agosto 23, 2007

EL CALENTAMIENTO GLOBAL Y EL EFECTO 2000

El tema del calentamiento global nos está llevando al absurdo total. Se ha creado un clima de intolerancia para quien manifieste dudas o esté en desacuerdo sobre este tema, que se está pareciendo a la vieja y nefasta institución de la Inquisición para juzgar las almas de quienes osaban desafiar a la Iglesia.
Steve McIntyre un estadístico matemático que encontró un error estadístico que dice que el año más caluroso del siglo XX fue el de 1934 y no el de 1998, hecha por tierra todos los vaticinios de los activistas del calentamiento global, entre ellos el ex vicepresidente de los Estados Unidos Albert Gore.
Mucho antes el economista austriaco Fiedrich A Von Hayek, dijo: la "ecología va a ser la rueda de auxilio de la izquierda", después de que ésta no tenga respuestas para el problema económico. Sesenta años después, vemos cuán acertado estaba Hayek.
Por su puesto este informe de Steve McIntyre no le ha resultado gratis, su blog ha sido hackeado por activistas de izquierda y dejado fuera del servicio de internet.
Abajo publico un artículo publicado en el sitio web del Instituto Juan De Mariana, escrito por Daniel Rodríguez Herrera

Calentamiento global y efecto 2000
Ya nos hemos olvidado todos, pero lo cierto es que en los últimos años de la década pasada vivimos un capítulo de histeria similar al que padecemos ahora a cuenta del calentamiento global. El mundo se acabará el 1 de enero del 2000, cuando todos los ordenadores fallen porque se creen que estamos en 1900, dijeron entonces. En diez años el calentamiento será irreversible y no podremos hacer nada para detenerlo, dicen hoy Al Gore y sus secuaces.
Entonces se gastó una millonada; cuando no pasó nada se justificó diciendo que había merecido la pena, pero allí donde no se habían hecho grandes esfuerzos suplementarios tampoco tuvieron grandes problemas. Pero el caso es que acabamos de enterarnos de que sí hubo un error debido al efecto 2000 que no se corrigió hasta la semana pasada. Y es gordo.

Uno de los principales registros de temperaturas es el que recopila el Instituto Goddard (GISS) de la NASA. Es la referencia en lo que se refiere a Estados Unidos, que por otra parte es seguramente el país que posee los mejores registros del mundo. Pero por muy buenos que sean, la toma de temperatura en tierra, para series largas, tiene varios problemas imposibles de evitar. El primero son los cambios en el entorno de diversos puntos de recogida de temperaturas. El segundo, que hacer series de temperaturas medias es siempre complicado teniendo sólo algunos puntos de referencia, de modo que se calculan por medio de algoritmos ejecutados por computadores.

Pues bien, Steve McIntyre, el infatigable estadístico responsable de haber echado abajo la infame gráfica del palo de hockey, que mostraba unas temperaturas razonablemente estables durante siglos hasta una subida brutal durante éste, ha encontrado un error en la aplicación encargada de calcular la temperatura media. Un error que, quien lo iba a imaginar, hacía que las temperaturas recientes fueran mayores, exagerando el calentamiento.

Su efecto más significativo es que después de las correcciones pertinentes 1998 deja de ser el año más caluroso en Estados Unidos desde que se registra la temperatura; ahora el cetro le corresponde a 1934, año en el que tengo la impresión de había menos CO2. Será que las depresiones económicas calientan también. Hay quien ha empezado a argumentar que es un error pequeño. Pero todos los años del 2000 al 2005 tenían una temperatura media 0'15 grados superior a la real. El protocolo de Kyoto, ese cuyo cumplimiento nos salvará de la hecatombe, sólo reduciría el calentamiento en 0'07 grados.

Se dan varios hechos adicionales en este caso que resultan más bien graves. El primero es que el GISS está dirigido por James Hansen, el mismo que inició la histeria del calentamiento global en 1988 en una comparecencia en una comisión del Senado dirigida por nada más y nada menos que Al Gore. El segundo, que el instituto dirigido por tan honesto científico no pone a disposición de todo el mundo el software que emplea para calcular la temperatura media; McIntyre ha tenido que hacer ingeniería inversa para averiguar qué error podía tener. Y el tercero es que, estando los datos estadounidenses entre los mejores, ¿cómo no temer los errores que puedan existir en otros países?

Hansen y los suyos, en el mejor de los casos, no revisaron sus algoritmos porque daban los resultados que debían dar para confirmar sus teorías. En el peor, lo sabían perfectamente y por eso los ocultaron; es lo que habría que pensar por defecto de cualquier científico que oculte sus datos o sus métodos. Ninguna de las dos posibilidades resulta demasiado halagüeña para los defensores de la teoría del calentamiento global producido por el hombre. No sólo los modelos no tienen en cuenta muchas cosas, sino que ni siquiera podemos tener confianza en que los datos estén bien.

Por cierto, el blog de McIntyre ha sufrido un ataque de denegación de servicio, según informa Michelle Malkin, y el autor lo ha tenido que sustituir por una página en la que informa del mismo. Cabe imaginar que el culpable del hackeo es alguien para quien el calentamiento es una fe religiosa y no una hipótesis científica. Eso no reduce demasiado el campo de los sospechosos, la verdad.

Fuente: Instituto Juan De Mariana publicado el 23/08/2007

OTRA MIRADA SOBRE LA ECOLOGÍA


De un tiempo a esta parte, la vertiente más popular que pretende encarar los problemas del medio ambiente aparece también como la forma más contundente de estrangular las bases de la sociedad abierta. Paradójicamente, en este caso, para preservar la propiedad del planeta se destruye la propiedad a través de las figuras de la “subjetividad plural” y los “derechos difusos” que permiten demandar frente a cualquier uso considerado indebido de lo que pertenece a otro, alegando la “defensa de la humanidad”. Garret Hardin acuñó la expresión “la tragedia de los comunes” para ilustrar el despilfarro y el uso desaprensivo de lo que es de todos, que, en la práctica, no es de nadie, en contraste con los incentivos de cuidar y mantener lo que es propio cuando se asignan derechos de propiedad.

Con razón se considera al agua indispensable para la vida del ser humano. Somos agua en un setenta por ciento y el planeta está compuesto en sus dos terceras partes por agua, aunque la mayor proporción sea salada y otra se encuentre atrapada por los hielos. F. Segerfeld nos informa de que la precipitación anual sobre tierra firma es de 113.500 kilómetros cúbicos, de los que se evaporan 72.000, lo cual deja un neto de 41.500. Eso significa nada menos que 19.000 litros por día y por persona en el planeta. A pesar de esto, se mueren, literalmente, millones de personas por año debido a la falta de agua o al agua contaminada.

El autor explica que esto se debe a la politización de ese bien tan preciado, situación que no ocurre cuando la recolección, purificación y distribución se encuentra en manos privadas, que si quieren prosperar deben atender los requerimientos del público sin favores ni componendas con el poder gubernamental del momento.

Ejemplifica con los casos de Ruanda, Haití y Camboya, donde las precipitaciones son varias veces mayores que en Australia. En los tres primeros casos hay crisis de agua, mientras que esto no ocurre respecto de Australia, por las razones apuntadas. Por esto es que el premio Nobel de Economía Vernon L. Smith escribe: “El agua se ha convertido en un bien de cantidad y calidad demasiado importante como para dejarlo en manos de las autoridades políticas”. En el mismo sentido, Martin Wolf, editor asociado de Financial Times, apunta: “El agua es demasiado importante para que no esté sujeta al mercado”.

La conservación de especies animales es un caso paradigmático. Las ballenas se extinguen, lo que no sucede con las vacas. Esto no siempre fue así. En la época de la colonia, se aniquilaban las vacas simplemente para usar un trozo de cuero o para comer algo de carne, situación que hizo que muchos mostraran su preocupación por la posible extinción de estos animales, hasta que apareció la revolución tecnológica del momento: la marca y el alambrado permitieron asignar derechos de propiedad y, así, conservar el ganado vacuno.

En Africa, se asignaron derechos de propiedad sobre los elefantes de Zimbabwe, mientras que en Kenya los elefantes son de propiedad común. En el último caso, en sólo once años la población de elefantes se redujo de 167.000 a 16.000, mientras que en el mismo período en Zimbabwe se elevó de 40.000 a 50.000, a pesar de contar con un territorio mucho más desventajoso que el de Kenya. En este país se favorece la posibilidad de que los elefantes sean eliminados en busca de marfil, ya que nadie está interesado en conservar y multiplicar la manada, como sucede en Zimbabwe.

Claro que la institución de la propiedad privada no asegura que serán conservadas todas las especies animales. Por ejemplo, es poco probable que el hombre deje de consumir antibióticos para conservar bacterias, ya que esto pondría en riesgo la supervivencia de la especie humana. Tampoco es probable que se desee conservar cucarachas. En la misma línea argumental, si bien es cierto que las emanaciones de monóxido de carbono deben ser castigadas, puesto que significan la lesión de derechos de terceros, la polución cero es imposible, puesto que requeriría que nos abstuviéramos de respirar, ya que al exhalar estamos contaminando.

En estos momentos se debate acerca del “efecto invernadero” o calentamiento global debido al debilitamiento o perforación de la capa de ozono que envuelve el globo en la estratosfera. Sin embargo, los científicos D. L. Hartmann y D. Doeling sostienen, en un trabajo publicado en el Journal of Geophysical Research, que en muchas extensiones ha habido un engrosamiento de la capa de ozono. Añade que las perforaciones han hecho que al penetrar los rayos ultravioletas y tocar la superficie marina se generara mayor evaporación y, consecuentemente, nubes de altura, lo cual dificulta la entrada de rayos solares y provoca un enfriamiento del planeta.

Por su parte, R. C. Balling señala: “La atmósfera de la Tierra se ha enfriado en 0,13 grados centígrados desde 1979, según las mediciones satelitales. (...) A pesar de que modelos computarizados del efecto invernadero predicen que el calentamiento mayor ocurrirá en la región ártica, del hemisferio norte, los registros de temperatura indican que el Artico se ha enfriado en 0,88 grados centígrados durante los últimos cincuenta años”. El mismo autor enfatiza que, debido a su efecto de enfriamiento, el dióxido de sulfuro provocado por aerosoles más que compensa la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.

