La ideología que, en lugar de aspirar al progreso, impulsa hacia el atraso
Por Marcos Aguinis
Para La Nación
julio 02, 2010
El Atrasismo, la nueva dirección política del mundo subdesarrollado
febrero 01, 2009
Israel, judío entre las naciones.
Hace algunos días he estado escribiendo breves comentarios en diferentes sitios de internet y en todos ellos he obtenido insultos en lugar de respuestas. Y eso explica como la opinión individual de mucha gente no existe, sino que es la repetición de un eslogan propagandístico o de una malsana formación religiosa de sus padres. La preocupación por aparentar ser una buena persona, incita a mucha gente a unirse a movimientos pacifistas, aunque la paz sea una extorsión, un chantaje inaceptable. A cualquier individuo le gusta la paz, pero la paz a cambio de la injusticia y la deshonra no es una opción válida.
La religión católica ha fomentado el odio a los judíos aunque no lo admitan jamás, lo se porque me consta, soy hijo de padres católicos y criado en una comunidad católica, donde todo el que fuere católico era un buen hombre y si era judío o incluso evangelista se trataba de una mala persona de quien era prudente estar lejos.
Pero, para apoyar lo que digo, pego debajo estas líneas, este claro y contundente artículo escrito por Marcos Aguinis y publicado en el diario La Nación de la ciudad de Buenos Aires el 23 de enero del 2008.
Para LA NACION
Aunque no es una definición original, se la debería tener en cuenta. Israel ahora condensa el milenario odio hacia los judíos y es tratado con el mismo consciente o inconsciente prejuicio. Siempre es el culpable. Haga lo que haga, siempre está mal, excepto cuando contribuye a su autodestrucción. Se desconocen sus virtudes, se exageran sus defectos.
El odio a los judíos empezó hace más de 2000 años, antes aún de Cristo. Prevalecen las teorías que lo atribuyen a la tenacidad con la que se aferraban a un Dios único y abstracto que, además, era ético. Gracias a Pablo, el apóstol de los gentiles, se expandió con fuerza el cristianismo que, durante sus primeros veinte años, no se alejaba de las sinagogas. Siglos más adelante, por la excepcional inspiración de Mahoma -articulada a los textos del viejo Israel-, nació el islam. Pero ambos descendientes tendieron al parricidio.
Para los cristianos, la llegada de Jesús significaba el fin de la función "placentaria" de Israel: después de Cristo su supervivencia era vista como impugnadora, anormal. Para los musulmanes, al no aceptar los judíos a Mahoma como el último de los profetas, revelaban haber modificado sus propios textos, donde habría sido anunciado; una redonda e imperdonable perversidad.
No obstante, tanto unos como otros fueron ambivalentes. Para los cristianos, Dios no quiere la desaparición de los judíos, porque terminarán convirtiéndose a la nueva religión y serán la corona del plan celestial. Para los musulmanes son el Pueblo del Libro, junto con los cristianos, y merecen un status superior al de los politeístas. Por eso en ambas jurisdicciones hubo períodos de fértil convivencia y períodos de sanguinaria persecución.
Los judíos conforman la comunidad humana que ha padecido el maltrato más obstinado de la historia. Fueron convertidos en el chivo expiatorio de todos los males, por absurdas que fueran las acusaciones. Por ejemplo, durante la "peste negra" que asoló Europa, se les atribuyó haber envenenado los pozos de agua y las turbas se dedicaron a incrementar el número de muertos judíos. Tuvo que intervenir el Papa para frenar tamaña locura. Siglos antes se había inventado el baldón del "crimen ritual": los judíos extraían la sangre de niños cristianos para amasar el pan de su Pascua (¡!).
Este vampirismo (no olvidar el ejemplo de Shylock; y que hasta el Concilio Vaticano II los judíos eran "deicidas", peor imposible), permaneció ajeno a la tradición musulmana. Ahora el mundo musulmán ha sido colonizado por la vasta producción antisemita occidental, incluido el "crimen ritual" que genera terror.
En Egipto, país que ha firmado la paz con Israel y debería contribuir a desalentar el odio, tuvo gran éxito una serie de TV donde se mostraba cómo los judíos degüellan niños árabes sobre una palangana para llenarla con su sangre y luego amasar el pan de la Pascua. No hubo condena de ningún organismo internacional a tamaña usina de odio. La dolida queja de Israel fue contestada con esta frase: "En Egipto hay libertad de expresión".
Predicadores, políticos e intelectuales tienden ahora, como en la década de 1930, a incentivar el antisemitismo "demostrando" que el sufrimiento de los judíos, en vez de provocarnos solidaridad, debería hacernos comprender su maldad incurable. Son auténticos verdugos, criminales. Ya no queda bien calificarlos de "raza inferior", por supuesto. Los racistas son ahora los judíos. Racistas, nazis, asesinos de niños, lo peor. En la Carta del Hamás, por ejemplo, se los identifica según el libelo fraguado por la policía zarista en Los protocolos de los sabios de Sión : provocaron todos los males del mundo para dominarlo, incluida la Revolución Francesa, la Primera y Segunda Guerraa Mundial, la Revolución Rusa y otras calamidades por el estilo.
Recordemos que las grandes matanzas comenzaron por una intensa descalificación. Luego resulta fácil avanzar. El Holocausto no hubiera sido posible sin las centurias previas, donde el judío era asociado con ratas y cucarachas. Las "leyes raciales" que lanzó Hitler durante años deshumanizaron a los judíos hasta que en muchas partes del mundo se considerara su eliminación como un acto de higiene.
El Estado de Israel es descalificado de la misma forma. Se lo acusa con una tirria que no se aplica a otras naciones. En especial sobresale la izquierda fascista, que ha traicionado sus ideales de origen y ahora se asocia con dictaduras y teocracias. Si Irán, junto con las organizaciones terroristas que apoya, lograse su objetivo de borrar a Israel del mapa, no se derramarán muchas lágrimas, porque el mundo se está convenciendo de su malignidad innata. Terminado el Holocausto, tampoco se derramaron demasiadas lágrimas: los puertos del mundo se cerraron para los supervivientes, incluso los de América latina y los Estados Unidos. Un año después de terminada la guerra hubo otro progrom en Polonia.
El Estado de Israel no fue un regalo por causa del Holocausto, sino que consiguió su independencia luchando contra la más poderosa potencia colonial de entonces, que era Gran Bretaña. Los foros internacionales sólo le fueron favorables en noviembre de 1947, cuando las Naciones Unidas votaron por más de dos tercios la partición de Palestina en un Estado árabe y otro judío. Al Estado judío no se le otorgaba casi ningún sitio bíblico de significación, ni siquiera Jerusalén, cuya mayoría de habitantes era judía. Para "compensar", le adjudicaron el vasto desierto del Neguev. Los judíos aceptaron felices. Los estados árabes, en cambio, juraron violar esa resolución y arrojarlos al mar. Ni mencionaron independizar un Estado palestino. Tampoco lo crearon durante los 19 años en que ocuparon la Franja de Gaza y toda Cisjordania.
En 1967, Egipto bloqueó el Canal de Suez para el comercio con Israel y le cerró su salida por el golfo de Akaba. Manifestó que anhelaba borrarlo del mapa (como ahora Irán) y exigió el retiro del colchón de la ONU para terminar con la "entidad sionista". ¿Qué hicieron las Naciones Unidas? Retiraron el colchón, por supuesto, y dieron luz verde al exterminio. Pero el resultado no fue el que se esperaba.
Terminada la Guerra de los Seis Días, Israel ofreció la paz a cambio de la devolución de territorios conquistados. La Liga Arabe se reunió entonces en Khartun y emitió los famosos "Tres No": no negociar con Israel, no reconocer a Israel, no firmar la paz con Israel. ¿Hubo una indignada reacción a semejante hostilidad? Ninguna.
Sólo después de la Guerra de Iom Kipur el presidente Anwar El Sadat entendió que era imposible destruirlo y manifestó su propósito de acabar con la guerra. Entonces, el más duro de los israelíes, que era Menajem Beguin, le devolvió hasta el último grano de arena del Sinaí, territorio tres veces más extenso que todo Israel. No sólo eso: le entregó pozos de petróleo, aeropuertos, carreteras y hasta los centros turísticos más sofisticados que ahora posee Egipto, construidos por el mismo Israel. Como añadido, evacuó la ciudad de Yamit, al sudoeste de Gaza que, de haber existido aún, hubiese dificultado el contrabando de millares de misiles en los que gastaron ríos de dinero los actuales señores de esa Franja.
Después de ceder el Sinaí, Israel siguió siendo acusado de "expansionista". Es el judío, el maligno. Tampoco ayudó a la paz que evacuase por completo la Franja de Gaza sin pedir nada a cambio. Y la esperanza de que cesara el lanzamiento de misiles contra las poblaciones del sur. La Franja se convirtió en un territorio Judenrein. ¿Qué hicieron los líderes de Hamás con las 20 colonias paradisíacas que les dejaban los pioneros israelíes, llenas de flores, árboles, invernaderos, centros sanitarios, granjas, escuelas y hasta fábricas? ¡Las destruyeron, quemaron y convirtieron en escombros! ¿Fue condenada esa depredación irracional? No.
¿Se mencionan otros responsables, además de Israel, por los sufrimientos del pueblo palestino? El ejército jordano asesinó millares en el Septiembre Negro de 1971. Siria mató más palestinos que Israel, según dijo el mismo Yasser Arafat. Hamás ejecutó 370 palestinos cuando se adueñó de la Franja de Gaza y luego impidió la peregrinación a La Meca de los musulmanes que no respondían a sus mandatos.
Cierro con pena. Los terroristas están ganando la campaña que enciende el odio en vez de conducir a la moderación, el diálogo y la paz. Para ellos es mejor que muera un palestino a que muera un israelí, por eso los usan de escudos humanos. Cuando muere un israelí la prensa calla. Cuando muere un palestino brota lava ardiente.
Mientras más palestinos sufran y mueran, más grande será la lástima. Pero esa lástima no aporta paz ni progreso.
Israel, judío entre las naciones, imperfecto como toda construcción humana, deberá seguir tolerando la doble vara con que se miden sus acciones. Es ineluctable. Pese a ello, sólo le queda reforzar lo que fortifica una buena relación con los sectores pacifistas y racionales del mundo árabe. Ya ha realizado mucho y bueno en varios campos, aunque de eso no se habla. Tiene que hacer más. Allí reside su condena o su gloria.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1092507
julio 08, 2008
El Odio a Israel
En un reportaje a una nena árabe de tres años y medio le preguntaron si odiaba y dijo que sí, que odiaba a los judíos. ¿Por qué? Porque son monos y cerdos. ¿Quién lo dice? Lo dice el Corán.
Es verdad que el Corán lo dice, pero como todo libro religioso extenso, escrito en circunstancias históricas determinadas, exhibe expresiones contradictorias, algunas durísimas y otras más dulces que la miel. Igual sucede con la Biblia. Corresponde a los hombres interpretar esos textos y enfatizar sus contenidos nobles.
Un imam de Los Angeles, por ejemplo, ha llegado a decir algo impresionante: ¡el Corán es sionista! ¿Por qué? porque en una Sura afirma que Alá ordenó a Moisés que llevase a su pueblo hacia la Tierra Prometida; en otro versículo Alá ordenó a los israelitas no ceder esa tierra. Mahoma tuvo relaciones contradictorias con las tribus judías de Arabia, por momentos de fraternidad y por momentos de guerra, por eso las indicaciones opuestas.
