agosto 12, 2007

La Virtud del Egoísmo

Entre 1933 y 1982 Ayn Rando lanzó al mundo su filosofía objetivista con una claridad de razonamiento que la convierte en una figura gigante de la filosofía. Su precisión y sencillez son singulares. Su sistema filosófico racional, basado estrictamente en la lógica y en la realidad, carece de contradicciones y resulta coherente con la naturaleza del hombre.

Sus ideas enfrentan al lector con un verdadero desafío. Dijo Ayn Rand: "La libertad y la razón son corolarios. Su acción es reciproca. Cuando los hombres son libres triunfa la razón, cuando los hombres son racionales la libertad se impone. La libertad intelectual no puede existir sin libertad política y la libertad política no puede existir sin libertad económica. Una mente libre y un mercado libre son también corolarios".


Dado que el "egoísmo" es, en palabras de Ayn Rand, "la preocupación por el interés personal", todo ataque contra el "egoísmo" es un ataque contra la autoestima del hombre. (Prólogo agregado por Editorial Grito Sagrado)

En efecto, cuando Ayn Rand presentó este libro, le preguntaron: "¿Por qué utiliza la palabra "egoísmo" para describir virtudes de carácter, cuando es incompatible con el concepto que tiene de ellas muchas personas para los cuales no significa las cosas que usted desea expresar?" Su respuesta fue: "Por la misma razón por la que usted le teme". Pero hay otros que no harían tal pregunta porque presienten la cobardía moral que implica y que, sin embargo, son capaces de formular las razones que me mueven a usarla, o de identificar el profundo tema moral involucrado.

El significado que se da a la palabra "egoísmo" en el lenguaje popular no es meramente erróneo, sino que representa una devastadora tergiversación intelectual, que es responsable, más que de cualquier otro factor, de la paralización del desarrollo moral de la humanidad.

El significado exacto de la palabra "egoísmo" según su definición en el diccionario es: La preocupación por los intereses personales. Este concepto no incluye una calificación moral. Según Ayn Rand, el verdadero egoísta no es quien sacrifica a los demás. Es el que no tiene necesidad de usar a los demás de ninguna forma. No obra por medio de ellos. No está interesado en ellos en ningún aspecto fundamental. Ni en su objeto, ni es su móvil, ni en su pensamiento, ni en su deseo, ni en la fuente de su energía. El verdadero egoísta no vive para ninguna otra persona y no le pide a nadie que viva para él. Esta es la única forma de fraternidad y de respeto mutuo posible entre los seres humanos.

Rosa Pelz, editora de La Virtud del Egoísmo, habla en este video de esta obra de Ayn Rand.





agosto 11, 2007

Entrevista a Carlota Jackish en El Informe Económico

http://video.google.com/videoredirect?url=http%3A%2F%2Fwww.economiaparatodos.com.ar&chan=Uploaded&prog=Di%C3%A1logo+con+Carlota+Jackisch+%282007%2F08%2F07%29&date=mi%C3%A9rcoles+8+de+agosto+de+2007+07H00%27+GMT

Ciudadanos armados significan una ciudad segura


Por :John R. Lott Jr.**

Es una de las ventajas de ser político. Mientras que las armas están prohibidas para los ciudadanos de Washington, D.C., los congresistas pueden llevar armas para defenderse dentro del Capitolio. Dos conocidos izquierdista, los senadores Chuck Schumer y Ted Kennedy tienen guardaespaldas armados. Las mujeres de los políticos, como la mujer del senador Tom Daschle, Linda, también tienen guardaespaldas. Indudablemente, esos políticos y sus familias tienen muy buenas razones para protegerse, pero otros americanos, especialmente esos que viven en lugares como Washington, con altos niveles de delincuencia, también quieren la misma seguridad que los políticos.
Gracias a Dios, la Cámara de los Representantes ha revocado finalmente la prohibición a las armas en Washington, D.C.
Mientras que esos políticos tienen protección en sus casas y ahí donde vayan, desde el 24 de septiembre de 1.976, el resto de ciudadanos de Washington, D.C. han tenido que vivir con la más restrictiva ley de armas de los Estados Unidos. La policía hizo cumplir la prohibición a las armas, y las leyes obligaban a que las armas largas estuviesen desmontadas, descargadas y bloqueadas. Así pues, con una tasa de asesinatos del 46 por 100.000 en 2002, el Distrito (de Washington) no le costó ganarse el título de la capital del asesinato de entre las ciudades con más de 500.000 habitantes. Pero antes de la prohibición, esto no había sido así.
El crimen empezó a crecer significativamente después de la prohibición. En los cinco años anteriores a que entrara en vigor la ley anti armas, en 1.976, la tasa de asesinatos cayó de un 37 a un 27 por 100.000. En los cinco años posteriores a la prohibición, la tasa creció hasta el 35 por 100.000. Durante este mismo periodo de tiempo los atracos bajaron de 1.514 a 1.003 por 100.000 habitantes, y después subieron más de un 63% hasta llegar a 1.635 atracos por cada 100.0000 habitantes. La tendencia de los cinco años posteriores a la prohibición no es una algo puntual. De hecho, mientras que la tasa de asesinatos ha variado en el tiempo durante estos 30 años, sólo en una ocasión la tasa de asesinatos se ha situado por debajo de 1976 (cuando empezó la prohibición).
Estos descensos de criminalidad anteriores a la ley, y posteriores aumentos aprobada la ley, fueron mucho más grande que en sus estados vecinos de Maryland y Virginia. Por ejemplo, la tasa de asesinatos cayó durante estos cinco años anteriores a la ley 3,5 veces más que en sus estados vecinos; y cuando se aprobó la ley subió 3,8 veces más.
El proyecto de ley pretendía “restaurar los derechos de auto defensa en el hogar”. Cuando la prohibición se aprobó los criminales tuvieron menos preocupaciones, ahora los ciudadanos estaban desarmados. Esto provocó que los robos aumentaran en un 56% en cinco años. Mantener sin munición, descargadas y bloqueadas las armas largas es como no tener armas, y por lo tanto, no sirven para defenderse. El tiempo medio de respuesta de la policía en la región era de 8 minutos y 25 segundos, uno no siempre tenía la suerte de poder esperar la llegada de la policía.
Seguramente no se pueda culpar a la prohibición de todos los males que ocurrieron en la región, y es que el departamento de policía tuvo muchísimos problemas para cumplir sus mínimos así como problemas de gestión y conflictos de tipo moral por sus actuaciones.Pero incluso ciudades con mejores departamentos de policía también tuvieron altas cotas de criminalidad después de la prohibición. En Chicago la prohibición empezó en el año 1982. Tenía un sistema informático que era la envidia del país, las instalaciones policiales más modernas y una de las redes de coordinación más efectivas. Realmente la ciudad consiguió una impresionante reducción del crimen en los primeros años, pero la prohibición a las armas no funcionó a la hora de reducir la violencia.
La tasa de criminalidad en la ciudad de Chicago bajó del 27 al 22 por 100.000 en los cinco años anteriores a la prohibición, y después de ésta, subió por encima del 23. El cambio es más dramático cuando lo comparamos con los cinco vecinos del condado de Illinois: la tasa de asesinatos pasó de ser de 8,1 veces más alta que sus vecinos en 1977 a 5,5 veces en 1982; y luego subió hasta ser 12 veces más alta en 1987. Mientras que los datos de robos no están disponibles para los años inmediatamente posteriores a la prohibición, desde 1985 (primer año en el que el FBI empezó dar datos) la tasa de robo se disparó.
La ironía respecto al debate sobre las armas es que los líderes nacionales del partido Demócrata, al menos en público, dicen que los americanos tienen el derecho a poseer armas para la autodefensa. Por ejemplo, John Kerry dijo que: “creo que la constitución, nuestras leyes y nuestras costumbres protegen el derecho de los ciudadanos a poseer armas”. El senador John Edwards dijo: “creo que la segunda enmienda protege el derecho de los americanos a poseer armas para fines como cazar y la autodefensa…” El senador Tom Daschle, también afirmó su soporte a la segunda enmienda en anuncios radiofónicos en su ajustada campaña en el sur de Dakota. El apoyo de éstos políticos al derecho individual de llevar armas para la autodefensa no encaja para nada con las amenazas obstruccionistas al proyecto de ley para acabar con la prohibición cuando llegó al senado.
Los defensores de la prohibición dicen que la ley falló porque muchas armas permanecieron en el Distrito y en las áreas vecinas de Chicago, pero es que no trajo siquiera la más pequeña reducción del crimen. Todos queremos sacar las armas a los criminales. El problema es que prohibir las armas sólo desarma a los ciudadanos que son respetuosos con la ley mientras que deja libres a los criminales para que saquen a gente todo lo que quieran.




Por Roberto Cachanosky




Un original enfoque acerca de la relación entre las instituciones y el crecimiento económico permite analizar si nuestro país se dirige hacia un futuro de mayor apertura y garantías democráticas o hacia uno signado por el autoritarismo.


