agosto 21, 2007

EL LIBERALISMO AUTENTICO DE MURRAY ROTHBARD



Autor: Antonio Muñoz Ballesta

Ante el nuevo orden mundial que se viene estableciendo desde las guerras del Golfo I y II, se propone la dilucidación de la verdadera ideología que en el fondo pervive en el Imperio de los EEUU (el liberalismo auténtico) y la necesidad de una conversión del mismo en un verdadero Imperio generador
Cuando aparentemente la guerra de Irak ha terminado, renace la polémica de si las potencias ocupantes están fomentando el desorden público para justificarse como Estado, en un territorio que podría ser el nuevo ejemplo histórico en el que podría establecerse el «no estado» por el que lucha el liberalismo auténtico. Sin embargo no podemos olvidar, en ésta polémica, al liberalismo «social-demócrata» representado por Carlos Popper y su auténtico sucesor Jorge Soros, ni la propuesta de la conversión de EEUU a la categoría de un Imperio generador que se defiende en este artículo.
Entiendo por «liberalismo auténtico» el anarco-capitalismo o libertarios económicos, cuyo máximo representante ha sido en los último años Murray N. Rothbard (1926-1995). El liberalismo auténtico se caracteriza por luchar contra la existencia misma de los Estados. Los Estados son las agencias o instituciones que poseen el monopolio de la violencia sobre un territorio, al igual que la última decisión, también en monopolio, sobre los conflictos que en él se produzcan; y en los Estados totalitarios el monopolio se extiende a todos los ámbitos de la vida.
Para los libertarios los Estados son innecesarios. Es necesaria la sociedad pero no el Estado. Además los Estados son las instituciones que al intervenir en la economía provocan ineficacia económica en todos los mercados, y oprimen y reprimen la libertad de las personas privadas.
La idea de acabar o desmontar el Estado, políticamente hablando, puede encontrarse en los anarquistas españoles, pero, económicamente (y el destino del siglo XX y XXI puede que siga siendo la Economía, precisamente por haberse convertido en Economía política), es heredera, también, del liberalismo español de nuestro siglo de Oro: el arzobispo don Diego de Covarrubias y Leyva, Luis Saravia de la Calle, Luis de Molina, Jerónimo Castillo de Bovadilla, Juan de Lugo y Juan de Salas, y sobre todo Juan de Mariana, que influyeron directamente en Turgot y su laissez faire, laissez passer, y posteriormente en la Escuela austríaca, desde Menger y Von Mises, Hayek, &c.
Luchar contra los Estados, por lo tanto, es luchar por la libertad. Por ello Rothbard «ha sido el defensor más enérgico y coherente de la libertad en este siglo» al «rechazar el orden político establecido, el nihilismo, y el cinismo en que se apoya el poder del Estado». El Estado viene a ser, para el libertario, una banda organizada de ladrones y criminales de guerra.
Como he dicho en otro lugar, la posición del libertario es la de la Ética. Desde la ética se defiende la conservación del cuerpo y persona humana y sus propiedades y derechos. Sin embargo Rothbard y demás libertarios no han reparado que las mismas Ideas de persona y derechos de propiedad no proceden de un metafísico «Derecho Natural», sino de la misma sociedad política en su propio desarrollo histórico. O por lo menos es una hipótesis, la del Derecho natural, no necesaria, y de la que la Filosofía puede prescindir.
Rothbard consideraba, por otro lado, que los libertarios debían estar siempre en contra de todas las guerras. Debían estar en contra por principios éticos básicamente. Solamente luchando contra el Estado propio, como contra cualquier otro, se podía reducir las guerras al mínimo y sus consecuencias también al mínimo (Eofl, 1982)
El Estado, al pretender ser el monopolista de la violencia en un territorio determinado, ejerce dos tipos de violencias:
1. la violencia vertical contra los libertarios que se le oponen al «orden público» que pretende establecer y establece mediante el robo de los impuestos.
2. la violencia horizontal contra otros Estados vecinos (aunque se encuentren a miles de kilómetros de sus fronteras –Irak–, y ello debido a la tecnología extraordinaria contemporánea).
Con esta clasificación de «violencia» y «orden» que nos ofrece Rothbard, es obvio, que la «paz» no puede ser entendida nada más que como una «tregua». Rothbard no utiliza el término «tregua», pero lo da como implícito. Entiendo por «tregua» la Idea de filosofía política que expresa mejor lo que entendemos ideológicamente por «paz» desde la plataforma del realismo y materialismo filosófico, pues siempre en la «paz» los Estados se «preparan para la guerra» futuro o inminente, y ello tiene que ser así si quiere mantener la «eutaxia» del mismo.
La «paz» es para el libertario la situación que se da dentro de un territorio cuando nadie se opone ofreciendo resistencia a las depredaciones y extorsiones estatales, pues para el anarco-capitalismo el derecho de propiedad al producto del trabajo personal no puede ser enajenado nada más que mediante el contrato voluntario y nunca por el robo que supone el Fisco. Por lo que tenemos el ejemplo más evidente, aquí, de que la «paz» es una Idea ideológica y polémica, pues a esa violencia unidireccional, de arriba abajo, del Estado a las personas privadas, se la considera «paz», cuando en realidad, para los libertarios, es «violencia «o «guerra interna» contra el pueblo que no quiere ser súbdito o esclavo.
Ahora bien, la violencia abierta y los conflictos más sangrantes en la Historia no se han debido a organizaciones revolucionarias antiestatales como pudo ser la FAI (Federación Anarquista Ibérica) en la España de los años 30 del siglo XX, sino a las guerras inter-nacionales o «violencia horizontal», y no solamente por el número infinitamente superior de víctimas que producen las guerras internacionales respecto a la violencia revolucionaria, sino por la muerte de inocentes que ocasionan las guerras si la comparamos con la violencia anti-estatal.
Las guerras internacionales cumplen, pues, dos requisitos:
a) Que se producen entre dos territorios distintos y diferentes, separados en la distancia, perteneciente a cada Estado beligerante.
b) Que cada Estado beligerante vive a expensas de los Impuestos a sus súbditos, incluso y con más aumento fiscal cuando emprende una guerra.
Estos requisitos terminan por inclinar la balanza de la preferencia por la lucha libertaria frente a las guerras internacionales. Sin embargo Rothbard, a mi entender, no actúa con realismo político cuando condena a las guerras libertarias en legítima defensa de los Estados «civilizados», es decir, que tienden a «desaparecer». Pues, y el análisis de Von Mises así lo aconseja, es preferible el mal menor de un estado mínimo a soportar la tiranía de un imperialismo anti-libertario.
Las diferencias entre las guerras internacionales y la violencia revolucionaria libertaria (el liberalismo armado, pues es un derecho personal el poder llevar armas para la legítima defensa) son cuatro:
1. Las guerras internacionales tienden a recurrir (y por lo tanto los Estados a producirlas) a las armas de destrucción masiva: biológicas y nucleares (I y II Guerra Mundial).
2. Las guerras internacionales no pueden concretar lo suficiente el blanco militar o combatientes, muriendo víctimas inocentes o neutrales. Y ello a pesar de los modernos cohetes que permanentemente se perfeccionan en las guerras (objetivo de las guerras según Houellebecq).
3. Las guerras entre los Estados movilizan a todos los ciudadanos o población, convirtiéndolos en «enemigos». Aumentando los asesinatos a población civil, sobre todo desde las guerras modernas.
4. En ellas, los estados deben aumentar la presión fiscal a sus súbditos.
Rothbard concluye que las guerras son ilegítimas al ser entre Estados, y la objeción de la realidad de la existencia de los Estados es respondida con la siguiente réplica «Pero mientras existan los estados lo que tienen que hacer es reducir al menos sus actividades a las áreas en las que imponen su monopolio» y no en otras, pues, ni aún con la excusa de defender la persona del viajero a otro país o sus inversiones o propiedades en él, está justificada la guerra internacional, era el riesgo que adquiría ese ciudadano. Ahora bien, «romper la tregua» tiene su justificación si responde a una prólepsis y planificación civilizatoria de la sociedad política, y siempre que se intente «acotar la guerra», tratando también, en todo caso, de no caer en la que denomino «paradoja del Señor Superior».{1}
La reanudación de la Guerra del Golfo, y la ocupación prevista para diez años de las tropas de EEUU en las tierras ricas en petróleo{2}, plantean, en este sentido que venimos tratando, dos cuestiones urgentes:
1. ¿Qué hacer cuando se desencadena una guerra (contra Irak, Irán, Siria, Corea...) y los Estados beligerantes no están negociando la paz?
2. ¿Es el imperialismo norteamericano un imperialismo generador, o puede llegar a serlo?
La primera pregunta tiene dos respuestas, la primera como persona individual y desde la ética: Tenemos que intentar y condenar todo ataque a la población civil o personal neutral, pues son víctimas inocentes; y una segunda respuesta de carácter político-jurídico: Intentar hacer valer e intentar que se cumplan las «leyes para tiempos de guerra» para que no se violen los derechos a la población civil (empezando por el derecho a su existencia, al agua, &c.), y las «leyes de neutralidad» para que no se produzcan acciones bélicas contra terceros.
La respuesta a la segunda pregunta es de lo más complicada, pero no por ello imposible; utilizaremos para ello la noción de Gustavo Bueno «imperio generador / imperio depredador», distinguiéndola de la propuesta de Rothbard, y de la de Hardt y Negri en «Imperio».
Un Imperio, como los EEUU, sería depredador si por su estructura tiende a mantener con las sociedades por él coordinadas (Irak, Guatemala, &c.) unas relaciones de explotación en el aprovechamiento de sus recursos económicos o sociales tales que impidan el desarrollo político de esas sociedades, manteniéndolas en estado de salvajismo y, en el límite, destruyéndolas como tales. ¿Puede decirse tal cosa de los EEUU? Creo, que en esencia, no. Por lo que deberíamos empezar a considerar seriamente que EEUU es un Imperio generador, y no refugiarnos en supuestas distinciones de «Imperio» / «imperialismo», tal como realiza Negri y Hardt, para llegar, al final, en definitiva, a la misma conclusión.
El Imperio generador de EEUU, como el romano o el español, hace siglos, por su misma estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista o capitalista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho.
Ahora bien esas «sociedades políticas de pleno derecho» no pueden ser meros «gobiernos indirectos o títeres» de un imperio depredador como el inglés u holandés desde el siglo XVII al XIX, sino «sociedades políticas» que consideren siempre a sus súbditos como hombres libres y que propicie siempre la conversión de las zonas ocupadas (Irak), o controladas(Guatemala), en verdaderas repúblicas o monarquías constitucionales, o en sociedades sin-estado pero de civilización superior. Y en esto último Rothbard estaría conforme, pues el objetivo del imperio generador de los EEUU, según lo planteo, es el de crear ciudadanos y personas privadas que no tengan que soportar la violencia que supone el nuevo Estado. (La situación sería parecida a la del Imperio romano que terminó concediendo la ciudadanía a prácticamente a todos los núcleos urbanos de sus dominios, pero acorde con el desarrollo de la economía y tecnología de hoy en día, en el sentido de generación por el Imperio EEUU de las sociedades sin estado y de mercado pletórico y sin monopolios.) Por su parte Rothbard era partidario de no tolerar el imperialismo occidental, al no ser legítima la violencia exterior de los Estados, pues no distingue entre el imperio depredador y el generador, y porque el mismo imperialismo occidental produce un status quo (o tregua) en el país ocupado o colonia, del cuál nunca se sabe si derivará en tiranía o subdesarrollo, y, a la vez, aumenta los impuestos en el Estado invasor para pagar los costes de la guerra de conquista y a la burocracia imperialista.
Sin embargo para Negri y Hardt el «Imperio», que no es EEUU, sí que introduce una nueva versión de la «guerra justa» que nos retrotrae a la época anterior al Ius Publicum Europeum:
«El concepto tradicional de la guerra justa implica la trivialización de la guerra y la celebración de ella como un instrumento ético (...), pero estas dos características tradicionales han reaparecido en nuestro mundo posmoderno: por un lado, la guerra es reducida al estatus de acción policíaca, y por otro se sacraliza un nuevo poder, que mediante la guerra queda facultado par ejercer funciones éticas.»
Eso quiere decir, que, a pesar de la propaganda, «una guerra justa no es ya en sentido alguno una actividad defensiva o de resistencia», sino que:
«...las acciones bélicas se justifican en sí mismas. Dos elementos distintos se combinan en este concepto de guerra justa: primero, la legitimación del aparato militar en tanto tiene fundamentos éticos, y segundo, la efectividad de las acciones militares en la consecución del orden y la paz deseados. La síntesis de ambos elementos pueden de hecho ser el factor determinante en la fundación y nueva tradición del Imperio. Hoy el enemigo, al igual que la guerra misma, nos llegan trivializados (reducidos a un objeto rutinario de represión policíaca) y se tornan en absolutos (como el Enemigo, una amenaza absoluta al orden ético). La guerra del Golfo fue tal vez el primer ejemplo plenamente articulado de esta nueva epistemología del concepto. La resurrección del concepto de guerra justa puede ser el síntoma de la emergencia de un Imperio, uno muy poderoso y plagado de sugerencias.»
Ahora bien ese Imperio se territorializa en EEUU, por ahora, y lo único que podemos reclamar es que tienda a convertirse en imperio generador. Esa es mi propuesta. Y en ese sentido coincido, en parte, con Jorge Soros, que en la reciente crítica de la Administración Bush II, el 7 de marzo de 2003, en la Escuela Paul H. Nitze de Estudios Internacionales Avanzados en Washington (adaptación en El Mundo, de 22 de junio de 2003, págs. 32 y ss.) reclama una actuación constructiva de los EEUU que permita la creación de un verdadero «mundo de sociedades abiertos». Jorge Soros, seguidor y amigo de Popper, reclama una sociedad abierta conseguida por el liderazgo positivo de EEUU, es decir, mediante la labor de una potencia imperial que ayude financiera, social y políticamente a los países del mundo en desarrollo, pero que abandone la prepotencia de imponer militarmente una concepción dogmática de lo que los ideólogos fundamentalistas de Bush II entienden por «libertad» y «democracia». EEUU debe ocuparse, con la globalización, no solamente al beneficio financiero, sino del bienestar del mundo. Sin embargo Soros reconoce que los gobiernos represivos y corruptos son la causa de la mayor pobreza existente en el mundo, por lo que reclama, en realidad, y como yo mismo, un imperio generador. Lo expone en los siguientes términos: «una forma de superar el problema es ofrecer a los países estímulos positivos para que se transformen en sociedades abiertas. Este es el ingrediente que falta en el actual orden mundial.» Mientras tanto, estaremos en tregua.