Históricamente el odio a los judíos fue más intenso entre los cristianos que entre los musulmanes. Los cristianos acusaban a los judíos de ser “los asesinos de Dios”, los musulmanes sólo de haber enmendado la Biblia para que no figurase el anuncio de la llegada de Mahoma. Ambos son hechos deleznables, pero más horrible, desde luego, el primero. Si pudieron “asesinar a Dios” –como se predicó durante centurias desde casi todos los púlpitos, por lo cual pidieron un vibrante perdón Juan XXIII y Juan Pablo II-, no los frenaría ningún crimen. Se los acusó de envenenar los pozos cuando había una peste (y se carneaba entonces judíos con entusiasmo enérgico), se los acusó de utilizar la sangre de niños cristianos para amasar el pan de la Pascua (¡?) (y nació el delirante y repetido libelo del crimen ritual, que llevaba a renovadas y jubilosas matanzas), fue el Shylock voraz por una libra de carne humana, fue el judío pobre que se despreciaba por sucio y débil o fue el judío rico que se rapiñaba sin culpa, fue el personaje siniestro de Los Protocolos de los Sabios de Sión que redactó la policía secreta del Zar para estimular los pogroms, fue El Judío Internacional del resentido Henry Ford, fue el Mein Kampf de Hitler, donde prometía hacer lo que finalmente hizo ante la indiferencia de la civilización, fue Auschwitz.
El plan siniestro
El plan nazi de encerrar a todos los judíos mundo y exterminarlos como si fuesen cucarachas en base a un odio sedimentado durante siglos en Europa, casi tuvo un éxito total. En pocos años liquidó un tercio de ese pueblo gracias a la sistemática técnica industrial de la muerte. Ese plan recibió el apoyo del líder árabe de Palestina Haj Amin el-Husseini, gran mufti de Jerusalén. Este clérigo fanático, que espoleaba a destruir las comunidades judías porque importaban costumbres “degeneradas” como la igualdad de la mujer, la apertura de teatros y orquestas, la edición masiva de libros, los ideales de la democracia y el socialismo, se ofreció a colaborar con “la solución final”. Viajó a Berlín por un largo período y prometió erradicar cada judío de Palestina y sus alrededores “con los métodos científicos del Tercer Reich”. Planificó erigir otro Auschwitz en Nablus, sobre las colinas de Samaria. Su lema, difundido por radios nazis, fue: “Mata a los judíos dondequiera los encuentres, para agradar a Alá y la historia”. En sus Memorias confiesa: “Nuestra decisión fundamental era colaborar con Alemania para hacer desaparecer el último judío del mundo árabe. Yo pedí a Hitler que me ayudase en forma explícita a resolver esta cuestión en base a nuestras aspiraciones raciales con los métodos innovadores puestos en marcha por Alemania. El me dijo: “Esos judíos son suyos”. Yasser Arafat lo citaba como “nuestro héroe”.
Los refugiados
Debemos tenerlo en cuenta, porque este héroe fascista cometió un grave error contra su propio pueblo. No sólo se negó a aceptar la Partición decidida por las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947 para el nacimiento de un Estado Arabe y uno Judío que viviesen lado a lado y en fraterna colaboración, sino que tuvo una “idea genial” al estallar la guerra de la Independencia de Israel contra el Mandato británico y seis ejércitos árabes decidieron invadir el territorio para aplastar al flamante Estado. Esa idea lo llevó a ordenar que sus hermanos abandonasen Palestina rápidamente para permitir que Siria, Irak, Líbano, Egipto, Arabia y Transjordania pudiesen empujar a los judíos, rápida y cómodamente al mar, donde serían ahogados.
En los archivos del Foreign Office existen documentos sobre los judíos que detenían a columnas de fugitivos árabes palestinos y les pedían quedarse, porque la guerra no era contra ellos, pero estos pensaron que se trataba de una estrategia para usarlos de escudo y frenar el impulso de los invasores. Más de la mitad de los árabes que abandonaron sus hogares “por unas semanas”, como prometía el Mufti, no vieron a un solo soldado judío.
El odio árabe aumentó en forma sustantiva cuando fueron derrotados. No los había vencido una potencia colonial, sino una comunidad minúscula que ni siquiera contaba con un solo tanque ni un solo avión. Nadie les quería vender armas, porque no se vende nada a un cadáver inminente. Los judíos -el pueblo más inerme del planeta, que acababa de ser humillado y reducido a escombros por los nazis, que no sabía defenderse de los pogroms centenarios, que fue expulsado de tantos sitios de forma grosera e impune, al que le cerraban los puertos incluso después del Holocausto-, pudieron triunfar. Era una insoportable herida al honor árabe y puso en marcha una febril venganza mediante la expulsión de casi todos los judíos residentes en países árabes. El sueño de Hitler de conseguir países Judenrein (limpio de judíos), fue un logro árabe. Comunidades arraigadas desde hacía miles de años debieron partir de inmediato, con una mano delante y otra atrás. Los puertos de mundo no los dejaban entrar por “indeseables” y fueron al joven Estado de Israel que, pese a la desigual guerra, la falta de viviendas y alimentos, los acogió e integró.
Caldo de odio
Los refugiados árabes, en cambio, fueron aglutinados en campos eternos desde los cuales no podían salir, excepto en Jordania. Recibieron ayuda internacional multimillonaria y se conviertieron en el único caso de refugiados sin solución. Desde la primera Guerra Mundial en adelante no hubo dos, tres o diez millones de refugiados, sino cientos de millones. Todos, absolutamente todos, consiguieron resolver su problema. La única excepción ha sido la de los refugiados árabes, cuyo número es parecido al de los refugiados judíos expulsados por los países árabes.
Como dijimos hace un momento, los judíos expulsados pudieron rehacer sus vidas en la pequeña Israel, pero los árabes fugitivos no la pudieron rehacer en medio de veinte Estados árabes con enormes extensiones y una obscena riqueza petrolera. Encerrados en campos ofensivos, su nutrición diaria fue el resentimiento exlusivo contra Israel. Su tragedia fue atribuida sólo a los judíos, no al error de haber violado la resolución de las Naciones Unidas en 1947 o haber acatado la orden del lunático Mufti. En 1948, con el nacimiento de Israel, pudo haber nacido el Estado árabe palestino, se pudo evitar que hubisen refugiados árabes y más refugiados judíos. Por sobre todas las cosas, en la región se hubiera expandido la modernidad y prosperidad que sólo fogoneaba Israel.
Síntesis
En síntesis, el odio a los judíos (ahora dicen “los sionistas” o “Israel”, para disimular su antisemitismo), empieza con la acusación de haber distorsionado la Biblia y negarse a aceptar a Mahoma. Pero se incrementó en forma radical cuando se puso en marcha la reconstrucción del Estado Judío debido al shock que producía la fresca cultura moderna en el liderazgo reaccionario que prevalecía en la zona. El odio tuvo un empuje adicional, como vimos, al ser derrotados varios ejércitos árabes por el pueblo más débil y despreciable de la historia. Por último, el odio se siguió cultivando desde los campos de refugiados, verdaderas cárceles sostenidas con la millonaria dádiva internacional dentro de los ricos Estados árabes, para mantener encerrados a los “hermanos” de Palestina y usarlos como peones políticos. Esto no es una frase, sino una condenable realidad: cuando empezó la explotación petrolera intensiva en Libia y Kuwait, por ejemplo, sólo se permitía que fuesen hombres palestinos solos y que su familia permanecería en los campos como rehén, para asegurar su regreso.
El odio contra los judíos e Israel es tan alienante que les impide discernir por dónde pasa el camino que los llevaría a la paz y la felicidad. Por eso Golda Meir pronunció su famosa reflexión: “Podemos perdonar a los árabes por asesinar a nuestros chicos. No podemos perdonarlos por forzarnos a matar los suyos. Sólo tendremos paz con los árabes cuando ellos quieran más a sus hijos de lo que nos odian a nosotros”.
Por desgracia, ahora es peor. Incluso algunas madres bendicen a sus hijos cuando se atan cinturones con explosivos para suicidarse en una operación criminal. Para llorar de espanto.
La narrativa embustera
Con la técnica del “miente, miente que algo queda”, los antisemitas buscan imponer la versión de que el Estado de Israel es un producto artificial del Holocausto y fue “creado” de la nada por las Naciones Unidas. Falso, basta leer la prensa de entonces. La construcción del tercer Estado judío (los dos primeros están descriptos en la Biblia) empezó de forma intensa en el último cuarto del siglo XIX, cuando todavía era dueño del Medio Oriente el Imperio Otomano y no había nacionalismo árabe, surgido recién en Siria a principios del siglo XX. El territorio era un desierto, como lo atestiguan viajeros de la talla de Mark Twain o Pierre Loti. El flamante movimiento sionista (movimiento de liberación nacional y social del pueblo judío) creó en 1903 el Keren Kayemeth Leisrael para reacaudar dinero con el cual comprar a los effendis árabes radicados en Beirut o Damasco sus pobres tierras palestinas y erigir los primeros kibutz en forma legal. También se usaba parte del dinero para una campaña frenética de forestación, la primera en la historia, que aún los Partidos ecologistas no se atreven a reconocer por miedo a la reacción árabe-musulmana. El Imperio Turco miraba con sospecha estas actividades de crecimiento acelerado, máxime cuando Palestina era parte del marginal y pobrísimo Vilayato de Jerusalén.
En 1909 nació Tel Aviv sobre dunas de arena. En la década del ´20 los pioneros judíos fundaron la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre cuyos primeros gobernadores de honor figuraron Albert Einstein y Sigmund Freud. También se creó la primera Orquesta Filarmónica del Medio Oriente, inaugurada por el director antifascista Arturo Toscanini. Surgió el famoso teatro Habima. Se estableció un Instituto de Ciencias en Rehovot, la Universidad Técnica en Haifa y la Escuela de Artes Bezalel en Jerusalén. Se multiplicaron los kibutz, las aldeas y las ciudades, se tendieron caminos, abrieron puertos y fundaron instituciones educativas. Vastas extensiones desérticas se cubrieron con el manto esmeralda de los naranjales. Las colinas pedregosas y ardientes de Judea, devastadas por los dientes de las cabras y el abandono de siglos, empezaron a ser embellecidas por el color de los pinos. El pantano del extrema norte, Hula, generador de una epidemia sostenida de paludismo del que no se salvaba nadie, ni David Ben Gurión, fue desecado. La febril actividad judía inyectó a ese pequeño país más prosperidad del que existía en los grandes vecinos.
Y, sin embargo, aún no se había producido el Holocausto ni las Naciones Unidas tomaron cartas en el asunto, como afirma la narrativga embustera que pretende quitar legitimidad a Israel.
Ojitos de rata
El presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, el hombrecito de la sonrisa cínica y los ojitos de rata, envió una misiva de diez folios a Angela Merkel, canciller de Alemania que, luego de ser traducida, provocó un ataque de náuseas. Ella decidió no contestar. El iraní pedía la obscena colaboración de Alemania para destruir a Israel y el judaísmo, autores de todos los males que aquejan al mundo. Los considera el mal absoluto, capaz de las peores atrocidades.
No debería sorprender la analogía entre los desfiles nazis y los desfiles de Hezbollah y el Hamás. Apelan a la hipnosis totalitaria de las masas y la exaltación del odio. Amenazan con sus armas y convocan a los niños. “La diferencia entre Israel y Occidente con nosotros –ha dicho el líder del Hezabollah- es que ellos aman la vida y nosotros la muerte”. Para que no haya equívocos, Nasrallah suele gritar: “¡Amo la muerte!” Las SS usaban trajes negros y calaveras, también amaban la muerte y consiguieron su objetivo: 50 millones de cadáveres en Europa, además de la ruina total de Alemania. El ayatollah Rafsanjani lo ha confirmado: “Con nuestra bomba atómica mataremos los 5 millones de judíos de Israel, y aunque Israel pueda enviarnos bombas de respuesta, sólo mataría 15 millones de iraníes, cifra despreciable ante a los 1.300 millones de musulmanes que somos en el mundo”.
