
Tal vez haya una reacción popular después de las elecciones,cuando la gente vea de que se trata este zafarrancho nuevo de las candidaturas testimoniales.
Escucho conversaciones de la gente en la vía pública y concluyo que no hay noción de ésta acerca de la gravedad del asunto. Veo que la gente cree que “Testimonial” significa poner gente no idónea para el oficio, como estrellas de tv y otros ídolos populares, cuando en realidad se trata de hacer elegir a esas personas, pero poner en los escaños del Congreso a otras.
El pueblo argentino es manso, demasiado tolerante, porque en realidad todo el pueblo tiene el culo sucio como los políticos, pero este abuso de confianza no creo que sea aceptable. Es cuestión de tiempo y de que la gente sepa en que consiste el asunto.
mayo 25, 2009
Del Virreinato del Río de la Plata al Virreinato me rio con la plata
septiembre 29, 2008
El largo viaje de la emulación del resentimiento

Por Mariano Grondona
Si uno recorre los escritos de nuestros padres fundadores, de un Alberdi o de un Sarmiento, observará que en ellos reaparece de continuo un sentimiento de admiración por los países de punta de su tiempo, particularmente por los Estados Unidos. El progreso arrollador que experimentó la Argentina a partir de las últimas décadas del siglo XIX, haciéndola ascender de la retaguardia a la vanguardia de América latina y colocándola hacia el Primer Centenario entre las diez naciones con el producto por habitante más alto del orbe, se dio en etapas que tomaron el nombre de tres generaciones.
La primera de ellas fue la llamada Generación del 38, que tuvo como nombres emblemáticos a Esteban Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Mitre y otros jóvenes exiliados por la dictadura de Rosas, quienes concibieron otro modelo de país cuya realización ellos y otros comenzaron a concretar a través de una segunda generación, la de la Organización Nacional, cuyo contrato fundacional fue la Constitución de 1853, proclamada bajo la presidencia de Urquiza, nuestro primer presidente constitucional y también el primero de una serie de presidentes como Mitre, Sarmiento y Avellaneda que, además de poner a la Argentina en el mapa de las naciones de avanzada, tuvieron como rasgo común no buscar su propia reelección inmediata.
La emulación
Este proceso de los grandes presidentes iniciales remató en el general Roca, emblema a su vez de la tercera generación de los fundadores, la llamada Generación del 80, bajo cuyo impulso la Argentina pasó a ocupar uno de los lugares más destacados de su época no sólo por su espectacular avance económico, sino también porque, a partir de la reforma electoral de 1912 del presidente Roque Sáenz Peña, la Argentina se colocó entre las primeras democracias del siglo XX.
El verbo "emular" está ligado al latín aemulus , "émulo", "el que trata de imitar o igualar a otro" y que, como "imitar", es un desarrollo del prefijo im- . Pero "emular" e "imitar" no son idénticos porque "emular", según el diccionario, es "imitar las acciones de otro, procurando igualarlo e incluso excederlo ". Más allá de la imitación, pues, la emulación conlleva la intención de sobrepasar al otro, al elegido como modelo, como si el imitado y el imitador compitieran en una vibrante carrera.
Este era el sentido que Alberdi y Sarmiento tenían en vista al admirar a los países de punta, y particularmente a los Estados Unidos, que les servían de ejemplo en la carrera que la Argentina estaba emprendiendo para colocarse ella también, a su debido tiempo, a la cabeza de las naciones.
En algún momento, sin embargo, ese brioso corcel que había empezado la carrera con tanto ímpetu "se cansó en la partida", como diría el Martín Fierro , y fue perdiendo de vista a sus modelos mientras iniciaba un largo proceso de declinación del que todavía no ha salido. ¿Cuándo se inició este sorprendente proceso? Su manifiestación más evidente fue, piensan algunos, el populismo del Perón inicial. Pero hasta los que exaltamos con dolorosa nostalgia a la Argentina conservadora que nos dio el primer gran empujón, tendríamos que reconocer que, así como la primera fase de la gran expansión argentina habría que atribuírsela a los íconos de la Argentina conservadora, a un Roca, un Pellegrini o un Sáenz Peña, el pecado original de lo que sucedió después hay que atribuírselo al error capital de esa misma Argentina conservadora en su fase final: el golpe militar de 1930. En este año terrible, la Argentina perdió de vista los grandes principios de la Constitución y del progreso que la habían movilizado. Después de todo, tampoco el peronismo inicial habría sido posible sino sobre la huella que cavó el golpe del 30.
Según la mitología griega, Pandora, la primera mujer, fue la esposa de un dios que le había prohibido abrir una caja que guardaba cerca de él. Llevada por su curiosidad, Pandora abrió la misteriosa caja sin advertir que contenía nada menos que los males del mundo. De la misma manera, la ligereza conservadora de los años treinta abrió sin advertirlo nuestra propia caja de Pandora. Después del 30, los males paralelos de la inestabilidad institucional, la discordia interior y el populismo se volcaron sobre nosotros, empujándonos de la vanguardia a la retaguardia de las naciones.
El resentimiento
Una vez que la Argentina empezó a alejarse de sus modelos, brotaron en ella los primeros signos del resentimiento. Quizá los Montoneros fueron su expresión más audaz. "Resentido" es el que siente doblemente, el que re-siente , un dolor insoportable ante el progreso del rival. En su magistral estudio sobre el resentimiento, Max Scheler sostiene que su primera víctima es el propio resentido porque, al no poder admitir como un hecho que su rival lo superó, deforma la visión de la realidad para echarle la culpa a ese rival sin caer en la cuenta de la verdadera razón por la cual perdió. De este modo, el resentido se queda sin lo que para él sería lo más valioso: el conocimiento de su propio error, que es la única manera de superarlo. Desviar las culpas propias hacia el éxito ajeno es la característica habitual del resentido. A partir de la difusión de esta ponzoña espiritual, algunos argentinos empezaron a culpar a los Estados Unidos, ese gran exitoso, por nuestras falencias.
La serie de discursos que acaba de pronunciar la presidenta Kirchner en su visita a Nueva York no ha sido por cierto la única manifestación de nuestro resentimiento hacia los Estados Unidos, pero sí la más reciente.
Cuando Cristina se refirió, con abierta ironía y con apenas oculta satisfacción al efecto jazz que según ella experimentan hoy los norteamericanos, cuando afirmó además que "el Primer Mundo sucumbe como una burbuja" y cuando alegó que son los norteamericanos y no nosotros los que necesitan un "Plan B" para cambiar de modelo, mostró claramente la distorsión de su mirada porque, después de todo, somos nosotros más aún que ellos quienes suscitan fuertes dudas en el mundo por nuestra inflación, por nuestro grado de corrupción, por el aumento vertical de nuestra pobreza y por los poco creíbles esfuerzos que realiza el Gobierno para ocultar todo esto. La Presidenta está poniendo de manifiesto gracias a su locuacidad que, lejos de mirar la pantalla de lo real, los Kirchner están viendo otra película.
Esta patética malversación de los hechos podría cimentar empero nuestra esperanza porque es evidente que, no sólo enfrente del oficialismo kirchnerista sino hasta en su propio seno, está madurando una nueva generación que, cuando le llegue el turno no lejano de tomar el timón, podría superar la larga declinación argentina, poniéndola otra vez en el rumbo de sus grandes ideales no olvidados, como hicieron las generaciones de la segunda mitad del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX que venimos de recordar, justamente incentivadas por la inmensa distorsión que las precedió. Después de la gran lección por el absurdo que dio Rosas, ¿no hizo eclosión acaso nuestro primer florecimiento? ¿Está prohibido pensar entonces que el nuevo absurdo que hoy encarnan los Kirchner podría ser la tierra abonada de un segundo florecimiento?
Fuente: La Nación
septiembre 14, 2008
La era de los dinosaurios
Los dinosaurios han renacido y han vuelto para reinar en América. En Argentina están por doquier: presidencia de la Nación, gobernaturas de provincias, cámaras legislativas y puestos en el gabinete. En el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos hay uno que aterroriza a la gente.
Fuente: Diario La Nación
julio 13, 2008
La lucha entre los principios y los intereses
Artículo de Mariano Grondona publicado hoy en el diario La Nación, de Buenos Aires.
Un caminante se ha perdido en el desierto. Cuando teme perecer por falta de agua, lo alcanza un jinete que le ofrece una cantimplora a cambio de una enorme suma de dinero, que equivale a todo su patrimonio. El caminante acepta. Pero el jinete agrega entonces una segunda condición: que el caminante, además, acepte ser su esclavo. El caminante se niega. Mientras se aleja de él después de haberlo condenado a una muerte inminente, el jinete no termina de comprender al caminante. Si estaba dispuesto a perder su patrimonio para salvar su vida, ¿por qué prefirió, después, perderla?
Lo que el jinete, que era mercader, no había comprendido, era que la segunda condición había cambiado la naturaleza de su encuentro con el caminante. Porque era traducible en dinero, la primera condición reflejaba un interés, y los intereses son negociables. De hecho, desde el punto de vista de los intereses, en esos momentos la cantimplora valía más que todo el patrimonio del caminante. Pero éste rechazó la segunda condición después de haber aceptado la primera porque ella ya no le planteaba una cuestión de intereses, sino una cuestión de principios y, a la inversa de los intereses, los principios no son negociables.
Cuando el oficialismo ganó raspando la votación sobre las retenciones en Diputados, algunos intereses que intuimos y otros que desconocemos lubricaron su victoria. Pero al lado de este triste espectáculo también tuvimos la ocasión de contemplar otro durante el cual varios diputados optaron por la dignidad en lugar de los intereses.
Si bien su caso no fue el único, estamos pensando en particular aquí en Felipe Solá cuando votaba contra Kirchner para recibir de inmediato los gruesos insultos del ultrakirchnerista Carlos Kunkel. Se podrá disentir en más de un punto con el proyecto que proponía Solá, pero lo que nadie podrá afirmar a partir de ahora es que al ex gobernador de Buenos Aires le faltan agallas.