En este último sentido, y debido a las alarmas del tipo de las expuestas recientemente en nuestro país por Al Gore, es de interés citar una declaración del comité ejecutivo de la Organización Meteorológica Mundial, en Ginebra, que dice: “El estado presente del conocimiento no permite ninguna predicción confiable respecto del futuro de la concentración de dióxido de carbono o su impacto sobre el clima”. También es importante subrayar que el fitoplancton consume dióxido de carbono en una proporción mayor que todo lo liberado por los combustibles fósiles y que los desajustes cíclicos en la capa de ozono se deben en buena medida a fenómenos meteorológicos, como las erupciones volcánicas.

Por otro lado, en estas situaciones siempre hay equilibrios entre las contrapartes (trade offs) que hay que tener en cuenta. Por ejemplo, se afirma que los clorofluocarbonos son responsables de la destrucción de las moléculas de la capa de ozono debido a las emisiones que provocan los refrigeradores, equipos de aire acondicionado, combustibles de automotores y ciertos solventes para limpiar circuitos de computadores. El trade off aparece cuando se documentan las intoxicaciones que se producen debido a la deficiente refrigeración y acondicionamiento de la alimentación y cuando se exhiben estadísticas de los aumentos de accidentes viales debido a la fabricación de automotores más livianos.

En cualquier caso, donde se detecta una lesión al derecho debe procederse a la rectificación, pero para cuidar los recursos naturales debe despolitizarse el proceso. Es preciso abstenerse de la actitud arrogante de pretender la manipulación del ecosistema por parte de la burocracia estatal. Hay que permitir que la compleja información dispersa pueda ponerse de relieve a través de los precios. Cuando se conjetura que cierto recurso será más escaso o se atribuye mayor valor para usos alternativos, los precios se elevan, lo cual fuerza a reducir el consumo, al tiempo que se incentiva el desarrollo de variantes sustitutivas y, en su caso, el reciclaje.

La sociedad abierta permite establecer los ritmos óptimos del crecimiento y asignar los recursos de la manera más adecuada a las necesidades presentes y futuras. La intromisión del aparato estatal en la producción a través de ideas como la del llamado “desarrollo sustentable” no hace más que distorsionar el uso y la asignación de recursos. Por ejemplo, la “tragedia de los comunes” irrumpe cuando se mantienen campos de forestación en manos fiscales, lo que incentiva la tala irracional. En ese caso, nadie se ocupa de forestar para que otros saquen buen partido de ello. La presunción de conocimiento ha hecho que ya en la época de la Revolución Industrial se sugiriera el establecimiento político de cuotas para el carbón al efecto de “aprovechar ese recurso no renovable”, que, a poco andar, fue reemplazado por el petróleo. Hoy es frecuente que se señale que existen determinadas reservas para tal cantidad de años, sin percibir que no es posible extrapolar precios a situaciones distintas. El movimiento de precios modifica la duración de las reservas.

T. L. Anderson y D. R. Leal, en su obra Free Market Enviromentalism, escriben: “El mercado libre enfatiza que el crecimiento económico y la calidad del medio ambiente no resultan incompatibles. Los ingresos altos permiten afrontar una mayor calidad del medio ambiente y, además, de los bienes materiales. No es ningún accidente que los países menos progresistas tengan más polución y más riesgos ambientales”.
Autor: Alberto Benegas Lynch (h)
Alberto Benegas Lynch es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.
Fuente: Cato Institute www.elcato.org
Este artículo fue publicado originalmente en el diario La Nación de Buenos Aires el 23 de agosto del año de 2007

SEGURIDAD SOCIAL PRIVADA Y EFICIENTE EN CHILE

José Piñera fue ministro de Seguridad Social en Chile. Durante su ministerio llevó a cabo un revolucionario cambio en el sistema provisional de su país. Los ahorros para la vejez de millones de sus conciudadanos crearon un gigantesco mercado de capitales que le ha permitido al estado chileno gozar de un sólido crecimiento económico durante más de dos décadas. El ahorro provisional de la comunidad se ha volcado enteramente a la inversión de capital en las empresas en el sector privado, y le ha permitido a Chile independizarse del capital financiero internacional, disminuir la corrupción gubernamental, mejorar las expectativas de la comunidad, consolidar las instituciones y crear un clima de estabilidad económica y política propicio para el desarrollo económico. Todas estas condiciones son las que carecen los demás estados latino americanos. Un modelo ejemplar a imitar.
En los ocho segmentos en que está dividido este video producido por el señor José Pinera, nos explica cómo fue el proceso de reformas.

Parte 1/8




Parte 2/8




Parte 3/8




Parte 4/8




Parte 5/8




Parte 6/8




Parte 7/8




Parte 8/8



Esta obra de JonJames.
Fuente: El Cato Institute www.elcato.org

agosto 22, 2007

LIBERALISMO Y DEMOCRACIA

Resulta curioso que el debate teórico acerca de la democracia desarrollado a las puertas del siglo XX y comenzado ya el siglo XXI, con los enormes avances en materia de conocimiento y tecnología que disfrutamos, se siga sustentando sobre la base de conceptos y argumentaciones que se remiten al modelo de democracia directa, que se concibió en las postrimerías del siglo V a.C., constituyendo Atenas su ejemplo práctico más paradigmático.
Al mismo tiempo, desde la óptica contraria, inserta en la perspectiva crítica liberal, se vuelve a cuestionar mediante la restauración de conceptos liberales clásicos la vigencia y validez de un modelo, el representativo, que se creía ya permanente e inamovible, pero que, sin embargo, ha evolucionado de modo paradójico justo en contra de lo que sus fundadores pretendían con su instauración. Esto es, el control y la restricción del poder político con el fin de defender y garantizar la libertad y ámbito privado de los individuos.
Nuevamente resurge el dilema que siempre ha estado presente en la historia de la humanidad: el problema del poder, en cuanto a su titularidad, su ejercicio y su particular naturaleza. En las últimas décadas del siglo XX se viene produciendo un debate teórico tendente a cuestionar la vigencia de tal modelo (democracia representativa) por verse éste supuestamente afectado por una situación de crisis, si bien es cierto que la interpretación de la misma difiere en función del análisis de dos problemáticas divergentes: en tanto crisis de representación o legitimidad (visión neomarxista), o bien crisis de gobernabilidad (perspectiva neoliberal).
Estas dos corrientes analíticas opuestas y enfrentadas no sólo difieren en el problema, sino fundamentalmente en la solución que proponen. Mientras que la primera opta por reclamar una mayor participación ciudadana en el ámbito de la esfera pública con el fin de reforzar la construcción de una "auténtica democracia", la segunda propone un modelo que limite el poder político y maximice la libertad individual, consistente en la formación de una Estado mínimo.
Este regreso o restauración teórica de conceptos y modelos interpretativos clásicos cuyos principales referentes se sitúan en épocas y períodos pertenecientes al pasado, la Antigua Grecia y la Época Moderna, respectivamente, derrumba la teoría del "fin de la historia". Lo cual no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que, si bien es cierto que las circunstancias y condiciones de las sociedades actuales son radicalmente distintas, el problema central de la Política sigue careciendo en la práctica de una solución final y definitiva. Esto es, la configuración del mejor régimen posible y, por consiguiente, la articulación y ordenación óptima del poder político.
La pregunta central que viene a colación sería, pues, la siguiente: ¿por qué ha de ser considerada la democracia como el mejor régimen político posible? La respuestaa tales cuestiones deriva de nuestra particular concepción acerca de lo que consideremos el principal valor a tener en cuenta en toda sociedad: la igualdad(democracia) o la libertad (liberalismo). Así pues, en función de la primacía de uno u otro, obtendremos sistemas políticos plenamente opuestos:
1. Si el único valor a tener en cuenta es la igualdad, en tanto participación en el poder político, la consecuencia que se deriva de ello será la instauración de la democracia, una tradición teórica cuyo énfasis recae en el quién: ¿quién debe gobernar?
2. Por el contrario, si lo fundamental es la defensa de la libertad del individuo, no cabe duda que el modelo a seguir será el concebido por los fundadores del liberalismo político primigenio, en tanto conformación de un Estado netamente liberal, una tradición que se centra en el cómo: ¿cómo se debe gobernar?
Lo paradójico de tal temática es que hoy en día la democracia es concebida en todo su esplendor como forma de gobierno deseable e, incluso, como el único sistema legítimo a tener en cuenta en el ámbito político mundial. Al hilo de tal exposición, cabe decir que, históricamente, tan sólo han existido dos modos de concebir la libertad, valor básico del individuo: la libertad moderna, concebida como independencia del individuo con respecto al poder en un determinado círculo de actividades; y la libertad antigua, consistente en el hecho de participar activamente en el Gobierno, siendo así el individuo libre por el simple hecho de que participa en la elección de su dueño y orientador de sus designios vitales.
Siguiendo las definiciones expuestas, llegamos a una conclusión ciertamente significativa y sorprendente: la libertad contemporánea ha sufrido un retroceso tal que, por paradójico que nos pueda resultar, se asemeja mucho más a la concepción antigua que a la moderna. Es decir, la libertad actual centra su objeto y punto de atención mucho más en la participación que en la defensa de las libertades individuales y restricción del poder público. En este sentido, se ha cumplido ciertamente la predicción señalada por Constant en su crítica al pensamiento de Rousseau, en tanto que la implantación del sistema democrático supondría "la total sumisión del ciudadano para que la nación triunfe y que el individuo se convierta en esclavo para que el pueblo sea libre".
Así pues, hemos vuelto al sistema de libertad de los antiguos, sólo que ahora su práctica, inherentemente problemática y claramente inferior a la concepción moderna, se ha visto infinitamente agravada por las extraordinarias dimensiones del Estado y formación política actuales.