Estoy terminando de leer un interesante de libro de Ian Bremmmer, titulado “La curva J, una manera de entender por qué ascienden y caen las naciones”. El texto aporta un ángulo de análisis diferente sobre la relación entre las instituciones y el crecimiento económico. Bremmer sostiene que las sanciones que EE.UU. aplica a los gobiernos autocráticos suelen tener un efecto inverso al deseado, dado que aíslan más a esos países del resto del mundo, lo que consolida el autoritarismo. ¿Qué es la curva “J”? El siguiente gràfico lo explica:





El eje vertical marca el grado de estabilidad de los países, el horizontal indica el grado de apertura política y económica al mundo exterior. Las naciones que están más arriba en la curva “J” son más estables y las que están más abajo, más inestables. Los países a la izquierda de la curva “J” son estables, pero cerrados al mundo. Por ejemplo, la Cuba de Fidel Castro, la China de Mao o la Unión Soviética de Stalin. Esos países tenían y tienen estabilidad política en base al terrorismo de Estado. Los países que están a la derecha de la curva “J” basan su estabilidad en parlamentos independientes del Ejecutivo, una justicia autónoma, el ingreso de inversiones extranjeras directas, la libertad de expresión, un alto volumen de comercio exterior y movilidad social, entre otros puntos. Por el contrario, los países que están a la izquierda de la curva “J” tienen escasa o nula inversión extranjera y escasa o nula relación de los ciudadanos con el exterior, sufren la fuga de capitales, carecen de división de poderes, usan el monopolio de la fuerza del Estado para violar los derechos de los ciudadanos, persiguen a quienes piensan diferente al gobierno y no aseguran la libertad de prensa. En síntesis, los países que están en el lado derecho de la curva “J” se construyen en base a democracias republicanas. En cambio, las naciones que están a la izquierda sostienen su estabilidad mediante el liderazgo de autócratas. Ahora bien, puede haber casos de países que se mueven a lo largo de la curva “J” desde la parte izquierda hacia la derecha. Es decir, desde el autoritarismo hacia la libertad. Esas naciones son inestables durante un tiempo, hasta que se define si vuelven a subir hacia el lado izquierdo de la curva “J” y regresan al autoritarismo o si se desplazan definitivamente hacia la derecha, con lo que se convierten en democracias republicanas. Por citar un caso: ¿qué ocurrirá con Cuba el día que muera Fidel Castro, considerando que la dictadura cubana está basada en el liderazgo de un autócrata? ¿Vivirá un período de transición e inestabilidad moviéndose hacia la derecha o volverá hacia la izquierda? El mismo tipo de inestabilidad es el que puede asignarse a Irak luego de la caía de Saddam Hussein. ¿Por qué los países ubicados en el lado izquierdo de la curva “J” están cerrados al mundo y mantienen a su población desinformada? Porque en la medida en que la gente tuviera información sobre el bienestar que producen las democracias republicanas, exigiría a sus gobernantes un cambio hacia la libertad y la prosperidad. Esto generaría una reacción que acabaría con la autocracia. Por lo tanto, las autocracias necesitan esconderle información a la gente, eliminar la libertad de expresión y anular la libertad económica. Infundirle miedo a la población es clave para sostenerse en el poder y evitar la resistencia de los sectores de la sociedad que desean la libertad en el más amplio sentido de la palabra. Así, mantener a los ciudadanos aislados del resto del mundo es un instrumento clave del que se vale el autoritarismo. Las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón ubicaron a la Argentina claramente en el lado izquierdo de la curva “J”. Una vez terminada la dictadura, vivimos momentos de alta inestabilidad política. Es decir, nos mantuvimos en la parte baja de la curva “J”. ¿En qué situación estamos hoy? ¿Nos movemos hacia el lado derecho de la curva “J” o nos estamos desplazando hacia el lado izquierdo? ¿Vamos en busca de mejores instituciones o hacia una creciente degradación de éstas? ¿Hay división de poderes o tenemos un simulacro de división? ¿Impera la libertad de expresión o los medios y periodistas son hostigados? El manejo arbitrario de los fondos públicos, la “borocotización” de la política y las amenazas a los jueces que investigan casos de corrupción son algunos elementos que permiten advertir la tendencia a desplazarnos hacia la izquierda de la curva “J”. También es un secreto a voces el miedo que tienen muchos empresarios de expresar libremente su pensamiento sobre la marcha de la economía o adoptar medidas en sus empresas que puedan disgustar al Gobierno. Muchos empresarios han dejado de serlo para transformarse en simples ejecutores de las órdenes que se les imparte desde “arriba”. Se respira un aire de miedo. Si para mover sus precios un empresario debe tener la autorización del funcionario de turno, y para eso tiene que ser recibido por un burócrata, decir algo inconveniente puede traducirse en ser ignorado por el funcionario u hostigado de diferentes maneras. Claro que ceder a ese pánico implica, de hecho, haber perdido el control de la propia empresa. Sólo queda la ilusión de creer que se sigue manejándosela. Las crecientes regulaciones y controles, además de generar ineficiencia en la economía, anulan el derecho de propiedad. Por eso, sostengo que cuanto más se ceda al miedo, más nos desplazaremos hacia la izquierda de la curva “J”, hasta que el derecho de propiedad desaparezca por completo. Si los empresarios cierran la boca por miedo a perder sus empresas, creyendo que guardando silencio la van a mantener, pueden un día darse cuenta de que por callarse han perdido todo, porque hasta para comprar un tornillo tendrán que pedirle autorización al secretario de turno. En materia de libertad de expresión, constantemente nos enteramos de que tal o cual periodista que dijo cosas inconvenientes ha sido notificado que su programa fue levantado. Famoso es el caso del canal P+E, que durante años se emitió por Cablevisión. Hasta que llegó el actual gobierno estaba en el canal 5. Al poco tiempo, fue llevado, primero, al canal 60 y luego al 65. Finalmente, fue disuelto. Por supuesto, había demasiadas voces independientes que molestaban, por más que se pretenda fundar la decisión del cierre en cuestiones empresariales que nadie cree. Como ejemplo, basta entrar en los foros de esta revista para advertir la existencia de gente paga para insultar y amenazar. ¿Por qué paga? Porque sólo un lunático o alguien pago puede destinarle tanto tiempo a meterse en una revista virtual que no coincide con sus ideas para insultar a sus columnistas en forma sistemática. Periodismo perseguido, empresarios con miedo, instituciones acosadas y acusaciones desde el atril a diestra y siniestra muestran a una Argentina que ya no lucha por lograr un largo período de prosperidad económica. Estamos frente a una lucha más profunda, que tiene que ver con intentos firmes por llevarnos hacia el lado izquierdo de la curva “J”. No estamos discutiendo si tipo de cambio libre o fijo, emisión o disciplina monetaria, precios controlados o fijos. Estamos en la parte baja de la curva “J”, en un período de alta inestabilidad que puede llevarnos hacia la derecha o la izquierda de la curva. Es decir, hacia la libertad o hacia la servidumbre. Quienes creen que pueden perder su patrimonio si levantan su voz frente a los continuos atropellos, están profundamente equivocados. Porque si esos atropellos continúan, nos vamos a desplazar hasta lo más alto de la parte izquierda de la curva “J” y, entonces, habrán perdido todo. Ya que en los sistemas autocráticos no sólo no se puede hablar, sino que tampoco existe la propiedad privada. Sólo unos pocos privilegiados podrán pertenecer a la nomenclatura que disfrute de una buena calidad de vida, mientras el resto de la población padecerá todo tipo de penurias. Sin embargo, aunque logren formar parte de esa nomenclatura, ni siquiera así podrán estar seguros de permanecer en el selecto grupo de los beneficiados, porque el capricho del autócrata puede, de la noche a la mañana, mandarlos al infierno. Su futuro no dependerá de su habilidad empresarial, sino del riesgo permanente de caer en desgracia ante los ojos del mandamás. Insisto, hoy la Argentina está en el punto más bajo de la curva, con fuerte inestabilidad política y un gran signo de interrogación sobre cuál será la dirección que tomaremos dentro de la curva “J”. En gran medida, la dirección que tomemos dependerá de nosotros mismos.


Fuente: Economía para Todos. www.economiaparatodos.com.ar

A confesión de parte, relevo de prueba

Por Emilio Cárdenas

Después de haber apoyado, desde su rol como primera dama y como senadora, la política exterior impulsada por el presidente Néstor Kirchner, Cristina Fernández se dio cuenta, de pronto, de que la Argentina ha perdido protagonismo en la comunidad internacional en estos últimos años.