De aquí al miércoles próximo, otros senadores que vienen del kirchnerismo se aprestan a repetir su hazaña. Al presentar su propio proyecto, el senador Carlos Reutemann ha venido a agregarles, junto con otros, lucidez a las agallas: la lucidez de anteponer a la palabra compensaciones con la que juega el Gobierno otra palabra en la cual reside el profundo conflicto que separa a los Kirchner del campo: la palabra retenciones.
Las retenciones
Dispuesto a reforzar la disciplina de su "tropa", el jueves último Kirchner tomó dos decisiones. Convocó a su propia plaza contra la plaza del campo el próximo martes, en el mismo día, a la misma hora y a pocas cuadras, para hacer valer su capacidad de reunir multitudes incentivadas contra las espontáneas multitudes rurales y ciudadanas, en un enfrentamiento que de todos modos evaluarán las pantallas. Llamó además ese mismo jueves a una conferencia de prensa de inusuales características, porque a la delgada capa de periodistas que intentaban cumplir con su deber la rodearon cientos de funcionarios que coreaban las diatribas y celebraban las ocurrencias del ex presidente.
Quien quiera apreciar en toda su dimensión hasta dónde puede llegar el alineamiento de los "ultrakirchneristas" no tiene más que recordar las escenas que mostró esta conferencia de prensa o repetirlas, llegado el caso, en los tapes correspondientes. Las pantallas mostraban, en efecto, no sólo a Kirchner, sino también a sus colaboradores más entusiastas, que lograron registrar sus rostros al lado del ex presidente. Si alguien quisiera hacer un estudio minucioso, por ejemplo, del lenguaje corporal del diputado Díaz Bancalari, que parecía anticipar el aplauso, la fervorosa aprobación y hasta las risas a los que invitaba el ex presidente con sus dichos y sus gestos, tendría una prueba elocuente de hasta dónde puede llegar, en casos extremos, el mimetismo de los incondicionales.
Pero, lejos ya de esta abrumadora derrota de la dignidad a manos de los intereses, el proyecto del senador Reutemann se impuso por su lucidez, porque pudo revelar el abismo que lo separa a él y a los que piensan como él o cerca de él del proyecto oficial que se discutirá el próximo miércoles. Si bien Reutemann hace pequeñas concesiones marginales a la idea de las compensaciones, su clara preferencia por la rebaja de las retenciones anticipa la verdadera discusión que madura en el Senado.
¿Qué quieren, en efecto, los productores del interior y todos aquellos que los apoyan en la ciudad y en el Senado? El descenso de las retenciones móviles previstas en la ya famosa resolución 125 por debajo del nivel a partir del cual resultan confiscatorias porque violan el derecho de propiedad consagrado por la Constitución.
Como señaló Alfredo De Angeli con su lenguaje cargado de sentido común: "Si prometen devolvernos mediante compensaciones lo que nos quitan mediante las retenciones, ¿por qué no empiezan por respetar eso que nos prometen devolver?".
El Estado "asiático"
Dos razones avalan la pregunta de De Angeli. La primera es circunstancial: como no ha cumplido con promesas anteriores, el Gobierno ha perdido su credibilidad. La segunda es profunda: ni el campo ni los que lo apoyan en la ciudad y en el Senado quieren caer en manos de un Estado asiático.
Cuando Marx analizó los tipos de explotación que se habían dado en la historia, a los tres que siempre se le recuerdan (la explotación del esclavo por el amo, del siervo de la tierra por el señor feudal y del obrero por el industrial) agregó un cuarto: la explotación de toda la sociedad, con sus industriales y proletarios adentro, por el Estado. Paradójicamente, el Estado soviético consumó este proyecto en nombre del propio Marx.
Por eso, al referirse a las retenciones que él también rechaza, el ex gobernador De la Sota llamó "estalinista" al gobierno de los Kirchner. Lo cual quiere decir en buen romance que, a lo largo de su política económica, lo que quieren los Kirchner es quedarse con todo, incluido lo que en un Estado de Derecho correspondería tanto a la propiedad privada de los individuos como a los derechos fiscales de las provincias y las intendencias.
El campo ya no lucha entonces sólo por sus propios derechos, sino también por los de todos aquellos que, en la ciudad o en el campo, quieren resistir la voracidad del "Estado asiático", que hoy trata de avanzar en la Argentina y en los gobiernos "chavistas" de América latina. Para aquellos que quieren defender el derecho de propiedad consagrado por la Constitución, la resistencia del campo se ha convertido, por ello, en una bandera universal.
Pero esta bandera no es abstracta. La Argentina progresó como ninguna otra nación en el mundo mientras defendió el derecho de propiedad. Este fue el principio que le permitió atraer a millones de inmigrantes, mostrándose al mundo con orgullo cuando sonó la hora, ahora denostada, del Primer Centenario. Lo que quieren en suma quienes ahora defienden al campo es restablecer, para todos, un principio. Los que quieren ampliar las compensaciones en vez de limitar las retenciones lo que en verdad procuran, en cambio, es convertir a los argentinos en una inmensa legión de clientes que deberán al Estado los mendrugos que éste se digne concederles como contrapartida de su sujeción política y económica.
mayo 23, 2008
Compradora Compulsiva

mayo 16, 2008
mayo 04, 2008
La trampa del indigenismo

Por Marcos Aguinis
Publicado en La Nación
Artículo enviado por Eneas Biglione de
Fundación Hacer
El encuentro internacional al que concurro ha sido organizado por la Fundación Libertad y Desarrollo en celebración de sus fecundos quince años de existencia.
Me habían encomendado disecar un tema perturbador de nuestro continente: el indigenismo. Concurrían expertos de Canadá, España, Estados Unidos, China, Perú, Venezuela y Bolivia para tratar ése y otros ígneos asuntos de nuestro tiempo.
Sin más rodeos, paso a sintetizar lo que allí expuse.
Mis primeras palabras consistieron en recordar que los indígenas son considerados, con justicia, los primeros dueños de esta tierra, cuyas culturas y protagonismo fueron reprimidos sin misericordia. Con diferencias de un país a otro, en muchos aún forman comunidades importantes y en otras han alcanzado un mestizaje intenso. El problema actual consiste en ayudarlos a encontrar un camino de verdadera reparación y ascenso, o permitir que se los desvíe hacia la trampa de zanjones regresivos y totalitarios, como sucede ahora en Bolivia. Es muy fácil confundir. Y en ese punto centré mi advertencia.
En efecto, su reivindicación ya es importante. No sólo hay una revisión de la historia, sino proyectos que incluyen utopía y epopeya. Los indígenas han pasado a convertirse en las grandes víctimas del continente, lo cual no es ajeno a la verdad. Pero el énfasis distorsiona, simplifica e idealiza su pasado. Más grave aún: pretende convertir el pasado en modelo. Eso no está bien, porque es reaccionario y letal. Como ejemplo, bastaría reflexionar sobre la exigencia de Sendero Luminoso a los campesinos peruanos con el fin de 'liberarse' de la opresión europea: cultivar sólo productos anteriores a la Conquista, tales como papa, quinua y maíz. En cambio, descartar las venenosas importaciones llamadas trigo, cebada, centeno, avena, arroz, caña de azúcar y vid; no criar animales malditos, como la vaca, la oveja, el cerdo, la cabra, el conejo y las aves de corral. Para no dejar de ser coherente -agrego yo- habría que abandonar la rueda, el caballo, el buey, el hierro, el vidrio y el arado. Buen futuro, ¿no?
El líder indigenista Felipe Quispe ha dicho que si una parte de la sociedad usa ojotas y otra zapatos, que todos usen ojotas. Es decir, igualar para abajo, porque confunde justicia con miseria.
En la mitificación de numerosos historiadores se han llegado a considerar los levantamientos indígenas de la Colonia como antecedentes de la gesta emancipadora.
Pero lo que deseaban no era la independencia ni asemejarse a las repúblicas modernas, sino retornar al tiempo incaico o incluso preincaico, que no fue un paraíso, sino un eterno campo de batalla con masacres, guerras de dominio e incontables sacrificios humanos.
La rebelión aymara de Túpac Katarí, en 1782, por ejemplo, no sólo agredió a los criollos, sino a los mestizos y a los quechuas.
Esos levantamientos, aunque heroicos, no significaron un proyecto superador, sino regresivo. Y tuvo el final de todos los movimientos regresivos, como los esclavos en la Antigüedad o los campesinos en la Edad Media.
Podemos conmovernos con su heroísmo, pero no considerarlos un paradigma. Los indígenas estaban aterrorizados ante el nuevo orden, que, entre otras cosas, tendía a dejar atrás la etapa primitiva del colectivismo.
Los actuales 'bolivarianos' deberían recordar que Simón Bolívar firmó, con su puño y letra, en el año 1824, un decreto que establecía la propiedad privada de la tierra. Acertó en considerar la propiedad comunal un resto arcaico, un modo de producción infecundo. Esto fue trágicamente comprobado por la dictadura izquierdista del general Velazco Alvarado, quien intentó resucitarlas en la década de los años 70: produjo hambre y empobrecimiento acelerado. Ahora se intenta probarlo otra vez.
La idealización contaminó incluso a marxistas como Carlos Astrada, quien no tuvo náuseas en utilizar conceptos científicos nazis sobre el vínculo de los pueblos con la tierra y la sangre. En esa línea, posteriores movimientos populistas y tercermundistas usaron a los indios para construir sus artificiales teorías sobre una identidad nacional opuesta al centralismo europeo y a Occidente (este último, odiado por los reaccionarios con patente de progresistas que se fastidian ante las aperturas de la modernidad, la democracia genuina, los derechos individuales y otras abyecciones).
La revolución bolchevique, incapaz de construir un socialismo próspero y democrático, había impuesto concepciones estatistas que permitían el control de las masas y su impúdica manipulación 'en nombre' del proletariado. De ahí que sus seguidores y simpatizantes hayan celebrado la civilización incaica como un antecedente del socialismo moderno (¡!). No les importaba la maciza estratificación de clases ni la opresión que padecían los de abajo. Tampoco los derechos humanos, porque para estos fascistas de izquierda, el Estado merece todo y cada hombre no es más que una molécula anónima. Aunque hubo maravillas en las civilizaciones precolombinas, tenían un atraso de cuatro mil años respecto de la Europa del Renacimiento. Esto no justifica, por supuesto, la tábula rasa que se efectuó con sus riquezas y tradiciones. Es otro tema.
