agosto 18, 2007

DOS CLASES DE ANARQUISMO





Autor: Wendy McElroy
Al comentar las manifestaciones en contra de la reunión en Seattle de la Organización del Comercio Mundial (WTO es su sigla en inglés), The Economist se preguntaba: “¿Por qué no había anarquistas entre todos esos ''anarquistas''?” Realmente, los había, pero aquellos que atraían la atención eran de la clase que le dan al derrocamiento del Estado un mal nombre. La revista Salon (casi sola entre los medios) fue más exacta al indicar que: “La mayoría de los informes tildaron simplemente a los manifestantes de ''''anarquistas,'''' pasando por alto la circunstancia de que muchos entre los manifestantes pacíficos se consideran a sí mismos también anarquistas.”
Claramente, alguna definición es necesaria. Los autoproclamados anarquistas que procedieron a la “acción directa en el punto de consumo” (traducción: destrozar vidrieras y saquear) eran anarquistas de izquierda. Atacaban a una abstracción—el mercado libre—destruyendo la propiedad específica de los propietarios individuales de los comercios. Los propietarios eran culpables de maldad porque, bien, eran “propietarios.”
Este no es el anarquismo estadounidense. El anarquismo individualista, la forma autóctona de la filosofía política, se erige sobre una rigurosa oposición a un ataque a la persona o a la propiedad de los individuos. La filosofía gira entorno a la “Soberanía del Individuo”—como Josiah Warren, un adelantado, lo expresaba. Ya sea que usted prefiera el término “la propiedad de uno mismo” o “el principio de la no-invasión,” la base de la filosofía sigue siendo la misma.
La idea es la de que cada individuo pacífico debe estar en libertad para disponer de su persona, tiempo, y propiedad como a él le plazca. La fuerza es permitida solamente en defensa propia y solamente cuando se encuentra dirigida al (a los) ofensor (es) individual (es), no a los representantes de una clase. El anarquismo individualista rechaza al Estado porque es la institucionalización de la fuerza contra los individuos pacíficos.
El anarquismo de izquierda (socialista y comunista) son importaciones foráneas que inundaron el país como mercancías baratas durante el siglo diecinueve. Muchos de estos anarquistas (especialmente aquellos que escapaban de Rusia) introdujeron rasgos lamentables en el radicalismo estadounidense. Creían en la “propaganda de hecho”: es decir, el uso de la violencia como un arma política y una forma de expresión política.
Ellos también dividieron a la sociedad en clases económicas, las cuales se encontraban en guerra las unas contra las otras. Aquellos que obtenían una ganancia al comprar o al vender eran de la clase de los criminales y sus clientes o empleados eran de la clase de las víctimas. No importaba si los intercambios eran voluntarios. De esta manera, los anarquistas de izquierda odiaban al mercado libre tan profundamente como odiaban al Estado.
En contraste, los anarquistas individualistas demandaban que todos los intercambios voluntarios fuesen tolerados, sino respetados
Para mejor o peor, las dos escuelas del anarquismo tenían lo suficiente en común como para estrechar sus manos cuando se encontraron por vez primera. De alguna manera, hablaban un lenguaje común. Por ejemplo, ambas denostaban al Estado y denunciaban al capitalismo. Pero, por este último, los anarquistas individualistas significaban al “capitalismo de estado,” a la alianza del gobierno y las empresas. Como una solución a dicho “capitalismo,” reclamaban medidas tales como un sistema bancario libre. En otras palabras, deseaban establecer alternativas voluntarias y más efectivas. Y si una sociedad voluntaria como esa aún abrigaba males tales como tasas de interés desorbitadas, que así lo hiciese. Nadie tenía el derecho de intervenir en un intercambio no-forzado. Ni siquiera un anarquista bien intencionado.
La luna de miel ideológica pronto terminó. Un conflicto fundamental lo constituía el uso por parte de la izquierda de la violencia como estrategia política. Por ejemplo, en marzo de 1886, Benjamin Tucker—director de Liberty, la voz del anarquismo individualista del siglo diecinueve—provocó un escándalo nacional. Publicó un artículo titulado “The Beast of Communism” ("La Bestia del Comunismo.") En el mismo, divulgó que “un vasto número” de anarquistas comunistas en la Ciudad de Nueva York se encontraban incendiando sus propias propiedades para cobrar las pólizas de seguros capitalistas, aún cuando algunas de las propiedades eran viviendas con cientos de inquilinos. En un incendio, una madre y su hijo recién nacido perecieron quemados. Tucker rotuló a estos supuestos radicales como “una pandilla de criminales.”
Los anarquistas individualistas y de izquierda fueron nada más que compaeros de ruta. Liberty se convirtió en la principal crítica de las revistas de izquierda como Freiheit, la cual presentaba artículos sobre las virtudes de la dinamita e instrucciones sobre cómo producir nitroglicerina.
La división entre las dos formas de anarquismo se ha profundizado con el tiempo. En gran medida debido a la tarea pionera de Murray Rothbard, el anarquismo individualista del siglo veinte ya no es intrínsecamente suspicaz de las prácticas generadoras de ganancias, tales como la de cobrar un interés. De hecho, el mismo abraza al mercado libre como el vehículo voluntario para el intercambio económico.
Pero a medida que el anarquismo individualista se inspira de manera creciente en el trabajo de economistas austriacos como Mises y Hayek, el mismo se distancia del anarquismo de izquierda.
Ocasionalmente, hay cuestiones sobre las cuales la izquierda y la derecha pueden unirse en protesta. La oposición a la WTO podría haber sido una de ellas. Pero no porque la organización sea una expresión del “libre comercio.” La WTO no tiene nada que ver con el libre comercio. Algunos naciones miembros desean preferencias arancelarias para los países en vías de desarrollo. Japón desea proteger su pesca y la silvicultura. Suiza intenta mantener los subsidios para los granjeros. La UE desea restringir ciertas importaciones (Ej.: carne vacuna) hasta que la tecnología (Ej.: la modificación genética) pueda ser “probada” como segura.
Mientras tanto, Clinton exige un foro permanente para la discusión entre la WTO y la ILO (sigla en inglés para la International Labour Organization u Organización Internacional del Trabajo) de modo que los demócratas no se enajenen el voto de los trabajadores en la próxima elección. En su plenitud, el espíritu de la WTO es capturado por el Comisionado del Comercio de la UE, Pascal Lamy, quien cree que el libre comercio debería ser “controlado, dirigido y manejado conforme las inquietudes de los ciudadanos de la UE.” Ésta es una definición del “libre comercio” con la cuál no estoy familiarizada.
El verdadero libre comercio significa lo mismo que significaba para Legendre, el hombre de negocios conocido por haber ofrecido una famosa respuesta al político francés Colbert del siglo diecisiete, quien deseaba saber cómo ayudarlo. Se dice que Legendre le contestó “Laissez-nous faire”—déjennos tranquilos.
El historiador Ralph Raico explica “Actualmente el término laissez faire ha venido a significar: déjese tranquilos a los individuo, déjeselos ser, en sus actividades económicas, en sus asuntos religiosos, en el pensamiento y en la cultura, en la búsqueda de la realización de sus propias vidas.” Esto es lo que el mercado libre significa para el anarquismo individualista.
Los anarquistas de izquierda y de derecha podrían haberse unido en una protesta no-violenta contra la WTO como un vehículo de la opresión gubernamental. Pero en vez de quebrantar al Estado, los anarquistas de izquierda destrozaron las vidrieras de los comerciantes. Al parecer, existen solamente dos cosas sobre Seattle respecto de las cuales la izquierda y la derecha pueden convenir. Por el motivo que sea, la WTO debe desaparecer. Y al menos ninguno de nosotros es la policía.

Fuente: Ludwig von Mises Institute.
Traducido por Gabriel Gasave
Wendy McElroy es Investigadora Asociada en The Independent Institute y directora de los libros del Instituto,
Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.