Los ojitos de rata y sus patrones de la teocracia fundamentalista islámica quieren asesinar, porque es su ideal superior. Empiezan con los judíos y seguirán con el resto, como lo hicieron sus maestros del Tercer Reich
Por eso Khomeini mandó oleadas de niños iraníes a la muerte para desmoralizar a los tropas de Irak, por eso Hezbollah y Hamás lanzan sus cohetes desde zonas civiles, incluso escuelas y hospitales, para que la respuesta los asesine y puedan exhibirlos como prueba de la inclemencia israelí. Los cobardes organismos internacionales no han repudiado a Hezbollah y Hamás por el crimen de usar escudos humanos, lo cual puede tener consecuencias horribles. Los medios de comunicación tampoco han mostrado desde donde disparan y son cómplices, por lo tanto, de falsificar la información. Debemos recordar que este retroceso ante el salvajismo no lo hará entrar en razones, sino que lo excitará.
Por qué tanta tirria
En los tiempos de la postmodernidad importa cada vez menos por dónde pasa lo bueno y por dónde lo malo. ¿Interesa, por ejemplo, que los jóvenes israelíes sueñen con ser inventores y científicos, mientras los jóvenes de Hezbollah y Hamás sueñen con ser mártires? No, no interesa. ¿Interesa que en Israel no se enseñe a odiar a los árabes, que constituyen el 20 por ciento de su población y viven mejor que en cualquier otro país árabe, mientras entre los árabes son best seller Los protocolos de Sión y Mein Kampf, y en la TV egipcia se haya difundido una serie vomitiva donde los judíos extraían la sangre de niños árabes para sus bárbaros rituales? Tampoco interesa. Lo único que interesa es que los árabes y palestinos parecen más débiles frente al poderío de Israel. La víctima es el débil, el poderoso el victimario, al margen de otras razones. De ahí que se permita cualquier cosa a los palestinos y otros árabes, y se condene cualquier respuesta de Israel.
Sin embargo, Israel es el país más vulnerable del planeta, rodeado por un mar de fundamentalistas, predicadores alucinados y dictadores que ansían barrerlo de mapa. Desde antes de su independencia fue acosado, no tanto por su carácter judío, sino por ser el afluente de la modernidad y el progreso, la democracia, el pluralismo, la tolerancia, la libertad de prensa, la justicia independiente, la alternancia del poder, los derechos humanos e individuales. Ganó premios Nobel en ciencias y literatura, inventó eficaces sistemas de irrigación, educó artistas eminentes, aportó descubrimientos a la biología.
Sobre todo, está cansado de guerra. Ya son varias las generaciones de estoicos ciudadanos que defienden el país con una mano y trabajan con la otra. Israel siempre quiso ser Atenas y la obligaron a ser Esparta. Pero la absurda postmodernidad no lo tiene en cuenta.
¡Cuidado con la exportación del conflicto!
Hezbollah desea exportar el conflicto del Medio Oriente al resto del mundo. Ya lo hace en varios países de América Latina, donde sus comunidades árabe y judía han mantenido una ejemplar fraternidad. Quiere exacerbar el antisemitismo mediante el odio a Israel y explotar los lazos familiares y de afecto que tienen los judíos con ese país. Hay que denunciarlo e impedirlo. No queremos que corra sangre entre los latinoamericanos por algo que tendrá que resolverse a miles de kilómetros de distancia. Cada comunidad es dueña de cultivar sus tradiciones y cultura o de manifestar sus adhesiones o dolor, pero de ninguna manera agredir a los demás ciudadanos.
El odio a Israel tiene como consecuencia inevitable el odio a los judíos, no nos engañemos. Basta leer la Carta de Hamás o las declaraciones de los líderes iraníes. O recordar los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA. Sería el más grosero de los bochornos que los argentinos dejemos a un lado el 17 de marzo de 1992 y el 18 de julio de 1994 para dar acogida a quienes los perpetraron, cometiendo los primeros ataques terrorista-suicidas en América contra decenas de civiles inocentes.
En consecuencia: ¡No a la exportación del conflicto¡ ¡No al odio!
mayo 04, 2008
La trampa del indigenismo

Por Marcos Aguinis
Publicado en La Nación
Artículo enviado por Eneas Biglione de
Fundación Hacer
El encuentro internacional al que concurro ha sido organizado por la Fundación Libertad y Desarrollo en celebración de sus fecundos quince años de existencia.
Me habían encomendado disecar un tema perturbador de nuestro continente: el indigenismo. Concurrían expertos de Canadá, España, Estados Unidos, China, Perú, Venezuela y Bolivia para tratar ése y otros ígneos asuntos de nuestro tiempo.
Sin más rodeos, paso a sintetizar lo que allí expuse.
Mis primeras palabras consistieron en recordar que los indígenas son considerados, con justicia, los primeros dueños de esta tierra, cuyas culturas y protagonismo fueron reprimidos sin misericordia. Con diferencias de un país a otro, en muchos aún forman comunidades importantes y en otras han alcanzado un mestizaje intenso. El problema actual consiste en ayudarlos a encontrar un camino de verdadera reparación y ascenso, o permitir que se los desvíe hacia la trampa de zanjones regresivos y totalitarios, como sucede ahora en Bolivia. Es muy fácil confundir. Y en ese punto centré mi advertencia.
En efecto, su reivindicación ya es importante. No sólo hay una revisión de la historia, sino proyectos que incluyen utopía y epopeya. Los indígenas han pasado a convertirse en las grandes víctimas del continente, lo cual no es ajeno a la verdad. Pero el énfasis distorsiona, simplifica e idealiza su pasado. Más grave aún: pretende convertir el pasado en modelo. Eso no está bien, porque es reaccionario y letal. Como ejemplo, bastaría reflexionar sobre la exigencia de Sendero Luminoso a los campesinos peruanos con el fin de 'liberarse' de la opresión europea: cultivar sólo productos anteriores a la Conquista, tales como papa, quinua y maíz. En cambio, descartar las venenosas importaciones llamadas trigo, cebada, centeno, avena, arroz, caña de azúcar y vid; no criar animales malditos, como la vaca, la oveja, el cerdo, la cabra, el conejo y las aves de corral. Para no dejar de ser coherente -agrego yo- habría que abandonar la rueda, el caballo, el buey, el hierro, el vidrio y el arado. Buen futuro, ¿no?
El líder indigenista Felipe Quispe ha dicho que si una parte de la sociedad usa ojotas y otra zapatos, que todos usen ojotas. Es decir, igualar para abajo, porque confunde justicia con miseria.
En la mitificación de numerosos historiadores se han llegado a considerar los levantamientos indígenas de la Colonia como antecedentes de la gesta emancipadora.
Pero lo que deseaban no era la independencia ni asemejarse a las repúblicas modernas, sino retornar al tiempo incaico o incluso preincaico, que no fue un paraíso, sino un eterno campo de batalla con masacres, guerras de dominio e incontables sacrificios humanos.
La rebelión aymara de Túpac Katarí, en 1782, por ejemplo, no sólo agredió a los criollos, sino a los mestizos y a los quechuas.
Esos levantamientos, aunque heroicos, no significaron un proyecto superador, sino regresivo. Y tuvo el final de todos los movimientos regresivos, como los esclavos en la Antigüedad o los campesinos en la Edad Media.
Podemos conmovernos con su heroísmo, pero no considerarlos un paradigma. Los indígenas estaban aterrorizados ante el nuevo orden, que, entre otras cosas, tendía a dejar atrás la etapa primitiva del colectivismo.
Los actuales 'bolivarianos' deberían recordar que Simón Bolívar firmó, con su puño y letra, en el año 1824, un decreto que establecía la propiedad privada de la tierra. Acertó en considerar la propiedad comunal un resto arcaico, un modo de producción infecundo. Esto fue trágicamente comprobado por la dictadura izquierdista del general Velazco Alvarado, quien intentó resucitarlas en la década de los años 70: produjo hambre y empobrecimiento acelerado. Ahora se intenta probarlo otra vez.
La idealización contaminó incluso a marxistas como Carlos Astrada, quien no tuvo náuseas en utilizar conceptos científicos nazis sobre el vínculo de los pueblos con la tierra y la sangre. En esa línea, posteriores movimientos populistas y tercermundistas usaron a los indios para construir sus artificiales teorías sobre una identidad nacional opuesta al centralismo europeo y a Occidente (este último, odiado por los reaccionarios con patente de progresistas que se fastidian ante las aperturas de la modernidad, la democracia genuina, los derechos individuales y otras abyecciones).
La revolución bolchevique, incapaz de construir un socialismo próspero y democrático, había impuesto concepciones estatistas que permitían el control de las masas y su impúdica manipulación 'en nombre' del proletariado. De ahí que sus seguidores y simpatizantes hayan celebrado la civilización incaica como un antecedente del socialismo moderno (¡!). No les importaba la maciza estratificación de clases ni la opresión que padecían los de abajo. Tampoco los derechos humanos, porque para estos fascistas de izquierda, el Estado merece todo y cada hombre no es más que una molécula anónima. Aunque hubo maravillas en las civilizaciones precolombinas, tenían un atraso de cuatro mil años respecto de la Europa del Renacimiento. Esto no justifica, por supuesto, la tábula rasa que se efectuó con sus riquezas y tradiciones. Es otro tema.
Resulta curioso que al indigenismo regresivo lo empezaran a fogonear blancos descendientes de europeos, sin advertir que adoptaban el camino racista que pretendían combatir. En los 70, el boliviano Fausto Reinaga, inspirado en el black power, preconizó la 'revolución india' y las luchas entre blancos e indios; la indianidad debía servir para la toma del poder y limpiar el continente de las etnias invasoras (en la Argentina no quedaría casi nadie). El peruano Guillermo Carnero Hoke afirmó que 'nuestra razón de ser desde el fondo de los siglos es la razón colectivista'. 'El pensamiento de nuestros abuelos del Tawantisuyo era justo, moral, científico y cósmico, es decir insuperable' (¡!).
Expresiones como ésas parecían minoritarias. Pero el Primer Congreso de Movimientos Indios celebrado en el Perú, en 1980, proclamó que los indígenas eran la única alternativa redentora, no sólo de ellos mismos, sino de la humanidad. Pasaban a ocupar el trono que el marxismo había atribuido al proletariado, con un condimento horrible: suponer, como los nazis, que las razas puras son mejores.
El problema indígena no es de raza ni de cultura: es social. Los indígenas no tienen que retroceder a un pasado inviable ni limitarse a la economía de subsistencia. Pueden y deben cultivar sus tradiciones, su acervo lingüístico y sus leyendas, por supuesto, pero sin aislarse ni repudiar los beneficios de la modernidad. Si resisten la modernidad se condenan a permanecer como un sector inferior, aislado, débil y carente de real protagonismo. Por el contrario, tienen derecho a dejar de ser las comunidades que dan lástima, resentidas y marginales. Tienen derecho a concurrir a buenas escuelas y universidades, participar en los partidos políticos y asociaciones profesionales. El indio Benito Juárez, que llegó a presidente de México, no se dejó intimidar por quienes lo consideraron un traidor.
Para tomar perspectiva, deberían discutirse las experiencias de la comunidad negra en los Estados Unidos, por ejemplo. Salió de la esclavitud legal, pero continuó sometida a una severa discriminación. Surgieron reacciones como el black power y manifestaciones racistas invertidas, entre las que adquirieron renombre las del primer Malcolm X. A la vez, hubo intentos de vencer los prejuicios mediante el intercambio de estudiantes que provenían de barrios blancos y barrios negros, lo cual no dio frutos.
Luego, avanzó la propuesta fraternal de Martin Luther King, que terminó por conquistar a la mayoría de la nación. No alcanzaba, empero, y se sancionó la 'discriminación positiva' o affirmative action, mediante la cual se impulsó el ingreso de negros en los centros de estudio y su mejor posicionamiento en el trabajo.