Autor: Manuel Llamas – Instituto Juan De Mariana

JUAN BAUTISTA ALBERDI - BASES Y PUNTOS DE PARTIDA


Un relato escrito por Juan Bautista Alberdi

“La industria es el calmante por excelencia. Ella conduce por el bienestar y por la riqueza al orden, por el orden a la libertad: ejemplos de ello Inglaterra y los Estados Unidos. La instrucción en América debe encaminar sus propósitos a la industria.
La industria es el gran medio de moralización. Facilitando los medios de vivir, previene el delito, hijo las más veces de la miseria y del ocio. En vano llenaréis la inteligencia de la juventud de nociones abstractas sobre religión; si la dejáis ociosa y pobre, a menos que no la entreguéis a la mendicidad monacal, será arrastrada a la corrupción por el gusto de las comodidades que no puede obtener por falta de medios.
Será corrompida sin dejar de ser fanática. Inglaterra y los Estados Unidos han llegado a la moralidad religiosa por la industria; y España no ha podido llegar a la industria y a la libertad por simple devoción. España no ha pecado nunca por impía; pero no le ha bastado eso para escapar de la pobreza, de la corrupción y del despotismo.”

De: Bases y puntos de partida para la organización política de la República ArgentinaJ.B. Alberdi

agosto 21, 2007

EL LIBERALISMO AUTENTICO DE MURRAY ROTHBARD



Autor: Antonio Muñoz Ballesta

Ante el nuevo orden mundial que se viene estableciendo desde las guerras del Golfo I y II, se propone la dilucidación de la verdadera ideología que en el fondo pervive en el Imperio de los EEUU (el liberalismo auténtico) y la necesidad de una conversión del mismo en un verdadero Imperio generador
Cuando aparentemente la guerra de Irak ha terminado, renace la polémica de si las potencias ocupantes están fomentando el desorden público para justificarse como Estado, en un territorio que podría ser el nuevo ejemplo histórico en el que podría establecerse el «no estado» por el que lucha el liberalismo auténtico. Sin embargo no podemos olvidar, en ésta polémica, al liberalismo «social-demócrata» representado por Carlos Popper y su auténtico sucesor Jorge Soros, ni la propuesta de la conversión de EEUU a la categoría de un Imperio generador que se defiende en este artículo.
Entiendo por «liberalismo auténtico» el anarco-capitalismo o libertarios económicos, cuyo máximo representante ha sido en los último años Murray N. Rothbard (1926-1995). El liberalismo auténtico se caracteriza por luchar contra la existencia misma de los Estados. Los Estados son las agencias o instituciones que poseen el monopolio de la violencia sobre un territorio, al igual que la última decisión, también en monopolio, sobre los conflictos que en él se produzcan; y en los Estados totalitarios el monopolio se extiende a todos los ámbitos de la vida.
Para los libertarios los Estados son innecesarios. Es necesaria la sociedad pero no el Estado. Además los Estados son las instituciones que al intervenir en la economía provocan ineficacia económica en todos los mercados, y oprimen y reprimen la libertad de las personas privadas.
La idea de acabar o desmontar el Estado, políticamente hablando, puede encontrarse en los anarquistas españoles, pero, económicamente (y el destino del siglo XX y XXI puede que siga siendo la Economía, precisamente por haberse convertido en Economía política), es heredera, también, del liberalismo español de nuestro siglo de Oro: el arzobispo don Diego de Covarrubias y Leyva, Luis Saravia de la Calle, Luis de Molina, Jerónimo Castillo de Bovadilla, Juan de Lugo y Juan de Salas, y sobre todo Juan de Mariana, que influyeron directamente en Turgot y su laissez faire, laissez passer, y posteriormente en la Escuela austríaca, desde Menger y Von Mises, Hayek, &c.
Luchar contra los Estados, por lo tanto, es luchar por la libertad. Por ello Rothbard «ha sido el defensor más enérgico y coherente de la libertad en este siglo» al «rechazar el orden político establecido, el nihilismo, y el cinismo en que se apoya el poder del Estado». El Estado viene a ser, para el libertario, una banda organizada de ladrones y criminales de guerra.
Como he dicho en otro lugar, la posición del libertario es la de la Ética. Desde la ética se defiende la conservación del cuerpo y persona humana y sus propiedades y derechos. Sin embargo Rothbard y demás libertarios no han reparado que las mismas Ideas de persona y derechos de propiedad no proceden de un metafísico «Derecho Natural», sino de la misma sociedad política en su propio desarrollo histórico. O por lo menos es una hipótesis, la del Derecho natural, no necesaria, y de la que la Filosofía puede prescindir.
Rothbard consideraba, por otro lado, que los libertarios debían estar siempre en contra de todas las guerras. Debían estar en contra por principios éticos básicamente. Solamente luchando contra el Estado propio, como contra cualquier otro, se podía reducir las guerras al mínimo y sus consecuencias también al mínimo (Eofl, 1982)
El Estado, al pretender ser el monopolista de la violencia en un territorio determinado, ejerce dos tipos de violencias:
1. la violencia vertical contra los libertarios que se le oponen al «orden público» que pretende establecer y establece mediante el robo de los impuestos.
2. la violencia horizontal contra otros Estados vecinos (aunque se encuentren a miles de kilómetros de sus fronteras –Irak–, y ello debido a la tecnología extraordinaria contemporánea).
Con esta clasificación de «violencia» y «orden» que nos ofrece Rothbard, es obvio, que la «paz» no puede ser entendida nada más que como una «tregua». Rothbard no utiliza el término «tregua», pero lo da como implícito. Entiendo por «tregua» la Idea de filosofía política que expresa mejor lo que entendemos ideológicamente por «paz» desde la plataforma del realismo y materialismo filosófico, pues siempre en la «paz» los Estados se «preparan para la guerra» futuro o inminente, y ello tiene que ser así si quiere mantener la «eutaxia» del mismo.
La «paz» es para el libertario la situación que se da dentro de un territorio cuando nadie se opone ofreciendo resistencia a las depredaciones y extorsiones estatales, pues para el anarco-capitalismo el derecho de propiedad al producto del trabajo personal no puede ser enajenado nada más que mediante el contrato voluntario y nunca por el robo que supone el Fisco. Por lo que tenemos el ejemplo más evidente, aquí, de que la «paz» es una Idea ideológica y polémica, pues a esa violencia unidireccional, de arriba abajo, del Estado a las personas privadas, se la considera «paz», cuando en realidad, para los libertarios, es «violencia «o «guerra interna» contra el pueblo que no quiere ser súbdito o esclavo.
Ahora bien, la violencia abierta y los conflictos más sangrantes en la Historia no se han debido a organizaciones revolucionarias antiestatales como pudo ser la FAI (Federación Anarquista Ibérica) en la España de los años 30 del siglo XX, sino a las guerras inter-nacionales o «violencia horizontal», y no solamente por el número infinitamente superior de víctimas que producen las guerras internacionales respecto a la violencia revolucionaria, sino por la muerte de inocentes que ocasionan las guerras si la comparamos con la violencia anti-estatal.
Las guerras internacionales cumplen, pues, dos requisitos:
a) Que se producen entre dos territorios distintos y diferentes, separados en la distancia, perteneciente a cada Estado beligerante.
b) Que cada Estado beligerante vive a expensas de los Impuestos a sus súbditos, incluso y con más aumento fiscal cuando emprende una guerra.
Estos requisitos terminan por inclinar la balanza de la preferencia por la lucha libertaria frente a las guerras internacionales. Sin embargo Rothbard, a mi entender, no actúa con realismo político cuando condena a las guerras libertarias en legítima defensa de los Estados «civilizados», es decir, que tienden a «desaparecer». Pues, y el análisis de Von Mises así lo aconseja, es preferible el mal menor de un estado mínimo a soportar la tiranía de un imperialismo anti-libertario.
Las diferencias entre las guerras internacionales y la violencia revolucionaria libertaria (el liberalismo armado, pues es un derecho personal el poder llevar armas para la legítima defensa) son cuatro:
1. Las guerras internacionales tienden a recurrir (y por lo tanto los Estados a producirlas) a las armas de destrucción masiva: biológicas y nucleares (I y II Guerra Mundial).
2. Las guerras internacionales no pueden concretar lo suficiente el blanco militar o combatientes, muriendo víctimas inocentes o neutrales. Y ello a pesar de los modernos cohetes que permanentemente se perfeccionan en las guerras (objetivo de las guerras según Houellebecq).
3. Las guerras entre los Estados movilizan a todos los ciudadanos o población, convirtiéndolos en «enemigos». Aumentando los asesinatos a población civil, sobre todo desde las guerras modernas.
4. En ellas, los estados deben aumentar la presión fiscal a sus súbditos.
Rothbard concluye que las guerras son ilegítimas al ser entre Estados, y la objeción de la realidad de la existencia de los Estados es respondida con la siguiente réplica «Pero mientras existan los estados lo que tienen que hacer es reducir al menos sus actividades a las áreas en las que imponen su monopolio» y no en otras, pues, ni aún con la excusa de defender la persona del viajero a otro país o sus inversiones o propiedades en él, está justificada la guerra internacional, era el riesgo que adquiría ese ciudadano. Ahora bien, «romper la tregua» tiene su justificación si responde a una prólepsis y planificación civilizatoria de la sociedad política, y siempre que se intente «acotar la guerra», tratando también, en todo caso, de no caer en la que denomino «paradoja del Señor Superior».{1}
La reanudación de la Guerra del Golfo, y la ocupación prevista para diez años de las tropas de EEUU en las tierras ricas en petróleo{2}, plantean, en este sentido que venimos tratando, dos cuestiones urgentes:
1. ¿Qué hacer cuando se desencadena una guerra (contra Irak, Irán, Siria, Corea...) y los Estados beligerantes no están negociando la paz?
2. ¿Es el imperialismo norteamericano un imperialismo generador, o puede llegar a serlo?
La primera pregunta tiene dos respuestas, la primera como persona individual y desde la ética: Tenemos que intentar y condenar todo ataque a la población civil o personal neutral, pues son víctimas inocentes; y una segunda respuesta de carácter político-jurídico: Intentar hacer valer e intentar que se cumplan las «leyes para tiempos de guerra» para que no se violen los derechos a la población civil (empezando por el derecho a su existencia, al agua, &c.), y las «leyes de neutralidad» para que no se produzcan acciones bélicas contra terceros.
La respuesta a la segunda pregunta es de lo más complicada, pero no por ello imposible; utilizaremos para ello la noción de Gustavo Bueno «imperio generador / imperio depredador», distinguiéndola de la propuesta de Rothbard, y de la de Hardt y Negri en «Imperio».
Un Imperio, como los EEUU, sería depredador si por su estructura tiende a mantener con las sociedades por él coordinadas (Irak, Guatemala, &c.) unas relaciones de explotación en el aprovechamiento de sus recursos económicos o sociales tales que impidan el desarrollo político de esas sociedades, manteniéndolas en estado de salvajismo y, en el límite, destruyéndolas como tales. ¿Puede decirse tal cosa de los EEUU? Creo, que en esencia, no. Por lo que deberíamos empezar a considerar seriamente que EEUU es un Imperio generador, y no refugiarnos en supuestas distinciones de «Imperio» / «imperialismo», tal como realiza Negri y Hardt, para llegar, al final, en definitiva, a la misma conclusión.
El Imperio generador de EEUU, como el romano o el español, hace siglos, por su misma estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista o capitalista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho.
Ahora bien esas «sociedades políticas de pleno derecho» no pueden ser meros «gobiernos indirectos o títeres» de un imperio depredador como el inglés u holandés desde el siglo XVII al XIX, sino «sociedades políticas» que consideren siempre a sus súbditos como hombres libres y que propicie siempre la conversión de las zonas ocupadas (Irak), o controladas(Guatemala), en verdaderas repúblicas o monarquías constitucionales, o en sociedades sin-estado pero de civilización superior. Y en esto último Rothbard estaría conforme, pues el objetivo del imperio generador de los EEUU, según lo planteo, es el de crear ciudadanos y personas privadas que no tengan que soportar la violencia que supone el nuevo Estado. (La situación sería parecida a la del Imperio romano que terminó concediendo la ciudadanía a prácticamente a todos los núcleos urbanos de sus dominios, pero acorde con el desarrollo de la economía y tecnología de hoy en día, en el sentido de generación por el Imperio EEUU de las sociedades sin estado y de mercado pletórico y sin monopolios.) Por su parte Rothbard era partidario de no tolerar el imperialismo occidental, al no ser legítima la violencia exterior de los Estados, pues no distingue entre el imperio depredador y el generador, y porque el mismo imperialismo occidental produce un status quo (o tregua) en el país ocupado o colonia, del cuál nunca se sabe si derivará en tiranía o subdesarrollo, y, a la vez, aumenta los impuestos en el Estado invasor para pagar los costes de la guerra de conquista y a la burocracia imperialista.
Sin embargo para Negri y Hardt el «Imperio», que no es EEUU, sí que introduce una nueva versión de la «guerra justa» que nos retrotrae a la época anterior al Ius Publicum Europeum:
«El concepto tradicional de la guerra justa implica la trivialización de la guerra y la celebración de ella como un instrumento ético (...), pero estas dos características tradicionales han reaparecido en nuestro mundo posmoderno: por un lado, la guerra es reducida al estatus de acción policíaca, y por otro se sacraliza un nuevo poder, que mediante la guerra queda facultado par ejercer funciones éticas.»
Eso quiere decir, que, a pesar de la propaganda, «una guerra justa no es ya en sentido alguno una actividad defensiva o de resistencia», sino que:
«...las acciones bélicas se justifican en sí mismas. Dos elementos distintos se combinan en este concepto de guerra justa: primero, la legitimación del aparato militar en tanto tiene fundamentos éticos, y segundo, la efectividad de las acciones militares en la consecución del orden y la paz deseados. La síntesis de ambos elementos pueden de hecho ser el factor determinante en la fundación y nueva tradición del Imperio. Hoy el enemigo, al igual que la guerra misma, nos llegan trivializados (reducidos a un objeto rutinario de represión policíaca) y se tornan en absolutos (como el Enemigo, una amenaza absoluta al orden ético). La guerra del Golfo fue tal vez el primer ejemplo plenamente articulado de esta nueva epistemología del concepto. La resurrección del concepto de guerra justa puede ser el síntoma de la emergencia de un Imperio, uno muy poderoso y plagado de sugerencias.»
Ahora bien ese Imperio se territorializa en EEUU, por ahora, y lo único que podemos reclamar es que tienda a convertirse en imperio generador. Esa es mi propuesta. Y en ese sentido coincido, en parte, con Jorge Soros, que en la reciente crítica de la Administración Bush II, el 7 de marzo de 2003, en la Escuela Paul H. Nitze de Estudios Internacionales Avanzados en Washington (adaptación en El Mundo, de 22 de junio de 2003, págs. 32 y ss.) reclama una actuación constructiva de los EEUU que permita la creación de un verdadero «mundo de sociedades abiertos». Jorge Soros, seguidor y amigo de Popper, reclama una sociedad abierta conseguida por el liderazgo positivo de EEUU, es decir, mediante la labor de una potencia imperial que ayude financiera, social y políticamente a los países del mundo en desarrollo, pero que abandone la prepotencia de imponer militarmente una concepción dogmática de lo que los ideólogos fundamentalistas de Bush II entienden por «libertad» y «democracia». EEUU debe ocuparse, con la globalización, no solamente al beneficio financiero, sino del bienestar del mundo. Sin embargo Soros reconoce que los gobiernos represivos y corruptos son la causa de la mayor pobreza existente en el mundo, por lo que reclama, en realidad, y como yo mismo, un imperio generador. Lo expone en los siguientes términos: «una forma de superar el problema es ofrecer a los países estímulos positivos para que se transformen en sociedades abiertas. Este es el ingrediente que falta en el actual orden mundial.» Mientras tanto, estaremos en tregua.



