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mayo 24, 2010

La Enfermedad del Siglo XXI: La Corrección Política.


Barack Obama llegó a la presidencia de los Estados Unidos de América con un compromiso contraído con el mundo de sacar a los Estados Unidos de su política de decisión unilateral en problemas que afligen a toda la humanidad como el terrorismo. Bush se había apartado parcialmente de las reglas del debido proceso en materia judicial, creando cárceles fuera del alcance de los jueces y llenadas con presos arrestados con procedimientos discutibles si encuadran con la justicia militar o la civil. Obama, ahora desde el poder vacila en abolir las políticas aplicadas por su antecesor Bush, esperadas por la comunidad internacional o en poner en peligro la seguridad interna de la población estadounidense, pues ambas cosas no parecen ser compatibles.


Julián Schvindlerman, analiza la situación actual del problema que afronta los Estados Unidos actualmente con lo que hasta hoy la comunidad internacional conoce como lo "Políticamente Correcto".

http://www.julianschvindlerman.com.ar/articulos%20otros%20medios/Guysen%20Int/articulo08.html

enero 25, 2010

Obama Care, el despilfarro estatal desenfrenado.



Bonita canción de Ray Stevens.La canción es una parodia del Plan de Salud de Obama, que parece encantador pero costará a los contribuyentes 36 trillones de dólares (36 billones para nosotros) en los próximos diez años. Muchos estadounidenses no se han dado cuenta de este costo, pero lo harán cuando tengan que llenar la declaración jurada del IRS (equivalente a Afip). Algunos estadounidenses soñadores se están despertando y viendo la cruda realidad, el plan es insostenible por su elevado costo; tendrían que elevarse los impuestos tanto que la economía de la nación no podría exportar su producción.

Aquí, pongo otro video de Ray Stevens acerca de los Taxes (impuestos)

agosto 02, 2009

América, de la Libertad al Fascismo



Según el presente video, la Enmienda XVI a la Constitución de los Estados Unidos, por el cual, el Congreso queda facultado para establecer impuestos a los ingresos nunca fue ratificada, por lo tanto todas las actuaciones de ese organismo en esa materia serían nulas.

Se argumenta que la votación de la Enmienda fue fraudulenta, no observando las reglas como el quórum y las mayorías necesarias.

La Constitución de los Estados Unidos establece que las enmiendas a la Constitución serán adoptadas con los votos de las dos terceras partes de los miembros presentes en cada una de las cámaras y no entrarán en vigor si no son ratificadas al menos por las tres cuartas partes de las legislaturas de los diversos Estados.

La Enmienda XVI dice textualmente: "El Congreso tendrá facultades par establecer y recaudar impuestos sobre los ingresos, sea cual fuere la fuente de que provengan, sin prorratearlos entre los diferentes Estados y sin atender a ningún censo o recuento" , modifica radicalmente el texto original del artículo I que dice en su clausula tercera: "Los representantes (diputados) y los impuestos directos se prorratearán entre los distintos Estados que formen parte de esta Unión, de acuerdo con su población respectiva..."

Por las disposiciones del artículo I, Sección 8.5, el Congreso está facultado para acuñar monedas y determinar su valor, pero en ningún caso la Constitución dice que está facultado para crear un banco bajo la jurisdicción del gobierno federal ni establecer el curso forzoso de la moneda.

Agradecimiento a Manuel Guisone por enviar el video visto en este post.

junio 27, 2009

La anécdota de David Crockett


Ante la cercanía de elecciones legislativas en Argentina para el Congreso Nacional, como los cuerpos legislativos provinciales y locales, abundan los argumentos moralistas y altruistas de los candidatos. Todos ellos están cargados de buenas intensiones, de ayudar a los pobres, y de hacer un sin número de actos de beneficencia con los fondos públicos e intentando convencer al electorado de la honestidad de sus personas y de la justicia de sus actos.

Pero veamos la historia de un congresista de los Estados Unidos, David Crockett, militar con el grado de Coronel, y héroe de la Batalla del Álamo.



Un argumento decisivo
Por Edward S. Ellis

(Periódicamente, el Congreso norteamericano ha destinado dinero a causas denominadas caritativas. Un testigo presencial cuenta la experiencia de David Crockett frente a este asunto cuando él era miembro del Congreso. Lo que sigue es un estracto de “The Life of Colonel David Crockett”, compilada por Edward S. Ellis, Filadelfia, Porter & Coates, 1884.

David Crockett (1786-1836) fue soldado y político norteamericano, nacido en el estado de Tennessee. A las órdenes de Andrew Jackson luchó en la guerra de los cries (1813-1814) y fue dos veces diputado del estado y otras tantas miembro del Congreso (1827-1831, 1833-1835). Héroe legendario de la epopeya norteamericana, la fabulosa popularidad de que un día gozara se vio acrecentada con su romántica muerte en la batalla del Alamo (6 de marzo de 1836). Ha servido de protagonista a innumerables libros y no pocas películas de cine. En su autobiografía: “A narrative of the David Crockett”, pequeña obra clásica de la literatura norteamericana, describe con estilo llano y ameno su azarosa vida).



CROCKETT era, entonces, el león de Washington. Yo era un gran admirador de su carácter y, como tenía varios amigos que cultivaban con él una relación más estrecha, no tuve dificultad alguna para conocerlo. Me fascinó su personalidad y yo parecí caerle simpático.

Me encontraba en una oportunidad en el vestíbulo de la Sala de Representantes en el momento en que se presentaba un proyecto de ley destinado a asignar una suma de dinero que beneficiaba a la viuda de un distinguido oficial naval. Se habían pronunciado varios hermosos discursos de apoyo; más, pensaba yo, porque ello permitía lucirse a quienes hablaban, que por ser necesario convencer a nadie, ya que, según me parecía, todo el mundo estaba de acuerdo con el proyecto. El presidente de la Sala estaba a punto de someter la cuestión a votación, cuando CROCKETT se puso de pie. Todos esperaban que pronunciara uno de sus discursos característicos a favor del subsidio proyectado. CROCKETT comenzó de esta manera su intervención:

“Señor Presidente: Tengo tanto respeto por la memoria del desaparecido marino y siento tanta simpatía por los sufrimientos de sus familiares, si es que sufren, como cualquiera otro integrante de esta Sala. Pero no podemos permitir que nuestro respeto por los muertos o nuestra simpatía por una parte de los vivos, nos lleven a un acto de injusticia para con el resto de los demás seres vivientes. No discutiré el hecho de que el Congreso puede carecer de facultades para destinar este dinero a un acto de caridad. Todos sus integrantes saben que es así. Como personas individuales, tenemos derecho a dar para obras de caridad todo lo que deseamos, de nuestro propio dinero; pero como miembros del Congreso, no tenemos derecho a destinar de este modo ni un solo dólar de los dineros públicos.

“Se ha dicho con gran elocuencia que se trata de una deuda que tenemos para con el oficial desaparecido. Señor Presidente: el oficial desaparecido vivió muchos años después de finalizada la guerra; estuvo en actividad hasta el día de su muerte y jamás oí decir que el gobierno le adeudara sueldos atrasados. Este gobierno no puede tener otras deudas que no sean por servicios prestados y según un precio estipulado. Si se trata de una deuda, ¿a cuánto asciende? ¿Se ha determinado fehacientemente su monto? Si se trata de una deuda, éste no es el lugar donde deba reclamarse su pago o examinarse si corresponde abonarla. Si se trata de una deuda, debemos más de lo que jamás podríamos pagar, ya que deberíamos una suma igual a las viudas de cada uno de los soldados que combatieron en la Guerra de 1812.

“Una vecina mía es viuda de alguien tan valiente como el que más de entre todos los que jamás llevaron un mosquete a sus espaldas. Murió combatiendo. Su viuda es tan buena, en todo sentido, como esta señora y tan pobre como ella. Se gana su pan diario con su trabajo pero, si yo presentara un proyecto de ley proponiendo beneficiarla con cinco o diez mil dólares, se reirían de mí y mi proyecto no reuniría ni cinco votos dentro de esta Sala. Existen miles de viudas en este país como la que acabo de mencionar, pero jamás oímos hablar de que se tenga una deuda para con ellas.

“Señor, aquí no existe ninguna deuda. El gobierno no le debía nada al oficial fallecido cuando estaba vivo; es imposible que haya contraído esa deuda después de su muerte. No deseo ser grosero, pero debo ser claro. Todos los miembros de esta Sala saben que no se trata de una deuda. A menos que estemos dispuestos a cometer la más burda corrupción, no podemos votar la asignación de este dinero en concepto de pago de una deuda. Y no tenemos la menor autoridad para asignarla como acto de caridad.

“Señor Presidente: he afirmado que en ese sentido, tenemos derecho a dar tanto de nuestro dinero como deseemos. Yo soy el miembro más pobre de esta Sala. No puedo votar a favor de esta ley pero estoy dispuesto a destinar al fin propuesto, una semana de mi sueldo, y si todos los integrantes de la Sala aceptan hacer lo mismo, reuniremos una suma mayor que la propuesta en el proyecto de ley”.



CROCKETT se sentó. Nadie respondió una palabra. El proyecto se sometió a votación y, en lugar de ser aprobado por unanimidad, como seguramente hubiera ocurrido de no mediar sus palabras, recibió unos pocos votos y, naturalmente, la ley no fue sancionada.

Lo mismo que muchos otros jóvenes –y viejos también- que no habían pensado en el asunto, yo deseaba que la ley se aprobara; me sentí afrentado por el resultado de la votación y tomé la determinación de persuadir a mi amigo CROCKETT para que, al día siguiente, pidiera una reconsideración del proyecto.

Compromisos anteriores me impidieron verlo esa noche. A la mañana temprano, me dirigí a su oficina y lo encontré dedicado a la tarea de poner direcciones y franqueo a sus cartas, de las cuales había una gran pila sobre el escritorio. Me dirigí a él de manera casi brusca preguntándole por qué demonios había pronunciado ese discurso causante del fracaso del proyecto. Sin volver la cabeza ni dejar de hacer su trabajo, replicó:

“Como usted ve, estoy muy ocupado ahora; siéntese y cálmese. En pocos minutos habré terminado y entonces le daré todas las explicaciones”.

