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noviembre 29, 2007

Festejando el dinero



Por Samuel Gregg




El pasaje de la Biblia que quizás más a menudo se cita mal es que “el dinero es la raíz de todos los males”. Lo nocivo es la codicia y lo que dice la Biblia (1 Timoteo 6:10) es que “el amor del dinero es la raíz de todos los males”.
A lo largo de la historia, los banqueros y financistas, desde los Medici y los Rothschilds hasta las inversiones especulativas de los Hedge Funds de hoy, reciben mala prensa. Inclusive el premio Nobel y ex economista jefe del Banco Mundial Joseph Stiglitz utiliza despectivamente la expresión “dictadura financiera internacional” para describir la influencia ejercida por financistas occidentales en América Latina y Africa.
Lamentablemente, toda esa retórica esconde lo que apropiadamente se podría llamar el milagro del dinero y los beneficios que éste confiere a nuestras vidas.
Los historiadores siguen debatiendo sobre el origen del dinero y sobre cuándo el dinero reemplazó al trueque. Lo que no está en discusión son los beneficios logrados por ese cambio.
Uno de los arquitectos del milagro alemán de la posguerra fue el economista Wilhelm Röpke, quien escribió que es imposible concebir el surgimiento de la civilización sin la creación del dinero, logro verdaderamente revolucionario en la historia de la humanidad.
Es difícil pensar en otro instrumento capaz de servir simultáneamente tan variados propósitos. Por ejemplo, el dinero aporta la estructura del mercado que llamamos precios, permitiéndonos ejercer nuestras propias prioridades personales que en su conjunto nos aseguran la mejor utilización de recursos escasos.
El dinero es un activo líquido, medio de intercambio y unidad contable. Quizás la mejor manera de comprender la importancia del dinero es imaginarnos un mundo sin dinero, lo cual significaría obligarnos al trueque cada vez que queramos algo, sea esto un alimento, ropa o alguna herramienta.
El problema con el trueque lo describía muy bien el economista del siglo XIX William Jevons, al señalar que un incremento en la variedad de bienes dificulta considerablemente el cálculo de cuánto vale algo en base a otras cosas. Pronto el cálculo se complica y se vuelve imposible, lo cual frena todo crecimiento económico.
Con el dinero, cualquier bien puede intercambiarse por una suma de dinero y viceversa. Esto permite una mayor especialización de la gente y, por consiguiente, aumenta el crecimiento y la productividad. Mientras más grande es el mercado mayor será la especialización.
Otra ventaja del dinero es que facilita y acelera las transacciones, mientras que en una economía regida por el trueque la gente puede ahorrar solamente guardando objetos. Por el contrario, hoy podemos dar un cheque de nuestra cuenta bancaria para adquirir cualquier cosa y las transacciones electrónicas aceleran y facilitan el proceso aún más, lo mismo que las inversiones.
Esto promueve y facilita el desarrollo económico porque los bancos y demás instituciones financieras aportan capital a empresarios y emprendedores que asumen riesgos y convierten sus ideas en lucrativas realidades.
Todos estos factores nos ayudan a comprender por qué los países que surgen de la pobreza requieren tanto una moneda estable como fácil acceso a capital extranjero. Sin una moneda estable y confiable no hay posibilidad de crecimiento real.
Lamentablemente, la pobreza aumenta en lugar de disminuir en los países que sufren de inflación y de la manipulación de la moneda por parte de gobernantes fiscalmente irresponsables.
Así es que lejos de esclavizarnos, el dinero nos da libertad, contribuyendo al desarrollo social, al crecimiento económico y a la soberanía del consumidor.