Notas


{1} La Paradoja del Señor Superior consiste en que las ideologías defensoras del Estado, por un lado reclaman la existencia de un Señor Superior (el Estado) para controlar las vidas de las personas privadas, pero, en cambio, rechazan históricamente, la existrencia de un Super-Estado, en las relaciones internacionales, que detente el monopolio de la violencia sobre todas las regiones, estando en una situación de anarquía, o estado de naturaleza, entre los diferentes estados o naciones.
{2} Lo cual supone una continuación de la guerra de Irak, en guerra terrorista o sucia, siempre y cuando sea cierto que los atentados producidos contra las tropas de EEUU se deben a grupos de liberación nacional iraquí, cosa que falta por confirmar. +


Fuente: El Catoblepas • número 17 • julio 2003 • página 15El liberalismo auténtico y la tregua:Rothbard, Negri y Jorge Soros

www.nodulo.org

agosto 20, 2007

¿QUE ES EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI?


Un bloguero venezolano escribió esto que representa lo que es el socialismo del siglo XXI, implementado en Venezuela por Hugo Chávez. Realmente el socialismo del siglo XXI, no tiene nada de diferente del socialismo de cualquier siglo precedente. Nunca el socialismo ha sido exitoso. Es un sistema tan viejo como la humanidad misma. La biblia habla de Abel y Caín, en donde Caín que fue el primer socialista mató a su hermano Abel por celos, pues Abel, el primer individualista era más exitoso y la envidia de Caín lo impulsó a matar a su hermano.

EL VERDADERO SOCIALISMO

Una gallina encontró unos granos de trigo y dijo a sus vecinos:
“Si sembramos este trigo, tendremos pan para comer. ¿Alguien me quiere ayudar a sembrarlo?”“¡Yo no, estás loca!” yo estoy en Mision Robinson y no tengo tiempo para esas tonterias– dijo la vaca.“¡Ni yo, la Mision Sucre no me deja tiempo para esas cosas” – aseveró el pato.“¡Yo tampoco!, estoy en los circulos bolivarianos que son mas importantes” – replicó el cabrito.“¡Mucho menos yo, que soy Lider del Comando Maisanta!” – completó el cerdo.“Entonces yo sola los sembraré, dijo la gallina. Y así lo hizo.El trigo creció y maduró, con unos granos dorados.“¿Quién me ayudará a recogerlos?”, quiso saber la gallina.“¡Yo No, ni loco dejo mi beca!”, exclamó la vaca.“¡Yo no, ya tengo un salario mínimo garantizado!”, dijo el pato.“¡No son parte de mis funciones, sólo si me das una comisión!” – dijo el cerdo.“¡Yo no voy a arriesgarme a perder mis reales!” – dijo el cabrito.“Entonces, yo misma los recogeré” – dijo la gallina, y así fue. Finalmente, llegó la hora de hornear el pan.“¿Quién me va a ayudar a hacer el pan?” – indagó la gallina.“¡Sólo si me das la Mitad del Pan!” – exclamó la vaca.“¡Yo no puedo arriesgar mi paga en Misión Sucre!”, continuó el pato.“¡Yo no puedo dejar mi puesto en los Círculos, de eso es que yo vivo” – dijo el cabrito.“¡Eso me quita tiempo para buscar los 10 Millones por el Buche!” y me pueden botar de mi puesto,refunfuñó el Cerdo.
“¡Entonces, yo misma lo haré!” – exclamó la pequeña gallina. Cocinó 5 panes y los puso en una cesta para comerla junto con su familia.
De repente, toda la gente pasó, quería pan y pedía un bocado. La gallina simplemente dijo:“¡No!… son para mí y mis hijos, yo misma los sembré, los recogí y los horneé. Ustedes no quisieron ayudarme y voy a comérmelos sola con mis hijos”.
“Lucros excesivos… ¡ESCUALIDA!! Usurera!” - gritó la vaca.“¡Gusano Capitalista!” - exclamó el pato.El cerdo gruñó y dijo: - “¡La paz, el pan, la educación, son para todos! El pueblo tiene derechos”.“¡Yo exijo igualdad de derechos!” - gritó el cabrito.
Pintaron carteles y pancartas diciendo: “Injusticia” y marcharon protestando contra la gallina, gritando obscenidades, y toda clase de improperios.
Llamaron a los Círculos Bolivarianos, a un Fiscal del gobierno, y el defensor del pueblo y le dijeron a la pobre gallina: “Usted, gallina, no puede ser así tan egoísta. Usted ganó demasiado pan, tiene que pagar muchos impuestos y debe compartir el pan o le será expropiado.”
“Pero yo gané ese pan con mi propio trabajo y sudor” – se defendió la gallina.
¡Los otros no quisieron trabajar! - replicó sentida la gallina…¡USTED ES UNA ESCUALIDA, CAPITALISTA, GOLPISTA, FASCISTA, CRIMINAL, bla, bla… dijo “EL DEFENSOR DEL PUEBLO”
“¡Muy Bien Dicho Defensor del Pueblo!” - dijo el Fiscal”“Esa es la ventaja del SOCIALISMO DEL SIGLO XXI. Democracia Protagónica, Cualquier persona puede ganar lo que quiera. Puede trabajar o no trabajar. Pero, de acuerdo con nuestra moderna legislación socialista, LA MÁS MODERNA Y ADELANTADA DEL MUNDO, los trabajadores más productivos tienen que dividir el producto del trabajo con los que no hacen nada. ¡Además de eso, debes pagar el ISLR, el IVA, el impuesto al lujo, el SENIAT, el impuesto a la propiedad, CADIVI, Seguros Social… para poder sostener Mercal, las Misiones, el Fides, el Plan Bolívar, el Fus, para que todos ellos pueden garantizar la salud, la educación y la justicia de nuestro pueblo! …….y….. ¡Todas esas medidas revolucionarias que son las mejores del mundo!”
Y asi, todos vivieron felices para siempre, inclusive la pequeña gallina, quien sonrió temblorosa, y cacareando dijo: “¡Esta Bien Acepto!!!… ¡ Ya Entendi, estoy complacida!”.
Ahora, los vecinos se la pasan todo el tiempo preguntándose:
“¿Por qué será que esta Escuálida, Fascista Golpista Terrorista Gallina nunca más volvió a hacer un pan…?” Y la yapa.