Resulta curioso que al indigenismo regresivo lo empezaran a fogonear blancos descendientes de europeos, sin advertir que adoptaban el camino racista que pretendían combatir. En los 70, el boliviano Fausto Reinaga, inspirado en el black power, preconizó la 'revolución india' y las luchas entre blancos e indios; la indianidad debía servir para la toma del poder y limpiar el continente de las etnias invasoras (en la Argentina no quedaría casi nadie). El peruano Guillermo Carnero Hoke afirmó que 'nuestra razón de ser desde el fondo de los siglos es la razón colectivista'. 'El pensamiento de nuestros abuelos del Tawantisuyo era justo, moral, científico y cósmico, es decir insuperable' (¡!).
Expresiones como ésas parecían minoritarias. Pero el Primer Congreso de Movimientos Indios celebrado en el Perú, en 1980, proclamó que los indígenas eran la única alternativa redentora, no sólo de ellos mismos, sino de la humanidad. Pasaban a ocupar el trono que el marxismo había atribuido al proletariado, con un condimento horrible: suponer, como los nazis, que las razas puras son mejores.
El problema indígena no es de raza ni de cultura: es social. Los indígenas no tienen que retroceder a un pasado inviable ni limitarse a la economía de subsistencia. Pueden y deben cultivar sus tradiciones, su acervo lingüístico y sus leyendas, por supuesto, pero sin aislarse ni repudiar los beneficios de la modernidad. Si resisten la modernidad se condenan a permanecer como un sector inferior, aislado, débil y carente de real protagonismo. Por el contrario, tienen derecho a dejar de ser las comunidades que dan lástima, resentidas y marginales. Tienen derecho a concurrir a buenas escuelas y universidades, participar en los partidos políticos y asociaciones profesionales. El indio Benito Juárez, que llegó a presidente de México, no se dejó intimidar por quienes lo consideraron un traidor.
Para tomar perspectiva, deberían discutirse las experiencias de la comunidad negra en los Estados Unidos, por ejemplo. Salió de la esclavitud legal, pero continuó sometida a una severa discriminación. Surgieron reacciones como el black power y manifestaciones racistas invertidas, entre las que adquirieron renombre las del primer Malcolm X. A la vez, hubo intentos de vencer los prejuicios mediante el intercambio de estudiantes que provenían de barrios blancos y barrios negros, lo cual no dio frutos.
Luego, avanzó la propuesta fraternal de Martin Luther King, que terminó por conquistar a la mayoría de la nación. No alcanzaba, empero, y se sancionó la 'discriminación positiva' o affirmative action, mediante la cual se impulsó el ingreso de negros en los centros de estudio y su mejor posicionamiento en el trabajo.
Ahora ya existe una amplia clase media negra con infinidad de profesionales, jueces, diplomáticos, académicos y empresarios. Dos sucesivos secretarios de Estado fueron negros y la actual, además, es una mujer. La affirmative action se ha imitado en muchos países para elevar la cuota de presencia femenina en la política, por ejemplo. Pero considero que este recurso sólo debe utilizarse para cambiar la tendencia, no para durar eternamente. De lo contrario emponzoñaría la igualdad de derechos que debe primar en una verdadera democracia.
En resumen, impulsar el indigenismo hacia el pasado es una trampa que sólo beneficia a demagogos, ignorantes y populistas. Lleva hacia conflictos ingobernables, derramamiento de sangre y un aumento de la pobreza. Habría que reflexionar, en cambio, sobre medidas racionales, como la affirmative action, para que todos los indígenas de América latina, sin perder sus raíces, tengan por fin cómodo acceso al progreso cultural, económico y social.
abril 27, 2008
Argentina: Teatro del Absurdo
Para La Nación
Eugene Ionesco, el rumano-francés que se destacó por su regocijante teatro del absurdo, no habría podido competir con los esperpentos argentinos. Ahora ya no sólo se habla mal de nosotros en el mundo, sino que nos ignoran. Peor: cuando en algún momento atinan a mirarnos con lupa, se ríen. Nuestras incoherencias, contramarchas, negaciones y taradeces son deleznables. Pese a tener tanto. ¡Cuánto dolor! Nuestros absurdos llenarían una enciclopedia. Pero sólo puedo describir algunos, tomados al desgaire.
A principios del siglo XX, se decía "rico como un argentino". A mediados de la misma centuria ya no éramos tan ricos, pero seguíamos a la vanguardia de América latina.
Eramos el país de la excelencia, de la excepción, de la cultura, de la esperanza. Ahora se dice que los nuevos argentinos de América son los chilenos.
Hasta hace unas cuantas décadas competíamos con Brasil. Se llegó a barajar hipótesis de conflicto entre los "dos colosos del Sur". Eso terminó. Ahora Brasil es una potencia mundial y nosotros nos hemos convertido en mendicantes de Venezuela.
Brasil no tenía carne para exportar, mientras que nosotros éramos los campeones del planeta. Ahora Brasil acumula 400 millones de cabezas y nosotros nos quedamos con un poco más de 50, igual que en los tiempos de Yrigoyen y de Alvear. Brasil recorta su enorme gasto público pese a sus avances en todos los rubros; nosotros lo aumentamos sin cesar, pese a los retrocesos, también en todos los rubros.
El revisionismo histórico, que tuvo el mérito de corregir ciertas distorsiones de la historia oficial, nos metió errores groseros en la mollera. Otro absurdo, porque son errores dañinos, que siguen vigentes. Algunos, bastante difíciles de extirpar, y nos carcomen la poca lógica que aún conservamos.
El revisionismo nos inculcó la certeza, por ejemplo, de que nunca fuimos ricos. La opulencia nacional no existió, sino que estuvo limitada a una elite de parásitos que usufructuaban el pacto colonial establecido con Gran Bretaña. Teníamos una pampa húmeda regada por Dios, y sus propietarios, la famosa oligarquía, ganaban dinero sin trabajar. Se dedicaban a "tirar manteca al techo" en Europa y llevaban una vaca en el transatlántico para beber leche fresca. Eugéne Ionesco -que desbordaba imaginación, pero no era estúpido- hubiera preguntado, hundiéndonos el índice en el ombligo: "Antes de la caída de Rosas y de la Constitución de 1853, ¿Dios no regaba la pampa húmeda? ¿Por qué el país estuvo desierto, prevalecía el analfabetismo, no existía la agricultura y los argentinos carecían de relevancia internacional?".
Además -hubiera agregado-, la Argentina no es el único país con pampa húmeda. Existe otro, para colmo en Europa, y muy cerca de los grandes centros de consumo, y siempre fue pobre, a pesar del humus y de las buenas lluvias. Es Ucrania, cuyas llanuras son tan fértiles como las argentinas, pero nunca pudieron liberarse de la autocracia y la opresión, primero zarista, luego burocrático-soviética.
Ese país no se enriqueció como la Argentina ni abatió el analfabetismo ni incorporó oleadas impresionantes de inmigrantes. Al contrario: sufrió hambrunas y epidemias, emigración desesperada, a menudo forzosa. No tuvo un Alberdi y compañía ni una Constitución como la de 1853.
La Argentina cometió el absurdo de apartarse de esa notable constitución de 1853 después de setenta años exitosos, en los que nuestra enclenque democracia se iba perfeccionando, con creciente seguridad jurídica y un incesante progreso en los campos políticos, culturales y económicos. No fue abrogada, sino profanada. Con hipocresía, además. Porque los golpes de Estado decían que su propósito era defenderla. Se empezaron a enlodar las instituciones, se perdió la República al suprimirse la independencia de sus tres poderes, se opacó la transparencia de la función pública, bajó el nivel de la vocación política. Pero antes de ese quiebre (cuyo comienzo fecharíamos en los últimos años de la década del 20, cuando ingresaron las ideas totalitarias de derecha e izquierda), nuestro país ya había ganado dos batallas espectaculares.
Una fue la integración de millones de inmigrantes que venían con una mano adelante y otra atrás y producían alarmantes conflictos de lengua, etnia, religión y hábitos. Una inteligente política de Estado los "argentinizó" a todos, unificó el idioma, los hizo amar nuestros símbolos patrios, comprender las tradiciones, respetar a nuestros héroes y padres fundadores.
La otra batalla también ganada de punta a punta fue la educativa: respondió a la obsesión de titanes como Sarmiento, Alberdi, Avellaneda, Mitre, Roca.
Pero el teatro del absurdo que nos hemos empeñado en desplegar determinó que desde mediados del siglo XX se detestara a Prometeos de la civilidad, como Sarmiento, y se glorificara a un caudillo reaccionario como Rosas. También que se olvidara cuánto debemos al plurifacético Julio Argentino Roca, tan lúcidamente pintado por Félix Luna en su libro Soy Roca .
No fue un genocida (como se lo representa en el teatro del absurdo), sino el líder que terminó con los malones que impedían extender las fronteras del progreso y de la soberanía hasta los actuales límites nacionales. Consolidó a la Argentina como una respetada protagonista mundial. ¡Quisiéramos tener el prestigio que nos aureolaba en los tiempos de Roca! Su intención no era exterminar a los pueblos originarios -que merecen un reconocimiento irrestricto-, sino que los venció gracias a su estrategia y tecnología superiores. Tampoco se dedicó a barrerlos de la superficie de la tierra, como hacen los genocidas que merecen un título tan espantoso, sino que, terminado el cruel enfrentamiento, otorgó digno rango militar a los caciques, proveyéndolos de uniforme, sueldos y funciones. Logró extender la seguridad por todo el país, con buenas o criticables artes. Cometió errores y graves injusticias, por supuesto, pero su objetivo era incorporar los pueblos originarios a la patria grande, de la misma forma que incorporaba a los miserables inmigrantes de Europa y Medio Oriente.
