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noviembre 09, 2008

En Economía no hay magias



Las transferencias o ayudas económicas que los gobiernos suelen hacer a empresas en problemas, trae unos problemas que la clase política para no haberse dado cuenta. Al contrario de lo que se cree, ayudar a una empresa en problemas para salvar los puestos de trabajo como comunmente se dice, las ayudas significan desviar recursos desde las empresas más eficientes hacia las ineficientes, provocando en las primeras pérdida de rentabilidad y consecuentemente caídas en la inversión de capital en ellas; mientras que las empresas ineficientes en lugar de reducirse o desaparecer, que sería la lógica económica se mantienen funcionando subsidiadas por las eficientes.

Viendo la economía desde un plano total (macroeconómico) las transferencias de los sectores eficientes a los no eficientes trae como resultado caída en la inversión, caída en el crecimiento o recesión económica. En general, el gasto público desplaza inversiones, haciendo que la economia se descapitalice lentamente.

Una empresa en crisis es una empresa que está siendo vencida por el avance tecnológico, y no tiene solución a largo plazo, por ende no tiene sentido protegerlas. Una empresa ineficiente que cierra, libera recursos humanos que pueden utilizarse en otras actividades más eficientes y rentables.

En economía no hay magias, y los mercados no fallan, como dicen los políticos, pero veamos el artículo escrito por Alberto Benegas Lynch (h), a diario Perfil

octubre 28, 2008

Tormenta Perfecta en la Economía Argentina


Leía un artículo de mi economista preferido, Roberto Cachanosky publicado en el diario La Nación de Buenos Aieres, el 27 de octubre, donde lo titula "Tormenta Perfecta en la Economía Argentina". En ese artículo, Cachanosky explica como es engañoso el método de valuación de reservas del Banco Central, donde el gobierno se vanagloria del monto de dichas reservas sin tener en cuenta los pasivos (deudas y obligaciones varias) del banco.

Como he estudiado ciencias económicas, entiendo la partida doble. En el artículo al que me refiero, se hace cita a Luca Paccioli, que fue quien inventó la partida doble en la contabilidad, y por ella cada vez que se registra un activo (Dinero, Créditos, Bienes de Uso, Inmuebles y Derechos Varios) se debe registrar una partida equivalente en el pasivo (deudas y obligaciones). Es decir, que si las reservas del Banco Central son de 48.000 millones de dólares, pero tiene obligaciones representadas en bondos emitidos por el mismo banco por $ 26.000 millones, entonces las reservas netas son la diferencia de ámbas cifras, es decir $ 22.000 millones de dólares.

Otro grave inconveniente, por el cual el gobierno parece no tener una solución, porque el daño producido por el curso del tiempo ha sido muy grande es la distorsión de precios relativos en el mercado de la energía. Los precios relativos son las relaciones de precios que los bienes tienen entre si, y ese cálculo se determina dividiendo simplemente el precio monetario de ambos productos. Pero los precios relativos son importantes, porque es la información de la que se valen las empresas para tomar decisiones al momento de invertir, determinar que cantidad de bien producir, cómo producir, en que momento producir, y por su puesto al menor costo posible. La distorsión de precios relativos se ha ido agravando cada vez más por el desfasaje que ha producido la inflación sobre los precios de la energía. Recordemos que esos precios están regulados por el gobierno, y que los aumentos que esos precios han tenido respecto a la inflación de los últimos cinco años son muy inferiores a los precios de los demás artículos.

El resultado de esta intervención gubernamental, con fines políticos, pero economicamente desastrozos, es que la inversión en el mercado energético es casi nula, y sin inversión el capital existente se va depreciando y no es reemplazado por otro, por lo que a largo plazo, la industria energética quedará destruída. Sin energía suficiente, la economía en general tiene limitado su crecimiento. No podrán establecerse nuevas industrias, ni instalar nuevas maquinarias si no hay energía para ponerlas en funcionamiento. Hasta ahora, el mercado ha ido tirando con los subsidios pagados por el tesoro público, para paliar los crecientes costos de producción, pero con el agravante de que el festival de subsidios pagados por el estado a tantos sectores, está produciendo un quebranto que terminará llevando al tesoro a un colapso, y cuando llegue ese instante, los precios de los bienes que están regulados por el gobierno explotarán cuando el subsidio ya no pueda ser pagado.