Vea estos videos pulsando el ratón sobre estos vínculos.


http://www.youtube.com/watch?v=RGZeZVmwf3c
http://www.youtube.com/watch?v=JZKZN1yJ57k
http://www.youtube.com/watch?v=6zq3QY31yRw

Un video de Er Huno RATAEL.

agosto 19, 2007

¿QUÉ ES EL SOCIALISMO'

"El socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, y la prédica a la envidia.
Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria".

LA PETICIÓN DE LOS FABRICANTES DE VELAS


Por Frederic Bastiat (Francia 1801-1850)



En 1845 el brillante Frederic Bastiat, colocándose en la posición de los fabricantes de velas, se dirige a los legisladores franceses, refiriéndose a las políticas proteccionistas que hoy ciento cincuenta años después se siguen practicando, en estos términos:

De los fabricantes de velas, mechas, linternas, candeleros, postes de luz, cortamechas y apagavelas. Y de los productores de sebo, aceite, resina, alcohol y, en general, de todo lo relacionado al alumbrado.
A los Honorables Miembros de la Cámara de Diputados.
Caballeros:
Ustedes están en el camino correcto. Se preocupan principalmente del destino del productor. Desean liberarlo de la competencia extranjera, esto es, reservar el mercado nacional para la industria nacional.
Estamos sufriendo la ruinosa competencia de un rival extranjero quién, al parecer, trabaja bajo condiciones tan superiores a las nuestras para la producción de la luz, que está inundando con ella el mercado nacional a un precio increíblemente bajo. Porque en el momento que aparece, cesan nuestras ventas, los consumidores se vuelven a él y todo un rubro de la industria francesa, cuyas ramificaciones son innumerables, se reduce hasta un completo estancamiento. Este rival que no es otro que el sol, sostiene una lucha tan inmisericorde contra nosotros, que sospechamos está siendo alentado en contra por el pérfido Albión, particularmente porque tiene por esa isla orgullosa un respeto que no tiene por nosotros.
Solicitamos pasen una ley exigiendo el cierre de todas las ventanas, puertaventanas, ojos de puerta, los cierres y persianas; en suma, todas las aperturas, huecos, rajaduras y fisuras a través de las cuales suele entrar el sol a las casas, en detrimento de las industrias leales. Con ellas - estamos orgullosos de decirlo - hemos equipado al país, el cual no puede, sin evidenciar ingratitud, abandonarnos ahora en tan desigual combate.
Si ustedes cierran tanto cuanto sea posible todo acceso a la luz natural, creando así una necesidad de luz artificial, ¿qué industria de Francia no será alentada en última instancia?
Si Francia consume más sebo, tendrá que haber más ganado y rebaños y, en consecuencia, habremos de ver un incremento de los campos fértiles, de la carne, la lana, el cuero y especialmente el estiércol, la base de toda riqueza agrícola.
Nuestros páramos serán cubiertos de árboles resinosos. Numerosos enjambres de abejas recogerán de nuestras montañas sus tesoros perfumados que hoy pierden su fragancia como las flores de las que emanan. Así, no habrá una sola rama de la agricultura que no experimente una gran expansión.
Lo mismo es cierto de la navegación. Miles de buques se dedicarán a cazar ballenas (por el aceite de ballena) y en poco tiempo tendremos una flota capaz de defender el honor de Francia y de satisfacer las patrióticas aspiraciones de los abajo firmantes.
Pero, ¿qué diremos de las especialidades de la manufactura parisién? Desde ahora se contemplará el dorado, el bronce y el cristal en los candeleros, en las lámparas, en las arañas y en los candelabros, brillando en grandes espacios, comparados con los cuales los de hoy no son sino pesebres.
Se requiere poca reflexión, caballeros, para convencerse de que quizá no hay un solo francés, desde el rico accionista de la compañía Anzin hasta él más humilde vendedor de fósforos, cuya condición no sea mejorada por el éxito de nuestra petición.
¿Nos objetarán ustedes que aunque nosotros ganemos con esta protección, al final no ganará Francia, porque el costo lo cubriría el consumidor? Tenemos lista una respuesta.
Ustedes no tienen más derecho a invocar los intereses del consumidor. Lo han sacrificado dondequiera encontraron que sus intereses se oponían a los del productor. Por la misma razón deben hacer lo propio esta vez.
En realidad, ustedes mismos han anticipado esta objeción. Cuando se les ha dicho que el consumidor tiene algo que ganar en la libre importación de acero, carbón, ajonjolí, trigo y textiles, “si”, han respondido, “pero el productor tiene algo que ganar en su exclusión”. Pues bien, si los consumidores tienen algo que ganar con la admisión de la luz natural, los productores tienen con seguridad algo que ganar con su prohibición.
Si ustedes nos garantizan un monopolio sobre la producción de la luz durante el día, en primer lugar tendremos que comprar grandes cantidades de sebo, carbón, aceite, resina, cera, alcohol, plata, acero, bronce y cristal para suministro de nuestra industria. Y, más aún, nosotros y nuestros numerosos proveedores, habiéndonos vuelto ricos, consumiremos mucho más y esparciremos la prosperidad en todas las áreas de la industria nacional.
¿Dirán que la luz del sol es un don gratuito de la naturaleza y que rechazar tales dones sería rechazar la riqueza misma bajo el pretexto de alentar los medios para adquirirla?
Si adoptan esa posición, sin embargo, ustedes darán un golpe mortal a su propia política. Recuerden que hasta ahora siempre han excluido los productos extranjeros porque y en la medida que se parecían a los dones gratuitos. Ustedes tienen sólo la mitad de la razón al aceptar las demandas de otros monopolistas por el hecho de admitir nuestra petición. Porque la nuestra está completamente de acuerdo con vuestra política establecida; y rechazar nuestras demandas precisamente porque están mejor fundamentadas que la de cualquier otro, sería un absurdo.
El trabajo y la naturaleza colaboran en varias proporciones en la producción de una mercancía, dependiendo del país y del clima. La parte con que contribuye la naturaleza siempre está libre de costo; la parte del trabajo humano es la que confiere valor y por eso se la paga.
Si se vende una naranja de Lisboa a mitad de precio que una naranja de París, es porque el calor natural del sol, que por supuesto está libre de costo, hace por la primera lo que la segunda debe al calor artificial, para el cual necesariamente hay que pagar en el mercado.
Así, cuando llega a nosotros una naranja de Portugal, uno pude decir que se nos ofrece a mitad de costo, o, en otras palabras, a la mitad del precio comparado con el precio de París.
Ahora bien, es sobre la base de ser semigratuita la naranja extranjera, que ustedes sostienen que su ingreso debe ser impedido. Se preguntan “¿cómo puede resistir la mano de obra francesa la competencia de la mano de obra extranjera, si es que la primera tiene que hacer todo el trabajo, mientras la otra sólo lo hace a medias, ocupándose del resto el sol?”. Pero si el hecho de que la mitad del costo de un producto sea gratis los lleva a ustedes a excluirlo de la competencia, el hecho de que esté totalmente libre de costo, ¿cómo puede hacer que ustedes lo admitan en la competencia? Ustedes no son consistentes o, de lo contrario, luego de excluir - por ser perjudicial a la industria nacional - lo que está libre de la mitad del costo, deberán excluir lo que es totalmente gratuito con mucha mayor razón y con el doble de entusiasmo.
Cuando un producto - el carbón, el acero, el trigo o los textiles - viene de afuera y lo podemos adquirir por un menor monto de trabajo que si lo produjéramos nosotros mismos, la diferencia (entre lo que pagamos y nos costaría) es como un don gratuito que se nos confiere. El volumen de este regalo es proporcional al monto de la diferencia. Es un cuarto, la mitad o tres cuartos del precio local. El regalo puede ser completo si es que el donante, como el sol cuando nos proporciona la luz, no pide nada de nosotros. La pregunta es si lo que desean para Francia es el beneficio del consumo libre de costo o las supuestas ventajas de una producción onerosa. Hagan su elección, pero sean lógicos.
Porque en tanto ustedes prohíban, como lo hacen, el carbón, el acero, el trigo, los textiles extranjero, en la medida que su precio se acerca a cero, ¡cuan inconsistente sería admitir la luz del sol, cuyo precio es cero el día entero!

ALTRUISMO Y CAPITALISMO

por David Kelley


David Kelley es fundador y Director Ejecutivo del The Objetivist Center, estudió filosofía en el Vassar College y en Brandeis University. Entre sus libros están: The evidence of the senses, un tratado sobre epistemología; The art of reasoning, un manual de lógica; y, recientemente, The Life of One´s Own, un ensayo sobre los derechos individuales y el estado de bienestar. Fue columnista del Barron's y escribió varios artículos sobre filosofía, política y asuntos públicos.


El sistema capitalista se inició en el siglo que va de 1750 a 1850, como resultado de tres revoluciones. La primera fue una revolución política: el triunfo del liberalismo, particularmente la doctrina de los derechos naturales, y la visión de que la función del gobierno debe limitarse a proteger los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad.