ANTES DE ENTRAR EN EL PARAISO NOS ESPERA UNA VUELTA POR EL INFIERNO


Por Roberto Cachanosky

Antes de entrar al paraíso, nos espera una vuelta por el infierno
Los muchos problemas que arrastra el actual modelo económico exigirán que el próximo presidente y su equipo asuman la tarea de reacomodar las variables distorsionadas.
Según Cristina Fernández de Kirchner, el kirchnerismo implementó un modelo de “acumulación de matriz diversificada”. De todas maneras, si de impresionar al auditorio se trata, uno podría agregar: “en base a una política global infusa y una planificación dimensional estratificada”. No tengo la más mínima idea de qué quiere decir lo que acabo de escribir, pero el lector tiene que reconocer que suena importante. Con semejantes frases, uno puede conmover a un auditorio y, además, ningún oyente se va a animar a disentir porque nadie tendrá la más mínima idea de qué se trata todo ese palabrerío. Tal vez, el modelo de “acumulación de matriz diversificada” consista en llevar y traer valijas repletas de dólares desde Venezuela en aviones alquilados con fondos públicos para que viajen funcionarios de tercer orden, o en dejar bolsas con dinero en el baño de un ministerio o, quizás, en nombrar a toda la parentela en cargos públicos con suculentos sueldos bajo el pomposo título de asesores. Posiblemente, la “matriz” les permita acumular a unos pocos gracias al contrabando de armas o pagando coimas para hacer algún gasoducto. Como puede verse, esta “acumulación de matriz diversificada” parece ser lo suficientemente flexible como para que resulte satisfactoria cualquier respuesta a la pregunta sobre qué es esa acumulación. Sin embargo, lo que más importante es que es el concepto es lo suficientemente difuso como para que nadie sepa quién acumula. De todas formas, haciendo un esfuerzo de imaginación, uno puede inferir que esta “acumulación de matriz diversificada” significa que el país no es dependiente de un solo producto o sector productivo. Si éste es el caso, sería bueno que Néstor Kirchner le explique a su esposa que, si no fuera por la soja y su alto precio internacional, la “acumulación de matriz diversificada” hoy estaría destrozada. De acuerdo a la senadora, esta “acumulación de matriz diversificada” tendría como objetivo que un sector no se desarrolle a costa de otro. Si a esto se le agrega su tan mentada propuesta de pacto social, pareciera ser que, en el futuro, todos vamos a ser felices, o, como dijo algún ministro, de la mano de Cristina entraremos al paraíso. ¿Y en virtud a qué instrumento mágico lograremos ganarnos el paraíso terrenal? Gracias al eufemismo del tipo de cambio competitivo. Es curioso cómo este gobierno que tanto detesta los 90 y los asimila a la convertibilidad, es decir, a una regla monetaria, recurre al mismo mecanismo. En definitiva, el corazón de la actual política económica es el tipo de cambio y el resto de las medidas se mueve para sostener el tipo de cambio deseado por el gobierno. Así como en los 90 el Estado se endeudaba para sostener la convertibilidad, hoy el Gobierno genera inflación, controla los precios, prohíbe las exportaciones y distorsiona los índices con tal de mantener una determinada paridad cambiaria. Si la gestión kirchnerista odia el endiosamiento del 1 a 1 de los 90, su única diferencia con lo que rechaza y hace consiste en cambiar el número: en vez de 1 a 1, prefiere el 3 a 1. Así como en los 90 me cansé de escribir sobre la inconsistencia entre el aumento del gasto público, el creciente endeudamiento estatal y la convertibilidad, hoy uno puede claramente advertir que existe una manifiesta inconsistencia entre el 3 a 1 y la estabilidad de precios, dado que la actual paridad entre el dólar y el peso sólo es sostenible con un creciente impuesto inflacionario que el Gobierno se limita a esconder detrás de índices distorsionados. Es decir, ni siquiera el 3 a 1 es sostenible en términos reales. De todas maneras, la “acumulación de matriz diversificada” no parece haber logrado su objetivo de superar a los 90, ya que el proceso de reindustrialización no ha sido tal si se considera que en 1998 el PBI de la industria manufacturera representaba el 17,2% del PBI total, en tanto que en 2006 se mantuvo en el 16,6%. ¡Es decir que devaluamos, defaulteamos y pesificamos para reindustrializar el país y terminamos con una participación sectorial de la industria en el PBI total menor que en los 90! ¿Qué condición fundamental requiere la “acumulación” para no terminar en otra memorable catástrofe? Que el Gobierno tenga un superávit fiscal equivalente al ingreso de capitales más el superávit de balance comercial. Porque bueno es recordar que, entre las propuestas de la candidata, se encuentra la de tener una superávit de balance comercial. Si ésa es la propuesta, junto con un tipo de cambio alto, el Gobierno debe comprar todos los dólares excedentes en el mercado para que el tipo de cambio no baje del nivel que requiere la “acumulación”. Por otra parte, ese superávit fiscal tiene que ser cada vez mayor en la medida que al país lleguen capitales para invertir, como pidió la candidata a presidenta por el Frente Para la Victoria. Ese superávit fiscal, que tendría que ser creciente si a los empresarios se les ocurriera invertir en la Argentina, obligaría a tener mucha disciplina fiscal, particularmente por el lado del gasto público, disciplina que hoy brilla por su ausencia dado el aumento del 50% anual del gasto corriente. Y quisiera ver si los gobernadores e intendentes “K” seguirían siéndolo si no se vieran beneficiados por el cheque que les llega desde el gobierno central. ¿Por qué complementar la “acumulación” con un pacto social? Porque intuyo que la candidata debe haber tomado debida nota, o alguien le habrá soplado que tomara nota, de la fenomenal distorsión de precios relativos que hoy impera en la Argentina y de las crecientes presiones inflacionarias que están poniendo de mal humor a amplios sectores de la sociedad. Es decir, si Cristina ganara las elecciones, heredaría de su esposo las llaves del paraíso, aunque antes tendría que pasar por el infierno de reacomodar todas las variables. En gas, por ejemplo, tiene que pensar en multiplicar por tres el precio actual y en combustibles tiene que ir multiplicando por dos. En este contexto, el pacto social supuestamente intentaría contener el descontento popular cuando haya que agregarle “azo” al apellido del ministro que intente recomponer la actual distorsión de precios relativos. Esperemos que no vuelva a tener el apellido Rodrigo. Lo cierto es que si Cristina gana las elecciones, no podrá –como ocurrió en otras épocas– señalar con el dedo acusador a sus antecesores y culparlos de todos los males heredados. Si Cristina gana las elecciones, cosa que todavía está por verse, llegará a un paraíso lleno de casos de corrupción, problemas energéticos, presión inflacionaria y, encima, tendrá la necesidad de cambiar todos los precios caprichosamente establecidos en estos cinco años. Con escándalos de corrupción saltando uno atrás de otro y el largo listado de problemas a enfrentar, lo más probable es que la primera medida que tomen sus colaboradores consista en verificar diariamente que el helicóptero siempre tenga combustible y esté listo para partir.
Fuente: ECONOMIA PARATODOS http://www.economiaparatodos.com.ar/