Esta política de regulaciones, subsidios con fines políticos para crear relación de dependencia del subsidiado hacia el gobierno, y despilfarro público con la creencia de que así se reactiva la economía, ha sido una constante a lo largo de la historia argentina, por lo menos desde los años 40. Los resultados están a la vista. Cada diez años hay un colapso económico, con devaluaciones, incautación de depósitos y ahorros de la población, desocupación, cese de pagos de deudas públicas, y en lo político con renuncias de ministros, caídas de gobiernos o rupturas del orden constitucional, y violaciones sistemáticas contra la propiedad privada. Es penoso ver que a tan pocos años del nefasto suceso ocurrido en el 2001, y todas las locuras que vinieron después volvamos a caer en lo mismo.

noviembre 28, 2007

Aumento del precio de los alimentos


por Gary Becker
Gary S. Becker es Premio Nobel de Economía (1992), profesor de economía de la Universidad de Chicago, académico de Hoover Institution y miembro del consejo asesor del Proyecto de Privatización del Seguro Social del Cato
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Malthus y muchos de sus modernos seguidores asumen que el crecimiento de la población causa aumentos en los precios de los alimentos. En 1968, el biólogo Paul Ehrlich, en su libro “La bomba poblacional”, predijo que cientos de millones de personas morirían de hambre para mediados de los años 70. Desde luego que eso no sucedió y en los últimos 40 años el precio de los cereales y demás alimentos básicos ha bajado en relación con los precios de productos no alimenticios. Pero esto ha cambiado en los últimos dos años y en 2007 la inflación en el precio de los alimentos ha sido mayor que en todo lo demás.

Pero el aumento de la población mundial no resultó ser el factor determinante, entre otras cosas porque su crecimiento se ha reducido en los últimos 30 años. Una razón mucho más importante ha sido el aumento del ingreso per cápita en los países en desarrollo, especialmente en China y la India. Otro importante factor han sido los subsidios gubernamentales al maíz para producir biocombustibles que sustituyan al petróleo. La producción de etanol utilizará casi 30% de la cosecha total de maíz en Estados Unidos el próximo año.

El aumento del precio de los alimentos ha causado pánico en muchos países que han impuesto controles de precios y restricciones a las exportaciones de alimentos básicos. Otros países consideran ofrecer subsidios e imponer más regulaciones para impedir que sigan subiendo los precios de los alimentos.

La mayoría de esas medidas resultan contraproducentes porque desalientan en lugar de fomentar la producción de alimentos. Los agricultores se dedicarán a otros cultivos si les fijan un precio máximo al trigo, mientras que los subsidios agrícolas provocan mayor producción, pero distorsionan la asignación de recursos entre alimentos y demás bienes que los consumidores desean. Por el contrario, eliminar aranceles a la importación de alimentos, acabar con los subsidios a la exportación de alimentos y dejar que los agricultores hagan el uso que más les conviene de sus tierras contribuyen a la mayor eficiencia mundial en la producción y consumo de alimentos.

Los precios de los alimentos bajaron a lo largo de casi todo el siglo XX por los avances tecnológicos logrados. Éstos incluyen el desarrollo de mejores fertilizantes, la rotación de siembras, el control de enfermedades de las plantas y animales, modificaciones genéticas de cosechas y otras innovaciones. Todo esto debe seguir mejorando, especialmente si los gobiernos reducen sus restricciones a las modificaciones genéticas de los cultivos y si lo agricultores tienen la libertad de reaccionar libremente a los precios del mercado y demás indicaciones de lo que la gente quiere.

El rápido aumento del precio de los alimentos hace mucho más daño a los países pobres porque su gente gasta una considerablemente mayor proporción de sus ingresos en comida. La gente en Estados Unidos y en otros países ricos gasta alrededor de 10% de sus ingresos en alimentos, mientras que la gente de países muy pobres gasta más de 60%. Esto significa que un aumento de 30% anual en el precio de los alimentos durante cinco años reduciría el nivel de vida en apenas 3% en los países ricos, pero en 21% en los países pobres, si todo lo demás se mantiene igual.
Dentro de cada nación, los más pobres siempre son los más afectados por los aumentos de precio de los alimentos y por ello es que los gobiernos tienden a intervenir.

Mi conclusión es que los temores maltusianos no sucederán. La producción de alimentos se adaptará a la mayor demanda de los países en desarrollo y los precios futuros de los alimentos tenderán a la baja como sucedió en los últimos 100 años. Una incertidumbre tiene que ver con el calentamiento global y los biocombustibles porque cada vez mayores extensiones de tierras cultivables se dedicarían a la producción de etanol y no de alimentos.
Extraído del sitio:http://www.elcato.org/node/2962