La segunda revolución fue el nacimiento del entendimiento económico, culminando con "La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith. Smith demostró que cuando los individuos son dejados libres para perseguir sus propios intereses económicos, el resultado no es el caos, sino el orden espontáneo, un sistema de mercado en el cual las acciones individuales son coordinadas y se produce mayor bienestar que el que se lograría si el gobierno manejara la economía.

La tercera revolución fue, por supuesto, la Revolución Industrial. La innovación tecnológica proveyó una palanca que multiplicó los poderes productivos del hombre. El efecto no fue solamente elevar el nivel de vida de todos, sino alertar a los individuos de que podrían obtener una fortuna inimaginable en poco tiempo.

La revolución política—el triunfo de la doctrina de los derechos individuales—fue acompañada por el espíritu del idealismo moral. Fue la liberación del hombre de la tiranía, el reconocimiento de que todo individuo, sea cual sea su ubicación en la sociedad, es un fin en sí mismo. Pero la revolución económica fue expresada en términos moralmente ambiguos: como sistema económico, el capitalismo fue presentado como concebido en el pecado. El deseo de riqueza cedió bajo la sombra del mandato cristiano contra el egoísmo y la avaricia. Los primeros estudiosos del orden espontáneo fueron conscientes de que estaban sosteniendo una paradoja moral: la paradoja, como la expresó Bernard Mandeville, de que los vicios privados podrían producir beneficios públicos.

Los críticos al mercado siempre capitalizaron estas dudas sobre su moralidad. El movimiento socialista ha sostenido que el capitalismo multiplicó el egoísmo, explotación, alienación, injusticia. Esta misma creencia invocó el estado benefactor, que redistribuye los ingresos a través de programas del gobierno, en nombre de la "justicia social".

El esfuerzo por construir una sociedad socialista ha sido colapsado ahora, acabando con un trágico experimento social, que ha demostrado que un sistema colectivista es incompatible con prosperidad, libertad y justicia. Poca gente negaría hoy las virtudes económicas del sistema de mercado. Pero el capitalismo no ha escapado aún de la ambigüedad moral en la cual fue concebido. Es valorado por la prosperidad que produce; es valuado como una precondición necesaria para la libertad política e intelectual. Pero pocos de sus defensores están preparados para afirmar que el modo de vida central del capitalismo—la persecución del propio interés a través de la producción y el comercio—es moralmente honorable, mucho menos que noble o ideal.



El Rol Del Altruismo


Los motivos de aquellos que prosperan en el mercado, siempre han sido vistos con sospecha. Al fin del siglo pasado, hombres como Andrew Carnegie, John D. Rockefeller, James J. Hill y J.P. Morgan, se hicieron millonarios construyendo ferrocarriles y acerías, buscando petróleo, y financiando un fabuloso estallido de crecimiento económico. Los historiadores económicos han mostrado que estos empresarios consiguieron su riqueza por la producción, no por la predación. Sin embargo, ellos son aún hoy rutinariamente descriptos como "barones del robo". Un ejemplo reciente es la última década. En los 1980s, una tremenda explosión de energía creativa originó nuevos productos de consumo, nuevos instrumentos financieros, nuevas formas de organización de negocios. Sin embargo, se denunció a la década de los 80' como la "década de la codicia", porque mucha gente hizo mucho dinero. Y hoy escuchamos reclamos renovados por programas gubernamentales para acabar con la alegada falta de equidad del mercado.

No hay misterio acerca de dónde proviene la antipatía moral contra el mercado. Nace en la ética del altruismo, que está enraizada profundamente en la cultura occidental, al igual que en la mayoría de las culturas. Según los parámetros del altruismo, la persecución del propio interés es, en el mejor de los casos, un acto neutral, fuera del campo de la moralidad, y en el peor de los casos un pecado. Es verdad que el éxito en el mercado se consigue por los tratos voluntarios, y satisfaciendo las necesidades de otros. Pero también es verdad que quienes triunfan están motivados en el lucro personal; y la ética está más interesada en los motivos que en los resultados.

Pero, ¿Qué significa exactamente el término "altruismo"? Por un lado, puede significar nada más que delicadeza o cortesía. Por otro lado, puede significar la completa sumisión del yo en un enorme agujero social. Esto es lo que entendió Augusto Comte cuando acuñó el término. "Vivir para otros", "incorporarse a la Humanidad", esas, dijo él, eran las virtudes cardinales de su "religión de Humanidad" . El altruismo, en este sentido más profundo, es la base para los varios conceptos de "justicia social" que se han usado para defender los programas gubernamentales que redistribuyen la riqueza. Mi objetivo es mostrar que este principio de altruismo no es compatible con el reconocimiento del individuo como fin en sí mismo. Mi argumento está basado en el trabajo de la escritora y filósofa norteamericana Ayn Rand, cuya fama—o notoriedad—descansó en la batalla que le presentó al altruismo.



Conceptos De Justicia Social

Comenzaré señalando que las demandas por justicia social toman dos formas diferentes, que llamaré estado de bienestar e igualitarismo. De acuerdo con el estado de bienestar, los individuos tienen un derecho a ciertas necesidades de la vida, incluyendo un nivel mínimo de alimento, albergue, vestimenta, asistencia médica, educación, y más. Es responsabilidad de la sociedad asegurar que todos sus miembros tengan acceso a estas necesidades. Pero un sistema capitalista laissez-faire no las garantiza para todos. Entonces, argumentan los sostenedores de esta teoría, el capitalismo no cumple su responsabilidad moral, y debe ser modificado a través de la acción estatal para proveer tales bienes a la gente que no los puede obtener por sus propios esfuerzos.

De acuerdo con el igualitarismo, la riqueza producida por una sociedad debe ser distribuida equitativamente. Es injusto que algunas personas ganen 15, 50 o 100 veces más que otras. Pero el capitalismo laissez-faire permite y promueve estas desigualdades en la distribución de la riqueza, y por ello es injusto. La característica del igualitarismo es el uso de las estadísticas sobre distribución de los ingresos. En 1989, por ejemplo, el 20% de los norteamericanos más ricos recibían el 45% del total de los ingresos, mientras que el 20% más pobre recibía sólo el 4% del total de los ingresos. El fin del igualitarismo es reducir esta diferencia; cualquier cambio en la dirección de una mayor igualdad es considerado como un acto de equidad.

La diferencia en estas dos concepciones de justicia social es la diferencia entre los niveles absoluto y relativo de bienestar. Los partidarios del estado bienestar demandan que la gente tenga acceso a un mínimo estándar de vida. Mientras exista este piso no importa cuánta riqueza tenga cada uno, o cuanta disparidad exista entre ricos y pobres. Por ello, están interesados primordialmente en programas que beneficien a la gente que está en niveles de pobreza, enfermedad, desempleo o carenciados en cualquier otra forma.

Los igualitarios, por otro lado, están interesados en el bienestar relativo. Sostienen que de dos sociedades posibles, ellos prefieren aquella en que la riqueza sea más igualmente distribuida, aún cuando el nivel de vida sea menor. Están a favor de medidas gubernamentales como los impuestos progresivos, que ayudan a distribuir la riqueza de acuerdo con la escala de ingresos. También intentan nacionalizar bienes tales como educación y medicina, sacándolos completamente del mercado y haciéndolos accesibles a todos de un modo más o menos igual.

Trataré ambos conceptos de justicia social por orden.



Estado De Bienestar

La premisa fundamental del estado bienestar es que la gente tiene derecho a bienes tales como comida, vivienda y asistencia médica. Son titulares de esas cosas. Sobre esta base, quien recibe beneficios de un programa del gobierno está recibiendo meramente lo que se le debe, del mismo modo que un comprador que recibe el bien por el que ha pagado, recibe lo que se le debe. Cuando el estado otorga estos beneficios protege derechos, del mismo modo que cuando protege a los compradores del fraude. En ningún caso existe necesidad de gratitud.

El concepto de derechos al bienestar, o derechos positivos, como frecuentemente se los llama, está modelado en los tradicionales derechos liberales a la vida, libertad y propiedad. Pero existen diferencias bien conocidas. Los derechos tradicionales son derechos a actuar sin interferencia de otros. El derecho a la vida es un derecho a actuar con el propósito de preservarse a uno mismo. No es un derecho a ser inmune a la muerte por causas naturales, aún a una muerte prematura. El derecho a la propiedad es el derecho a comprar y vender libremente, y apropiarse de los bienes de la naturaleza que no tengan dueño. Es el derecho de buscar propiedad, pero no un derecho a una dote de la naturaleza o del estado; no es una garantía de éxito para adquirir nada. En consecuencia, estos derechos imponen a otros sólo la obligación negativa de no interferir, no impedir por la fuerza que alguien actúe como ha elegido. Si me imagino a mí mismo extraído de la sociedad -viviendo, por ejemplo, en una isla desierta- mis derechos estarían perfectamente seguros. Podría no vivir mucho y ciertamente no viviría bien; pero estaría perfectamente libre de asesinato, robo o asalto.

Por contraste, los derechos al bienestar se conciben como derechos a poseer y disfrutar ciertos bienes, sin interesar la acción personal; son derechos a tener bienes provistos por otros si uno no puede obtenerlos por sí mismo. En consecuencia, los derechos al bienestar imponen obligaciones positivas sobre otros. Si tengo derecho a comida, alguien está obligado a crearla. Si no puedo pagarla, alguien deberá comprarla para mí. Los defensores del estado de bienestar argumentan que la obligación es impuesta a la sociedad como un todo, no a ningún individuo en especial. Pero la sociedad no es una entidad, mucho menos un agente moral por sobre los miembros individuales, de modo que cualquiera de esas obligaciones cae sobre los individuos. Cuando los derechos al bienestar se implementan mediante programas del gobierno, la obligación es distribuida sobre los contribuyentes.

Desde un punto de vista ético, la esencia del estado de bienestar es la premisa de que la necesidad de un individuo es un reclamo sobre los otros. En todas las versiones de la doctrina, el reclamo no depende de su relación personal con el reclamante, o su elección de ayudarlo, o su evaluación de sí él merece su ayuda. Es una obligación sin elección basada en el mero hecho de su necesidad.