Desde comienzos de 2002, hace ya más de cinco años, vengo sosteniendo constantemente, cual voz que clama en el desierto, que la Argentina ha extraviado su política exterior, cediendo espacios, aislándose y generando toda suerte de costosos rechazos. Como suele suceder con un gobierno que procura constantemente manejar al milímetro su imagen doméstica y concentrar todo el poder posible, varios de los corifeos de turno (incluyendo, como cabía esperar, a algunos arribistas u oportunistas) manifestaron su disgusto ante mis afirmaciones que –no obstante– con el paso del tiempo, fueron confirmadas por los hechos. No imaginé entonces que, de pronto, nada menos que la inefable senadora Cristina Fernández de Kirchner (a quien hago siempre responsable de un hecho institucional de enorme gravedad como es el de haber cercenado descaradamente la independencia de nuestro Poder Judicial con una reforma lamentable del Consejo de la Magistratura) me iba a dar la razón. Repentinamente, es cierto. Pero esto es lo que acaba de suceder. En efecto, en una entrevista de corte petulante conferida al buen periodista Joaquín Morales Solá, publicada en el diario La Nación del 5 de agosto, afirma –como siempre muy suelta de cuerpo– que “nuestro país debe volver al mundo”. ¡Chocolate por la noticia! ¡Vaya hallazgo! Doña Cristina tiene esta vez razón. Sin embargo, para modificar el rumbo debemos dejar atrás a quienes fueron directamente responsables de que esta barbaridad efectivamente sucediera. Entre ellos está, obviamente, ella misma. Aunque procure –más o menos burdamente– hacernos creer que no. Lo ya sucedido genera responsabilidades políticas de proporción y ha tenido ya consecuencias que sugieren que se ha hecho un grave daño a la posición relativa de la Argentina en la Comunidad de las Naciones. Un solo ejemplo servirá para demostrar como esto es lamentablemente así: ante nuestro abandono de la escena externa -sumado a los muchos torpes desatinos derivados de una actitud prepotente acumulados recientemente en materia de política exterior- nuestras posibilidades reales de evitar que se consolide una hegemonía regional se han alejado mucho y, con ellas, nuestra capacidad de poder “rotar” un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con un Brasil que -en cambio- se ha manejado impecablemente, con una presencia cada vez más reconocida y una astucia superlativa. ¿Qué nos pasó? Según la Senadora Kirchner, “había que resolver el hambre de muchos argentinos, razón por la cual la política exterior pasó a segundo plano y debimos vivir un poco encerrados. Eso ya pasó”. Esto no es así. Para nada. La diplomacia es una necesidad permanente en un mundo que no se detiene, ni se altera, ante las urgencias o problemas de alguno. La Sra. Kirchner no sabe que la diplomacia y las crisis económicas no son excluyentes entre sí, más allá de su particular “visión” del mundo. Una que es la que inevitablemente se obtiene si se trata de observar -con un solo ojo- al mundo desde el asador dominical de un taller mecánico de Río Gallegos, ciudad que -además- no es ciertamente el centro del universo. La verdad es que la diplomacia floreció durante la peor crisis económica y social que jamás enfrentara el mundo: la de 1929/30. Si la Senadora pudiera leer en inglés, le recomendaría -por ejemplo- la lectura del buen libro editado por Gordon Craig y Felix Gilbert, titulado: “The Diplomats. 1919-1939”, publicado por Princeton University Press, en 1994. Allí advertiría la enorme dimensión de la labor desplegada por algunos diplomáticos de la talla del británico Chamberlain, o del francés Philippe Berthelot, o del soviético G. V. Chicherin, o de los alemanes F.K. von Neurath o Joachim von Ribbentrop. Cada uno con su particular concepción de las cosas. La otra verdad es que, con los actores centrales de nuestro “reparto oficial” no pudimos sino retroceder. Era lo esperado. El primitivo Eduardo Duhalde carecía (y aún carece) de la capacidad de comprender al mundo. Y enseguida Néstor Kirchner llevó a la política exterior su “estilo” doméstico (el único que tiene): arrogante, insultante, descalificador, resentido, e intimidatorio. Al comienzo de la mano de un improvisado Rafael Bielsa que, con arrogancia y sin conocimientos, solo atinó a “improvisar” y, luego, de un Canciller como el actual que es ideal para que un país que se mueve al impulso exclusivo y excluyente del propio Néstor Kirchner, el marido de la Senadora, obvio partidario del “micro-management” de todo, transformado entonces en aprendiz de brujo en materia de política exterior. Y así nos fue. Terminamos llenos de conflictos, incidentes, tiranteces, y toda suerte de problemas, la mayoría de los cuales aún se arrastra. Y dramáticamente devaluados, a los ojos de todos. Nos faltó profesionalidad, capacidad, “seriedad”, y nos sobró, en cambio, arrogancia y prepotencia, en el lenguaje y en la acción. Así, entre otras cosas, transformamos en “causa nacional” el conflicto con Uruguay, en el que la Sra. Kirchner estuvo, con la misma actitud populista de su marido, increpando a todos desde las tribunas de Gualeguaychú. Así nos atamos al carro belicoso del patológico socialista venezolano Hugo Chávez, al que aún seguimos inexorablemente atados en una carísima dependencia financiera, cada vez de mayores proporciones y consecuencias. Así nos alejamos de los Estados Unidos, de México, del Brasil, del Uruguay, de Chile, de Italia, de Alemania, del Japón, de los Organismos Multilaterales,…. y del mundo entero, que aún nos observa absolutamente atónito. Salvo de Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, nuestros nuevos “amigos incondicionales”. Así incumplimos -tozudamente- dos laudos del MERCOSUR, sin que nos preocupe la realidad de aparecer en el mundo como olímpicos incumplidores, para quienes el Estado de Derecho es solo un detalle, que poco interesa. Así regalamos mercados y postergamos al interior en beneficio del cordón industrial de la Capital y de sus prebendarios empresarios. Así actuamos en el escenario internacional, abandonando nuestros papeles y roles tradicionales. Peor, no solo los abandonamos, sino que en cuanto pudimos lo crispamos. Horrible, como cuadro. Pero Crisitina, que naturalmente es Kirchner, cree que no nos dimos cuenta y pretende que creamos que ella “no tiene nada que ver” con lo sucedido. Hacer política exterior es mucho más que viajar encapsulada por países de habla hispana, rodeada de “ad-lateres” aduladores y de periodistas adictos que accionan cámaras y micrófonos que alimentan sin descanso el peor de los populismos. Es también mucho más que palmear atrevidamente al Rey de España. O abrazarse con Chávez o Castro, mientras se escuchan los truenos que salen de la boca del primero. Es tener objetivos y amigos permanentes. Es poder implementar políticas más allá de las coyunturas. Es no abandonar la escena. Es conocer el mundo. Es confiar en los planteles diplomáticos profesionales, vivificándolos con nuestros mejores talentos y con nuestra gente más confiable para el resto del mundo, más allá de las banderías políticas que han caracterizado al gobierno desde el 2002. Es -sobre todas las cosas- no improvisar. Es preferir el conocimiento y la experiencia, a la audacia o la improvisación desfachatada. Es, en síntesis, todo lo contrario de lo que se ha venido haciendo hasta ahora, altiva y despreocupadamente, desde fines del 2001. Es también cumplir religiosamente con los compromisos asumidos. La Argentina no sabe que está en desacato no respecto de uno, sino de dos laudos arbitrales finales que han sido emitidos en el MERCOSUR, lo que es absolutamente inédito. Me refiero (i) al que la condenó por “omisión de conducta” respecto de los cortes de rutas y puentes internacionales al Uruguay; y (ii) al que la acaba de condenar por el incumplimiento de un laudo que la había condenado a dejar sin efecto una prohibición de importaciones de neumáticos recauchutados provenientes del Uruguay, lo que nuestro país no hizo. En este sentido, el tribunal actuante, en actitud sin precedentes, que muestra como es la “imagen” de Argentina ante nuestros propios socios y vecinos, nos dijo que la Argentina, con sus incumplimientos, está “afectando sustancialmente la credibilidad institucional” del MERCOSUR, así como “su consolidación jurídica”, provocando así “daño institucional”. Esto, por generar una “preocupante situación de descrédito en la sociedad, en relación al proceso de integración en su conjunto”. No es poca cosa. Sin embargo, no hemos oído una sola palabra de nuestras autoridades acerca de lo que harán sobre este grave agravio al orden jurídico comunitario. En cambio, hay un silencio total de nuestro gobierno. Si esto fuera tan solo consecuencia de aquello “del rabo entre las piernas” sería grave, pero si, como creo, es más bien consecuencia de una actitud avasalladora de todo, es mucho peor. Nada que nos afecte o contradiga nos importa. Creemos que tenemos derecho a pisotear todas las reglas, sin darnos cuenta que esto equivale a pisotear a los demás. Que lo haga Hugo Chávez, no es nada sorprendente. Que lo hagamos reiteradamente los argentinos, debiera darnos vergüenza. De pronto, la Senadora Kirchner, haciéndose la sorprendida, nos comunica que se ha despertado a una realidad que siempre estuvo allí, a la vista de todos. Hasta ahora, la soberbia del poder no le permitió escuchar lo obvio. Y la arrogancia de los mediocres no le posibilitó advertir a tiempo lo que está pasando. El daño está hecho, señora. Y Ud. no luce extraña a quienes lo provocaron.

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Fuente: Economía Para Todos (
www.economiaparatodos.com.ar)

Hacia una sanidad libre y eficiente



Por Jorge Valin


"La demanda de sanidad pública es prácticamente ilimitada. Otorga costes mínimos, siendo la oferta de trabajo y materiales limitada. [Con sanidad pública] no puede haber un mercado abierto que asigne servicios inmediatos y justos a las valoraciones de todos los participantes".
Hans F. Sennholz—The Trouble with Medicare—



La sanidad es un monopolio del estado. Cuando un sector está controlado por un monopolio por ley (de iure), prácticamente no existe lugar para la empresa privada aunque tenga ciertos grados de libertad. En otras palabras, la sanidad, debido a su regulación, es un sector altamente precario e ineficiente.
La solución a tal problema no es subir los impuestos, ni reducirlos, ni incentivar la sanidad privada, o privatizar la gestión. La solución es apartar al estado del negocio de la salud, y devolverla a la economía privada de una vez por todas.


