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mayo 25, 2009

Elisa Carrio (Coalicion Civica) en Hora Clave Canal 26 24-05-09

PARTE 1


PARTE II


Lamento mucho que a los radicales no les guste el sistema de distritos uninominales para elegir diputados, pues es obvio que saldrían perjudicados; pero el actual sistema de listas de candidatos con representación proporcional y cualquier otro sistema de lista está agotado y debe ser reemplazado.

El sistema de voto electrónico no soluciona el problema, y las tachas funcionan mejor en la imaginación que en la realidad. El sistema de distritos uninominales fortalece las instituciones. Es el sistema electoral que se aplica en las democracias más estables y desarrolladas del mundo actualmente; pero es evidente que la estabilidad del sistema de estas democracias es gracias al sistema electoral, y no necesariamente a la madurez cívica de sus ciudadanos. Estados Unidos lo aplica para todos sus representantes en cualquier nivel, también lo aplican Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia parcialmente, y Canadá.

julio 13, 2008

El Problema es el Peronismo



por Alberto Benegas Lynch

Alexis de Tocqueville en su obra sobre el antiguo régimen y la Revolución conjeturaba que aquellos países de gran progreso moral y crematístico tienden a dar esto por sentado. Momento fatal puesto que otras tradiciones de pensamiento ocuparán los espacios vacantes. Esto es lo que ocurrió en la Argentina. De ser un país que estaba a la vanguardia de las naciones civilizadas, bajamos a niveles inauditos que sorprendieron al mundo.

En gran medida, el comienzo de la decadencia estuvo marcado por el abandono de espacios universitarios y educativos, a los cuales irrumpieron corrientes como las cepalinas, keynesianas, colectivistas, revisionistas y nazi-fascistas que poco a poco fueron demoliendo los principios de la sociedad abierta.

Los primeros síntomas de inapropiada intromisión estatal se pusieron claramente de manifiesto durante el gobierno de Yrigoyen (quien abandonó la buena línea trazada originalmente por Leandro Alem), lo cual fue luego intensificado con la Revolución fascistoide de 1930 en la que no solo Uriburu tenia preparado un proyecto de Constitución corporativa y anti republicana, sino que, después de la felonía de vetarse el binomio Alvear-Güemes, el gobierno siguiente (de la Concordancia) implantó medidas como el impuesto progresivo, las juntas reguladoras, la banca central y las manipulaciones en la tasa de interés y el tipo de cambio. A continuación, como escribe Emilio Hardoy, “una elección irregular consagra el triunfo de la fórmula oficialista Ortiz-Castillo”. El clima de estatismo imperante se enancó a la xenofobia nacionalista que se había extendido debido a libros y artículos, entre muchos otros, tales como los de Manuel Carlés, Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas y Manuel Gálvez que abonaron el terreno para el clima nazi-fascista del peronismo que sobrevino.

Como es de público conocimiento el peronismo desconoció por completo la división de poderes, avasalló la justicia y los órganos de contralor, comenzó con una escalada de corrupción alevosa, el gasto público, el endeudamiento estatal y la presión fiscal se elevaron notablemente, el control sobre el comercio exterior fue asfixiante a través del IAPI (Instituto Argentino para Intercambio), se introdujo la ley de asociaciones profesionales y convenios colectivos —copia de la Carta di Lavoro de Mussolini— se hicieron férreas las obligaciones de aportar el fruto del trabajo ajeno a cajas gubernamentales, se estatizaron empresas privadas y se reformó la Constitución instaurando una de raíz totalitaria con una cláusula de reelección indefinida.

Hay tres frases de Perón que ilustran bien sus inclinaciones. En 1970: “Si la Unión Soviética hubiera estado en condiciones de apoyarnos en 1955, podía haberme convertido en el primer Fidel Castro del continente”, en 1952, “Al enemigo, ni justicia” y, en 1947, “Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores”.