Continuó en su tarea durante unos diez minutos, y cuando acabó se volvió a mí y me dijo:

“Muy bien, mi amigo; ahora contestaré a su pregunta. Pero ello implica un cuento bastante largo y va a tener que escucharlo”. Escuché lo que me dijo y éste es el cuento:

“Hace varios años me encontraba una tarde parado en los escalones del Capitolio con otros miembros del Congreso y, en ese momento, una enorme luz en Georgetown atrajo nuestra atención. Se trataba de un gran incendio. Saltamos a un carruaje y nos dirigimos al lugar con la mayor velocidad posible. Cuando llegamos, empecé a trabajar y jamás trabajé tan fuerte en mi vida como durante esas horas. Pero, a pesar de todo lo que pudimos hacer, muchas casas se quemaron y muchas familias quedaron sin hogar; sin contar que muchos de ellos perdieron todo excepto la ropa que llevaban puesta. Hacía mucho frío y cuando vi el sufrimiento de tantas mujeres y niños, pensé que algo debía hacerse en su favor, sentimiento que todos los demás parecieron compartir.

“A la mañana siguiente se presentó un proyecto de ley destinando veinte mil dólares a ayudarlos. Postergamos todos los demás asuntos y nos ocupamos de éste con toda la velocidad posible. Dije que todo el mundo pensaba como yo. Pero no era realmente así ya que, si bien todos lamentaban tanto como yo lo que les ocurría a los damnificados, algunos de los miembros del Congreso opinaban que no teníamos derecho a que nuestros sentimientos de simpatía y de caridad debieran ser traducidos en medidas que pagaran otros que no fuéramos nosotros mismos. Se opusieron al proyecto y, cuando fue aprobado, solicitaron que el voto se individualizara. No apareció el número suficiente de legisladores que ratificara su voto, pero muchos de nosotros quisimos que nuestros nombres figuraran a favor de una medida que considerábamos digna de elogio y votamos con ellos por la aprobación de la ley. Individualizados los votos a favor y en contra, mi nombre apareció en los diarios como a favor del proyecto.

“Al iniciarse el verano siguiente fue tiempo de comenzar a pensar en las elecciones, siendo oportuno consultar la opinión de mis amigos del distrito. No tenía oposición allí; pero, como faltaba un tiempo para el acto eleccionario, no sabía qué podría ocurrir y pensé que convenía que mis amigos supieran que no los había olvidado y que el hecho de estar en el Congreso no se me había subido a la cabeza.

“Metí un par de camisas y algo de tabaco en mis alforjas e inicié mi viaje. Después de casi una semana de estar afuera y de encontrar que todo andaba bien, un día, mientras recorría a caballo una parte de mi distrito en la que se me conocía menos que en las demás, vi a un hombre que estaba arando la tierra y se acercaba al camino. Acomodé mi paso de modo que ambos llegáramos al alambrado juntos. Le hablé entonces y me respondió con cortesía pero, según me pareció, con bastante frialdad; y cuando ya se volvía a su tarea, lo detuve con estas palabras:

-“No tenga tanta prisa, mi amigo; me gustaría conversar un rato con usted y que nos conociéramos mejor.

-“Estoy muy ocupado y no tengo mucho tiempo para hablar pero, si es breve, puedo escuchar lo que tenga que decirme – Me contestó.

-“Pues, mi amigo, soy uno de esos seres desgraciados llamados candidatos y ...

-“Sí, ya sé quién es usted: usted es el coronel CROCKETT. Lo he visto antes una vez y voté por usted cuando lo eligieron. Supongo que ahora está haciendo su campaña, pero es mejor que no pierda su tiempo conmigo. No volveré a votar por usted.

“Esta era una afirmación terminante, y le rogué que me dijera lo que pasaba.

-“Pues, coronel, no vale la pena perder el tiempo o las palabras en esto. No creo que pueda tener arreglo, pero usted emitió un voto el invierno pasado que demuestra que carece de capacidad para entender la Constitución o que le falta honestidad y firmeza que guíen sus decisiones. Sea cual fuere el caso, no quiero que usted me represente. No tengo la intención de hacer uso del privilegio que todo votante tiene de hablar con claridad a un candidato, para insultarlo o herirlo. Sólo me propongo expresar que usted entiende la Constitución de modo diferente a como la entiendo yo; y quiero decirle que, a pesar de mi tosquedad, lo creo honesto... Pero no puedo pasar por alto una interpretación constitucional diferente de la mía porque, para que valga algo, la Constitución debe ser sagrada y observada estrictamente en todas sus disposiciones. El hombre que tiene poder y la interpreta mal es más peligroso cuanto más honesto es.

-“Debe haber algún error en lo que usted dice, pues no recuerdo haber votado sobre ninguna cuestión constitucional el invierno pasado.

-“No, coronel, no hay ningún error. Si bien vivo aquí en el bosque y raras veces voy a la ciudad, recibo los diarios de Washington y leo muy atentamente todo lo que ocurre en el Congreso. Mis diarios dicen que, el invierno pasado, usted votó a favor de un proyecto de ley destinando veinte mil dólares a los damnificados de un incendio en Georgetown. ¿Acaso esto no es verdad?

-“Ya lo creo que sí, pero pensaba que ese sería un voto que nadie en el mundo criticaría.

-“Muy bien, coronel: ¿adonde encuentra usted, dentro de la Constitución, la facultad para hacer caridad con los fondos públicos?

“Esto también era terminante, ya que, cuando me puse a pensar en el asunto, me fue imposible recordar nada en la Constitución que lo autorizara. Pensé que me convenía tomar por otro lado y dije:

-“Bueno, mi amigo, debo admitirlo. Tiene razón. Pero seguramente nadie puede quejarse de que un país grande y rico como el nuestro entregue la insignificante suma de veinte mil dólares para aliviar el sufrimiento de mujeres y niños, especialmente si nuestro Tesoro está rebosante. Estoy seguro de que si usted hubiera estado allí habría hecho lo mismo.

-“No me quejo por la cantidad, coronel; lo que me interesa es el principio en juego. En primer lugar, el Tesoro no debería contar más que con lo indispensable para cumplir con sus fines legítimos. Pero eso no tiene nada que ver con el asunto. La facultad para percibir y desembolsar dinero a discreción, es una de la más peligrosas que se le puede confiar a un hombre, especialmente bajo nuestro sistema impositivo que alcanza a todas las personas del país, por pobres que sean (y, cuanto más pobres son, más es lo que pagan en relación con sus medios). Lo que es peor; soportan cargas cuyo monto ignoran, ya que no hay un hombre en los Estados Unidos que pueda adivinar jamás cuánto entrega al gobierno. Así que ya ve, mientras usted contribuye a ayudar a uno, le está sacando algo a miles que están peor que él. Si usted tuviera el derecho de dar algo, la cantidad dependería de su discreción y tendría tanto derecho a dar veinte millones como a dar veinte mil. Si usted tiene derecho a dar a uno, también tiene derecho a dar a todos y, como la Constitución no define la caridad ni estipula sumas, usted es libre de ejercer lo que usted cree y dice creer que es caridad con quien quiera, y dándole la cantidad que le parezca apropiada. Se dará usted cuenta enseguida de que esto puede abrir una enorme puerta para el fraude, la corrupción y el favoritismo, por un lado, y para robar al pueblo, por el otro. No, coronel, el Congreso no tiene derecho a hacer caridad. Sus integrantes individuales pueden dar todo lo que quieran de su propio dinero, pero carecen del derecho para tocar un solo dólar del tesoro público con ese fin. Si en nuestro distrito se hubiera quemado el doble de casas que en Georgetown, ni usted ni ningún otro congresal hubiera pensado en destinar un dólar para ayudarnos. El Congreso tiene alrededor de doscientos cuarenta miembros. Si hubieran demostrado su solidaridad donando una semana de sus sueldos, se hubiera reunido más de 13.000 dólares. En Washington y sus alrededores hay muchos hombres ricos que hubieran podido contribuir 20.000 dólares sin privarse de un solo lujo. Los congresales prefirieron conservar su dinero que, si lo que se dice es verdad, algunos no gastan de manera muy loable; y no hay duda de que los vecinos de Washington los aplaudieron, por haberlos salvado de la necesidad de dar lo suyo, dando, en cambio, lo que no era suyo y no podían dar. El pueblo ha delegado en el Congreso, por medio de la Constitución, facultades para hacer ciertas cosas. Para hacerlas, está autorizado a recaudar dinero y efectuar pagos; pero sólo para hacer esas cosas. Todo lo que vaya más allá, es usurpación y una violación de la Constitución.



“Lo que le he ofrecido –continuó CROCKETT- no es sino un relato imperfecto de lo que el hombre me dijo. Mucho antes de que terminara de hablar, yo estaba convencido de haber procedido mal. Antes de terminar, el campesino me dijo:

-“Así que, coronel, usted violó la Constitución en un punto que considero vital. Se trata de un precedente lleno de peligros para el país, porque, una vez que el Congreso comienza a ampliar sus facultades más allá de los límites constitucionales, ya no hay límite para seguir haciéndolo y el pueblo no se siente seguro. No pongo en duda que usted procedió con honestidad, pero eso no mejora las cosas, excepto en lo que a usted personalmente concierne y, como ve, no puedo votar por usted.

“Me sentí muy mal. Me di cuenta de que, de tener oposición, si este hombre resolvía hablar, otros harían lo mismo y se acababan mis posibilidades en ese distrito. No tenía respuesta para él y, a decir verdad, estaba tan convencido de que tenía razón, que no deseaba responderle. Pero debía darle alguna satisfacción y le dije:

-“Bueno, amigo mío, dio usted en el clavo cuando dijo que no tuve el buen sentido de entender la Constitución. Pensé dejarme guiar por ella y creía haberla estudiado muy bien. En el Congreso he escuchado muchos discursos acerca de sus facultades, pero lo que usted acaba de decir junto a su arado, tiene más sentido común que todos esos lindos discursos. Si hubiera visto las cosas como usted, hubiera metido la cabeza en el fuego antes de haber votado como lo hice; y, si usted me perdona y vuelve a votar por mí espero que me peguen un tiro antes de volver a votar a favor de una ley inconstitucional.

“Riendo, él me contestó:

-“Si, coronel, ya una vez juró usted proceder así; pero le voy a tener confianza nuevamente, con una condición. Usted me dice que está convencido de haber votado mal. El hecho de reconocerlo hará un bien mayor que hacerle perder la elección. Si en su recorrida por el distrito, usted le habla a la gente de este voto y de su convencimiento de que era equivocado, no solamente votaré por usted sino que haré todo lo que pueda para que no tenga oposición y es posible que, en ese sentido, pueda ejercer alguna influencia.