Los problemas de la sanidad pública: ineficiencia, colapso e inmoralidad

La sanidad en manos del estado no se retroalimenta de una forma sostenible tal y como determina la estructura de una sociedad libre. El monopolio estatal aplica factores totalmente ajenos a las valoraciones del individuo en sociedad rompiendo con la estructura productiva de toda la economía (demás sectores) creando pérdidas netas totales. Desde el punto de vista económico, la sanidad en manos del estado sólo conduce a la ineficiencia y al colapso (que más adelante veremos).
Esto nos lleva a una lenta degeneración del sistema. Algunos ejemplos son bien conocidos: se crean largas colas de espera para poder hacer incluso una simple radiografía; actualmente en España para poder realizar una operación de ligamentos en la rodilla hay una lista de espera de dos años; uno de cada cuatro pacientes mueren mientras esperan ser operados; a uno de cada cinco pacientes se les convierte el cáncer de pulmón en incurable desde que realiza la primera visita hasta que se lo diagnostican[1]. La atención médica estatal también es deplorable al no estar enfocada al cliente convirtiendo al trabajador sanitario en un funcionario más. Los ejemplos son innumerables.
La sanidad pública también ataca la ética del derecho natural y de la libertad individual. Son inadmisibles las imposiciones que se hacen a las empresas obligándolas a pagar cuotas a la seguridad social del trabajador, y a la vez también, es injusto para el trabajador ya que con estas cuotas se canaliza parte de su dinero ganado hacia un fin obligatorio y que no tiene porque ser deseado. ¿Qué relación metafísica o mística tiene la empresa hacia el trabajador? Pues la misma que el trabajador con la empresa: sólo laboral.
Así como el trabador no paga por ley parte de la salud financiera de la empresa, ni el trabajador ha de indemnizarla a la empresa cuando se va a otra empresa, no hay razón alguna para pensar que ha de haber un vínculo moral–causal entre empresa y trabajador, ni al revés. Trabajador y empresa sólo mantienen un contrato laboral, el trabajo del empleado tiene como fin cumplir un grado de producción, la moral unilateral e impuesta no tiene cabida ni obedece a ética alguna. La responsabilidad del trabajador sólo puede ser de él mismo y de nadie más —y lo mismo para la empresa. ¿Por qué la empresa ha de responsabilizase del trabajador y en cambio éste sólo puede reclamar derechos sin tener obligaciones morales hacia la empresa? Cada uno ha de ser responsable de sus acciones, de no ser así, sólo incentivaremos el fraude, la ociosidad y el parasitismo[2].
La sanidad pública y “gratuita” en manos del estado también es inmoral. Por medio de ésta el estado usa lemas políticos en su propio bien que se oponen a la libertad individual. Podemos ver la última campaña del Ministerio de Sanidad y Consumo del “día contra el tabaco”. El eslogan de los panfletos era “Tabaco y Pobreza, Un Circulo Vicioso”. Se presentaron cuatro documentos que pretendían lavar el cerebro convenciendo que el país que produce tabaco está condenado a la miseria. En esta labor de “difusión y concienciación”, el ministerio no dudó en hacer carteles que nada tenían que ver con la sanidad. En el cartel figuraba el eslogan mencionado con ilustraciones de varios casquillos de bala en los que se leía: “pobreza”, “engaño”, etc. Es decir, quien produce y vende tabaco está engañando y es un asesino (sino qué hacían esos casquillos en el cartel). ¿Por qué no se procesa judicialmente a los productores pues?
¿Cómo puede ser que un intercambio pacífico lleve a la pobreza para los productores? De ser así, no lo producirían. Los documentos mienten, y el estado por lo tanto también. El Ministerio de Sanidad y Consumo no está interesado en el ciudadano ni en su salud, sólo es un arma política del estado para el saqueo legalizado imponiendo el pensamiento único estatista[3].
Una organización que actúa por medio de la fuerza y miente continuamente para conseguir sus propósitos políticos sin que pueda haber una respuesta de mercado —y cuando se produce, el estado la ilegaliza— ha de ser apartada de inmediato de la sociedad. La solución a la grave enfermedad de la sanidad pública no puede ser un camino intermedio donde el estado siga manteniendo el monopolio o siquiera una pequeña porción de la sanidad. Esto no arreglaría nada, seguiría siendo inmoral y seguiría creando pérdidas totales netas al resto de la sociedad. Y es que el estado no arrebató la sanidad a la economía privada por su ineficiencia, sino para tener mayor poder político. El estado expropió y robó a los particulares y empresas un sector sano y fructífero para quedárselo y manipularlo según sus intereses.

Por qué la sanidad es económicamente ineficiente en manos del estado

El estado, por el carácter de su propia estructura, siempre actúa de forma irreal no obedeciendo las decisiones del mercado ni sociedad, sino que sistemáticamente se enfrenta a las dos. Primeramente centraliza las decisiones de millones de personas (sociedad) en una sola (presidente o ministro) o conjunto de tecnócratas (comité o ministerio). Este comité de técnicos no puede acaparar la información de una sociedad cambiante y compleja; dicho de otra forma, los tecnócratas no pueden reproducir tales decisiones sociales de una forma ajustada a la sociedad[4].
Agreguemos algo más y que es el punto crucial desde el punto de vista económico. Cuando el estado interviene en el campo de la producción, la economía literalmente desaparece. Pero, ¿por qué?
Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek, aunque por dos caminos diferentes, nos respondieron porqué donde existe intromisión estatal el colapso económico es inevitable. También lo podemos llamar la “imposibilidad del cálculo económico socialista”. La teoría tuvo incluso, después de la caída del bloque soviético, la aprobación de algunos economistas marxistas (Robert L. Heilbroner).
El estado es incapaz de medir las decisiones marginales de los individuos. El hombre siempre toma decisiones marginales, es decir, “en el límite”. Los actos de las personas no se basan en los precios o en un plan inamovible, sino que el individuo siempre desecha la peor de sus opciones para tomar la mejor solución según los recursos de los que dispone. El individuo tiene una escala de valores que rearma cada vez que se le presenta una nueva elección y que ejecuta mediante la acción. En este entorno el individuo asigna mayor valor a lo que más urgentemente necesita y cuando se decide a actuar, marca el precio.
Aplicándolo a la sanidad; el individuo cuando decide cuánta sanidad ha de tomar lo hace en su caso particular. No valora toda la sanidad del mundo, sino que calibra su “sanidad marginal” por decirlo de alguna forma, es decir, valora su utilidad concreta y los recursos presentes o que cree que tendrá en un futuro cercano. Por el contrario, el estado no toma esta “sanidad marginal”, sino que directamente se plantea la “sanidad total” en un conjunto de agregados. Ese es el principio de la imposibilidad del cálculo económico y del inevitable colapso del sector.
¿Qué lugar ocupa la sanidad (marginal) hoy día en la escala de valores del individuo? Una muy lejana o inexistente ya que la sanidad es gratuita para él —en realidad no lo es, paga un precio muy alto. Eso no significa que el individuo no valore su salud, todo lo contrario, lo que no valora es la escasez de sanidad que el estado ofrece de forma ilimitada y gratuita. Siendo la sanidad gratis, ésta no tiene valor alguno en la escala de prioridades del individuo, por lo tanto, ese lugar es sustituido por otros bienes económicos. En este proceso, la economía en el sector de la salud, o lo que es lo mismo el cálculo económico, ha desaparecido.
El estado, al no poder saber las valoraciones del conjunto de individuos, ha de recurrir a la expresión última del mercado para el cálculo, el precio. Pero éste jamás puede determinar el futuro per se. A diferencia de las decisiones descentralizadas y ordinales del individuo, el estado (o el tecnócrata) intenta medir los costes a través de los precios, es decir, desde un punto de vista centralizado y cardinal.
Intentar “perder menos”, o “ganar” mediante el examen único del precio, olvidando las valoraciones subjetivas, jamás puede llevar a su fin primero; en este sentido el proceso de saneamiento económico del estado siempre será inútil.
Hemos de entender que los precios sólo son valoraciones subjetivas congeladas en el tiempo que no tienen porque determinar otros precios futuros. En este sentido, no existen “precios de mercado” sólo valoraciones individuales y subjetivas —no existe una auténtica relación causa–efecto entre precios pasados y mercado futuro. ¿Existe un "precio de mercado" en el sector de las camisas? El precio de las camisas es tan variado y disperso que no podemos hacer una media agregada y trabajar con ella para adivinar el precio futuro.
Trabajar con precios sin valoraciones subjetivas es una labor inútil, es desproveer al precio de su esencia. Por lo tanto, manejar este precio vacío para calcular el futuro sólo da contradicciones económicas. Realmente lo que está pasando es que tales precios vacíos no se corresponden con la realidad, y por más que se impongan por la fuerza, su aplicación contra natura sólo genera un solo fin real: el caos económico y el colapso. El precio no es un factor frío y autónomo, sino al revés. El precio un es factor nacido de la sociedad, olvidar esta última relación causal, es olvidar la sociedad y por lo tanto también la economía.
La imposibilidad del cálculo lleva a una clara incapacidad desde un principio. Por ejemplo, cuando el estado cree conveniente construir hospitales en una ciudad, ¿cuántos ha de construir? ¿Uno o cien mil? ¿Cuántos médicos han de haber por hospital, 20 o uno por ciudadano? ¿Cuánto dinero se ha de destinar a tal proyecto?, ¿Realmente se ha de hacer y considerarlo un “coste social”?, etc. Ningún político ni tecnócrata puede saberlo realmente. Sólo la valoración de esa comunidad, que interpreta el empresario, puede dar una respuesta sostenible y eficaz —determinada por el efectivo test de premio–error.
Pero el estado no es un empresario que esté sometido al test de premio–error. El estado toma los costes tal como vienen por decirlo de alguna forma. Cree que el coste es un factor autónomo que gobierna el precio, pero eso no es así. El coste es una faceta del valor: el coste sólo es valor.
El coste se determina desde los bienes de consumo hacia los bienes de capital: el coste no gobierna el precio, sino que el coste es el resultado de las valoraciones que hace el individuo y ejecuta mediante la acción. El proceso empieza en los bienes de consumo para ir avanzando hacia atrás, hacia los bienes de capital. Por lo tanto, si un bien económico (producto o servicio) es muy deseado en una sociedad, éste hará alargar el proceso productivo de ese bien (aumenta la división del trabajo) reduciendo no el precio en si mismo, sino directamente el coste: cuanto más desee la sociedad un producto o servicio, más asequible será para todos; cuanto menos lo desee más caro. Cuanto más desee la sociedad un bien económico, menor será su coste; y cuanto menos lo desee, mayor será el coste.
Dicho de otra forma, cuanto más quiera la sociedad un bien económico, más dinero destina a ese bien y más oportunidades tendrán los productores entonces para introducirse en esta estructura alargando el proceso de maduración generando continuos descubrimientos y reduciendo el coste. La estructura productiva se enriquece y diversifica despojándose de la rigidez inicial.
Resumiendo este punto, la economía o valoraciones económicas, cuando el estado monopoliza la sanidad, son inexistentes porque literalmente desaparecen. El tecnócrata no trabaja con valoraciones marginales subjetivas —que crean el precio— sino que trabaja directamente con precios y costes que no son reales en tanto que no han nacido de una armonización de todo el conjunto económico. Esa es la principal fuente de ineficiencia[5]. Ahora vemos como las simbólicas reformas intermedias, o pragmáticas, como “privatizar la gestión” son inútiles para acabar con el mal que genera el intervencionismo. El intervencionismo conduce al derroche económico, a la irresponsabilidad, a la permanente y continua escasez económica, rigidez del sector, ineficiencia —en el sentido estático y dinámico—, y un largo, penoso e inevitable camino hacia el colapso.