Ezequiel Martínez Estrada ha escrito que “Perón organizó, reclutó y reglamentó los elementos retrógrados permanentes en nuestra historia [...] Perón infiltraba legiones de fascistas, nacionalsocialistas y falangistas [...] El peronismo es una forma soez del alma de arrabal, [...] el GOU acaudillado por Perón, esta secta que era diametralmente opuesta a la Logia Lautaro, impuso una dictadura de tipo totalitaria [...] Eran las mismas huestes de Rosas, ahora enroladas en la bandera de Perón, que a su vez era el sucesor de aquel tirano [...] Una característica sobresaliente de la política de Perón, tanto en su campaña proselitista como en su programa doctrinario, es que recogió con prolija minuciosidad de hurgador en los tachos de basura, los residuos de todas las actividades nacionales, en los órdenes espiritual y material [...] Atacó la libertad de imprenta y los principios democráticos que hacían posible la crítica a su dictadura [...] No hubo campos de concentración pero si salas de tortura”.

Américo Ghioldi apunta que “el Estado totalitario reunió en manos de la esposa del Presidente todas las obras, los presupuestos, los recursos dispersos y los proyectos de realización periódica regular, de manera que aquella podía aparecer como la creadora de una realidad sacada de la nada, cuando en verdad era la suma de las obras que se cumplían normalmente [...] Por otra parte, el gobierno totalitario puso los poderes de coacción, de violencia y de amenaza en las atrabiliarias y caprichosas manos de la esposa del primer magistrado, la que impuso unas ´contribuciones espontáneas´ de personas, empresas, instituciones, capitalistas, trabajadores etc.[...] El Estado totalitario había fabricado de la nada el mito de la madrina, [...] en nombre de esta obra social, la Fundación despojó a los obreros de parte de sus salarios”.

Robert Potach señala que “A pesar de que ya en el pasado Perón no había vacilado en clausurar periódicos, su gobierno, a fines de 1949, inició una campaña de intensa hostilidad contra las publicaciones independientes [...] No pudiendo sino darse por enterado de que las acusaciones por robos y estafas surgían de todos los ámbitos, Perón apeló a una lógica extravagante y culpó a las víctimas”.

Como Procurador General de la Nación, Sebastián Soler dictaminó que “Antes de la revolución de septiembre de 1955 el país se hallaba sometido a un gobierno despótico y en un estado de caos y corrupción administrativa [...] Como es de pública notoriedad, se enriquecieron inmoralmente aprovechando los resortes del poder omnímodo de que disfrutaba Juan Domingo Perón y del que hacía partícipe a sus allegados”. Incluso sus pares del ejército de aquel entonces constituyeron un Tribunal de Honor, integrado por los tenientes generales Carlos von der Becke, Juan Carlos Bassi, Victor Jaime Majó, Juan Carlos Sanguinetti y Basilio D. Pertiné , fallo en el que se lee, con fecha de octubre 27 de 1955, que “En mérito de los resultados de las votaciones que anteceden, el Tribunal Superior de Honor aprecia, por unanimidad, que el señor General Juan Domingo Perón se ha hecho pasible, por las faltas cometidas, de lo dispuesto en el No. 58 del apartado cuarto del reglamento de los tribunales de honor, ´descalificación por falta gravísima´, resultando incompatible con el honor de la institución armada que el causante ostente el título del grado y el uso del uniforme, medida ésta la mas grave que puede aconsejar el tribunal”.

No podemos mirar para otro lado haciéndonos los distraídos. Hay demasiados vergonzantes, timoratos y acomplejados que esquivan los problemas y no parecen percatarse que no es posible reorganizar el país en base al ejemplo de la desorganización mas palmaria. No resulta serio ni es sincero aquello de autoproclamarse demócrata y peronista al mismo tiempo. Las pruebas están a la vista. Este es el sentido por el que Borges consignó que “los peronistas son incorregibles”. Por mas maniobras gatopardistas, con métodos antirrepublicanos no se construye una República: alguien tiene que decir en voz alta y sin rodeos que “el emperador está desnudo”. No resulta posible revertir semejante lastre para quienes reivindican el origen peronista de la delación y la implacable monopolización de procedimientos, lecturas y ritos tales como la marchita en la que el caudillo se hacía decir “que grande sos” y otros despropósitos.

En este contexto, no es mucho pedir que la ciudadanía que se considera responsable no le brinde apoyo electoral a las manifestaciones de la corriente de marras puesto que todas veneran el mismo tronco del que provienen, lo cual incluye los desaguisados mayúsculos de la última presidencia del caudillo que, entre otras cosas, quedan ilustrados por los pavorosos incendios provocados en los ministerios del frustrado autócrata de la economía José Ber Gelbard y del cabo devenido en criminal José López Rega.