Samuel Greeg es Director de investigaciones del Acton Institute.
Fuente: www.aipenet.com


Se ha preguntado cual es el origen del dinero? El dinero es solo un instrumento de intercambio que no puede existir a menos que existan bienes y personas capaces de producirlos. Es la forma material del principio según el cual quienes deseen tratar con otros deben hacerlo mediante transacciones, entregando valor por valor. No es un instrumento de los pordioseros, que exigen llorando el producto del trabajo ajeno, ni de los saqueadores que lo arrebatan por la fuerza; el dinero se hace sólo posible gracias a quienes producen. ¿Es eso lo considera malvado?
Cuando se acepta dinero en pago del esfuerzo propio, se hace con la condición de que luego uno lo podrá cambiar por el producto del esfuerzo ajeno. No son los pordioseros ni los saqueadores los que dan valor al dinero. Ni un océano de lágrimas, ni todos los cañones de la Tierra, podrán transformar los pedazos de papel que lleva en su billetera, en el pan que necesitará mañana para sobrevivir. Esos papeles, que en realidad deberían ser oro, son un pacto de honor; su tenencia da derecho a la energía de la gente que produce. Su billetera es la declaración de su convicción de que, en algún lugar del mundo, hay personas que no quebrantarán ese principio moral que es la raíz del dinero. ¿Eso es lo que considera malvado?
¿Alguna vez se ha preocupado por investigar las raíces de la producción? Observe un generador eléctrico y atrévase a pensar que ha sido creado por la fuerza bruta de seres carentes de inteligencia; intente cultivar una semilla de trigo sin los conocimientos transmitidos por quienes lo hicieron anteriormente; o trate de obtener alimento tan solo con movimientos físicos, y se dará cuenta de que la mente humana es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que alguna vez haya existido sobre la Tierra.
Sin embargo, hay personas que aseguran que el dinero lo consiguen los fuertes a expensas de los débiles. ¿Pero a qué fuerza se refiere? No es la fuerza de las armas ni de los músculos, ya que la riqueza es el producto de la capacidad del hombre para pensar. Entonces, ¿el dinero lo obtiene quien inventa un motor a expensas de quienes no lo inventaron? ¿Lo obtiene el inteligente a expensas del idiota? ¿El capaz a expensas del incompetente? ¿El ambicioso a expensas del holgazán? El dinero debe hacerse, antes de que pueda ser saqueado, y es hecho a través del esfuerzo de las personas honradas, en la medida de la capacidad de cada una; y el honrado es aquel que comprende que no puede consumir más de lo que ha producido.
Comerciar utilizando dinero es el código de los hombres de buenas intenciones, porque el dinero se basa en el axioma de que cada uno es dueño de su mente y de su esfuerzo. El dinero no otorga ningún poder para prescribir el valor de un esfuerzo, más allá de la elección voluntaria de quien desea ofrecer el suyo a cambio.
El dinero le permite obtener por sus bienes y su trabajo lo que vale para los que lo compran, pero no más que eso. El dinero sólo permite tratos que se hacen en beneficio mutuo, según el libre juicio de ambas partes.
El dinero exige el reconocimiento de que se debe trabajar en beneficio, y no en perjuicio, propio; para ganar, y no para perder. El dinero reconoce que el hombre no es una bestia de carga nacida para transportar el fardo de su propia miseria, que debe ofrecer valores y no agravios, que el lazo común entre los seres no es un intercambio de sufrimientos, sino de bienes. El dinero exige vender, pero no debilidad a cambio de estupidez, sino talento a cambio de razón; exige comprar, no lo peor sino lo mejor que pueda conseguir. Y cuando las personas viven basadas en el intercambio, poniendo como árbitro decisivo a la razón en lugar de la fuerza, lo que triunfa es el mejor producto, el trabajo más perfecto, el hombre de mejor juicio y mayor idoneidad. El grado de productividad de cada uno es también el de su recompensa. Éste esel código de existencia, cuya herramienta y símbolo es el dinero. ¿Es esto lo que considera malvado?
El dinero es sólo un instrumento que lo llevará adonde quiera, pero no lo reemplazará como conductor; le dará los medios para la satisfacción de sus deseos, pero no le proveerá dichos deseos.
El dinero es el azote de quienes intentan revertir la ley de causalidad; de quienes buscan reemplazar la mente apoderándose de los productos de la mente.
El dinero no comprará la felicidad para quien no sepa qué desea; no le dará un código de valores a quien haya rehusado adoptarlo, ni proporcionará un propósito a quien haya eludido la elección.
El dinero no brindará inteligencia al estúpido, ni coraje al cobarde, ni respeto al incompetente. Quien intenta comprar el cerebro de sus superiores, reemplazando con su dinero su mayor capacidad de juicio, termina convirtiéndose en víctima de sus inferiores. Los hombres inteligentes lo abandonarán, pero los embaucadores y los farsantes irán en manadas hacia él, atraídos por una ley que él desconoce: la de que nadie puede ser menos que su dinero. ¿Es éste el motivo por el que considera malvado al dinero?
