente de todos, quizás estaba justamente implicando tal conclusión sin darse cuenta.31 Pero semejantes especualciones nos comienzan a desviarnos de nuestro tema, puesto al final de este camino se encuentran sistemas políticos que difícilmente podrían ser llamados "Estados".32 Por una razón: así como el derecho de anulación para un estado implica lógicamente el derecho de secesión, de la misma manera el derecho de anulación individual implicaría el derecho de todo individuo a "separarse" del Estado en el que vive.

De manera que el Estado ha demostrado siempre un impresionante talento para la expansión de sus poderes más allá de cualquier límite que le pueda ser impuesto. Ya que el Estado necesariamente vive de la confiscación obligatoria del capital privado y ya que su expansión implica necesariamente incursiones cada vez mayores sobre el individuo z y la empresa privada, debemos afirmar que el Estado es profunda e inherentmente anti-capitalista. En cierto sentido, nuestra posición es la opuesta al dictamen marxista que el Estado es la "Junta Directiva" de la clase gobernante actualmente, supuestamente los capitalistas. En cambio, el Estado -la organización de los medios políticos- constituye y es la fuente de la clase gobernante (más bien casta gobernante) y está en permanente oposición al capital privado genuino. Podemos entonces concurrir con de Jouvenel: Sólo aquellos que no conocen otro tiempo sino el propio, que están completamente en la oscuridad respecto a las maneras del comportamiento del Poder a lo largo de miles de años, considerarían este tipo de procedimientos [nacionalizaciones, impuestos sobre la renta, etc.] como el fruto de un tipo particular de doctrinas. Dichos procedimientos son, de hecho, las manifestaciones normales del Poder, y no difieren para nada en su naturaleza de las confiscaciones de los monasterios por Enrique VIII. El mismo principio entra en acción, el hambre por la autoridad, la sed de recursos; y en todas estas operaciones las mismas características están presentes, incluyendo al rápida elevación de los repartidores del botín. Sea Socialista o no, el Poder debe estar siempre en guerra contra las autoridades capitalistas y despojar al capitalista de su riqueza acumulada; al hacerlo obedece las leyes de su propia naturaleza.

Lo que el Estado teme

Lo que el Estado teme por sobre todas las cosas es, por su puesto, cualquier amenaza fundamental a su propio poder y existencia. La muerte del Estado puede suceder por dos vías: (a) a través de la conquista por otro Estado, o (b) a través del derrocamiento revolucionario por sus propios súbditos, es decir, por guerra o por revolución. La guerra y la revolución, como las dos amenazas básicas, generan en los gobernantes sus máximos esfuerzos y la más intensa propaganda entre la gente. Como se ha dicho anteriormente, cualquier método debe ser usado siempre para movilizar a la gente para que venga en defensa del Estado bajo la creencia de que se está defendiendo a sí misma. La falacia de la idea se hace evidente cuando se utiliza la conscripción contra aquellos que se niegan a "defenderse" a sí mismos y, en consecuencia, son obligados a unirse a la banda militar del Estado: no hace falta decirlo, ninguna "defensa" se les permite contra este acto de "su propio" Estado.
En guerra el poder del Estado es llevado al máximo y, bajo el eslogan de la "defensa" o la "emergencia" puede imponer una tiranía sobre el público que en tiempos de paz sería resistida abiertamente. La guerra, por lo tanto, ofrece múltiples beneficios al Estado y, de hecho, cada guerra moderna ha traido a los pueblos beligerentes un legado de más cargas sobre la sociedad. Además, la guerra proporciona al Estado tentadoras oportunidades para la conquista de tierras sobre las que ejercer su monopolio de la violencia. Randolph Bourne ciertamente estaba en lo correcto cuando escribió que "la guerra es la salud del Estado, pero para un Estado determinado, la guerra puede traer salud o heridas graves.
Podemos probar la hipótesis de que el Estado está en gran medida más interesado en protegerse a sí mismo que en proteger a sus súbditos preguntando: ¿cuál categoría de crímenes persigue y castiga el Estado más intensamente, aquellos contra los ciudadanos privados o aquellos en su contra? Los crímenes más graves en el léxico estatal son casi invariablemente no invasiones contra las personas o la propiedad privada, sino amenazas contra su propia satisfacción, por ejemplo, traición, la deserción de un soldado a las filas del enemigo, falla al registrarse en la recluta, subversión o conspiración subversiva, asesinato de los gobernantes o tales crímenes económicos contra el Estado como la falsificación de su dinero o la evasión de sus impuestos. O compare el celo dedicado a la persecución del hombre que asalta a un policía, con la atención que el Estado presta a quien asalta a un ciudadano ordinario. Curiosamente sin embargo, la prioridad asignada por el Estado a su propia defensa contra el público sorprende a pocos como inconsistente con su supuesta raison d'etre.

Cómo se relacionan los Estados entre sí

Ya que el área territorial de La Tierra está dividida entre distintos Estados, las relaciones inter-estatales deberán ocupar mucho del tiempo y energía de cada Estado. La tendencia natural del Estado es expandir su poder, y externamente tal expansión tiene lugar mediante la conquista de un territorio. A menos que un territorio no tenga Estado o esté deshabitado, cualquier expansión de este tipo representa un conflicto de intereses ineherente entre los gobernantes de un Estado y los del otro. Sólo un grupo de gobernantes puede obtener un monopolio de la coacción en una determinada área en un determinado instante de tiempo: el poder absoluto sobre un territorio del Estado X sólo puede ser alcanzado mediante la expulsión del Estado Y. La guerra, aunque riesgosa, siempre será una tendencia permanente del Estado, con períodos intercalados de paz y cambios en las alianzas y coaliciones entre Estados.
Hemos visto que el intento "local" o "doméstico" de limitar al Estado, entre los siglos XVII y XIX, alcanzó su forma más notable en el constitucionalismo. Su contraparte "externa" o de "política exterior" fue el desarrollo de la "ley iternacional", especialmente tales formas como las "leyes de la guerra" o los "derechos de neutralidad". Partes de la ley internacional eran originalmente completamente privadas, originándose en la necesidad de los comerciantes de proteger su propiedad y adjudicar disputas dondequiera que estuvieran. Ejemplos de esto son la ley de almirantazgo o la ley comercial. Pero aun las reglas gubernamentales eran voluntarias y no eran impuestas por ningún "super-estado" internacional. El objetivo de las "leyes de la guerra" era limitar la destrucción inter-estatal al mismo aparato estatal, protegiendo de ese modo al inocente público "civil" de la matanza y la devastación de la guerra. El objetivo de los derechos de neutralidad era proteger el comercio internacional civil, aun con países "enemigos", de confiscaciones por alguna de las partes en guerra. De manera que el propósito fundamental era limitar la extensión de cualquier guerra y, particularmente, limitar su impacto destructivo en los ciudadanos de los países neutrales y hasta de los países en guerra.
El jurista F. J. P. Veale describe encantadoramente tal "guerra civilizada" tal como floreció brevemente en la Italia del siglo XV: Los ricos burgueses y comerciantes de la Italia medieval estaban demasiado ocupados haciendo dinero y disfrutando de la vida para sufrir las penurias y peligros de hacerse soldados. De manera que adoptaron la práctica de contratar mercenarios para que pelearan por ellos y, siendo ahorrativos, hombres de negocios, rápidamente despedían a sus mercenarios cuando sus servicios se hacían innecesarios. Por lo tanto, las guerras eran peleadas por ejércitos contratados para cada campaña (...) Por primera vez ser soldado se convirtió en un profesión razonable y comparativamente inofensiva. Los generales de aquel período maniobraban contra el otro, frecuentemenre con habilidad consumada, pero cuando uno había ganado ventaja, el otro generalmente se retiraba o se rendía. Era una regla reconocida que un pueblo sólo podía ser saqueado si ofrcía resistencia: siempre se podía comprar la inmunidad mediante el pago de un rescate (...) en consecuencia ningún pueblo resistía nunca, siendo obvio que un gobierno demasiado débil para defenderlo había perdido el derecho a su lealtad. La población civil tenía poco que temer de los peligros de la guerra, que eran asunto sólo de los soldados profesionales.