Pero no se trata de circunscribirse a un intenso espasmo cívico el día de las elecciones, el asunto clave consiste en preguntarnos en que contribuimos cada uno de nosotros todos los días para que nos respeten. Tenemos en la Argentina múltiples problemas que lamentablemente se vienen acentuando debido discursos y anuncios retardatarios. Pero no parece que pueda pensarse con rigor en soluciones para dichos problemas mientras no se perciba, como primer paso, que el peronismo encarnó la degradación mas brutal de los valores que hicieron de ese país uno de los mas prósperos del planeta y, como ha escrito Einstein, “los problemas no pueden resolverse con quienes los han creado”.

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario de América el 8 de julio de 2008.

julio 12, 2008

Con un minuto de silencio no alcanza

Los Kirchner que tanta alharaca hacen de los Derechos Humanos y se ufanan de ser los más enérgicos defensores ya tienen dos muertos con sus populacherías demagógicas: Carlos Marriera y Juan Valdez de 21 y 54 años de edad y ambos de Tucumán.

En la nefasta costumbre peronista de transportar a la gente como ganado a los actos públicos organizados por funcionarios, para que los manifestantes pagados hagan falsos gestos de aprobación, que están costando cada vez más caro y que ningún funcionario se hace cargo de los destrozos producidos o pero aún de las muertes provocadas.

Hasta el momento ningún funcionario ha sido demandado ni ha asumido su responsabilidad por los hechos. Los Derechos Humanos de estas personas no existen.

Ver artículo de la editorial del diario La Nación:

Editorial INo alcanza con un minuto de silencio
lanacion.com | Opinión | S?do 12 de julio de 2008

abril 15, 2008

Borges y los piqueteros

Por Mario Vargas Llosa, para La Nación

La biblioteca Miguel Cané, en el barrio bonaerense de Boedo, es un modesto local de techos altos y viejos anaqueles y pupitres de lectura que se ha convertido en un sitio de peregrinación cultural para todo visitante más o menos alfabeto que llega a Buenos Aires. Porque aquí trabajó Jorge Luis Borges nueve años, de 1937 a 1946, como humilde auxiliar de bibliotecario, registrando y clasificando libros en un estrecho cuartito sin ventanas del segundo piso, donde ahora se exhiben, en una vitrina, las primeras ediciones de algunos de sus libros.

No hace mucho pasó por aquí el escritor inglés Julian Barnes y dejó estampada su admiración por el autor de Ficciones. Siento de pronto emoción imaginando aquellos años oscuros de ese auxiliar de biblioteca que, según la leyenda, en la hora de tranvía que le tomaba ir y venir de su casa a su trabajo, se enseñó a sí mismo el italiano, y leyó y poco menos que memorizó la Divina Comedia, de Dante. Además, claro, de darse tiempo para escribir los cuentos de su primera obra maestra, Ficciones (1944).

Borges es una de las cosas más notables que le han pasado a la Argentina, a la lengua española, a la literatura, en el siglo XX. Y es seguro que esa particular forma de genialidad que fue la suya –por lo excéntrico de sus curiosidades, su oceánica cultura literaria, lo universal de su visión y la lucidez de su prosa– hubiera sido imposible sin el entorno social y cultural de Buenos Aires, probablemente la ciudad más literaria del mundo, junto con París. Ambas capitales tienen encima, como segunda piel, una envoltura literaria de mitos, leyendas, fantasías, anécdotas, imágenes, que remiten a cuentos, poemas, novelas y autores y dan una dimensión entre fantástica y libresca a todo lo que contienen: cosas, casas, barrios, calles y personas.

Mucho de aquella Argentina de lectores voraces y universales, de cosmopolitas frenéticos y políglotas desmesurados está todavía presente en la desfalleciente Buenos Aires a la que vuelvo luego de algunos años: en sus espléndidas librerías de Florida y Corrientes abiertas hasta altas horas de la noche, en sus cafés literarios donde se cocinaron grandes polémicas estéticas y políticas y cuajaron esas revistas culturales que circulaban por toda América latina como ventanas que nos descubrían a los latinoamericanos todo lo importante que en materia artística y literaria ocurría en el resto del mundo.