-“Que me peguen un tiro si no lo hago –respondí- y para que usted se convenza de mi seriedad, dentro de ocho o diez días volveré por aquí y, si usted reúne un grupo de gente, les pronunciaré un discurso. Haga un asado y yo pagaré los gastos.

-No, coronel, aquí no somos ricos pero tenemos los recursos suficientes como para preparar una comida y hasta para invitar a quienes no los tienen. La cosecha terminará en pocos días y podremos entonces dedicar un día para eso. Hoy es jueves; lo prepararé todo para el sábado de la semana que viene. Venga a mi casa el viernes e iremos juntos; y le prometo que tendrá un grupo respetable dispuesto a oírlo.

-“Aquí estaré. Pero una cosa más antes de despedirme: quiero saber su nombre.

-“Mi nombres es BUNCE.

-“No será HORACE BUNCE ¿verdad?

-“Así es.

-“Pues, señor BUNCE, si bien jamás lo había visto, aunque usted dice que sí me ha visto a mí, sé muy bien quién es usted. Me alegro de haberlo conocido y me siento muy orgulloso de esperar que llegue a ser mi amigo. Debe permitirme estrecharle la mano antes de irme.

“Nos dimos la mano y me fui.



“Conocer a este hombre fue una de las cosas más afortunadas de mi vida. BUNCE tenía pocos contactos con el público pero era ampliamente conocido por su notable inteligencia y por su insobornable honestidad, así como por tener un corazón desbordante de bondad y benevolencia que se evidenciaba, no sólo en palabras, sino también en actos. Era el oráculo de toda la zona y su fama se había extendido mucho más allá del círculo de sus conocidos más inmediatos. Si bien jamás lo había visto antes, había oído mucho sobre él y, de no producirse este encuentro, es muy probable que yo hubiera tenido oposición y me hubieran derrotado en las elecciones. Una cosa es cierta: ningún hombre podría hoy vencer en ese distrito con un voto de esa clase.

“Llegué a su casa en el momento fijado, después de haber contado nuestra conversación a todos los grupos con los cuales me reuní y a todos los hombres en cuya casa pasé la noche, y me di cuenta de que ello hacía que la gente sintiera por mí un interés y una confianza que jamás me manifestaran antes.

“Si bien me encontraba bastante fatigado cuando llegué a su casa y, en circunstancias ordinarias, me hubiera ido temprano a la cama, me quedé conversando con él hasta la medianoche, hablando de los principios y asuntos del gobierno y saqué de allí un conocimiento más real y verdadero del que recibiera durante toda mi vida anterior.

...

“A la mañana siguiente fuimos al asado y, para mi sorpresa, me encontré con que había alrededor de mil personas reunidas. Conocía muchos que jamás había visto antes y ellos y mi amigo me presentaron aquí y allá hasta que, por lo menos, todos supieron quién era yo.

“A su debido tiempo se les comunicó que yo les dirigiría la palabra. Se reunieron alrededor de una plataforma preparada al efecto y comencé con estas palabras:

-“Conciudadanos: hoy me presento ante ustedes sintiéndome un hombre nuevo. Mis ojos se han abierto literalmente a verdades que la ignorancia o el prejuicio, o ambas cosas, me habían impedido ver antes. Siento que hoy puedo ofrecer a ustedes una mayor capacidad que en el pasado para presentarles buenos servicios. Estoy aquí más con el fin de reconocer mi error, que con el de lograr sus votos. El hecho de que lo reconozca se debe tanto a mí como a ustedes. Que ustedes voten o no por mí es un asunto que sólo ustedes deben resolver.

“Continué hablándoles acerca del incendio y de mi voto a favor del subsidio tal como acabo de relatarlo a usted, añadiendo luego las razones por las cuales me daba cuenta de haber estado equivocado. Terminé expresando:

-“Y ahora, conciudadanos, resta sólo que les diga que la mayor parte del discurso que han seguido con tanto interés, no es sino una repetición de los argumentos con los cuales un vecino de ustedes, el señor BUNCE, me convenció de mi error. Es el mejor discurso que he pronunciado en mi vida, pero el mérito le corresponde a él. Espero que esté satisfecho con su converso y que subirá a esta plataforma para decirlo.

“El señor BUNCE subió al estrado y dijo:

-“Conciudadanos: Me da un gran placer cumplir con el pedido del coronel CROCKETT. Siempre lo he considerado un hombre con una honestidad a toda prueba y estoy convencido de que cumplirá fielmente con lo que hoy nos ha prometido.

“Bajó de la plataforma y de esa multitud se elevó una tal aclamación del nombre de DAVY CROCKETT como jamás he oído antes.

“No soy muy propenso a llorar pero me sentí muy tocado y noté que gruesas gotas rodaban por mis mejillas. Y puedo decirle a usted ahora que el recuerdo de esas pocas palabras en boca de un hombre tal y la aclamación sincera y de corazón que ellas provocaron, tienen mayor valor para mí que todos los honores que he recibido y toda la reputación que he logrado o jamás lograré como miembro del Congreso.

“Pues bien –concluyó CROCKETT- ahora está usted enterado de por qué pronuncié ayer ese discurso. He hecho imprimir varios miles de copias de él y, cuando usted llegó, estaba enviándolas a mis electores.

“Hay algo sobre lo que ahora deseo llamar su atención. Recuerde que propuse donar una semana de sueldo. En esa Sala de Representantes hay muchos hombres ricos; hombres que con toda tranquilidad gastan una semana de sueldo, o una docena de semanas, en ofrecer una cena o un vino si piensan que con ello lograrán algo que les interesa. Algunos de estos mismos hombres pronunciaron hermosos discursos acerca de la enorme deuda de gratitud que el país tiene para con el marino desaparecido –una deuda imposible de pagar con dinero- y de la poca importancia y valor del dinero, especialmente referido a una suma tan pequeña como diez mil dólares en comparación con el honor de la nación. Sin embargo ninguno de ellos respondió a mi propuesta. Para ellos el dinero no vale nada siempre que salga del pueblo. Pero es una gran cosa por la que la mayoría de ellos luchan, y muchos sacrifican el honor, la integridad y la justicia con tal de conseguirlo.



Sitios amigos:
http://www.josebenegas.com/
http://dontiburcio.blogspot.com/
http://theplacetoreturn.wordpress.com/

enero 20, 2009

El tiempo deBarak Obama




"I do solemnly swear (or affirm) that I will faithfully execute the Office of President of the United States, and will to the best of my Ability, preserve, protect and defend the Constitution of the United States."

Estas serán las palabras que deberá pronunciar Barak Hussein Obama, hoy cuando sean las 12:00 en punto en el Distrito Federal de Columbia, sede de la Capital de los Estados Unidos de América. Esta breve frase es el requisito obligatorio que la Constitución de esa nación dispone para ser puesto en las funciones ejecutivas que le corresponden como Presidente, y ese juramento debe ser tomado por el Presidente de la Suprema Corte de Justicia ante la presencia de los miembros de ambas cámaras del Congreso.

Toda asunción de un presidente aumenta las expectativas de la gente en cualquier país del mundo, especial cuando la persona elegida para el cargo tiene algún carisma especial que lo hace distinguir de cualquier otra persona. Esa es la característica que tantas expectativas ha producido Barak Obama: provenir de una clase social que hasta no hace muchos años quien pertenecía a ella parecía ser alguien que no tendría ninguna posibilidad de progresar en su vida. Fuera de los Estados Unidos, las expectativas son más grandes y van a desear incluso convertir a los Estados Unidos en una nación tercermundista. Nadie lo dice expresamente, pero se deduce que desean eso. En el fondo de esos deseos, quieren la destrucción de país.

Sin embargo los Estados Unidos de América han sido una sociedad que ha evolucionado constantemente. No han ido de fracaso en fracaso o han vivido décadas o siglos incluso sin progresar un ápice. El mundo debe aprender de ellos. Los Estados Unidos son una celebración de la vida, un ejemplo de la superación personal, y un ejemplo de civilización. Casi todo lo que hoy en día se ha inventado en el mundo, casi todo lo que los individuos usan para mejorar sus vidas, ha sido inventado en los Estados Unidos. La libertad humana es lo que ha permitido ese formidable desarrollo.

Los Estados Unidos comenzaron con los inmigrantes que huían de la miseria, del abuso del poder de los reyes y sobre todo de gente que huía por persecuciones religiosas y del abuso de poder ejercido por los miembros del clero. No obstante que padecieron dichos males después en su mismo territorio, no renunciaron a la búsqueda de libertad que los primeros colonos buscaban ansiosamente desde un principio. Vencieron la inquisición en su propia tierra, y vencieron el poder absoluto de la corona británica. Se organizaron primero como Confederación apenas un año después de conseguir la independencia de Gran Bretaña y doce años más tarde emprendieron esa gran empresa que es hoy en la actualidad Los Estados Unidos de América, cuando el 17 de septiembre de 1787 la Convención Constituyente que por mandato del Segundo Congreso Continental sancionaba un documento que le daba nacimiento a un nuevo estado: “The Constitution of the United States of America”.

Vencieron poco a poco la miseria en que vivía casi toda la población. Extendieron la ley a lo largo de los territorios inhóspitos y crearon todas las condiciones necesarias para que el progreso se instale en esa tierra y produzca un constante mejoramiento de las condiciones de la vida humana.

Los Estados Unidos son una nación exitosa, no hay duda. Han sabido construir un imperio en base al progreso, al avance tecnológico, y a la extensión de la ley y la libertad, en vez de hacerlo como lo hicieron otros imperios antes en la historia: por la dominación y el uso de la fuerza armada.

El mundo ha abierto muchas expectativas respecto de Barak Obama, muchas más incluso que las que tiene dentro de los Estados Unidos. El mundo quiere que los Estados Unidos renuncien a sus valores que lo han hecho grande como Estado y como Nación y adopte cualquier otro que se parezca más a la de cualquier otro lugar. El imperialismo de que se queja la gente de otros países no es, porque ese país sea un estado invasivo o usurpador, sino que el éxito de esa comunidad que es la de los Estados Unidos dejan como evidencia el fracaso de otros modelos de organización de estados.