Notas


{1} La Paradoja del Señor Superior consiste en que las ideologías defensoras del Estado, por un lado reclaman la existencia de un Señor Superior (el Estado) para controlar las vidas de las personas privadas, pero, en cambio, rechazan históricamente, la existrencia de un Super-Estado, en las relaciones internacionales, que detente el monopolio de la violencia sobre todas las regiones, estando en una situación de anarquía, o estado de naturaleza, entre los diferentes estados o naciones.
{2} Lo cual supone una continuación de la guerra de Irak, en guerra terrorista o sucia, siempre y cuando sea cierto que los atentados producidos contra las tropas de EEUU se deben a grupos de liberación nacional iraquí, cosa que falta por confirmar. +


Fuente: El Catoblepas • número 17 • julio 2003 • página 15El liberalismo auténtico y la tregua:Rothbard, Negri y Jorge Soros

www.nodulo.org

agosto 20, 2007

¿QUE ES EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI?


Un bloguero venezolano escribió esto que representa lo que es el socialismo del siglo XXI, implementado en Venezuela por Hugo Chávez. Realmente el socialismo del siglo XXI, no tiene nada de diferente del socialismo de cualquier siglo precedente. Nunca el socialismo ha sido exitoso. Es un sistema tan viejo como la humanidad misma. La biblia habla de Abel y Caín, en donde Caín que fue el primer socialista mató a su hermano Abel por celos, pues Abel, el primer individualista era más exitoso y la envidia de Caín lo impulsó a matar a su hermano.

EL VERDADERO SOCIALISMO

Una gallina encontró unos granos de trigo y dijo a sus vecinos:
“Si sembramos este trigo, tendremos pan para comer. ¿Alguien me quiere ayudar a sembrarlo?”“¡Yo no, estás loca!” yo estoy en Mision Robinson y no tengo tiempo para esas tonterias– dijo la vaca.“¡Ni yo, la Mision Sucre no me deja tiempo para esas cosas” – aseveró el pato.“¡Yo tampoco!, estoy en los circulos bolivarianos que son mas importantes” – replicó el cabrito.“¡Mucho menos yo, que soy Lider del Comando Maisanta!” – completó el cerdo.“Entonces yo sola los sembraré, dijo la gallina. Y así lo hizo.El trigo creció y maduró, con unos granos dorados.“¿Quién me ayudará a recogerlos?”, quiso saber la gallina.“¡Yo No, ni loco dejo mi beca!”, exclamó la vaca.“¡Yo no, ya tengo un salario mínimo garantizado!”, dijo el pato.“¡No son parte de mis funciones, sólo si me das una comisión!” – dijo el cerdo.“¡Yo no voy a arriesgarme a perder mis reales!” – dijo el cabrito.“Entonces, yo misma los recogeré” – dijo la gallina, y así fue. Finalmente, llegó la hora de hornear el pan.“¿Quién me va a ayudar a hacer el pan?” – indagó la gallina.“¡Sólo si me das la Mitad del Pan!” – exclamó la vaca.“¡Yo no puedo arriesgar mi paga en Misión Sucre!”, continuó el pato.“¡Yo no puedo dejar mi puesto en los Círculos, de eso es que yo vivo” – dijo el cabrito.“¡Eso me quita tiempo para buscar los 10 Millones por el Buche!” y me pueden botar de mi puesto,refunfuñó el Cerdo.
“¡Entonces, yo misma lo haré!” – exclamó la pequeña gallina. Cocinó 5 panes y los puso en una cesta para comerla junto con su familia.
De repente, toda la gente pasó, quería pan y pedía un bocado. La gallina simplemente dijo:“¡No!… son para mí y mis hijos, yo misma los sembré, los recogí y los horneé. Ustedes no quisieron ayudarme y voy a comérmelos sola con mis hijos”.
“Lucros excesivos… ¡ESCUALIDA!! Usurera!” - gritó la vaca.“¡Gusano Capitalista!” - exclamó el pato.El cerdo gruñó y dijo: - “¡La paz, el pan, la educación, son para todos! El pueblo tiene derechos”.“¡Yo exijo igualdad de derechos!” - gritó el cabrito.
Pintaron carteles y pancartas diciendo: “Injusticia” y marcharon protestando contra la gallina, gritando obscenidades, y toda clase de improperios.
Llamaron a los Círculos Bolivarianos, a un Fiscal del gobierno, y el defensor del pueblo y le dijeron a la pobre gallina: “Usted, gallina, no puede ser así tan egoísta. Usted ganó demasiado pan, tiene que pagar muchos impuestos y debe compartir el pan o le será expropiado.”
“Pero yo gané ese pan con mi propio trabajo y sudor” – se defendió la gallina.
¡Los otros no quisieron trabajar! - replicó sentida la gallina…¡USTED ES UNA ESCUALIDA, CAPITALISTA, GOLPISTA, FASCISTA, CRIMINAL, bla, bla… dijo “EL DEFENSOR DEL PUEBLO”
“¡Muy Bien Dicho Defensor del Pueblo!” - dijo el Fiscal”“Esa es la ventaja del SOCIALISMO DEL SIGLO XXI. Democracia Protagónica, Cualquier persona puede ganar lo que quiera. Puede trabajar o no trabajar. Pero, de acuerdo con nuestra moderna legislación socialista, LA MÁS MODERNA Y ADELANTADA DEL MUNDO, los trabajadores más productivos tienen que dividir el producto del trabajo con los que no hacen nada. ¡Además de eso, debes pagar el ISLR, el IVA, el impuesto al lujo, el SENIAT, el impuesto a la propiedad, CADIVI, Seguros Social… para poder sostener Mercal, las Misiones, el Fides, el Plan Bolívar, el Fus, para que todos ellos pueden garantizar la salud, la educación y la justicia de nuestro pueblo! …….y….. ¡Todas esas medidas revolucionarias que son las mejores del mundo!”
Y asi, todos vivieron felices para siempre, inclusive la pequeña gallina, quien sonrió temblorosa, y cacareando dijo: “¡Esta Bien Acepto!!!… ¡ Ya Entendi, estoy complacida!”.
Ahora, los vecinos se la pasan todo el tiempo preguntándose:
“¿Por qué será que esta Escuálida, Fascista Golpista Terrorista Gallina nunca más volvió a hacer un pan…?” Y la yapa.

Vea estos videos pulsando el ratón sobre estos vínculos.


http://www.youtube.com/watch?v=RGZeZVmwf3c
http://www.youtube.com/watch?v=JZKZN1yJ57k
http://www.youtube.com/watch?v=6zq3QY31yRw

Un video de Er Huno RATAEL.

agosto 19, 2007

¿QUÉ ES EL SOCIALISMO'

"El socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, y la prédica a la envidia.
Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria".