Las paredes del café Margot están llenas de inscripciones, fotos y recuerdos de los ilustres escribidores, músicos y pintores que se sentaron, bebieron y discutieron hasta altas horas en estas mesitas frágiles y apretadas donde, con un grupo de amigos, recordamos a algunas glorias extintas: Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, José Bianco. En un rincón del célebre Café Tortoni hay una mesa con un Borges de tamaño natural, hecho de papel maché. Pero es sobre todo en ciertas personas donde aquella tradición civil e intelectual está aún viva y coleando: después de muchos años tengo la alegría de ver al ensayista y filósofo Juan José Sebreli y unos pocos minutos de conversación me bastan para comprobar, de nuevo, la solidez y vastedad de su información filosófica, la desenvoltura con que se mueve por los mundos de la historia, las ideas políticas y la literatura. Como muchos argentinos que he conocido, me da la impresión de haber leído todos los libros.

Borges fue destituido de su empleo en la biblioteca Miguel Cané por el gobierno de Perón, en 1946, y degradado, por su antiperonismo, a la condición de inspector municipal de aves y gallineros. El hecho es todo un símbolo del proceso de barbarización política que latinoamericanizaría a la Argentina y revelaría a los argentinos al cabo de los años que, en verdad, no eran lo que muchos de ellos creían ser

–ciudadanos de un país europeo, culto, civilizado y democrático, enclavado por accidente en América del Sur–, sino, ay, nada más que otra nación del Tercer Mundo subdesarrollado e incivil.

La involución del país más próspero y mejor educado de América latina –una de las primeras sociedades en el mundo que, gracias a un admirable sistema educativo, derrotó al analfabetismo– a su condición actual es una historia que está por escribirse. Cuando alguien la escriba, lo que saldrá a la luz tendrá la apariencia de una ficción borgiana: una nación entera que, poco a poco, renuncia a todo lo que hizo de ella un país del Primer Mundo –la democracia, la economía de mercado, su integración al resto del globo, las instituciones civiles, la cultura de brazos abiertos– para, obnubilada por el populismo, la demagogia, el autoritarismo, la dictadura y el delirio mesiánico, empobrecerse, dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y, en resumidas cuentas, pasar de Jorge Luis Borges a los piqueteros.

Son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optó resueltamente por la barbarie. En sus orígenes eran, al parecer, desempleados y marginales que salían a reclamar atención y trabajo de un poder que los ignoraba, de un mundo oficial sin alma, que daba la espalda a los más necesitados. Ahora, más bien, son las fuerzas de choque del poder político. Han salido con sus bombos y sus garrotes a enfrentarse a los simpatizantes de los agricultores que protestaban en la Plaza de Mayo por los nuevos impuestos decretados por el gobierno de Cristina Kirchner para los productos agrícolas. Y, en efecto, los dispersaron a palazos y a patadas, en nombre de la revolución.

¿Cuál revolución? La del odio. Lo explica muy bien el líder piquetero Luis D’Elía, afirmando que la culpa de esta movilización de agricultores contra el Gobierno la tienen “los blancos”. Añade que él odia a los blancos del Barrio Norte y quisiera “acabar” con todos ellos [N. de la R.: esto fue rectificado por D’Elía]. Pregunto a mis amigos argentinos qué quiere decir el líder piquetero con aquello de “blancos”. Porque, por donde yo miro, en la Argentina, por más esfuerzos que hago, sólo veo blancos. ¿Quiere acabar, pues, el piquetero con cuarenta millones de sus compatriotas? No veo argentinos negros, ni cholos, ni indios, ni mulatos, salvo turistas o inmigrantes. ¿Unicamente a ellos está dispuesto D’Elía a salvar de sus fantasías homicidas y racistas?

Unos días más tarde, tengo ocasión de inspeccionar muy de cerca a un par de centenares de piqueteros que emboscan el autobús que me lleva de la Bolsa de Rosario al local del Instituto Libertad, que cumple veinte años, un aniversario que un buen número de liberales del mundo entero hemos venido a celebrar. Como quedamos inmovilizados por la joven hueste de don Luis D’Elía –o tal vez alguna peor, pues ésta es sólo ultra, y en la Argentina hay ultra-ultra, y más– entre diez y quince minutos en la Plaza de la Cooperación, mientras ellos, imbuidos de la filosofía de aquel mentor, destrozan los cristales del autobús y lo abollan a palazos y pedradas y lo maculan con baldazos de pintura, tengo tiempo de estudiar de cerca las caras furibundas de nuestros atacantes. Son todos blanquísimos a más no poder.