Paralelismo conceptual con la nacionalización del sector automovilístico

Pongamos un ejemplo para verlo más claro. Imaginemos que el estado regala un coche a todo aquel que cumple la mayoría de edad. Asumamos también que sólo regala uno de la misma calidad por individuo. A esto añadamos que cuando el coche tiene más de cierto tiempo el estado vuelve a regalar otro automóvil a su principal usuario. En este marco habrá otros automóviles de calidad superior en el sector privado, pero éstos sólo serán adquiridos por unos pocos. El sector de los automóviles, siendo así, será muy rígido (casi la totalidad del mercado lo monopoliza un coche). El estado puede realizar esta “nueva ley”, pongamos por ejemplo, porque considera que los coches son un bien de primera necesidad —pero en realidad sólo está usurpando la riqueza de la producción privada, es decir, ejerce el robo por medio de la ley. ¿Cómo afectará esta nueva situación a las valoraciones económicas y al mercado?
Lo que ocurrirá es que todo joven, u otro que quiera reemplazar su antiguo vehículo, sacará de su escala de valores la adquisición de un automóvil privado por uno del estado. Cuando la adquisición del automóvil privado ha salido de la escala valorativa de todos los individuos, esa posición la ocupan otros bienes económicos, es decir, se ha convertido un bien económico (el automóvil) en un bien libre (como el aire). En este proceso el cálculo económico desaparece. El individuo no ha de ahorrar, invertir, o dejar de consumir en otros bienes económicos para adquirir el automóvil; lo único que tendrá que hacer es ir a los concesionarios estatales y decir que tiene la mayoría de edad, o entregar un papel que diga que su vehículo tiene más de tantos años. El único esfuerzo que ha de hacer, es el de un simple trámite burocrático y no económico.
En este proceso, al final el sector de los automóviles se vuelve increíblemente rígido donde la demanda rebasa la oferta. El estado, como productor de automóviles, no sabe cuánto ha de costar cada automóvil. La sobre–demanda que ha generado ha descompensado la estructura de mercado creando precios con una estructura de costes muy elevada. La producción de automóviles deja de ser rentable en casi toda su estructura. Al individuo, por otra parte, poco le importa lo que cuesten porque no valora los automóviles, el estado los regala.
Esto generará pérdidas continuas en la producción de automóviles que se retroalimentará de otros sectores productivos: mediante impuestos que se imputarán a otros sectores que nada tienen que ver con la producción de automóviles. Drenar recursos de un sector productivo por la fuerza para otorgarlo a otro, sólo llevará a pérdidas netas totales en los dos sectores.
El estado, pasado el tiempo y habiendo generado un amplio déficit, intentará paliar los efectos de esa “nueva ley” con otras leyes para reducir la demanda, como por ejemplo, que los individuos que quieran adquirir un automóvil estatal gratuito tengan unos ingresos anuales inferiores a tantos dólares, o que los adquirientes tengan que hacer más de tantos kilómetros anuales, que vivan a otros tantos de su lugar de trabajo, o que se llamen de apellido “González”. Da igual la restricción que tome el estado, han de reducir como sea la demanda para no llegar al inmediato colapso. Pero el estado siempre dará a ver su solución como algo moralmente superior que combata la “avaricia” de aquellos que quieren tener un coche.
Otro camino es aumentar los impuestos directamente en otros servicios o productos privados restando riqueza a los mismos, o también, emitiendo deuda y creando así más inflación futura. Aún aplicando estos nefastos métodos, el problema seguirá existiendo, la demanda seguirá siendo superior a la oferta y se crearán largas listas de espera para la adquisición de un automóvil (como ocurre con las listas de la sanidad pública).
Si hubiese sido un proceso natural y libre, el individuo habría dejado de consumir en un sector para gastarlo en otro manteniendo así la estructura productiva original y conservando una economía sostenible, es decir, respaldada por las valoraciones del individuo que crean el mercado. Aquí no habría habido pérdidas netas totales, sino al revés, se habrían generado más oportunidades al empresario para suplir los déficit del consumidor: se habrían fabricado coches grandes, pequeños, baratos, caros, seguros, rápidos, confortables, etc.
Al cabo del tiempo, cada coche costará al estado mucho más que sino hubiese sido producido en una economía libre y privada. Pero los intervencionistas y socialistas, entonces, con su característica estrechez de visión económica e histórica, dirán: “¡Ves! El mercado es incapaz de producir coches para todos. La producción de automóviles, (que el estado monopoliza en nuestro ejemplo), tiene enormes gastos fijos, y por lo tanto el sector del automóvil sólo puede ser “gestionado” o “producido” por el estado que da un coche a todos (aunque se creen listas de varios años para ser entregados). Es un claro ejemplo de ‘fallo de mercado’. El ‘coste social’ generado, es inevitable. En una economía privada y liberal, sólo tendrían coches los muy ricos y las clases medias y pobres tendrían que ir a pie a todas partes”. ¿No les suena que se diga lo mismo de la sanidad?
La realidad es muy diferente. La economía privada ha sabido otorgar coches a todo aquel que quiera uno, y esto ha sido gracias a la libertad de mercado (aun teniendo en cuenta las numerosas regulaciones de este sector). Además, a diferencia de nuestra nacionalización automovilística, se han generado en la actualidad un largo número de empresas, industrias y trabajadores que viven y crean junto a ese sector.
La conclusión es clara: ahí donde se puedan expresar y ejercer libremente las valoraciones subjetivas entre oferta y demanda siempre existe un posible punto de encuentro económico donde todos están abastecidos —más realista y diversificado que el “precio de mercado”. El proceso de la libertad de mercado crea alta producción, diversidad, variedad, competitividad y consumismo. En definitiva: riqueza sostenida.
No creo que nadie se oponga a la certeza que todos queremos estar sanos y libres de enfermedades. Cualquiera preferirá sanidad a un automóvil si nos ponemos a valorarlo —la decisión, evidentemente, no tiene porque ser excluyente. Si todos podemos disponer de coche propio, ¿qué nos hace pensar que no dispondremos de una buena sanidad eficaz y variada en un sector totalmente privado?

