Roberto Cachanosky nos habla de ese invento nuevo llamarse "productivista" , como lo llama ahora el gobierno al plan de gobierno, tamibén habla de la deignación de Martín Losteau como Ministro de Economía.
Autor: Roberto Cachanosky, programa "El Informe Económico"
noviembre 22, 2007
Ese invento nuevo: el "productivismo"
noviembre 21, 2007
No quiero ayuda
Fuente: http://www.diariolibre.com/
Negocios de mafiosos
Chávez, el golpista
Si alguien en Venezuela sabe de golpes ése es Hugo Chávez. Juzga y tilda a los demás de golpistas, pero él no ha dejado de conspirar desde que entró a la Academia Militar. Ha vivido siempre obsesionado por los levantamientos «cívico-militares» (los suyos o los pergeñados en su contra). Y atormentado por una manía persecutoria: cuando era un joven oficial, sus compañeros de armas se sorprendían con sus gritos fuera de lugar: «¡Me quieren matar, allá están!», proferidos ante imaginarios fantasmas.
Encabezó un golpe de Estado para saltar a la fama como líder «bolivariano», utilizó el golpe que dieron en su contra para afianzarse en el poder y, ahora, prepara un golpe institucional para mudar de régimen. Siempre se ha salido con la suya, y pretende seguir haciéndolo hasta 2030.
Cuando Don Juan Carlos le recibió en audiencia por vez primera en 1999, recién investido presidente, le dio la bienvenida con un abrazo y una pequeña broma: «Así que tú eres el que das golpes». Mucho ha cambiado el tono ocho años después.
Lo del golpe viene de cuando era un joven teniente coronel de paracaidistas y, tras diez años de conspiraciones, se levantó en armas en la madrugada del 4 de febrero de 1992. La asonada fracasó. La prensa ya había anunciado meses antes lo que se cocinaba en los cuarteles. Mientras el país era tomado por los insurgentes, Chávez se refugiaba en el Museo Militar, desde donde observó con prismáticos cómo los tanques en vano trataban de tomar el palacio de Miraflores. Desde aquel refugio asumió el mando de la intentona y negoció sus 15 minutos de fama. Al atribuirse la dirección de la asonada, tuvo la oportunidad de figurar ante las cámaras (su debilidad) frente a las que llamó a la rendición con su famoso «por ahora».
Con los golpistas en prisión, el 27 de noviembre se produce un segundo golpe para intentar liberar a Chávez, que también fracasó tras dejar un saldo sangriento en el camino. Entonces se hace famoso un gordito de franela rosada que aparece en las pantallas de la estatal Venezolana de Televisión narrando con tartajeo la asonada y mostrando un vídeo del comandante con su segundo «por ahora».
El ex presidente Rafael Caldera libera al populista y le «premia» con un sobreseimiento del delito de traición a la patria y rebelión en armas contra el Estado. De no mediar esa gracia, en teoría podría haber sido condenado a muerte. Sólo pagó dos años de prisión.
Chávez siempre se ha cuidado de ocultar sus raíces marxistas. Sólo ha anunciado que su proyecto constitucional es un socialismo del siglo XXI. Alberto Garrido, justo acreedor al título de «chavólogo», cuenta que en 1980 tomó contacto con el guerrillero Douglas Bravo a través de su hermano comunista Adán Chávez e ingresó en el Comité Central militar de su Partido de la Revolución Venezolana (PRV). «Hace unos 20 años el mandatario venezolano asume las tesis del PRV que no es otra cosa que la insurrección cívico-militar, bolivarianismo revolucionario... utilización del petróleo como arma geopolítica, choque de civilizaciones...», afirmó en entrevista a ABC.
La intentona de 2002
Durante los 9 años de presidencia de Chávez el único político que olfateó los golpes antes de que ocurrieran fue el secretario general de Acción Democrática, AD, Henry Ramos Allup. Unas semanas antes de que se produjera la intentona del 11 de abril de 2002 ya la barruntaba en un diario nacional. Aquello fue una chapuza. Chávez fue depuesto y repuesto en su cargo apenas 48 horas después. En aquel golpe el mandatario apareció visiblemente asustado mientras era trasladado en helicóptero a la isla de Orchila. Los arzobispos Ignacio Velasco y Baltasar Porras contaron cómo Chávez se confesó y lloró abrazado a las túnicas de los prelados, a quienes, antes de aquel susto, por criticarle, les había dicho que tenían el diablo en la sotana.