Mis compañeros y yo guardamos la compostura debida, pero no puedo dejar de preguntarme qué ocurrirá si, antes de que vengan a rescatarnos, los aguerridos piqueteros que nos apedrean lanzan adentro del ómnibus un cóctel molotov o consiguen abrir la puerta que ahora sacuden a su gusto. ¿Celebraré mis 72 años –porque hoy es mi cumpleaños– tratando de oponer mis flacas fuerzas a la apabullante furia de esta horda de salvajes? Cuando pasa todo aquello, la joven periodista ecuatoriana Gabriela Calderón –es tan menuda que consiguió encogerse debajo del asiento como una contorsionista– me pregunta muy en serio si estas cosas me ocurren en todas las ciudades que visito. Le respondo que no, que esto sólo me ha ocurrido en la queridísima ciudad de Rosario.

Lo es para mí, por los buenos recuerdos que guardo de ella y porque es la tierra de mi amigo Gerardo Bongiovanni y de Mario Borgonovo, un publicista que, cuando se lanza a cantar tangos, hasta los ángeles del cielo bajan y los diablos del infierno suben a escucharlo.

Gerardo fundó, con cuatro amigos, en 1988, la Fundación Libertad, para promover las ideas liberales en su país. Veinte años después, el Instituto es un foco de pensamiento, de debates, de publicaciones, de seminarios y conferencias que entablan una batalla diaria por la modernidad, la tolerancia, el progreso, la democracia y la prosperidad contra quienes se empeñan en seguir haciendo retroceder a la Argentina hacia lo que Popper llamaba “la cultura de la tribu”.

Durante los diálogos, mesas redondas y exposiciones de estos días, como en la mañana emocionante de mi visita a la biblioteca Miguel Cané, de Boedo, me digo, esperanzado, que no todo está perdido, que todavía el fantasma de Borges podría despertar a la Argentina de la pesadilla de los piqueteros.

diciembre 23, 2007

Las vergüenzas del poder político

Eva Perón murió de una enfermedad de transmisión sexual y no de cáncer como se ha creído, según un informe desclasificado del gobierno de los Estados Unidos.
El periodista Nelson Castro ha recontruído la historia, develando todos los engaños y triquiñuelas peronistas para ocultar esa vergüenza. Parece que Juan Perón era el portador de la enfermedad y se la transmitió a su esposa. Es una enfermedad producto de la promiscuidad. La primera esposa de Perón también murió de lo mismo; asi que podemos decir con certeza que el ex presidente de Argentina Juan Domingo Perón era un viejo apestoso.