agosto 15, 2007

UN FUTURO DE PAZ Y CAPITALISMO


Murray Rothbard


Para discutir el “futuro del capitalismo”, primero de todo necesitamos determinar qué significa realmente el término “capitalismo”. Desafortunadamente, el término “capitalismo” fue acuñado por su mayor y más conocido enemigo, Karl Marx. Realmente, no podemos depender de esta concepción para su correcto y sutil significado. De hecho, lo que Marx y los escritores posteriores hicieron fue responder a dos conceptos extremadamente diferentes e incluso contradictorios, combinándolos bajo el mismo término. Estos dos conceptos contradictorios son lo que me gustaría llamar “capitalismo del libre mercado” por una parte, y “capitalismo de estado” por la otra.
La diferencia entre el capitalismo del libre mercado y el capitalismo de estado es precisamente la diferencia entre, por una parte, la paz, el intercambio voluntario, y por otra parte, la extorsión violenta. Un ejemplo del intercambio en el libre mercado es la compra de un periódico en la esquina por diez centavos. Éste, es un acto pacífico, un intercambio voluntario que beneficia a las dos partes. Compro el periódico porque valoro su contenido más que no mis diez centavos que he dado en intercambio. El vendedor de periódicos me vende el diario porque, a la vez, él valora más mis diez centavos que el periódico. Las dos partes ganamos en el intercambio. Lo que estamos haciendo en tal intercambio es cambiar títulos de propiedad: cedo la propiedad de mis diez centavos en intercambio para conseguir el papel; y el vendedor de periódicos hace el cambio contrario con su título. Este simple intercambio de transferir diez centavos por un periódico es un ejemplo de un acto unitario de libre mercado. Así es como funciona el mercado.
A diferencia de este acto pacífico, está el método de la extorsión violenta. La expropiación violenta ocurre cuando yo voy al vendedor de periódicos y le incauto su periódico a punta de pistola. En este caso, por supuesto, no hay beneficio mutuo. Yo gano a expensas de la víctima (el vendedor de periódicos). Así pues, la diferencia entre esas dos transacciones —entre el intercambio voluntario, y el atraco a punta de pistola— es precisamente la diferencia entre el capitalismo del libre mercado y el capitalismo de estado. En ambos casos obtenemos algo —ya sea dinero o periódicos— pero lo obtenemos de formas totalmente diferentes; son caminos con atributos morales y consecuencias sociales totalmente diferentes.
En este punto no puedo resistir la tentación de apuntar la gran divergencia que tenemos el profesor Averitt y yo sobre Jefferson y Hamilton. No veo a Jefferson como un prematuro Franz Boas —léase, prematuro antropólogo izquierdista. Jefferson no lo fue. Mi lectura de Jefferson es totalmente diferente. Jefferson fue precisamente un defensor del laissez–faire, o libre mercado; del capitalismo. Y esa fue la auténtica diferencia entre Jefferson y Hamilton. No es cierto que Jefferson estuviese en contra de las fábricas o de las industrias per se. De lo que estaba en contra era del desarrollo coercitivo, es decir, castigar a los granjeros con tarifas y subsidios para construir una industria artificial, que fue esencialmente el programa de Hamilton.
Jefferson, junto con otros hombres de estado de su tiempo, fue un hombre muy culto. Leyó a Adam Smith, a Ricardo, estaba muy familiarizado con la economía del laissez-faire clásico. Por lo tanto, su programa económico, lejos de ser la expresión de una bucólica nostalgia agraria, tenía una visión muy sofisticada de la economía clásica en el escenario americano. No hemos de olvidar que los clásicos del laissez-faire esteban en contra de las tarifas, subsidios, y de la coerción sobre el desarrollo económico.
Además, el término “igualdad”, tal y como lo usó Jefferson y los jeffersonianos, fue empleado en el mismo sentido que su amigo y colega George Mason en La Declaración de los Derechos de Virginia poco antes que Jefferson escribiese la Declaración de Independencia:
“todos los hombres por naturaleza son libres e independientes”. En otras palabras, “igualdad” no significa lo mismo que hoy día: igualdad de condición o uniformidad. “Igualdad” significa que cada persona tiene el derecho de ser igualmente libre e independiente de disfrutar del derecho de “libertad por igual”, tal y como Herbert Spencer diría un siglo después. En otras palabras, lo que estoy diciendo es que el ala jeffersoniana de los Padres Fundadores estaba basada esencialmente en el libre mercado: el capitalismo del laissez–faire.
Volviendo al mercado: el libre mercado es una red inmensa, un entramando de intercambios de estas pequeñas unidades que anteriormente he mencionado: intercambiar una moneda de diez centavos por un periódico. En este punto, hay dos personas, o dos grupos de personas, y estas dos personas o grupos intercambian dos mercancías; normalmente dinero y otras mercancías. Ahora, cada uno de ellos se beneficia del intercambio, de no ser así, no realizarían el intercambio. Si piensan que se equivocan en realizar el intercambio, entonces lo paran, y no vuelven a intercambiar.
Otro ejemplo común del libre mercado es la universal práctica de los chicos que intercambian cromos de béisbol —intercambian, por ejemplo “dos Hank Aaron” por “un Willie Mays”. Los “precios” de los cromos, y los intercambios que se dan, se han basado en la relativa importancia que los chicos le dan a cada jugador. Los molestos progresistas (liberals) lo expresarían de esta forma: los progresistas estamos a favor de cualquier acción voluntaria bajo el famoso cliché de “consentimiento entre dos adultos”. Así pues, es característico que mientras los progresistas están a favor de cualquier relación sexual que emane del consentimiento de dos personas adultas, se oponen al consentimiento de los adultos cuando emanan del mercado o intercambio. Cuando esto ocurre, entonces los progresistas acosan, mutilan, restringen, o prohíben ese mercado. Entonces, tanto las actividades sexuales consentidas como el mercado son el mismo tipo de expresiones de la libertad en acción. Las dos pueden ser buenas para cualquier liberal (libertarian) coherente. Pero el estado, especialmente aquel regido por un gobierno progresista, normalmente interviene para regular y restringir tal intercambio.
A pesar que yo quiera intercambiar dos Hank Aarons por un Willie Mays, el estado puede intervenir, o cualquier otro tercer grupo, y decir: “No, no puedes hacer eso, eso es el mal. Va en contra del bien común. Ese intercambio es ilegal, cualquier intercambio de cromos de béisbol ha de ser uno por uno, o tres por dos” —o por cualquier otra tasa que el estado escoja en su sabiduría y grandeza arbitrariamente impuesta. ¿Bajo qué derecho actúan así? El liberal reclama que el estado no tiene derecho alguno a hacer eso.
En líneas generales, la intervención del estado puede ser clasificada en dos sentidos: prohibiendo los dos intercambios interpersonales, o prohibiendo de forma parcial un intercambio entre dos personas. Es decir, prohibir los acuerdos a los que llegan dos adultos que intercambian de mutuo consentimiento; que es un intercambio que beneficia a ambas partes, o bien, forzando a uno de ellos a hacer un “intercambio” unilateral con el estado, en el cual, la persona retribuye algo al estado bajo la amenaza o coerción. La primera puede incluir una absoluta prohibición del intercambio, regulando las condiciones del intercambio —los precios—, o excluir a ciertas personas para hacer el intercambio. Un ejemplo de la última intervención, por ejemplo, es ser fotógrafo en muchos estados, donde uno debe tener una licencia de fotógrafo —demostrando que eso es para “un buen fin moral” y pagando una cierta cantidad de dinero al aparato del estado. ¡Esto con el fin de poder tener el derecho de hacer una fotografía a alguien! El segundo tipo de intervencionismo es un “intercambio” forzado entre nosotros y el estado. Un “intercambio” que sólo beneficia al estado y no a nosotros. Por supuesto, los impuestos son el obvio y evidente ejemplo de ello. En contra del intercambio voluntario, los impuestos son un claro ejemplo del embargo coercitivo a la propiedad de la gente sin tener su consentimiento previo.
Es cierto que muchas personas quieren ver las cargas impositivas como si no fuesen impuestas. Creen, como dijo el gran economista Joseph Schumpeter, que los impuestos son algo parecido a las tasas o contribuciones de un club, donde cada persona voluntariamente paga su parte de gastos al club. Pero si realmente crees eso, intenta no pagar tus impuestos y verás que pasa. Ningún “club” que yo conozca tiene el poder de apoderarse de tu propiedad o encarcelarte si no pagas tus contribuciones. Para mi, pues, los impuestos son explotación —los impuestos son un juego de “suma de cero”. Si hay algo en el mundo que sea un juego de suma cero, eso son los impuestos. El estado expropia el dinero de un grupo de gente para dárselo a otro, y mientras tanto, por supuesto, se queda un largo pedazo para sus propios “gastos de tramitación”. Los impuestos, pues, son pura y llanamente un robo; punto final.
De hecho, reto a cualquiera a sentarse y pensar a fondo para encontrar una definición de “impuestos” que no sea aplicable al robo. Como el gran escritor liberal H. L. Mencken apuntó una vez, entre la gente, incluso si no son liberales dedicados, se considera que robar al estado no está en el mismo plano moral que robar a otra persona. Robar a otra persona es generalmente deplorable, pero si al estado se le roba, todo lo que sucede, como dijo Mencken, “es que ciertos corruptos y vagos tendrán menos dinero que gastar del que tuvieron antes”.