LA PETICIÓN DE LOS FABRICANTES DE VELAS


Por Frederic Bastiat (Francia 1801-1850)



En 1845 el brillante Frederic Bastiat, colocándose en la posición de los fabricantes de velas, se dirige a los legisladores franceses, refiriéndose a las políticas proteccionistas que hoy ciento cincuenta años después se siguen practicando, en estos términos:

De los fabricantes de velas, mechas, linternas, candeleros, postes de luz, cortamechas y apagavelas. Y de los productores de sebo, aceite, resina, alcohol y, en general, de todo lo relacionado al alumbrado.
A los Honorables Miembros de la Cámara de Diputados.
Caballeros:
Ustedes están en el camino correcto. Se preocupan principalmente del destino del productor. Desean liberarlo de la competencia extranjera, esto es, reservar el mercado nacional para la industria nacional.
Estamos sufriendo la ruinosa competencia de un rival extranjero quién, al parecer, trabaja bajo condiciones tan superiores a las nuestras para la producción de la luz, que está inundando con ella el mercado nacional a un precio increíblemente bajo. Porque en el momento que aparece, cesan nuestras ventas, los consumidores se vuelven a él y todo un rubro de la industria francesa, cuyas ramificaciones son innumerables, se reduce hasta un completo estancamiento. Este rival que no es otro que el sol, sostiene una lucha tan inmisericorde contra nosotros, que sospechamos está siendo alentado en contra por el pérfido Albión, particularmente porque tiene por esa isla orgullosa un respeto que no tiene por nosotros.
Solicitamos pasen una ley exigiendo el cierre de todas las ventanas, puertaventanas, ojos de puerta, los cierres y persianas; en suma, todas las aperturas, huecos, rajaduras y fisuras a través de las cuales suele entrar el sol a las casas, en detrimento de las industrias leales. Con ellas - estamos orgullosos de decirlo - hemos equipado al país, el cual no puede, sin evidenciar ingratitud, abandonarnos ahora en tan desigual combate.
Si ustedes cierran tanto cuanto sea posible todo acceso a la luz natural, creando así una necesidad de luz artificial, ¿qué industria de Francia no será alentada en última instancia?
Si Francia consume más sebo, tendrá que haber más ganado y rebaños y, en consecuencia, habremos de ver un incremento de los campos fértiles, de la carne, la lana, el cuero y especialmente el estiércol, la base de toda riqueza agrícola.
Nuestros páramos serán cubiertos de árboles resinosos. Numerosos enjambres de abejas recogerán de nuestras montañas sus tesoros perfumados que hoy pierden su fragancia como las flores de las que emanan. Así, no habrá una sola rama de la agricultura que no experimente una gran expansión.
Lo mismo es cierto de la navegación. Miles de buques se dedicarán a cazar ballenas (por el aceite de ballena) y en poco tiempo tendremos una flota capaz de defender el honor de Francia y de satisfacer las patrióticas aspiraciones de los abajo firmantes.
Pero, ¿qué diremos de las especialidades de la manufactura parisién? Desde ahora se contemplará el dorado, el bronce y el cristal en los candeleros, en las lámparas, en las arañas y en los candelabros, brillando en grandes espacios, comparados con los cuales los de hoy no son sino pesebres.
Se requiere poca reflexión, caballeros, para convencerse de que quizá no hay un solo francés, desde el rico accionista de la compañía Anzin hasta él más humilde vendedor de fósforos, cuya condición no sea mejorada por el éxito de nuestra petición.
¿Nos objetarán ustedes que aunque nosotros ganemos con esta protección, al final no ganará Francia, porque el costo lo cubriría el consumidor? Tenemos lista una respuesta.
Ustedes no tienen más derecho a invocar los intereses del consumidor. Lo han sacrificado dondequiera encontraron que sus intereses se oponían a los del productor. Por la misma razón deben hacer lo propio esta vez.
En realidad, ustedes mismos han anticipado esta objeción. Cuando se les ha dicho que el consumidor tiene algo que ganar en la libre importación de acero, carbón, ajonjolí, trigo y textiles, “si”, han respondido, “pero el productor tiene algo que ganar en su exclusión”. Pues bien, si los consumidores tienen algo que ganar con la admisión de la luz natural, los productores tienen con seguridad algo que ganar con su prohibición.
Si ustedes nos garantizan un monopolio sobre la producción de la luz durante el día, en primer lugar tendremos que comprar grandes cantidades de sebo, carbón, aceite, resina, cera, alcohol, plata, acero, bronce y cristal para suministro de nuestra industria. Y, más aún, nosotros y nuestros numerosos proveedores, habiéndonos vuelto ricos, consumiremos mucho más y esparciremos la prosperidad en todas las áreas de la industria nacional.
¿Dirán que la luz del sol es un don gratuito de la naturaleza y que rechazar tales dones sería rechazar la riqueza misma bajo el pretexto de alentar los medios para adquirirla?
Si adoptan esa posición, sin embargo, ustedes darán un golpe mortal a su propia política. Recuerden que hasta ahora siempre han excluido los productos extranjeros porque y en la medida que se parecían a los dones gratuitos. Ustedes tienen sólo la mitad de la razón al aceptar las demandas de otros monopolistas por el hecho de admitir nuestra petición. Porque la nuestra está completamente de acuerdo con vuestra política establecida; y rechazar nuestras demandas precisamente porque están mejor fundamentadas que la de cualquier otro, sería un absurdo.
El trabajo y la naturaleza colaboran en varias proporciones en la producción de una mercancía, dependiendo del país y del clima. La parte con que contribuye la naturaleza siempre está libre de costo; la parte del trabajo humano es la que confiere valor y por eso se la paga.
Si se vende una naranja de Lisboa a mitad de precio que una naranja de París, es porque el calor natural del sol, que por supuesto está libre de costo, hace por la primera lo que la segunda debe al calor artificial, para el cual necesariamente hay que pagar en el mercado.
Así, cuando llega a nosotros una naranja de Portugal, uno pude decir que se nos ofrece a mitad de costo, o, en otras palabras, a la mitad del precio comparado con el precio de París.
Ahora bien, es sobre la base de ser semigratuita la naranja extranjera, que ustedes sostienen que su ingreso debe ser impedido. Se preguntan “¿cómo puede resistir la mano de obra francesa la competencia de la mano de obra extranjera, si es que la primera tiene que hacer todo el trabajo, mientras la otra sólo lo hace a medias, ocupándose del resto el sol?”. Pero si el hecho de que la mitad del costo de un producto sea gratis los lleva a ustedes a excluirlo de la competencia, el hecho de que esté totalmente libre de costo, ¿cómo puede hacer que ustedes lo admitan en la competencia? Ustedes no son consistentes o, de lo contrario, luego de excluir - por ser perjudicial a la industria nacional - lo que está libre de la mitad del costo, deberán excluir lo que es totalmente gratuito con mucha mayor razón y con el doble de entusiasmo.
Cuando un producto - el carbón, el acero, el trigo o los textiles - viene de afuera y lo podemos adquirir por un menor monto de trabajo que si lo produjéramos nosotros mismos, la diferencia (entre lo que pagamos y nos costaría) es como un don gratuito que se nos confiere. El volumen de este regalo es proporcional al monto de la diferencia. Es un cuarto, la mitad o tres cuartos del precio local. El regalo puede ser completo si es que el donante, como el sol cuando nos proporciona la luz, no pide nada de nosotros. La pregunta es si lo que desean para Francia es el beneficio del consumo libre de costo o las supuestas ventajas de una producción onerosa. Hagan su elección, pero sean lógicos.
Porque en tanto ustedes prohíban, como lo hacen, el carbón, el acero, el trigo, los textiles extranjero, en la medida que su precio se acerca a cero, ¡cuan inconsistente sería admitir la luz del sol, cuyo precio es cero el día entero!

ALTRUISMO Y CAPITALISMO

por David Kelley


David Kelley es fundador y Director Ejecutivo del The Objetivist Center, estudió filosofía en el Vassar College y en Brandeis University. Entre sus libros están: The evidence of the senses, un tratado sobre epistemología; The art of reasoning, un manual de lógica; y, recientemente, The Life of One´s Own, un ensayo sobre los derechos individuales y el estado de bienestar. Fue columnista del Barron's y escribió varios artículos sobre filosofía, política y asuntos públicos.


El sistema capitalista se inició en el siglo que va de 1750 a 1850, como resultado de tres revoluciones. La primera fue una revolución política: el triunfo del liberalismo, particularmente la doctrina de los derechos naturales, y la visión de que la función del gobierno debe limitarse a proteger los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad.

La segunda revolución fue el nacimiento del entendimiento económico, culminando con "La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith. Smith demostró que cuando los individuos son dejados libres para perseguir sus propios intereses económicos, el resultado no es el caos, sino el orden espontáneo, un sistema de mercado en el cual las acciones individuales son coordinadas y se produce mayor bienestar que el que se lograría si el gobierno manejara la economía.

La tercera revolución fue, por supuesto, la Revolución Industrial. La innovación tecnológica proveyó una palanca que multiplicó los poderes productivos del hombre. El efecto no fue solamente elevar el nivel de vida de todos, sino alertar a los individuos de que podrían obtener una fortuna inimaginable en poco tiempo.

La revolución política—el triunfo de la doctrina de los derechos individuales—fue acompañada por el espíritu del idealismo moral. Fue la liberación del hombre de la tiranía, el reconocimiento de que todo individuo, sea cual sea su ubicación en la sociedad, es un fin en sí mismo. Pero la revolución económica fue expresada en términos moralmente ambiguos: como sistema económico, el capitalismo fue presentado como concebido en el pecado. El deseo de riqueza cedió bajo la sombra del mandato cristiano contra el egoísmo y la avaricia. Los primeros estudiosos del orden espontáneo fueron conscientes de que estaban sosteniendo una paradoja moral: la paradoja, como la expresó Bernard Mandeville, de que los vicios privados podrían producir beneficios públicos.

Los críticos al mercado siempre capitalizaron estas dudas sobre su moralidad. El movimiento socialista ha sostenido que el capitalismo multiplicó el egoísmo, explotación, alienación, injusticia. Esta misma creencia invocó el estado benefactor, que redistribuye los ingresos a través de programas del gobierno, en nombre de la "justicia social".

El esfuerzo por construir una sociedad socialista ha sido colapsado ahora, acabando con un trágico experimento social, que ha demostrado que un sistema colectivista es incompatible con prosperidad, libertad y justicia. Poca gente negaría hoy las virtudes económicas del sistema de mercado. Pero el capitalismo no ha escapado aún de la ambigüedad moral en la cual fue concebido. Es valorado por la prosperidad que produce; es valuado como una precondición necesaria para la libertad política e intelectual. Pero pocos de sus defensores están preparados para afirmar que el modo de vida central del capitalismo—la persecución del propio interés a través de la producción y el comercio—es moralmente honorable, mucho menos que noble o ideal.



El Rol Del Altruismo


Los motivos de aquellos que prosperan en el mercado, siempre han sido vistos con sospecha. Al fin del siglo pasado, hombres como Andrew Carnegie, John D. Rockefeller, James J. Hill y J.P. Morgan, se hicieron millonarios construyendo ferrocarriles y acerías, buscando petróleo, y financiando un fabuloso estallido de crecimiento económico. Los historiadores económicos han mostrado que estos empresarios consiguieron su riqueza por la producción, no por la predación. Sin embargo, ellos son aún hoy rutinariamente descriptos como "barones del robo". Un ejemplo reciente es la última década. En los 1980s, una tremenda explosión de energía creativa originó nuevos productos de consumo, nuevos instrumentos financieros, nuevas formas de organización de negocios. Sin embargo, se denunció a la década de los 80' como la "década de la codicia", porque mucha gente hizo mucho dinero. Y hoy escuchamos reclamos renovados por programas gubernamentales para acabar con la alegada falta de equidad del mercado.