En una ocasión tuve una conversación con un hombre que no conocía, en un lugar público y se quejaba de que las computadoras, y los autos eran instrumentos de dominación del “imperialismo yanqui”. Le pregunté porque usaba computadoras y se transportaba en autos, si creía que eran instrumentos de dominación y no obtuve una respuesta satisfactoria sino un insulto. Y así es siempre cada vez que alguien acusa a los estadounidenses de imperialistas.

Horas antes de que Obama sea juramentado como presidente, escuché muchas opiniones de personas que no son habitantes de los Estados Unidos, sino de países latinoamericanos, y pude observar que mucha gente desea para ese país un presidente populista, que le guste transgredir las leyes, que sea un hombre marginal para quien la ley no le interesa, que sea como en Argentina se dice: “nacional y popular”, alguien que ve la forma de sobrevivir en la vida arrebatándole a otro sus pertenencias. Veo una fantasía de la gente que desea que Barak Obama sea un marginal como Hugo Chávez o Evo Morales. Pero no creo que eso sea factible, primero porque Obama pese a ser negro (afroamericano como les llaman ahora), no ha sido una persona que ha vivido al margen de la ley durante su vida. Ha sido una persona esmerada, que ha sido educado por una buena familia, que ha tenido educación universitaria y que ha demostrado haber sido una persona exitosa en su vida. No son los méritos que muestran Hugo Chávez ni Evo Morales, que han llegado a presidente por acciones siempre reñidas con la ley, y en otras claramente fuera de la ley.

No son los ciudadanos de los Estados Unidos como los ciudadanos de otros países, especialmente los latinoamericanos, carentes de valores cívicos. Los estadounidenses son expertos en el manejo de los asuntos públicos, han nacido como pueblo de esa forma, han ejercido la democracia y el debate desde que los primeros colonos venían sobre el Mayflower, no han copiado nada, lo han desarrollado todo ellos solos. Han demostrado al mundo más de una vez, que en asuntos públicos no hay ningún país de la tierra que tenga la madurez que ellos tienen.

El populismo no tiene lugar en los Estados Unidos. El populismo es un rasgo de inmadurez cívica que muchas veces se torna en “no civilización”. Esas etapas de inmadurez han quedo atrás, han sido superadas. Y los Estados Unidos pondrán como siempre lo han hecho atención en resolver sus problemas. A ellos nunca les ha interesado mucho el mundo, no hay nada interesante que ver fuera de sus fronteras. Además Estados Unidos ni antes ni ahora han necesitado de la aprobación del mundo para hacer lo que se han propuesto como meta. Lo han hecho solos, por si mismos; no han pedido ayuda, ni aprobación de nadie, porque no la necesitan. Y el cambio de presidente en los Estados Unidos, será un insignificante cambio de nombre en la firma de los documentos públicos. La política no la determina el presidente. En Estados Unidos el presidente no es el mandamás como hay en otros países. El rumbo de la política la determina la misma población de ese país. La constitución y sus instituciones son los medios para determinarlo.
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enero 01, 2009

Las Leyes Contra las Drogas son Inmorales

En Argentina se está discutiendo en la actualidad acerca de la conveniencia de la legalización de las drogas. Jurídicamente correspondería decir despenalizar la tenencia de drogas, puesto que el principio constitucional establece que todas las acciones humanas son lícitas, excepto las prohibidas por ley del Congreso.

El debate se centra en la cuestión moral. Mucha gente piensa que el consumo de drogas está reñido con la moral y que las leyes deben prohibir. La tentación demagógica de los políticos a legislar es grande. Muchos de ellos se ven tentados también a legislar para dar la imágen al público de que se preocupan por los problemas públicos. Sin embargo la experiencia histórica ha demostrado que las leyes prohibicionistas no dan resultado, y que es aún peor, producen resultados opuestos a los deseados. El más famosos y triste de todos los casos fue la Enmiendo XVIII a la Constitución de los Estados Unidos que prohibió producción, consumo, y transportación de bebidas espirituosas. Los efectos producidos por dicha enmienda, fueron que el negocio pasó a un lugar fuera del control del gobierno, y provocaron una ola de criminalidad en aquella nación que no habían vivido nunca hasta entonces. El legendario gángster Al Capone se hizo famoso gracias a la prohibición de la enmienda constitucional, una disposición legal claramente moralista.

El debate en Argentina está elevándose de temperatura. Mucha gente piensa que con la legalización de las drogas, estas estarían disponibles para cualquier individuo, cuando es evidente que los lugares donde se consiguen fácilmente son las escuelas, universidades y cárceles, lugares donde no hay público de gran poder de compra.

Ayer, visitando el blog del
Dr José Benegas encontré este artículo que he traducido, no se si correctamente, de lo que escribió el Padre John Clifton Marquis de la Comunidad Católica de los Estados Unidos, acerca de las leyes antidrogas vigentes en esa nación, y donde detalla claramente que la legislación no funciona, que está provocando más daño aún, y cómo la ceguera moralista no ve que las leyes son la causa del crimen organizado.


Por el Padre
John Clifton Marquis
de la U.S. Catolic

Los gobiernos federales de los Estados Unidos, del estado, del condado y de la ciudad, han pasado los 50 años pasados escribiendo y decretando leyes antidrogas con los castigos cada vez más severos para los delincuentes. Estas leyes son dioses falsos que prometen una salvación que no pueden producir. Cada año, exigen más devoción a sus devotos: más tiempo, más dinero, más gente, más recursos, Pero, no importa cuan punitivas sean las sanciones (pena de muerte inclusive), el negocio de las drogas se ha extendido uniformente; ha crecido de hecho. Éste es un hecho simplemente histórico.

Las leyes contra las drogas son una cuestión moral. Cincuenta años de legislación contra las drogas han producido exactamente el efecto contrario al que perseguían esas leyes: las leyes han creado una estructura económica muy provechosa para las drogas de la comercialización. Cuando la ley no promueve el bien común, sino de de hecho que por causas de ella se deteriora el bien común, esas leyes deben ser cambiadas.

El resultado innegable es que las actuales leyes de drogas de los Estados Unidos son muy, muy costosas. El corolario en los hechos es que aquella gente cometerá muchos y violentos pecados por el control del dinero que han hecho.

La cuestión moral aquí es hacer lo mejor que se pueda para dar a la comunidad el control máximo sobre disponibilidad de la droga y, el uso consiguiente de la droga. La sociedad no puede curar a cada abusador o alcohólico de la droga; eso es un hecho. Pero la comunidad puede crear una condición social en la cual la gente inocente no caiga como víctima y donde los profesionales del cuidado de la salud tengan una oportunidad mejor (más fondos y gente disponibles) de servir el proceso curativo de los abusadores de la droga.

El principio moral implicado aquí es muy viejo y muy seguro: escoja el menor de dos males. El abuso de la droga es malo. Es un mal de la patente de la persona que abusa de las drogas y de cada uno que está conectado con ella. Pero el abuso de la droga es un problema que la iglesia y la sociedad pueden abordar y, en muchos casos, curar o controlar. En la práctica, nuestras comunidades tienen las herramientas espirituales y psicológicas disponibles. Sin embargo, la mayoría no tiene suficientes recursos humanos y económicos para utilizar esas herramientas con eficacia para ayudar a la gente que la necesita desesperadamente. La mayor parte de los recursos son dentro de un esfuerzo de seguimiento auto preventivo, que es muy natural, pero que no puede tener éxito.

El uso y el abuso de la droga son claramente problemas serios. Son toda una enfermedad moral más intrusa y más cáustica resulta de la presencia de drogas en los Estados Unidos: avaricia. La avaricia es un mal mucho más sutil que la inmadurez, eso conduce al abuso de la sustancia. Como un cáncer, produce los males secundarios tan destructivos como su raíz misma. La gente de los Estados Unidos sabe por experiencia diaria lo destructivo y el estrago infligido sobre sus vidas que las drogas proporcionan. Éste es el mal moral que debe ser borrado.

Estoy dolido por saber que a millones de ciudadanos de los Estados Unidos, la mención de la completa legalización de las drogas suene como una forma de blasfemia. Aquello es porque deliberadamente describo a las actuales leyes de los Estados Unidos como falsos dioses. Ellas son blasfemias. Ellas son el idolatrado Frankestein que los funcionarios electos han creado. Ellos hacen que el comercio de las drogas sea extraordinariamente lucrativo. Ninguna acción de seguimiento ni el nombramiento de los zares de las drogas desconcentrará a los señores de las drogas. Como una nación, los Estados Unidos pueden bien arrestar y condenar miles de mercaderes. Las agencias de aplicación de leyes, pueden encarcelarlos por los desastrosos costos causados al público. Por la clase de beneficios económicos de proveer drogas ilegales, prevén que ahí siempre habrá otros perdedores que tomarán sus lugares. Los pivotes centrales se encenderán.

Los líderes morales no tienen ninguna alternativa pero elegir entre la moralidad auténtica, que realmente es buena, y la moralidad cosmética, que parece simplemente buena. ¡Las leyes de la droga parecen buenas! Pero el defecto trágico de la moralidad cosmética, como el resto de las formas de cosméticos, es que no produce ningún cambio de la sustancia.

El autor de la moralidad cosmética parecería más bien bueno que el coste personal de hacer el bien.

Algunos convencen gente de que cualesquiera y cada problema se pueden solucionar con apenas un poco más de potencia de fuego. Con todo, los Estados Unidos tienen ya el tercer índice más alto del encarcelamiento en el mundo, siguiendo solamente Suráfrica y la Unión Soviética. La aplicación continuada de los leyes de la droga puede hacernos el número uno. Los fondos necesarios para la educación y el cuidado médico serán recortados para mantener las agencias y las prisiones del policía. Los E.E.U.U. las libertades y el proceso judicial se ponen en peligro debido a un manía cada vez mayor para ganar ante el tribunal una forma u otra. Los líderes morales auténticos no pueden permitirse el lujo arrogante del machismo, con su denegación para considerar el “no ganar.” Ganando, el caso para el abuso de la droga, está encontrando la dirección y los métodos que proporcionan la cantidad máxima de salud y de seguridad a la sociedad entera sin tener una curación que sea peor que la enfermedad.

El hecho es que los Estados Unidos nunca hubo crimen organizado hasta la prohibición. El alcohol ilegal (y así muy costoso) creó un nuevo mercado económico con los matones machine-gunning donde uno u otro moría por los beneficios. El porcentaje de los ciudadanos que bebieron el licor duro aumentaron realmente después de que el alcohol fuera proscrito. Cuando el alcohol llegó a ser legal otra vez, el sindicato ahora organizado del crimen tomó simplemente el comercio de las drogas.