El hijo de un aguerrido cacique, Ceferino Namuncurá, tuvo el privilegio de convertirse en el destacado emblema de los pueblos originarios, que ahora comparte la veneración de los altares con santos del resto del mundo. Nuestra proclividad al absurdo, sin embargo, pretende borrar a Roca de la historia.
Pero no sólo miremos el pasado. Es menester que la Argentina deje de caminar como los cangrejos, siempre hacia atrás. Ahora, por ejemplo, obsesiona otro asunto:la defensa de los derechos humanos (violados décadas atrás), que la inmensa mayoría del país -yo incluido- comparte. Pero los derechos humanos no deben limitarse a las violaciones de la última dictadura. No basta con sacar una foto y condenar únicamente los crímenes cometidos desde aquel Estado inconstitucional. Por cierto que el Estado siempre tiene deberes superiores a los de las organizaciones terroristas. Pero el delito es delito, la tortura es tortura, el secuestro es secuestro y el asesinato es asesinato. Todos repudiables.
Cuando sólo se cuestiona a unos y no a otros, aplicamos una doble moral. Sobre el anhelo de justicia se monta el odio de la venganza. En consecuencia, también somos absurdos en materia de derechos humanos.
Más aún cuando, al dar otra vuelta de tuerca, sabemos que reciben dinero del Estado quienes se mofaron de esos derechos humanos al celebrar la matanza de tres mil trabajadores inocentes en el ataque a las Torres Gemelas. Y no conformes con tamaña grosería, elogian a los terroristas de la ETA. También es absurdo que las Abuelas de la Plaza de Mayo nunca hayan expresado su solidaridad con Hilda Molina, una abuela cubana a quien no le permiten reunirse con sus nietos argentinos. También es absurdo que no se condene la violación terrible de los derechos humanos que desde hace cuarenta años sin interrupción practican las FARC. Y estados como Myanmar, Sudán, Cuba, Siria e Irán, para sólo citar los más notorios.
Es absurdo que la presidenta de la Nación, que ha prometido mejorar la institucionalidad de nuestro país, hable a "todos los argentinos" desde un palco partidario que sólo representa a una fracción, escoltada por el dirigente piquetero Luis D Elía, empeñado en producir enfrentamientos ponzoñosos, arcaicos y de alto riesgo para el tejido social argentino. ¿Qué significa ese doble mensaje?
Es absurdo que se prosiga mencionando a la "oligarquía" como si aún viviéramos en 1950. Han cambiado nombres y propiedades. Los terratenientes de entonces se han quedado sin latifundios. En nuestro país el curso del tiempo y la proliferación de hijos llevaron a cabo una profunda reforma agraria, sin decretos de necesidad y urgencia ni revoluciones sangrientas. Ahora hay más Anchorenas que tierras. Los antiguos latifundios no pertenecen a las familias del siglo XIX y primera mitad del XX. Para hablar de oligarquía, mejor añadirle el prefijo "neo". Porque la "neo-oligarquía" argentina se compone ahora de la familia presidencial, su círculo de leales y testaferros, sindicalistas prendidos al poder y otros pocos nombres más.
Es también actor de nuestro teatro del absurdo el manido tema de la soja. Esa commoditie fue bendecida como un ángel milagroso; ahora es condenada como arpía macbethiana. Trajo tanto dinero al país que logró transformar ciudades enteras, como Rosario. Generó inversiones que activaron la construcción, entre otros sectores, con su larga cadena de proveedores. Fue tan revolucionaria la expansión de este recurso que si se hubiera iniciado unos pocos años antes tal vez ni siquiera hubiera caído el presidente De la Rúa y tal vez los argentinos hubiéramos evitado el "corralito". La soja es un extraordinario producto de exportación, como fueron las carnes en la belle époque . Estamos de acuerdo en que no se debe caer en los riesgos del monocultivo, pero ha sido y sigue siendo el producto que facilitó la recuperación del país. No vaya a ser que nuestra vocación por el absurdo ahora nos haga perder los mercados asiáticos y, cuando abramos los ojos, sea demasiado tarde. Ya hemos perdido el mercado chileno -un cliente maravilloso- en materia de gas, por falta de visión estratégica en el campo de la energía. Otro absurdo.
Somos absurdos al echarle la culpa de nuestros males a todo el que se ponga adelante. Ahora le toca al campo. ¿Qué vendrá después? Pero no nos asombremos. Es la conducta de las sociedades que no sacan los obstáculos del camino, sino que los dejan donde están y contribuyen a incrementarlos. Así procedían varios países -también absurdos- que despertaron de golpe, dieron una vuelta de campana, reconocieron sus defectos, contradicciones e infantilismo y se pusieron a fortificar las instituciones, condenar la corrupción pública, darle fuerza independiente a la Justicia, repudiar el doble discurso y crear condiciones para grandes inversiones productivas. Son los ejemplos de Irlanda y varios países de Europa oriental. Aunque en Europa oriental nació Ionesco, allí el teatro del absurdo funciona sólo en los escenarios, no en la política.
abril 13, 2008
Cuando gobierna una mesa chica.
La crisis que se desató en el sector agropecuario, crucial en la economía argentina, dejó de nuevo al descubierto uno de los vicios que desmerecen la vida pública en el país: la baja calidad del proceso de toma de decisiones gubernamentales.
Hay muchas razones por las cuales la aplicación de retenciones a las exportaciones agrícolas provocó un escándalo. Entre otras, el comprensible enojo que produjo en el campo la disidencia de varios gobernadores ante lo que consideran un unitarismo fiscal asfixiante y la politización extrema del discurso del Gobierno para referirse a cuestiones de carácter técnico.
Sin embargo, hay un aspecto de la medida que desató la convulsión rural al que todavía no se le ha dedicado la atención que merece: la ligereza con que parece haber sido adoptada y el escaso rigor técnico de su formulación.
Más allá de los innumerables argumentos sobre el perjuicio de las retenciones, que a menudo han sido expuestos en estas columnas, la resolución 125/08 del Ministerio de Economía presenta muchas debilidades objetivas que se podrían haber evitado con una simple consulta a especialistas en la materia. La más estridente es la destrucción de los mercados a término por la fijación indirecta de un precio máximo para la soja y el girasol. También fue muy evidente la falta de consideración por las explotaciones menos rentables, a tal punto que el Gobierno debió anunciar un régimen de compensaciones que neutralice los perjuicios de sus resoluciones iniciales.
Estos errores parecen casi inevitables para un sistema de toma de decisiones como el que domina en estos tiempos a la administración central. Néstor Kirchner inauguró, y su esposa continúa, un estilo de tratamiento de los asuntos gubernamentales en el que lo primero que se suprime es el debate de ideas y la participación de los estamentos técnicos del Estado en la elaboración de las medidas.
Para volver al ejemplo de las controvertidas retenciones, su establecimiento fue decidido sin participación alguna de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca. Es sólo una de las aplicaciones de un método muy extendido.
Materias tan diversas y específicas como el comercio de granos, la producción y comercialización ganadera y lechera, las telecomunicaciones o la generación y distribución de energía son, en general, administradas por el mismo funcionario, el tristemente célebre secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Del mismo modo, el ministro de Planificación, Julio De Vido, oficia a veces como ministro de Trabajo en las negociaciones con los sindicatos, o como canciller en la relación bilateral de países como Venezuela.
Merced al carácter casi clandestino de los circuitos de gestión, la vida oficial transcurre con absoluta prescindencia del cuerpo profesional del Estado. Prueba de ello es que, al frente de la oficina que debe administrar la enorme madeja de subsidios públicos a actividades económicas, sobre todo agropecuarias, acaba de ser destacado un cuestionado funcionario a quien, hasta hace dos semanas, se lo suponía experto en comercio exterior: Ricardo Echegaray, ex titular de la Aduana.
Acaso la política exterior sea la que ofrece más ejemplos de los riesgos de esta estrategia: desde los fantasiosos créditos chinos hasta la querella con Uruguay por las pasteras de Fray Bentos, pasando por la candorosa celebración de la visita de un dictador africano.
El desdén por el saber especializado y el derroche de recursos humanos capacitados son inquietantes.
Estas fragilidades se vuelven más frecuentes por la fobia a las reuniones de gabinete que caracterizó a la gestión del ex presidente Kirchner y, por lo visto hasta ahora, también a la de su esposa.
Por otra parte, las descomunales transferencias de funciones y competencias del Congreso Nacional al Poder Ejecutivo han clausurado cualquier debate, incluso en casos que lo demandarían tanto, como el de las retenciones al agro. También esta falencia institucional debilita la calidad de las decisiones por la ausencia de un ámbito institucional de discusión de ideas.
La escasa vocación de los funcionarios por mantener una interlocución provechosa con la sociedad civil, en especial con las entidades que representan a los distintos sectores de la economía, agrava este panorama. El mismo mal deriva de la inexistencia de partidos políticos estructurados que puedan inducir al que gobierna a justificar sus decisiones y, en ese ejercicio, perfeccionarlas.
La lucidez del que conduce el Estado, la necesidad de que cuente con una interpretación correcta de los problemas en los que le toca operar, se convierte en un bien mucho más crucial cuando la acción de gobierno transcurre por carriles tan estrechos. O, por el contrario, un error de percepción se vuelve catastrófico en sistemas en los que la voluntad del que manda no está modelada por mecanismos de consulta y corrección.
Si los actuales estándares de calidad de gestión del gobierno nacional se trasladaran a una empresa privada, parecería muy poco probable que esa compañía pudiera subsistir durante más de un año en un mundo tan competitivo.