Investigación Un nuevo libro del periodista Nelson Castro




Revela la trama política en torno a la enfermedad mortal de la esposa de Perón




LANACION.com Cultura Domingo 23 de diciembre de 2007



diciembre 06, 2007

Moraleja Peronista

La reina acaba de ser desairada por el mismo Senado en el que ella criticó esta Ley. A propósito, aunque se duda de su fé peronista (tanto como de su presunto diploma de abogada) va la siguiente historia con moraleja: Cuando Perón se murió, ladino y cara de cemento como era, se tiró el lance de ir al cielo. Se apersonó a las celestes puertas, y apeándose de su reluciente limusina Cadillac 58 convertible, se presentó ante el Guardian de los Cielos. Casi implorante (el calor del infierno lo aterrorizaba) pidió entrar. San Pedro lo miró de arriba abajo, se acordó de la quema de las iglesias, de la expulsión de Tato y Novoa y de lo mal que el dictador se llevaba con Monseñor d'Andrea, pero por divertirse, (ya que igual el caso lo excedía) lo mandó a ver al Supremo con una carta de recomendación. Dios, que ese día que había ganado el seleccionado Argentino estaba de buen humor, lo recibió e intrigado (Dios no es adivino) le preguntó para qué había querido verlo, si ya sabía que él no era acreedor a residir en el Cielo. Perón, que era un zorro viejo, apelando a su florida labia, aduló un rato al Supremo, la Iglesia y el vaticano, pero por el ceño adusto del Señor intuyó que no iba a conseguir su lugarcito. Entonces, para al menos lograr un poco de simpatía, le dijo que quería hacer que el peronismo fuera una virtud estatuída por la Iglesia, y que lo único que quería dejar como legado de su paso por la tierra era esa gracia divina. Dios, divertido al fin por la pillería del vetusto tirano, le contestó que aceptaba el pedido y que lo pensaría. Luego de una corta meditación, le concedió lo solicitado, pero le puso algunas pautas por cumplir. El Divino Edicto terminó aproximadamente redactado como sigue: "Cualquier argentino, como ser humano pensante, solamente podrá poseer al mismo tiempo dos de estas tres virtudes, que impongo como condición: La primera virtud, ser peronista, la segunda virtud, ser buena persona, y la tercera virtud, ser inteligente." Es por eso que, como habrán notado cuando se topan con alguno de estos tres casos, irremediablemente se dan estas combinaciones: si alguien es peronista e inteligente, no es buena persona, si es peronista y buena persona, no es inteligente, y si es buena persona e inteligente, nunca es peronista. Por disposición especial, (recién se le había quemado el quincho) a Scioli le fué peor, pues por mandato divino, no es ni inteligente ni buena persona, e incluso hay quien duda de que sea peronista.




Comentario nº 78 de un lector del diario La Nación

noviembre 07, 2007

Y ganó el peronismo nomás...





Sin variar un ápice en su composición geográfica/electoral, el peronismo renovó por cuatro años más la conducción del poder del estado, con el aval de su fiel e inacabable clientela sufraguista.

Los votos peronistas emitidos el domingo, no fueron sino una repetición calcada de su promedio histórico. Efectivamente, el fin de semana no se ganó con el "voto transversal", ni un "voto montonero", ni "progresista", ni "ortodoxo", ni ningún rebusque nominal que se le pretenda otorgar.

El del domingo fue un voto peronista en stricto sensu. El mismo voto que optó sin éxito por Italo Luder y la delincuencia sindical en 1983, el mismo que consagró a Carlos Menem en 1989 con el 45% (exactamente el mismo porcentual que acaba de sacar Cristina Kirchner), el mismo voto que en 1999 sufragó por Eduardo Duhalde (que a la sazón bajó al 38% tras diez años de desgaste en el poder) y el mismo que ahora colocó en el Sillón de Rivadavia a la segunda mujer en la historia nacional (pues anteriormente la generosidad peronista puso a "Isabelita" en tamaña investidura).

Este brevísimo repaso nos sirve como referencia, ya que algunos aspirantes a politólogos se pasaron cuatro años alegando que "el kirchnerismo no es peronismo". Si esto es cierto, sería bueno que se lo comuniquen a los millones de peronistas que consagraron al matrimonio gobernante por cuatro años más.

Además, los votantes que consagraron a Cristina como heredera dinástica del régimen, son exactamente los mismos que al unísono condecoraron también al motonauta menemista Daniel Scioli como gobernador de la Provincia Buenos Aires.

¿Qué tiene en común el matrimonio Kirchner con Scioli? Pues comparten la misma clientela electoral.

El mismísimo fundador del peronismo, Juan Perón, supo decir respecto de sus acólitos: "les pongo un caballo y me lo votan". Quien dice un caballo dice una yegua.

Otro dato recurrente y conocido, es que el peronismo pierde en todas las ciudades y ambientes con cierta base educacional (Capital Federal, La Plata, Córdoba, Rosario, Mar del Plata, Bahía Blanca y otros centros urbanos) y en sentido contrario, gana por paliza en los grandes cordones del conurbano bonaerense.

Este dato es interesante, pues la empobrecida e indigente Provincia de Buenos Aires es gobernada ininterrumpidamente por el peronismo desde 1987 (hace ya 20 años). En este caso, se da una situación de "voto masoquista", pues los votantes que sostienen al peronismo bonaerense son precisamente los que más padecen las penurias acaecidas como consecuencia de las pésimas administraciones justicialistas.