No hay misterio acerca de dónde proviene la antipatía moral contra el mercado. Nace en la ética del altruismo, que está enraizada profundamente en la cultura occidental, al igual que en la mayoría de las culturas. Según los parámetros del altruismo, la persecución del propio interés es, en el mejor de los casos, un acto neutral, fuera del campo de la moralidad, y en el peor de los casos un pecado. Es verdad que el éxito en el mercado se consigue por los tratos voluntarios, y satisfaciendo las necesidades de otros. Pero también es verdad que quienes triunfan están motivados en el lucro personal; y la ética está más interesada en los motivos que en los resultados.

Pero, ¿Qué significa exactamente el término "altruismo"? Por un lado, puede significar nada más que delicadeza o cortesía. Por otro lado, puede significar la completa sumisión del yo en un enorme agujero social. Esto es lo que entendió Augusto Comte cuando acuñó el término. "Vivir para otros", "incorporarse a la Humanidad", esas, dijo él, eran las virtudes cardinales de su "religión de Humanidad" . El altruismo, en este sentido más profundo, es la base para los varios conceptos de "justicia social" que se han usado para defender los programas gubernamentales que redistribuyen la riqueza. Mi objetivo es mostrar que este principio de altruismo no es compatible con el reconocimiento del individuo como fin en sí mismo. Mi argumento está basado en el trabajo de la escritora y filósofa norteamericana Ayn Rand, cuya fama—o notoriedad—descansó en la batalla que le presentó al altruismo.



Conceptos De Justicia Social

Comenzaré señalando que las demandas por justicia social toman dos formas diferentes, que llamaré estado de bienestar e igualitarismo. De acuerdo con el estado de bienestar, los individuos tienen un derecho a ciertas necesidades de la vida, incluyendo un nivel mínimo de alimento, albergue, vestimenta, asistencia médica, educación, y más. Es responsabilidad de la sociedad asegurar que todos sus miembros tengan acceso a estas necesidades. Pero un sistema capitalista laissez-faire no las garantiza para todos. Entonces, argumentan los sostenedores de esta teoría, el capitalismo no cumple su responsabilidad moral, y debe ser modificado a través de la acción estatal para proveer tales bienes a la gente que no los puede obtener por sus propios esfuerzos.

De acuerdo con el igualitarismo, la riqueza producida por una sociedad debe ser distribuida equitativamente. Es injusto que algunas personas ganen 15, 50 o 100 veces más que otras. Pero el capitalismo laissez-faire permite y promueve estas desigualdades en la distribución de la riqueza, y por ello es injusto. La característica del igualitarismo es el uso de las estadísticas sobre distribución de los ingresos. En 1989, por ejemplo, el 20% de los norteamericanos más ricos recibían el 45% del total de los ingresos, mientras que el 20% más pobre recibía sólo el 4% del total de los ingresos. El fin del igualitarismo es reducir esta diferencia; cualquier cambio en la dirección de una mayor igualdad es considerado como un acto de equidad.

La diferencia en estas dos concepciones de justicia social es la diferencia entre los niveles absoluto y relativo de bienestar. Los partidarios del estado bienestar demandan que la gente tenga acceso a un mínimo estándar de vida. Mientras exista este piso no importa cuánta riqueza tenga cada uno, o cuanta disparidad exista entre ricos y pobres. Por ello, están interesados primordialmente en programas que beneficien a la gente que está en niveles de pobreza, enfermedad, desempleo o carenciados en cualquier otra forma.

Los igualitarios, por otro lado, están interesados en el bienestar relativo. Sostienen que de dos sociedades posibles, ellos prefieren aquella en que la riqueza sea más igualmente distribuida, aún cuando el nivel de vida sea menor. Están a favor de medidas gubernamentales como los impuestos progresivos, que ayudan a distribuir la riqueza de acuerdo con la escala de ingresos. También intentan nacionalizar bienes tales como educación y medicina, sacándolos completamente del mercado y haciéndolos accesibles a todos de un modo más o menos igual.

Trataré ambos conceptos de justicia social por orden.



Estado De Bienestar

La premisa fundamental del estado bienestar es que la gente tiene derecho a bienes tales como comida, vivienda y asistencia médica. Son titulares de esas cosas. Sobre esta base, quien recibe beneficios de un programa del gobierno está recibiendo meramente lo que se le debe, del mismo modo que un comprador que recibe el bien por el que ha pagado, recibe lo que se le debe. Cuando el estado otorga estos beneficios protege derechos, del mismo modo que cuando protege a los compradores del fraude. En ningún caso existe necesidad de gratitud.

El concepto de derechos al bienestar, o derechos positivos, como frecuentemente se los llama, está modelado en los tradicionales derechos liberales a la vida, libertad y propiedad. Pero existen diferencias bien conocidas. Los derechos tradicionales son derechos a actuar sin interferencia de otros. El derecho a la vida es un derecho a actuar con el propósito de preservarse a uno mismo. No es un derecho a ser inmune a la muerte por causas naturales, aún a una muerte prematura. El derecho a la propiedad es el derecho a comprar y vender libremente, y apropiarse de los bienes de la naturaleza que no tengan dueño. Es el derecho de buscar propiedad, pero no un derecho a una dote de la naturaleza o del estado; no es una garantía de éxito para adquirir nada. En consecuencia, estos derechos imponen a otros sólo la obligación negativa de no interferir, no impedir por la fuerza que alguien actúe como ha elegido. Si me imagino a mí mismo extraído de la sociedad -viviendo, por ejemplo, en una isla desierta- mis derechos estarían perfectamente seguros. Podría no vivir mucho y ciertamente no viviría bien; pero estaría perfectamente libre de asesinato, robo o asalto.

Por contraste, los derechos al bienestar se conciben como derechos a poseer y disfrutar ciertos bienes, sin interesar la acción personal; son derechos a tener bienes provistos por otros si uno no puede obtenerlos por sí mismo. En consecuencia, los derechos al bienestar imponen obligaciones positivas sobre otros. Si tengo derecho a comida, alguien está obligado a crearla. Si no puedo pagarla, alguien deberá comprarla para mí. Los defensores del estado de bienestar argumentan que la obligación es impuesta a la sociedad como un todo, no a ningún individuo en especial. Pero la sociedad no es una entidad, mucho menos un agente moral por sobre los miembros individuales, de modo que cualquiera de esas obligaciones cae sobre los individuos. Cuando los derechos al bienestar se implementan mediante programas del gobierno, la obligación es distribuida sobre los contribuyentes.

Desde un punto de vista ético, la esencia del estado de bienestar es la premisa de que la necesidad de un individuo es un reclamo sobre los otros. En todas las versiones de la doctrina, el reclamo no depende de su relación personal con el reclamante, o su elección de ayudarlo, o su evaluación de sí él merece su ayuda. Es una obligación sin elección basada en el mero hecho de su necesidad.

Pero debemos llevar el análisis a un escalón superior. Si estoy viviendo solo en una isla desierta no tengo por supuesto derechos al bienestar, desde que no hay nadie alrededor para proveerme los bienes. Por la misma razón, si vivo en una sociedad primitiva donde la medicina es desconocida, no tendré derecho a la ayuda médica. El contenido de los derechos al bienestar es relativo al nivel de riqueza económica y capacidad productiva en una sociedad dada. Correspondientemente, la obligación de los individuos a satisfacer las necesidades de otros depende de su habilidad para hacerlo. Un individuo no puede ser culpado por no proveer a otros algo que no puede producir por sí mismo.

Pero suponga que yo puedo producirlo y simplemente elijo no hacerlo. Suponga que soy capaz de ganar mucho más dinero del que gano, sobre el cual se cobran los impuestos con los que deberé sostener a un hambriento. ¿Estoy obligado a trabajar más duro, a ganar más, para el bienestar de esa persona? No conozco ningún filósofo del bienestar que diga que lo estoy. El reclamo moral que se me impone por las necesidades de otras personas es contingente, no sólo sobre mi habilidad, sino también sobre mi deseo de producir.

Esto dice algo importante sobre el enfoque ético del estado de bienestar. No sostiene una obligación a perseguir la satisfacción de las necesidades humanas, mucho menos la obligación de tener éxito en lograrlo. La obligación es condicional: aquellos que tienen éxito en crear riqueza deben hacerlo sólo con la condición de que otros puedan disponer de ella. El fin no es tanto beneficiar al necesitado como amarrar al hábil. La asunción implícita es que la habilidad e iniciativa de una persona son ventajas sociales, que deben ser ejercidas sólo con la condición de que estén al servicio de otros.



Igualitarismo


Si vamos hacia el igualitarismo, vemos que llegamos al mismo principio por una ruta lógica diferente. La armadura ética de lo igualitario es definida por el concepto de justicia antes que por el derecho. Si vemos a la sociedad como un todo, vemos que el ingreso, la riqueza y el poder están distribuídos en una forma cierta entre individuos y grupos. La pregunta básica es: ¿Es equitativa la distribución existente? Si no, debe er corregida por programas gubernamentales de redistribución. Una economía pura de mercado, por supuesto, no produce igualdad entre individuos. Pero algunos igualitarios han reclamado que la justicia requiere igualdad estricta de resultado. La posición más común es que hay una presunción a favor de resultados iguales, y que se justifica una partida desde la igualdad por sus beneficios sociales. El escritor inglés R.H. Tawney escribió que "la desigualdad de circunstancias razonable, en cuando es una condición necesaria de asegurar los servicios que requiere la comunidad". El famoso "Principio de diferencia" de John Rawls—que las desigualdades son permitidas en tanto sirven los intereses de los menos aventajados en la sociedad—es sólo el más reciente ejemplo de esta afirmación . En otras palabras, los igualitarios reconocen que la nivelación estricta tendría un efecto desastroso en la producción. Admiten que la igualdad no contribuye a la riqueza de una sociedad. La gente debe ser recompensada de acuerdo con su habilidad productiva, como incentivo para desarrollar los mayores esfuerzos de los que sea capaz. Pero cualquiera de esas diferencias debe ser limitada por lo necesario para el bien público.

¿Cuál es la base filosófica de este principio? Los igualitarios sostienen que se sigue lógicamente del principio básico de justicia: que la gente debe ser tratada diferente sólo si hay diferencias en alguna forma moralmente relevante. Si vamos a aplicar este principio a la distribución del ingreso, debemos primero asumir que la sociedad literalmente está empeñada en un acto de distribución del ingreso. Esta afirmación es falsa. En una economía de mercado, los ingresos son determinados por las elecciones de millones de individuos—consumidores, inversores, empresarios y trabajadores. Estas elecciones son coordinadas por las leyes de oferta y demanda, y no es un accidente que un empresario exitoso gane mucho más que un jornalero. Pero no es el resultado de ninguna intención consciente de la sociedad. En 1992, la mejor paga animadora de Estados Unidos fue Oprah Winfrey, quien ganó unos 42 millones de dólares. Esto no fue porque "la sociedad" decidió que ella mereció tanto, sino porque millones de fans decidieron que su show merecía verse. Aún en una economía socialista, como ahora sabemos, los sucesos económicos no están bajo el control de los planes del gobierno. Aún allí hay un orden espontáneo, aun cuando corrupto, en el cual los sucesos son determinados por luchas burocráticas, mercados negros, etc.