El gran sociólogo alemán Franz Oppenheimer, que escribió un magnífico pequeño libro llamado The State, lo mostró de forma brillante. En esencia, dijo, sólo hay dos caminos para que los hombres consigan riquezas. La primera, es produciendo un bien o servicio e intercambiarlos de forma voluntaria por el producto de otra persona. Este es el método del intercambio, el método del libre mercado; es creativo y desarrolla la producción; no es un juego de suma cero porque la producción se desarrolla y el intercambio otorga beneficio a ambas partes. Oppenheimer llamó a este método el de “los medios económicos” para la adquisición de riqueza. El segundo método es cuando otra persona incauta la propiedad de otra sin su consentimiento, es decir, aplica el robo, la explotación, el saqueo. Cuando incautas la propiedad de alguien sin su consentimiento, te estás beneficiando a sus expensas, esto es, a las expensas del productor. Esto sí es realmente un “juego” de suma cero —no tiene mucho de “juego” desde el punto de vista de la víctima. En lugar de desarrollar la producción, este método de robo dificulta y restringe la producción. Por lo tanto, siendo inmoral, mientras que el intercambio es moral, el método del robo dificulta la producción porque es un parásito sobre el esfuerzo de los productores. Con brillante astucia, Oppenheimer llamó a este método de enriquecerse “el de los medios políticos”. Luego definió al estado, o gobierno, como “la organización de los medios políticos”, es decir, como el aparato de la regulación, la legitimización, y permanente establecimiento de los medios políticos para la adquisición de riqueza.
En otras palabras, el estado es el robo organizado, el saqueo organizado, la explotación organizada, y su esencial naturaleza se destaca por el hecho de que el estado siempre usa el instrumento de los impuestos.
Me gustaría aquí comentar otra vez la exposición del profesor Averitt sobre la “avaricia”. Es cierto que: la avaricia tiene muy mala prensa. No veo nada malo en la avaricia. Creo que aquellos que están continuamente atacando la avaricia podrían ser más consistentes con su posición si declinaran su próxima subida salarial. No he visto, ni al más izquierdista de los científicos de este país rehusar con desprecio su paga. En otras palabras, la “avaricia” simplemente es intentar aliviar la escasez natural en la que el hombre ha nacido. La avaricia continuará hasta que llegue el Jardín del Edén, esto es, cuando todo es superabundante y no sea necesario preocuparse por la economía. Pero aún no hemos llegado a ese punto; no hemos alcanzado el punto donde todo el mundo rehúse sus aumentos salariales o pagas en general. Por lo tanto, la pregunta es: ¿qué tipo de avaricia vamos a querer? La “avaricia productiva”, donde la gente produce e intercambia voluntariamente sus productos con los otros ¿O la avaricia de la explotación, del robo organizado y la rapiña, donde consigues tu riqueza a las expensas de otro? Estas son las dos auténticas alternativas.
Volviendo al estado y a los impuestos, me gustaría apuntar una nota de San Agustín, que no es famoso por ser un liberal, pero que enfatizó una excelente parábola liberal. Escribió que Alejando el Grande había apresado a un pirata, y le preguntó qué significaba para él hacerse con la posesión del mar. Y el pirata respondió audazmente: “Lo mismo que tu entiendes por apoderarte del mundo entero; pero mientras que yo lo hago con un pequeño barco, a mi me llaman ladrón, mientras que ti, que lo haces con una gran flota, eres llamado emperador”. Aquí San Agustín destacó el hecho que el estado es simplemente un ladrón por imperativo legal, que actúa a gran escala, pero un ladrón legitimado por la opinión de los intelectuales.
Tomemos otro ejemplo; la Mafia, que también sufre de mala prensa. Lo que la mafia es a escala local, el estado lo es a una escala descomunal; sin embargo el estado disfruta de mucha mejor prensa.
En contraste a la antiquísima institución del estatismo, de los medios políticos, el libre mercado capitalista llegó como un gran movimiento revolucionario en la historia del hombre. Vino en un mundo que estaba marcado por el despotismo, por la tiranía, por el control totalitario. El libre mercado capitalista surgió primero en las ciudades estado de Italia consiguiendo implantarse a gran escala con la Revolución Industrial en occidente; una revolución que nació con una remarcable liberalización de la energía creativa y posibilidades productivas, dando enormes aumentos en la producción. Pueden llamarlo “avaricia” si quieren; o pueden atacar el deseo de alguien pobre por aumentar las posibilidades de su destino como “avaricia” también.
Esto me recuerda un interesante punto sobre el concepto de “avaricia” que rebasa incluso la frontera entre “izquierda y derecha”. Recuerdo cuando Russell Kirk lanzó el contemporáneo movimiento conservador en Estados Unidos a mitades de 1950. Uno de los jóvenes líderes conservadores de esa época hizo un mitin. Opinaba que el gran problema del mundo, y la razón por la cual había crecido la izquierda, era porque todos son “avariciosos”, porque las masas de Asia son “avariciosas”, etc. Aquí había una persona que poseía la mitad de Montana atacando las masas de la población mundial, que las acusaba de querer superar el nivel mínimo de subsistencia para aumentar su nivel de vida. Y aún y así, éstos seguían siendo “avariciosos”.
En cualquier caso, el capitalismo del libre mercado y la Revolución Industrial, mostraron un fuerte ascenso de las energías productivas, un fuerte ascenso que constituyó una revolución en contra del sistema mercantilista del siglo diecisiete y dieciocho. De hecho, el sistema mercantilista es a lo que hemos vuelto ahora. Hay muy poca diferencia entre el capitalismo de estado monopolístico, o capitalismo de estado corporativo, o como se le quiera llamar, en los Estados Unidos y Europa [Occidental] hoy, y el sistema mercantilista de la era de la pre–Revolución Industrial. Sólo hay dos diferencias. Una, es que la principal actividad de entonces fue el comercio, y la de ahora es la industria. Pero el esencial modus operandi de los dos sistemas es exactamente el mismo: monopolio privilegiado, una completa unión en lo que se ha llamado “acuerdo del estado y la industria”. Un sistema generalizado de militarismo y contratos de guerras, un camino hacia la guerra y el imperialismo. Es el mismo tinglado que caracterizó los siglos diecisiete y dieciocho. La verdadera diferencia clave es que en esa época no existía un gigantesco sistema de representación proporcional (P.R. Apparatus). No tenían una flota de intelectuales que pregonaban a todos lados las maravillas del sistema: como promover el bien común y el bienestar general, es decir, el Progresismo En Acción. Ellos decían: “Es nuestro propósito abusar del publico, ¡y lo estamos haciendo!”. En esos tiempos fueron muy honestos. A propósito, es realmente refrescante ir hacia el pasado y leer el material anterior a 1914 y ver la honestidad de ese tiempo.
Uno de los conceptos importantes de esta conexión es el de Albert Jay Nock, un gran pensador liberal (su seguidor fue Franz Oppenheimer). Nock acuñó dos conceptos que llamó: “poder social” por una parte, y “poder del estado” por otra. El poder social es esencialmente del que he estado hablando: las energías productivas liberadas por el libre mercado, el intercambio voluntario, el de la gente que interactúa voluntaria y pacíficamente. El “poder del estado” es parasitismo, es el estado en general —impuestos organizados, regulaciones, etc. Nock vio la historia esencialmente como una carrera entre el poder social y el poder del estado. En la época de la Revolución Industrial, por ejemplo, por varias circunstancias el poder del estado era mínimo, y esto permitió al poder social tomar un inmenso ascenso. Pero lo que ha ocurrido en el siglo XX es esencialmente que el poder del estado lo ha alcanzado, y ha paralizado al poder social otra vez como en antaño.
¿Cuál es pues mi visión sobre el “futuro del capitalismo” —nuestro tema de hoy? Mi visión sobre el futuro es muy optimista. Realmente creo que la libertad del libre mercado, aunque se me suponga como reaccionario, primitivo, es el camino del futuro. Por una parte, fue el camino o la fuerza del futuro hace cien y doscientos años, y lo único que hemos de hacer ahora es dar un radical salto atrás, hacia ese sistema. El actual sistema no es realmente “progresista” al fin y al cabo.
Segundo, Ludwig von Mises descubrió en 1920 que el socialismo —la alternativa opuesta al actual neo–mercantilismo— no puede funcionar en un sistema industrial. Un sistema agrario puede funcionar por tiempo indefinido, mientras mantengas a los campesinos vivos. Puedes mantener casi cualquier tipo de sistema tiránico sobre los campesinos, pero en una era industrial necesitas mucho más que eso: necesitas al mercado, necesitas un test de pérdidas y beneficios. No se puede hacer funcionar un sistema que es poco organizable. Mises probó que el sistema socialista no puede ser calculado económicamente porque no tiene un sistema de precios para los bienes de capital, y por lo tanto, el socialismo no puede ser posible en un sistema industrial. Todos los libros de textos dicen que Mises fue rápidamente refutado por Oskar Lange y otros, pero en realidad jamás fue refutado. No tengo tiempo para profundizar en este tema teórico, pero en la práctica lo que ha pasado es que, en respuesta a la industrialización, ha habido un enorme cambio en los últimos cincuenta años en los países de la Europa del Este distanciándose del socialismo y más orientado hacia el libre mercado.