En efecto, suelen ser los votantes peronistas, quienes con el sufragio masivo les renuevan a sus verdugos el mandato para que estos prosigan embruteciéndolos y empobreciéndolos.
Como vemos, el peronismo no es un problema ideológico, sino sociológico. ¿Cómo se combate este flagelo?, no con "un peronismo ortodoxo", ni con "un peronismo de Perón", "un peronismo noventista" o la clasificación que se quiera.

Se lo combate con alternativas no peronistas. ¿Como se construye tal alternativa?, eso forma parte de otro análisis que, en la epístola presente (llamada a ser necesariamente corta) no podemos desarrollar obviamente.

Pero estas observaciones precedentes vienen a cuento, puesto que semanas previas al 28 de octubre, algunos compatriotas (aunque bienintencionados), dedicaron esfuerzos a proponer combatir al peronismo gobernante con más peronismo, invitando a sufragar por los hermanos Rodríguez Sáa (otros exponentes del feudalismo, del nepotismo, del autoritarismo, del populismo y del alegre default), fundamentando dicho sufragio en una encuesta manifiestamente "trucha" que dibujaba a dicha familia feudal posicionándola en el segundo lugar en las tendencias (apenas debajo de Cristina Kirchner).

Otro gran derrotado del domingo, indudablemente fue el dirigente municipal Mauricio Macri, quien perdió en tiempo récord más del 80% de los votos que por descarte supo conseguir pocos meses atrás. En efecto, sus insistentes traiciones, especulaciones, indefiniciones y vacilaciones no ideológicas (ya que no tiene ninguna) sino políticas, lo desacreditaron en forma plena.

Lamentamos que dichos desaciertos graves hayan arrastrado también a Ricardo López Murphy (probablemente el más sensato de los competidores), quien ante la falta de apoyo y desplantes ostensibles por parte del macrismo (hasta el legislador macrista Cristian Ritondo recibió la orden de divulgar que votaría por Lavagna), condujeron a López Murphy hacia una catástrofe electoral sin precedentes.

De manera similar, otros especuladores que también quisieron despegarse de López Murphy fueron el primo de Mauricio Macri, Jorge Macri (y dale con el nepotismo) y el socio de José Luís Manzano, el "colorado" Francisco de Narváez (quienes no llevaron a López Murhpy ni en la boleta). Pero sendo dúo bonaerense, también fue sancionado y no obtuvieron siquiera el segundo lugar (a pesar de haber llevado a cabo una campaña electoral costosísima).

Aunque ideológicamente desacertada, por honestidad y valentía, fue Elisa Carrió la que se llevó todos los honores, obteniendo un digno segundo lugar constituyéndose en la principal referente de la oposición de ahora en más.

Mientras el peronismo se ensancha arrasando con todo y con todos, el radicalismo acelera su agonía, Macri prosigue destruyendo a la derecha (o lo que queda de ella), y la alternativa más visible es encarnada por una dirigente de centro-izquierda.

Este escenario objetivo no debería permitirnos ningún optimismo ni generar ningún entusiasmo. Sin embargo, el pueblo argentino, que de comprometido tiene bastante poco, suele reaccionar en función de los vaivenes económicos. Y la anestesia inflacionaria se está acabando. La misma ya cumplió su función: ganar las elecciones. Ahora, cuando el agua llegue al tanque, será una buena oportunidad para "barajar y dar de nuevo", confiando en que una nueva dirigencia tome la antorcha de la prosperidad de la que supo conseguir y disfrutar el país hasta el golpe del 4 de junio de 1943.

* Nicolas Marquez es abogado, autor de los libros "La Otra Parte de la Verdad" y "La Mentira Oficial".