Más allá del ahorro personal. Más soluciones de mercado

Aquí se nos puede plantear: ¿pero qué ocurre si necesitamos de la sanidad y el precio de algún servicio sanitario concreto está muy por encima de una clase sub–marginal? Con esta pregunta ya estamos asumiendo que la sanidad privada es más eficiente que la pública en el sentido que con la última ya no es una cuestión de dinero, sino de poder esperar lo suficiente en las listas de espera para no llegar muertos, o con una enfermedad en estado ya irremediable. El estado no ha podido responder a esta pregunta con una solución real. Excluyendo el dinero y valoraciones marginales y subjetivas, ha hecho que todos seamos elementos sub–marginales.
Primeramente hemos de recordar que en un sector totalmente libre nace lo que hoy día es casi inexistente en la sanidad pública: la diversidad. Evidentemente nacerán muchas formas y tipos de sanidad; cada una ella tendrá un precio e intentará satisfacer a su “target” o tipo de cliente, ya sea “cliente con pocos recursos”, “cliente masa”, “cliente elitista”, etc. Todos tienen lo mismo en común, valoran su sanidad marginal.
Pero por otra parte, la pregunta parece ser un problema recurrente e insoluble para el socialista e intervencionista conservador que prefiere que la salud de la gente degenere antes que "entregar la sanidad al diabólico mercado". La respuesta a tal problema la encontramos a diario en el presente. Cuando una persona asigna un valor a un bien económico y no lo puede alcanzar con su propio ahorro ¿significa ello que de inmediato renuncia a él? No. Lo que hace es usar el ahorro de otros.
Si queremos comprarnos algo que tiene un precio alto, como una casa, ahorramos para conseguirla, y además recurrimos al ahorro de otras personas para poderla conseguir antes; en otras palabras, recurrimos al sector crediticio —con instrumentos como los créditos o préstamos. Si la sanidad fuese totalmente privada se desarrollarían una enorme variedad de productos financieros sanitarios. Los créditos sanitarios, por ejemplo, tienen por función sólo eso, acaparan el ahorro de otros para prestarlo al que necesita de servicios médicos. En una economía libre el crédito no es para el rico, él es el que presta, sino para el pobre o para aquel que quiere aumentar su bienestar inmediato ¡Qué diferentes son las cosas hoy día con un estado omnipotente que acapara todo el ahorro!
También se reforzarían y nacerían nuevos seguros médicos. Si la sanidad es gratis, no tienen sentido los seguros médicos, realmente es sorprendente que existan y puedan sobrevivir hoy día. Al ser la sanidad sólo privada la estructura financiera de este producto no sólo aumentaría, sino que el entramado de necesidades del mercado haría aumentar en primer lugar la demanda, para incrementar después la división del trabajo en la oferta haciendo nacer nuevos tipos de seguros, redefiniendo incluso el propio concepto de seguro médico. La "generosidad" del estado ha hecho que este instrumento, tan útil en una economía libre, se haya relegado a un uso casi simbólico y muy poco evolucionado.
Además, hoy día también podemos ver muchas empresas que contratan seguros sanitarios a sus trabajadores, asegurándolos incluso fuera del terreno laboral. Esto no beneficia al trabajador sólo, sino a la empresa también que de esta forma crea un valor añadido más para futuros trabajadores que tengan la opción de escoger entre varias empresas. Si la sanidad es estatal tal aliciente se vuelve casi nulo.

La visión “teleocrática” y “tecnocrática” del estado en la sanidad

Una de las funciones de los diversos órganos estatales de sanidad y consumo es incentivar la buena salud aun cuando nadie quiera que se la incentive por la fuerza; y es que esto, no es función de gobierno alguno.
Intentar inculcar una cierta moral o ética por medio de la fuerza es lo que se llama “teleocrácia”. ¿Qué sabe el estado o cualquier técnico qué es bueno para mí? Esa es una decisión mía. ¿Y por medio de qué tipo de moral ha de imponerme su visión de salud y arrebatarme mi dinero en el nombre del bien común? ¿Por qué el estado ha de gravar, y distorsionar la información sobre los productos que considera poco saludables? ¿Es que la gente no sabe los efectos del tabaco, alcohol, drogas, comidas saturadas de grasas, etc.? Las decisiones sobre qué "meto en mí cuerpo" son decisiones individuales y no han de importar al estado ni a ningún técnico.
También, nos podemos cuestionar por qué razón el consejo de un técnico ha de ser una imposición aun cuando vaya contra nuestra voluntad. Nuestro médico, que también es un técnico, nos puede aconsejar que no bebamos alcohol en exceso, pero de ningún modo nos puede colocar una pistola en la cabeza y decirnos que por nuestra culpa existen los accidentes de tráfico, enfermedades y que por ello se ve obligado a incautarnos parte de nuestro dinero (que gastamos en el consumo de alcohol, o que ganamos de nuestro trabajo diario) para solucionar las enfermedades del alcohol y otras más, quedándose de paso un amplio margen para financiar los “gastos de tramitación”.
Un tecnócrata no es un gran científico, ni un sabio, ni un premio Nóbel —estos trabajan para empresas y universidades privadas— sino que sólo es un político. Ningún “técnico” puede llegar a conseguir el bienestar general porque no tiene ni la capacidad ni ganas necesarias para hacerlo. Pero aun siendo así, no nos puede obligar a hacer lo que no queremos porque eso sería imponer la servidumbre y la esclavitud.
Piense en los empresarios de éxito. Éstos no son grandes sabios, ni grandes ingenieros o economistas que ganan premios cada año, sino que son gente normal que han sabido ofrecer aquello que el consumidor necesita. El empresario que triunfa, no es el que tiene en su cabeza mil fórmulas matemáticas o una moral superior, sino el que tiene la capacidad de saber qué le falta a la gente para ofrecérselo a buen precio.
Si la sociedad demanda alimentos sanos, el empresario abrirá restaurantes y tiendas de este tipo de cocina y productos. Si la sociedad demanda alimentos baratos y no le importa la calidad, el empresario los ofrecerá también. Si parte de la sociedad demanda estimulantes, por malos que puedan ser en opinión del técnico, el empresario los ofrecerá también. Aquí no mandan las decisiones particulares e impuestas de nadie, sino las acciones voluntarias —el intercambio pacífico del mercado. El empresario no pretende tener una visión superior a su cliente sino tenerlo satisfecho. Al tecnócrata poco le importan las preferencias de la sociedad. Él vive aislado con otros tecnócratas y sus particulares valores morales en una casa comprada con el robo de los impuestos. El tecnócrata es un visionario que está dispuesto a imponer su moralidad aun empobreciendo la sociedad entera.
Teleocrácia y tecnocracia son una muy mala combinación. No hemos de eliminar una para que prevalezca la otra, sino eliminar las dos. Nadie ha de tener la capacidad de imponer la “tiranía de las buenas intenciones” que legitime el robo, ni la imposición de las ideas por más técnico o buena voluntad que pretenda tener. Esto se ha hecho continuamente con la sanidad creando histerias e injusticias continuas. Que cada uno haga lo que quiera con su salud, y que sea él y no otro quien asuma las consecuencias.

La sanidad privada incrementa y refuerza los valores morales humanos

Por medio de la libertad de mercado podemos establecer un sistema moral voluntario e individual que siga la estructura paralela del capitalismo, esto es, la pura estructura de la sociedad en si misma en lugar de implementar los mandados de un zar de la producción o tecnócrata. Una economía libre y privada despojada del yugo del estado refuerza los valores clásicos de humanidad.
¿Podemos pensar que existirían hospitales gratuitos privados para los pobres sino hubiese intervención estatal en la sanidad? Sí. En Estados Unidos ya ocurre. Tales hospitales sólo se financian con dinero privado, algunos médicos al acabar su jornada laboral en el hospital donde trabajan con nómina, después van a estos hospitales trabajando gratis, o por un precio muy bajo. Tal vez lo hagan por altruismo, tal vez para decir que ayudan a los demás. La causa no importa, el hecho es que se comportan de forma solidaria sin afectar a la cartera del resto de la sociedad.
¿Por qué en el S. XIX y a principio de S. XX las donaciones eran más abundantes? ¿Por qué las donaciones privadas en la época Reagan en Estados Unidos aumentaron espectacularmente? Porque en el primer caso, casi no había impuestos, y en el segundo porque se redujeron drásticamente. En el siglo XIX la gente acaudalada construía orfanatos, hospitales, pagaban caras expediciones científicas, eran mecenas del arte, etc.
Si la sanidad deja de ser estatal las rentas individuales, y capacidad adquisitiva (da igual como se quiera medir) aumentarán de forma cuantiosa. Todos tendremos más capacidad de ahorro, inversión, consumo y donación. Las personas ricas juegan en este último aspecto (y resto también) un factor muy importante. En un siglo, el altruismo humano no ha cambiado, si los ricos son más ricos, sin duda, harán más donaciones voluntarias con su dinero sin necesidad de la extorsión estatal que precisamente hace reducir las donaciones y ayudas.
Podemos pensar también en el altruismo colectivo. Un caso me sorprendió particularmente en el caso de los “francotiradores de Washington”. Una congregación organizada se dedicaba a poner gasolina a los coches gratuitamente para que los usuarios no fueran las víctimas de los francotiradores. ¡Estos individuos estaban dispuestos a dar la vida por desconocidos! El libre mercado incentiva este tipo de valores; el estado los elimina transformando el concepto de solidaridad voluntaria en el de solidaridad impuesta. El resultado del último sólo es caos e irresponsabilidad individual. Si privatizamos del todo la sanidad, la solidaridad voluntaria, inevitablemente, aumentará de una forma sorprendente.

