noviembre 07, 2007

Un sueño cubano

Un artículo de María Anastasia O´Grady, publicado en The Wall Street Journal y Cato Institute


El médico cubano Óscar Elías Biscet y otras siete personas recibirán hoy la medalla presidencial de la libertad de parte de George Bush en una ceremonia en la Casa Blanca. Pero Biscet no estará para aceptar el honor en persona. Actualmente, como la mayoría del tiempo de los últimos años, el médico permanece encerrado en una celda en la paradisiaca isla de Castro.


Puede que a muchos estadounidenses les parezca cosa del pasado las escalofriantes historias de los gulag totalitarios. Algo que sucedió en su día durante los oscuros experimentos en la Europa del siglo 20 con el fascismo, comunismo y nazismo. Sin embargo en Cuba, los gulags y el sufrimiento que traen no han llegado a su fin. La medalla de Biscet sirve para recordarnos este hecho. Al resaltar la importancia de su lucha por una Cuba libre, la condecoración también pone de manifiesto lo que constituye el mayor temor del régimen. No son las pistolas y tanques de cualquier invasor imperial sino la fe, el coraje y el inconformismo entre la propia gente del país.


Biscet, de 46 años, es un renombrado pacifista y un cristiano devoto. El médico ha dicho que se siente inspirado por ejemplos como Martin Luther King, Gandhi y el Dalai Lama. Si sabemos esto sobre su vida es gracias a la Coalición de Mujeres Cubano-Americanas, que dice que documenta todos los hechos que publica sobre prisioneros políticos mediante testimonios reales provenientes de Cuba.


Durante los más de 10 años que ejerció como médico en los hospitales cubanos, Biscet empezó a preocuparse cada vez más por las prácticas abortivas del gobierno. En 1998, cuando trabajaba en un hospital en La Habana, corrió el riesgo de involucrarse en un estudio clandestino sobre la administración de un medicamento llamado rivanol, que provocaba el aborto en casos de embarazo avanzado. La droga se utilizaba con frecuencia, especialmente en niñas de apenas 12 años, que, forzadas a dejar sus casas y padres para ir a trabajar a zonas rurales como parte de su educación, a menudo se "metían en problemas".


El estudio concluyó que el rivanol resultaba muchas veces en partos de fetos que nacían vivos. Lo que ocurría a continuación horrorizaba a Biscet, quien después escribió que "se cortaba el cordón umbilical y que se dejaban a las criaturas sangrar hasta la muerte o se envolvían en papel para asfixiarlos".


Como consecuencia de su oposición a estas prácticas abortivas, perdió su trabajo, su familia perdió su casa y el gobierno de Castro envió unos matones para que le pegaran una paliza. Pero la intimidación no dio resultado. En aquel entonces ya estaba activamente comprometido con la resistencia contra el régimen y, tal como ha dejado escrito, su conciencia no le dejaba dar marcha atrás. Aquellos familiares con la obra de Biscet dicen que fue un elemento clave en propagar la importancia y significado que tuvo la visita del Papa a Cuba en 1998. El régimen tomó nota. Biscet se convirtió en uno de los pocos disidentes que Fidel Castro ha llegado a atacar por nombre propio en un discurso a la nación. "Prueba que Biscet realmente irritaba a Castro", me dijo un defensor de una Cuba democrática.


Entre julio de 1998 y noviembre de 1999, Biscet fue encarcelado arbitrariamente en 26 ocasiones. Durante esas detenciones, fue retenido durante días en celdas sin ventanas o colocado en áreas dedicadas a los criminales violentos o mentalmente enfermos. En febrero de 2000 fue juzgado y sentenciado a tres años de cárcel por organizar una conferencia de prensa para anunciar una marcha pacifista durante la Cumbre Ibero-Americana en La Habana en 1999. En el telón de fondo de la conferencia había dos banderas cubanas colgadas al revés, como símbolo de protesta contra el gobierno por su violación de los derechos humanos. En su segundo juicio, fue condenado por "deshonrar los símbolos nacionales, desorden público y por incitar comportamiento delictivo". Fue enviado a una prisión de máxima seguridad a unos 725 kilómetros al este de la capital cubana, dificultando así las visitas familiares.


El sistema de prisión por motivos políticos no sólo está estructurado para castigar la disensión, sino también para forzar la "rehabilitación" del preso. Los cautivos que se rinden, admiten el error de sus ideas políticas y suplican perdón, a veces consiguen salir de la cárcel. Pero Biscet no es uno de esos prisioneros. Mientras cumplía su sentencia de tres años, incrementó la intensidad de su resistencia, llevando a cabo huelgas de hambre y exhortando la liberación de los prisioneros políticos. El régimen respondió colocándolo de nuevo en régimen de aislamiento o entre reclusos peligrosos. Le denegaron las visitas y el tratamiento médico y le confiscaron su biblia.


A finales de octubre de 2002, Biscet fue puesto en libertad para luego volver a ser arrestado 36 días después cuando se estaba preparando para reunirse con otros defensores cubanos de los derechos humanos. En abril de 2003, fue sentenciado en un juicio sumario junto a otras 75 personas que fueron arrestadas en la ahora famosa operación de marzo de 2003 contra la disensión. Biscet recibió una sentencia de 25 años por "actuar como un mercenario de un estado extranjero". La Coalición reporta que entre noviembre de 2003 y enero de 2004 Biscet fue retenido en una celda subterránea como un criminal convencional y que perdió unos 20 kilos.


El tiempo que ha pasado en solitario tampoco ha sido menos inhumano. En su descripción de la celda, el médico cuenta que era de dos metros cuadrados y que no tenía ni agua ni ventanas. Un agujero en el suelo servía de sanitario y estaba lleno de bichos. Una de sus reclusiones en ese espacio duró 42 días. Biscet dice que el "gobierno cubano me ha torturado durante ocho años, tratando de volverme loco". Tal vez lo más doloroso para el preso es que su esposa ha sido despedida de su trabajo como enfermera y es continuamente hostigada por el Estado.


Biscet dice que el régimen le ha ofrecido la libertad si accede irse de Cuba. Pero él se niega. En una carta de abril de 2007 a su esposa Elsa le explica la razón: "Mi sufrimiento es mucho, mucho menor desde que empecé a perseguir mi sueño de ser libre, pero no sólo para mí personalmente. Si pensara sólo en mí mismo, sabes que habría estado en libertad desde hace mucho tiempo, y me habría deshecho de estas inquietantes ansiedades. Pero quiero ver al hijo de mi amigo, al hijo de mi adversaria y a cualquier ciudadano reírse felizmente por la satisfacción en sus vidas y disfrutando de la riqueza de la libertad porque es la única manera en que el talento humano alcanza su máximo esplendor…".


Leyendo estas palabras, me parece difícil pensar en alguien más merecedor de ganar la medalla.


Este artículo fue publicado originalmente en el Wall Street Journal el 5 de noviembre de 2007.

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