Para un creyente en la libertad y el libre mercado, este cambio es uno de los más excitantes desarrollos de las dos últimas décadas. Ahora sólo hay dos interpretaciones sobre este desarrollo: puedes decir, como hacen los chinos, los yugoslavos, los polacos, los checos, los eslovacos, los húngaros que se han vendido todos ellos al capitalismo —se han ido en secreto a la Embajada Americana y han recibido su paga. O más bien, podríamos decir que ha ocurrido algo más profundo. En esencia es que estos países han probado el socialismo y éste no funciona, especialmente cuando la economía empieza a industrializarse. Han encontrado en la práctica, de forma pragmática, y sin leer a Mises (aunque es evidente que leyeron a Mises en su tiempo) y Hayek y otros, que el socialismo no puede calcular la economía; y cayeron en esa conclusión por ellos mismos.
Lenin, evidentemente, llegó a esa conclusión mucho antes, cuando “El Comunismo de Guerra” fue abandonada en 1921. “El Comunismo de Guerra” fue un intento, poco después de la Revolución Bolchevique, de saltar al comunismo total, a una economía sin dinero y sin precios, en la cual cada persona entregaba sus bienes a la comunidad —y en la práctica fueron forzados— y retirarlos de esa comunidad para satisfacer sus necesidades. El sistema de La Guerra Comunista probó ser un desastre total —no a raíz de la guerra civil (que la racionalización sólo viene mucho después), sino por el propio sistema comunista en si[1]. Lenin vio pronto qué es lo que había pasado, y rápidamente instituyó la Nueva Política Económica, que fue esencialmente un retorno a un sistema de mercado quasi–libre. Ahora los países del Este de Europa, especialmente Yugoslavia, se han movido muy rápidamente desde 1950; y lejos de ir hacia el socialismo o la planificación centralizada, han evolucionado hacia un sistema de libre mercado.
En Yugoslavia, por ejemplo, la agricultura, aún es la principal industria, y es casi totalmente privatizada; existe un floreciente sector privado a pequeña y gran escala. El “sector público” ha entregado la propiedad del estado a los trabajadores en varias plantas —esencialmente funcionando como productores corporativos. Además existe un substancial libre mercado entre esas compañías productoras con un floreciente sistema de precios, esto es, un severo test de beneficio–pédida (cuando una empresa pierde mucho dinero, entonces cierra). A todo esto, la más reciente reforma económica yugoslava que empezó en 1967 y está aún en marcha, vio una inmensa bajada en la tasa impositiva de sus compañías. Una bajada que fue del 70% sobre los ingreso al 20%. Esto significa que, el gobierno central yugoslavo no ejercerá más control absoluto sobre las inversiones: las inversiones, también han sido descentralizadas y desnacionalizadas. De hecho, si se lee la economía comunista yugoslava —especialmente en las zonas relativamente industrializadas de Croacia y Eslovenia— parece estar leyendo un programa económico más sano que el de Barry Goldwater o Ronald Reagan. “Por qué somos productivos los croatas o los eslovenos”, se preguntan, “¿Se les han de poner impuestos para subvencionar a esos holgazanes de Montenegro?” Y: “¿Por qué construimos fábricas antieconómicas (“políticas”)?. "Cada uno debe estar preparado para lo suyo”, etc. El próximo paso en Yugoslavia es que los bancos —los cuales, ya sea dicho de paso, son muy competitivos como empresas privadas gracias a sus clientes comerciales— están haciendo una campaña a favor de una bolsa de valores en un país comunista, algo que habría sido considerado inimaginable hace diez o veinte años atrás. A este sistema le proponen llamar —literalmente— “capitalismo socialista de la gente”.
En este punto, hace unos cuantos años yo estaba impartiendo unas clases de Sistemas Económicos Corporativos. Naturalmente, usé el término para alabar el libre mercado y atacar el socialismo así como a la planificación central. Finalmente invité a un profesor de intercambio de Hungría —un eminente economista comunista— para que diese una lectura económica como invitado. Los chicos dijeron: “Ah, por fin vamos a tener el otro lado de la moneda”. ¿Y qué hizo el economista húngaro? Todo el tiempo que duró la lectura la usó para alabar el libre mercado y atacar la planificación central. Exactamente dijo que lo que había contado yo hasta el momento.
En la Europa del Este, pues, creo que las esperanzas para un libre mercado son excelentes —creo que estamos obteniendo un libre mercado capitalista y que su triunfo allí es algo inevitable. En los Estados Unidos, el proceso es algo más oscuro, pero aquí también podemos ver como la “Nueva Izquierda” toma un gran número de las posiciones que habíamos tomado los “derechistas extremos” en nuestro tiempo. Muchas de las posiciones que se han tildado de “derechistas extremas” hace veinte años, ahora son bastante izquierdistas.
Como resultado, yo, con la misma posición que entonces, me han reubicado de la extrema derecha a la izquierda sin ningún tipo de esfuerzo por mi parte. Descentralización, control de la comunidad, ataque al Leviatán del gobierno, a la burocracia, a la intervención estatal en la vida de las personas, ataque a la educación estatista, crítico del unionismo el cual está vinculado al estado, oposición al militarismo, a la guerra, al imperialismo, etc. Todas esas cosas que la Izquierda está empezando a ver, es precisamente lo que nosotros los “extremadamente derechistas” hemos estado diciendo siempre; y a medida que avanza la “descentralización”, no hay nada tan descentralizado como el libre mercado, y tal vez, este también llegue a ser el centro de atención de la gente.
Precisamente por eso, soy muy optimista sobre el futuro del libre mercado capitalista. No soy optimista sobre el futuro del capitalismo de estado —o más bien, soy optimista, porque creo que acabará desapareciendo. El capitalismo de estado inevitablemente crea todo tipo de problemas que son insolubles. Como dijo Mises, una intervención en el sistema para intentar resolver los problemas sólo crea más problemas, que a la vez sólo demandan más intervención, etc. Así el proceso entero se hace como una bola de nieve hasta que se llega al colectivismo, al sistema totalitario. Ahora es mucho más probable el aumento de la intervención en Vietnam; el principio, como ya sabemos todos, es que la intervención del gobierno en Vietnam crea problemas que reclaman más intervención, y así de forma cíclica. Lo mismo pasa con la intervención doméstica, y el programa agrario es un excelente muestra de ello.
Tanto Vietnam como la intervención del estado en el ámbito doméstico, hacen aumentar la intervención creando sólo problemas que enfrentan a la gente y a sus elecciones: la prensa reclama más intervención, o la repele —en el caso de Vietnam, retirarse del país. Ahora en Yugoslavia y en el resto de la Europa del Este, han tomado el sentido contrario: el de la descentralización progresiva, continuando repeliendo un intervencionismo detrás de otro, y abocados al libre mercado. En Estados Unidos hemos tomado el camino de acelerar las intervenciones, hacia una mayor mutilación del libre mercado. Pero empieza a ser evidente que el sistema mixto se hace pedazos, que no funciona. Se está empezando a ver, por ejemplo, que el Estado del Bienestar no impone impuestos a los ricos y se lo da a los pobres; sino que impone impuestos a los pobres para dárselo a los ricos, y es el pobre quien paga ese Estado del Bienestar. Se está empezando a ver que la intervención exterior es esencialmente el método de subvencionar las empresas americanas en contra de ayudar a los pobres de los países subdesarrollados. Y ahora se empieza a ver evidente que las políticas keynesianas sólo triunfan para traernos más inflación con recesiones; y nuestros olímpicos economistas no tienen ni idea de sacarnos de este desorden. Lo único que hacen es cruzar sus dedos y sus modelos económicos y rezar. Y por supuesto, sólo podemos mirar hacia delante con otro crisis en la balaza de pagos de aquí a un par de años; otro episodio de la crisis inflacionista en un par de años, otro episodio histérico de la salida del oro.
Nos amenazan muchas crisis en América, algunas para llegar, otras las tenemos inminentemente encima. Todas esas crisis son el producto de la intervención, y ninguna de ellas podrá ser solucionada mediante el intervencionismo. Otra vez, creo que podemos darle la vuelta de forma definitiva a nuestro presente —tal vez tomando a Yugoslavia como paradigma. Por cierto, el profesor Averitt mencionó la Gran Depresión; el capitalismo de 1920. Tal depresión la causó la fuerte intervención del estado; un intervencionismo, todo sea dicho, muy similar al actual. En 1920, tuvimos el recién instaurado Sistema de la Reserva Federal, donde los economistas del Establishment de ese momento aseguraron que eliminarían cualquier recesión futura. El Sistema de la Reserva Federal en adelante manipularía los precios y la oferta de dinero allanando los ciclos económicos para siempre. Mil novecientos veintinueve y la Gran Depresión fueron el resultado de la manipulación guiada de la mano sabia de los economistas del Establishment —no fueron en ningún sentido el resultado del capitalismo del libre mercado.En resumen, el advenimiento de la industrialización y la Revolución Industrial cambió irreversiblemente el pronóstico de la libertad y el estatismo. En la era preindustrial, el estatismo y despotismo estaban fijados de forma indefinida, quedando satisfecho con mantener a los campesinos en los mínimos niveles de subsistencia y viviendo a costa de sus beneficios. Pero la industrialización rompió las antiguas normas, fue evidente que el socialismo no podía funcionar en un sistema industrializado, y éste fue convirtiéndose en neo–mercantilismo, intervencionismo, y en el largo plazo ninguno de los dos son compatibles con el sistema industrial. El libre mercado capitalista, o la victoria del poder social y de los medios económicos, no es sólo el único triunfo moral y, de lejos, es el sistema más productivo, sino que también es el único sistema viable para la humanidad en la era industrial. El triunfo final, es virtualmente, inevitable.