Sólo quien no la necesita está capacitado para heredar riqueza, o sea aquel que de todos modos haría su propia fortuna sin que importe su punto de partida. Si un heredero está a la altura de su dinero, el dinero le sirve; de lo contrario, lo destruye. Pero cuando usted y quienes comparten sus ideas observan a alguien así, dicen que el dinero lo ha corrompido. ¿Es verdad?¿O ha sido él quien ha corrompido al dinero? No envidie a un heredero inútil, pues su riqueza no es suya. No le habría ido mejor en caso de obtenerla. No tiene sentido considerar que esa riqueza debería haberse distribuido entre usted y los otros, pues cargar al mundo con cincuenta parásitos en vez de uno no reviviría la virtud muerta de esa fortuna. El dinero es un poder viviente que si es despojado de su raíz, muere; por eso no le servirá a una mente que no esté a su altura. ¿Es éste el motivo por el que se lo considera malvado?
El dinero es su medio de supervivencia. El veredicto que pronuncia sobre su fuente de supervivencia es el mismo que pronuncia sobre su vida. Si la fuente es corrupta, está condenando su propia existencia. ¿Ha conseguido el dinero por medio del fraude? ¿Siendo alcahuete de los vicios o de la estupidez humana? ¿Sirviendo a los imbéciles con la esperanza de conseguir más de lo que su capacidad merece? ¿Degradando sus ideales? ¿Realizando una tarea que desprecia para vendérselas a quienes aborrece? En tal caso, su dinero no le proporcionará ni un momento de auténtica felicidad, pues todo lo que compre no será un elogio hacia su persona, sino un reproche; no un triunfo, sino un constante recordatorio de la vergüenza. Entonces gritará que el dinero es malo. ¿Malo porque no sustituye al respeto que se debe a sí mismo? ¿Malo porque no deja disfrutar de su corrupción? ¿Es ésta la causa del odio hacia el dinero?
El dinero será un efecto del que las personas somos causa. Es producto de la virtud, pero no lo hará virtuoso ni lo redimirá de sus vicios. El dinero no le dará lo que no se merezca, ni material ni espiritualmente. ¿Es ésa la razón por la que se lo aborrece?
¿O acaso sostiene que el amor al dinero es el origen de todos los males? Amar una cosa es conocerla y respetar su naturaleza; por lo tanto, amar al dinero es conocer y respetar el hecho de que representa lo mejor de cada uno, que es la llave maestra para intercambiar su esfuerzo por el mejor esfuerzo de los demás. La persona que vendería su alma por unos centavos es la que proclama a gritos su odio hacia el dinero; y hay que reconocer que tiene motivos para odiarlo. Pero los amantes del dinero están dispuestos a trabajar por él, y saben que están en condiciones de merecerlo. Quien maldice el dinero, lo ha obtenido de manera deshonrosa, pero quien lo respeta, se lo ha ganado honestamente.
Huya de quien le diga que el dinero es malvado, pues esa frase es la señal que anuncia la presencia de un saqueador. En tanto los hombres vivamos en sociedad y necesitemos medios para tratar unos con otros, el único sustituto, en caso de abandonar el dinero, serían las armas.
El dinero exige las más elevadas virtudes para conseguirlo o conservarlo. Quienes carecen de valentía, de orgullo o de autoestima, los que no tienen sentido moral de su derecho al dinero y no están dispuestos a defenderlo como si se tratara de su propia vida, esos que parecen pedir perdón por ser ricos, no lo serán por mucho tiempo, pues son un cebo natural para las bandas de saqueadores, que desde hace siglos se agazapan bajo las rocas y salen en cuanto huelen a alguien que ruega ser perdonado por ser rico, y se apresuran a aliviarlo de su culpa, de su dinero y de su vida, tal como lo merece.
Entonces verán aparecer los hombres de doble moral: los que se basan en la fuerza, y sin embargo, dependen de quienes viven del comercio para darle valor a su dinero robado. Son los que quieren ser virtuosos gratuitamente, aquellos que en una sociedad moral son los criminales de quienes la ley debería proteger a los demás. Pero cuando una sociedad establece la existencia de criminales por derecho y de saqueadores legales, es decir de personas que utilizan la fuerza para apoderarse de la riqueza de víctimas desarmadas, entonces el dinero se convierte en vengador de su creador.
Esos ladrones se sienten seguros al robar a indefensos, luego de haber sancionado una ley para desarmarlos, pero su botín se convierte en un imán para otros saqueadores que también se lo arrebatan de la misma forma como ellos lo hicieron. Entonces el éxito irá, no la más competente en la producción, sino al capaz de la más despiadada brutalidad y crueldad. Cuando la fuerza se convierte en norma, el asesino vence al carterista, y la sociedad desaparece entre ruinas y cadáveres.
¿Quieren saber si ese día se acerca? Observe al dinero, pues es el barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando vea que el comercio se hace, no por consentimientos de las partes, sino por coerción; cuando adviertan que para producir, necesitan obtener autorización de quienes no producen nada; cuando comprueben que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciban que muchos se hacen ricos por el soborno y por las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no los protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare en que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en auto sacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.