La casi absoluta separación del civil privado de las guerras del Estado en la Europa del siglo XVIII es destacada por el profesor Nef: Ni siquiera la comunicación postal era interrumpida por mucho en tiempos de guerra. Las cartas circulaban sin censura, con una libertad que asombra a una mente del siglo XX (...) Los súbditos de dos países en guerra se hablaban al encontrarse, y cuando no se podían encontrar se carteaban, no como enemigos, sino como amigos. La noción moderna de que los súbditos de un país enemigo son parcialmente responsables por las acciones beligerantes de sus gobernantes difícilmene existía. Ni tenían los gobernantes enfrentados la más mínima disposición para detener la comunicación con súbditos del enemigo. Las viejas prácticas de espionaje conectadas con creencias y ritos religiosos estaban desapareciendo, y ninguna inquisición relacionada con comunicaciones políticas o económicas era siquiera contemplada. Los pasaportes fueron creados como salvoconductos en tiempos de guerra. Durante la mayor parte del siglo XVIII rara vez se les ocurrió a los europeos abandonar sus viajes por países extranjeros con los que el suyo estaba en guerra.Y siendo el comercio crecientemente reconocido como beneficioso para ambas partes, las guerras del siglo XVIII también tienen su contraprte en una cantidad considerable de "comercio con el enemigo"

Cuán lejos han sobrepasado los Estados las reglas de guerra civilizada durante este siglo no necesita ser elaborado acá. En la era moderna de la guerra total, combinada con la tecnología de destrucción total, la misma idea de limitar la guerra al aparato estatal parece más curiosa y obsoleta que la constitución original de los Estados Unidos.

Cuando los Estados no están en guerra, frecuentemente son necesarios acuerdos para mantener las fricciones al mínimo. Una doctrina que curiosamente ha ganado amplia aceptción es la supuesta "santidad de los tratados". Este concepto es tratado como contraparte de la "santidad de los contratos". Pero un tratado y un contrato genuino no tienen nada en común. Un contrato transfiere, de manera precisa, títulos de propiedad privada. Como el gobierno no "posee", en ningún sentido apropiado, el territorio que ocupa, cualquier acuerdo que concluya no confiere títulos de propiedad. Por ejemplo, si el Sr. Jones le vende o le da su tierra al Sr. Smith, el heredero de Jones no puede aparecérsele al heredero de Smith y reclamar la tierra como legalmente suya. El título de propiedad ya ha sido transferido. El contrato del viejo Jones es automáticamente vinculante sobre el joven Jones, porque aquel ya ha trasnferido la propiedad; el joven Jones, por lo tanto, no tiene derecho a tal propiedad. El joven Jones sólo puede reclamar lo que ha heredado del viejo Jones, y el viejo Jones sólo puede legar aquello que todavía posee. Pero si en una cierta fecha el gobierno de, digamos, Ruritania es coaccionado o incluso sobornado por el gobierno de Waldaviapara entregar parte de su territorio, es absurdo pedir que a los gobiernos o los habitantes de los dos países se les prohíba para siempre reclamar la reunificación de Ruritania con base en la santidad de los tratados. Ni la gente, ni la tierra del Noroeste de Ruritania son poseídas por ninguno de los dos gobiernos. Como corolario, ciertamente un gobierno no puede obligar, por la mano muerta del pasado, a posteriores gobiernos a través de tratados. Similarmente, un gobierno revolucionario que derrocara al rey de Ruritania, difícilmente podría ser hecho responsable por las acciones o deudas del rey, pues un gobierno no es -como sí lo es un niño- un verdadero "heredero" de la propiedad de su predecesor.

La historia como competencia entre el poder estatal y el poder social


Así como las dos básicas y mutuamente excluyentes interrelaciones entre hombres son la cooperación pacífica o la explotación coactiva, producción o depredación, la historia de la humanidad, particularmente su historia económica, puede ser considerada como una competencia entre estos dos principios. En una mano hay productividad creativa, intercambio pacífico y cooperación; en la otra dictados coactivos y depredación sobre aquellas relaciones sociales. Albert Jay Nock felizmente calificó estas fuerzas en lucha: "poder social" y "poder estatal". El poder social es el poder del hombre sobre la naturaleza, su transformación cooperativa de los recursos naturales y su entendimiento de las leyes de la naturaleza, en beneficio de todos los individuos participantes. El poder social es el poder sobre la naturaleza, el nivel de vida alcanzado por el hombre en intercambio mutuo. El poder estatal, como hemos visto, es la coactiva y parasítica confiscación de esta producción -un drenaje de los frutos de la sociedad en beneficio de gobernantes improductivos (de hecho, antiproductivos). Mientras el poder social es sobre la naturaleza, el poder estatal es poder sobre el hombre. A lo largo de la historia las fuerzas productivas y creativas del hombre han ideado, una y otra vez, nuevas formas de transformar la naturaleza en beneficio del hombre. Esos han sido los tiempos cuando el poder social ha tomado la delantera al poder estatal, y cuando el grado de invasión de la sociedad ha disminuido considerablemente. Pero siempre, después de un tiempo largo o corto, el Estado se ha movido hacia estas nuevas áreas, lisiando y confiscando el poder social una vez más.Si entre los siglos XVII y XIX, en muchos países de Occidente, fueron tiempos de creciente poder social y un corolario aumento de la libertad, paz y bienestar social, el siglo XX ha sido principalmente una era durante la cual el poder estatal se ha estado recuperando -con la consecuente reversión hacia el esclavismo, guerra y destrucción.En este siglo, la raza humana se enfrenta una vez más al virulento reino del Estado -del Estado armado ahora con los frutos de los poderes creativos del hombre, confiscados y pervertidos para sus propios objetivos. Los recientes siglos fueron tiempos en los que los hombres trataron de poner límites constitucionales y de otro tipo al Estado, sólo para darse cuenta que tales límites, como con todos los otros intentos, han fallado. De las numerosas formas que han tomado los gobiernos a lo largo de siglos, de todos los conceptos e instituciones que han sido probadas, ninguna ha tenido éxito en mantener al Estado bajo control. Evidentemente, el problema del Estado está tan lejos de una solución como nunca antes. Tal vez nuevas formas de pensar deban ser exploradas, si es que la solución exitosa y definitiva del problema del Estado ha de ser lograda algún día.

agosto 26, 2007

LA BASE DE LA ÉTICA LIBERAL ES MUY SIMPLE

La base de la ética liberal es muy simple: El Axioma de la No Agresión. No agresión, no significa que no podamos defendernos de agresiones o invasiones externas. No agresión significa, no agredir a otra persona o a su propiedad privada sino ha habido un ataque previo. El ilustre filósofo John Locke lo expresó así:


“[…] aquél que, en estado de sociedad [de paz], arrebate la libertad que pertenece a los miembros de dicha sociedad o estado, debe ser tenido por alguien que se propone arrebatarles todo lo demás y así considerárselo en estado de guerra.”
“Porque cuando alguien, haciendo uso de la fuerza, me pone bajo su poder sin tener derecho alguno para hacerlo, sea cual fuere su pretensión, no tengo razón para suponer que quien me arrebata mi libertad, cuando me tenga en su poder, no me quitará todo lo demás. Y, por lo tanto, es legal que yo lo trate como alguien que se ha puesto en estado de guerra conmigo, es decir, matándolo si puedo, pues a ese riesgo se expone con justicia quien introduce el estado de guerra y dentro de él es agresor.”

El acto que no vulnere el axioma de la no agresión, no puede considerarse contra la ética —aunque sí podría ser considerado inmoral. Aquellos que desafían las leyes y se enfrentan al estado y grupos de presión para servir a la sociedad y ganar un beneficio no son miserables, ni delincuentes, ni antisociales; sino héroes de la libertad que actúan bajo su propio riesgo beneficiando a toda la comunidad.