Ahora ya existe una amplia clase media negra con infinidad de profesionales, jueces, diplomáticos, académicos y empresarios. Dos sucesivos secretarios de Estado fueron negros y la actual, además, es una mujer. La affirmative action se ha imitado en muchos países para elevar la cuota de presencia femenina en la política, por ejemplo. Pero considero que este recurso sólo debe utilizarse para cambiar la tendencia, no para durar eternamente. De lo contrario emponzoñaría la igualdad de derechos que debe primar en una verdadera democracia.
En resumen, impulsar el indigenismo hacia el pasado es una trampa que sólo beneficia a demagogos, ignorantes y populistas. Lleva hacia conflictos ingobernables, derramamiento de sangre y un aumento de la pobreza. Habría que reflexionar, en cambio, sobre medidas racionales, como la affirmative action, para que todos los indígenas de América latina, sin perder sus raíces, tengan por fin cómodo acceso al progreso cultural, económico y social.
abril 27, 2008
Argentina: Teatro del Absurdo
Para La Nación
Eugene Ionesco, el rumano-francés que se destacó por su regocijante teatro del absurdo, no habría podido competir con los esperpentos argentinos. Ahora ya no sólo se habla mal de nosotros en el mundo, sino que nos ignoran. Peor: cuando en algún momento atinan a mirarnos con lupa, se ríen. Nuestras incoherencias, contramarchas, negaciones y taradeces son deleznables. Pese a tener tanto. ¡Cuánto dolor! Nuestros absurdos llenarían una enciclopedia. Pero sólo puedo describir algunos, tomados al desgaire.
A principios del siglo XX, se decía "rico como un argentino". A mediados de la misma centuria ya no éramos tan ricos, pero seguíamos a la vanguardia de América latina.
Eramos el país de la excelencia, de la excepción, de la cultura, de la esperanza. Ahora se dice que los nuevos argentinos de América son los chilenos.
Hasta hace unas cuantas décadas competíamos con Brasil. Se llegó a barajar hipótesis de conflicto entre los "dos colosos del Sur". Eso terminó. Ahora Brasil es una potencia mundial y nosotros nos hemos convertido en mendicantes de Venezuela.
Brasil no tenía carne para exportar, mientras que nosotros éramos los campeones del planeta. Ahora Brasil acumula 400 millones de cabezas y nosotros nos quedamos con un poco más de 50, igual que en los tiempos de Yrigoyen y de Alvear. Brasil recorta su enorme gasto público pese a sus avances en todos los rubros; nosotros lo aumentamos sin cesar, pese a los retrocesos, también en todos los rubros.
El revisionismo histórico, que tuvo el mérito de corregir ciertas distorsiones de la historia oficial, nos metió errores groseros en la mollera. Otro absurdo, porque son errores dañinos, que siguen vigentes. Algunos, bastante difíciles de extirpar, y nos carcomen la poca lógica que aún conservamos.
El revisionismo nos inculcó la certeza, por ejemplo, de que nunca fuimos ricos. La opulencia nacional no existió, sino que estuvo limitada a una elite de parásitos que usufructuaban el pacto colonial establecido con Gran Bretaña. Teníamos una pampa húmeda regada por Dios, y sus propietarios, la famosa oligarquía, ganaban dinero sin trabajar. Se dedicaban a "tirar manteca al techo" en Europa y llevaban una vaca en el transatlántico para beber leche fresca. Eugéne Ionesco -que desbordaba imaginación, pero no era estúpido- hubiera preguntado, hundiéndonos el índice en el ombligo: "Antes de la caída de Rosas y de la Constitución de 1853, ¿Dios no regaba la pampa húmeda? ¿Por qué el país estuvo desierto, prevalecía el analfabetismo, no existía la agricultura y los argentinos carecían de relevancia internacional?".
Además -hubiera agregado-, la Argentina no es el único país con pampa húmeda. Existe otro, para colmo en Europa, y muy cerca de los grandes centros de consumo, y siempre fue pobre, a pesar del humus y de las buenas lluvias. Es Ucrania, cuyas llanuras son tan fértiles como las argentinas, pero nunca pudieron liberarse de la autocracia y la opresión, primero zarista, luego burocrático-soviética.
Ese país no se enriqueció como la Argentina ni abatió el analfabetismo ni incorporó oleadas impresionantes de inmigrantes. Al contrario: sufrió hambrunas y epidemias, emigración desesperada, a menudo forzosa. No tuvo un Alberdi y compañía ni una Constitución como la de 1853.
La Argentina cometió el absurdo de apartarse de esa notable constitución de 1853 después de setenta años exitosos, en los que nuestra enclenque democracia se iba perfeccionando, con creciente seguridad jurídica y un incesante progreso en los campos políticos, culturales y económicos. No fue abrogada, sino profanada. Con hipocresía, además. Porque los golpes de Estado decían que su propósito era defenderla. Se empezaron a enlodar las instituciones, se perdió la República al suprimirse la independencia de sus tres poderes, se opacó la transparencia de la función pública, bajó el nivel de la vocación política. Pero antes de ese quiebre (cuyo comienzo fecharíamos en los últimos años de la década del 20, cuando ingresaron las ideas totalitarias de derecha e izquierda), nuestro país ya había ganado dos batallas espectaculares.
Una fue la integración de millones de inmigrantes que venían con una mano adelante y otra atrás y producían alarmantes conflictos de lengua, etnia, religión y hábitos. Una inteligente política de Estado los "argentinizó" a todos, unificó el idioma, los hizo amar nuestros símbolos patrios, comprender las tradiciones, respetar a nuestros héroes y padres fundadores.
La otra batalla también ganada de punta a punta fue la educativa: respondió a la obsesión de titanes como Sarmiento, Alberdi, Avellaneda, Mitre, Roca.
Pero el teatro del absurdo que nos hemos empeñado en desplegar determinó que desde mediados del siglo XX se detestara a Prometeos de la civilidad, como Sarmiento, y se glorificara a un caudillo reaccionario como Rosas. También que se olvidara cuánto debemos al plurifacético Julio Argentino Roca, tan lúcidamente pintado por Félix Luna en su libro Soy Roca .
No fue un genocida (como se lo representa en el teatro del absurdo), sino el líder que terminó con los malones que impedían extender las fronteras del progreso y de la soberanía hasta los actuales límites nacionales. Consolidó a la Argentina como una respetada protagonista mundial. ¡Quisiéramos tener el prestigio que nos aureolaba en los tiempos de Roca! Su intención no era exterminar a los pueblos originarios -que merecen un reconocimiento irrestricto-, sino que los venció gracias a su estrategia y tecnología superiores. Tampoco se dedicó a barrerlos de la superficie de la tierra, como hacen los genocidas que merecen un título tan espantoso, sino que, terminado el cruel enfrentamiento, otorgó digno rango militar a los caciques, proveyéndolos de uniforme, sueldos y funciones. Logró extender la seguridad por todo el país, con buenas o criticables artes. Cometió errores y graves injusticias, por supuesto, pero su objetivo era incorporar los pueblos originarios a la patria grande, de la misma forma que incorporaba a los miserables inmigrantes de Europa y Medio Oriente.
El hijo de un aguerrido cacique, Ceferino Namuncurá, tuvo el privilegio de convertirse en el destacado emblema de los pueblos originarios, que ahora comparte la veneración de los altares con santos del resto del mundo. Nuestra proclividad al absurdo, sin embargo, pretende borrar a Roca de la historia.
Pero no sólo miremos el pasado. Es menester que la Argentina deje de caminar como los cangrejos, siempre hacia atrás. Ahora, por ejemplo, obsesiona otro asunto:la defensa de los derechos humanos (violados décadas atrás), que la inmensa mayoría del país -yo incluido- comparte. Pero los derechos humanos no deben limitarse a las violaciones de la última dictadura. No basta con sacar una foto y condenar únicamente los crímenes cometidos desde aquel Estado inconstitucional. Por cierto que el Estado siempre tiene deberes superiores a los de las organizaciones terroristas. Pero el delito es delito, la tortura es tortura, el secuestro es secuestro y el asesinato es asesinato. Todos repudiables.
Cuando sólo se cuestiona a unos y no a otros, aplicamos una doble moral. Sobre el anhelo de justicia se monta el odio de la venganza. En consecuencia, también somos absurdos en materia de derechos humanos.
Más aún cuando, al dar otra vuelta de tuerca, sabemos que reciben dinero del Estado quienes se mofaron de esos derechos humanos al celebrar la matanza de tres mil trabajadores inocentes en el ataque a las Torres Gemelas. Y no conformes con tamaña grosería, elogian a los terroristas de la ETA. También es absurdo que las Abuelas de la Plaza de Mayo nunca hayan expresado su solidaridad con Hilda Molina, una abuela cubana a quien no le permiten reunirse con sus nietos argentinos. También es absurdo que no se condene la violación terrible de los derechos humanos que desde hace cuarenta años sin interrupción practican las FARC. Y estados como Myanmar, Sudán, Cuba, Siria e Irán, para sólo citar los más notorios.
Es absurdo que la presidenta de la Nación, que ha prometido mejorar la institucionalidad de nuestro país, hable a "todos los argentinos" desde un palco partidario que sólo representa a una fracción, escoltada por el dirigente piquetero Luis D Elía, empeñado en producir enfrentamientos ponzoñosos, arcaicos y de alto riesgo para el tejido social argentino. ¿Qué significa ese doble mensaje?
Es absurdo que se prosiga mencionando a la "oligarquía" como si aún viviéramos en 1950. Han cambiado nombres y propiedades. Los terratenientes de entonces se han quedado sin latifundios. En nuestro país el curso del tiempo y la proliferación de hijos llevaron a cabo una profunda reforma agraria, sin decretos de necesidad y urgencia ni revoluciones sangrientas. Ahora hay más Anchorenas que tierras. Los antiguos latifundios no pertenecen a las familias del siglo XIX y primera mitad del XX. Para hablar de oligarquía, mejor añadirle el prefijo "neo". Porque la "neo-oligarquía" argentina se compone ahora de la familia presidencial, su círculo de leales y testaferros, sindicalistas prendidos al poder y otros pocos nombres más.
Es también actor de nuestro teatro del absurdo el manido tema de la soja. Esa commoditie fue bendecida como un ángel milagroso; ahora es condenada como arpía macbethiana. Trajo tanto dinero al país que logró transformar ciudades enteras, como Rosario. Generó inversiones que activaron la construcción, entre otros sectores, con su larga cadena de proveedores. Fue tan revolucionaria la expansión de este recurso que si se hubiera iniciado unos pocos años antes tal vez ni siquiera hubiera caído el presidente De la Rúa y tal vez los argentinos hubiéramos evitado el "corralito". La soja es un extraordinario producto de exportación, como fueron las carnes en la belle époque . Estamos de acuerdo en que no se debe caer en los riesgos del monocultivo, pero ha sido y sigue siendo el producto que facilitó la recuperación del país. No vaya a ser que nuestra vocación por el absurdo ahora nos haga perder los mercados asiáticos y, cuando abramos los ojos, sea demasiado tarde. Ya hemos perdido el mercado chileno -un cliente maravilloso- en materia de gas, por falta de visión estratégica en el campo de la energía. Otro absurdo.