A despecho de la ausencia de un acto literal de distribución, los igualitarios aún argumentan que la sociedad es responsable por asegurar que la distribución estadística de ingresos siga ciertos estándares de equidad. ¿Por qué? Porque la producción de riqueza es un proceso cooperativo, social. Más riqueza es creada en una sociedad caracterizada por el comercio y la división del trabajo, que en una sociedad de productores autosuficientes. La división del trabajo significa que mucha gente contribuye al producto final; y el comercio significa que un mayor círculo de gente adquiere responsabilidad por la riqueza que es obtenida por los productores. La producción es así transformada por estas relaciones, dicen los igualitarios, y el grupo como un todo debe ser considerado la unidad real de producción y la fuente real de riqueza. Finalmente, esta es la fuente de la diferencia en riqueza que existe entre una sociedad cooperativa y una que no lo es. Entonces, la sociedad debe asegurar que los frutos de la cooperación sean equitativamente distribuidos entre todos los participantes.

Pero este argumento sólo es válido si consideramos la riqueza económica como un producto social anónimo, en el que es imposible aislar las contribuciones individuales. Sólo en este caso será necesario establecer principios de justicia distributiva para repartir el producto. Pero esta afirmación, una vez más, es actualmente un vasto conjunto de bienes y servicios individuales disponbiles en el mercado. Es posible conocer cuál bien o servicio ha ayudado a producir cada individuo. Y cuando el producto fue producido por un grupo, como una compañía, es posible identificar quién hizo qué. Después de todo, un empleador no contrata trabajadores por su antojo. Un trabajador es contratado por la anticipada diferencia con que sus esfuerzos contribuirán al producto final. Este hecho es reconocido por los igualitarios cuando sostienen que estas desigualdades son aceptables si son un incentivo para una mayor productividad que incremente la riqueza total de la sociedad. Para asegurarse de que los incentivos vayan a la gente correcta, como ha observado—Robert Nozick, aun los igualitarios deben asumir que podemos identificar el rol de las contribuciones individuales. En suma, no hay base para aplicar el concepto de justicia a la distribución estadística del ingreso o riqueza. Debemos abandonar la figura de una gran torta a ser dividida por un padre benevolente que desea ser equitativo con todos los chicos que hay en la mesa.

Una vez que abandonamos esa figura, ¿qué queda del principio expuesto por Tawney, Rawls y otros: que las inequidades son aceptables solo si sirven a los intereses de todos? Si esto no puede ser fundado en la justicia, debe ser considerado como materia de obligaciones que tenemos con los demás como individuos. Cuando lo consideramos desde este aspecto, vemos que es el mismo principio que identificamos como base de los derechos al bienestar. El principio es que el productivo puede disfrutar los frutos de su esfuerzo sólo bajo la condición de que esos esfuerzos beneficien del mismo modo a otros. No hay obligación a producir, a crear, a ganar. Pero si lo hace, las necesidades de los otros se elevan como un condicionante a sus acciones. Su habilidad, iniciativa, inteligencia, dedicación a sus fines, y todas las demás cualidades que hacen posible el éxito, son ventajas personales que lo colocan bajo una obligación hacia aquellos con menos habilidad, iniciativa, inteligencia o dedicación.

En otras palabras, toda forma de justicia social descansa en la asunción de que la habilidad individual es una ventaja social. La asunción no es meramente que el individuo no debe usar su talento para avasallar los derechos de los menos hábiles. Tampoco esta afirmación dice meramente que la benevolencia o generosidad son virtudes. Dice que los individuos deben considerarse a sí mismo como medios para el bien de otros. Y aquí llegamos a la médula de la cuestión. Respecto de los derechos de otras personas, reconozco que son fines en sí mismos, que yo no debo tratarlos meramente como medios para mi satisfacción, del mismo modo que trato con objetos inanimados. ¿Por qué, entonces no es igualmente moral considerarme a mí mismo como un fin? ¿Por qué, no debo rechazar, por respeto a mi propia dignidad como ser humano, la visión de mí mismo como medio al servicio de otros?


Una Ética Individualista


Para cuestionar la ética del altruismo, quiero mostrar una filosofía ética alternativa, desarrollada por Ayn Rand. Es una ética individualista, que defiende el derecho moral de perseguir el propio interés.

Los altruistas sostienen que la vida nos presenta una elección básica: debemos sacrificar a otros para nosotros o sacrificarnos nosotros por los demás. En otras palabras, debemos ser predadores o altruistas. Pero esta es una falsa alternativa, de acuerdo con Rand. La vida no requiere sacrificios en ninguna dirección. Los intereses de la gente racional no están en conflicto y la procura de nuestro genuino interés requiere que tratemos con otros por medios pacíficos, por cambio voluntario.

Para ver por qué, preguntémonos cómo decidimos lo que está en nuestro propio interés. Un interés es un valor que nosotros tratamos de obtener: salud, placer, seguridad, amor, autoestima, o cualquier otro bien. La filosocía ética de Ayn Rand se basa en el principio de que el valor fundamental es la vida. Es la existencia de los organismos vivos, su necesidad de mantenerse a sí mismos mediante una acción constante, lo que origina el fenómeno de los valores. Un mundo sin vida sería un mundo de hechos pero no de valores, un mundo en el cual ningún estado podría ser considerado mejor o peor que cualquier otro. El patrón fundamental de valores, por referencia al cual una persona debe juzgar qué es de su interés, es su vida: no meramente la supervivencia de un momento a otro, sino la satisfacción completa de sus necesidades a través del ejercicio de sus facultades.

La facultad primaria del hombre, su medio primario de supervivencia, es su capacidad para usar la razón. Es la razón lo que nos permite vivir por producción y superar el precario nivel de cazar y acopiar. La razón es la base del lenguaje, que nos permite cooperar y transmitir conocimiento. La razón es la base de las instituciones sociales gobernadas por reglas abstractas. En la visión de Rand, el propósito de la ética es proveer patrones para vivir de acuerdo con la razón, en procura de nuestras vidas. Varias consecuencias se siguen de este principio y sólo puedo describir algunas pocas de ellas muy brevemente.

Para vivir por la razón, antes que nada, debemos aceptar a la independencia como virtud. La razón es una facultad del individuo. No importa cuánto aprendamos de otros, el acto de pensar tiene lugar en una mente individual. Debe ser iniciado por cada uno de nosotros por nuestra elección y dirigido por nuestro esfuerzo mental. La racionalidad requiere que aceptemos la responsabilidad para dirigir y sostener nuestras vidas. Segundo, para vivir por la razón, debemos aceptar la productividad como virtud. La producción es el acto de crear valor. Los seres humanos no pueden vivir una vida completa descubriendo lo que necesitan en la naturaleza, como el resto de los animales. Tampoco pueden vivir como parásitos de otros. "Si algún hombre intenta sobrevivir mediante la fuerza bruta o el fraude", argumenta Rand, "saqueando, robando, engañando o esclavizando a otros que producen, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible por el esfuerzo realizado por sus víctimas, aquellos hombres que han elegido pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les arrebatan. Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen el curso de acción propio del hombre".

El egoísta es usualmente mostrado como alguien que no hará nada para conseguir lo que quiere; alguien que mentirá, hurtará y exigirá para dominar a los otros en procura de satisfacer sus deseos. Como mucha gente, Rand consideraría este modo de vida como inmoral. Pero su razón no es que esto perjudica a otros. Su razón es que lo perjudica a él mismo. El deseo subjetivo no es el patrón para considerar que algo está en nuestro interés, y el engaño, el robo y el poder no son los medios para lograr la felicidad o una vida exitosa. Las virtudes que mencioné son patrones objetivos. Están enraizados en la naturaleza del hombre. Pero su propósito es permitir a cada persona "conseguir, mantener, completar y mejorar ese valor último, que es un fin en sí mismo, que es su propia vida". Entonces, el propósito de la ética es decirnos cómo alcanzar nuestros intereses reales, no cómo sacrificarlos.


Principios Sociales

¿Cómo entonces debemos tratar con otros? La ética social de Rand descansa en dos principios básicos, un principio de derechos y un principio de justicia. El principio de derechos dice que debemos tratar con otros en forma pacífica, voluntaria, sin iniciar el uso de la fuerza contra ellos. Sólo por este camino el hombre puede vivir independientemente, por su propio esfuerzo productivo; la persona que intenta vivir controlando a otros es un parásito. Dentro de una sociedad organizada, debemos respetar los derechos de otros si deseamos que nuestros propios derechos sean respetados. Y sólo por este camino podemos obtener los beneficios que provienen de la interacción social: los beneficios del cambio económico e intelectual, tanto como los valores de una relación personal más íntima. La fuente de estos beneficios es la racionalidad, la productividad, la individualidad de la otra persona, y todo ello requiere libertad. Si vivo por la fuerza, ataco la raíz de los valores que busco.

El principio de justicia es lo que Rand llamó el principio del comerciante: vivir por el comercio, ofreciendo valor por valor, nunca buscando ni entregando lo no ganado. Una persona honorable no ofrece sus necesidades como un reclamo hacia otros, ofrece sus valores como la base de cualquier relación. Tampoco acepta una obligación no elegida de servir las necesidades de otros. Nadie que valore su propia vida puede aceptar una responsabilidad abierta de ser el mantenedor de sus hermanos. El principio del comercio, observó Rand, es la única base sobre la cual los humanos pueden tratar unos con otros como iguales independientes.

Lo que le he mostrado es un breve sumario de la filosofía ética de Rand, la ética Objetivista, como ella la llamó. Pero pienso que es suficiente para indicar que es una alternativa a la ética tradicional del altruismo, una alternativa que trata al individuo como un fin en sí mismo en el completo significado del término. La implicación de este acercamiento es que el capitalismo es el único sistema justo y moral.



Moralidad Y Capitalismo

Una sociedad capitalista está basada en el reconocimiento y protección de los derechos individuales. En una sociedad capitalista, los hombres son libres de perseguir sus propios fines, por el ejercicio de sus propias mentes. El hombre está constreñido por las leyes de la naturaleza. La comida, vivienda, vestimenta, libros y medicinas no crecen en los árboles. Pero el único límite social que impone el capitalismo es que aquellos que quieran el servicio de otros deben ofrecer un valor a cambio. Nadie debe usar al estado para expropiar lo que otros han producido.

El éxito económico en el mercado -la distribución del ingreso y la riqueza- dependerán de las acciones e interacciones voluntarias de todos los partícipes. El concepto de justicia se aplica al proceso de actividad económica. El ingreso de una persona es justo si lo ganó por trato voluntario, como recompensa por el valor ofrecido, de acuerdo con el juicio de aquel a quien se lo ofrece. Los economistas saben bien que no hay tal cosa como precio justo para un bien, aparte de los juicios hechos por los participantes en el mercado acerca del valor de ese bien para ellos. Lo mismo es verdad respecto del precio de los servicios productivos. Esto no significa que deba medir mi mérito de acuerdo con mi ingreso, sino que si deseo vivir mediante el comercio con otros, no puedo demandar que ellos acepten mis términos y sacrifiquen su propio interés.