El argumento estándar contra la legalización de las drogas (todas las drogas) es: “Hará a gente, especialmente gente joven piense que las drogas son buenas.” La gente implicada en la droga que reparte y la droga que usa ya piensa que ella es buena. Están adquiriendo el dinero o el placer tan altamente estimado por la cultura de E.E.U.U. A este punto, lo que es imprescindible para los líderes en los Estados Unidos realizar es descubrir que piensa la gente joven acerca de lo bueno y de lo malo. Como cultura, la juventud en los E.E.U.U. no compara ilegal con inmoral. Dentro de su cultura (y de su experiencia de lo que han estado haciendo los adultos con las leyes para la generación pasada), simplemente de los medios ilegales “más difícilmente de conseguir,” “fruta prohibida,” o “juguete del adulto.” Los Estados Unidos tienen algunas leyes para la protección de la vida humana. ¿Qué enseña eso a la gente joven sobre la ley? La ley puede muy bien haber enseñado acerca de lo bueno y de lo malo para San Pablo y Santo Thomas de Aquino, pero es apenas es eso, para la juventud de los E.E.U.U.

Otro argumento popular es que las drogas legales estarán demasiado disponibles. La realidad es los E.E.U.U., las escuelas y las prisiones del grado son dos de las áreas más calientes del comercio de las drogas. ¿Cuánto más disponible puede la materia se convertirse?

Legalizar todas las drogas en los Estados Unidos tendría un efecto inmediato y dramático: los haría baratos. En el mercado de hoy, un kilogramo de heroína ilegal o de cocaína ilegal tiene un valor de la calle de varios millón de dólares. Un kilogramo de marihuana ilegal tiene un valor de la calle alrededor de de un cuarto de millón de dólares. Un kilogramo de cocaína legal valdría quizás un par cientos dólares y un kilogramo de marihuana legal sería precio con el tabaco costoso. Mientras las drogas sean ilegales, la obscenidad de la estructura de sus precios perdurará. Las drogas legales no hacen señores de la droga. Las drogas legales suprimen la razón para que la violencia controle el comercio.

No hay duda que alguna gente abusará de las drogas legales; esto sucede con alcohol legal. Es también un hecho humano triste de que alguna gente muy sobria y razonable conduce los coches imprudentemente; juega lejos su dinero ganado duramente; utiliza el talento para el discurso para separar difamar, calumnia, y chismorrear; y dispuesta a hacer una gran variedad de cosas inadecuadas y pecaminosas. La naturaleza humana es, después de todo, herida por la realidad del pecado. Pero la legislación ahora, y nunca ha sido, la fórmula mágica para la calidad.

Los problemas, los daños, y las dificultades que resultarán definitivamente de las drogas legalizadas serán lejanos, y menos destructivos para la sociedad entera que el hurto, el soborno, la violencia, el asesinato, la mutilación, y la auto-degradación que son pan diario en los Estados Unidos hoy en día. En los Estados Unidos los ciudadanos deben tener la integridad y la dolorosa honradez de tener en sus mentes que no están previniendo la adicción al crack o cualquier otra droga en el tiempo. Los métodos actuales no están funcionando.

Humildad, no la arrogancia, ayudará a la sociedad a encontrar la mejor forma de llegar a su meta.
La auténtica definición de humildad es la verdad.

Fuente: http://www.idpi.us/dpr/writings/writings_dl_immoral.htm
Traducido por: Omar Maldonado

noviembre 09, 2008

Un presidente lindo, jóven y bronceado.



Sigo escribiendo de lo políticamente correcto, esta especie de estúpida religión que está extendiéndose por el mundo como una plaga.

El primer ministro italiano Silvio Berlusconi es famoso por su verborragia. Pese a que muchos no aprueban su lenguaje creo totalmente que cualquier individuo tiene el derecho de decir lo que quiera y como lo desee. En una ocasión un reportero le preguntó qué opinaba acerca del nuevo gobierno que se instalaba en España, con respecto al socialista Rodríguez Zapatero: el respondió que no le gustaba mucho porque era un gobierno demasiado rosa, en alusión a que en el gabinete de Zapatero hay demasiadas mujeres. Berlusconi fue recriminado por decir eso y luego demandado.

Hace unos dias, cuando Berlusconi visitaba Rusia, se le preguntó qué opinaba acerca del nuevo presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, y cómo serían las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos. Berlusconi respondió: "como es lindo, jóven y bronceado, tiene todo para llevarse bien". La clase dirigente italiana, y tan políticamente correcta, exige a gritos que Berlusconi se retracte de lo que dijo, como se eso pudiera borrar el pasado, pero Berlusconi respondío tan naturalmente como respondería cualquier hombre normal: esto es un cumplido para Barak Obama. Si no toman como tal, significa que no tienen sentido del humor y se pueden ir a la mierda. Pero lo más importante es que, Barak Obama ni los Estados Unidos no parecen estar ofendidos de ningún modo.

octubre 01, 2008

El Frankestein de la Economía



La torpeza de los bancos centrales esta vez, la Reserva Federal de los Estados Unidos, también conocida como Fed es evidente en el curso de la historia desde que se creó el primer banco central hace más de 95 años. Esta inutilidad es descripa por Marta Colmenares para Diario de América.

Casi que cada vez que la FED interviene para “ayudar” a la economía, a la postre termina pasando todo lo contrario, por eso es que hay ciclos de “Boom” y “Bust”, ciclos en que la economía entra en auge para terminar estrellándose. Pero estos ciclos suelen ser moderados, y de tres a cinco años de duración.

Lo que pasó con este ciclo es que todo el sistema financiero quiso aprovechar el crédito fácil incrementando muchísimo la cantidad de personas, familias y negocios tomando más créditos cuando al mismo tiempo la cantidad de dinero real que fue para esos préstamos era la misma, es decir, las instituciones financieras incrementaron el total del dinero que dieron en préstamo teniendo básicamente la misma cantidad de dinero. Leer más >>>>

septiembre 13, 2008

Vendedor de buzones





Hugo Chávez ignora las consecuencias nefastas que una sanción del gobierno de los Estados Unidos contra el de Venezuela provocaría. Un corte en el suministro de petróleo por parte de Venezuela solo causaría una disminución menor al 10% del petróleo que los Estados Unidos necesitan; pero para Venezuela, las ventas de petróleo a ese país representan el 75% por ciento de sus exportaciones. En una relación comercial el cliente es el rey.


La gente que trabaja en marketing y tiene estudios en ese campo aprendió desde muy pronto en su vida un principio que tiene serias consecuencias: el consumidor es el rey todopoderoso en un mercado libre con competencia. Todo se subordina a complacerlo y tratar de persuadirlo de comprar el bien que se produce.

Eso es lo que intentan hacer todos los productores y es parte del proceso normal de decisiones de una empresa. Por eso se hacen investigaciones de mercado, publicidad, diseño de empaques, todo trata de agradar al cliente del producto, el que decide la compra.

Unos lo hacen muy claramente, otros menos, pero todos lo hacen. Hay quienes tratan de engañar al cliente, pero también hay otros que son honestos. De una manera u otra saben que el que domina el proceso de un mercado es el cliente. El que compra y selecciona una marca sobre otras.

Esa es la vida normal en las empresas, incluso en las que atienden mercados industriales y venden a otras empresas. Es un principio que domina y que tiene consecuencias, como los programas de calidad, de productividad, de atención al cliente.

Lo curioso del asunto es que este principio es realmente uno de naturaleza filosófica, cosa que estoy seguro tiene sin cuidado a la inmensa mayoría de los empresarios.

Y ese principio filosófico tiene raíces que son profundas. Está enraizado en la noción de un ser humano que es libre, piensa y puede tomar decisiones que están determinadas por el deseo personal de mejorar la situación presente.
Estas son las mismas ideas sobre las que se basa la Escuela Austriaca de Economía y que resultaría de gran utilidad para quien estudia administración, marketing, finanzas y similares.

Más aún, la idea de un consumidor libre lleva dentro de ella otra idea lógica, la de un ser humano libre. Si soy libre para comprar una Heineken entre diversas cervezas, no hay por qué no ser libre para otras cosas, como leer, estudiar, orar, viajar, producir.

La misma libertad que se tiene para comprar Heineken, la tengo para votar, escribir, abrir negocios, lo que yo quiera y aplicable a todos.

El que está vendiendo Kellog´s o Mole Doña María, está fundamentado en el mismo principio que el que hace una campaña electoral, o trabaja en misiones religiosas. Todos ellos toman por supuesto que las personas son libres y tienen capacidad para elegir. Esto me parece admirable y digno de señalar abiertamente... aunque quizá sea tan obvio que cause algún bostezo en el lector.

Puede ser obvio, pero debe ser señalado porque existe sólo una persona entre todas que no comparte esa idea de la libertad personal. Cree en ella el que hace el marketing de Nissan, el sacerdote que da un sermón el domingo, la universidad que quiere atraer alumnos, el escritor que publica una novela.

Todos tomamos como dada la idea de que el resto son libres. Todos, menos uno, el gobernante.

El marco mental del gobernante no es el de la libertad, sino el de la imposición. El que vende Heineken debe hacer a su producto atractivo, darlo a buen precio, distribuirlo bien, tener calidad constante. El gobernante no piensa así. Para él, los humanos son sujetos de sus decisiones.

Por eso sus leyes, procesos, permisos, instalaciones, reglamentos, son de muy baja calidad. El gobernante no depende de nuestras decisiones libres y por eso no se esfuerza en tratarnos como nos tratan quienes producen otros bienes y servicios.

Los gobernantes no tienen incentivos para hacer bien las cosas porque para ellos no somos libres, al contrario. Somos esos quienes deben obedecer por la fuerza lo que ellos dispongan.

La estructura mental es diametralmente opuesta entre quien vende un Renault o da un servicio bancario y quien emite una ley, o cobra un impuesto. Esas dos mentalidades no pueden ser más contrarias.

Están sustentadas en principios antagónicos. Es innegable y puede ser usado para especular lo que sería un monopolio estatal cualquiera y varias empresas similares, por ejemplo, explotando petróleo y produciendo sus derivados.