Claro que tiempo tuvo después para resarcirse en sus apariciones en televisión. Chávez es un experto en las relaciones cara a cara, sobre todo cuando no tiene competencia. Por eso le gustan tanto las sesiones dominicales del «Aló Presidente» que pueden durar más de siete horas en las que salta de un asunto a otro como el mejor tele predicador de la escena. En las ruedas de prensa, le gusta tratar de aplacar a los periodistas preguntándoles de dónde son o qué conocen de Venezuela. A Enrique Serbeto, enviado especial de ABC, llegó a hacerle leer «La balsa de piedra», de José Saramago, tras comentarle que según la novela la tierra se rompía por los Pirineos «para que la Península Ibérica saliera al encuentro de sus hermanos latinoamericanos». En aquella época, le gustaba decir que su libro favorito era «El oráculo del guerrero», una especie de manual iniciativo un tanto esquizofrénico, escrito por un chileno que igual hubiera podido dedicarse a redactar el horóscopo en las páginas de «El Universal» de Caracas.
Bastaba con hojear «El Oráculo» para darse cuenta de la personalidad del mandatario. En septiembre de 2000, organizó en Caracas una cumbre de la OPEP con el objetivo de hacer subir los precios del petróleo y bajo el argumento de que «un barril de coca cola, o de helado, o de agua mineral, cuestan más que un barril de petróleo». Cuando el enviado especial de ABC le sugirió que si subía el precio del combustible también subiría el de los demás productos que citaba, le echó en cara en plena rueda de prensa que se notaba que estaba preocupado por el precio de los helados y que por eso tal vez le sobraban unos kilos de peso. Ése era su estilo expeditivo, su impulso de hablar primero y, tal vez, pensar después en lo que había dicho.
Tras el golpe de 2002, en las navidades de aquel año, le cayó encima una huelga general que él calificó de «golpe petrolero». Otro más. «Liberen al oso», reclamaron sus partidarios, en alusión al plantígrado que luce en sus botellas la cerveza más popular de Venezuela: «Polar». La cerveza —y la comida— empezaba a escasear tras casi un mes de paro obrero, cierre empresarial y huelga-sabotaje petrolero. Un intento de asfixia económica.
Sólo los buhoneros de Sabana Grande y los mercados populares —gestionados por las Fuerzas Armadas— lograron romper el «lock out». Técnicos contratados en el extranjero —las televisiones locales buscaban afanosamente a un hindú con turbante— pusieron en marcha la industria del país. Siete semanas después huían los cabecillas de la insurrección.
Pese a la escasez, no obstante, los caraqueños no dejaron de celebrar las Pascuas. Año Nuevo lo recibimos en dos escenarios: un barrio popular, donde una verbena algo cutre animaba a un puñado de chavistas uniformados de rojo. Y una explanada en la autopista Francisco de Miranda, en el elegantón municipio de Cachao, donde miles de personas de clase media se divertían con actuaciones sobre un enorme escenario, como sacado de una gira de los Rolling Stones. Las dos Venezuelas.
A Chávez aquel «golpe petrolero» le pareció una bendición, ya que le permitiría hacer una purga en la estatal de Petróleos de Venezuela, PDVSA, de donde despidió a 20.000 ejecutivos e ingenieros. En aquellos días se producían 3,2 millones de barriles diarios. Hoy, con una nómina de unos 100.000 empleados, la producción es de 2,5 millones. Tras constatar que han fracasado todos los intentos golpistas pergeñados por la oposición en nueve años, el ex guerrillero Teodoro Petkoff, hoy director del diario «Tal Cual», reflexiona: «¿Cuál fue el resultado de la táctica golpista de 2002? Reforzar a Chávez y entregarle en bandeja de plata la Fuerza Armada Nacional y PDVSA. Las armas y la plata».
Golpe desde el poder
Aprovechando que en el país del Orinoco aún hay más pobres que ricos —Chávez no ha hecho nada para remediarlo—, y que los primeros le muestran apoyo inquebrantable, el líder revolucionario se apresta ahora a perpetrar un golpe jurídico e institucional. Un cambio de régimen. Otro golpe.