La capacidad de comprensión de fenómenos conflictivos y la conveniencia y oportunidad de las medidas más relevantes del Gobierno parecen reducirse hoy, en la Argentina, a una pequeña célula político-administrativa dominada por no más de dos personas: la Presidenta de la Nación y su esposo, auxiliados de a ratos por colaboradores como el jefe de Gabinete o el funcionario a cargo de la Secretaría Legal y Técnica. Allí parece condensarse todo el capital intelectual del que dispone hoy el Estado en la Argentina. Una mesa demasiado chica para asuntos cada día más complejos
Fuente: La Nación
El rumbo del sistema kirchnerista
Por Mariano Grondona
Súbitamente, síntomas de desgaste habían empezado a acosar al Gobierno. La vasta y prolongada protesta del campo figuró, por cierto, a la cabeza de ellos. Pero no fue el único. Por primera vez en la gestión de los Kirchner, hubo cacerolazos en diversas ciudades. La inflación de marzo, por su parte, trepó a un inquietante nivel del 30 por ciento anual. Gobernadores como el cordobés Juan Carlos Schiaretti y el chubutense Mario Das Neves amenazaron con "sacar los pies del plato" de la disciplina kirchnerista. Por fuera del mundo estrictamente político, la Corte Suprema dio una fuerte señal de independencia al devolverle su banca a Luis Patti.
Fue en medio de un clima de tensión inclinado al pesimismo que Cristina Kirchner conversó por tres horas, el viernes por la tarde, con los dirigentes rurales. Si bien sólo mañana, en la reunión que los dirigentes sostendrán con Alberto Fernández, se verá si se ha iniciado de veras un período de convergencia entre el Gobierno y el campo, la pregunta que sobrevuela esta nueva expectativa va más allá de la amplia temática agropecuaria para centrarse en torno de una duda de alcance existencial: ¿puede cambiar, está por cambiar, el sistema kirchnerista de poder?
La pregunta es esencial porque, en tanto que otros presidentes latinoamericanos como Lula, Bachelet o Tabaré son simplemente hombres o mujeres del poder -esto es, gobernantes sometidos a reglas y plazos constitucionales que los exceden y que no pretenden cambiar-, Néstor Kirchner ha pretendido ser él mismo un sistema de poder situado por encima de las reglas y los plazos constitucionales que condicionan en América latina y en el resto del mundo a los presidentes republicanos.
Un "sistema" supone, según el diccionario, un conjunto de reglas o principios entrelazados entre ellos. ¿Cómo definiríamos entonces al sistema kirchnerista de poder? Como el poder absoluto de un hombre, entendiéndose por "absoluto" que pretende estar "absuelto" de limitaciones constitucionales y temporales, como serían un Congreso y un Poder Judicial efectivamente independientes, gobernadores verdaderamente autónomos y un plazo de vigencia blindado contra las reelecciones indefinidas. Desde el momento en que fue el propio Kirchner quien nominó a su esposa para sucederlo, el sistema kirchnerista de poder implica que sólo ella es su asociada y que los demás funcionarios que los rodean son desechables. Para usar una analogía ajedrecística, Néstor es el rey y Cristina, la reina, mientras todos los demás son peones sacrificables. ¿Nos hallamos entonces no sólo frente a un poder absoluto, sino, además, "dinástico"? Un rápido ascenso de Máximo Kirchner a la cabeza de su organización La Cámpora en la jerarquía kirchnerista se acercaría a esta conjetura.
¿Cómo ha conseguido Kirchner, en todo caso, obtener la obediencia incondicional de sus seguidores? Recurriendo a dos sentimientos políticamente eficaces aunque moralmente objetables: el temor y la codicia. El ex presidente tiene una manera de dirigirse a los que actúan cerca de él que inspira temor. Cuanto más cerca de él se encuentra un dirigente, más le teme; sólo lejos de él renace una sensación de libertad. Pero si sus temibles arranques de mal humor funcionan como un "castigo" para los díscolos potenciales, quienes se pliegan incondicionalmente a él también pueden esperar el "premio" de abundantes remesas. Por eso a Kirchner le es imprescindible un generoso superávit fiscal.
Sin "caja", no habría kirchnerismo.
La fantasía
En una célebre conversación con Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges le dijo que la ambición de controlar todo el poder por todo el tiempo, antes que perversa, es pueril, por responder a una fantasía sobrehumana. Siguiendo esta línea de razonamiento, lo primero que habría que decir entonces es que el sistema de poder al que ha aspirado Kirchner no es sustentable.
Pero una cosa es sostener que un sistema de poder no es sustentable y otra es demostrar que su declinación ya ha comenzado. Hay, sin duda, signos de desgaste. Uno ha sido, por lo pronto, la rebelión del campo. Otro es la inflación ya casi desbordante. La fuente de la inflación ha sido la desmesura del gasto público que Kirchner necesitaba para alimentar su insaciable "caja" y que aumentó sólo en 2007 en un 60 por ciento. Pero el Gobierno necesita desesperadamente mantener y hasta aumentar el superávit para lubricar su política de acumulación de poder. El desmesurado aumento de las retenciones que anunció el ministro Lousteau respondió, en definitiva, a esta aguda ansiedad fiscalista. La fantasía, empero, se va a acabar. Lo que no sabemos todavía es cuándo y cómo se va a acabar.
El giro
La negociación entre el Gobierno y el campo que empieza mañana responderá en cierto modo a estas inquietudes. El campo viene de decirle "basta" a la creciente presión fiscal del Gobierno. ¿Cuándo dirán "basta" otros sectores, como, por ejemplo, los jubilados, nuevamente postergados? ¿Hasta cuándo podrá competir la industria con un dólar que, según los expertos, habiendo perdido la ventaja comparativa de la devaluación de 2002, se ha vuelto equivalente al fatídico "uno a uno" de 2001? Ante una inflación real del 30 por ciento ¿se resignarán los sindicatos al 20 por ciento que consiguió Moyano? Detrás de una fantasía política de dominación sin límites ni plazos y sin poder renunciar al superávit de la "caja", el Gobierno está forzando su presión sobre el ingreso de los demás sectores y no sólo del campo. ¿Cómo hará para responder financieramente a sus crecientes necesidades de dominación en un país en el que ha despojado de sus ingresos fiscales a las provincias y en el que ha desalentado sistemáticamente a los inversores internos y externos, acuciados a su vez por la crisis del capitalismo internacional?
Cuando la presidenta recibió a los representantes del campo de buen modo y ya sin agredirlos, ¿estaban entonces los Kirchner pensando en girar? ¿Pero qué es "girar"? ¿Cambiar algunos rasgos secundarios del sistema de poder o cambiar el propio sistema de poder?
Decía el cardenal Richelieu, en su famoso Testamento político, que la diferencia entre un político del montón y un estadista es que éste, pero no aquél, ve venir los problemas a tiempo. El tiempo final del sistema del poder absoluto kirchnerista se ha empezado a anunciar. Si el cambio de actitud que reveló la Presidenta cuando recibió cordialmente a los ruralistas el último viernes no es sólo una finta, sino que responde a la comprensión del nuevo tiempo político que se avecina, asistiremos a negociaciones fructíferas pero no sólo con el sector agropecuario, porque en tal caso el Gobierno habrá comprendido la verdadera dimensión del problema que lo acecha para dialogar con el campo y con los demás sectores políticos y sociales a los que había ignorado, en busca de la normalización republicana. Si éste es el caso, los Kirchner todavía pueden salvarse y salvarnos. En caso contrario, la Argentina agregará una frustración más a las incesantes contradicciones de su desarrollo. La cita entre el Gobierno y el campo no dará ocasión por ello sólo a una discusión sobre impuestos y reintegros. Podría ser, además, la apertura de una nueva oportunidad republicana.
Publicado en La Nación el 13/04/2008
El rumbo del sistema kirchnerista
Por Mariano Grondona
abril 05, 2008
El odio como arma política
Artículo publicado en la sección editorial del diario La Nación, el 05/04/2008.
Los argentinos estamos acostumbrados a utilizar el odio como instrumento político. Es doloroso reconocerlo, pero ése es el rasgo sombrío y acaso trágico que preside nuestra vida institucional y pública desde hace muchísimo tiempo.
La táctica es conocida y la han usado, históricamente, casi todos los gobiernos: consiste en identificar a un sector social, económico o político de la población como el culpable de todos los males de la Nación y en hacerlo responsable, desde la tribuna pública, de todas las calamidades que se abaten sobre nuestro territorio o sobre nuestra población.
Esos sectores "culpables absolutos" de la desgracia nacional han ido cambiando, como es natural, a lo largo del tiempo: fueron identificados, sucesivamente, como los "oligarcas", los "yrigoyenistas", los "peronistas", los "antiperonistas", los "comunistas", los "burócratas sindicales", los "subversivos", los "represores", los "proimperialistas" o los "entregadores del patrimonio nacional". En un orden más vinculado con cierto personalismo de entrecasa, sobre los seguidores de no pocas figuras políticas cayó en algún momento la descalificación que pretendía reducirlos a la condición de "parias" o "malditos" de la vida nacional.
En los últimos días pareció haber sonado, por momentos, la hora del campo. Y se tuvo la sensación de que la cascada de reproches proveniente de la tribuna presidencial empezaba a caer sobre el heterogéneo y casi indefinible sector agropecuario. Cambian los juicios y los adjetivos, cambian los personajes, pero no suelen cambiar la agresividad y el menosprecio. Y persiste el odio, persiste la obsesión por dividir a los argentinos, persiste la necesidad de sembrar la semilla de la discordia social.
Parecería que los hijos de este país sólo conocemos el lenguaje del agravio y sólo dormimos en paz cuando logramos identificar a unos como enemigos irreconciliables de los otros. Siempre el odio, siempre el rechazo frontal, siempre dos bandos separados, siempre dos sectores de argentinos enfrentados por el veneno del odio.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, por supuesto, no es de ninguna manera la inventora de esta práctica política consistente en señalar públicamente y con acritud a los responsables de las desviaciones que han conducido a la decadencia argentina. Pero, por imperio de una rutina difícil de eludir cuando se ejerce la función de gobierno, se erige por momentos -tal vez sin advertirlo- en la continuadora de aquellos que introdujeron en la historia nacional, hace ya mucho tiempo, la semilla del odio.