El dinero es un medio tan noble que no compite con las armas, ni pacta con la brutalidad. Nunca permitirá sobrevivir a un país basado parcialmente en la propiedad y parcialmente en el robo. Siempre que aparezcan elementos destructores entre los humanos, comienzan destruyendo al dinero, porque éste es la protección del hombre y la base de su existencia moral. Los destructores se apoderan del oro, y entregan a cambio un montón de papel impreso. De esta forma, destruyen todas las normas objetivas del valor y dejan al hombre en las garras de un juez arbitrario. El oro era un valor objetivo, un equivalente a riqueza producida. El papel es una hipoteca sobre riqueza que no existe, respaldada por un arma apuntada al pecho de quienes se espera ha de producirla.
El papel es un cheque librado por saqueadores legales sobre una cuenta ajena: sobre la virtud de las víctimas. Espere al día en que ese papel sea rechazado con la leyenda “sin fondos”.
Cuando se haya convertido a la maldad en medio de supervivencia, no espere que los hombres sigan siendo buenos, no espere que conserven la moral y pierdan la vida convertidos en forraje de los inmorales, no espere que produzcan cuando la producción sea castigada y el robo recompensado. Entonces, no deberá preguntar “¿Quien está destruyendo al mundo? Porque será usted mismo el que lo estará haciendo.
Se encuentra entre los mayores logros de la civilización más productiva y se pregunta porqué todo se derrumba, mientras maldice la fuente que le da la vida: el dinero. Ve al dinero como lo han hecho sus antepasados salvajes. En la historia de la humanidad, el dinero ha sido siempre botín de saqueadores, de un tipo o de otro, cuyos nombres fueron cambiando, pero cuyos métodos fueron siempre los mismos: apoderarse del dinero por la fuerza y mantener cautivos a los productores, degradándolos, difamándolos y despojándolos de su honor. Esa frase acerca de la maldad del dinero, que expresa con meticulosa imprudencia, viene de la época en que la riqueza era producida por el trabajo de los esclavos, esclavos que repetían los movimientos inventados con anterioridad por la mente de alguien y que siguieron ejecutándose sin mejora alguna durante siglos. Mientras la producción fue gobernada por la fuerza y la riqueza se consiguió por usurpación, había poco para conquistar. Sin embargo, a lo largo de los siglos demiseria y de hambre, las personas exaltaron a los saqueadores como aristócratas de la espada, como aristócratas desde la cuna, y más tarde, como aristócratas de la burocracia, despreciando a los productores, como esclavos, comerciantes, vendedores o industriales.
Para gloria de la humanidad, existió por primera y única vez en la historia un país del dinero y no es posible dar un mayor tributo a los Estados Unidos de América, porque eso significa un país donde reinan la razón, la justicia, la libertad, la producción y el progreso. Por primera vez, la mente y el dinero de los hombres quedaron libres, dejó de existir la fortuna como botín de conquista y, en lugar de guerreros y esclavos, surgió el verdadero productor de riqueza, el gran trabajador convertido en el tipo más elevado de ser humano: el auto suficiente, el industrial estadounidense.
Si se pide que dé algún nombre a la distinción de la cual los estadounidenses pueden estar orgullosos, elegiría porque contiene a todas las demás, la de haber sido el pueblo que acuñó la expresión “ hacer dinero” Ninguna otra lengua o nación había utilizado semejante fórmula, porque los hombres siempre consideraron a la riqueza como una cantidad estática que sólo podía ser arrebatada, mendigada, heredada, distribuida, saqueada o obtenida como favor. Los estadounidenses fueron los primeros o mejor dichos los únicos que comprendieron que la riqueza debe ser creada. La frase hacer dinero contiene la esencia de la moralidad humana.
Sin embargo, debido a esas palabras, los estadounidenses fueron denunciados por las culturas podridas de estos continentes de ladrones. Ahora, el credo de los saqueadores los ha llevado a pensar que los más dignos industriales son motivo de vergüenza, que su prosperidad es motivo de culpa, que los industriales más eminentes son unos canallas, que sus magníficas fábricas producto de su trabajo honrado son el fruto del trabajo de esclavos movidos por el látigo, como los que construyeron las pirámides de Egipto. El depravado que se lamenta de no ver la diferencia en su propia piel como ocurrirá a la larga.
Hasta que descubra que el dinero es la raíz de todo lo bueno, seguirá encaminándose hacia su propia destrucción. Cuando el dinero deje de ser la herramienta mediante la cual los hombres se relacionan entre sí, los hombres mismos se convertirán en herramientas e otros hombres. Sangre, látigos, armas; o dólares. Debe elegir. No hay otra opción.
Autor:Ayn Rand Libro: La Rebelión de Atlas