La Constitución de 1999, la «Bicha», se le ha quedado corta. Necesita otra que le dé vía libre a su proyecto de estatización de la propiedad y a una nueva configuración política que le asegure el poder y la reelección vitalicia. Pero, por primera vez, el régimen cívico-militar comienza a presentar fisuras internas: desde los socios parlamentarios de «Podemos» al general Baduel, el mismo que salvó el culo a Chávez en la asonada de 2002.
A medida que se avecina el referéndum, Chávez denuncia turbios planes conspirativos para derrocarle, y advierte: «Los voy a aplastar». El mandatario es desafiado por un «Comando Nacional de la Resistencia», que ha anunciado una insurrección civil una semana antes de la consulta. A poco que se desmadre el movimiento y que éste se torne en otra chapuza, Chávez tendrá una nueva ocasión para denunciar otro «golpe» y remachar, por enésima vez, los clavos de su poder.
Fuente: ABC España
http://www.hacer.org/current/Vene193.php
noviembre 20, 2007
50ª Aniversario de la Rebelión de Atlas
Tributo a Ayn Rand y sus magnificas obras literarias.
La obra magna de la literatura escrita por Ayn Rand celebro 50 años el pasado 6 de octubre. Barbara Branden, quien fuere directora de la película "La Pasión de Ayn Rand", habló ante un foro en la Atlas Society.
Parte 1
Parte 2
Atlas Shrugged
Enemigos de la libertad distorsionan la realidad
Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
Los liberales siempre hemos propuesto un gobierno fuerte y democrático, con independencia de los poderes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— y facultades claramente limitadas. Estos conceptos modernos provienen de la Ilustración Liberal de los siglos XVII y XVIII en Escocia y el continente europeo.
Es ignorancia, o intento de engañar, decir que los liberales no queremos gobierno ni pagar impuestos. Se trata de un recurso deshonesto de quienes no tienen argumentos lógicos para refutar nuestras propuestas. En lo que sí insistimos los liberales es en limitar las funciones del gobierno a las que históricamente lo hicieron aceptable y conveniente para la gente: imponer el orden y la justicia.
Todos aceptamos otorgar el monopolio de la fuerza al gobierno para que lo utilice en proteger nuestros derechos. De lo contrario, cada quien tendría que proteger lo suyo. Como para ello necesitamos un gobierno fuerte, con recursos adecuados, estamos dispuestos a pagar impuestos. Pero no creemos que es una legítima función del gobierno interferir en el pacífico quehacer de los ciudadanos en la búsqueda de su bienestar y felicidad. Claro está que si alguien viola los iguales derechos de los demás es obligación del gobierno intervenir con prontitud y firmeza.
Algo que raramente se menciona es que las facultades ejercidas por los gobiernos democráticos y representativos fueron delegadas por los ciudadanos para la legítima protección de nuestras vidas, posesiones y derechos. Como los ciudadanos sí tenemos el derecho de protegerlas, podemos delegarlo. Por el contrario, no tenemos ningún derecho a intervenir en los actos pacíficos de los demás y por tanto tampoco podemos legítimamente delegar que el gobierno lo haga. Pregunto, ¿de dónde sacan los gobiernos la facultad de intervenir en lo que hacemos y en cómo utilizamos nuestros propios recursos, cuando lo hacemos sin violar los derechos de terceros? Este argumento no gusta a los intervencionistas porque no tiene respuesta.
En todas partes hay gente que quiere utilizar el poder coercitivo del Estado para resolver sus propios problemas y poder vivir a expensas de los demás, justificando la indebida intromisión del Estado diciendo que en todas partes se hace. Así justifican indebidamente la utilización del poder coercitivo del Estado para expropiar con impuestos que no son generales ni iguales para todos, quitándoles a unos para beneficiar a otros. Y a eso lo llaman descaradamente "transferencias", pues transfieren a unos lo que le pertenece a otros. Y a la palabra "justicia" le agregan el adjetivo "social", para describir exactamente lo opuesto a dar a cada quien lo que legítimamente le pertenece.
Se recurre entonces a la metáfora antropomórfica de dar calidad de persona humana al Estado y se le considera altruista, bondadoso, honesto y competente. Se olvida que es una simple organización de políticos y burócratas humanos, con sus propias prioridades y limitaciones, a quienes con leyes se autoriza a hacer cualquier cosa bajo la excusa del interés general, inclusive la violación de derechos individuales. Ingenuamente se considera al gobierno como un agente de progreso y así suele intervenir con un enredo de regulaciones que impiden el progreso.