Ha llegado la hora de que los argentinos dejemos de lado definitivamente esos estilos que envilecen y rebajan el nivel de nuestra vida cívica. Ha llegado la hora de que sustituyamos el lenguaje del agravio y encausemos el debate político hacia la vía del respeto y la dignificación del adversario. Que el odio no ocupe nunca más un lugar en la historia de nuestro país. Que el futuro argentino sea cada vez más el fruto de una convivencia fundada en la aceptación del "otro" como base y fundamento de una sociedad auténticamente pluralista. Y que edifiquemos una Argentina basada inequívocamente en el respeto irrestricto a la dignidad ajena sin subestimarnos e insultarnos como acostumbramos.
URL de orígen: http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=1001412&origen=premium
El Grito Sagrado
Autor: Marcos Aguinis
Entre las infinitas anécdotas de Borges, resulta inolvidable la que protagonizó al referirse a un escritor cuyo nombre me abstengo de mencionar. Reconocía que inventaba títulos hermosos; lástima, añadía con sorna, que después les agregaba un libro... Su ironía era un tsunami. Pero también la considero útil para la reflexión. Hay títulos de enorme elocuencia que, en efecto, no necesitan mucho desarrollo. A ésos no se refería la lanza de Borges. Estoy fijado a otro de alta vigencia. Me refiero a El miedo a la libertad, de Eric Fromm. El texto que desarrolla es rico y valioso. Pero el solo enunciado tiene la contundencia de los primeros compases de la quinta de Beethoven o los de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss.
La libertad es deseada, amada y voceada desde la Antigüedad. La rebelión de Espartaco se ha convertido en un patrimonio emblemático del género humano. Pero con la libertad somos tan ingratos como con la salud: cuando la tenemos, no la apreciamos. Hace falta sufrir la enfermedad para estimar la salud. Hace falta el yugo de la opresión para querer la libertad. En América latina, por ejemplo, a veinte años de haber recuperado la democracia en casi todos los países, resuenan lúgubres tambores que prefieren castrarla en nombre de fracasadas utopías, de controles, de dirigismos, de hegemonías empobrecedoras. ¿Por qué ese miedo a la libertad?
Uno de los libros más antiguos del mundo lo describe. En la Biblia se narra cómo el pueblo de Israel –mucho antes de que naciera Espartaco– se liberó de la esclavitud que padecida en Egipto, 3500 años atrás. Hubo que recorrer la catástrofe de varias plagas hasta conseguir la liberación. No fue un obsequio del tirano, sino una ruptura de cadenas ahíta de dolor. La alegría, no obstante, duró poco, porque el faraón pretendió volverlos a someter. Otra vez libres, llegaron al desierto. Y entonces, ante los desafíos que implicaba la falta de agua y de alimentos, se empezó a perder amor por la libertad que tanto había costado. Fermentaron los humanos reproches contra Moisés: “¿Acaso nos trajiste para morir en el desierto? ¿No había tumbas en Egipto?”
Era el miedo a libertad. Porque la libertad no es gratuita. Presenta desafíos, exige lucha, trabajo, responsabilidad. Algunos llegan a considerarla un lastre insoportable. Entonces renace la nostalgia por los tiempos en que eran esclavos, sí, pero no tenían que decidir, no eran los responsables de los fracasos. El fenómeno regresivo los devuelve a la primera infancia, en la que los padres se ocupaban de todo, en especial de las cosas difíciles, y eran los únicos culpables de que algo saliera mal. En las sociedades los padres son reemplazados por los caudillos o caudillejos, por Estados autoritarios o por fórmulas populistas. La gente se limita a quejarse y pedir, como un siervo al capataz. Pero no decide, no piensa y no hace.
Es un escándalo que la degradación de la libertad afecte a América latina. Hemos accedido a la independencia con el grito sagrado de la libertad. Nuestros himnos lo repiten sin fatiga. Ese grito, empero, suena en oídos sordos (no llega a la corteza cerebral) y es incluso ladrado por demagogos que lo profanan. Dictadores y demagogos de las más variadas pelambres lo han ensuciado con sus dientes voraces, sus hipócritas seducciones, sus torturas y crímenes. Y también lo han emporcado “libertadores” truchos que pretendían imponernos una nueva esclavitud a cargo de delirantes nomenclaturas inspiradas en la violación de los derechos y de la intransferible dignidad de cada hombre.
El socialismo, que nació para defender la libertad, cometió la alevosía de prenderse en diversas formas de opresión: primero la leninista, luego la stalinista, que hambreó al pueblo y fusiló a millones. Enseguida surgió un derivado directo: el fascismo mussoliniano, seguido por el nacionalsocialismo; más adelante apareció el populismo y ahora crece el “fachopopulismo” encabezado por Hugo Chávez, que anhelan imitar varias dirigencias continentales. Todas estas formas dicen bendecir al pueblo, pero condenan al hombre. Lo condenan a la esclavitud. Cambian la letra, pero el contenido es idéntico: cancelación de la libertad de opinión, de expresión, de movimiento, de iniciativa, de crítica, de diferencia. La individuación debe perderse en el anonimato de una masa amorfa donde los únicos que “saben” son el líder y su círculo de leales. La masa tiene que obedecer a la luminosa cabeza del que ejerce el mando. Desde arriba se indica qué producir, qué precios establecer, que impuestos pagar, qué aprender, qué difundir. Salirse del libreto es subversivo.
El socialismo que acabo de describir logró hundir bajo su taco impiadoso a casi media humanidad. Pero hay socialismos que no renunciaron a la libertad de origen y se alejaron, y se alejan cada vez más, de las versiones autoritarias. En América latina tenemos los ejemplos de Chile, Brasil y Uruguay. Allí continúa vigente el grito sagrado. No quieren una “liberación” impuesta por el mesiánico libertador que somete a todos los demás.
Los abusos del idioma confunden libertad con dictadura, progreso con reacción, Estado de Derecho con criminalidad, puesta de límites con represión, igualdad ante la ley con ley al servicio del que tiene “la sartén por el mango y el mango también”. Oligarquía con trabajadores rurales.
La idea de los padres fundadores, las que impulsaron nuestra independencia y progreso, las que elevaron la educación a un pináculo ejemplar y mejoraron nuestras instituciones son objeto de críticas por parte de quienes desprecian la libertad. La desprecian aunque digan lo contrario, como hasta hace poco afirmaban a viva voz que despreciaban la democracia porque era formal y burguesa. Quienes no se resignan al fracaso de la ilusión totalitaria y violenta buscan nuevos caminos para conseguir el mismo fin. En lugar de hacer la revolución pretenden ganar elecciones para enseguida modificar las reglas de juego y eternizarse en el poder. Buscan imponer la hegemonía o el partido único, seducen con prebendas al empresariado, hipnotizan a los pobres con subsidios, se apoderan de las riquezas del país mediante fideicomisos o testaferros, dividen la sociedad en buenos y malos para ganar en río revuelto, mantienen intacta la pobreza y la ignorancia, se esmeran en controlar los medios de comunicación, insisten en el pasado para esquivar los desafíos del presente, debilitan el andamiaje institucional, descalifican para ahorrarse refutaciones imposibles: oligarquía, reaccionarios, gusanos, derecha. Los enemigos de la libertad y la justicia son como un virus que se metamorfosea sin pausa.
Algunos países iniciaron la recuperación de los valores de la libertad mediante la acción corajuda de partidos socialistas: España, Portugal, Nueva Zelanda. Mario Vargas Llosa comentó que luego de dar una conferencia en este último país vio largas colas comprando un folletito. Se acercó y quedó perplejo: ¡era el presupuesto anual! Cada ciudadano quería saber qué se haría con su dinero. Y ¡guay de que lo malversaran! En cambio, en los países autoritarios y populistas, lo “normal” es la malversación, la ausencia de controles y el arbitrio absoluto de quienes ejercen el mando. Ojo: las “redistribuciones” suelen dar ganancias al que redistribuye, porque se queda con la parte del león. No le importa la equidad: le importa seguir en el trono. Son redistribuciones inmorales, tendenciosas, interesadas, inequitativas. Y que producen desaliento a la productividad.
No obstante, el grito sagrado de la libertad no puede ser silenciado. Aunque haya unos cuatro o cinco países latinoamericanos bajo la presión del “fachopopulismo”, la mayoría abre los ojos y prefiere la ruta de los países democráticos exitosos, como Irlanda, Estonia, Corea del Sur, Croacia, Eslovenia. Con pluralismo, libertad de expresión, circulación de capitales, crecimiento de la riqueza, excelencia educativa y mayor bienestar general. Es como si allí cantaran esa letra espléndida que aprendimos desde chicos: Oíd, mortales, el grito sagrado... Oíd el ruido de rotas cadenas.
Fuente: La Nación http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=1001045
enero 05, 2008
La neurosis del oficialista
Esa asociación emocional nos deja la falsa sensación de que, cuando alguien ataca el proyecto o escribe contra el hombre que lo encarna, está atacándonos a nosotros. A la defensiva, nos toma el miedo y la indignación, que son dos caras de la misma moneda. Con ambas se construye algo llamado estupidez humana.
Los oficialistas de hoy están para el psicoanálisis. Dirigentes, militantes, intelectuales y hasta periodistas han comprado el exitoso modelo de Néstor Kirchner. El dato parece alentador. En un mundo donde a nadie le importa nada y donde predominan el individualismo y la alergia política, descubrir a un grupo importante de convencidos produce legítima alegría.
Sin embargo, este pelotón viene con algunos problemas de origen. Varios de sus integrantes se bañan en la laguna dorada del kirchnerismo sin una mínima autocrítica. Provienen del setentismo, esa deformación autoritaria según la cual la democracia era un invento “burgués” y las internas sindicales y partidarias podían dirimirse a los tiros. Un grupo generacional que, en nombre de sagrados ideales, cometió todo tipo de tropelías, torpezas e ingenuidades, y que ahora, lejos de llevar todo eso como un lastre, lo lleva como una condecoración.