Ya tenemos elementos para concluir con razonable certeza cómo sería administrada esa industria dependiendo de si ella está en manos de gobernantes o en manos de quienes manejan otras empresas. A mi ya se me acabó el espacio para sacar esas conclusiones, pero usted las puede sacar sin problemas.

Artículo relacionado: http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=2254

abril 29, 2008

An Anatomy of Surrender

From: City Journal

Motivated by fear and multiculturalism, too many Westerners are acquiescing to creeping sharia.

Islam divides the world into two parts. The part governed by sharia, or Islamic law, is called the Dar al-Islam, or House of Submission. Everything else is the Dar al-Harb, or House of War, so called because it will take war—holy war, jihad—to bring it into the House of Submission. Over the centuries, this jihad has taken a variety of forms. Two centuries ago, for instance, Muslim pirates from North Africa captured ships and enslaved their crews, leading the U.S. to fight the Barbary Wars of 1801–05 and 1815. In recent decades, the jihadists’ weapon of choice has usually been the terrorist’s bomb; the use of planes as missiles on 9/11 was a variant of this method.

What has not been widely recognized is that the Ayatollah Khomeini’s 1989 fatwa against Satanic Verses author Salman Rushdie introduced a new kind of jihad. Instead of assaulting Western ships or buildings, Kho­meini took aim at a fundamental Western freedom: freedom of speech. In recent years, other Islamists have joined this crusade, seeking to undermine Western societies’ basic liberties and extend sharia within those societies.

The cultural jihadists have enjoyed disturbing success. Two events in particular—the 2004 assassination in Amsterdam of Theo van Gogh in retaliation for his film about Islam’s oppression of women, and the global wave of riots, murders, and vandalism that followed a Danish newspaper’s 2005 publication of cartoons satirizing Mohammed—have had a massive ripple effect throughout the West. Motivated variously, and doubtless sometimes simultaneously, by fear, misguided sympathy, and multicultural ideology—which teaches us to belittle our freedoms and to genuflect to non-Western cultures, however repressive—people at every level of Western society, but especially elites, have allowed concerns about what fundamentalist Muslims will feel, think, or do to influence their actions and expressions. These Westerners have begun, in other words, to internalize the strictures of sharia, and thus implicitly to accept the deferential status of dhimmis—infidels living in Muslim societies.

Call it a cultural surrender. The House of War is slowly—or not so slowly, in Europe’s case—being absorbed into the House of Submission.

The Western media are in the driver’s seat on this road to sharia. Often their approach is to argue that we’re the bad guys. After the late Dutch sociologist-turned-politician Pim Fortuyn sounded the alarm about the danger that Europe’s Islamization posed to democracy, elite journalists labeled him a threat. A New York Times headline described him as marching the dutch to the right. Dutch newspapers Het Parool and De Volkskrant compared him with Mussolini; Trouw likened him to Hitler. The man (a multiculturalist, not a Muslim) who murdered him in May 2002 seemed to echo such verdicts when explaining his motive: Fortuyn’s views on Islam, the killer insisted, were “dangerous.”

Perhaps no Western media outlet has exhibited this habit of moral inversion more regularly than the BBC. In 2006, to take a typical example, Manchester’s top imam told psychotherapist John Casson that he supported the death penalty for homosexuality. Casson expressed shock—and the BBC, in a dispatch headlined imam accused of “gay death” slur, spun the controversy as an effort by Casson to discredit Islam. The BBC concluded its story with comments from an Islamic Human Rights Commission spokesman, who equated Muslim attitudes toward homosexuality with those of “other orthodox religions, such as Catholicism” and complained that focusing on the issue was “part of demonizing Muslims.”

In June 2005, the BBC aired the documentary Don’t Panic, I’m Islamic, which sought to portray concerns about Islamic radicalism as overblown. This “stunning whitewash of radical Islam,” as Little Green Footballs blogger Charles Johnson put it, “helped keep the British public fast asleep, a few weeks before the bombs went off in London subways and buses” in July 2005. In December 2007, it emerged that five of the documentary’s subjects, served up on the show as examples of innocuous Muslims-next-door, had been charged in those terrorist attacks—and that BBC producers, though aware of their involvement after the attacks took place, had not reported important information about them to the police.

Press acquiescence to Muslim demands and threats is endemic. When the Mohammed cartoons—published in September 2005 by the Danish newspaper Jyllands-Posten to defy rising self-censorship after van Gogh’s murder—were answered by worldwide violence, only one major American newspaper, the Philadelphia Inquirer, joined such European dailies as Die Welt and El País in reprinting them as a gesture of free-speech solidarity. Editors who refused to run the images claimed that their motive was multicultural respect for Islam. Critic Christopher Hitchens believed otherwise, writing that he “knew quite a number of the editors concerned and can say for a certainty that the chief motive for ‘restraint’ was simple fear.” Exemplifying the new dhimmitude, whatever its motivation, was Norway’s leading cartoonist, Finn Graff, who had often depicted Israelis as Nazis, but who now vowed not to draw anything that might provoke Muslim wrath. (On a positive note, this February, over a dozen Danish newspapers, joined by a number of other papers around the world, reprinted one of the original cartoons as a free-speech gesture after the arrest of three people accused of plotting to kill the artist.)

Last year brought another cartoon crisis—this time over Swedish artist Lars Vilks’s drawings of Mohammed as a dog, which ambassadors from Muslim countries used as an excuse to demand speech limits in Sweden. CNN reporter Paula Newton suggested that perhaps “Vilks should have known better” because of the Jyllands-Posten incident—as if people who make art should naturally take their marching orders from people who make death threats. Meanwhile, The Economist depicted Vilks as an eccentric who shouldn’t be taken “too seriously” and noted approvingly that Sweden’s prime minister, unlike Denmark’s, invited the ambassadors “in for a chat.”

The elite media regularly underreport fundamentalist Muslim misbehavior or obfuscate its true nature. After the knighting of Rushdie in 2007 unleashed yet another wave of international Islamist mayhem, Tim Rutten wrote in the Los Angeles Times: “If you’re wondering why you haven’t been able to follow all the columns and editorials in the American press denouncing all this homicidal nonsense, it’s because there haven’t been any.” Or consider the riots that gripped immigrant suburbs in France in the autumn of 2005. These uprisings were largely assertions of Muslim authority over Muslim neighborhoods, and thus clearly jihadist in character. Yet weeks passed before many American press outlets mentioned them—and when they did, they de-emphasized the rioters’ Muslim identity (few cited the cries of “Allahu akbar,” for instance). Instead, they described the violence as an outburst of frustration over economic injustice.

When polls and studies of Muslims appear, the media often spin the results absurdly or drop them down the memory hole after a single news cycle. Journalists celebrated the results of a 2007 Pew poll showing that 80 percent of American Muslims aged 18 to 29 said that they opposed suicide bombing—even though the flip side, and the real story, was that a double-digit percentage of young American Muslims admitted that they supported it. u.s. muslims assimilated, opposed to extremism, the Washington Post rejoiced, echoing USA Today’s american muslims reject extremes. A 2006 Daily Telegraph survey showed that 40 percent of British Muslims wanted sharia in Britain—yet British reporters often write as though only a minuscule minority embraced such views.

After each major terrorist act since 9/11, the press has dutifully published stories about Western Muslims fearing an “anti-Muslim backlash”—thus neatly shifting the focus from Islamists’ real acts of violence to non-Muslims’ imaginary ones. (These backlashes, of course, never materialize.) While books by Islam experts like Bat Ye’or and Robert Spencer, who tell difficult truths about jihad and sharia, go unreviewed in newspapers like the New York Times, the elite press legitimizes thinkers like Karen Armstrong and John Esposito, whose sugarcoated representations of Islam should have been discredited for all time by 9/11. The Times described Armstrong’s hagiography of Mohammed as “a good place to start” learning about Islam; in July 2007, the Washington Post headlined a piece by Esposito want to understand islam? start here.

Mainstream outlets have also served up anodyne portraits of fundamentalist Muslim life. Witness Andrea Elliott’s affectionate three-part profile of a Brooklyn imam, which appeared in the New York Times in March 2006. Elliott and the Times sought to portray Reda Shata as a heroic bridge builder between two cultures, leaving readers with the comforting belief that the growth of Islam in America was not only harmless but positive, even beautiful. Though it emerged in passing that Shata didn’t speak English, refused to shake women’s hands, wanted to forbid music, and supported Hamas and suicide bombing, Elliott did her best to downplay such unpleasant details; instead, she focused on sympathetic personal particulars. “Islam came to him softly, in the rhythms of his grandmother’s voice”; “Mr. Shata discovered love 15 years ago. . . . ‘She entered my heart,‘ said the imam.” Elliott’s saccharine piece won a Pulitzer Prize. When Middle East scholar Daniel Pipes pointed out that Shata was obviously an Islamist, a writer for the Columbia Journalism Review dismissed Pipes as “right-wing” and insisted that Shata was “very moderate.”

So it goes in this upside-down, not-so-brave new media world: those who, if given the power, would subjugate infidels, oppress women, and execute apostates and homosexuals are “moderate” (a moderate, these days, apparently being anybody who doesn’t have explosives strapped to his body), while those who dare to call a spade a spade are “Islamophobes.”

The entertainment industry has been nearly as appalling. During World War II, Hollywood churned out scores of films that served the war effort, but today’s movies and TV shows, with very few exceptions, either tiptoe around Islam or whitewash it. In the whitewash category were two sitcoms that debuted in 2007, the Canadian Broadcasting Corporation’s Little Mosque on the Prairie and CW’s Aliens in America. Both shows are about Muslims confronting anti-Muslim bigotry; both take it for granted that there’s no fundamentalist Islam problem in the West, but only an anti-Islam problem.

Muslim pressure groups have actively tried to keep movies and TV shows from portraying Islam as anything but a Religion of Peace. For example, the Council for American-Islamic Relations successfully lobbied Paramount Pictures to change the bad guys in The Sum of All Fears (2002) from Islamist terrorists to neo-Nazis, while Fox’s popular series 24, after Muslims complained about a story line depicting Islamic terrorists, ran cringe-worthy public-service announcements emphasizing how nonviolent Islam was. Earlier this year, Iranian-Danish actor Farshad Kholghi noted that, despite the cartoon controversy’s overwhelming impact on Denmark, “not a single movie has been made about the crisis, not a single play, not a single stand-up monologue.” Which, of course, is exactly what the cartoon jihadists wanted.