Los países hoy ricos no se hicieron ricos con las leyes y sistemas vigentes hoy. No sabemos cómo estarían sin los avances tecnológicos privados que han compensado los empobrecedores cambios de su cultura. La historia dirá si la civilización lograda es sostenible sin respetar los derechos individuales que la hicieron posible.
Autor: Manuel F. Ayau
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
Fuente: Cato Institute
Ecuador: el odio al progreso
El Aeropuerto José Joaquín de Olmedo es un ejemplo de cómo se puede mejorar un servicio público en poco tiempo sin aumentar el gasto público o la intervención estatal. No obstante, vivimos en un país donde el éxito se observa con sospecha en lugar de ser aplaudido y estudiado para que otros lo consigan también.
Durante más de 40 años la Dirección General de Aviación Civil (DAC) estuvo a cargo de nuestro aeropuerto y el resultado era una “pocilga” como puerta de entrada. ¿Qué se hizo con la plata que había recaudado de los usuarios? ¿Por qué este gobierno, que dice combatir la corrupción, no cuestiona ese despilfarro durante esa larga noche centralista? Cabe recalcar que aunque la DAC ha dejado de percibir ciertos rubros que ahora recibe la concesionaria para cubrir costos de operación y ahorrar las utilidades obtenidas, la DAC sigue recibiendo $5 por pasajero internacional, sin ahora tener los gastos de operación de los dos aeropuertos más importantes del país.
Hoy, cobrando las mismas tasas el aeropuerto de Guayaquil no solo ha pasado a ser el mejor aeropuerto del Ecuador, sino que es uno de los más modernos de Latinoamérica compitiendo con otros aeropuertos internacionales tales como el Jorge Chávez de Lima y El Dorado de Bogotá. El gobierno local no solo piensa en el presente sino en el futuro de la ciudad, y por eso las utilidades generadas por el aeropuerto están siendo capitalizadas para la construcción del nuevo aeropuerto internacional en Daular.
Para que nuestro aeropuerto de ese giro de 180 grados se dieron dos elementos claves: descentralización y participación del sector privado. Los usuarios del aeropuerto de Guayaquil y la concesionaria —TAGSA, no el “pueblo ecuatoriano” como dice el Presidente, financiaron la construcción del nuevo aeropuerto de Guayaquil con una inversión de alrededor de $90 millones. El gobierno central solamente donó el terreno sobre el cual se construyó prácticamente desde cero el nuevo aeropuerto. El gobierno dice que es inaceptable que el Estado nada reciba de las utilidades generadas por el aeropuerto y reclama el 50% de las utilidades. Comparado al derroche de gasto del gobierno en otras áreas, por ejemplo, los más de $2.300 millones al año que el gobierno derrocha en subsidios al gas y a los combustibles, ese monto es insignificante. Es el crecimiento económico y no el crecimiento de las recaudaciones del Estado lo que debería guiar la política fiscal.
La generación de utilidades no es algo malo, es algo necesario para acumular riqueza y poder invertir en el aeropuerto más grande y moderno que nuestra ciudad va a necesitar en el futuro. Pero ya sabemos que este gobierno es consumidor, no creador de capital. En lugar de contraponer los intereses de Latacunga y otras ciudades contra los de Guayaquil, un gobierno que busca la unidad nacional debiera aplaudir lo que funciona, como el aeropuerto de Guayaquil y alentar a otras ciudades a que imiten el esfuerzo realizado aquí. Podría comenzar por donarles el terreno de sus aeropuertos y darles competencia por sobre la administración de estos, que es lo único que Guayaquil recibió del gobierno central.
Nuestro presidente y otros odiadores de Guayaquil aparentemente padecen el complejo de Fourier, es decir, aquel odio que ciega tanto que puede llevar a hacerse daño a uno mismo con tal de ver al otro que estaba progresando sufrir. Lamentablemente, ese complejo no se cura con la razón y es destructivo para quien lo padece y los gobernados.
Autor: Gabriela Calderon
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 6 de noviembre de 2007.
Fuente: Cato Institute
La caída del muro de Berlin 18 años después.
Andrés Cisneros, Jorge Casto y Alejandro Gómez hablan con Roberto Cachanosky, sobre la caída del muro de Berlín y los cambios políticos que le subiguieron
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