Somos absurdos al echarle la culpa de nuestros males a todo el que se ponga adelante. Ahora le toca al campo. ¿Qué vendrá después? Pero no nos asombremos. Es la conducta de las sociedades que no sacan los obstáculos del camino, sino que los dejan donde están y contribuyen a incrementarlos. Así procedían varios países -también absurdos- que despertaron de golpe, dieron una vuelta de campana, reconocieron sus defectos, contradicciones e infantilismo y se pusieron a fortificar las instituciones, condenar la corrupción pública, darle fuerza independiente a la Justicia, repudiar el doble discurso y crear condiciones para grandes inversiones productivas. Son los ejemplos de Irlanda y varios países de Europa oriental. Aunque en Europa oriental nació Ionesco, allí el teatro del absurdo funciona sólo en los escenarios, no en la política.
abril 21, 2008
El hipnótico modelo populista
Por Marcos Aguinis
Ningún régimen populista ha logrado (o ha querido seriamente) acabar a fondo con la pobreza, estimular una educación abierta ni desmontar el fanatismo. Sus programas no apuntan a un desarrollo sostenido y firme. No le interesan los derechos individuales ni la majestad de las instituciones republicanas. Por el contrario, exageran el asistencialismo mendicante, imponen doctrinas tendenciosas y exaltan diversos tipos de animosidad para conseguir la adhesión de multitudes carenciadas, explotadas, resentidas o enturbiadas por la confusión. Armando Ribas atribuye al socialismo autoritario un método que también yo percibo en los regímenes fascistas o populistas: crear un enemigo externo, un enemigo interno y un enemigo anterior. Además de poner siempre la culpa afuera, la inyectan contra lo que ocurrió antes para , de esa forma, depredar sin límites.El líder es un demagogo, porque se acomoda, miente, halaga y
desacredita según convenga a su poder. Mencken lo definió como "alguien que dice
cosas falsas a gente que considera idiotas"
En la Argentina tenemos ejemplos de sobra. En la actualidad se acusa de todos los males a la década del 90, es decir, el enemigo anterior. En esa década la Alianza sólo gobernó 20 días. El resto de los 90 fue responsabilidad de los peronistas populistas "menemistas". Pero resulta que esos menemistas son los mismos que ahora están amontonados en el poder; que elogiaron, rodearon, apuntalaron y se arrodillaron ante Menem. Es una situación tan grotesca que no habria podido describir ni Ionesco en su teatro del absurdo. Las actuales autoridades pertenecían al mismo partido político, aplaudían todas las decisiones de Menem, lo ayudaron a ser reelegido y le rendían tributo en toda ocasión como impúdicos lacayos.
Resulta que ahora se contonean, orondos de ser el modelo opuesto. ¡Vaya magia! ¡O vaya ilusionismo! ¡O vaya caradurez!Un método del populismo es crear un enemigo externo, un enemigo
interno y un enemigo anterior.
El sistema populista no se sustenta en ideas, por eso es pragmático y cambia según los vientos. En sus cúpulas argentinas caben el variable Perón, la feérica mitología de Evita, la criminalidad de López Rega, la portación de apellido de una Isabelita que da lástima, la ensalada facho-bolche de los montoneros, la ineficaz renovación de Cafiero y compañia, las privatizaciones monopólicas de Menem, el caudillismo de Duhalde, los imbatibles sindicatos y el pseudoprogresismo de Kirchner. Todo eso y quizás algunos nuevos productos llamados "superadores" seguirán manteniendo acorralado nuestro país en un mareante festival de mediocridad e irrelevancia (Dios y los argentinos no lo permitan).
El mexicano Enrique Krauze ha descripto con filoso escalpelo los rasgos sobresalientes del modelo populista, a los que añadiremos otros igualmente notables. Asegura Krauze qu nunca falta el personalismo, porque el partido o el movimiento se contruyen en torno de una figura providencial. Los casos de Getulio Vargas, Perón, Nasser, Chávez, Menem o Kirchner son botones de una innumerable muestra. El lider es un demagogo, porque se acomoda, mientras, halaga y desacredita según convenga al crecimiento de su poder. Mencken definió al demagogo como "alguien que dice cosas falsas a gente que considera idiotas". Seduce con actitudes que embelesan, como besar niños, mezclarse con la multitud, abrazar pobres y desconocidos,prometer maravilllas. Al mismo tiempo, es duro con aquellos a quienes esa masa manifiesta antipatía, al extremo de prender muchas hogueras de odio.
No hay régimen populista que tolere la absoluta libertad de prensa. Debemos reconocer que en la Argentina el populismo de Menem casi no molestó a la prensa, sino que tuvo la picardía de usar muchos chistes, caricaturas y condenas para revertirlas en su beneficio. Pero no fue el caso de Perón, que expropiò un diario, amordazó a otros y privó de la radio a la oposición. en la actualidad, los pseudoprogres han censurado en diversas ocaciones y de diferentes modos a periodistas y medios. De Chávez ni hablar. Evo Morales va por el mismo camino.
El presupuesto nacional siempre es manipulado con arbitrariedad. Los controles son silenciados o ninguneados. El modelo populista identifica fondos del Estado con fondos del gobierno o -peor aun- fondos de quien tiene el mango del poder. Los usa a discreción para someter opositores, cooptar voluntades y hacerse propaganda. Los venezolanos llaman "regaladera" a los millones de petrodólares que Chávez distribuye arbitrariamente para avanzar en su proyecto narcisista-leninista (Oppenheimer dixit) y convertirse en el monarca del continente. En la Argentina, siguiendo su ejemplo,se violó el artículo 29 de la Constitución para que el jefe de Gabinete haga con el presupuesto todo lo que su patrón quiera, sin control de ningún tipo. Sólo falta jibarizar la Auditoría para que no reste una sola atadura. El populista es un modelo que se ríe de las ingenuas y frágiles limitaciones de la transparencia republicana.
Tampoco faltan las alianzas con la "burguesía nacional" o los "empresarios patrióticos", es decir, aquellos que prefieren coimear funcionarios para obtener privilegios que producir en forma realmente competitiva. Varios empresarios venezolanos ya tienen instaladas sus familias en Miami, pero siguen haciendo pingües arreglos con la casta chavista-militar corrupta encaramada en el gobierno. Aquí, muchos funcionarios progres ahora son socios de grandes empresas o reciben interesantes peajes. Por algo el imaginario de la calle los llama "teléfono celular": hay que poner el 15 antes de seguir adelante. Y quienes logran juntar un dinerito lo mandan afuera, a países más seguros, por las dudas.
El modelo populista no se priva de atizar el odio, como dijimos antes. Perón contra la oligarquía y los contreras; Chávez contra los ricos (que no lo incluyen a él y sus leales); Kirchner contra los 90 (que tampoco lo incluyen a él y sus leales). Pero debo corregirme: a menudo los enemigos de afuera, de adentro y de atrás son varios, con lo cual es más fácil provocar una cadena de iracunda catártica, antidemocrática y regresiva. Desde el atril de la Casa Rosada, por ejemplo, este modelo de "crecimiento" y felicidad populista, mal llamado progre, ha lanzado metralla gruesa contra empresarios, militares, sacerdotes, periodistas y opositores de hoy, ayer y antes de ayer. Como si fuera poco, "no pudo prohibir" que Chávez viniese a ladrar desde Buenos Aires contra Estados Unidos, Uruguay, Brasil, la OEA todo lo que pretenda poner freno a sus arengas delenguadas de papagayo matón.
También pertenece a este modelo su desdén hacia el orden legal. Igual que en las monarquías absolutistas - y como asi mismo nos enseñaron los caudillos "dueños de vidas y haciendas"-, la ley es apenas un traje que se ajusta a gusto y medida. ¿No cambió Menem la Constitución para hacerse reelegir? ¿No convocó Chávez a una Constituyente apenas asumió? ¿No hizo lo mismo Evo Morales? ¿No lo imita Correa en Ecuador? ¿No se han demorado, burlado y distorsionado disposiciones de la reforma constitucional de 1994 en la Argentina, con la manipulación del Consejo de la Magistratura, el otorgamiento de superpoderes al Ejecutivo y la lluvia de los decretos de necesidad y urgencia, cuando ni siquiera hay urgencia ni necesidad, sino el propósito de impedir que se ventilen algunas cosas?
Por su puesto que el modelo populista no se resigna a la alternancia, sino que quiere quedarse atornillado al trono. Reelección ilimitada o presidencia vitalicia, quizás incluso hereditaria, como en Siria. Algunos lo expresan sin sonrojo. Pero en la Argentina ni un adivino hubiese podido concebir que esa eternidad en el trono podría ejercerse mediante una secuencia conyugal que burle para siempre los principios de la democracia (recurso iniciado en Santiago del Estero y ahora a punto de convertirse en nacional). A todas esa características no les falta el cultivo de la utopía. Es decir, la promesa de que se avanza hacia un futuro espléndido.
Es un espejismo que se machaca con tenacidad, lo mismo que echarles la culpa a otros y al pasado para encubrir la ineficiencia de la gestión actual y tapar los síntomas del deterioro. La hipnosis de repetir que se han logrado resultados brillantes con este modelo populista, y que serán aún mejores, no deja de aturdir y convencer. Mientras, nos resignamos a la mediocridad de seguir navegando sin rumbo.La promesa de que se avanza hacia un futuro espléndido es
un espejismo machacado con tenacidad.
Lo cierto esqwue el culto de la personalidad - en torno de la cual se construye casi todo-, la ausencia de controles republicanos, la inestabilidad jurídica , la falta de visión estratégica, la creciente crispación del odio y el objetivo excluyente de mantenerse en el poder a toda costa sabotean el progreso real. Con semejante clima no se pueden esperar inversiones genuinas y caudalosas ni se puede esperar que los argentinos regresen los miles de millones de dólares enviados al exterior por desconfianza en la enclenque ley argentina. Ni siquiera se aclara por dónde andan los millone que el Presidente envió afuera cuando gobernaba Santa Cruz y que afirma, con un misterio propio de las novelas de suspenso, que ya volvieron pero no sabe qué se hace con ellos.
El modelo socialista democrático (no populista) de Chile, Brasil y Uruguay - para sólo citar nuestros vecinos- está libre de todas las pústulas mencionadas a lo largo de e sta columna. No practican la hipnosis del personalismo, no manipulan los medios de comunicación, no usan de forma arbitraria el presupuesto, no alientan el odio, no desprecian el orden legal, no agrietan la estabilidad jurídica, no temen la alternancia, no descalifican a la oposición, no espantan las inversiones caudalosas sino que las reciben con buenos contratos, se abren al comercio mundial, no distorsionan los índices para engañar a la ciudadanía y hasta cuidan el lenguaje. Por eso crecen más rápido, son previsibles y más confiables. Por eso nos van empujando hacia el extremo caudal del continente y del mundo, pese a las potencialidades que seguimos manteniendo inactivas por culpa de este modelo populista que hipnotiza, embrutece y esclerosa.
abril 05, 2008
El Grito Sagrado
Autor: Marcos Aguinis
Entre las infinitas anécdotas de Borges, resulta inolvidable la que protagonizó al referirse a un escritor cuyo nombre me abstengo de mencionar. Reconocía que inventaba títulos hermosos; lástima, añadía con sorna, que después les agregaba un libro... Su ironía era un tsunami. Pero también la considero útil para la reflexión. Hay títulos de enorme elocuencia que, en efecto, no necesitan mucho desarrollo. A ésos no se refería la lanza de Borges. Estoy fijado a otro de alta vigencia. Me refiero a El miedo a la libertad, de Eric Fromm. El texto que desarrolla es rico y valioso. Pero el solo enunciado tiene la contundencia de los primeros compases de la quinta de Beethoven o los de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss.
La libertad es deseada, amada y voceada desde la Antigüedad. La rebelión de Espartaco se ha convertido en un patrimonio emblemático del género humano. Pero con la libertad somos tan ingratos como con la salud: cuando la tenemos, no la apreciamos. Hace falta sufrir la enfermedad para estimar la salud. Hace falta el yugo de la opresión para querer la libertad. En América latina, por ejemplo, a veinte años de haber recuperado la democracia en casi todos los países, resuenan lúgubres tambores que prefieren castrarla en nombre de fracasadas utopías, de controles, de dirigismos, de hegemonías empobrecedoras. ¿Por qué ese miedo a la libertad?