El credo libertario descansa sobre un axioma central: de que ningún hombre o grupo de hombres puede tener el derecho de agredir a la persona o a la propiedad de cualquier otro. Esto puede ser llamado el axioma de la no agresión. Agresión es definida como la iniciación del uso, o la amenaza, de violencia física contra la persona o propiedad de cualquier otro. Agresión es consecuentemente sinónimo de invasión. Si ningún hombre puede agredir a otro; si, en breve, todos tienen el derecho absoluto de ser libres de agresión, entonces esto desde ya implica que el libertario lucha firmemente por las que son generalmente conocidas como "libertades civiles": la libertad de expresión, de publicación, de asamblea, y de participar en tales crímenes sin víctimas como la pornografía, la desviación sexual y la prostitución (las cuales el libertario no considera como crímenes en absoluto, ya que él define a un crimen como la violenta invasión de la persona o propiedad de otro). Además de esto, él considera a la conscripción como esclavitud en una escala masiva. Y ya que la guerra, especialmente la guerra moderna, involucra la masacre en masa de civiles, el libertario considera a tales conflictos como asesinatos en masa y, consecuentemente, totalmente ilegítimos. Todas estas posiciones son ahora consideradas "izquierdistas", en la escala ideológica contemporánea. Por otra parte, ya que el libertario también se opone a la invasión de los derechos de propiedad privada, significa ello también que él, con la misma resolución, se opone a la interferencia gubernamental en derechos de propiedad o en la economía de libre mercado a través de controles, regulaciones, subsidios, o prohibiciones. Pues si cada individuo tiene el derecho a su propia propiedad, sin tener que sufrir una depredación agresiva, entonces él también tiene el derecho de regalar su propiedad (legado y herencia) y de intercambiarla por la propiedad de otros (libre contrato y la economía de libre mercado), sin interferencias. El libertario favorece el derecho a la propiedad privada sin restricciones, y al libre intercambio, por lo tanto, a un sistema de "capitalismo laissez-faire." En la terminología actual, nuevamente, la posición libertaria con respecto a la propiedad y la economía sería llamada "extremadamente derechista." Pero el libertario no ve ninguna inconsistencia en ser izquierdista en algunos temas y "derechista" en otros. Por el contrario, él ve a su propia posición como virtualmente la única consistente, consistente en nombre de la libertad de cada individuo. ¿Por qué cómo puede el izquierdista estar opuesto a la violencia de la guerra y al reclutamiento mientras al mismo tiempo apoya a la violencia de la imposición de impuestos y al control gubernamental? ¿Y cómo puede el derechista pregonar al son de la trompeta, su devoción a la propiedad privada y a la libre empresa mientras al mismo tiempo está favoreciendo a la guerra, al reclutamiento y a la proscripción de actividades y prácticas no invasivas que él considera inmorales? ¿Y cómo puede el derechista favorecer a un libre mercado mientras no ve nada improcedente en los vastos subsidios, distorsiones e ineficiencias improductivas que atañen al complejo militar-industrial?


Traducción: Jorge Valin www.jorgevalin.com

agosto 25, 2007

EN EL MERCADO LIBRE




"En el mercado libre, todos ganamos según su valor productivo satisfaciendo los deseos del consumidor. Bajo la distribución del estatismo, todos ganamos la cantidad que él puede quitar a los "productores del the a medida de.
Murray N. Rothbard