Vienen a hacer la “revolución inconclusa” y, sin advertir que el país y el mundo han cambiado, reeditan amigos, enemigos y consignas de una época apolillada. Más que progres de la “gloriosa JP”, estos personajes son “regresistas”, regresan todo el tiempo al pasado para ajustar cuentas, crear un relato (como gusta de decir Cristina) y, presuntamente, llevar a cabo en el presente las utopías de ayer.
Tal vez un ochentista como yo no esté capacitado para entender bien, pero da la impresión de que pagar enterita la deuda con el Fondo Monetario Internacional, poner a Daniel Scioli a gobernar la provincia más importante de la Argentina y transar con todos los barones del peronismo y con casi todos los caciques del sindicalismo ortodoxo no luce como si ésta fuera, precisamente, la patria socialista.
Pero claro, será nomás que ha llegado el socialismo del siglo XXI, y que las lecturas de Marx y Mao que uno ha hecho en la juventud ya no sirven para entender la nueva cartografía.
Dicho sea de paso, a muchos de todos estos fervorosos oficialistas el kirchnerismo los cobija con dinero. Les da cargos, programas de televisión y radio, columnas en medios, sillones en ministerios, asesorías, becas, viajes y otras bendiciones del Estado.
Justo en ese punto, ser oficialista deja de ser un mal negocio. Aunque, vaya ironía, el oficialista toma estos subsidios encubiertos como una histórica, aunque tardía, reivindicación de su talento. Fondos frescos de caja generosa que le permite, para decirlo en cristiano, rentar su militancia política, volar alto con las ideas y, de paso parar, la olla.
El Estado de bienestar envuelve al oficialista en un arrullo dulce, y le genera, como contrapartida, el miedo a perder ese cálido asiento. Cuando alguien ataca al Gobierno, el oficialista se siente entonces amenazado en el bolsillo. Piensa que la brisa cambiará de dirección, que perderá lo ganado y caerá en desgracia.
El oficialista suele ser, de ese modo, un atacante más encarnizado que los propios funcionarios políticos que, al fin y al cabo, entienden con mayor sentido deportivo el juego de las críticas y los elogios.
Así como no hay mayor fascista que un burgués asustado, no hay animal más agresivo que un oficialista aterrado. Los funcionarios pueden tener gestos caballerescos con sus críticos y, de hecho, a veces los tienen en privado; pero los oficialistas que viven del erario no están para ese tipo de cortesías. Son más papistas que el Papa.
Si hubiesen descubierto a un extranjero que intentaba meter 800.000 dólares en el país y hubiesen escuchado que era dinero negro para la campaña de Carlos Menem, la mayoría de estos oficialistas hubieran dado por cierta la información sin esperar ningún dictamen.
No sólo eso. Hubieran dicho que era plata del lavado o directamente del narcotráfico, y que el FBI era una oficina insobornable. Los veríamos a todos ellos en Hora Clave, denunciando al poder mafioso argentino y alertando a la población.
Son los mismos que le creyeron al embajador estadounidense cuando dejó emerger el Swiftgate, y los mismos que buscaban el calorcito de las fundaciones norteamericanas de anticorrupción.
Como esta vez el dinero negro viene, supuestamente, a nombre de la campaña del kirchnerismo, se trata de una maniobra del imperialismo norteamericano, el FBI está manejado por Bush y todo esto no es más que una conspiración para condicionar al nuevo-viejo gobierno de los Kirchner.
Si hubieran descubierto una bolsa con plata inexplicable en el baño de una ministra de Economía de Menem, hubiesen vuelto a correr a la teletribuna de Mariano Grondona para explicar que, tal como denunciaron con la maleta de Amira Yoma, ésta era una muestra más de la corrupción generalizada de esta administración: juicio político y castigo a los culpables. Como esto le ocurre al kirchnerismo, los oficialistas llaman a la prudencia, dicen que no hay que juzgar antes que la Justicia y aseguran que Grondona es un conspirador derechista.
Si el caso Skanska hubiese sucedido ante las narices de Alberto Kohan o Emir Yoma, pedirían la renuncia inmediata del ministro, del secretario y de sus principales lugartenientes. Pero como se trata del área de Julio De Vido, mano derecha de Kirchner, el affaire Skanska es una exageración superproducida por los medios hostiles.
Si Menem utilizara el atril para castigar a algún periodista o manejara la publicidad oficial para coaccionar a la prensa, dirían que se vulnera gravemente la libertad de expresión en la Argentina. Si Kirchner lo hace, se trata de poner en su lugar a los medios de comunicación, que tienen intereses siniestros.
Si alguien quisiera señalar algunas buenas medidas del gobierno menemista, sería tachado de menemista irrecuperable y le dirían que eso no es periodismo sino propaganda.
Si el menemismo hubiese manipulado el Consejo de la Magistratura, colocado un hombre del jefe de Gabinete en la Sigen que debe vigilarlo y manejado a su antojo el Indec, los oficialistas de hoy llamarían a una rebelión popular contra el “autoritarismo del menemato”. Como todas esas medidas las ejecuta el “gobierno popular”, se trata de acciones necesarias para “profundizar el cambio”.
Los otros días escuché decir a un importante pensador argentino, simpatizante de Kirchner, que no debíamos ensalzar demasiado La vida de los otros, esa magnífica película alemana que denuncia las aberraciones del régimen comunista. “Tendrían que haber utilizado el mismo argumento, pero en la Alemania nazi –decía el ilustre oficialista–. Ahí hubiera sido una obra maestra. Pero así, es simplemente una obra reaccionaria”.
Si Cromagnon le hubiera ocurrido a Mauricio Macri, éste hubiera tenido que renunciar de inmediato. Como le ocurrió a un “oficialista”, se lo defendió a capa y espada según la orden de “no hacerle el juego a la derecha”.
Pero hablando de la derecha, así como existe una neurosis del oficialista, también existe una neurosis del opositor.
Los opositores de hoy, salvando algunas excepciones, son aquellos viejos oficialistas para los cuales no se debía criticar a Menem porque venía a hacer la revolución liberal.
¿Los recuerda? Muchos de los grandes habladores de hoy, que no le dejan pasar un solo desliz al Gobierno y que se envuelven en la histeria del republicanismo, callaron los grandes casos de la corrupción menemista, los inadmisibles tejemanejes del poder, las privatizaciones hechas para generar monopolios, el hiperendeudamiento del país, la persecución judicial a la prensa y otras aberraciones de la década del 90. “No hay que hacerles el juego a los zurdos”, decían, y miraban para otro lado.
¿No es posible cierta ecuanimidad? ¿Al enemigo ni justicia? ¿El fin justifica los medios? ¿No es posible reconocer lo bueno y denunciar lo malo? ¿Es imposible defender una política sin tener que defender a un ministro impresentable? ¿Es una locura votar a un presidente y caerle a la vez con dureza para que pague sus errores y expulse a sus funcionarios venales? ¿Es ingenuo castigar el clientelismo y a la vez rescatar la economía? ¿Es incoherente pretender que el Frente para la Victoria gane y a la vez que la oposición se fortalezca? ¿Todo tiene que ser blanco y negro? ¿Las cosas están necesariamente bien cuando las hacen nuestros líderes e inevitablemente mal cuando las realizan sus antagonistas?
La deshonestidad intelectual no es de derecha ni de izquierda.
La deshonestidad intelectual es argentina.
Bien argentina.
Fuente: La Nación
enero 03, 2008
Elegir al nuevo emperador

El imperio supone una suma de muchas victorias, de muchos éxitos. La cuestión es simple, las victorias construyen imperios, los fracasos no.
Mañana comienza el proceso de elección de un nuevo presidente en los Estados Unidos. Ese gran imperio. Un proceso que se prolongará hasta el 3 de enero del 2009 cuando el Congreso de los Estados Unidos apruebe el escrutinio de los grandes electores. El proceso electoral comienza con la elección de delegados a las respectivas convenciones partidarias. Todos los delegados a estas convenciones serán electos antes de julio próximo, y en el mes de agosto se celebrarán las convenciones que nominarán candidatos a presidente y vicepresidente de los Estados Unidos. El proceso sigue luego, cuando el primer martes después del primer lunes de noviembre, todo los ciudadanos eligen los grandes electores o compromisarios que designarán al nuevo presidente y vicepresidente. Estos grandes electores se reúnen el primer lunes después del segundo miércoles de diciembre, en las capitales de sus respectivos estados, y proceden a votar por dos personas para presidente y vicepresidente. El total de grandes electores es de 538, y son necesarios al menos 270 votos para que una persona sea elegida. Si no hubiese esa mayoría decide el Congreso en la primera sesión que realice. La Cámara de Representantes votando por estados, y contando sólo un voto por estado, cualquiera sea el número de representantes, vota por el presidente de Estados Unidos entre los tres candidatos más votados por los grandes electores. Son necesarios 26 votos de estados para ser elegido. Por otro lado, el Senado elige al vicepresidente entre los dos candidatos más votados por los grandes electores, por mayoría absoluta del total de miembros del Senado, que en este caso son 51. Esta última instancia sólo se realiza cuando el los candidatos a vicepresidentes no han alcanzado el mínimo de votos de los grandes electores que son 270.
El proceso político de los Estados Unidos se ha mantenido fuerte y sólido. Ninguna crisis, o guerra ha alterado el funcionamiento de la constitución de 1787, ni ha impedido o postergado la realización de una elección. Ni la guerra de secesión pudo impedir la realización de elecciones. En efecto las 27 enmiendas que se le han añadido al texto original de la constitución de 1787, no han reformado la constitución original, sino que la han desarrollado.
Como describen Guy Sorman en un artículo publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, y reproducido más abajo, las diferencias que puedan existir entre los diferentes candidatos son menos que más. Prevalece, perdura en los Estados Unidos un conservadorismo en cuestiones cívicas. Los candidatos pueden disentir entre sí sobre diferentes temas, pero en lo único en que todos son idénticos, es que deben ser practicantes de una religión. Los ateos están muy lejos de ser los preferidos del pueblo de los Estados Unidos.