mayo 12, 2007

Un seguidor de Tocqueville en el Vaticano


Por Samuel Gregg (*)

Tras la elección de Joseph Ratzinger como Papa en abril de 2005, muchos analistas indicaron correctamente que el maestro teológico de Benedicto XVI es San agustín. Ese obispo africano del siglo V es un gigante de la Iglesia, cuya vida y escritos tuvieron un papel decisivo en la formación de la civilización occidental. La primera encíclica del Papa Benedicto XVI, “Deus caritas est” (Dios es amor), está llena de citas y temas tomados de los textos de San Agustín.La publicación de la encíclica parece confirmar que otro pensador más contemporáneo también ha influenciado mucho la manera en que Benedicto XVI ve la religión en una sociedad libre y la naturaleza del Estado. Se trata del filósofo francés del siglo XIX Alexis de Tocqueville. Autor de obras clásicas como “Democracia en América”, la relación de Tocqueville con la cristiandad fue compleja. Habiendo crecido en una familia devota, a Tocqueville le horrorizó la violencia de la Revolución Francesa contra la Iglesia Católica, el saqueo de iglesias y ataques tanto a sacerdotes como a seglares. Pero Tocqueville también fue crítico de la tendencia del clero de apoyar el absolutismo de la época posrevolucionaria. Personalmente, Tocqueville osciló entre la duda y la fe durante casi toda su vida.
Lo que Tocqueville nunca puso en duda fue la importancia de la religión en la defensa de la sociedad libre. Este tema es tratado ampliamente en “Democracia en América” y atrajo la atención de Ratzinger. Cuando fue incorporado a la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia en 1992, el entonces cardenal Ratzinger dijo que el libro de Tocqueville “Democracia en América” siempre lo impresionó.
Describiendo a Tocqueville como “un gran pensador político”, Ratzinger insistía que las sociedades libres no se logran mantener, como decía Tocqueville, sin amplia adherencia a “las convicciones éticas comunes”. Ratzinger entonces subrayaba el respeto de Tocqueville por el papel del cristianismo protestante en aportar esas bases fundamentales a Estados Unidos. Y más recientemente, Ratzinger ha expresado su admiración por la manera como se dispusieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado en EEUU.
¿Qué tiene todo esto que ver con “Deus caritas est”? Que Benedicto XVI verdaderamente toma en serio la advertencia de Tocqueville sobre el despotismo suave. Y por ello escribe en la encíclica: “El Estado que quiere proveerlo todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en una burocracia que no puede asegurar lo más esencial que cualquier ser humano necesita: una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de la subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad y el acercamiento hacia quienes necesitan ayuda”. (DCE N° 28)
Habiendo vivido bajo el nazismo, Benedicto XVI no necesita ser aleccionado sobre el totalitarismo. Y como seguidor de San Agustín no cree en propuestas de crear el cielo en la tierra. Sus palabras indican su comprensión de la insistencia de Tocqueville en que hasta en las sociedades libres se puede, casi imperceptiblemente, ir dejando que el Estado asuma esas asociaciones autónomas, que según Tocqueville, le dieron a EEUU su dinámico carácter y gobiernos con poderes limitados.
No hay duda del temor del Papa de que el Estado debilite la autonomía de los entes caritativos cristianos, no absorbiendo bruscamente su labor, sino lentamente diluyendo su identidad. La Encíclica le recuerda a los cristianos que “las expresiones específicas de caridad eclesiástica no deben nunca ser confundidas con la actividad del Estado” (DEC N° 36) y la participación de las instituciones caritativas de la Iglesia en activismo político es explícitamente condenado.