agosto 21, 2007

EL LIBERALISMO AUTENTICO DE MURRAY ROTHBARD



Autor: Antonio Muñoz Ballesta

Ante el nuevo orden mundial que se viene estableciendo desde las guerras del Golfo I y II, se propone la dilucidación de la verdadera ideología que en el fondo pervive en el Imperio de los EEUU (el liberalismo auténtico) y la necesidad de una conversión del mismo en un verdadero Imperio generador
Cuando aparentemente la guerra de Irak ha terminado, renace la polémica de si las potencias ocupantes están fomentando el desorden público para justificarse como Estado, en un territorio que podría ser el nuevo ejemplo histórico en el que podría establecerse el «no estado» por el que lucha el liberalismo auténtico. Sin embargo no podemos olvidar, en ésta polémica, al liberalismo «social-demócrata» representado por Carlos Popper y su auténtico sucesor Jorge Soros, ni la propuesta de la conversión de EEUU a la categoría de un Imperio generador que se defiende en este artículo.
Entiendo por «liberalismo auténtico» el anarco-capitalismo o libertarios económicos, cuyo máximo representante ha sido en los último años Murray N. Rothbard (1926-1995). El liberalismo auténtico se caracteriza por luchar contra la existencia misma de los Estados. Los Estados son las agencias o instituciones que poseen el monopolio de la violencia sobre un territorio, al igual que la última decisión, también en monopolio, sobre los conflictos que en él se produzcan; y en los Estados totalitarios el monopolio se extiende a todos los ámbitos de la vida.
Para los libertarios los Estados son innecesarios. Es necesaria la sociedad pero no el Estado. Además los Estados son las instituciones que al intervenir en la economía provocan ineficacia económica en todos los mercados, y oprimen y reprimen la libertad de las personas privadas.
La idea de acabar o desmontar el Estado, políticamente hablando, puede encontrarse en los anarquistas españoles, pero, económicamente (y el destino del siglo XX y XXI puede que siga siendo la Economía, precisamente por haberse convertido en Economía política), es heredera, también, del liberalismo español de nuestro siglo de Oro: el arzobispo don Diego de Covarrubias y Leyva, Luis Saravia de la Calle, Luis de Molina, Jerónimo Castillo de Bovadilla, Juan de Lugo y Juan de Salas, y sobre todo Juan de Mariana, que influyeron directamente en Turgot y su laissez faire, laissez passer, y posteriormente en la Escuela austríaca, desde Menger y Von Mises, Hayek, &c.
Luchar contra los Estados, por lo tanto, es luchar por la libertad. Por ello Rothbard «ha sido el defensor más enérgico y coherente de la libertad en este siglo» al «rechazar el orden político establecido, el nihilismo, y el cinismo en que se apoya el poder del Estado». El Estado viene a ser, para el libertario, una banda organizada de ladrones y criminales de guerra.
Como he dicho en otro lugar, la posición del libertario es la de la Ética. Desde la ética se defiende la conservación del cuerpo y persona humana y sus propiedades y derechos. Sin embargo Rothbard y demás libertarios no han reparado que las mismas Ideas de persona y derechos de propiedad no proceden de un metafísico «Derecho Natural», sino de la misma sociedad política en su propio desarrollo histórico. O por lo menos es una hipótesis, la del Derecho natural, no necesaria, y de la que la Filosofía puede prescindir.
Rothbard consideraba, por otro lado, que los libertarios debían estar siempre en contra de todas las guerras. Debían estar en contra por principios éticos básicamente. Solamente luchando contra el Estado propio, como contra cualquier otro, se podía reducir las guerras al mínimo y sus consecuencias también al mínimo (Eofl, 1982)
El Estado, al pretender ser el monopolista de la violencia en un territorio determinado, ejerce dos tipos de violencias:
1. la violencia vertical contra los libertarios que se le oponen al «orden público» que pretende establecer y establece mediante el robo de los impuestos.
2. la violencia horizontal contra otros Estados vecinos (aunque se encuentren a miles de kilómetros de sus fronteras –Irak–, y ello debido a la tecnología extraordinaria contemporánea).
Con esta clasificación de «violencia» y «orden» que nos ofrece Rothbard, es obvio, que la «paz» no puede ser entendida nada más que como una «tregua». Rothbard no utiliza el término «tregua», pero lo da como implícito. Entiendo por «tregua» la Idea de filosofía política que expresa mejor lo que entendemos ideológicamente por «paz» desde la plataforma del realismo y materialismo filosófico, pues siempre en la «paz» los Estados se «preparan para la guerra» futuro o inminente, y ello tiene que ser así si quiere mantener la «eutaxia» del mismo.
La «paz» es para el libertario la situación que se da dentro de un territorio cuando nadie se opone ofreciendo resistencia a las depredaciones y extorsiones estatales, pues para el anarco-capitalismo el derecho de propiedad al producto del trabajo personal no puede ser enajenado nada más que mediante el contrato voluntario y nunca por el robo que supone el Fisco. Por lo que tenemos el ejemplo más evidente, aquí, de que la «paz» es una Idea ideológica y polémica, pues a esa violencia unidireccional, de arriba abajo, del Estado a las personas privadas, se la considera «paz», cuando en realidad, para los libertarios, es «violencia «o «guerra interna» contra el pueblo que no quiere ser súbdito o esclavo.
Ahora bien, la violencia abierta y los conflictos más sangrantes en la Historia no se han debido a organizaciones revolucionarias antiestatales como pudo ser la FAI (Federación Anarquista Ibérica) en la España de los años 30 del siglo XX, sino a las guerras inter-nacionales o «violencia horizontal», y no solamente por el número infinitamente superior de víctimas que producen las guerras internacionales respecto a la violencia revolucionaria, sino por la muerte de inocentes que ocasionan las guerras si la comparamos con la violencia anti-estatal.
Las guerras internacionales cumplen, pues, dos requisitos:
a) Que se producen entre dos territorios distintos y diferentes, separados en la distancia, perteneciente a cada Estado beligerante.
b) Que cada Estado beligerante vive a expensas de los Impuestos a sus súbditos, incluso y con más aumento fiscal cuando emprende una guerra.
Estos requisitos terminan por inclinar la balanza de la preferencia por la lucha libertaria frente a las guerras internacionales. Sin embargo Rothbard, a mi entender, no actúa con realismo político cuando condena a las guerras libertarias en legítima defensa de los Estados «civilizados», es decir, que tienden a «desaparecer». Pues, y el análisis de Von Mises así lo aconseja, es preferible el mal menor de un estado mínimo a soportar la tiranía de un imperialismo anti-libertario.
Las diferencias entre las guerras internacionales y la violencia revolucionaria libertaria (el liberalismo armado, pues es un derecho personal el poder llevar armas para la legítima defensa) son cuatro:
1. Las guerras internacionales tienden a recurrir (y por lo tanto los Estados a producirlas) a las armas de destrucción masiva: biológicas y nucleares (I y II Guerra Mundial).
2. Las guerras internacionales no pueden concretar lo suficiente el blanco militar o combatientes, muriendo víctimas inocentes o neutrales. Y ello a pesar de los modernos cohetes que permanentemente se perfeccionan en las guerras (objetivo de las guerras según Houellebecq).
3. Las guerras entre los Estados movilizan a todos los ciudadanos o población, convirtiéndolos en «enemigos». Aumentando los asesinatos a población civil, sobre todo desde las guerras modernas.
4. En ellas, los estados deben aumentar la presión fiscal a sus súbditos.