Información y responsabilidad civil de las empresas de sanidad privadas

Al principio del artículo he mencionado que hay gente que muere en los periodos de espera para poder ser operadas. También, hay personas que mueren en los quirófanos, se producen grandes irresponsabilidades, o simplemente se producen negligencias menores en los centros sanitarios del estado sin que realmente se pueda hacer nada para compensar a la víctima, o los familiares si la última muere. La mayoría de estos casos resultan en una total impunidad hacia los responsables sanitarios. Si el estado o la empresa privada asumen la responsabilidad de la sanidad, tanto el uno como el otro, han de responder de todas sus consecuencias. Como vemos, el estado no responde casi nunca. En una organización puramente privada la impunidad médica desaparecería.
Convirtiendo la sanidad en un sector estrictamente privado, las responsabilidades civiles son claras: las asume la empresa de sanidad. Por medio de demandas individuales, la víctima puede actuar contra la empresa de sanidad y ésta tendrá que responder si es culpable de una negligencia. El actual oscurantismo del sector médico que otorga la ley del estado impide que puedan ser eficaces tales demandas.
De igual forma, la privatización del sector sanitario nos conduce a una mayor transparencia también. Hoy día los historiales laborales de los médicos parecen ser calificados de seguridad nacional teniendo en cuenta la imposibilidad de acceder a ellos. ¿Cuánta gente ha muerto en el quirófano del doctor Fulano? ¿Cuántos pacientes tienen secuelas negativas del tratamiento del doctor Mengano? Imposible de saber.
En una economía desnacionalizada y desregularizada toda esta información estaría a disposición de los clientes potenciales. Esto incentivaría también la precaución y responsabilidad médica haciendo desaparecer los nefastos tratos que ofrece el trabajador médico estatal. Ya no seríamos pacientes, sino clientes. Y toda empresa siempre se mueve por el mismo lema: “`el cliente siempre tiene la razón’, él nos financia y paga nuestros sueldos”. Por el contrario, el lema de la sanidad estatal parece ser: “el paciente es un incordio que nos hace trabajar”.

Cómo sacar la producción de sanidad de las manos del estado de forma inmediata. La solución de Hans-Hermann Hoppe

Hans-Hermann Hoppe propuesto cuatro simples puntos para que la producción de sanidad estuviese en manos privadas de una vez por todas[6]. Los pasos de Hoppe, en esencia y resumidos, fueron:
1. Eliminar todas las licencias de las escuelas médicas, hospitales, farmacias, médicos y personal médico en general. La oferta aumentará, los precios bajarán, y la inmensa variedad de servicios sanitarios brotarán al mercado.
2. Eliminar todas las restricciones sobre la producción y ventas de los productos farmacéuticos e instrumentos médicos. Esto significa eliminar la Food and Drug Administration, que precisamente dificulta la innovación y aumenta el coste.
El coste y los precios caerán, y surgirá muy pronto una enorme variedad de mejores productos en el mercado.
3. Desregular la industria sanitaria de los seguros… como resultado generará una amplia variedad de riesgos no–cubiertos, creando así un auténtico concepto en el “riesgo” de los seguros.
4. Eliminar todos los subsidios de sanidad. Los subsidios de enfermedad engendran más enfermedades promocionando la despreocupación, indiligencia y la dependencia. Si los eliminamos, reforzaremos una vida más sana y trabajaremos para la vida. En un primer momento, eso significa abolir el seguro médico estatal para ancianos y minusválidos (Medicare) y el seguro médico estatal para personas de bajos ingresos (Medicaid).Lo podemos resumir mejor aún: apartar del todo al estado de la producción de sanidad. Nuestra salud es demasiado importante para que permanezca en las manos del ineficiente monopolio estatal. El sector médico público es incapaz de conseguir ni la más mínima porción de eficiencia económica, social ni moral. Sólo genera pérdidas a toda la sociedad y a otros sectores que no tienen nada que ver con la sanidad. Su regulación no protege al cliente (paciente) sino que sólo sirve para “tapar” al responsable médico. La política y el estado han de desaparecer de forma inmediata de este sector para nuestro propio bien antes que sea demasiado tarde.


[1]NHS Reform: Towards Consensus. A report from the Partnership for Better Health project”. Estudio de Anthony Browne y Matthew Young para el Adam Smith Institute (2002).
[2] Los intervencionistas y socialistas, sobre todo los que se hacen llamar intelectuales, disfrutan crispándose con el uso de estos términos, transformándolos en otros que no tienen nada que ver: al parasitismo, lo llaman solidaridad (impuesta no voluntaria); al fraude, “coste social”; a la marginación por ley, “discriminación positiva”; al saqueo del estado , justicia social; etc.
[3] Una anotación sobre esta campaña antitabaco. A pesar de todas las regulaciones nacionales e internacionales sobre el tabaco, este producto crea riqueza; de ser al revés todas las empresas productoras de tabaco habrían cerrado. Pero los folletos del estado lo mostraron de una forma empírica; los países productores de tabaco son subdesarrollados, por lo tanto ¡el tabaco lleva a la pobreza! Curioso análisis. En esta línea todo lo que hagan los países subdesarrollados conduce a la pobreza entonces; y también, si un país, por rico que sea empieza a producir tabaco dando al consumidor aquello que quiere, al final tal país se verá sumergido en la más grande de sus depresiones.
¿Qué legitimidad tiene el estado para mentir de esta forma tan descarada intentado lavar el cerebro a una sociedad? Imaginemos lo contrario. Supongamos que la empresa Marlboro lanza una campaña diciendo la verdad económica del tabaco: “que da al consumidor aquello que quiere, y que esto beneficia a todos sus productores, ya sean empresas, particulares o países”. El estado, siguiendo en su línea totalizadora habría prohibido la campaña tachándola de inmoral. ¿Qué tienen de inmoral estas acciones pacíficas y voluntarias de la comunidad? Nada.
[4] Añadamos que el tecnócrata no tiene intención alguna de satisfacer al consumidor (de sanidad en este caso), sino aumentar su poder político; y la herramienta que siempre usa es la fuerza que articula mediante la ley.
[5] El único factor de la extinción del comunismo fue ese precisamente. La corrupción, a la que se le suele atribuir el hundimiento del socialismo no fue la causa, sino más bien al revés. La corrupción creó una pseudo–estructura de mercado que hizo aguantar más ese insostenible sistema económico.
[6]A Four-Step Health-Care Solution”. Revista “The Free Markets” abril de 1993. La solución fue aprobada por Murray Rothbard en su libro “Making Economic Sense”. Ed. Ludwig Von Mises Inst; 1ª edición (1995):
“[…] That is why the Clinton health plan must be fought against root and branch, why Satan is in the general principles, and why the Ludwig von Mises Institute, instead of offering its own 500-page health plan, sticks to its principled "four-step" plan laid out by Hans-Hermann Hoppe (TFM April 1993) of dismantling existing government intervention into health."