Uno de los libros más antiguos del mundo lo describe. En la Biblia se narra cómo el pueblo de Israel –mucho antes de que naciera Espartaco– se liberó de la esclavitud que padecida en Egipto, 3500 años atrás. Hubo que recorrer la catástrofe de varias plagas hasta conseguir la liberación. No fue un obsequio del tirano, sino una ruptura de cadenas ahíta de dolor. La alegría, no obstante, duró poco, porque el faraón pretendió volverlos a someter. Otra vez libres, llegaron al desierto. Y entonces, ante los desafíos que implicaba la falta de agua y de alimentos, se empezó a perder amor por la libertad que tanto había costado. Fermentaron los humanos reproches contra Moisés: “¿Acaso nos trajiste para morir en el desierto? ¿No había tumbas en Egipto?”
Era el miedo a libertad. Porque la libertad no es gratuita. Presenta desafíos, exige lucha, trabajo, responsabilidad. Algunos llegan a considerarla un lastre insoportable. Entonces renace la nostalgia por los tiempos en que eran esclavos, sí, pero no tenían que decidir, no eran los responsables de los fracasos. El fenómeno regresivo los devuelve a la primera infancia, en la que los padres se ocupaban de todo, en especial de las cosas difíciles, y eran los únicos culpables de que algo saliera mal. En las sociedades los padres son reemplazados por los caudillos o caudillejos, por Estados autoritarios o por fórmulas populistas. La gente se limita a quejarse y pedir, como un siervo al capataz. Pero no decide, no piensa y no hace.
Es un escándalo que la degradación de la libertad afecte a América latina. Hemos accedido a la independencia con el grito sagrado de la libertad. Nuestros himnos lo repiten sin fatiga. Ese grito, empero, suena en oídos sordos (no llega a la corteza cerebral) y es incluso ladrado por demagogos que lo profanan. Dictadores y demagogos de las más variadas pelambres lo han ensuciado con sus dientes voraces, sus hipócritas seducciones, sus torturas y crímenes. Y también lo han emporcado “libertadores” truchos que pretendían imponernos una nueva esclavitud a cargo de delirantes nomenclaturas inspiradas en la violación de los derechos y de la intransferible dignidad de cada hombre.
El socialismo, que nació para defender la libertad, cometió la alevosía de prenderse en diversas formas de opresión: primero la leninista, luego la stalinista, que hambreó al pueblo y fusiló a millones. Enseguida surgió un derivado directo: el fascismo mussoliniano, seguido por el nacionalsocialismo; más adelante apareció el populismo y ahora crece el “fachopopulismo” encabezado por Hugo Chávez, que anhelan imitar varias dirigencias continentales. Todas estas formas dicen bendecir al pueblo, pero condenan al hombre. Lo condenan a la esclavitud. Cambian la letra, pero el contenido es idéntico: cancelación de la libertad de opinión, de expresión, de movimiento, de iniciativa, de crítica, de diferencia. La individuación debe perderse en el anonimato de una masa amorfa donde los únicos que “saben” son el líder y su círculo de leales. La masa tiene que obedecer a la luminosa cabeza del que ejerce el mando. Desde arriba se indica qué producir, qué precios establecer, que impuestos pagar, qué aprender, qué difundir. Salirse del libreto es subversivo.
El socialismo que acabo de describir logró hundir bajo su taco impiadoso a casi media humanidad. Pero hay socialismos que no renunciaron a la libertad de origen y se alejaron, y se alejan cada vez más, de las versiones autoritarias. En América latina tenemos los ejemplos de Chile, Brasil y Uruguay. Allí continúa vigente el grito sagrado. No quieren una “liberación” impuesta por el mesiánico libertador que somete a todos los demás.
Los abusos del idioma confunden libertad con dictadura, progreso con reacción, Estado de Derecho con criminalidad, puesta de límites con represión, igualdad ante la ley con ley al servicio del que tiene “la sartén por el mango y el mango también”. Oligarquía con trabajadores rurales.
La idea de los padres fundadores, las que impulsaron nuestra independencia y progreso, las que elevaron la educación a un pináculo ejemplar y mejoraron nuestras instituciones son objeto de críticas por parte de quienes desprecian la libertad. La desprecian aunque digan lo contrario, como hasta hace poco afirmaban a viva voz que despreciaban la democracia porque era formal y burguesa. Quienes no se resignan al fracaso de la ilusión totalitaria y violenta buscan nuevos caminos para conseguir el mismo fin. En lugar de hacer la revolución pretenden ganar elecciones para enseguida modificar las reglas de juego y eternizarse en el poder. Buscan imponer la hegemonía o el partido único, seducen con prebendas al empresariado, hipnotizan a los pobres con subsidios, se apoderan de las riquezas del país mediante fideicomisos o testaferros, dividen la sociedad en buenos y malos para ganar en río revuelto, mantienen intacta la pobreza y la ignorancia, se esmeran en controlar los medios de comunicación, insisten en el pasado para esquivar los desafíos del presente, debilitan el andamiaje institucional, descalifican para ahorrarse refutaciones imposibles: oligarquía, reaccionarios, gusanos, derecha. Los enemigos de la libertad y la justicia son como un virus que se metamorfosea sin pausa.
Algunos países iniciaron la recuperación de los valores de la libertad mediante la acción corajuda de partidos socialistas: España, Portugal, Nueva Zelanda. Mario Vargas Llosa comentó que luego de dar una conferencia en este último país vio largas colas comprando un folletito. Se acercó y quedó perplejo: ¡era el presupuesto anual! Cada ciudadano quería saber qué se haría con su dinero. Y ¡guay de que lo malversaran! En cambio, en los países autoritarios y populistas, lo “normal” es la malversación, la ausencia de controles y el arbitrio absoluto de quienes ejercen el mando. Ojo: las “redistribuciones” suelen dar ganancias al que redistribuye, porque se queda con la parte del león. No le importa la equidad: le importa seguir en el trono. Son redistribuciones inmorales, tendenciosas, interesadas, inequitativas. Y que producen desaliento a la productividad.
No obstante, el grito sagrado de la libertad no puede ser silenciado. Aunque haya unos cuatro o cinco países latinoamericanos bajo la presión del “fachopopulismo”, la mayoría abre los ojos y prefiere la ruta de los países democráticos exitosos, como Irlanda, Estonia, Corea del Sur, Croacia, Eslovenia. Con pluralismo, libertad de expresión, circulación de capitales, crecimiento de la riqueza, excelencia educativa y mayor bienestar general. Es como si allí cantaran esa letra espléndida que aprendimos desde chicos: Oíd, mortales, el grito sagrado... Oíd el ruido de rotas cadenas.
Fuente: La Nación http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=1001045
enero 14, 2008
Socialismos en conflicto
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Para América latina es un tema de fogosa actualidad, como si las experiencias no hubiesen dejado enseñanzas. En un pasado próximo, cuando se quería dar un ejemplo de divisiones interminables, se recurría al modelo de los partidos socialistas, que eran escasos en número pero activos en mitosis. Heredaban de la biología la tendencia a partir sus núcleos y a continuación partir el cuerpo celular. De esa forma invadían el mapa politico con nombres y siglas nuevas, diversas, pero casi todas hilvanadas por el anhelo común de un mundo más equitativo. Desde afuera no siempre era sencillo entender la razón profunda de tanta fragmentación. Se peleaban y odiaban entre ellos, como una familia que no consigue convivir en paz. Quienes más cerca parecían estar, eran los que más rencor se tenían.
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La historia del socialismo es larga y puede remontarse a la antigüedad, cuando filósofos y profetas clamaban por justicia y derechos, en especial de los débiles y desheredados. Sus demandas solían venir atadas a la ética de las religiones monoteístas y no tardaron en volverse fanáticas, con las consecuencias que el extremismo siempre genera. Durante siglos, persecusiones y hogueras demostraron cuán difícil es conseguir equidad entre los seres humanos. Casi siempre el egoísmo derrotaba al altruísmo.
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Hacia fines del siglo XVIII se produjo la revolución americana y 13 años más tarde la francesa, ambas herederas de la revolución industrial inglesa. Las tres usaron los mismo colores, sólo cambiaba la disposición. La americana tuvo la cualidad de afirmarse en los derechos individuales, el mérito, el pluralismo y la tradición liberal inglesa; la francesa también en ellos, pero con los ingredientes del resentimiento. Por eso la revolución americana avanzó hacia una Constitución ejemplar y la francesa cayó en la guillotina implacable. Pero no cumplieron con sus postulados iniciales: la americana retaceó la igualdad de oportunidades a negros y pueblos originarios, lo cual produjo terribles conflictos basados precisamente en el no cumplimiento de la sabia Constitución. La francesa no impuso la libertad, igualdad y fraternidad tan voceadas, sino la opresión maximalista de los jacobinos, nuevas desigualdades en nombre de una falsa igualdad y el genocidio (genocidio en serio, porque anhelaba el exterminio total) de la clase nobiliaria, opositores políticos y sospechosos.
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En Europa continental la revolución no satisfizo las expectativas (terror, guerras napoleónicas, nuevas injusticias) y surgieron entonces los socialismos utópicos, epígonos de las utopías que puntearon siglos anteriores. Se multiplicaron iniciativas, luchas e ideales que ahora suenan ingenuos, pero que generaron en su tiempo una efervescencia considerable. Ninguno pudo imponerse, aunque desparramaron consignas fuertes, teorías atractivas y una potente ilusión.
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En 1848 apareció el Manifiesto Comunista de Marx y Engels como una semilla destinada a convertirse en un frondoso bosque. Rechazaba las utopías y se presentaba como un opción distinta, científica, por completo novedosa. Ejerció desde el comienzo una seducción importante. Reunía las cualidades de una maciza racionalidad junto a una esperanza mesiánica, determinista y fervorosa. Trasladaba a la política el sueño de los profetas y el alfa que avanza hacia el omega del evangelio. Era una teoría que empujaba a la práctica y una práctica respaldada por una excitante teoría.
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Debió enfrentar otras opciones también atractivas como el anarquismo y la balbuceante socialdemocracia. Pero el gran giro en favor de Marx y Engels se produjo cuando en 1917 Lenin desencadenó la revolución bolchevique y estableció el primer Estado socialista del mundo y de la historia. Contradijo la profecía de sus maestros, que anunciaron el amanecer del socialismo verdadero en los regímenes capitalistas maduros, no en un país atrasado y semifeudal como Rusia. Lenin tomó el modelo de la revolución francesa y dispuso genocidar a nobles, burgueses, terratenientes y opositores. Impuso una dictadura que no respetaba derecho individual alguno, sino el de una abstracción llamada "proletariado". Ni siquiera él mismo era un proletario y tampoco la mayoría de sus compañeros. Ejerció la dictadura "en nombre de", lo cual le concedía una dudosa legitimidad. Tan es así que pronto volvió a contradecir al viejo maestro, para quien esa dictadura tenía que ser breve, seguida por la dilución de la perversa maquinaria del Estado. Porque el Estado era considerado un verdugo al servicio de las minorías privilegiadas. Pero esa minoría, en el Estado soviético, ya no eran las demonizadas clases sociales ricas, sino la nueva, llamada Partido único o Nomenklatura o el autócrata que gobernaba como Iván el Terrible, sin límite alguno a sus caprichos y paranoias. El Estado leninista dejó de ser el odiado monstruo que saboteaba la libertad y la igualdad, para convertirse en su publicitada garantía. Por lo tanto, a más Estado, más socialismo. Toda una novedad. Algo que fue imponiéndose en contradicción con las raíces del marxismo. Por eso ahora se asocia marxismo-leninismo con un sistema estatal absolutista y policíaco, dueño de todo ("en nombre" del proletariado o del pueblo). Es la versión que se adoptó en casi todo el mundo, en particular América latina..