Rothbard concluye que las guerras son ilegítimas al ser entre Estados, y la objeción de la realidad de la existencia de los Estados es respondida con la siguiente réplica «Pero mientras existan los estados lo que tienen que hacer es reducir al menos sus actividades a las áreas en las que imponen su monopolio» y no en otras, pues, ni aún con la excusa de defender la persona del viajero a otro país o sus inversiones o propiedades en él, está justificada la guerra internacional, era el riesgo que adquiría ese ciudadano. Ahora bien, «romper la tregua» tiene su justificación si responde a una prólepsis y planificación civilizatoria de la sociedad política, y siempre que se intente «acotar la guerra», tratando también, en todo caso, de no caer en la que denomino «paradoja del Señor Superior».{1}
La reanudación de la Guerra del Golfo, y la ocupación prevista para diez años de las tropas de EEUU en las tierras ricas en petróleo{2}, plantean, en este sentido que venimos tratando, dos cuestiones urgentes:
1. ¿Qué hacer cuando se desencadena una guerra (contra Irak, Irán, Siria, Corea...) y los Estados beligerantes no están negociando la paz?
2. ¿Es el imperialismo norteamericano un imperialismo generador, o puede llegar a serlo?
La primera pregunta tiene dos respuestas, la primera como persona individual y desde la ética: Tenemos que intentar y condenar todo ataque a la población civil o personal neutral, pues son víctimas inocentes; y una segunda respuesta de carácter político-jurídico: Intentar hacer valer e intentar que se cumplan las «leyes para tiempos de guerra» para que no se violen los derechos a la población civil (empezando por el derecho a su existencia, al agua, &c.), y las «leyes de neutralidad» para que no se produzcan acciones bélicas contra terceros.
La respuesta a la segunda pregunta es de lo más complicada, pero no por ello imposible; utilizaremos para ello la noción de Gustavo Bueno «imperio generador / imperio depredador», distinguiéndola de la propuesta de Rothbard, y de la de Hardt y Negri en «Imperio».
Un Imperio, como los EEUU, sería depredador si por su estructura tiende a mantener con las sociedades por él coordinadas (Irak, Guatemala, &c.) unas relaciones de explotación en el aprovechamiento de sus recursos económicos o sociales tales que impidan el desarrollo político de esas sociedades, manteniéndolas en estado de salvajismo y, en el límite, destruyéndolas como tales. ¿Puede decirse tal cosa de los EEUU? Creo, que en esencia, no. Por lo que deberíamos empezar a considerar seriamente que EEUU es un Imperio generador, y no refugiarnos en supuestas distinciones de «Imperio» / «imperialismo», tal como realiza Negri y Hardt, para llegar, al final, en definitiva, a la misma conclusión.
El Imperio generador de EEUU, como el romano o el español, hace siglos, por su misma estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista o capitalista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho.
Ahora bien esas «sociedades políticas de pleno derecho» no pueden ser meros «gobiernos indirectos o títeres» de un imperio depredador como el inglés u holandés desde el siglo XVII al XIX, sino «sociedades políticas» que consideren siempre a sus súbditos como hombres libres y que propicie siempre la conversión de las zonas ocupadas (Irak), o controladas(Guatemala), en verdaderas repúblicas o monarquías constitucionales, o en sociedades sin-estado pero de civilización superior. Y en esto último Rothbard estaría conforme, pues el objetivo del imperio generador de los EEUU, según lo planteo, es el de crear ciudadanos y personas privadas que no tengan que soportar la violencia que supone el nuevo Estado. (La situación sería parecida a la del Imperio romano que terminó concediendo la ciudadanía a prácticamente a todos los núcleos urbanos de sus dominios, pero acorde con el desarrollo de la economía y tecnología de hoy en día, en el sentido de generación por el Imperio EEUU de las sociedades sin estado y de mercado pletórico y sin monopolios.) Por su parte Rothbard era partidario de no tolerar el imperialismo occidental, al no ser legítima la violencia exterior de los Estados, pues no distingue entre el imperio depredador y el generador, y porque el mismo imperialismo occidental produce un status quo (o tregua) en el país ocupado o colonia, del cuál nunca se sabe si derivará en tiranía o subdesarrollo, y, a la vez, aumenta los impuestos en el Estado invasor para pagar los costes de la guerra de conquista y a la burocracia imperialista.
Sin embargo para Negri y Hardt el «Imperio», que no es EEUU, sí que introduce una nueva versión de la «guerra justa» que nos retrotrae a la época anterior al Ius Publicum Europeum:
«El concepto tradicional de la guerra justa implica la trivialización de la guerra y la celebración de ella como un instrumento ético (...), pero estas dos características tradicionales han reaparecido en nuestro mundo posmoderno: por un lado, la guerra es reducida al estatus de acción policíaca, y por otro se sacraliza un nuevo poder, que mediante la guerra queda facultado par ejercer funciones éticas.»
Eso quiere decir, que, a pesar de la propaganda, «una guerra justa no es ya en sentido alguno una actividad defensiva o de resistencia», sino que:
«...las acciones bélicas se justifican en sí mismas. Dos elementos distintos se combinan en este concepto de guerra justa: primero, la legitimación del aparato militar en tanto tiene fundamentos éticos, y segundo, la efectividad de las acciones militares en la consecución del orden y la paz deseados. La síntesis de ambos elementos pueden de hecho ser el factor determinante en la fundación y nueva tradición del Imperio. Hoy el enemigo, al igual que la guerra misma, nos llegan trivializados (reducidos a un objeto rutinario de represión policíaca) y se tornan en absolutos (como el Enemigo, una amenaza absoluta al orden ético). La guerra del Golfo fue tal vez el primer ejemplo plenamente articulado de esta nueva epistemología del concepto. La resurrección del concepto de guerra justa puede ser el síntoma de la emergencia de un Imperio, uno muy poderoso y plagado de sugerencias.»
Ahora bien ese Imperio se territorializa en EEUU, por ahora, y lo único que podemos reclamar es que tienda a convertirse en imperio generador. Esa es mi propuesta. Y en ese sentido coincido, en parte, con Jorge Soros, que en la reciente crítica de la Administración Bush II, el 7 de marzo de 2003, en la Escuela Paul H. Nitze de Estudios Internacionales Avanzados en Washington (adaptación en El Mundo, de 22 de junio de 2003, págs. 32 y ss.) reclama una actuación constructiva de los EEUU que permita la creación de un verdadero «mundo de sociedades abiertos». Jorge Soros, seguidor y amigo de Popper, reclama una sociedad abierta conseguida por el liderazgo positivo de EEUU, es decir, mediante la labor de una potencia imperial que ayude financiera, social y políticamente a los países del mundo en desarrollo, pero que abandone la prepotencia de imponer militarmente una concepción dogmática de lo que los ideólogos fundamentalistas de Bush II entienden por «libertad» y «democracia». EEUU debe ocuparse, con la globalización, no solamente al beneficio financiero, sino del bienestar del mundo. Sin embargo Soros reconoce que los gobiernos represivos y corruptos son la causa de la mayor pobreza existente en el mundo, por lo que reclama, en realidad, y como yo mismo, un imperio generador. Lo expone en los siguientes términos: «una forma de superar el problema es ofrecer a los países estímulos positivos para que se transformen en sociedades abiertas. Este es el ingrediente que falta en el actual orden mundial.» Mientras tanto, estaremos en tregua.