Pero debemos llevar el análisis a un escalón superior. Si estoy viviendo solo en una isla desierta no tengo por supuesto derechos al bienestar, desde que no hay nadie alrededor para proveerme los bienes. Por la misma razón, si vivo en una sociedad primitiva donde la medicina es desconocida, no tendré derecho a la ayuda médica. El contenido de los derechos al bienestar es relativo al nivel de riqueza económica y capacidad productiva en una sociedad dada. Correspondientemente, la obligación de los individuos a satisfacer las necesidades de otros depende de su habilidad para hacerlo. Un individuo no puede ser culpado por no proveer a otros algo que no puede producir por sí mismo.

Pero suponga que yo puedo producirlo y simplemente elijo no hacerlo. Suponga que soy capaz de ganar mucho más dinero del que gano, sobre el cual se cobran los impuestos con los que deberé sostener a un hambriento. ¿Estoy obligado a trabajar más duro, a ganar más, para el bienestar de esa persona? No conozco ningún filósofo del bienestar que diga que lo estoy. El reclamo moral que se me impone por las necesidades de otras personas es contingente, no sólo sobre mi habilidad, sino también sobre mi deseo de producir.

Esto dice algo importante sobre el enfoque ético del estado de bienestar. No sostiene una obligación a perseguir la satisfacción de las necesidades humanas, mucho menos la obligación de tener éxito en lograrlo. La obligación es condicional: aquellos que tienen éxito en crear riqueza deben hacerlo sólo con la condición de que otros puedan disponer de ella. El fin no es tanto beneficiar al necesitado como amarrar al hábil. La asunción implícita es que la habilidad e iniciativa de una persona son ventajas sociales, que deben ser ejercidas sólo con la condición de que estén al servicio de otros.



Igualitarismo


Si vamos hacia el igualitarismo, vemos que llegamos al mismo principio por una ruta lógica diferente. La armadura ética de lo igualitario es definida por el concepto de justicia antes que por el derecho. Si vemos a la sociedad como un todo, vemos que el ingreso, la riqueza y el poder están distribuídos en una forma cierta entre individuos y grupos. La pregunta básica es: ¿Es equitativa la distribución existente? Si no, debe er corregida por programas gubernamentales de redistribución. Una economía pura de mercado, por supuesto, no produce igualdad entre individuos. Pero algunos igualitarios han reclamado que la justicia requiere igualdad estricta de resultado. La posición más común es que hay una presunción a favor de resultados iguales, y que se justifica una partida desde la igualdad por sus beneficios sociales. El escritor inglés R.H. Tawney escribió que "la desigualdad de circunstancias razonable, en cuando es una condición necesaria de asegurar los servicios que requiere la comunidad". El famoso "Principio de diferencia" de John Rawls—que las desigualdades son permitidas en tanto sirven los intereses de los menos aventajados en la sociedad—es sólo el más reciente ejemplo de esta afirmación . En otras palabras, los igualitarios reconocen que la nivelación estricta tendría un efecto desastroso en la producción. Admiten que la igualdad no contribuye a la riqueza de una sociedad. La gente debe ser recompensada de acuerdo con su habilidad productiva, como incentivo para desarrollar los mayores esfuerzos de los que sea capaz. Pero cualquiera de esas diferencias debe ser limitada por lo necesario para el bien público.

¿Cuál es la base filosófica de este principio? Los igualitarios sostienen que se sigue lógicamente del principio básico de justicia: que la gente debe ser tratada diferente sólo si hay diferencias en alguna forma moralmente relevante. Si vamos a aplicar este principio a la distribución del ingreso, debemos primero asumir que la sociedad literalmente está empeñada en un acto de distribución del ingreso. Esta afirmación es falsa. En una economía de mercado, los ingresos son determinados por las elecciones de millones de individuos—consumidores, inversores, empresarios y trabajadores. Estas elecciones son coordinadas por las leyes de oferta y demanda, y no es un accidente que un empresario exitoso gane mucho más que un jornalero. Pero no es el resultado de ninguna intención consciente de la sociedad. En 1992, la mejor paga animadora de Estados Unidos fue Oprah Winfrey, quien ganó unos 42 millones de dólares. Esto no fue porque "la sociedad" decidió que ella mereció tanto, sino porque millones de fans decidieron que su show merecía verse. Aún en una economía socialista, como ahora sabemos, los sucesos económicos no están bajo el control de los planes del gobierno. Aún allí hay un orden espontáneo, aun cuando corrupto, en el cual los sucesos son determinados por luchas burocráticas, mercados negros, etc.

A despecho de la ausencia de un acto literal de distribución, los igualitarios aún argumentan que la sociedad es responsable por asegurar que la distribución estadística de ingresos siga ciertos estándares de equidad. ¿Por qué? Porque la producción de riqueza es un proceso cooperativo, social. Más riqueza es creada en una sociedad caracterizada por el comercio y la división del trabajo, que en una sociedad de productores autosuficientes. La división del trabajo significa que mucha gente contribuye al producto final; y el comercio significa que un mayor círculo de gente adquiere responsabilidad por la riqueza que es obtenida por los productores. La producción es así transformada por estas relaciones, dicen los igualitarios, y el grupo como un todo debe ser considerado la unidad real de producción y la fuente real de riqueza. Finalmente, esta es la fuente de la diferencia en riqueza que existe entre una sociedad cooperativa y una que no lo es. Entonces, la sociedad debe asegurar que los frutos de la cooperación sean equitativamente distribuidos entre todos los participantes.

Pero este argumento sólo es válido si consideramos la riqueza económica como un producto social anónimo, en el que es imposible aislar las contribuciones individuales. Sólo en este caso será necesario establecer principios de justicia distributiva para repartir el producto. Pero esta afirmación, una vez más, es actualmente un vasto conjunto de bienes y servicios individuales disponbiles en el mercado. Es posible conocer cuál bien o servicio ha ayudado a producir cada individuo. Y cuando el producto fue producido por un grupo, como una compañía, es posible identificar quién hizo qué. Después de todo, un empleador no contrata trabajadores por su antojo. Un trabajador es contratado por la anticipada diferencia con que sus esfuerzos contribuirán al producto final. Este hecho es reconocido por los igualitarios cuando sostienen que estas desigualdades son aceptables si son un incentivo para una mayor productividad que incremente la riqueza total de la sociedad. Para asegurarse de que los incentivos vayan a la gente correcta, como ha observado—Robert Nozick, aun los igualitarios deben asumir que podemos identificar el rol de las contribuciones individuales. En suma, no hay base para aplicar el concepto de justicia a la distribución estadística del ingreso o riqueza. Debemos abandonar la figura de una gran torta a ser dividida por un padre benevolente que desea ser equitativo con todos los chicos que hay en la mesa.

Una vez que abandonamos esa figura, ¿qué queda del principio expuesto por Tawney, Rawls y otros: que las inequidades son aceptables solo si sirven a los intereses de todos? Si esto no puede ser fundado en la justicia, debe ser considerado como materia de obligaciones que tenemos con los demás como individuos. Cuando lo consideramos desde este aspecto, vemos que es el mismo principio que identificamos como base de los derechos al bienestar. El principio es que el productivo puede disfrutar los frutos de su esfuerzo sólo bajo la condición de que esos esfuerzos beneficien del mismo modo a otros. No hay obligación a producir, a crear, a ganar. Pero si lo hace, las necesidades de los otros se elevan como un condicionante a sus acciones. Su habilidad, iniciativa, inteligencia, dedicación a sus fines, y todas las demás cualidades que hacen posible el éxito, son ventajas personales que lo colocan bajo una obligación hacia aquellos con menos habilidad, iniciativa, inteligencia o dedicación.

En otras palabras, toda forma de justicia social descansa en la asunción de que la habilidad individual es una ventaja social. La asunción no es meramente que el individuo no debe usar su talento para avasallar los derechos de los menos hábiles. Tampoco esta afirmación dice meramente que la benevolencia o generosidad son virtudes. Dice que los individuos deben considerarse a sí mismo como medios para el bien de otros. Y aquí llegamos a la médula de la cuestión. Respecto de los derechos de otras personas, reconozco que son fines en sí mismos, que yo no debo tratarlos meramente como medios para mi satisfacción, del mismo modo que trato con objetos inanimados. ¿Por qué, entonces no es igualmente moral considerarme a mí mismo como un fin? ¿Por qué, no debo rechazar, por respeto a mi propia dignidad como ser humano, la visión de mí mismo como medio al servicio de otros?


Una Ética Individualista


Para cuestionar la ética del altruismo, quiero mostrar una filosofía ética alternativa, desarrollada por Ayn Rand. Es una ética individualista, que defiende el derecho moral de perseguir el propio interés.

Los altruistas sostienen que la vida nos presenta una elección básica: debemos sacrificar a otros para nosotros o sacrificarnos nosotros por los demás. En otras palabras, debemos ser predadores o altruistas. Pero esta es una falsa alternativa, de acuerdo con Rand. La vida no requiere sacrificios en ninguna dirección. Los intereses de la gente racional no están en conflicto y la procura de nuestro genuino interés requiere que tratemos con otros por medios pacíficos, por cambio voluntario.

Para ver por qué, preguntémonos cómo decidimos lo que está en nuestro propio interés. Un interés es un valor que nosotros tratamos de obtener: salud, placer, seguridad, amor, autoestima, o cualquier otro bien. La filosocía ética de Ayn Rand se basa en el principio de que el valor fundamental es la vida. Es la existencia de los organismos vivos, su necesidad de mantenerse a sí mismos mediante una acción constante, lo que origina el fenómeno de los valores. Un mundo sin vida sería un mundo de hechos pero no de valores, un mundo en el cual ningún estado podría ser considerado mejor o peor que cualquier otro. El patrón fundamental de valores, por referencia al cual una persona debe juzgar qué es de su interés, es su vida: no meramente la supervivencia de un momento a otro, sino la satisfacción completa de sus necesidades a través del ejercicio de sus facultades.

La facultad primaria del hombre, su medio primario de supervivencia, es su capacidad para usar la razón. Es la razón lo que nos permite vivir por producción y superar el precario nivel de cazar y acopiar. La razón es la base del lenguaje, que nos permite cooperar y transmitir conocimiento. La razón es la base de las instituciones sociales gobernadas por reglas abstractas. En la visión de Rand, el propósito de la ética es proveer patrones para vivir de acuerdo con la razón, en procura de nuestras vidas. Varias consecuencias se siguen de este principio y sólo puedo describir algunas pocas de ellas muy brevemente.