Las instituciones caritativas cristianas deben actuar prudentemente cuando contratos con el gobierno requieren su adherencia a regulaciones sobre lo que pueden hacer o decir, concluyendo que tales acuerdos debilitan su habilidad de ser “testigos creíbles de Cristo”.
Esto es mucho mejor que transigir respecto a la Verdad y al Amor.


___(*) Director de investigaciones del Acton Institute.
©
www.aipenet.com

Libre Comercio Imperativo Moral


Por Samuel Gregg


En cuanto a la economía, pocos están conscientes de su dimensión moral, pero como los obispos católicos manifestaron en el 2003, durante la XXIX Asamblea del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) reunida en Paraguay, se confronta un verdadero problema moral cuando a los países en desarrollo no se les permite competir en productos agrícolas, debido a los subsidios que reciben los agricultores de los países ricos.El cardenal Oscar Rodríguez Madariaga, arzobispo de Tegucigalpa, manifestó que los beneficios del libre comercio seguirán eludiendo a América Latina mientras persista el proteccionismo y los subsidios gubernamentales. Evidentemente que los únicos que se benefician son los agricultores de países desarrollados y los políticos que compran sus votos con tales subsidios. "Nuestros países, que son básicamente agrícolas, no pueden exportar con libertad”, dice el cardenal.
En ese sentido, los grandes pecadores son la Unión Europea y Estados Unidos. El historial francés es especialmente reprochable. Es irónico que la primera nación en reclamar “libertad, igualdad y fraternidad” esté a la cabeza de los países que niegan libertad económica a las naciones más pobres del mundo. Miles de millones de euros y de dólares gastan los gobiernos de la Unión Europea y de Estados Unidos para favorecer injustamente el cultivo y venta de sus productos alimenticios. Esto llega a extremos bochornosos, como cuando Washington paga a determinados agricultores por no sembrar en sus tierras, para así mantener alto los precios.
Ante esa insólita situación, no nos ha debido sorprender que durante la Cumbre de Johannesburgo en 2002, los más apasionados defensores del libre comercio fueran los países de Africa, América Latina y Asia, mientras la Unión Europea insistía en el statu quo proteccionista. Tal posición choca de frente con los golpes de pecho y frecuentes proclamas humanitarias de los presidentes y políticos europeos. Parece que los votos de los campesinos franceses y alemanes son mucho más importantes que aliviar la miseria en los países pobres.
Debemos comprender, sin embargo, que los obispos latinoamericanos no defienden el libre comercio simplemente sobre la base de eficiencia económica. Su posición proviene de la enseñanza católica respecto a la naturaleza y los fines de los bienes materiales. La Iglesia católica enseña que los bienes de la naturaleza se usarán en beneficio de toda la gente. Esto no significa que en el comienzo la gente era dueña colectivamente del mundo material ni que los bienes pertenecieran por partes iguales a cada uno. Cómo utilizar los recursos en beneficio de todos, la Iglesia deja que la gente lo decida de manera racional y Santo Tomás de Aquino fue quien mejor explicó las ventajas de la propiedad privada.
Claro que la falta de libre acceso a los mercados de los países industrializados no es el único problema económico de América Latina. La corrupción e inseguridad jurídica (problemas básicamente morales también) son inmensos obstáculos en aliviar la pobreza.