Notas


{1} La Paradoja del Señor Superior consiste en que las ideologías defensoras del Estado, por un lado reclaman la existencia de un Señor Superior (el Estado) para controlar las vidas de las personas privadas, pero, en cambio, rechazan históricamente, la existrencia de un Super-Estado, en las relaciones internacionales, que detente el monopolio de la violencia sobre todas las regiones, estando en una situación de anarquía, o estado de naturaleza, entre los diferentes estados o naciones.
{2} Lo cual supone una continuación de la guerra de Irak, en guerra terrorista o sucia, siempre y cuando sea cierto que los atentados producidos contra las tropas de EEUU se deben a grupos de liberación nacional iraquí, cosa que falta por confirmar. +


Fuente: El Catoblepas • número 17 • julio 2003 • página 15El liberalismo auténtico y la tregua:Rothbard, Negri y Jorge Soros

www.nodulo.org

agosto 15, 2007

UN FUTURO DE PAZ Y CAPITALISMO


Murray Rothbard


Para discutir el “futuro del capitalismo”, primero de todo necesitamos determinar qué significa realmente el término “capitalismo”. Desafortunadamente, el término “capitalismo” fue acuñado por su mayor y más conocido enemigo, Karl Marx. Realmente, no podemos depender de esta concepción para su correcto y sutil significado. De hecho, lo que Marx y los escritores posteriores hicieron fue responder a dos conceptos extremadamente diferentes e incluso contradictorios, combinándolos bajo el mismo término. Estos dos conceptos contradictorios son lo que me gustaría llamar “capitalismo del libre mercado” por una parte, y “capitalismo de estado” por la otra.
La diferencia entre el capitalismo del libre mercado y el capitalismo de estado es precisamente la diferencia entre, por una parte, la paz, el intercambio voluntario, y por otra parte, la extorsión violenta. Un ejemplo del intercambio en el libre mercado es la compra de un periódico en la esquina por diez centavos. Éste, es un acto pacífico, un intercambio voluntario que beneficia a las dos partes. Compro el periódico porque valoro su contenido más que no mis diez centavos que he dado en intercambio. El vendedor de periódicos me vende el diario porque, a la vez, él valora más mis diez centavos que el periódico. Las dos partes ganamos en el intercambio. Lo que estamos haciendo en tal intercambio es cambiar títulos de propiedad: cedo la propiedad de mis diez centavos en intercambio para conseguir el papel; y el vendedor de periódicos hace el cambio contrario con su título. Este simple intercambio de transferir diez centavos por un periódico es un ejemplo de un acto unitario de libre mercado. Así es como funciona el mercado.
A diferencia de este acto pacífico, está el método de la extorsión violenta. La expropiación violenta ocurre cuando yo voy al vendedor de periódicos y le incauto su periódico a punta de pistola. En este caso, por supuesto, no hay beneficio mutuo. Yo gano a expensas de la víctima (el vendedor de periódicos). Así pues, la diferencia entre esas dos transacciones —entre el intercambio voluntario, y el atraco a punta de pistola— es precisamente la diferencia entre el capitalismo del libre mercado y el capitalismo de estado. En ambos casos obtenemos algo —ya sea dinero o periódicos— pero lo obtenemos de formas totalmente diferentes; son caminos con atributos morales y consecuencias sociales totalmente diferentes.
En este punto no puedo resistir la tentación de apuntar la gran divergencia que tenemos el profesor Averitt y yo sobre Jefferson y Hamilton. No veo a Jefferson como un prematuro Franz Boas —léase, prematuro antropólogo izquierdista. Jefferson no lo fue. Mi lectura de Jefferson es totalmente diferente. Jefferson fue precisamente un defensor del laissez–faire, o libre mercado; del capitalismo. Y esa fue la auténtica diferencia entre Jefferson y Hamilton. No es cierto que Jefferson estuviese en contra de las fábricas o de las industrias per se. De lo que estaba en contra era del desarrollo coercitivo, es decir, castigar a los granjeros con tarifas y subsidios para construir una industria artificial, que fue esencialmente el programa de Hamilton.
Jefferson, junto con otros hombres de estado de su tiempo, fue un hombre muy culto. Leyó a Adam Smith, a Ricardo, estaba muy familiarizado con la economía del laissez-faire clásico. Por lo tanto, su programa económico, lejos de ser la expresión de una bucólica nostalgia agraria, tenía una visión muy sofisticada de la economía clásica en el escenario americano. No hemos de olvidar que los clásicos del laissez-faire esteban en contra de las tarifas, subsidios, y de la coerción sobre el desarrollo económico.
Además, el término “igualdad”, tal y como lo usó Jefferson y los jeffersonianos, fue empleado en el mismo sentido que su amigo y colega George Mason en La Declaración de los Derechos de Virginia poco antes que Jefferson escribiese la Declaración de Independencia:
“todos los hombres por naturaleza son libres e independientes”. En otras palabras, “igualdad” no significa lo mismo que hoy día: igualdad de condición o uniformidad. “Igualdad” significa que cada persona tiene el derecho de ser igualmente libre e independiente de disfrutar del derecho de “libertad por igual”, tal y como Herbert Spencer diría un siglo después. En otras palabras, lo que estoy diciendo es que el ala jeffersoniana de los Padres Fundadores estaba basada esencialmente en el libre mercado: el capitalismo del laissez–faire.
Volviendo al mercado: el libre mercado es una red inmensa, un entramando de intercambios de estas pequeñas unidades que anteriormente he mencionado: intercambiar una moneda de diez centavos por un periódico. En este punto, hay dos personas, o dos grupos de personas, y estas dos personas o grupos intercambian dos mercancías; normalmente dinero y otras mercancías. Ahora, cada uno de ellos se beneficia del intercambio, de no ser así, no realizarían el intercambio. Si piensan que se equivocan en realizar el intercambio, entonces lo paran, y no vuelven a intercambiar.
Otro ejemplo común del libre mercado es la universal práctica de los chicos que intercambian cromos de béisbol —intercambian, por ejemplo “dos Hank Aaron” por “un Willie Mays”. Los “precios” de los cromos, y los intercambios que se dan, se han basado en la relativa importancia que los chicos le dan a cada jugador. Los molestos progresistas (liberals) lo expresarían de esta forma: los progresistas estamos a favor de cualquier acción voluntaria bajo el famoso cliché de “consentimiento entre dos adultos”. Así pues, es característico que mientras los progresistas están a favor de cualquier relación sexual que emane del consentimiento de dos personas adultas, se oponen al consentimiento de los adultos cuando emanan del mercado o intercambio. Cuando esto ocurre, entonces los progresistas acosan, mutilan, restringen, o prohíben ese mercado. Entonces, tanto las actividades sexuales consentidas como el mercado son el mismo tipo de expresiones de la libertad en acción. Las dos pueden ser buenas para cualquier liberal (libertarian) coherente. Pero el estado, especialmente aquel regido por un gobierno progresista, normalmente interviene para regular y restringir tal intercambio.
A pesar que yo quiera intercambiar dos Hank Aarons por un Willie Mays, el estado puede intervenir, o cualquier otro tercer grupo, y decir: “No, no puedes hacer eso, eso es el mal. Va en contra del bien común. Ese intercambio es ilegal, cualquier intercambio de cromos de béisbol ha de ser uno por uno, o tres por dos” —o por cualquier otra tasa que el estado escoja en su sabiduría y grandeza arbitrariamente impuesta. ¿Bajo qué derecho actúan así? El liberal reclama que el estado no tiene derecho alguno a hacer eso.
En líneas generales, la intervención del estado puede ser clasificada en dos sentidos: prohibiendo los dos intercambios interpersonales, o prohibiendo de forma parcial un intercambio entre dos personas. Es decir, prohibir los acuerdos a los que llegan dos adultos que intercambian de mutuo consentimiento; que es un intercambio que beneficia a ambas partes, o bien, forzando a uno de ellos a hacer un “intercambio” unilateral con el estado, en el cual, la persona retribuye algo al estado bajo la amenaza o coerción. La primera puede incluir una absoluta prohibición del intercambio, regulando las condiciones del intercambio —los precios—, o excluir a ciertas personas para hacer el intercambio. Un ejemplo de la última intervención, por ejemplo, es ser fotógrafo en muchos estados, donde uno debe tener una licencia de fotógrafo —demostrando que eso es para “un buen fin moral” y pagando una cierta cantidad de dinero al aparato del estado. ¡Esto con el fin de poder tener el derecho de hacer una fotografía a alguien! El segundo tipo de intervencionismo es un “intercambio” forzado entre nosotros y el estado. Un “intercambio” que sólo beneficia al estado y no a nosotros. Por supuesto, los impuestos son el obvio y evidente ejemplo de ello. En contra del intercambio voluntario, los impuestos son un claro ejemplo del embargo coercitivo a la propiedad de la gente sin tener su consentimiento previo.
Es cierto que muchas personas quieren ver las cargas impositivas como si no fuesen impuestas. Creen, como dijo el gran economista Joseph Schumpeter, que los impuestos son algo parecido a las tasas o contribuciones de un club, donde cada persona voluntariamente paga su parte de gastos al club. Pero si realmente crees eso, intenta no pagar tus impuestos y verás que pasa. Ningún “club” que yo conozca tiene el poder de apoderarse de tu propiedad o encarcelarte si no pagas tus contribuciones. Para mi, pues, los impuestos son explotación —los impuestos son un juego de “suma de cero”. Si hay algo en el mundo que sea un juego de suma cero, eso son los impuestos. El estado expropia el dinero de un grupo de gente para dárselo a otro, y mientras tanto, por supuesto, se queda un largo pedazo para sus propios “gastos de tramitación”. Los impuestos, pues, son pura y llanamente un robo; punto final.