In April 2006, an episode of the animated series South Park admirably mocked the wave of self-censorship that followed the Jyllands-Posten crisis—but Comedy Central censored it, replacing an image of Mohammed with a black screen and an explanatory notice. According to series producer Anne Garefino, network executives frankly admitted that they were acting out of fear. “We were happy,” she told an interviewer, “that they didn’t try to claim that it was because of religious tolerance.”

Then there’s the art world. Postmodern artists who have always striven to shock and offend now maintain piously that Islam deserves “respect.” Museums and galleries have quietly taken down paintings that might upset Muslims and have put into storage manuscripts featuring images of Mohammed. London’s Whitechapel Art Gallery removed life-size nude dolls by surrealist artist Hans Bellmer from a 2006 exhibit just before its opening; the official excuse was “space constraints,” but the curator admitted that the real reason was fear that the nudity might offend the gallery’s Muslim neighbors. Last November, after the cancellation of a show in The Hague of artworks depicting gay men in Mohammed masks, the artist, Sooreh Hera, charged the museum with giving in to Muslim threats. Tim Marlow of London’s White Cube Gallery notes that such self-censorship by artists and museums is now common, though “very few people have explicitly admitted” it. British artist Grayson Perry, whose work has mercilessly mocked Christianity, is one who has—and his reluctance isn’t about multicultural sensitivity. “The reason I haven’t gone all out attacking Islamism in my art,” he told the Times of London, “is because I feel real fear that someone will slit my throat.”

Leading liberal intellectuals and academics have shown a striking willingness to betray liberal values when it comes to pacifying Muslims. Back in 2001, Unni Wikan, a distinguished Norwegian cultural anthropologist and Islam expert, responded to the high rate of Muslim-on-infidel rape in Oslo by exhorting women to “realize that we live in a multicultural society and adapt themselves to it.”

More recently, high-profile Europe experts Ian Buruma of Bard College and Timothy Garton Ash of Oxford, while furiously denying that they advocate cultural surrender, have embraced “accommodation,” which sounds like a distinction without a difference. In his book Murder in Amsterdam, Buruma approvingly quotes Amsterdam mayor Job Cohen’s call for “accommodation with the Muslims,” including those “who consciously discriminate against their women.” Sharia enshrines a Muslim man’s right to beat and rape his wife, to force marriages on his daughters, and to kill them if they resist. One wonders what female Muslims who immigrated to Europe to escape such barbarity think of this prescription.

Rowan Williams, the archbishop of Canterbury and one of Britain’s best-known public intellectuals, suggested in February the institution of a parallel system of sharia law in Britain. Since the Islamic Sharia Council already adjudicates Muslim marriages and divorces in the U.K., what Williams was proposing was, as he put it, “a much enhanced and quite sophisticated version of such a body, with increased resources.” Gratifyingly, his proposal, short on specifics and long on academic doublespeak (“I don’t think,” he told the BBC, “that we should instantly spring to the conclusion that the whole of that world of jurisprudence and practice is somehow monstrously incompatible with human rights, simply because it doesn’t immediately fit with how we understand it”) was greeted with public outrage.

Another prominent accommodationist is humanities professor Mark Lilla of Columbia University, author of an August 2007 essay in the New York Times Magazine so long and languorous, and written with such perfect academic dispassion, that many readers may have finished it without realizing that it charted a path leading straight to sharia. Muslims’ “full reconciliation with modern liberal democracy cannot be expected,” Lilla wrote. For the West, “coping is the order of the day, not defending high principle.”

Revealing in this light is Buruma’s and Garton Ash’s treatment of author Ayaan Hirsi Ali—perhaps the greatest living champion of Western freedom in the face of creeping jihad—and of the Europe-based Muslim scholar Tariq Ramadan. Because Hirsi Ali refuses to compromise on liberty, Garton Ash has called her a “simplistic . . . Enlightenment fundamentalist”—thus implicitly equating her with the Muslim fundamentalists who have threatened to kill her—while Buruma, in several New York Times pieces, has portrayed her as a petulant naif. (Both men have lately backed off somewhat.) On the other hand, the professors have rhapsodized over Ramadan’s supposed brilliance. They aren’t alone: though he’s clearly not the Westernized, urbane intellectual he seems to be—he refuses to condemn the stoning of adulteresses and clearly looks forward to a Europe under sharia—this grandson of Muslim Brotherhood founder Hassan al-Banna and protégé of Islamist scholar Yusuf al-Qaradawi regularly wins praise in bien-pensant circles as representing the best hope for long-term concord between Western Muslims and non-Muslims.

This spring, Harvard law professor Noah Feldman, writing in the New York Times Magazine, actually gave two cheers for sharia. He contrasted it favorably with English common law, and described “the Islamists’ aspiration to renew old ideas of the rule of law” as “bold and noble.”
With the press, the entertainment industry, and prominent liberal thinkers all refusing to defend basic Western liberties, it’s not surprising that our political leaders have been pusillanimous, too. After a tiny Oslo newspaper, Magazinet, reprinted the Danish cartoons in early 2006, jihadists burned Norwegian flags and set fire to Norway’s embassy in Syria. Instead of standing up to the vandals, Norwegian leaders turned on Magazinet’s editor, Vebjørn Selbekk, partially blaming him for the embassy burning and pressing him to apologize. He finally gave way at a government-sponsored press conference, groveling before an assemblage of imams whose leader publicly forgave him and placed him under his protection. On that terrible day, Selbekk later acknowledged, “Norway went a long way toward allowing freedom of speech to become the Islamists’ hostage.” As if that capitulation weren’t disgrace enough, an official Norwegian delegation then traveled to Qatar and implored Qaradawi—a defender of suicide bombers and the murder of Jewish children—to accept Selbekk’s apology. “To meet Yusuf al-Qaradawi under the present circumstances,” Norwegian-Iraqi writer Walid al-Kubaisi protested, was “tantamount to granting extreme Islamists . . . a right of joint consultation regarding how Norway should be governed.”

The UN’s position on the question of speech versus “respect” for Islam was clear—and utterly at odds with its founding value of promoting human rights. “You don’t joke about other people’s religion,” Kofi Annan lectured soon after the Magazinet incident, echoing the sermons of innumerable imams, “and you must respect what is holy for other people.” In October 2006, at a UN panel discussion called “Cartooning for Peace,” Under Secretary General Shashi Tharoor proposed drawing “a very thin blue UN line . . . between freedom and responsibility.” (Americans might be forgiven for wondering whether that line would strike through the First Amendment.) And in 2007, the UN’s Human Rights Council passed a Pakistani motion prohibiting defamation of religion.

Other Western government leaders have promoted the expansion of the Dar al-Islam. In September 2006, when philosophy teacher Robert Redeker went into hiding after receiving death threats over a Le Figaro op-ed on Islam, France’s then–prime minister, Dominique de Villepin, commented that “everyone has the right to express their opinions freely—at the same time that they respect others, of course.” The lesson of the Redeker affair, he said, was “how vigilant we must be to ensure that people fully respect one another in our society.” Villepin got a run for his money last year from his Swedish counterpart, Fredrik Reinfeldt, who, after meeting with Muslim ambassadors to discuss the Vilks cartoons, won praise from one of them, Algeria’s Merzak Bedjaoui, for his “spirit of appeasement.”

When, years after September 11, President George W. Bush finally acknowledged publicly that the West was at war with Islamic fascism, Muslims’ and multiculturalists’ furious reaction made him retreat to the empty term “war on terror.” Britain’s Foreign Office has since deemed even that phrase offensive and banned its use by cabinet members (along with “Islamic extremism”). In January, the Home Office decided that Islamic terrorism would henceforth be described as “anti-Islamic activity.”

Western legislatures and courts have reinforced the “spirit of appeasement.” In 2005, Norway’s parliament, with virtually no public discussion or media coverage, criminalized religious insults (and placed the burden of proof on the defendant). Last year, that country’s most celebrated lawyer, Tor Erling Staff, argued that the punishment for honor killing should be less than for other murders, because it’s arrogant for us to expect Muslim men to conform to our society’s norms. Also in 2007, in one of several instances in which magistrates sworn to uphold German law have followed sharia instead, a Frankfurt judge rejected a Muslim woman’s request for a quick divorce from her brutally abusive husband; after all, under the Koran he had the right to beat her.

Those who dare to defy the West’s new sharia-based strictures and speak their minds now risk prosecution in some countries. In 2006, legendary author Oriana Fallaci, dying of cancer, went on trial in Italy for slurring Islam; three years earlier, she had defended herself in a French court against a similar charge. (Fallaci was ultimately found not guilty in both cases.) More recently, Canadian provinces ordered publisher Ezra Levant and journalist Mark Steyn to face human rights tribunals, the former for reprinting the Jyllands-Posten cartoons, the latter for writing critically about Islam in Maclean’s.

Even as Western authorities have hassled Islam’s critics, they’ve honored jihadists and their supporters. In 2005, Queen Elizabeth knighted Iqbal Sacranie of the Muslim Council of Britain, a man who had called for the death of Salman Rushdie. Also that year, London mayor Ken Livingstone ludicrously praised Qaradawi as “progressive”—and, in response to gay activists who pointed out that Qaradawi had defended the death penalty for homosexuals, issued a dissertation-length dossier whitewashing the Sunni scholar and trying to blacken the activists’ reputations. Of all the West’s leaders, however, few can hold a candle to Piet Hein Donner, who in 2006, as Dutch minister of justice, said that if voters wanted to bring sharia to the Netherlands—where Muslims will soon be a majority in major cities—“it would be a disgrace to say, ‘This is not permitted!’ ”

If you don’t find the dhimmification of politicians shocking, consider the degree to which law enforcement officers have yielded to Islamist pressure. Last year, when “Undercover Mosque,” an unusually frank exposé on Britain’s Channel 4, showed “moderate” Muslim preachers calling for the beating of wives and daughters and the murder of gays and apostates, police leaped into action—reporting the station to the government communications authority, Ofcom, for stirring up racial hatred. (Ofcom, to its credit, rejected the complaint.) The police reaction, as James Forsyth noted in the Spectator, “revealed a mindset that views the exposure of a problem as more of a problem than the problem itself.” Only days after the “Undercover Mosque” broadcast—in a colossal mark of indifference to the reality that it exposed—Metropolitan Police commissioner Sir Ian Blair announced plans to share antiterrorist intelligence with Muslim community leaders. These plans, fortunately, were later shelved.