América Latina regresa al corporativismo

Por Samuel Gregg

El presidente boliviano Evo Morales ordenó el 1° de mayo la ocupación militar de los yacimientos de gas natural, anunciando su nacionalización. No es casualidad que el anuncio lo hizo al regreso de su viaje a La Habana, para reunirse con otros dos gobernantes de izquierda, Chávez y Castro.Varios analistas comentaron que ese anuncio refleja el desplazamiento de América Latina hacia la izquierda, pero el problema es que el izquierdismo de Morales y de Chávez incluye una agresiva lucha de clases y un programa de gobierno que se describe mejor como corporativista. Se trata de políticas similares a las instrumentadas por los gobiernos fascistas de los años 30, o sea una mezcla de socialismo, autoritarismo, populismo, nacionalismo y xenofobia. Eso se combina con la nacionalización y regulación de la economía, la militarización de gran parte de la sociedad y la creación de organizaciones civiles controladas por el gobierno que gradualmente acaban con la libre asociación.
En América Latina ya eso ocurrió con la llegada de Juan Domingo Perón -gran admirador de Mussolini- a la presidencia de Argentina en 1946, quien igual que Chávez era militar. Perón eliminó la libertad de intercambio y de asociación, todo lo cual fue reemplazado por empresas y sindicatos dirigidos y manipulados por el gobierno, procediendo además a estatizar las principales industrias y a la expulsión de empresas extranjeras. La retórica peronista también era nacionalista, militarista y anti-occidental.
La similitud con lo que está sucediendo hoy es obvia. No es casualidad que Morales utilizara al ejército para ocupar los yacimientos de gas y que Chávez esté militarizando a los venezolanos con la creación de sus milicias populares bolivarianas. El lenguaje utilizado por ambos presidentes recuerdan las diatribas peronistas contra las inversiones extranjeras, lo mismo que los cambios de la constitución para ajustarla a sus programas.
También observamos creciente preocupación por lo que está sucediendo, en especial de parte de la Iglesia Católica. Los obispos bolivianos criticaron recientemente al gobierno de Morales por instrumentar políticas que no respetan los derechos humanos. El cardenal Julio Terrazas, en nombre del Episcopado, declaró respecto a la nacionalización del gas: “es peligroso pensar que la nueva Bolivia va a nacer ignorando los principios básicos de respeto a las leyes y convenios”.
Los obispos bolivianos saben que el irrespeto a los contratos libremente acordados termina acabando con el estado de derecho, fundamento esencial para una sostenible creación de riqueza. Pero quizás lo más notable de la declaración de los obispos fue su insistencia en que nada cambiará en Bolivia mientras la gente no cambie sus hábitos morales. Esto recuerda las declaraciones del cardenal argentino Jorge Bergoglio en 2002, cuando dijo que la corrupción que tanto daño hace a la sociedad no mejorará hasta que los individuos rechacen la corrupción.
Son palabras importantes al reflejar que los obispos ya no acusan a otros por los males de la región y que ya no se toma en serio la teología de la liberación, aunque muchos líderes católicos siguen sin aceptar el hecho que los problemas latinoamericanos son el resultado de infames políticas, mercantilismo económico y comportamiento social que debilitan y destruyen el comportamiento y las instituciones que hacen posible la creación de riqueza y el mejoramiento del nivel de vida para todos.
Es el momento para que los líderes católicos latinoamericanos ofrezcan alternativas reales, para lo cual deben estudiar lo expresado por el Papa Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus, en 1991. Con su énfasis en los beneficios del libre intercambio, iniciativa empresarial, respeto a la propiedad y al estado de derecho, se trata del documento que muestra a los católicos un camino diferente al callejón sin salida del corporativismo, la teología de la liberación y el creciente populismo racista de Chávez y Morales.
¿Enfrentará América Latina este reto? Esperemos que sí, ya que el bienestar de 20 naciones y más de 500 millones de latinoamericanos depende de ello.