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La ilusión de que la expropiación sistemática de los medios de producción, el control absoluto y la planificación en todos los campos de la vida iba a llevar a una rápida victoria económica y política sobre el capitalismo, terminó en catástrofes. En lugar de aumentar las cosechas se produjeron hambrunas, en lugar de asegurar la libertad se cometieron asesinatos masivos, en vez de incrementar el derecho fue instituido el Gulag, en el sitio del hombre nuevo apareció un hombre degradado y sometido. Esa versión del socialismo equivalía a un régimen despótico, cada vez más cruel, intolerante al menor asomo de disidencia o pluralismo, inclusive hasta en el área inaprehensible de la música (¡!). Los textos de Marx, Lenin y Stalin se conviertieron en Sagradas Escrituras, cuyas líneas eran infalibles y contenían respuestas para todas la preguntas, también en América latina, ahora en Cuba y Venezuela. Hasta las interpretaciones debían responder a un lineamiento oficial. El jefe es perfecto, omnisciente y todopoderoso, como Dios. Tertuliano había dicho respecto de los dogmas que creía en ellos porque eran absurdos. El socialismo soviético también fue absurdo, porque había traicionado los principios que decía defender: la libertad, la dignidad de la persona, la igualdad de oportunidades, el creciente bienestar general, la fraternidad, la creatividad. Pero de eso no se habla. Por lo menos no se habla lo suficiente.
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Se impuso por la violencia y se mantuvo gracias a la violencia. La violencia no respeta al prójimo. Al contrario, se creía que era la partera de la historia, aunque procediese con instrumentos primitivos y matase a la criatura. En consecuencia, el modelo del régimen soviético (que se extendió a tres continentes) torturó, deportó y asesinó a millones de seres para imponer su utopía. Ejerció una propaganda obscena para defender lo indefendible. Esa propaganda fue exitosa porque mantenía la llama de la ilusión. Las ganas de creer son más fuertes que los sentidos y que la razón. Mentes lúcidas prefirieron la ceguera para no derrumbar sus fantasías. Pocos –Pablo Neruda entre esos pocos- confesó amargado antes de morir: "Me equivoqué". Howard Fast escribió su lamento en El dios caído. Muchos fanáticos creyentes en ese socialismo decidieron suicidarse al comprender su error, que era intolerable.
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Visité la Unión Soviética en 1984, un año antes de que asumiera Gorbachov, invitado por el Instituto de Ciencias. Fui como un latinoamericano deseoso de penetrar en sus meandros, que me esforzaba por imaginar maravillosos en base a mis lecturas marxistas –tan de moda en los 60 y 70- y la simpatía que por ellos manifestaba gran parte de los intelectuales. Además, era un sistema que ya había adoptado un tercio de la humanidad en varios países de Europa, Asia, Africa y uno de América latina: Cuba, dedicada a exportar guerrilleros. La URSS se presentaba como un sistema alternativo que construía el hombre nuevo, más digno y altruísta. Pero allí tropecé con los ubicuos ojos de los espías a toda hora y en todo lugar, la pobreza generalizada, la mediocridad, la resignación, el miedo, el fracaso. Tuve la oportunidad de alojarme en un hotel destinado a miembros de la Nomenklatura y su confort me produjo náuseas. Pude enterarme de los beneficios que recibía el funcionario obsecuente y el precipicio que esperaba al jerarca más encumbrado si se atrevía a desobedecer. El sistema era férreo, concebido por Lucifer. La decepción me estrujó las entrañas.
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Su modelo de persecusión, arbitrariedad y propaganda había sido adoptado por Mussolini, inspirado en Lenin, Trotsky y Stalin. No olvidemos que Mussolini había sido socialista marxista. El mismo modelo fue también adquirido por el nazismo, que es un nacionalismo socialista (¡socialista!); hubo una época en que se habló de nazi-bolchevismo. Aunque resulte asombroso -porque hemos incorporado la tesis errada de que son sistemas antagónicos-, en sus aguas profundas, el socialismo leninista, el fascismo y el nazismo tienen coincidencias impresionantes, empezando por algo tan evidente como su alergia por la democracia. También coinciden en su fría vocación de despreciar, mentir y matar.
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En 1989 cayó el Muro de Berlín y siguió la implosión soviética, tan sísmica como inesperada. Pero el júbilo de la libertad no pudo administrarse bien. Los que habían sido jerarcas del antiguo régimen –corrompido e inescrupuloso- fueron los primeros en apropiarse de los bienes públicos. Surgieron mafias sanguinarias. El hombre nuevo que se venía construyendo desde hacía setenta años en el país más extenso del mundo no era nuevo, sino peor. El resultado de haber matado más gente que el mismo Hitler para imponer y sostener esa utopía, derivó hacia nuevas inequidades. La Unión Soviética había sido también una ilusión, sólo que más criminal que las combatidas teóricamente por Karl Marx.
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La implosión fue seguida por la independencia de varias de las repúblicas que integraban la caduca URSS. Se liberaron en dominó los países satélites de Europa Central y Oriental, con la excepción de Bielorrusia, que continúa ahogada por una tiranía staliniana. China se convirtió a la economía capitalista, provocando una cronología adversa a la dictada por las Sagradas Escrituras del marxismo. La secuencia esclavitud-feudalismo-capitalismo-socialismo-comunismo (que se parecía una ley de la física) hizo una voltereta, yendo del socialismo leninista-maoísta a un nuevo capitalismo, no al comunismo (por ahora, sin abandonar la dictadura "en nombre de"). En forma análoga se comporta Vietnam. En cambio Corea del Norte y Cuba se obstinan en practicar la asfixia, miseria y aislamiento de sus pueblos. Ahora lo pretende imponer el grupo militar que controla Venezuela, como si las evidencias del fracaso no le alcanzaran para entrar en razón.
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En las siete décadas que duró el Estado soviético hubo varios intentos de endulzar sus dogmas con la democracia. Terminaron mal, pese a las expectativas de multitudes, también en América latina. Ocurrieron en tres países de Europa: Hungría, Polonia y Checoeslovaquia. En los tres se procedió a una represión sangrienta, sin pudor alguno. Se había hablado de socialismo con rostro humano y acuñaron otras expresiones que revelaban al mismo tiempo el anhelo de cambio y su imposibilidad. El marxismo-leninismo, como sistema, no es compatible con la democracia. Instaura la dictadura "en nombre" del proletariado –o del pueblo- y funda una nueva clase privilegiada que nivela para abajo y necrosa. No acepta la democracia porque entonces debería renunciar al poder y los regalos que el poder le derrama.
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Otra experiencia inolvidable fue la de Chile con la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. También quiso respetar la democracia, cosa que le resultó cada vez más difícil. Los sectores maximalistas no se sentían cómodos con el respeto a las instituciones. Fidel Castro fue a convencer a los más apurados para que no socavasen el prestigio y la fuerza del Presidente. Pero resultaba imposible armonizar el pluralismo de la democracia, la seguridad jurídica, el respeto por la propiedad privada, la total libertad de expresión y el derecho al disenso con el modelo leninista, donde nada de eso podía sobrevivir. La situación general se deterioró, porque ese socialismo no podía resolver su contradicción básica: dictadura o democracia. El presidente Allende llegó al límite de su resistencia antes del golpe de Estado, porque quería llamar a un plebiscito que le permitiese seguir gobernando o lo mandase a su casa. De no haberse producido el malhadado golpe de Estado, nuevas elecciones habrían permitido superar en calma un gobierno imposible. Y el socialismo marxista-leninista habría tenido otra prueba de su destino infernal.
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Mientras, otros modelos socialistas pudieron ser más exitosos y de veras más humanos. Me refiero a los socialdemócratas. Tuvieron larga duración en los países escandinavos y fueron probados en Francia, Alemania, Gran Bretaña e Italia. Integran un sistema político pluralista, con defensa del estado de derecho y garantías para la propiedad privada. En España el PSOE renunció públicamente al marxismo antes de conquistar el poder, lo cual generó críticas de traición y desencanto. Pero fue una medida sabia, imprescindible. Después solicitó ingresar en la OTAN, criticado también como felonía y sometimiento al imperialismo norteamericano. Más adelante dio otro paso decisivo: incorporarse a la Unión Europea. Este socialismo democrático, basado en un capitalismo moderno, con transparencia competitiva y un Estado sometido a controles, produjo una verdadera revolución progresista. No hubo necesidad de violencias como partera, ni dictaduras "en nombre de", ni cercenamiento de las libertades individuales ni de los dereechos humanos.
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En América latina había ocurrido un fenómeno inédito: la revolución cubana, que en pocos años manifestó la decisión de su liderazgo por someterse al modelo socialista soviético. El romanticismo de la guerrilla y su carácter juvenil la hizo aparecer como una experiencia nueva, maraavillosa. En cierta medida lo fue y desencadenó una arrasadora ilusión. El método guerrillero fue exportado a varios países de América latina y África. Pero sus resultados fueron siempre estériles, además de costosos en vidas y generadores de atraso en la economía, la salud y la educación. La guerrilla sostenida por Cuba produjo movimientos subversivos, expandió la ideología marxista-leninista, desestabilizó frágiles democracias, aumentó la pobreza y justificó la implantación reactiva de dictaduras sanguinarias. El romanticismo inicial generaba entusiasmo por un régimen que pretendía superar al capitalismo en una década y terminó transformado en un mendigo, primero de la asistencia soviética y ahora venezolana. Patético. Como había pasado con el stalinismo, muchos aún prefieren negarse a reconocer las evidencias de su calamidad. La socialdemocracia, en cambio, logró en España o Chile mucho más que Cuba en menos tiempo, sin costo de sangre, ni fusilamientos, ni violación de los derechos humanos, ni torturas ni prisiones.
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Los altos precios del petróleo introdujeron un nuevo factor en América latina: un coronel golpista se ha convertido en el dueño absoluto de Venezuela y en el sostenedor de Cuba y otros gobiernos que desean implantar regímenes autoritarios como Bolivia y Ecuador. Avanza con paso redoblado hacia su eternización en el cargo, la estatización de los medios de producción al caduco estilo soviético, imponer una mordaza al periodismo, aplicar el lavado de cerebro a los estudiantes en todos los niveles y crear una nueva clase privilegiada compuesta por militares y personajes obsecuentes que se enriquecen de manera obscena. En su modelo no existe la perspectiva de formar un hombre nuevo, pese a la propaganda, porque todo se reduce a la acumulación del poder unipersonal –inspirado en Stalin, Mao, Pol Pot y Fidel- gracias a los petrodólares que utiliza como si pertenecieran a su bolsillo hondo como una galaxia. Su narcisismo lo empuja a querer convertirse en el líder de una revolución continental y hasta mundial. Para ello no ha tenido pudor en manifestar su untuosa adherencia con sistemas repugnantes como los de Irán, Bielorrusia y Corea del Norte.