Canadian Muslim reformist Irshad Manji has noted that in 2006, when 17 terrorists were arrested in Toronto on the verge of giving Canada “its own 9/11,” “the police did not mention that it had anything to do with Islam or Muslims, not a word.” When, after van Gogh’s murder, a Rotterdam artist drew a street mural featuring an angel and the words thou shalt not kill, police, fearing Muslim displeasure, destroyed the mural (and a videotape of its destruction). In July 2007, a planned TV appeal by British cops to help capture a Muslim rapist was canceled to avoid “racist backlash.” And in August, the Times of London reported that “Asian” men (British code for “Muslims”) in the U.K. were having sex with perhaps hundreds of “white girls as young as twelve”—but that authorities wouldn’t take action for fear of “upsetting race relations.” Typically, neither the Times nor government officials acknowledged that the “Asian” men’s contempt for the “white” girls was a matter not of race but of religion.

Even military leaders aren’t immune. In 2005, columnist Diana West noted that America’s Iraq commander, Lieutenant General John R. Vines, was educating his staff in Islam by giving them a reading list that “whitewashes jihad, dhimmitude and sharia law with the works of Karen Armstrong and John Esposito”; two years later, West noted the unwillingness of a counterinsurgency advisor, Lieutenant Colonel David Kilcullen, to mention jihad. In January 2008, the Pentagon fired Stephen Coughlin, its resident expert on sharia and jihad; reportedly, his acknowledgment that terrorism was motivated by jihad had antagonized an influential Muslim aide. “That Coughlin’s analyses would even be considered ‘controversial,’ ” wrote Andrew Bostom, editor of The Legacy of Jihad, “is pathognomonic of the intellectual and moral rot plaguing our efforts to combat global terrorism.” (Perhaps owing to public outcry, officials announced in February that Coughlin would not be dismissed after all, but instead moved to another Department of Defense position.)

Enough. We need to recognize that the cultural jihadists hate our freedoms because those freedoms defy sharia, which they’re determined to impose on us. So far, they have been far less successful at rolling back freedom of speech and other liberties in the U.S. than in Europe, thanks in no small part to the First Amendment. Yet America is proving increasingly susceptible to their pressures.

The key question for Westerners is: Do we love our freedoms as much as they hate them? Many free people, alas, have become so accustomed to freedom, and to the comfortable position of not having to stand up for it, that they’re incapable of defending it when it’s imperiled—or even, in many cases, of recognizing that it is imperiled. As for Muslims living in the West, surveys suggest that many of them, though not actively involved in jihad, are prepared to look on passively—and some, approvingly—while their coreligionists drag the Western world into the House of Submission.

But we certainly can’t expect them to take a stand for liberty if we don’t stand up for it ourselves.

Bruce Bawer is the author of While Europe Slept: How Radical Islam Is Destroying the West from Within. He blogs at BruceBawer.com.

Visto en: BlogBis

febrero 03, 2008

Ron Paul Corajudamente dice la verdad.

Ron Paul corajudamente dice la verdad.
Parece que el Partido Republicano está resignado a perder las elecciones y entregarle la Casa Blanca a los demócratas. Todo parece inclinarse a favor de Mc Cain que es la peor de las opciones en la carrera republicana.



enero 29, 2008

Más vale tarde que nunca


Ayer el presidente George W Bush pronunció su último discurso sobre el "Estado de la Unión" ante el Congreso de los Estados Unidos. En el mensaje dejó clara la preocupación por la recesión en que está entrando la economía de ese país, pero dejó en claro también ante un congreso mayoritariamente demócrata y ansioso por hacer populismo, que la intervención del gobierno en la economía no es lo más indicado para estimularla. Es una lástima que en el octavo y último discurso de Bush se haya pronunciado un mensaje pro mercado libre,pero es mejor tarde que nunca. Estas son las palabras textuales del presidente ante el Congreso de los Estados Unidos.

"En el trabajo que tenemos por delante, nos debe guiar la filosofía que hizo grande a nuestra nación. Como estadounidenses, creemos que las personas tienen el poder de decidir su destino y dictar el curso de la historia. Creemos que la guía más fidedigna para nuestro país es la sabiduría colectiva de los ciudadanos comunes y corrientes. Y por lo tanto, en todo lo que hacemos, debemos confiar en la capacidad de la gente libre de tomar decisiones sensatas y darle el poder de mejorar su vida, su futuro. Para forjar un futuro próspero, debemos confiarle a la gente su propio dinero y darle el poder para que haga que nuestra economía crezca."

"Y los miembros del Congreso deben saberlo: si algún proyecto de ley que aumente los impuestos llega a mi despacho, lo vetaré."

"Entonces, esta vez, si me remiten un proyecto de ley de asignaciones que no reduce a la mitad el número y costo de proyectos especiales, se lo devolveré con mi veto."

"La fuerza. el secreto de nuestra fuerza, el milagro de Estados Unidos, es que nuestra grandeza no radica en nuestro gobierno, sino en el espíritu y la determinación de nuestro pueblo."

"Al confiar en el pueblo, nuestros fundadores apostaron a que se podría construir una gran y noble nación en base a la libertad que radica en el corazón de todos los hombres y mujeres. Al confiar en el pueblo, las generaciones posteriores transformaron nuestra frágil y joven democracia en el país más poderoso de la Tierra y en un modelo de esperanza para millones. Y mientras continuemos confiando en el pueblo, nuestra nación prosperará, nuestra libertad estará segura y el estado de nuestra nación permanecerá sólido."




Una cosa que nos diferencia a los tercermundistas del primer mundo al que pertenecen los Estados Unidos es, que el presidente de la nación pide autorización a las cámaras para ingresar a la sala de sesiones, y no entra hasta que obtiene la autorización. Muy diferente de Argentina, en donde el presidente entra al congreso como entraban los reyes anteriormente con total arrogancia y sin tener en cuenta la autoridad del Congreso.

enero 21, 2008

Una recesión se avecina en Estados Unidos.



Las bolsas de valores han tenido perdidas significativas en estos días y principalmente hoy 21 de enero. El motivo principal de la caída en los precios de las acciones es una recesión en ciernes en la economía de los Estados Unidos, que tiene un tamaño decisivo en la economía mundial, con un 30% de participación, y es además el motor que empuja a la economía de todos los países.

Estados Unidos ha tenido un largo periodo de crecimiento sostenido de la economía. No ha tenido una recesión con disminución de su PBI desde 1982.

Ha sido un periodo excepcionalmente largo. Todos los economistas dicen que la economía no crece constantemente sino en intervalos, y esos intervalos normalmente han venido sucediendo cada seis o siete años. Desde 1983, cuando la economía de los Estados Unidos inició su crecimiento luego de las desgravaciones y desregulaciones que aplicó el ex presidente Ronald Reagan, creció 9.3% en 1983 y 7.5% en 1984. Prosiguió su crecimiento a un promedio de 4% desde 1985 hasta la fecha, siendo el menor crecimiento en 1992 con solo 2%.

Hay otros efectos que agravan el problema entre ellos, el déficit presupuestario luego del aumento de los gastos públicos federales y sobre todo una inflación de costos, producida por incrementos en los costos de producción de las empresas, debido a mayores cargas tributarias y al aumento de los precios de la energía. Las recesiones en circunstancias normales suelen durar uno o dos años en los Estados Unidos, y durante los periodos recesivos aumenta el desempleo. Una recesión es un re acomodamiento, no un quebranto. Algunas actividades económicas dejan de ser rentables y son abandonadas por otras nuevas. La recesión implica necesidad de un cambio.

Para una nación con alta estabilidad política, donde ningún grupo o sector tiene una influencia decisiva en la política no sucede nada que se deba temer. Las recesiones llegan solas y se van solas, mientras los gobiernos no intervengan en la economía y dejen que las leyes del mercado surtan sus efectos y el mercado busque su equilibrio de acuerdo a sus leyes. Lo peor que puede suceder es que el gobierno de los Estados Unidos se sienta tentado a hacer demagogia, interviniendo en los mercados torpemente como lo hacen las demás naciones de América, como por ejemplo: manipulando la oferta monetaria, aumentando el gasto público, o imponiendo regulaciones a las actividades económicas.

Una recesión en los Estados Unidos tendrá efectos negativos poco significativos para ellos, pero a los países emergentes de materias primas les produce un efecto mucho más grave.

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez aboga permanentemente por romper la dependencia de las naciones latinoamericanas respecto de los Estados Unidos. Venezuela puede reducir su dependencia disminuyendo la importancia en sus ventas de petróleo a los Estados Unidos y ser menos cliente-dependiente de ellos. Ahora que se avecina una recesión en los Estados Unidos veremos que tal le va a Venezuela, Hugo Chávez y sus petrodólares, porque una disminución de sólo 5% de petróleo en los Estados Unidos representa para Venezuela una disminución de 70% en sus ingresos.

http://www.lanacion.com.ar/economia/nota.asp?nota_id=980656

enero 06, 2008

Ron Paul tiene sentido


El candidato presidencial republicano en los EstadosUnidos, Ron Paul, ha recaudado más fondos de sus partidarios en un solo que lo que jamás haya recaudado un candidato presidencial en la historia de ese país.

Ron Paul defiende los principios libertarios que sostuvieron los “Padres Fundadores” de esa nación; está decididamente en contra del gobierno grande que todo lo controla y todo lo dirige.





Aboga por un retorno al respeto constitucional, y a reducir el papel del gobierno en todos los aspectos. Nunca ha votado en favor de subidas de impuestos. Se ha opuesto a aumentar las atribuciones del ejecutivo. Ha votado en contra de la “Patriot Act”. Está en contra de regular Internet. Ha votado en contra del envío de fuerzas militares a Irak. siempre ha defendido el libre mercado, y la libre empresa.

Está firme y decididamente en contra de la política exterior del presidente George W. Bush, reclama desde su escaño en el Congreso el retorno de las tropas acantonadas en Irak. Curiosamente las contribuciones financieras más grandes de su campaña, provienen de miembros de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.

Aunque en las encuestas aparece con una intención de voto de alrededor del 10%, su recaudación se ha puesto a los niveles de los candidatos más probables de ser nominados, pero considerando que las elecciones primarias recién comienzan, los abultados fondos de Ron Paul le permitirán tener una cobertura en los medios de prensa al nivel de los candidatos más populares. Es una excelente noticia para los libertarios.

The Tea Party 2007





Ron Paul tiene sentido