Samuel Gregg es Director de investigaciones del Acton Institute.
Michigan,

Las causas fundamentales del hambre


Por Samuel Gregg


Una de las peores tragedias de la pobreza humana es el hambre. Pocas cosas nos entristece más que ver a un niño latinoamericano, africano o asiático sufriendo de mala nutrición. Por eso es que la promesa de alimentos genéticamente mejorados entusiasma a tanta gente. La posibilidad de plantaciones resistentes a la sequía, que puedan crecer en terrenos poco fértiles y lograr cosechas mayores es el milagro que muchos deseamos.La preocupación por los pobres es un principio de la fe cristiana y no sorprende que el Vaticano esté actualmente redactando un documento que aparentemente apoyará la producción de alimentos genéticamente mejorados.
El arzobispo Renato Martino está encargado de la redacción del texto y ha declarado que personalmente no tiene ninguna objeción a los alimentos genéticamente mejorados. También dijo que “el problema del hambre tiene que ver con la conciencia de todos. Por esa razón, la Iglesia Católica le hace seguimiento con especial interés a cada desarrollo científico que ayude a solucionar los apuros que sufre la humanidad”.
El respaldo moral a los alimentos genéticamente modificados es fuerte. Desde el punto de vista de la ética cristiana, el mundo existe para ser utilizado, por los humanos, según la ley natural. Por ello, la Iglesia nunca ha considerado moralmente problemático la práctica de varios siglos de manipular genéticamente a plantas y animales a través de métodos como la polinización cruzada de una planta con otra y el cruce de animales. El Vaticano también está consciente que no hay evidencia científica de que las modificaciones genéticas de las plantas puedan dañar a la gente, a los animales ni a las plantas mismas.
Pero con o sin alimentos genéticamente mejorados, no hay razón para que haya hambre. El hambre no es causada por la naturaleza. El hambre surge principalmente por falta de derechos de propiedad, estado de derecho y libre comercio. Si no hay derechos de propiedad, el campesino no tiene incentivos para cultivar la tierra. Sin estado de derecho, no tienen ninguna seguridad que sus productos no serán robados por funcionarios corruptos, y sin libre comercio, los agricultores de los países en desarrollo no tienen chance de competir con los protegidos y subsidiados agricultores de Europa y Estados Unidos. En otras palabras, las causas fundamentales del hambre se encuentran en malas políticas instrumentadas por los hombres.
Consideremos las siguientes estadísticas. En los últimos 10 años han muerto de hambre 2 millones de norcoreanos por las políticas colectivistas de su gobierno. En los años 30, 8 millones de ucranianos murieron de hambre durante la campaña de Stalin para acabar con las fincas privadas. Las muertes masivas en Etiopía en los años 80 fueron causadas por la guerra y por las políticas del régimen marxista-leninista. Actualmente, miles confrontan una hambruna en Zimbabwe como resultado de la destrucción sistemática, por parte del dictador Mugabe, de los derechos de propiedad de los agricultores blancos de ese país, pasándole las tierras robadas a sus compinches; allá sufren la desaparición del estado de derecho y el colapso de la agricultura.
El hambre también destruye la dignidad intrínseca de la persona. La producción de alimentos genéticamente mejorados encuadra bien con la ética cristiana y puede ser parte de la solución. Pero la Iglesia no debe olvidar tampoco las causas fundamentales del hambre. De ello dependerán muchas vidas.
Samuel Gregg es director de investigaciones del Instituto Acton y analista de TechCentralStation.com
Grand Rapids, Michigan (AIPE)- www.aipenet.com