octubre 23, 2007

Lección básica sobre las tasas de interés




por Juan Carlos de Pablo

Quienes no son economistas conocen al norteamericano Irving Fisher porque cuando tenía 31 años contrajo tuberculosis, a lo cual sobrevivió (murió a los 80 años), pero el hecho le obligó a interrumpir su trabajo durante 4 años. Como consecuencia de esta experiencia, en 1913 publicó una obra titulada Cómo vivir, recomendando ejercicios y vida sana.
En total, Fisher escribió unos 30 libros, ninguno de los cuales se vendió tanto como éste: 90 ediciones, con 400.000 ejemplares colocados en los Estados Unidos, la obra fue traducida a 10 idiomas. Quienes no son economistas también lo conocen porque hizo una fortuna inventando un fichero (¿el Cardex?).
Quienes son economistas prácticos lo recuerdan principalmente porque pifió de manera significativa la duración e intensidad de la Gran Crisis de la década de 1930. En efecto, hasta 1931 Fisher continuó afirmando que la recesión era transitoria y que la reactivación estaba a la vuelta de la esquina; lo cual le costó prestigio y fortuna (esto último porque una parte importante de su riqueza estaba invertida en acciones, y congruente con sus pronósticos no las vendió).
Los economistas profesionales, en cambio, nos acordamos de Fisher por su abundante obra científica. Referida a la teoría pura, a la teoría monetaria (le pertenece una de las 2 versiones de la ecuación fundamental de la teoría cuantitativa del dinero), al problema de los números índices, a moneda y ciclos, a impuestos, a teoría de la tasa de interés, etc.
Precisamente este año festejamos el centenario de la publicación de La tasa de interés, obra que entre otras cosas introdujo la distinción crucial entre tasa de interés nominal y tasa de interés real.
Sintéticamente, la tasa de interés nominal es la tasa "en pesos", mientras que la tasa de interés real es la tasa "en bienes". Ejemplo: si llevo $ 100 a un banco, y a los 30 días me devuelven $ 120, la tasa de interés nominal es 20% mensual.
Para saber cuál es la tasa de interés real necesito saber qué le ocurre a la tasa de inflación durante los 30 días que dura el depósito. Si durante el mes en cuestión los precios también aumentan 20%, entonces cuando me devuelvan el depósito, con los $ 120 compraré la misma cantidad de bienes que compraría hoy con los $ 100 si no realizara el depósito. Cuando esto ocurre decimos que la tasa de interés real es 0%.
Exactamente lo mismo ocurre con los créditos. Si me prestan plata a un año para financiar la fabricación de cartón, teniendo que devolver el doble de la cantidad de pesos que me prestaron, y durante dicho período el precio del cartón también se duplica, la tasa de interés nominal es de 100% y la real de 0%.
Así como hay una tasa de interés nominal, hay tantas tasas de interés "reales" como modificaciones de precios resulten relevantes. Así, para quien está pensando en mantener sus ahorros en pesos o en dólares, la tasa de interés real será calculada en base a la tasa de interés nominal en pesos, y a la expectativa de devaluación de la moneda local durante la duración del depósito; los fanáticos del fútbol compararán la tasa de interés nominal en pesos, con la expectativa del aumento del precio de las entradas a los partidos; y el fabricante del cartón la comparará con el aumento esperado del precio de dicho producto, no con el del nivel general de los precios mayoristas.
De todo esto me acordaba la semana pasada, cuando como consecuencia del aumento de las tasas de interés que las instituciones financieras pagan y cobran, más el hecho de que las referidas entidades "cortaron" los créditos de la noche a la mañana, el Presidente de la Nación les pidió a los banqueros "por favor, muy educadamente, que bajen las tasas y generen créditos para la producción y el consumo. Si no firmaré la resolución que hoy me trajeron [Miguel Peirano o Guillermo Moreno]". ¿Y Martín Redrado, a todo esto?
¿Qué diría Fisher, en la Argentina 2007, o cualquier alumno de un curso introductorio de economía, aplicando la distinción crucial que precisamente este año cumple un centenario? Que aquí y ahora están aumentando las tasas de interés nominales, pero no necesariamente las tasas de interés reales (algunas de las cuales probablemente estén disminuyendo), porque –excepto para el Gobierno, que sigue manteniendo que el INDEC mide el índice de precios al consumidor "de manera perfecta"-, la tasa de inflación también está aumentando.
Por consiguiente lo que el Presidente de la Nación pretende es reducir las tasas de interés nominales, lo cual implica hacer caer muchísimo más las tasas reales (se entiende el entusiasmo con el cual la iniciativa fue recibida por algunos líderes del sector industrial, representantes de deudores que quieren pagar lo menos posible por los créditos).
El único problema que tiene la propuesta es… la realidad. Puede ser que en épocas como éstas la intermediación financiera aumente la distancia entre las tasas de interés activas (las que les cobran a los deudores) y pasivas (las que les pagan a los ahorristas). Pero no están en condiciones de aumentar la tasa activa sin que aumente la pasiva –insisto, nominales, no necesariamente reales-, y esto nunca resulta ser una decisión autónoma de los banqueros, sino una respuesta a lo que están haciendo los ahorristas.
Los cuales parecen estar pensando que "todo estará fenómeno", según la óptica oficial, pero cuando se juntan problemas objetivos, un gobierno que termina que no hizo de la gestión un punto central, un nuevo gobierno del cual sólo sabemos que comenzará aplicando un Pacto Social, y un recuerdo de lo que costó no estar alerta en momentos turbulentos, mejor ser precavidos.
En estas condiciones la mezcla de "persuasión/amenaza" oficial para que caigan las tasas de interés nominales, y con más razón las reales, implicará mayor caída de depósitos en pesos, mayor presión sobre el dólar y mayor caída de reservas del BCRA. No hay nada conspirativo en esto, sólo la suma de innumerables decisiones individuales adoptadas por personas que no coordinan sus acciones entre sí, sino que miran la misma realidad.


Fuente: Revista Fortuna

Este artículo fue enviado por Eneas Biglione de Fundación Hacer www.hacer.org