De hecho, reto a cualquiera a sentarse y pensar a fondo para encontrar una definición de “impuestos” que no sea aplicable al robo. Como el gran escritor liberal H. L. Mencken apuntó una vez, entre la gente, incluso si no son liberales dedicados, se considera que robar al estado no está en el mismo plano moral que robar a otra persona. Robar a otra persona es generalmente deplorable, pero si al estado se le roba, todo lo que sucede, como dijo Mencken, “es que ciertos corruptos y vagos tendrán menos dinero que gastar del que tuvieron antes”.
El gran sociólogo alemán Franz Oppenheimer, que escribió un magnífico pequeño libro llamado The State, lo mostró de forma brillante. En esencia, dijo, sólo hay dos caminos para que los hombres consigan riquezas. La primera, es produciendo un bien o servicio e intercambiarlos de forma voluntaria por el producto de otra persona. Este es el método del intercambio, el método del libre mercado; es creativo y desarrolla la producción; no es un juego de suma cero porque la producción se desarrolla y el intercambio otorga beneficio a ambas partes. Oppenheimer llamó a este método el de “los medios económicos” para la adquisición de riqueza. El segundo método es cuando otra persona incauta la propiedad de otra sin su consentimiento, es decir, aplica el robo, la explotación, el saqueo. Cuando incautas la propiedad de alguien sin su consentimiento, te estás beneficiando a sus expensas, esto es, a las expensas del productor. Esto sí es realmente un “juego” de suma cero —no tiene mucho de “juego” desde el punto de vista de la víctima. En lugar de desarrollar la producción, este método de robo dificulta y restringe la producción. Por lo tanto, siendo inmoral, mientras que el intercambio es moral, el método del robo dificulta la producción porque es un parásito sobre el esfuerzo de los productores. Con brillante astucia, Oppenheimer llamó a este método de enriquecerse “el de los medios políticos”. Luego definió al estado, o gobierno, como “la organización de los medios políticos”, es decir, como el aparato de la regulación, la legitimización, y permanente establecimiento de los medios políticos para la adquisición de riqueza.
En otras palabras, el estado es el robo organizado, el saqueo organizado, la explotación organizada, y su esencial naturaleza se destaca por el hecho de que el estado siempre usa el instrumento de los impuestos.
Me gustaría aquí comentar otra vez la exposición del profesor Averitt sobre la “avaricia”. Es cierto que: la avaricia tiene muy mala prensa. No veo nada malo en la avaricia. Creo que aquellos que están continuamente atacando la avaricia podrían ser más consistentes con su posición si declinaran su próxima subida salarial. No he visto, ni al más izquierdista de los científicos de este país rehusar con desprecio su paga. En otras palabras, la “avaricia” simplemente es intentar aliviar la escasez natural en la que el hombre ha nacido. La avaricia continuará hasta que llegue el Jardín del Edén, esto es, cuando todo es superabundante y no sea necesario preocuparse por la economía. Pero aún no hemos llegado a ese punto; no hemos alcanzado el punto donde todo el mundo rehúse sus aumentos salariales o pagas en general. Por lo tanto, la pregunta es: ¿qué tipo de avaricia vamos a querer? La “avaricia productiva”, donde la gente produce e intercambia voluntariamente sus productos con los otros ¿O la avaricia de la explotación, del robo organizado y la rapiña, donde consigues tu riqueza a las expensas de otro? Estas son las dos auténticas alternativas.
Volviendo al estado y a los impuestos, me gustaría apuntar una nota de San Agustín, que no es famoso por ser un liberal, pero que enfatizó una excelente parábola liberal. Escribió que Alejando el Grande había apresado a un pirata, y le preguntó qué significaba para él hacerse con la posesión del mar. Y el pirata respondió audazmente: “Lo mismo que tu entiendes por apoderarte del mundo entero; pero mientras que yo lo hago con un pequeño barco, a mi me llaman ladrón, mientras que ti, que lo haces con una gran flota, eres llamado emperador”. Aquí San Agustín destacó el hecho que el estado es simplemente un ladrón por imperativo legal, que actúa a gran escala, pero un ladrón legitimado por la opinión de los intelectuales.
Tomemos otro ejemplo; la Mafia, que también sufre de mala prensa. Lo que la mafia es a escala local, el estado lo es a una escala descomunal; sin embargo el estado disfruta de mucha mejor prensa.
En contraste a la antiquísima institución del estatismo, de los medios políticos, el libre mercado capitalista llegó como un gran movimiento revolucionario en la historia del hombre. Vino en un mundo que estaba marcado por el despotismo, por la tiranía, por el control totalitario. El libre mercado capitalista surgió primero en las ciudades estado de Italia consiguiendo implantarse a gran escala con la Revolución Industrial en occidente; una revolución que nació con una remarcable liberalización de la energía creativa y posibilidades productivas, dando enormes aumentos en la producción. Pueden llamarlo “avaricia” si quieren; o pueden atacar el deseo de alguien pobre por aumentar las posibilidades de su destino como “avaricia” también.
Esto me recuerda un interesante punto sobre el concepto de “avaricia” que rebasa incluso la frontera entre “izquierda y derecha”. Recuerdo cuando Russell Kirk lanzó el contemporáneo movimiento conservador en Estados Unidos a mitades de 1950. Uno de los jóvenes líderes conservadores de esa época hizo un mitin. Opinaba que el gran problema del mundo, y la razón por la cual había crecido la izquierda, era porque todos son “avariciosos”, porque las masas de Asia son “avariciosas”, etc. Aquí había una persona que poseía la mitad de Montana atacando las masas de la población mundial, que las acusaba de querer superar el nivel mínimo de subsistencia para aumentar su nivel de vida. Y aún y así, éstos seguían siendo “avariciosos”.
En cualquier caso, el capitalismo del libre mercado y la Revolución Industrial, mostraron un fuerte ascenso de las energías productivas, un fuerte ascenso que constituyó una revolución en contra del sistema mercantilista del siglo diecisiete y dieciocho. De hecho, el sistema mercantilista es a lo que hemos vuelto ahora. Hay muy poca diferencia entre el capitalismo de estado monopolístico, o capitalismo de estado corporativo, o como se le quiera llamar, en los Estados Unidos y Europa [Occidental] hoy, y el sistema mercantilista de la era de la pre–Revolución Industrial. Sólo hay dos diferencias. Una, es que la principal actividad de entonces fue el comercio, y la de ahora es la industria. Pero el esencial modus operandi de los dos sistemas es exactamente el mismo: monopolio privilegiado, una completa unión en lo que se ha llamado “acuerdo del estado y la industria”. Un sistema generalizado de militarismo y contratos de guerras, un camino hacia la guerra y el imperialismo. Es el mismo tinglado que caracterizó los siglos diecisiete y dieciocho. La verdadera diferencia clave es que en esa época no existía un gigantesco sistema de representación proporcional (P.R. Apparatus). No tenían una flota de intelectuales que pregonaban a todos lados las maravillas del sistema: como promover el bien común y el bienestar general, es decir, el Progresismo En Acción. Ellos decían: “Es nuestro propósito abusar del publico, ¡y lo estamos haciendo!”. En esos tiempos fueron muy honestos. A propósito, es realmente refrescante ir hacia el pasado y leer el material anterior a 1914 y ver la honestidad de ese tiempo.
Uno de los conceptos importantes de esta conexión es el de Albert Jay Nock, un gran pensador liberal (su seguidor fue Franz Oppenheimer). Nock acuñó dos conceptos que llamó: “poder social” por una parte, y “poder del estado” por otra. El poder social es esencialmente del que he estado hablando: las energías productivas liberadas por el libre mercado, el intercambio voluntario, el de la gente que interactúa voluntaria y pacíficamente. El “poder del estado” es parasitismo, es el estado en general —impuestos organizados, regulaciones, etc. Nock vio la historia esencialmente como una carrera entre el poder social y el poder del estado. En la época de la Revolución Industrial, por ejemplo, por varias circunstancias el poder del estado era mínimo, y esto permitió al poder social tomar un inmenso ascenso. Pero lo que ha ocurrido en el siglo XX es esencialmente que el poder del estado lo ha alcanzado, y ha paralizado al poder social otra vez como en antaño.
¿Cuál es pues mi visión sobre el “futuro del capitalismo” —nuestro tema de hoy? Mi visión sobre el futuro es muy optimista. Realmente creo que la libertad del libre mercado, aunque se me suponga como reaccionario, primitivo, es el camino del futuro. Por una parte, fue el camino o la fuerza del futuro hace cien y doscientos años, y lo único que hemos de hacer ahora es dar un radical salto atrás, hacia ese sistema. El actual sistema no es realmente “progresista” al fin y al cabo.
Segundo, Ludwig von Mises descubrió en 1920 que el socialismo —la alternativa opuesta al actual neo–mercantilismo— no puede funcionar en un sistema industrial. Un sistema agrario puede funcionar por tiempo indefinido, mientras mantengas a los campesinos vivos. Puedes mantener casi cualquier tipo de sistema tiránico sobre los campesinos, pero en una era industrial necesitas mucho más que eso: necesitas al mercado, necesitas un test de pérdidas y beneficios. No se puede hacer funcionar un sistema que es poco organizable. Mises probó que el sistema socialista no puede ser calculado económicamente porque no tiene un sistema de precios para los bienes de capital, y por lo tanto, el socialismo no puede ser posible en un sistema industrial. Todos los libros de textos dicen que Mises fue rápidamente refutado por Oskar Lange y otros, pero en realidad jamás fue refutado. No tengo tiempo para profundizar en este tema teórico, pero en la práctica lo que ha pasado es que, en respuesta a la industrialización, ha habido un enorme cambio en los últimos cincuenta años en los países de la Europa del Este distanciándose del socialismo y más orientado hacia el libre mercado.