El dólar, Irak, la seguridad social, el colapso del crédito inmobiliario, el cambio climático, Irán... Nada de esto –que, visto desde afuera, parece constituir una especie de crisis norteamericana– decidirá las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Tanto en las primarias como en las generales, el resultado dependerá, ante todo, de la moral, de la religión y de la psicología de los candidatos. Todos practican una religión o lo simulan. En los demócratas, la devoción es más íntima; en los republicanos, ostentosa. Mitt Romney es mormón, ¿será suficientemente cristiano? Huckabee es pastor bautista y, por ende, un candidato creíble. Pero se sospecha que, tanto él como Hillary Clinton, han aceptado regalos: ¿es moralmente correcto? Barak Obama, con semejante nombre, ¿no será un poquito musulmán? Por suerte, un pastor garantiza su fe cristiana. Rudolf Giuliani se casó tres veces, pero jura ser un marido fiel de aquí en más. El presidente de los Estados Unidos podrá ser de raza negra o sexo femenino, pero ¡jamás ateo! Otro detalle importante: no debe ser de izquierda. Si bien no existe un Partido Socialista, todos los demócratas tienen que defenderse del mote de “liberales”. En Estados Unidos significa lo contrario que en Francia y es tan ofensivo que se menciona tan sólo por su inicial. “Ser L” implica pensar que el Estado resolvería los problemas socioeconómicos mejor que la economía de mercado y la responsabilidad individual, cuando el verdadero problema (Reagan dixit) es el Estado, es Washington. Quien pretenda acceder a Washington debe oponerse a Washington. El pacifista es tan suicida como el L. Por tanto, el candidato será un adalid creíble que inspire confianza en las tropas. El único pacifista declarado, Ron Paul, pasa por extravagante, desviación que compensa con una pasión desmedida por el capitalismo. Del lado republicano, el aire marcial sienta bien a John McCain, héroe de Vietnam, y Giuliani es el héroe del 11 de Septiembre. Entre los demócratas, Hillary Clinton lo cultiva borrando su femineidad y recorriendo el frente. El observador europeo que busque una izquierda norteamericana sólo encontrará un puñado de antiimperialistas en Nueva York (en el Upper West Side de Manhattan) o en algunos campus. Por eso, desde afuera, las semejanzas entre los candidatos resultan más obvias que sus diferencias. Para todos ellos, Estados Unidos tiene un destino manifiesto cuasi místico. Todos dialogan con Cristo. Todos consideran que el capitalismo norteamericano es insuperable. Ninguno contempla un retiro del mundo económico o militar. Sobre esto no cabe duda alguna: el corazón de los Estados Unidos sigue siendo conservador al estilo Reagan. Un presidente demócrata será menos conservador que uno republicano, pero se mantendrá dentro del cuadrado mágico trazado por Reagan en 1980: moral, mercado, activismo militar y un Estado pequeño. En cuanto a Irak, sólo Obama lamenta el envío de tropas y desea su pronto retiro, eso sí, para reforzar la posición en Afganistán. Ningún otro candidato serio imagina una partida de Medio Oriente, menos aun cuando, en Bagdad, la suerte parece inclinarse en favor de Estados Unidos. Además, a ojos del telespectador norteamericano, Irak está bastante lejos y es un asunto para profesionales. El seguro de salud es una cuestión más inmediata, aunque no por ello central. Decenas de millones de norteamericanos carecen de él (se atienden en los hospitales). Los dos partidos proponen una mejor cobertura, siempre y cuando no sea centralizada ni estatal. Nadie querría un monopolio público. La libre elección y la privatización persisten como normas insoslayables. La misma prudencia se aplica al crédito inmobiliario. Unos pocos millones de familias demasiado endeudadas habrán perdido su hogar, pero importa más mantener el acceso a la propiedad para la mayoría. Ningún candidato atacaría ese sueño. Pasemos a los temas que verdaderamente irritan y enfrentan a algunos norteamericanos: el aborto, el derecho a portar armas, la pena de muerte, la inmigración. Es un ejercicio de equilibrismo para todos los candidatos. Los demócratas se inclinan por la libre elección para la mujer, el control de las armas personales y la abolición de la pena capital, aunque en forma moderada: se remiten de buena gana a la sabiduría de la Suprema Corte y la responsabilidad local de los estados. Los republicanos pujan por ver quién condena más el aborto en las primarias. Frente al electorado nacional, caminan sobre la misma cuerda floja que sus adversarios, confían en los jueces y estados, y esperan que se inclinen hacia la derecha. En materia de inmigración, entra a tallar la aritmética electoral. Desde Reagan en adelante, los republicanos han sido más acogedores que los demócratas, porque son más individualistas, o bien, porque están más atentos a la necesidad de mano de obra. Los demócratas, más cercanos a los sindicatos, son prudentemente restrictivos. En las urnas, los latinos pesan más que los xenófobos y los electorados fronterizos hostiles a la inmigración clandestina desde México. La misma aritmética acerca a los candidatos frente a la globalización y los productos chinos: los empleos perdidos cuestan votos, pero los consumidores de los supermercados aportan más. ¿Y el cambio climático? La mayoría del pueblo no cree en él, salvo los californianos, siempre en la vanguardia o siguiendo la moda. Quienes le temen son menos que quienes rechazan un impuesto a la energía, aunque sea para salvar el planeta. Ni Clinton ni Bush hicieron ratificar el Protocolo de Kyoto por el Senado; lo sabían unánimemente hostil. Apuesto a que el próximo presidente confiará en el avance técnico –el credo norteamericano– antes que aceptar la coacción internacional. No me he referido a la economía porque, en los Estados Unidos, no es un tema político. No existe un Ministerio de Economía. La nación se encomienda al mercado y sus instituciones. Las controversias se limitan a la redistribución del crecimiento. Los demócratas están dispuestos a gravar a los multimillonarios, sin caer en excesos. Saben que los capitales y los presidentes de empresas son volátiles. Resulta inconcebible que los votantes deban arbitrar entre programas tan matizados. La personalidad de los candidatos será decisiva. El carácter y la psicología importarán más que la economía o la guerra, como en un reality show en escaLA NACIONal. ¿El mundo debería inquietarse por esto? En cierto modo, el presidente de los Estados Unidos también preside a otros pueblos. La prosperidad, la paz y la libre circulación dependen del curso del dólar, del mercado norteamericano, de la presencia militar norteamericana, ese gendarme planetario. Pero el resultado de las elecciones ¿será decisivo? La Casa Blanca es básicamente un sistema autogerenciado. Las instituciones norteamericanas son más duraderas que el piloto. Las elecciones de 2008 no prefiguran una mutación comparable a las de 1932, con el New Deal, o la de 1964, con la Gran Sociedad de Johnson, ni a la Realpolitik de Nixon en 1968. La revolución conservadora de los ochenta todavía no ha perdido impulso. Y todavía no tiene alternativas.
noviembre 19, 2007
Confederación Venezolano-Cubana
octubre 21, 2007
Se vienen tiempos díficiles
Leía en el diario La Nación un artículo de Roberto Cachanosky que habla de las distorsiones de precios relativos, de los subsidios otorgados a los servicios públicos para sostener los precios artificialmente bajos y también de las manipulaciones a los indices del Indec, y las consecuencias que esto acarrea para el futuro. Algún kirchnerista o un progre se sintió tocado, porque las reacciones histéricas no tardaron en aparecer en los comentarios.
Estoy convencido que a la gran mayoría de la gente no le gusta escuchar la verdad. Es posible que Roberto Cachanosky esté equivocado, pero también es cierto que tiene más autoridad en la materia que un simple comentarista del diario para criticarlo. A la izquierda cuando una declaración no le gusta o no está a tono con sus premisas es fascista, hipócrita, genocida, oligarca, etc, etc,....
Haciendo click aquí, podrán ver el artículo. Mi Nick en ese diario es el mismo que uso aquí Roark65
Pero siguiendo con el tema de la distorsión de precios relativos vean en este vídeo, porqué la tasa de interés se eleva y cómo puede el gobierno influir en una baja de los tipos de interés que no sea la intimidación a los banqueros.
Via libre para cualquier cosa para Hugo Chávez
La república de Venezuela o lo queda de ella se ha convertido en una perfecta republiqueta bananera. El tirano Hugo Chávez acomoda la constitución del país a su gusto y necesidad. La Asamblea Nacional de Venezuela, los nuevos chicos cantores de la nación, han comenzado a aprobar las reformas constitucionales solicitadas por Chávez, que inicialmente eran 33 artículos y luego se amplió a 58. Entre las más destacadas se indica: extender el periodo presidencial a siete años en lugar de seis; reelección ilimitada; facultar al presidente para nombrar vicepresidentes por decreto, sin limitación alguna y en las cantidades que desee; facultar al presidente para modificar los limites estaduales, crear nuevas provincias estados o unir varios en uno; facultades para deponer gobernadores por decreto, dirigir directamente el banco central, sin limitación alguna, y disolver las asambleas parlamentarias.
La reforma constitucional incluye además quitarle la patria potestad de los padres respecto a sus hijos y por la cual ahora pasa a ser del estado a partir de los tres años de edad. Los niños serán educados en establecimientos, bajo los preceptos del socialismo del siglo XXI, y el sistema educativo no estará basado en el conocimiento, ni habrá calificaciones. Para que los niños no pierdan los vínculos con sus padres, estarán con ellos sólo los fines de semana.
Pero la miseria avanza en Venezuela, y pese al avance de ella también crece la popularidad de Chávez. Es un círculo vicioso en donde el poder del gobernante se basa en el sometimiento de la población mediante dádivas y regalos desde el poder con los ingresos crecientes provenientes del negocio del petróleo. La delincuencia reina por doquier en Venezuela, no obstante el gobierno gasta partidas gigantescas en armamento para las fuerzas armadas, con el fin de exportar la revolución fuera de Venezuela y hostilizar a otras naciones.
Tampoco el panorama es halagüeño en otras áreas como la salud o la libertad de expresión tal como muestran los videos en este post.
Fuente: http://www.youtube.com/user/mangelorta
Fuente: www.youtube.com/user/Drodve
Este es un artículo publicado por el diario La Nación de Buenos Aires, el 21.10.2007