¿Qué pasará entonces con quien es pobre, discapacitado o incapaz de mantenerse a sí mismo? Esta es una pregunta válida, en tanto no sea la primera pregunta que nos hagamos respecto de un sistema social. Es un legado del altruismo pensar que el patrón primario para evaluar una sociedad son los miembros menos productivos. "Benditos son los pobres de espíritu", dijo Jesús, "benditos son los humildes". Pero no existe ningún fundamento en justicia para sostener que los pobres o humildes deban ser tenidos en alguna estima especial o para considerar sus necesidades como primordiales. Si debiésemos elegir entre una sociedad colectivista en la que nadie es libre pero nadie padece hambre y una sociedad individualista en la cual todos son libres pero un puñado de personas morirán de hambre, yo sostendría que la segunda sociedad, la libre, es moralmente preferible. Nadie puede reclamar un derecho a que otros lo sirvan en contra de su voluntad, aún cuando su propia vida dependa de ello. Pero no es esta la elección frente a la cual nos encontramos. De hecho, el pobre está mucho mejor bajo el capitalismo que bajo el socialismo, o aún el estado de bienestar. Como hecho histórico, las sociedades en las cuales nadie es libre, como la antigua Unión Soviética, son sociedades en las que un gran número de personas padece hambre. Aquellos que son capaces de trabajar, tienen un vital interés en el crecimiento económico y tecnológico, lo que ocurre más rápidamente en un sistema de mercado. La inversión de capital y el uso de la maquinaria posibilitan el empleo de gente que de otro modo no podría producir lo suficiente para sobrevivir. Las computadoras y los equipos de comunicaciones, por ejemplo, hacen hoy posible que gente con severas discapacidades puedan trabajar en sus propias casas.

Y para aquellos que simplemente no pueden trabajar, las sociedades libres han provisto siempre numerosas formas de ayuda privada y filantropía: organizaciones de caridad, sociedades de benevolencia, etc. En este sentido, aclaremos que no existe contradicción entre egoísmo y caridad. A la luz de los muchos beneficios que recibimos del trato con otros, es natural considerar a nuestros semejantes con un espíritu de benevolencia general, preocuparnos por sus infortunios y ayudarlos cuando ello no significa un sacrificio para nuestros propios intereses. Pero existen grandes diferencias entre una concepción egoísta y una altruista de la caridad.

Para un altruista, la generosidad hacia otros es un primario moral y debería ser elevada hasta el punto del sacrificio, sobre el principio: dé hasta que duela. Dar es un deber moral, sin importar cualquier otro valor que uno tenga y el que recibe tiene derecho a ello. Para un egoísta, la generosidad es una entre muchas otras formas de perseguir nuestros valores, incluyendo el valor que encontramos en el bienestar de otros. Esto debería ser hecho en el contexto del resto de los propios valores, sobre la base del principio: dé cuando ello ayuda. No es un deber, ni los que lo reciben tienen derecho a ello. Un altruista intenta considerar a la generosidad como una expiación de culpa, asumiendo que hay algo pecaminoso en el hecho de ser capaz, exitoso, productivo o rico. Un egoísta considera esos mismos tratos como virtudes y ve a la generosidad como una expresión del orgullo emanado en ellas.



La Cuarta Revolución

Hay mucho más que se podría decir acerca de la economía de distribución del ingreso, sobre la filantropía privada en una sociedad libre y sobre los defectos de los programas de transferencia del gobierno. Pero mi tema se relaciona con la ética, no con la economía. Mi tópico ha sido la ética del mercado y las bases éticas de las demandas por justicia social. He dicho al comienzo que el capitalismo fue el resultado de tres revoluciones, cada una de las cuales provocó una ruptura radical con el pasado. La revolución política estableció la primacía de los derechos individuales y el principio de que el gobierno es un sirviente del hombre, no su señor. La revolución económica aportó un entendimiento del mercado. La Revolución Industrial expandió radicalmente la aplicación de la inteligencia al proceso de producción. Pero la humanidad nunca rompió con su pasado ético. El principio ético de que la habilidad individual es un haber social, es incompatible con una sociedad libre. Si la libertad ha de sobrevivir, necesitamos una cuarta revolución, una revolución moral, que establezca el derecho moral de un individuo para vivir por sí mismo.

Auguste Comte, "A General View of Positivism", 2º ed., trans. J.H. Bridges, London, 1865, p.374.
R.H. Tawney, "Equality", New York, 1952, p. 117.
John Rawls, "A Theory of Justice", Harvard University Press, 1971.
F.A. Hayek, "The mirage of Social Justice", vol.2 of "Law, Legislation and Liberty", Chicago University Press, 1976, chap.9. Robert Nozikck "Anarchy, State and Utopia", New York, 1974, chap.7.
Nozick, op.cit., p. 188-89.
Aynd Rand, "The Objetivist Ethics", in "The Virtue of Selfishness", New York, 1963.
Ibid., p.23.
Ibid., p.25.
Ayn Rand, "What is Capitalism?" in "Capitalism: The Unknown Ideal", New York, 1967.

agosto 18, 2007

EN EL MUNDO DONDE REINA LA JUSTICIA SOCIAL EL RESULTADO ES MÁS POBREZA


Autor: Armando Ribas

Cuentan que Lenin alguna vez dijo que la eficiencia ""no era un prejuicio burgués o capitalista"". La razón de la cita anterior es que aparentemente la palabra ideología ha sido políticamente demonizada, tanto que parece ser sinónimo de fanatismo. Así, supuestamente el mundo debe discutir hoy realidades tales como la pobreza, la política impregnada de compasión y la ciudadanía, de altruismo. En este mundo que reina la justicia social, el resultado es más pobreza y peor distribución de la riqueza que va a parar a los políticos compasivos que exigen el altruismo de los ciudadanos. Ni qué decir que esta farsa, que ya ha sido convertida en tragedia, está asimismo impregnada de antiyanquismo. Es decir contrario a ese mundo imperialista, explotador salvaje y que ahora pretendería imponer de nuevo una doctrina Monroe, con tropas en el Paraguay.Los países latinoamericanos una y otra vez durante el siglo XX haciendo uso irrestricto del ""derecho a la autodeterminación de los pueblos"" han mostrado al mundo su incapacidad para lograr una sociedad libre, democrática y próspera. Y aquí opera el antiyanquismo, tal como otrora, como la excusa por excelencia para justificar nuestros recurrentes fracasos (con botas y con votos) a los que sin lugar a dudas ha contribuido el FMI (pero no el gobierno de Estados Unidos). En esa actitud se obvia el hecho manifiesto de que la decisión pertinente es ideológica, por más que aun los propios norteamericanos crean que son a-ideológicos. Lo ideológico no es una estupidez ni un fanatismo per se. Lo cierto es que hay ideologías estúpidas (erradas) que crean los fanatismos aun supuestamente basados en la razón, tal cuales son el socialismo, el comunismo, el fascismo y el nazismo y su contraparte necesaria el nacionalismo. Esas fueron las ideologías que nos llevaron a la Segunda Guerra Mundial y si no hubiese sido por la intervención de Estados Unidos, el mundo con nosotros incluidos sería nazi o comunista.


LA VERDE INGLATERRA

La historia de la humanidad y particularmente la de Argentina son una muestra paladina del realismo de la anterior observación. Voy nuevamente a repetir el análisis de la evolución económica de la humanidad que creo que es más que ilustrativo. En su obra Modern Economic Growth (El crecimiento económico moderno), Simón Kutznetz sostiene que el crecimiento económico sólo pudo haber comenzado hace a lo sumo 300 años. Y así dice: ""Si el producto per cápita hubiera crecido 15% por década durante tres siglos antes de 1960, el producto per cápita en 1660 habría sido de 1/66 del presente. Pero un producto per cápita de aun 1/20 del nivel presente no habría podido sustentar la población de aun los países más desarrollados; y la tasa de crecimiento supuesta (15% por década; 1,4% anual) no se habría mantenido en la mayoría de los países por más de 200 años."" El análisis anterior revela, pues, que el crecimiento económico comenzó precisamente con el desarrollo del mal llamado sistema capitalista, aproximadamente en el siglo XVIII.Esa aseveración habría sido refrendada por el juicio de David Hume, refiriéndose precisamente al país donde comenzara el mal denominado sistema capitalista. Así dice en su Historia de Inglaterra: ""En Inglaterra la reina se dedicó a erigir monopolios y a conceder patentes de comercio exclusivo: una invención tan perniciosa, que si hubiera continuado a través de los años a esa tasa, Inglaterra el asiento de la riqueza de las artes y el comercio, tendría en el presente una industria tan pequeña como Marruecos o la costa de Babaria"". El juicio anterior coincide aun con el del propio Marx, que en El Manifiesto Comunista, publicado en 1848, dice: ""La burguesía durante su gobierno de escasamente 100 años, ha creado más fuerzas productivas masivas y más colosales que todas las generaciones precedentes en conjunto."" Como vemos, hasta Marx se dio cuenta del fenómeno, pero lamentablemente ignoró la causa que lo determinara que no fuera otra que como bien observara Hume, la libertad y no la explotación. Fue precisamente conteste con esa observación que Ayn Rand dijo: ""el capitalismo no inventó la pobreza, la heredó"".Inglaterra, a partir de 1688, o sea en la Revolución Gloriosa, comenzó un proceso de desarrollo que se ha denominado equivocadamente, como bien sostiene Lord Acton, la Revolución Industrial. A partir de ella logró sobrepasar a Francia que hasta entonces era el país más rico del continente. Y esa diferencia reflejaba no otra cosa que el resultado de dos concepciones filosófico-políticas diametralmente opuestas. Tal oposición Ñcomo bien señala Eugene F. Miller en su ensayo sobre la Historia de Inglaterra de David Hume, resultaba de que el filósofo de Escocia subordinaba al estudio de la historia a la ciencia moral, cuya premisa fundamental es que la naturaleza humana es constante y uniforme... La filosofía continental por el contrario procede bajo el presupuesto de que los seres humanos no tienen una naturaleza fija."" Es en la búsqueda del hombre nuevo que se ha basado la mayor parte de la moral racionalista que diera lugar a los totalitarismos del siglo XX. El contraste es tanto más evidente, pues en Francia, después del crimen de 1789, se multiplicaron los gobiernos opresivos y las consiguientes revoluciones, y en 1871, después de Sedan, las Comunas de París provocaron nuevos enfrentamientos.