Para un creyente en la libertad y el libre mercado, este cambio es uno de los más excitantes desarrollos de las dos últimas décadas. Ahora sólo hay dos interpretaciones sobre este desarrollo: puedes decir, como hacen los chinos, los yugoslavos, los polacos, los checos, los eslovacos, los húngaros que se han vendido todos ellos al capitalismo —se han ido en secreto a la Embajada Americana y han recibido su paga. O más bien, podríamos decir que ha ocurrido algo más profundo. En esencia es que estos países han probado el socialismo y éste no funciona, especialmente cuando la economía empieza a industrializarse. Han encontrado en la práctica, de forma pragmática, y sin leer a Mises (aunque es evidente que leyeron a Mises en su tiempo) y Hayek y otros, que el socialismo no puede calcular la economía; y cayeron en esa conclusión por ellos mismos.
Lenin, evidentemente, llegó a esa conclusión mucho antes, cuando “El Comunismo de Guerra” fue abandonada en 1921. “El Comunismo de Guerra” fue un intento, poco después de la Revolución Bolchevique, de saltar al comunismo total, a una economía sin dinero y sin precios, en la cual cada persona entregaba sus bienes a la comunidad —y en la práctica fueron forzados— y retirarlos de esa comunidad para satisfacer sus necesidades. El sistema de La Guerra Comunista probó ser un desastre total —no a raíz de la guerra civil (que la racionalización sólo viene mucho después), sino por el propio sistema comunista en si[1]. Lenin vio pronto qué es lo que había pasado, y rápidamente instituyó la Nueva Política Económica, que fue esencialmente un retorno a un sistema de mercado quasi–libre. Ahora los países del Este de Europa, especialmente Yugoslavia, se han movido muy rápidamente desde 1950; y lejos de ir hacia el socialismo o la planificación centralizada, han evolucionado hacia un sistema de libre mercado.
En Yugoslavia, por ejemplo, la agricultura, aún es la principal industria, y es casi totalmente privatizada; existe un floreciente sector privado a pequeña y gran escala. El “sector público” ha entregado la propiedad del estado a los trabajadores en varias plantas —esencialmente funcionando como productores corporativos. Además existe un substancial libre mercado entre esas compañías productoras con un floreciente sistema de precios, esto es, un severo test de beneficio–pédida (cuando una empresa pierde mucho dinero, entonces cierra). A todo esto, la más reciente reforma económica yugoslava que empezó en 1967 y está aún en marcha, vio una inmensa bajada en la tasa impositiva de sus compañías. Una bajada que fue del 70% sobre los ingreso al 20%. Esto significa que, el gobierno central yugoslavo no ejercerá más control absoluto sobre las inversiones: las inversiones, también han sido descentralizadas y desnacionalizadas. De hecho, si se lee la economía comunista yugoslava —especialmente en las zonas relativamente industrializadas de Croacia y Eslovenia— parece estar leyendo un programa económico más sano que el de Barry Goldwater o Ronald Reagan. “Por qué somos productivos los croatas o los eslovenos”, se preguntan, “¿Se les han de poner impuestos para subvencionar a esos holgazanes de Montenegro?” Y: “¿Por qué construimos fábricas antieconómicas (“políticas”)?. "Cada uno debe estar preparado para lo suyo”, etc. El próximo paso en Yugoslavia es que los bancos —los cuales, ya sea dicho de paso, son muy competitivos como empresas privadas gracias a sus clientes comerciales— están haciendo una campaña a favor de una bolsa de valores en un país comunista, algo que habría sido considerado inimaginable hace diez o veinte años atrás. A este sistema le proponen llamar —literalmente— “capitalismo socialista de la gente”.
En este punto, hace unos cuantos años yo estaba impartiendo unas clases de Sistemas Económicos Corporativos. Naturalmente, usé el término para alabar el libre mercado y atacar el socialismo así como a la planificación central. Finalmente invité a un profesor de intercambio de Hungría —un eminente economista comunista— para que diese una lectura económica como invitado. Los chicos dijeron: “Ah, por fin vamos a tener el otro lado de la moneda”. ¿Y qué hizo el economista húngaro? Todo el tiempo que duró la lectura la usó para alabar el libre mercado y atacar la planificación central. Exactamente dijo que lo que había contado yo hasta el momento.
En la Europa del Este, pues, creo que las esperanzas para un libre mercado son excelentes —creo que estamos obteniendo un libre mercado capitalista y que su triunfo allí es algo inevitable. En los Estados Unidos, el proceso es algo más oscuro, pero aquí también podemos ver como la “Nueva Izquierda” toma un gran número de las posiciones que habíamos tomado los “derechistas extremos” en nuestro tiempo. Muchas de las posiciones que se han tildado de “derechistas extremas” hace veinte años, ahora son bastante izquierdistas.
Como resultado, yo, con la misma posición que entonces, me han reubicado de la extrema derecha a la izquierda sin ningún tipo de esfuerzo por mi parte. Descentralización, control de la comunidad, ataque al Leviatán del gobierno, a la burocracia, a la intervención estatal en la vida de las personas, ataque a la educación estatista, crítico del unionismo el cual está vinculado al estado, oposición al militarismo, a la guerra, al imperialismo, etc. Todas esas cosas que la Izquierda está empezando a ver, es precisamente lo que nosotros los “extremadamente derechistas” hemos estado diciendo siempre; y a medida que avanza la “descentralización”, no hay nada tan descentralizado como el libre mercado, y tal vez, este también llegue a ser el centro de atención de la gente.
Precisamente por eso, soy muy optimista sobre el futuro del libre mercado capitalista. No soy optimista sobre el futuro del capitalismo de estado —o más bien, soy optimista, porque creo que acabará desapareciendo. El capitalismo de estado inevitablemente crea todo tipo de problemas que son insolubles. Como dijo Mises, una intervención en el sistema para intentar resolver los problemas sólo crea más problemas, que a la vez sólo demandan más intervención, etc. Así el proceso entero se hace como una bola de nieve hasta que se llega al colectivismo, al sistema totalitario. Ahora es mucho más probable el aumento de la intervención en Vietnam; el principio, como ya sabemos todos, es que la intervención del gobierno en Vietnam crea problemas que reclaman más intervención, y así de forma cíclica. Lo mismo pasa con la intervención doméstica, y el programa agrario es un excelente muestra de ello.
Tanto Vietnam como la intervención del estado en el ámbito doméstico, hacen aumentar la intervención creando sólo problemas que enfrentan a la gente y a sus elecciones: la prensa reclama más intervención, o la repele —en el caso de Vietnam, retirarse del país. Ahora en Yugoslavia y en el resto de la Europa del Este, han tomado el sentido contrario: el de la descentralización progresiva, continuando repeliendo un intervencionismo detrás de otro, y abocados al libre mercado. En Estados Unidos hemos tomado el camino de acelerar las intervenciones, hacia una mayor mutilación del libre mercado. Pero empieza a ser evidente que el sistema mixto se hace pedazos, que no funciona. Se está empezando a ver, por ejemplo, que el Estado del Bienestar no impone impuestos a los ricos y se lo da a los pobres; sino que impone impuestos a los pobres para dárselo a los ricos, y es el pobre quien paga ese Estado del Bienestar. Se está empezando a ver que la intervención exterior es esencialmente el método de subvencionar las empresas americanas en contra de ayudar a los pobres de los países subdesarrollados. Y ahora se empieza a ver evidente que las políticas keynesianas sólo triunfan para traernos más inflación con recesiones; y nuestros olímpicos economistas no tienen ni idea de sacarnos de este desorden. Lo único que hacen es cruzar sus dedos y sus modelos económicos y rezar. Y por supuesto, sólo podemos mirar hacia delante con otro crisis en la balaza de pagos de aquí a un par de años; otro episodio de la crisis inflacionista en un par de años, otro episodio histérico de la salida del oro.
Nos amenazan muchas crisis en América, algunas para llegar, otras las tenemos inminentemente encima. Todas esas crisis son el producto de la intervención, y ninguna de ellas podrá ser solucionada mediante el intervencionismo. Otra vez, creo que podemos darle la vuelta de forma definitiva a nuestro presente —tal vez tomando a Yugoslavia como paradigma. Por cierto, el profesor Averitt mencionó la Gran Depresión; el capitalismo de 1920. Tal depresión la causó la fuerte intervención del estado; un intervencionismo, todo sea dicho, muy similar al actual. En 1920, tuvimos el recién instaurado Sistema de la Reserva Federal, donde los economistas del Establishment de ese momento aseguraron que eliminarían cualquier recesión futura. El Sistema de la Reserva Federal en adelante manipularía los precios y la oferta de dinero allanando los ciclos económicos para siempre. Mil novecientos veintinueve y la Gran Depresión fueron el resultado de la manipulación guiada de la mano sabia de los economistas del Establishment —no fueron en ningún sentido el resultado del capitalismo del libre mercado.En resumen, el advenimiento de la industrialización y la Revolución Industrial cambió irreversiblemente el pronóstico de la libertad y el estatismo. En la era preindustrial, el estatismo y despotismo estaban fijados de forma indefinida, quedando satisfecho con mantener a los campesinos en los mínimos niveles de subsistencia y viviendo a costa de sus beneficios. Pero la industrialización rompió las antiguas normas, fue evidente que el socialismo no podía funcionar en un sistema industrializado, y éste fue convirtiéndose en neo–mercantilismo, intervencionismo, y en el largo plazo ninguno de los dos son compatibles con el sistema industrial. El libre mercado capitalista, o la victoria del poder social y de los medios económicos, no es sólo el único triunfo moral y, de lejos, es el sistema más productivo, sino que también es el único sistema viable para la humanidad en la era industrial. El triunfo final, es virtualmente, inevitable.