Para vivir por la razón, antes que nada, debemos aceptar a la independencia como virtud. La razón es una facultad del individuo. No importa cuánto aprendamos de otros, el acto de pensar tiene lugar en una mente individual. Debe ser iniciado por cada uno de nosotros por nuestra elección y dirigido por nuestro esfuerzo mental. La racionalidad requiere que aceptemos la responsabilidad para dirigir y sostener nuestras vidas. Segundo, para vivir por la razón, debemos aceptar la productividad como virtud. La producción es el acto de crear valor. Los seres humanos no pueden vivir una vida completa descubriendo lo que necesitan en la naturaleza, como el resto de los animales. Tampoco pueden vivir como parásitos de otros. "Si algún hombre intenta sobrevivir mediante la fuerza bruta o el fraude", argumenta Rand, "saqueando, robando, engañando o esclavizando a otros que producen, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible por el esfuerzo realizado por sus víctimas, aquellos hombres que han elegido pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les arrebatan. Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen el curso de acción propio del hombre".

El egoísta es usualmente mostrado como alguien que no hará nada para conseguir lo que quiere; alguien que mentirá, hurtará y exigirá para dominar a los otros en procura de satisfacer sus deseos. Como mucha gente, Rand consideraría este modo de vida como inmoral. Pero su razón no es que esto perjudica a otros. Su razón es que lo perjudica a él mismo. El deseo subjetivo no es el patrón para considerar que algo está en nuestro interés, y el engaño, el robo y el poder no son los medios para lograr la felicidad o una vida exitosa. Las virtudes que mencioné son patrones objetivos. Están enraizados en la naturaleza del hombre. Pero su propósito es permitir a cada persona "conseguir, mantener, completar y mejorar ese valor último, que es un fin en sí mismo, que es su propia vida". Entonces, el propósito de la ética es decirnos cómo alcanzar nuestros intereses reales, no cómo sacrificarlos.


Principios Sociales

¿Cómo entonces debemos tratar con otros? La ética social de Rand descansa en dos principios básicos, un principio de derechos y un principio de justicia. El principio de derechos dice que debemos tratar con otros en forma pacífica, voluntaria, sin iniciar el uso de la fuerza contra ellos. Sólo por este camino el hombre puede vivir independientemente, por su propio esfuerzo productivo; la persona que intenta vivir controlando a otros es un parásito. Dentro de una sociedad organizada, debemos respetar los derechos de otros si deseamos que nuestros propios derechos sean respetados. Y sólo por este camino podemos obtener los beneficios que provienen de la interacción social: los beneficios del cambio económico e intelectual, tanto como los valores de una relación personal más íntima. La fuente de estos beneficios es la racionalidad, la productividad, la individualidad de la otra persona, y todo ello requiere libertad. Si vivo por la fuerza, ataco la raíz de los valores que busco.

El principio de justicia es lo que Rand llamó el principio del comerciante: vivir por el comercio, ofreciendo valor por valor, nunca buscando ni entregando lo no ganado. Una persona honorable no ofrece sus necesidades como un reclamo hacia otros, ofrece sus valores como la base de cualquier relación. Tampoco acepta una obligación no elegida de servir las necesidades de otros. Nadie que valore su propia vida puede aceptar una responsabilidad abierta de ser el mantenedor de sus hermanos. El principio del comercio, observó Rand, es la única base sobre la cual los humanos pueden tratar unos con otros como iguales independientes.

Lo que le he mostrado es un breve sumario de la filosofía ética de Rand, la ética Objetivista, como ella la llamó. Pero pienso que es suficiente para indicar que es una alternativa a la ética tradicional del altruismo, una alternativa que trata al individuo como un fin en sí mismo en el completo significado del término. La implicación de este acercamiento es que el capitalismo es el único sistema justo y moral.



Moralidad Y Capitalismo

Una sociedad capitalista está basada en el reconocimiento y protección de los derechos individuales. En una sociedad capitalista, los hombres son libres de perseguir sus propios fines, por el ejercicio de sus propias mentes. El hombre está constreñido por las leyes de la naturaleza. La comida, vivienda, vestimenta, libros y medicinas no crecen en los árboles. Pero el único límite social que impone el capitalismo es que aquellos que quieran el servicio de otros deben ofrecer un valor a cambio. Nadie debe usar al estado para expropiar lo que otros han producido.

El éxito económico en el mercado -la distribución del ingreso y la riqueza- dependerán de las acciones e interacciones voluntarias de todos los partícipes. El concepto de justicia se aplica al proceso de actividad económica. El ingreso de una persona es justo si lo ganó por trato voluntario, como recompensa por el valor ofrecido, de acuerdo con el juicio de aquel a quien se lo ofrece. Los economistas saben bien que no hay tal cosa como precio justo para un bien, aparte de los juicios hechos por los participantes en el mercado acerca del valor de ese bien para ellos. Lo mismo es verdad respecto del precio de los servicios productivos. Esto no significa que deba medir mi mérito de acuerdo con mi ingreso, sino que si deseo vivir mediante el comercio con otros, no puedo demandar que ellos acepten mis términos y sacrifiquen su propio interés.

¿Qué pasará entonces con quien es pobre, discapacitado o incapaz de mantenerse a sí mismo? Esta es una pregunta válida, en tanto no sea la primera pregunta que nos hagamos respecto de un sistema social. Es un legado del altruismo pensar que el patrón primario para evaluar una sociedad son los miembros menos productivos. "Benditos son los pobres de espíritu", dijo Jesús, "benditos son los humildes". Pero no existe ningún fundamento en justicia para sostener que los pobres o humildes deban ser tenidos en alguna estima especial o para considerar sus necesidades como primordiales. Si debiésemos elegir entre una sociedad colectivista en la que nadie es libre pero nadie padece hambre y una sociedad individualista en la cual todos son libres pero un puñado de personas morirán de hambre, yo sostendría que la segunda sociedad, la libre, es moralmente preferible. Nadie puede reclamar un derecho a que otros lo sirvan en contra de su voluntad, aún cuando su propia vida dependa de ello. Pero no es esta la elección frente a la cual nos encontramos. De hecho, el pobre está mucho mejor bajo el capitalismo que bajo el socialismo, o aún el estado de bienestar. Como hecho histórico, las sociedades en las cuales nadie es libre, como la antigua Unión Soviética, son sociedades en las que un gran número de personas padece hambre. Aquellos que son capaces de trabajar, tienen un vital interés en el crecimiento económico y tecnológico, lo que ocurre más rápidamente en un sistema de mercado. La inversión de capital y el uso de la maquinaria posibilitan el empleo de gente que de otro modo no podría producir lo suficiente para sobrevivir. Las computadoras y los equipos de comunicaciones, por ejemplo, hacen hoy posible que gente con severas discapacidades puedan trabajar en sus propias casas.

Y para aquellos que simplemente no pueden trabajar, las sociedades libres han provisto siempre numerosas formas de ayuda privada y filantropía: organizaciones de caridad, sociedades de benevolencia, etc. En este sentido, aclaremos que no existe contradicción entre egoísmo y caridad. A la luz de los muchos beneficios que recibimos del trato con otros, es natural considerar a nuestros semejantes con un espíritu de benevolencia general, preocuparnos por sus infortunios y ayudarlos cuando ello no significa un sacrificio para nuestros propios intereses. Pero existen grandes diferencias entre una concepción egoísta y una altruista de la caridad.

Para un altruista, la generosidad hacia otros es un primario moral y debería ser elevada hasta el punto del sacrificio, sobre el principio: dé hasta que duela. Dar es un deber moral, sin importar cualquier otro valor que uno tenga y el que recibe tiene derecho a ello. Para un egoísta, la generosidad es una entre muchas otras formas de perseguir nuestros valores, incluyendo el valor que encontramos en el bienestar de otros. Esto debería ser hecho en el contexto del resto de los propios valores, sobre la base del principio: dé cuando ello ayuda. No es un deber, ni los que lo reciben tienen derecho a ello. Un altruista intenta considerar a la generosidad como una expiación de culpa, asumiendo que hay algo pecaminoso en el hecho de ser capaz, exitoso, productivo o rico. Un egoísta considera esos mismos tratos como virtudes y ve a la generosidad como una expresión del orgullo emanado en ellas.



La Cuarta Revolución

Hay mucho más que se podría decir acerca de la economía de distribución del ingreso, sobre la filantropía privada en una sociedad libre y sobre los defectos de los programas de transferencia del gobierno. Pero mi tema se relaciona con la ética, no con la economía. Mi tópico ha sido la ética del mercado y las bases éticas de las demandas por justicia social. He dicho al comienzo que el capitalismo fue el resultado de tres revoluciones, cada una de las cuales provocó una ruptura radical con el pasado. La revolución política estableció la primacía de los derechos individuales y el principio de que el gobierno es un sirviente del hombre, no su señor. La revolución económica aportó un entendimiento del mercado. La Revolución Industrial expandió radicalmente la aplicación de la inteligencia al proceso de producción. Pero la humanidad nunca rompió con su pasado ético. El principio ético de que la habilidad individual es un haber social, es incompatible con una sociedad libre. Si la libertad ha de sobrevivir, necesitamos una cuarta revolución, una revolución moral, que establezca el derecho moral de un individuo para vivir por sí mismo.

Auguste Comte, "A General View of Positivism", 2º ed., trans. J.H. Bridges, London, 1865, p.374.
R.H. Tawney, "Equality", New York, 1952, p. 117.
John Rawls, "A Theory of Justice", Harvard University Press, 1971.
F.A. Hayek, "The mirage of Social Justice", vol.2 of "Law, Legislation and Liberty", Chicago University Press, 1976, chap.9. Robert Nozikck "Anarchy, State and Utopia", New York, 1974, chap.7.
Nozick, op.cit., p. 188-89.
Aynd Rand, "The Objetivist Ethics", in "The Virtue of Selfishness", New York, 1963.
Ibid., p.23.
Ibid., p.25.
Ayn Rand, "What is Capitalism?" in "Capitalism: The Unknown Ideal", New York, 1967.