A este lado el proceso diferencial se habría producido aun más evidentemente del otro lado de Atlántico, cuando las ideas Ñsí, las ideasÑ de Locke, Hume, Adam SmithÑ iluminaron a los Founding Fathers con Madison a la cabeza para construir la Republica a la que le debemos la libertad en el mundo. Según Paul Kennedy, en 1914 ya Estados Unidos tenía un Producto Bruto superior al de toda Europa incluyendo a Japón.Después de salvar a Europa de los europeos en tres oportunidades durante el siglo XX, Estados Unidos, mediante el Plan Marshall y su influencia política, permitió y facilitó la recuperación europea y particularmente en Alemania. Con el tiempo, el proceso socialdemócrata ha producido sus efectos deletéreos en la naciente Unión Europea y principalmente en sus socios preponderantes: Alemania y Francia.Nuevamente, ¿cuál es la causa de esta disparidad entre la economía de Estados Unidos y la Unión Europea? No es otra que la ideología socialista que se manifiesta en el rol preponderante del Estado, los beneficios sociales y las restricciones del sistema laboral. Y el problema es que no se puede reformar democráticamente, pues el que lo intenta pierde las elecciones. Todo aquel que depende del Estado no puede votar en contra de sí mismo. Obvio. Esa es la naturaleza humana, pues el hombre aprende, pero no cambia su naturaleza como para preferir el interés ajeno al propio.Pero vayamos a un ejemplo más cercano que son las que he denominado las etapas de la historia argentina. La primera etapa 1810-1852 entre las leyes de Indias y el jacobinismo. País paupérrimo, despoblado y analfabeto; la etapa liberal 1853-1930: el esplendor en que Argentina logró superar a Europa, política y económicamente llegando a ser el octavo país más rico del mundo; y 1930-2005 la decadencia, donde han regido las doctrinas europeas del fascismo nacionalista y el socialismo hasta nuestros días. Hoy, en nombre de una supuesta ideología, se ha demonizado la década del noventa para justificar un retorno a las ideologías que sustentaron las políticas que determinaron la decadencia. Así, el eje de la decadencia es la inseguridad jurídica en nombre de la compasión y el consecuente despotismo de Estado. Las ideologías importan más que la moneda, que me perdone el Señor Friedman.

SÁBATO, UN ATENTADO CONTRA LA PROPIEDAD



El día 6 de septimbre de 2006 se dio a conocer que el escritor argentino Ernesto Sábato recibió un subsidio del gobierno nacional de $1.500.000.- (USD $500.000.-) para comprar un inmueble para el museo que llevará su nombre en el barrio porteño de palermo. Por lo tanto, una vez más, los ciudadanos argentinos debemos sacrificar nuestras necesidades para satisfacer las de otros, en este caso, las de un ex Secretario General de la Juventud Comunista. El señor Sábato por un lado protege su trabajo mediante las leyes de copyright, pero por otro lado niega eso mismo a los demas ciudadanos, al aceptar un subsidio que proviene de recusos tomados por la fuerza a personas trabajadoras. El caso de Sábato demuestra una vez más que a mucha gente le gusta la izquierda porque esa es la mano en la que llevan el Rolex.Muchas saldrán a decir que es un homenaje merecido para el señor Sábato, y que el gobierno apoya la cultura y cosas por el estilo. Entonces me pregunto, ¿porque no aportan ellos el dinero necesario?, ¿porqué recurren al aparato de la fuerza para obtener los fondos? Por que esos fondos se obtienen a través de la violencia que el estado ejerce contra sus ciudadanos.Es curioso que el único delito contra el que el estado hace publicidad es la evasión impositiva. No existen propagandas del tipo "no asesine a su vecino", "violar es malo" o "no secuestre personas". Pero todo el tiempo el gobierno publicita que "la evasión es un delito". Parece que se olvidan se refieren al cobro de impuestos por la fuerza y la amenaza. Nadie paga impuestos voluntariamente, sino por el miedo a las sanciones que aplicará el Estado. Por eso resulta interesante ver como la gente reclama servicios la estado, pero jamás se apuran para ir a pagar impuestos.No importa cual es el destino de los fondos que toma el estado, siempre es un robo, por más que la legislación lo autorice. Si el fin justifica los medios, entonces todos los ladrones están justificados, ya que usan los botines que obtienen en satisfacer necesidades. Con el criterio que utilizan los redistribucionistas, si un funcionario roba no podría decírsele nada, ya que se pudo robar USD $100.000.- para comprar un auto de lujo porque tenía la necesidad de mostrar un alto poder económico.El cobro de impuestos por la fuerza y la coacción no solo perjudica a quienes los pagan, sino que además, afectan los niveles de inversión del país. Como los ingresos y salarios de los habitantes no dependen de las leyes, los sindicatos o la buena voluntad de los empledores, sino que dependen de los niveles de inversión, el cobro de impuestos afecta notablemente a las personas más pobres de la comunidad, al obtener menores salarios.


LA IGNORANCIA HUMANA Y LA INGENIERIA SOCIAL




A través de gran parte de la historia intelectual, la sociedad ha sido considerada como el resultado del diseño de alguien. En su voluminosa obra de Law, Legislation, and Liberty, el teórico social F. A. Hayek se refirió a esta posición como el “racionalismo constructivista” y replicó vigorosamente contra la misma. En su discurso en ocasión de recibir el Premio Nóbel en 1974, titulado “La Pretensión del Conocimiento,” Hayek expresó un punto de vista diferente acerca de cómo se desarrolló la sociedad:
El reconocimiento de los insuperables límites de su conocimiento debería de hecho enseñarle al estudiante de la sociedad una lección de humildad, que debería prevenirlo de volverse un cómplice en el fatal esfuerzo de los hombres por controlar a la sociedad—un esfuerzo que no solamente lo vuelve un tirano sobre sus compañeros, sino que puede convertirlo también en el destructor de una civilización a la cuál ningún cerebro ha diseñado sino que ha crecido en base a los libres esfuerzos de millones de individuos.

Hayek se opuso a cualquier tentativa de manipular—es decir, planificar y coordinar centralizadamente—la estructura de la sociedad. Creía que tal ingeniería realmente destruiría a la sociedad en lugar de erigirla, la cual era el resultado de la acción humana pero no del diseño humano. Junto al economista austriaco Ludwig von Mises, Hayek proporcionó las que son discutiblemente las mejores críticas de las teorías y de las políticas “constructivistas” que han crecido en popularidad durante el siglo veinte.
Tanto Hayek como Mises habían atestiguado la devastación del liberalismo clásico por parte de dos guerras mundiales, pero particularmente por la Primera Guerra Mundial. En la época de guerra los gobiernos habían afianzado el control centralizado sobre el sector privado para asegurarse un flujo continuo de armamentos y de otros bienes que juzgaban necesarios para la victoria. Los gobiernos habían inflado sus ofertas de dinero a fin de solventar masivos refuerzos militares. Y la guerra había estrangulado el flujo del libre comercio al que los liberales clásicos consideraban un prerrequisito para la paz, la prosperidad, y la libertad. En síntesis, Hayek y Mises habían contemplado cómo el estatismo del siglo veinte reemplazaba al liberalismo clásico del siglo diecinueve.
Si la “guerra es la salud del estado,” como el individualista estadounidense Randolph Bourne lo declarara, entonces Hayek y Mises atestiguaron el impacto de un corolario obvio: a saber, que la guerra es la muerte de la libertad individual. Y que la ingeniería social fue un mecanismo clave mediante el cual esa libertad fue destruida. De hecho, uno de los trabajos iniciales de Mises, Nation, State, and Economy (1919), analizaba las consecuencias desastrosas de la planificación centralizada introducida por la Primera Guerra Mundial.
Pero Hayek y Mises no se oponían meramente a la ingeniería social sobre la base de argumentos utilitarios. Independientemente, cada uno de ellos desarrolló sistemas complejos y sofisticados de la teoría social para explicar cómo las instituciones de la sociedad se evolucionaron naturalmente. Sostenían que las instituciones de una sociedad saludable eran el resultado colectivo e involuntario de la acción humana. Los fenómenos sociales complejos—tales como el derecho, el lenguaje, y el dinero—eran especialmente las consecuencias involuntarias de las interacciones individuales. Por ejemplo, ningún comité o autoridad central decidió inventar el habla humana, para no mencionar el diseñar una lengua tan complicada como el inglés. Actuando solamente para alcanzar sus propios fines, los individuos comenzaron a efectuar sonidos a fin de facilitar el poder conseguir lo que deseaban de otras personas. Así, el habla fue el resultado de la acción humana pero no del diseño humano, y la mismo evolucionó naturalmente en el lenguaje. La evolución puede no haber procedido con eficiencia científica, pero fue lo suficientemente eficiente como para permitir el desarrollo de la civilización. La eficiencia de los programas gubernamentales no tolera la comparación.
No obstante ello, los constructivistas sostenían que una sociedad no planificada es derrochadora y caótica. Con el conocimiento suficiente, podrían manipular una sociedad perfectamente eficiente. No habría más sobrantes ni escaseces. Los mercados de valores no colapsarían, y las monedas no fluctuarían. Tal vez incluso la sociedad pudiese ser diseñada de modo tal que sus miembros se encaminasen al unísono hacia metas sociales deseables, tal como han marchado juntos hacia la victoria en tiempos de guerra.
Hayek puntualizó francamente que el conocimiento que los constructivistas procuraban era inalcanzable. No era posible planificar las dinámicas del mañana basados en cómo actuaron los individuos ayer. La gente era imprevisible. Los seres humanos eran fundamentalmente diferentes de los objetos físicos examinados por las ciencias duras. Un científico podía aprender todo lo que necesitaba saber sobre el movimiento de un objeto, y su conocimiento no cambiaría necesariamente durante el tiempo. Pero los seres humanos actuaban basándose en factores y motivaciones psicológicas que se encontraban ocultos, a menudo aún para ellos mismos. La sociedad no consistía en objetos que podían ser prolijamente categorizados y hechos para obedecer las leyes de la ciencia. La sociedad consistía de individuos erráticos e imprevisibles.
Mises efectuó una puntualización similar acerca de la teoría monetaria. Demostró que aún la aparentemente objetiva herramienta del cálculo monetario—del tipo que la gente utiliza informalmente para decidir, por ejemplo, si pedir un aumento—es ineficaz para una planificación social más amplia. En el mejor de los casos, los precios eran un antecedente histórico; el precio del pan es un precio del pasado, incluso si el pasado fuese muy reciente. Esta información podría crear la anticipación de cuál podría ser el precio del pan mañana, pero la misma no podría predecir nada. Una escasez de pan podría hacer disparar su precio. Por otra parte, emplear el ayer para manipular el mañana iba en contra de un principio fundamental de la acción humana: el principio del cambio inevitable.
En La Acción Humana: un Tratado de Economía (1949), Mises comentaba, “La acción humana origina el cambio. En la medida que haya acción humana no hay estabilidad, sino alteración incesante. . . Los precios del mercado son hechos históricos expresivos de una situación que prevaleció en un instante definido del proceso histórico irreversible. . . .. En el imaginario—y, por supuesto, irrealizable—estado de rigidez y estabilidad no hay cambios a ser medidos. En el mundo real del cambio permanente no hay puntos fijos. . . ”
Desde Nation, State, and Economy a su obra magna, La Acción Humana, Mises elocuentemente objetó la posibilidad de adquirir el suficiente conocimiento como para dirigir a la sociedad. Igualmente, desde el trabajo The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology (1952, pero aparentemente basado en el trabajo que realizara en 1919 y 1920) hasta su mucho más popular El Camino de Servidumbre (1944), Hayek integró campos tan diversos como la epistemología y la economía para formar una teoría social que le negaba cualquier validez a la planificación centralizada.
A través del trabajo de estos teóricos, dos conceptos cercanamente relacionados emergen una y otra vez: el individualismo metodológico y el orden espontáneo. Estos conceptos son fundamentales para entender por qué Hayek y Mises tan inflexiblemente rechazaban a la ingeniería social.