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Cuando un periodista me preguntó por qué fascina Chávez, mi respuesta fue otra pregunta: "¿A quién fascina? ¿fascina a los canadienses? ¿irlandeses? ¿franceses? ¿alemanes? ¿australianos? ¿o sólo a estúpidos como nosotros?" Porque la verdad ya no se puede ocultar ni deformar como en la URSS de Stalin. No es posible considerar válidas las resoluciones de un Congreso en Venezuela donde ahora sólo está representada una fracción de la sociedad. No es sostenible que haya mejorado la seguridad. Tampoco que la escasez proviene de la manipulación y no de la ineficiencia de esta administración narcisita-leninista (Andrés Oppenheimer dixit). Produce carcajadas que un ministro asegure que Venezuela es el país con mayor crecimiento del mundo. La corrupción, en vez de disminuir, ha crecido en forma exponencial. Las fuerzas armadas son sometidas a las nuevas milicias con carga ideológica paleocubana. Los estudiantes indóciles son reprimidos con ferocidad. La gente digna se harta de los insultos que escupe Chávez a los que disienten con sus delirios de un geriátrico. Es evidente que los venezolanos más lúcidos se oponen a una reforma constitucional que pretende violar la Constitución para instalar un régimen absolutista, copia del viejo socialismo real que ha mostrado suficientes síntomas de su cancerígena patología. Ese socialismo, bautizado en forma pomposa como del "siglo XXI", sólo recoge lo peor del XX. Anhela instalar los fraudes, los abusos, la intolerancia, la inequidad y la corrupción que existió en los países más castigados del planeta. Como ya se dice en Venezuela, pareciera que el objetivo es crear un horroroso Zimbawe latinoamericano.
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Este socialismo hasta ahora tiene a Cuba como aliado fundamental (o como inválido que debe transportar en silla de ruedas). Además apoya de modo manifiesto al gobierno de Evo Morales en Bolivia y a Correa en Ecuador. Pero en América latina, por suerte, funcionan otros gobiernos socialistas que no quieren la tiranía, ni el poder unipersonal, ni el pensamiento único, ni la represión de la prensa, ni la imposición por el fraude o por la fuerza. Son los de Chile, Brasil, Uruguay. Y les va mucho mejor. En este conflicto de socialismos, será más costoso para todo el continente el encarnado por Chávez y Cuba. Con su socialismo de museo histórico proseguirán las bribonadas que tanto dolor, muerte y vergüenza generaron en el siglo pasado.
noviembre 07, 2007
Tengo un sueño
Por Marcos Aguinis
Para : Revista Noticias
El prestigioso escritor cree que la Presidenta electa tiene una oportunidad histórica única. Palos al esposo y una carta abierta a ella.
CRISTINA llega en helicóptero a la Casa Rosada el día siguiente a la elección. Marcos Aguinis le escribe: `Sueño que usted haga una historia de la que estemos orgullosos´.
Este título, como se sabe, corresponde al ¡I have a dream! de Martin Luther King, una frase que le salió de las entrañas como un cañonazo para empujar a su pueblo hacia un futuro mejor.
Usé la misma frase en un artículo que publiqué el 9 de diciembre de 2003, un día antes de que Néstor Kirchner asumiera de manera oficial su mandato, cumplidos los meses que le había regalado el alejamiento de Eduardo Duhalde. Sospechaba que el Presidente se iba a dirigir a la Nación para fortalecer la institucionalidad del período cuatrianual que iniciaba al día siguiente. Pero me equivoqué, porque Kirchner no dijo una palabra y, tampoco, por supuesto, prestó atención alguna al contenido de mi sueño. ¡Qué fantasías locas solemos tener los escritores!
Yo informaba que tenía el sueño de que el 10 de diciembre de 2003 el Jefe de Estado iba a decir que, habiendo ganado su investidura con el menor porcentaje de la historia, tuvo que dedicarse a juntar poder. Para eso golpeó a diestra y siniestra, humilló, transgredió y abusó hasta conseguir su objetivo. Pero el poder que ya tenía no era su fin último, sino un instrumento para empujar a la Argentina hacia un desarrollo sostenido en todas las áreas. Para lograrlo iba a convocar a las mejores cabezas del país, dialogaría con todas las fracciones políticas y sociales y haría diseñar políticas de Estado que pondría en marcha con amplios consensos. Su deseo era un sistemático mejoramiento de la educación, la salud, la seguridad, la economía, las inversiones, la justicia, la política, la transparencia administrativa y vigorizar de manera definitiva nuestras deterioradas instituciones republicanas.
Es obvio que mi sueño no tenía relación con su proyecto. El Presidente era un virtuoso de la política, pero no tenía madera de estadista. La visión a mediano y largo plazo no calzaban en su mentalidad. Por el contrario, la mayoría de los problemas eran barridos bajo la alfombra o pateados para más adelante. Sólo le importaba el día a día y tener poder para ganar más poder. Eso era todo. Los vientos favorables que soplaban en el mundo, la tolerancia que el exterior nos demostraba luego de la crisis y los precios de los commodities que alcanzaron una vertiginosa altura, no fueron utilizados para aumentar la seguridad jurídica, conseguir un aluvión de inversiones y encarar el crecimiento macizo. Bofetadas incansables a los inversores de adentro y afuera, a los supermercadistas, a las empresas en general, al campo, al periodismo, frenó la confianza en el país. Hubo una recuperación, es cierto, pero no la debemos a las medidas del Gobierno. Se podría decir que ocurrió a pesar de esas medidas. Si hicieran un análisis desapasionado, verían los errores en los que no se debería seguir insistiendo.
Porque vinieron los problemas anunciados (que el Gobierno negaba): crisis energética, inflación y aumento geométrico de la inseguridad. Pese a ello, Cristina Kirchner ganó las recientes elecciones. ¿Cómo pudo ser? Predominan las teorías de que la recuperación económica fue la autora del hecho. Volvemos a la famosa frase de Clinton: "¡Es la economía, estúpido!" Bien. Pero así como Néstor le debió su victoria a Duhalde, Cristina se la debe a Néstor. Si Néstor no hubiera sido el Presidente que la designó sucesora y puso a su disposición toda la Caja y el aparato del Estado, ella no habría alcanzado el sillón de Rivadavia, por senadora que fuese. Tampoco si las elecciones se hubiesen tenido que realizar dentro de medio año, porque la intención de voto a favor de la pareja presidencial viene en caída. Otro dato importante es que la mayoría del país no la votó y que muchos votos fueron a distintas denominaciones de la oposición con el sólo propósito de repudiarla. Es decir, una vasta franja la quiere y apoya, pero otra no la quiere y hasta la detesta. Hubo gente que decía no saber a quién votar, pero sí sabía a quién no votar. Además, Cristina ha ganado con el porcentaje más bajo de todas las presidencias electas desde que recuperamos la democracia: tuvo menos votos que Alfonsín, que Menem en dos oportunidades y que De la Rúa. La novedad es su diferencia con quien le sigue, pero resulta fácil de comprender, dada la dispersión, el egoísmo y la falta de grandeza que tuvo la actual oposición, que debería hacer una severa autocrítica de su comportamiento.
Todo esto me ha provocado otro sueño, quizás desatado por las palabras conciliadoras que pronunció Cristina la noche del 28. La escuché con el corazón en la mano y decía entre dientes: "¡Cristina, por favor, pórtese como Presidenta de todos los argentinos; por favor, convoque a la armonía; por favor, revele visión estratégica!"
Por suerte, Cristina siguió mi ansioso pedido y empezó el prometido cambio. A la inversa de su esposo, que nunca lo dijo, se manifestó "Presidenta de todos los argentinos" y aseguró que gobernaría "sin odios ni rencores". Fue como una obertura orquestal muy sonora, grata, cuyos acordes y melodías ojalá se mantengan como leit motiv durante toda su gestión, que deseamos brillante. Pese a la insistencia degradatoria de muchos simpatizantes y las vivas a organizaciones arcaicas como la Jotapé, ella mantuvo un gesto amable y emitió palabras esperanzadoras. Dicen que fue un discurso muy preparado y contenido. ¡Qué importa! Ella misma habrá aprendido que esa forma de hablar es la que necesita la Nación.
Mi sueño es que en serio abandone la soberbia. Que no vuelva a hablar agitando el dedito índice y que no insulte ni persiga a los que piensan distinto. Que escuche las críticas y dialogue. Que dialogue mucho, con la mente abierta y el ánimo feliz. La sociedad necesita saber que su Jefa de Estado intercambia opiniones con todos y que de veras tiene interés en conocer otros puntos de vista. En consecuencia, mi sueño alucina que mantendrá periódicas reuniones de gabinete –como se hace en los gobiernos del mundo civilizado- y no se limitará a un entorno obsecuente o miope o atemorizado o provocador. Que brindará conferencias de prensa en las que los periodistas podrán hacer preguntas sin condicionamientos, para que ella informe al pueblo sobre la marcha de sus tareas.
Dicen que le importa mejorar la imagen internacional de la Argentina, que ha bajado hasta vergonzosos niveles de irrelevancia. Magnífico. Y que por eso mantendrá al actual ministro, que ha revelado solvencia, pese a órdenes irritantes de Néstor Kirchner. Es posible que su simpatía por otras mujeres como Hillary Clinton, Bachelet y Merckel la estimulen a darle más impulso a lazos con países serios y democráticos, alejándose del cada vez más regresivo Chávez. Las malas compañías han aislado a nuestro país.
Sueño que comprenda la importancia decisiva de las instituciones republicanas. Que sea una Presidenta recordada por sus esfuerzos destinados a darles jerarquía. Una democracia no se mide por la periodicidad de sus elecciones, sino por la calidad y el vigor de sus instituciones. Para ello debe poner fin a las atribuciones extraordinarias del jefe de Gabinete. Además, no las necesita porque tendrá un Congreso con mayoría absoluta en ambas Cámaras, hecho que tenderá a confundir ambos poderes. Por la misma razón, deben cesar los decretos de necesidad y urgencia; si continuasen, no podría pensarse sino en el deseo de impedir que se ventilen en público ciertos temas. También debería modificarse la composición del Consejo de la Magistratura, cuya dependencia del Ejecutivo ha sido obra de Cristina Kirchner, precisamente, y esa obra no se registra como mérito, sino como grave lesión a la independencia de la Justicia.
Sueño que realice la tan postergada reforma política. Durante la gestión que termina se han elaborado muchos proyectos, y algunos hasta fueron redactados por funcionarios del Ejecutivo. Pero han dormido el sueño de los justos en el Senado por decisión de la misma señora de Kirchner. Un cambio en este sentido nos dará la certeza de que el cambio va en serio.
Sueño que no sean meros artilugios discursivos su lucha contra la pobreza. Para que desaparezca en serio deberá dedicarse a convencer a propios y extraños de que hay seguridad jurídica, cumplimiento de la palabra empeñada, respeto por los contratos, transparencia competitiva y fuertes controles republicanos. De lo contrario, por lindo que hable y por ensordecedores que sean los llamados al patriotismo, no habrá aluvión inversor. Por lo tanto, no se crearán suficientes fuentes de trabajo y la pobreza proseguirá reinando.
La inseguridad, asociada al flagelo en ascenso vertical de la droga, es un tema que debería quitar el sueño. El problema es multidisciplinario. Pero usted tiene en la Argentina, señora Presidenta electa, calificados recursos humanos para estudiar a fondo y proponer soluciones efectivas en el campo de las fuerzas de seguridad, el problema carcelario, la educación, la justicia y la coordinación de los restantes factores con potentes programas televisivos destinados a frenar los estragos de la drogadicción y el narcotráfico. Hay incontables ONG y madres dispuestas a dar batalla si usted los convocase para una lucha en serio. A fondo.
Sueño que combata de veras la corrupción. El último tramo de esta gestión ha sido manchada por denuncias graves. Hasta ahora todo se limitó a pedir la renuncia de los funcionarios involucrados, pero algunos de ellos siguen en el gobierno. No basta con excluirlos, es imprescindible esclarecer los delitos y aplicar sanciones. Un asunto que la sociedad no termina por entender es qué pasó con los cientos de millones de dólares que Néstor Kirchner mandó al exterior y son objeto de una oscuridad impúdica, por completo anti-republicana. Si no empieza por casa, ¿por dónde espera comenzar?
Sueño que usted, la primera mujer electa Presidenta, haga una historia de la que estemos orgullosos, que podamos decir a nuestros hijos: "Nosotros vivimos ese tiempo de gloria".