octubre 23, 2007

Sin gana el peronismo se perjudican los peronistas

por Nicolas Márquez





Falta algo más de una semana para que las elecciones presidenciales se lleven a cabo. Con gravísimo error, muchos opositores al gobierno se pasaron cuatro años y fracción alegando que “este no es un gobierno peronista”.
Actualmente ya no se canta con la insistencia de otrora la “marchita” insolente ni se exhiben en los actos los cartelones con la foto del difunto tirano y la “jefa espiritual de la Nación”.
Pero sendas ausencias ornamentales no implican en modo alguno la desaparición del movimiento peronista, sino un mera mutación formal y protocolar.
La inmensa y compleja estructura peronista (compuesta por la infausta corporación sindical, punteros distritales, matones barriales, dirigentes vitalicios, concejales, intendentes y gobernadores) pervive intacta con la misma metodología, la misma ideología (supuesto que el peronismo tenga una) y con los mismos apellidos.
Hay algo peor todavía: también se conserva indemne el numeroso caudal de votantes peronistas.
Como el voto peronista es mayoría (o primera minoría) en el país (así nos va), por ende será mayoría el voto que irá dirigido a la ex menemista Cristina Kirchner. Para mal de males, el voto opositor irá fragmentado y por ende, la paliza electoral probablemente sea mayúscula.
El peronismo ama a los pobres y amándolos los multiplica. El peronismo vive de la pobreza (no sólo material sino cultural) de sus adherentes. A estos últimos los usa, los adula, los ensalza, los embauca y sin que éstos lo perciban, los denigra. Sea que sus verdugos se presenten bajo la sigla PJ, Frejuli, Frejufe, Frejupo o Frente para la Victoria.
Los especialistas en sondeos de opinión, sin disparidad de criterios marcan que el régimen ganará con el tradicional voto peronista. O sea, las chances de la heredera dinástica crecen en las zonas afectadas por la miseria tanto en los cordones bonaerenses como en el interior del país. En sentido contrario, sus guarismos bajan en los sectores urbanos, y en las clases medias y altas.
Nada le hace perder votos al peronismo. Ni los numerosos escándalos de corrupción, ni los atropellos morales, ni las violaciones institucionales y lo que es más doloroso, ni siquiera le hace perder caudal electoral el hecho de que sus votantes (mayormente de sectores necesitados) jamás mejoren su calidad de vida.
Efectivamente, tal como lo decía H.L. Mencken, el demagogo es “aquel que predica doctrinas que sabe falsas a hombres que sabe que son idiotas”. Mutatis mutandis, el gobernante peronista es aquel que despilfarra dineros que sabe ajenos en nombre de aquellos a quienes se los expropia (y para colmo entre aplausos de foca de las propias víctimas).
Pero hay algo más alarmante todavía. Y es que muchos personajes provenientes de círculos culturalmente más avanzados, vistiendo saco y corbata, defienden al régimen y militan para él a cambio de alcanzar o conservar un puestisto en alguna secretaría, asesoría, dependencia pública, o de cualesquiera que sean las innumerables formas de vivir parasitariamente del Estado, siempre a costa de los contribuyentes obviamente. El clientelismo no sólo compra las voluntades de los necesitados, sino también de los universitarios sin moral ni dignidad.
Como si este mal omnipresente llamado peronismo no bastara para perturbar la salus pópuli, el grueso de la gente no habla de las elecciones. La apatía prevalece. Ninguno de los numerosos y rimbombantes escándalos que pesan sobre el régimen logran despertar la sana reacción cívica. No hay clima electoral, ni en los medios, ni en las calles, ni en los subtes, ni en el bar. Decía Víctor Hugo que “entre un gobernante que hace el mal y un pueblo que lo conciente, hay cierta solidaridad vergonzosa”
¿Llegará Cristina al 40%?, eso es todo. Es el único misterio y el único tema que despierta alguna cuota de curiosidad en los ambientes más politizados. Con acierto, Vicente Massot suele decir que “somos un pueblo manso”.
Pero ante el peligro grave e inminente de que el matrimonio gobernante prosiga practicando sus felonías por cuatro años más, la mansedumbre deja de ser una característica sociológica, y se convierte en un pecado grave.
Hay algo peor que padecer la peste: acostumbrarse a ella.
Podría considerarse, estimado amigo lector, que la presente epístola está cargada de pesimismo. Y quizás sea cierto, pero como decía ese genial escritor Jorge Luís Borges (que fuera perseguido por el peronismo) “un pesimista es un optimista que ve la realidad”.
Todo indica, salvo imponderables, que ganará el peronismo. Y ganando el peronismo, perdemos todos, y dentro de esa pérdida, suelen ser los más perjudicados el grueso de los votantes peronistas.


* Nicolás Márquez es abogado, autor de los libros La Otra Parte de la Verdad y La Mentira Oficial.
Fuente:
Nicolas-marquez.com.ar
Este artículo fue enviado por Eneas Biglione de Fundación Hacer www.hacer.org