El Individualismo Metodológico

En La Acción Humana, Mises ofrecía una descripción de lo que denominaba “El Principio del Individualismo Metodológico”: “Primero debemos percatarnos de que todas las acciones son realizadas por individuos. . . Si escudriñamos el significado de las distintas acciones desarrolladas por los individuos debemos aprender necesariamente todo acerca de las acciones de los todos colectivos. Pero un colectivo social no posee existencia y realidad alguna fuera de las acciones de los miembros individuales.”
Mises sostenía que los todos colectivos—tales como “la familia” o “la sociedad”—no eran nada más que la suma de los miembros individuales que los constituían. Tales todos eran abstracciones útiles para indicar la interacción de los individuos en un contexto específico. La “familia” indica un conjunto de interacciones, el “club de canasta” otro.
Al reducir el funcionamiento del grupo a su elemento más básico—los actos de los individuos—Mises no negaba la importancia de los todos colectivos. Todo lo contrario. Mises explicaba que “el individualismo metodológico, lejos de disputar la significación de tales todos colectivos, la considera como una de sus tareas principales para describir y analizar su surgimiento y su desaparición, sus cambiantes estructuras, y su operación. Y el mismo escoge el único método adecuado para resolver satisfactoriamente este problema.”
Para decirlo de otro modo, el individualismo metodológico era una poderosa herramienta analítica que podía ser utilizada para descubrir los principios en base a los cuales un grupo de personas interactuaba. Era el mejor método con el cual comprender a la sociedad.

El Individuo como una Abstracción

Con el surgimiento del marxismo, aquellos que favorecían el individualismo metodológico fueron a menudo acusados de “atomismo” o de reduccionismo. Los marxistas fueron muy lejos en cuanto a afirmar que era el individuo, y no la sociedad, quien constituía una verdadera abstracción. En su forma extrema, estos holistas sociales negaban incluso que el individuo existiese sin la sociedad. Como Mises lo observara, “la noción de un individuo, dicen los críticos, es una abstracción vacía. El verdadero hombre es necesariamente siempre un miembro de un todo social.”
Karl Marx sostenía este punto usando una clase de ejemplo de Robinson Crusoe. Marx afirmaba que un individuo que crecía aislado en una isla desierta no sería un ser humano. El nudo de su argumento era que los seres humanos son organismos sociales—construcciones sociales, si lo prefiere—quienes no pueden ser removidos del contexto que los define y continuar siendo seres humanos. El Robinson Crusoe adulto era claramente un ser humano, pero su humanidad resultaba de una historia de socialización previa. El lenguaje, el pensamiento, el arte—todo lo que hizo humano a Crusoe había resultado de su vida en comunidad. Invirtiendo la lógica misesiana, Marx sostenía que el todo colectivo llamado “sociedad” creaba a sus miembros individuales, quienes podían ser entendidos tan solo examinando las reglas de esa sociedad. Marx dio un paso adicional e intentó extender los principios y la metodología de las ciencias duras—tales como la previsibilidad y el control—a la sociedad.
Los liberales clásicos contrarrestaron diciendo que una persona que ha sido criada en el aislamiento completo aún sería un ser humano. Por ejemplo, tendría una escala de preferencias y actuaría para alcanzar a la más alta de ellas primero. Es cierto, que sin la interacción social, las principales potencialidades dentro de la humanidad de la persona nunca se desarrollarían o serían expresadas. Por ejemplo, no habría razón para desarrollar las habilidades del lenguaje y ninguna posibilidad de convertirse en padre. Si el individuo aislado fuese rescatado y colocado dentro de la sociedad, sin embargo, sus potencialidades no expresadas podrían emerger perfectamente. Pero cualesquiera fuesen las características desarrolladas, las mismas emergerían de su propio potencial inherente como un ser humano y serían el resultado de las interacciones individuales que experimentó. Las características no emergerían debido a que un todo colectivo llamado “sociedad” las definió en existencia.
Los liberales clásicos no combatieron la afirmación de que los grupos poseían una dinámica acumulativa que era diferente a la dinámica del hombre aislado. Después de todo, solamente en sociedad surgieron los intercambios intelectuales y económicos. Pero creían que las diferencias podrían ser explicadas desdoblando la dinámica del grupo en las intrincadas interacciones de los individuos que lo constituían. Por ejemplo, todo lo atinente a una conversación podía ser desdoblado en las declaraciones, el lenguaje corporal, y las acciones de los individuos implicados. Nada sobre la conversación requería principios de explicación adicionales.
Este enfoque metodológico funcionaba para analizar incluso a todos colectivos extremadamente complejos tales como “el Estado.” Todo lo que el Estado hizo o era podía ser reducido a las acciones individuales. Como Mises lo explicaba, “el verdugo, no el Estado, ejecuta a un criminal. Es el significado de aquellos interesados lo que discierne en la acción del verdugo a una acción del Estado.” Los individuos que observan al verdugo ven el Estado en acción solamente porque una abstracción conocida como “el Estado” proporciona un contexto para su acción. Igualmente, la gente nunca ve u oye verdaderamente a una conversación del grupo. Todos lo que ven u oyen son individuos hablando, y etiquetan a la suma de su intercambio como una “conversación del grupo.”
El individualismo metodológico tuvo implicancias profundas para la teoría de la ingeniería social. Si los todos colectivos eran un “proceso mental” dentro de los individuos antes que entidades concretas con existencia independiente, entonces no tenía sentido alguno sostener que existían reglas y las características únicas que se aplicaban a los colectivos y no a los individuos. El individualismo metodológico removió a los todos colectivos de un reino objetivo gobernado por los principios científicos y los regresó al reino subjetivo del juicio y de las preferencias humanas. En vez de ser capaces de diseñar instituciones sociales, tales como los bancos, para funcionar junto a los principios científicos, los ingenieros sociales fueron reducidos a individuos reguladores. Fueron involucrados en la planificación de cómo los seres humanos expresarían sus preferencias en el futuro—un conocimiento que los propios individuos raramente poseían.
Y sin embargo, un interrogante subsiste. Sin planificación, ¿cómo puede mejorar la sociedad? Parte de la respuesta será encontrada en el segundo concepto que ronda la obra de Hayek y de Mises

El Orden Espontáneo

Durante el siglo dieciocho, teóricos como Adam Smith comenzaron a examinar el impacto que las consecuencias no queridas de la acción humana tenían sobre la sociedad. Éstas eran las consecuencias colectivas que se amplificaban como un resultado de los individuos persiguiendo sus propios intereses individuales. Por ejemplo, si veinte personas caminaban la distancia más corta a través de un campo, un sendero tosco a través del campo sería establecido. Pero el forjar el sendero sería una consecuencia involuntaria de la meta consciente de cada individuo—alcanzar el otro lado rápidamente.
Smith venía a creer que la sociedad y sus instituciones podían ser comprendidas de la mejor manera posible mediante la referencia a tales consecuencias no queridas. Considérese el precio del pan de ayer. Nadie legisló cuánto se encontraba usted dispuesto a pagar el pan ayer. Ese precio resultó de factores imprevisibles tales como cuán altamente usted apreciaba al pan veinticuatro horas atrás. La institución social del precio, por lo tanto, ha sido establecida espontáneamente. La misma era también auto-correctiva; es decir, el precio espontánea y rápidamente fluctuó para reflejar los factores cambiantes, tales como la disponibilidad de pan. Y porque tales cambios eran imprevisibles, sólo una respuesta espontánea—no una pre planificada—podía responder adecuadamente.
Ningún escritor contemporáneo ha explorado la idea de las instituciones sociales espontáneas y autocorrectivas en mayor profundidad que Hayek. En su ensayo “Principios de una Orden Social Liberal,” Hayek abordó una objeción que él encontraba a menudo. Escribió: “Mucha de la oposición a un sistema de libertad bajo leyes generales surge de la inhabilidad para concebir una coordinación efectiva de las actividades humanas sin la organización deliberada por parte de una inteligencia comandante” (Studies in Philosophy, Politics and Society, 1960).
Para los holistas sociales, el “orden” y la “eficiencia” eran conceptos que parecían estar ligados juntos. Mises y Hayek acordaban, pero utilizaban una definición diferente de “orden.” Para los holistas sociales, la palabra parecía conjurar visiones cuasi-militares de una sociedad marchando hombro a hombro hacia una meta común. La misma se encontraba incorporada en planes quinquenales que reducían el funcionamiento de la sociedad a ecuaciones matemáticas. Por el contrario, el orden al que adherían Mises y Hayek era uno espontáneo en el cual los individuos perseguían sus propios y diversos intereses sin la coordinación de una autoridad central.
¿A qué se parece dicho orden? Un ejemplo clásico es el Mercado de Valores de Nueva York, el cual fue creado como un lugar en el cual las acciones podían ser compradas y vendidas de lunes a viernes a partir de las 9 de la mañana y hasta las 4 de la tarde. Ninguna autoridad predominante establecía los precios, límites de volumen, etc. Estos eran establecidos por los bolsillos de los individuos que perseguían sus propias preferencias de una manera que se asemejaba al caos. Vociferando en el piso, que se encontraba dispuesto a comprar la acción ABC al precio X, un comerciante intentaba perseguir nada más que las preferencias de su cliente. Pero una consecuencia involuntaria de su acción era el establecimiento de un precio general para la acción ABC.
El orden espontáneo puede asemejarse al caos. En palabras de Hayek, es la clase de orden “cuya justificación en el instante particular puede no ser reconocible, y el cual. . . aparecerá a menudo ininteligible e irracional.” (“Individualismo Verdadero y Falso” en Individualism and Economic Order, 1948) Irónicamente, esta semejanza al caos puede indicar un aspecto de por qué el orden espontáneo es eficiente. Después de todo, las circunstancias cambiantes a las cuales esta clase de orden responde no poseen algún orden lógico o predecible. Así como el piso de la negociación de un mercado de valores no puede funcionar según las reglas de etiqueta de la Srta. Manners, también una sociedad dinámica requiere de instituciones con fluidez.
De hecho, la principal ventaja de un sistema de toma de decisiones descentralizado puede bien ser su capacidad para ajustarse constante y rápidamente a las circunstancias cambiantes. Allí donde la ingeniería social exige un futuro estable y un conocimiento divino del presente, el orden espontáneo reconoce e incorpora la inevitabilidad del cambio y la insuficiencia del conocimiento humano.
Un individuo conoce tanto como es posible conocer sobre sus propias preferencias y actos futuros. Cuanto más lejos usted se mueve del individuo, menos confiables se torna la información—y menos perfectas las consecuencias de la toma de decisiones.

Divergiendo desde un Punto Común

Hay un sentido en el cual tanto Hayek como Mises basaron sus argumentos para la libertad individual sobre la ignorancia humana. En La Constitución de la Libertad (1960), Hayek reconoce que la necesidad de libertad “descansa principalmente en el reconocimiento de la inevitable ignorancia de todos nosotros en lo referente a muchos de los factores sobre los cuales dependen el logro de nuestros fines y el bienestar.” Irónicamente, los constructivistas emplean en gran medida el mismo argumento para su posición: los seres humanos no son naturalmente perfectos, por lo tanto la sociedad debe ser dirigida y diseñada. Desde un punto de acuerdo común—es decir, la insuficiencia del conocimiento humano—las dos partes alcanzan conclusiones diametricalmente opuestas.

Wendy McElroyThe Freeman
Traducido por Gabriel Gasave