Muros




Carlos Mira



En lugar de criticar a los países que tratan de impedir la entrada indiscriminada de personas a su territorio, los políticos argentinos deberían condenar a aquellas naciones y gobiernos que crean las condiciones nefastas que impulsan a sus ciudadanos a buscar otros horizontes.

¿Por qué cree, señor presidente, que millones de mexicanos han decidido abandonar México para radicarse en la tierra que usted tanto ataca? ¿Cree que lo hubieran hecho si en México se hubieran reproducido las condiciones de progreso que intentan buscar en los Estados Unidos? Entonces, ¿por qué criticar a quien se ha preocupado por organizar un sistema de vida en el que las personas pueden aspirar a ser eso, personas? ¿Por qué no levantó, señor presidente, el mismo dedito y usó la misma energía que utilizó para criticar a los Estados Unidos para advertir y señalar a las autoridades del país que genera las condiciones de precariedad para que sus ciudadanos se vayan?

Es muy fácil apelar a la demagogia barata y endulzar los oídos de un auditorio que tiene sus manos llenas de culpas y de víctimas concretas del robo, la corrupción y de la pretensión hegemónica de controlarlo todo.

Si nos enojamos porque los Estados Unidos construyen un muro para tratar de defenderse de una invasión demográfica que se produce porque el sistema norteamericano de progreso humano la atrae, ¿por qué no reproducimos ese sistema en nuestros países, así nuestra gente no tendría que ir a buscar lo que le gusta a otro lugar? ¿Quién dejaría su propia tierra si encontrara en ella un horizonte de futuro que lo entusiasme?

Mientras tanto, otros sistemas han construido –y construyen aún– otros muros, pretendiendo encarcelar a la gente, evitando que huya (no evitando que entre) y reduciéndola a una servidumbre mental hasta convertirla en lacayos de una casta de jerarcas privilegiados que se ocultan tras las obscenidades del poder. Pero esos muros y esos sistemas no reciben de usted, señor presidente, la misma crítica ni la misma condena. Ha preferido, en cambio, condenar al que se preocupó por ordenar la sociedad de tal manera que todos tengan la posibilidad de vivir mejor, en lugar en lugar de culpar a quien estableció un orden que asegura la gloria a los burócratas y a los prebendarios del poder y que condena a la pobreza al hombre común que, sin nada que perder, decide arriesgar, para huir de tanta indignidad, lo único que le queda: su propia vida.

¿Cuándo llegará la hora de que un presidente argentino arroje a los residuos del deshonor la demagogia inútil y reconozca cuáles son los sistemas de libertad en los que a las personas normales les gusta vivir?

No habrá muros, señor presidente, el día que todos los países brinden a sus pueblos la dignidad de la libertad y la aventura de la decisión propia. Ese día podremos tener la tranquilidad de que la síntesis perfecta entre el amor a la tierra propia y el amor al progreso pueda encontrarse en casa, sin que otras costumbres nos tienten con sus brazos a dejar lo que nos pertenece y echar la suerte que nos queda en un horizonte extranjero.

Fuente: Economía para Todos. http://www.economiaparatodos.com.ar/

La manipulación del Indice de precios - Sospechas e ignorancia.

Por Carlos Margariti


Sin entrar a analizar las intenciones y verdaderas razones de la administración kirchnerista para manipular los índices publicados por el INDEC, los métodos utilizados para lograrlo demuestran una completa ignorancia sobre estadística matemática.


En un reciente trabajo, Gustavo Lazzari, director de políticas públicas de la Fundación Atlas, brindó un interesante enfoque al preguntarse por qué el Gobierno dibuja el índice de precios. Sus respuestas a ese dilema encontraron cuatro motivos fundamentales, encuadrados en lo que podríamos llamar manipulación de los datos:1º. para frenar los aumentos salariales, de manera que si las paritarias aceptaban el incremento oficial del 16,5 % pudieran anunciar que los salarios crecían 10 % más que la inflación publicada.2º. para disminuir los intereses de los bonos ajustables por CER, tal como lo confesó la candidata oficial a la presidencia de la Nación ante empresarios españoles, a quienes señaló que cada punto de inflación nos costaba u$s 421 millones más.3º. para que el número de personas debajo de la línea de pobreza sea menor, ya que si los precios dibujados son bajos parece que con el mismo ingreso nominal se pueden comprar más bienes y servicios.4º para que el indicador de crecimiento económico sea mayor y permita que la estimación del incremento del rubro servicios nos demuestre un crecimiento interanual a tasas chinas. Estos motivos tienen la finalidad exclusiva de influenciar en la próxima contienda electoral de manera que la tapa de los diarios muestre el éxito radiante del proyecto que ahora ha dado en llamarse “modelo de acumulación con matriz multisectorial de gran valor agregado”, frase compuesta por conceptos sucesivamente añadidos en forma similar a los propulsores y tanques de combustible de los cohetes espaciales. Sin embargo, si ésa es la intención subyacente en el manoseo de los índices de precios, el camino elegido nos señala otro asunto tanto o más importante que el comentado. Se trata de una fundamental cuestión de ignorancia. Porque, si en lugar de obrar con ignorancia, hubiesen actuado con inteligencia, habrían podido echar mano de las posibilidades que brinda la estadística matemática. Es decir que podrían haber dispuesto la confección de muchos índices de precios tal como lo hace el Instituto Brasileño de Geografía e Estadística, fundado en 1934 por el gran estadístico Mario Augusto Teixeira da Freitas. Este serio y confiable organismo técnico brasileño publica no uno, sino siete índices de precios, elaborados según diferentes metodologías científicamente aceptadas y aplicadas uniformemente con los períodos transcurridos desde 1934.