Traducido por.: Jorge Valin http://www.jorgevalin.com/


El mercado y no los sindicatos han provisto de tiempo libre

Por Thomas J. DiLorenzo
Traducido por: Jorge Valin

En la Acción Humana Ludwig von Mises escribió que los sindicatos siempre fueron la principal fuente de propaganda anticapitalista. Recuerdo recientemente una pancarta de un huelguista que proclamaba uno de los principios primordiales del sindicalismo: “El movimiento sindicalista te ha traído el fin de semana”.
Bien, no exactamente. En Estados Unidos la media de trabajo semanal era de 61 horas en 1870, y actualmente es de 34 horas. La razón por la cual se ha doblado el tiempo libre en América no ha sido gracias al sindicalismo, sino gracias al capitalismo. Como explicó Mises, “En una sociedad capitalista prevalece un firme aumento hacia la inversión del capital… Consecuentemente, la productividad marginal del trabajo, la tasa salarial, y los beneficios del salario medios tienden a aumentar de forma permanente”.
Por supuesto, esto sólo es cierto en una economía capitalista donde permanezcan la propiedad privada, libre mercado, y empresarialidad. El fuerte incremento en el nivel de vida de los (predominantes) países capitalistas se debe a los beneficios en la inversión del capital privado, empresarialidad, avances tecnológicos, y en una mejor y mayor cualificada mano de obra (no gracias al monopolio de la educación pública, que sólo ha servido para empobrecer intelectualmente a la gente). Los sindicatos se aprovechan de esta circunstancia buscando políticas que impidan las intrínsecas instituciones del capitalismo.
La reducida semana laboral es una invención que nació con y del capitalismo. La inversión de capital hizo aumentar la productividad marginal del trabajo a medida que transcurría el tiempo. Es decir, se requería menos trabajo para producir el mismo nivel de producción. Cuando la competencia se volvió más intensa, varios empresarios compitieron por los trabajadores más cualificados ofreciéndoles mejores sueldos y una jornada más reducida. Los empresarios que no ofrecieron una semana de trabajo reducida estuvieron obligados, por la fuerza de la competencia, a compensar al trabajador con mayores sueldos o simplemente dejaron de ser competitivos en el mercado de trabajo.
La competición capitalista es también la razón por la cual haya desaparecido “el trabajo infantil” a pesar que los sindicalistas digan lo contrario. Los jóvenes se iban de las granjas para ir a trabajar a las duras condiciones de las fábricas porque era una mejor forma de supervivencia para sus familias y para ellos mismos. Pero a medida que los trabajadores empezaron a estar mejor remunerados —gracias a la inversión capitalista y consecuentes mejoras productivas— cada vez más gente se pudo permitir dejar a sus hijos en casa y llevarlos a la escuela. La regulación sindicalista que prohibía el trabajo infantil vino después de que los niños dejaran de trabajar.
Además, las leyes del trabajo infantil siempre han sido proteccionistas y han contribuido a que los jóvenes perdieran su oportunidad para trabajar. Desde que el sindicalismo se opone al trabajo infantil, los sindicatos han recurrido al poder del estado para desproveer a los jóvenes de su derecho a trabajar. En el Tercer Mundo, la alternativa al “trabajo infantil” es generalmente la prostitución, el crimen o el hambre. Los sindicatos de forma absurda proclaman su alta visión moralista imponiendo políticas proteccionistas que inevitablemente llevan a esas consecuencias.
Los sindicatos, en las últimas tres décadas, también alardean de defender las regulaciones de la “Occupational Safety and Health Administration” (OSHA)[1]. El puesto de trabajo del empleado ha sido cada vez más seguro en el último siglo, pero no debido a las regulaciones sindicales, sino a la fuerza competitiva del capitalismo.
Un lugar de trabajo inseguro o peligroso es costoso para los empresarios porque han de pagar una compensación a los trabajadores para atraerlos (mayor sueldo). Los empresarios, por lo tanto, tienen un poderoso interés económico en mejorar y hacer más seguro el puesto de trabajo de sus empleados; especialmente en el sector industrial donde los salarios generalmente constituyen el principal coste total de ese factor. Además, los empresarios han de reducir las pérdidas ocasionadas por el coste del trabajo, enseñando a trabajar a los nuevos empleados, y pagando las imposiciones estatales de cualquier accidente en el trabajo que el empleado tenga. Y eso sin mencionar las amenazas de los pleitos.
Las inversiones en tecnología, desde el aire acondicionado para tractores a los robots usados en las fábricas automovilísticas, hacen también el puesto de trabajo más seguro. Pero muchas veces los mismos sindicatos se han opuesto a esta tecnología con el Ludismo diciendo que las mejoras técnicas “destruyen los puestos de trabajo”.
Mises tenía razón al decir que los sindicatos siempre han sido la principal fuente de propaganda anticapitalista. Pero desde que Mises escribió La Acción Humana los sindicatos han estado también al frente de los grupos de presión haciendo aumentar las regulaciones e impuestos —del capital— a las empresas obstaculizado así la economía de mercado. Estas imposiciones han hecho que todos, incluyendo los sindicatos, sean económicamente más ineficientes. La regulación que se hace contra las empresas por parte de los diferentes órganos estatales, regionales, locales y diferentes burócratas del gobierno constituyen un impuesto sobre la inversión de capital muy real que convierten las inversiones privadas en menos beneficiosas. Menos inversión de capital genera un declive en la productividad del trabajo, que a la vez, vuelve más lento el aumento de los sueldos y el nivel de vida.
Además, menor productividad lleva a una bajada de la producción en la economía que genera precios más altos. De esta forma, menos productos son inventados y comercializados. Todo esto es dañino para el bienestar económico, incluso de aquellos a los cuales los sindicatos dicen “representar”. (Increíblemente, hay algunos economistas que defienden que los sindicatos son buenos para la productividad. Pero si eso fuera cierto, las empresas los contratarían en lugar de gastarse millones de dólares evitando el sindicalismo).
Mises también apunto que cuando los negocios están más regulados, las decisiones empresariales se basan de forma creciente en la conformidad de los mandatos del estado que no en los beneficios. Los sindicatos continúan reclamando más regulaciones empresariales para vivir de ellas intentando convencer al trabador —y sociedad— que “la empresa es el enemigo”. Esa es la razón por la cual, como ya dijo Mises, los sindicatos siempre han sido anticapitalistas. Los trabajadores necesitan ser protegidos “del enemigo” gracias a los sindicatos.Sin embargo, la substitución de beneficios por burocracia sólo reduce los beneficios económicos de todos. El resultado final es otra vez una reducción en la productividad de las inversiones, y consecuentemente se llevan a cabo menos inversiones. Así, los salarios disminuyen gracias al rechazo de la propaganda sindicalista. Los dirigentes sindicalistas bien remunerados pueden mantener sus trabajos y privilegios expandiendo ese tipo de propaganda pero, en realidad, sólo están dañando a aquellos que pagan sus cuotas sindicales enriqueciendo al sindicalista profesional con su sueldo.

Thomas DiLorenzo es profesor de economía en el Loyola College de Maryland. Sus campos de investigación son historia económica, organización industrial y la historia antimonopolio. Autor y co–autor de siete libros, entre los que destacan “The Real Lincoln” y “How Capitalism Saved America: The Untold History of Our Country, From the Pilgrims to the Present”
Fuente: www.mises.org

agosto 05, 2007

Kirchner, el Estado y la realidad

La verdadera justicia social es que la riqueza producida sea para quien la ha producido, para quien ha trabajado para conseguir algo. No creo que el gobierno haya trabajado para producir 95 millones de toneladas de granos, ni mucho menos el ejército de parásitos que viven a expensas del contribuyente y a quienes protege el Estado dirigido por el señor Kirchner.
Me deja estupefacto lo dicho por el ministro de economía de que la riqueza debe ser distribuida con equidad social, eso quiere decir, supongo, que los piqueteros, vagos e idiotas útiles al servicio del gobierno, y todos los ñoquis deben recibir los beneficios producidos por otro, con el pretexto de la equidad y la solidaridad.En Argentina el que se niega a entregar el botín exigido por el Estado asaltante es calificado de egoísta, oligarca o cualquier mote injurioso. Tenemos el significado de las palabras al revés, tratamos de “ladrón” al que ha ganado honestamente el producto de su trabajo y tratamos como inocente al parásito ladrón que se ampara en el Estado y en la ley para apropiarse de lo ajeno.
En la apertura de la exposición en la Sociedad Rural Argentina ha sido evidente que el gobierno no tiene respuestas, pretenden justificar el saqueo acusando a quienes les proporcionan los tributos. Los funcionarios públicos y su clientelismo son parásitos en todos los sentidos de la palabra. Niegan la realidad, cuando alguien les hace saber que están ocultando datos de la economía, o falseando datos atacan sin piedad a quienes hagan una crítica.
Ahora el Estado es de quien debemos defendernos. Se ha convertido en el enemigo, no nos proporciona ni justicia, ni defensa, ni seguridad, todas ellas son las funciones básicas para lo que fue creado, sin embargo se debe entregarle el 50% de la riqueza producida para mantenerlo. No podemos confiarle la protección de nuestras vidas, la defensa de nuestras propiedades, ni la seguridad de nuestro futuro. Todas los amagos de reforma del Estado iniciados en los 90 e incluso antes en otras épocas quedaron en nada, el proyecto generó una resistencia abrumadora porque la reforma del Estado, tales como: privatización de empresas públicas, o cierre de entes que no tiene razón de sus existencia, ponían en peligro o terminaban con los negociados que los empleados públicos tienen. La venta de las joyas de la abuela, vender la patria, eran las excusas de quienes tienen que defender su negocio en el Estado a expensas de los contribuyentes.

agosto 03, 2007

Cristina F de Kirchner entrevistada por C.N.N.

Si Cristina Fernández de Kirchner era frívola y soberbia antes, ahora es mucho más. Ha dado una entrevista a la cadena CNN, para hablar del “cambio” que planea realizar si es elegida presidente. Habló mucho y no dijo nada, en definitiva no quedó claro en que consiste el cambio como dice su slogan de campaña. La periodista tutea a Cristina F. de Kirchner y la llama por su nombre, toda una novedad en el periodismo, adaptándose a la nueva forma de comunicación con la gente.

La gira de Néstor Kirchner a México ha sido por los visto más orientada a buscar publicidad para la campaña de su esposa que orientada a aumentar los vínculos con esa nación. Toda a atención de la prensa ha estado fijada en Cristina Fernández, a conseguir fotos, y cámaras televisivas. No es la primera vez que sucede esto, en la reciente visita de ella a España estuvo orientada al mismo objetivo. Por su puesto que a la prensa argentina la evita como a la peste. Seguramente teme que un periodista le haga una pregunta fatal que deje a descubierto su incapacidad. El kirchnerismo mientras tanto pretende darle un rasgo intelectual y filosófico que no tiene, como quiso demostrar en el congreso de filosofía celebrado recientemente en San Juan.



Fuente: http://mundo-perverso.blogspot.com

Serás lo que has sido

Una producción de Marcelo López Masía

Estos vídeos que muestro en este post nunca serían vistos en televisión. El periodismo coimero argentino, al sueldo del gobierno no publicaría jamás nada que perjudique a su protegido. Marcelo López Masía es un periodista que quiso entrevistar a Néstor Kirchner cuando éste era gobernador de la provincia de Santa Cruz. Este video fue entregado por la revista "Noticias" hace algunos meses y demuestra muchos casos de corrupción del kirchnerismo. El video está dura una hora y media, pero aquí lo presentamos dividido en 9 partes. Hay testimonios de muchas personas que relatan hechos vividos en los años de la gobernación de Kirchner.
Kirchner ha dicho que todos somos hijos de las madres de plaza de mayo, también ha puesto mucho énfasis en los derechos humanos, sin embargo una de las madres de plaza de mayo, dice que Kirchner nunca le interesaron los derechos humanos, nunca ha hecho nada por ellos, y acusa a un sector del movimiento que ella integra de hacer un pacto con Kirchner, y de haber traicionado la causa de la fundación de ese movimiento. También el señor Kirchner ha puesto mucho énfasis en la lucha contra la corrupción y ha demonizado la década de los 90. Ahora podrán comprobar el doble discurso de Néstor Kirchner.

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