Índices de precios simples

La primera lección de la estadística matemática nos enseña que los números índices pueden determinarse de manera simple o ponderada. Los índices simples son aquellos que no tienen en cuenta el peso ni la participación de distintas cantidades de bienes consumidos. Es decir, se limitan a consignar precios exentos de cantidades. Estos índices simples se calculan de diversas maneras, sujetas a metodologías universalmente reconocidas:a. como una mera suma de precios reales para distintos productos, como ser: alimentos, indumentaria, servicios y bienes de consumo durable. El método toma el resultado de esa suma para un mes determinado y lo equipara a una base igual al número 100.b. como un promedio aritmético de precios relativos, relacionando el precio de cada producto para un mes determinado con el precio del mismo producto en el mes tomado como base y promediando luego todos los datos relativos.c. como una mediana de precios, ordenando todos los precios relativos para cada mes y calculando cuál es el promedio entre el más alto y el más bajo. Ese promedio se denomina “mediana de una serie de precios”.d. como un promedio geométrico de precios, que es una variante del método de promedios aritméticos, con la diferencia de que, en lugar de sumar los precios de los distintos productos, se los multiplica y al resultado se les extrae la raíz con exponente “n”.e. como un promedio armónico de precios relativos, que consiste en determinar la media aritmética de la razón inversa de todos los precios relativos. Con estos cinco métodos alternativos, el secretario de Comercio Interior tendría un primer abanico de datos mensuales, concordantes y explicativos de situaciones reales variadas.

Índices de precios ponderados

Pero, si quisieran avanzar en un camino de mayor precisión científica, correspondería ponderar cada uno de los precios relevados por los encuestadores del INDEC por la cantidad realmente consumida. Para ello, se podría utilizar la encuesta de hogares existente, que indica cuál es la cesta o canasta de bienes que componen el consumo habitual de una familia que vive en Capital Federal o en las capitales de provincias. Esta cesta de cantidades de distintos productos puede permanecer fija e inmutable a través del tiempo para multiplicar cada producto por el precio correspondiente. El método se denomina “Laspeyres” en homenaje al estadístico alemán Etienne Laspeyres (1834-1913), que lo ideó para conocer cuál es el precio actual de una canasta de bienes que se consumía en un tiempo pasado, denominado período base. El método se caracteriza porque supone invariable las cantidades y tipos de productos consumidos. El índice de Laspeyres, utilizado por el INDEC hasta la intervención de enero pasado, permite comparar con un mes determinado una serie de datos extendida hacia el pasado o hacia el futuro. Como generalmente se afirma que la gente modifica sus hábitos de consumo –cambiando aquellos productos que suben de precios por otros que se mantienen estables, o introduciendo productos que la publicidad les muestra como más atractivos y novedosos– surgió otra fórmula alternativa que se denomina “Paasche”, en homenaje a otro estadístico alemán, Hermann Paasche (1851-1925), quien estableció una metodología diferente que consiste en modificar la cesta o canasta de productos consumidos mes a mes según las preferencias de los consumidores, de manera que se pueda determinar qué precios hubiera tenido en el pasado la canasta de bienes que hoy se está consumiendo. Esta muestra cambiante es multiplicada por los precios de todos los artículos para compararlos con los precios que tenían en el período considerado base. Cada uno de estos métodos tiene sus pro y contra. De todas maneras, los índices de Laspeyres y Paasche pueden combinarse entre sí, de modo de calcular un tercer índice denominado “Índice ideal de Fisher”. Para obtenerlo, se debe multiplicar ambos cálculos y sacar la raíz cuadrada del resultado de esa multiplicación. Así, se obtiene un tercer índice matemático que promedia geométricamente el índice de una canasta rígida (Laspeyres) con el índice de una canasta flexible (Paasche).

Índices de precios ajustados

Aun más: si se alega que los índices de precios están afectados por circunstancias estacionales –como por ejemplo el precio de las naranjas en verano o el precio del tomate y la lechuga en invierno–, entonces se pueden realizar ajustes estacionales o índices de precios desestacionalizados, los cuales tienen en cuenta esas fluctuaciones periódicas para suavizar su incidencia en el cálculo mensual del índice. Para eliminar esas oscilaciones más o menos regulares, se pueden emplear diferentes métodos estadísticos: uno, denominado de los promedios móviles, se logra sumando la serie de doce meses, añadiendo el nuevo mes que va a medirse y restando el del año anterior. Tales promedios actualizados van dejando atrás los precios de hace más de un año e incorporan los precios de los nuevos períodos a medida que avanza el tiempo. Otro método alternativo, más complejo, consiste en determinar el ajuste de las oscilaciones de precios por medio de curvas de series potenciales que permiten eliminar las tendencias de largo plazo sobre los precios. El ajuste de la tendencia puede realizarse con el criterio de una simple línea recta que une la serie de altibajos en los precios o, también, con una curva potencial de segundo grado, denominada parabólica. Asimismo, pueden utilizarse otras curvas para ajustar datos de un índice de precios: la de Gompertz, activamente empleada en el cálculo actuarial, y la exponencial o logística de Pearl-Reed. De manera que si los funcionarios del gobierno tuvieran un poco de conocimiento básico de la estadística matemática, se habrían abstenido de obrar como actuaron al destruir la confiabilidad del INDEC. En vez de recurrir a la intervención prepotente y grosera, podrían haber ofrecido un abanico de nueve índices de precios distintos para explicar la realidad del “modelo de acumulación con matriz multisectorial” que su coeficiente intelectual les permita. Hubiésemos ganado en serenidad, confianza y previsibilidad, para que cada cual pudiese elegir aquella serie de datos que según su particular apreciación se corresponde con la realidad que vive. Para ello, en lugar de insolencia, deberían haber obrado con respeto. En lugar de prepotencia, tendrían que comportarse con humildad. En lugar de cinismo, hubiesen actuado con recato. En lugar de agredir, habrían sido tolerantes. En lugar de acusar a otros, tendrían que examinar las propias culpas. En lugar de alentar el odio, predicarían el perdón y la reconciliación. Y ése es el verdadero cambio que esperamos pueda ocurrir en esta Argentina encaminada hacia una elección de vida.

Fuente: Economía para Todoshttp://www.economiaparatodos.com.ar/ (Para conocer más sobre el modo de cálculo de estos índices, consultar una nota anterior del mismo autor.) Antonio Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.

agosto 14, 2007

El mejor amigo del hombre no es el perro sino el chivo expiatorio

Ante el enredo en que están metidos funcionarios argentinos y venezolanos con la maleta encontrada en el avión en que viajaban funcionarios venezolanos a Buenos Aires, y el gobierno argentino tratando de salvar su pellejo pide explicaciones al gobierno venezolano. Como el gobierno venezolano también quiere salvar su pellejo, deciden acusar a Estados Unidos y especificamente a la CIA de haber colocado esa valija con dinero.


Acusar a los Estados Unidos es gratis y produce grandes beneficios. Las fuerzas de izquierda política cuando están metidas en problemas o escándalos siempren buscan un enemigo, si no lo tienen inventan uno.

agosto 12, 2007

El Relativismo Moral

Eduardo Marty habla del relativismo moral.
Parte 1/5




Parte 2/5




Parte 3/5




Parte 4/5




Parte 5/5



El autor es fundador y director de Junior Achievement, Buenos Aires Argentina

La Virtud del Egoísmo

Entre 1933 y 1982 Ayn Rando lanzó al mundo su filosofía objetivista con una claridad de razonamiento que la convierte en una figura gigante de la filosofía. Su precisión y sencillez son singulares. Su sistema filosófico racional, basado estrictamente en la lógica y en la realidad, carece de contradicciones y resulta coherente con la naturaleza del hombre.

Sus ideas enfrentan al lector con un verdadero desafío. Dijo Ayn Rand: "La libertad y la razón son corolarios. Su acción es reciproca. Cuando los hombres son libres triunfa la razón, cuando los hombres son racionales la libertad se impone. La libertad intelectual no puede existir sin libertad política y la libertad política no puede existir sin libertad económica. Una mente libre y un mercado libre son también corolarios".


Dado que el "egoísmo" es, en palabras de Ayn Rand, "la preocupación por el interés personal", todo ataque contra el "egoísmo" es un ataque contra la autoestima del hombre. (Prólogo agregado por Editorial Grito Sagrado)

En efecto, cuando Ayn Rand presentó este libro, le preguntaron: "¿Por qué utiliza la palabra "egoísmo" para describir virtudes de carácter, cuando es incompatible con el concepto que tiene de ellas muchas personas para los cuales no significa las cosas que usted desea expresar?" Su respuesta fue: "Por la misma razón por la que usted le teme". Pero hay otros que no harían tal pregunta porque presienten la cobardía moral que implica y que, sin embargo, son capaces de formular las razones que me mueven a usarla, o de identificar el profundo tema moral involucrado.

El significado que se da a la palabra "egoísmo" en el lenguaje popular no es meramente erróneo, sino que representa una devastadora tergiversación intelectual, que es responsable, más que de cualquier otro factor, de la paralización del desarrollo moral de la humanidad.

El significado exacto de la palabra "egoísmo" según su definición en el diccionario es: La preocupación por los intereses personales. Este concepto no incluye una calificación moral. Según Ayn Rand, el verdadero egoísta no es quien sacrifica a los demás. Es el que no tiene necesidad de usar a los demás de ninguna forma. No obra por medio de ellos. No está interesado en ellos en ningún aspecto fundamental. Ni en su objeto, ni es su móvil, ni en su pensamiento, ni en su deseo, ni en la fuente de su energía. El verdadero egoísta no vive para ninguna otra persona y no le pide a nadie que viva para él. Esta es la única forma de fraternidad y de respeto mutuo posible entre los seres humanos.

Rosa Pelz, editora de La Virtud del Egoísmo, habla en este video de esta obra de Ayn Rand.





agosto 11, 2007

Entrevista a Carlota Jackish en El Informe Económico

http://video.google.com/videoredirect?url=http%3A%2F%2Fwww.economiaparatodos.com.ar&chan=Uploaded&prog=Di%C3%A1logo+con+Carlota+Jackisch+%282007%2F08%2F07%29&date=mi%C3%A9rcoles+8+de+agosto+de+2007+07H00%27+GMT

Ciudadanos armados significan una ciudad segura


Por :John R. Lott Jr.**

Es una de las ventajas de ser político. Mientras que las armas están prohibidas para los ciudadanos de Washington, D.C., los congresistas pueden llevar armas para defenderse dentro del Capitolio. Dos conocidos izquierdista, los senadores Chuck Schumer y Ted Kennedy tienen guardaespaldas armados. Las mujeres de los políticos, como la mujer del senador Tom Daschle, Linda, también tienen guardaespaldas. Indudablemente, esos políticos y sus familias tienen muy buenas razones para protegerse, pero otros americanos, especialmente esos que viven en lugares como Washington, con altos niveles de delincuencia, también quieren la misma seguridad que los políticos.
Gracias a Dios, la Cámara de los Representantes ha revocado finalmente la prohibición a las armas en Washington, D.C.
Mientras que esos políticos tienen protección en sus casas y ahí donde vayan, desde el 24 de septiembre de 1.976, el resto de ciudadanos de Washington, D.C. han tenido que vivir con la más restrictiva ley de armas de los Estados Unidos. La policía hizo cumplir la prohibición a las armas, y las leyes obligaban a que las armas largas estuviesen desmontadas, descargadas y bloqueadas. Así pues, con una tasa de asesinatos del 46 por 100.000 en 2002, el Distrito (de Washington) no le costó ganarse el título de la capital del asesinato de entre las ciudades con más de 500.000 habitantes. Pero antes de la prohibición, esto no había sido así.
El crimen empezó a crecer significativamente después de la prohibición. En los cinco años anteriores a que entrara en vigor la ley anti armas, en 1.976, la tasa de asesinatos cayó de un 37 a un 27 por 100.000. En los cinco años posteriores a la prohibición, la tasa creció hasta el 35 por 100.000. Durante este mismo periodo de tiempo los atracos bajaron de 1.514 a 1.003 por 100.000 habitantes, y después subieron más de un 63% hasta llegar a 1.635 atracos por cada 100.0000 habitantes. La tendencia de los cinco años posteriores a la prohibición no es una algo puntual. De hecho, mientras que la tasa de asesinatos ha variado en el tiempo durante estos 30 años, sólo en una ocasión la tasa de asesinatos se ha situado por debajo de 1976 (cuando empezó la prohibición).
Estos descensos de criminalidad anteriores a la ley, y posteriores aumentos aprobada la ley, fueron mucho más grande que en sus estados vecinos de Maryland y Virginia. Por ejemplo, la tasa de asesinatos cayó durante estos cinco años anteriores a la ley 3,5 veces más que en sus estados vecinos; y cuando se aprobó la ley subió 3,8 veces más.
El proyecto de ley pretendía “restaurar los derechos de auto defensa en el hogar”. Cuando la prohibición se aprobó los criminales tuvieron menos preocupaciones, ahora los ciudadanos estaban desarmados. Esto provocó que los robos aumentaran en un 56% en cinco años. Mantener sin munición, descargadas y bloqueadas las armas largas es como no tener armas, y por lo tanto, no sirven para defenderse. El tiempo medio de respuesta de la policía en la región era de 8 minutos y 25 segundos, uno no siempre tenía la suerte de poder esperar la llegada de la policía.
Seguramente no se pueda culpar a la prohibición de todos los males que ocurrieron en la región, y es que el departamento de policía tuvo muchísimos problemas para cumplir sus mínimos así como problemas de gestión y conflictos de tipo moral por sus actuaciones.Pero incluso ciudades con mejores departamentos de policía también tuvieron altas cotas de criminalidad después de la prohibición. En Chicago la prohibición empezó en el año 1982. Tenía un sistema informático que era la envidia del país, las instalaciones policiales más modernas y una de las redes de coordinación más efectivas. Realmente la ciudad consiguió una impresionante reducción del crimen en los primeros años, pero la prohibición a las armas no funcionó a la hora de reducir la violencia.
La tasa de criminalidad en la ciudad de Chicago bajó del 27 al 22 por 100.000 en los cinco años anteriores a la prohibición, y después de ésta, subió por encima del 23. El cambio es más dramático cuando lo comparamos con los cinco vecinos del condado de Illinois: la tasa de asesinatos pasó de ser de 8,1 veces más alta que sus vecinos en 1977 a 5,5 veces en 1982; y luego subió hasta ser 12 veces más alta en 1987. Mientras que los datos de robos no están disponibles para los años inmediatamente posteriores a la prohibición, desde 1985 (primer año en el que el FBI empezó dar datos) la tasa de robo se disparó.
La ironía respecto al debate sobre las armas es que los líderes nacionales del partido Demócrata, al menos en público, dicen que los americanos tienen el derecho a poseer armas para la autodefensa. Por ejemplo, John Kerry dijo que: “creo que la constitución, nuestras leyes y nuestras costumbres protegen el derecho de los ciudadanos a poseer armas”. El senador John Edwards dijo: “creo que la segunda enmienda protege el derecho de los americanos a poseer armas para fines como cazar y la autodefensa…” El senador Tom Daschle, también afirmó su soporte a la segunda enmienda en anuncios radiofónicos en su ajustada campaña en el sur de Dakota. El apoyo de éstos políticos al derecho individual de llevar armas para la autodefensa no encaja para nada con las amenazas obstruccionistas al proyecto de ley para acabar con la prohibición cuando llegó al senado.
Los defensores de la prohibición dicen que la ley falló porque muchas armas permanecieron en el Distrito y en las áreas vecinas de Chicago, pero es que no trajo siquiera la más pequeña reducción del crimen. Todos queremos sacar las armas a los criminales. El problema es que prohibir las armas sólo desarma a los ciudadanos que son respetuosos con la ley mientras que deja libres a los criminales para que saquen a gente todo lo que quieran.